DIMENSIÓN
ONTOLÓGICA DEL FILOSOFAR
¿Por qué filosofamos? Aristóteles[1]
afirmó que el origen del filosofar es el asombro. Pero ¿por qué el asombro es
el origen del filosofar? ¿Qué hace que el asombro se vuelva constante en el
origen del filosofar? Para que se presente de esta forma universal y permanente
tiene que tratarse de algo que está más allá de lo psicológico (óntico) e
histórico (temporal) tiene que ser transhistórico y existencial (ontológico).
Tiene que ser un acontecimiento raigal de la condición humana. Pero ¿qué tiene de
singular la esencia humana en su existir para que provoque el filosofar? La
respuesta no puede ser otra que por ser capaces de intuir nuestro ser entre el Ser
y la Nada. Todas las criaturas en su condición de contingentes están entre el
ser y la nada, pero lo peculiar es que el hombre es la criatura que lo sabe. Y
ese hecho óntico-ontológico es decisivo para el estallido del filosofar.
¿Pero de dónde nos viene este saber? ¿Qué es
lo que tiene la criatura humana para que nos acontezca el filosofar? Lo que nos
diferencia de los animales no es la inteligencia, ni la capacidad de elegir,
sino aquella capacidad de objetivación de ideas y de intuición de esencias que
es base de la desrealización. Aquella capacidad se llama “Espíritu”, como actualidad
pura e inobjetivable que produce ideas a partir de la intuición de las esencias.
El espíritu humano participa de las esencias (Platón) y por eso las descubre (Aristóteles).
La conciencia del mundo, la conciencia de sí mismo y la conciencia teologal
conforman la unidad ontológico espiritual de la posibilidad del filosofar. Lo
divino al ser sentido antropológicamente por el hombre se compenetra crecientemente
con el impulso cósmico de las esencias. Por el Espíritu lo humano es partícipe
de lo divino y se convierte en coautor de su obra en su propia escala. Por
ello, no es el hombre el que engendra lo divino, sino a la inversa[2]. Esa
búsqueda de las primeras causas y principios que caracteriza el filosofar viene
de aquella compenetración del Espíritu humano con el mundo suprasensible de las
esencias.
Ahora bien, se objeta que, si el hombre
filosofa por la condición ontológica de su espíritu, entonces por qué no todos
lo hacen e, incluso, la filosofía moderna y posmoderna se caracteriza por ir contra
todo supuesto metafísico y esencialista. A lo que se puede responder afirmando que,
si bien el impulso a filosofar está presente en todo hombre, no obstante, su
desarrollo requiere formación, educación y capacidad de replanteamiento. Eso,
por un lado, y, por otro, el decurso antimetafísico y antiesencialista de la
filosofía moderna y contemporánea testimonia que lo espiritual es una fuerza no
determinante, sino condicionante que hay que actualizar. Y que incluso su actualización
puede ir dirigida contra sí misma, negando su propia existencia, empobreciendo
la realidad a lo meramente empírico y fáctico y degradando el filosofar a lo
simplemente narrativo. Es por ello que el Espíritu no puede ser considerado
como un factor infalible de la captación de las esencias, y es así porque la
condición humana tiene una ambigüedad de orden ontológico, constituida por que
el sujeto es hermenéutico por sí mismo y en consecuencia es afectado por una
aporeticidad esencial. Es por ello que la concepción objetivista de las
esencias encuentra la dificultad de enfrentar la ceguera hacia las mismas. Lo
que lleva a sostener que no toda relación ontológica con las esencias es
absoluta, sino contingente.
Cada esencia puede ser negada, cada
conocimiento puede ser sustituido por otro. El carácter ontológico de las
esencias no se convierte en un necesitarismo cósmico que suprime la libertad ni
la condición contingente de la condición humana. No todo intento de declarar la
validez de un logos supone la preadmisión de esencias declarados válidos para
dicho logos. De modo que, aunque ontológicamente hay un sistema absoluto de
logos, sin embargo, desde la ratio humana depende de una valoración previa de
los entes (cosas o personas). Existe una relación intrínseca entre ser y valorar
en el hombre. No es que sólo exista lo que se valora, ontológicamente las
esencias existen independientemente del valor, pero la libertad crea nuestro ser
no sólo con la captación de las esencias valoradas, sino, también, de las
esencias inventadas. Esto es, la libertad crea nuestro ser con la sustancia
irreal de la posibilidad, posibilidad que se da en dos mundos, a saber, el real
y el posible. Así, el arte es la liberación de la libertad en el mundo de lo
posible e irreal, de un mundo de totalidades acabadas pero inexistentes en la
realidad. Y lo que impulsa a la libertad del Espíritu de la condición humana al
mundo de las esencias es su apertura ontológica a lo posible, tanto en los
entes reales e irreales.
Es por ello que detrás de su afán de salvación
está su intuición de lo que está fuera del tiempo, de un fundamento metasensible,
eterno y transhistórico que lo ansía y libera. Es locura reciente del hombre el
buscar la salvación en lo terrenal y la cultura, como producto de la hegemonía
de imagen del mundo terrenalista e inmanentista de la modernidad. El afán de
salvación es un sueño profundo en el Tiempo que va más allá de lo temporal, es
una presentación de la Nada en el devenir, pero de una Nada con contenido, que
es origen y fundamento de todo. El hombre es en este sentido la criatura que se
desontologiza, porque su ser fluctúa entre el Ser y la Nada, su ser está más
allá del ser contingente desde la contingencia. Su existencia es la conjunción
del logos de la experiencia y el logos de la razón, pero tanto en la
experiencia como en la razón el Ser transparenta su presencia como ens
extramundanum. No siendo atemporales desocultan lo atemporal y esencial.
Desde el cartesianismo hasta la fenomenología,
existencialismo, estructuralismo, neopositivismo hasta el posmodernismo se han
visto variaciones de la misma melodía subjetivizante del giro inmanentista del
hombre epistémico de la modernidad. Lo cual es prerrogativa de una época que
cayó presa de lo cuantitativo, calculable y objetivable, es decir, es propio de
una determinada imagen del mundo que consuma su propia esencia antimetafísica.
Todo queda sujeto a la propia opinión subjetiva al asumirse que la verdad está
definitivamente oculta, no existe, es mera invención o creencia humana. No es
posible fundamentar el conocimiento ni la realidad, la búsqueda la verdad, la objetividad,
la realidad, las esencias y la razón deben ser abandonadas. Hay que sustituir
la verdad por las creencias convenientes. Ese el predicamento del último gurú
del pensamiento filosófico moderno, a saber, Richard Rorty[3],
quien proclama que la filosofía sin espejos es filosofía conversacional que no
busca el arjé, y le parece insostenible la objetividad ligada a una
trascendencia.
Todas las manifestaciones del pensamiento
decadente están presentes en Rorty. Ya el abandono de la objetividad representacional
está presente en el segundo Wittgenstein, el segundo Heidegger, Sellars, Quine y
Davidson. Se desemboca así en el pensar que las cuestiones de hoy no son
metafísicas ni teológicas, sino políticas. La erosión nihilista de la sociedad
postmetafísica tenía que desembocar en un historicismo nominalista donde la
teoría es sustituida por la narrativa. Ese era el desatinado destino de una imagen
del mundo que relevó el Ser por el Pensar. Y se cumplió. Como lo humano es
contingente y no determinista la condición ontológica del filosofar pudo presentar
esta manifestación deforme y malsana. A esto lo llamó Gilles Lipovetsky la era
del vacío, Zygmunt Bauman modernidad líquida, Byung-Chul Han sociedad del
cansancio, por mi parte lo denomino sociedad anética[4].
Pero el hecho es que el hombre está abocado a
filosofar por la estructura ontológica de su ser. Es una criatura que le
resulta desconcertante percibirse como una finitud separada de las demás cosas
del mundo, tiene conciencia del hiato que lo diferencia de los demás seres y a
partir de aquella separación ontológica de su ser con los demás entes siente su
religación con el Absoluto. Es decir, el hombre es el ser plantado ante lo Absoluto
e infinito porque por su Espíritu capta la contingencia de su existencia. Los
animales no tienen espíritu y por eso no lo captan. Es una doble condición
ontológica que lo asedia y lo impulsa a filosofar, por un lado, la percepción
de su finitud, de la nada en su ser, y, por otro, la conciencia de la infinitud
y su religación con ella.
Es por ello que el problema metafísico y el
problema teológico es permanente en el hombre, porque pertenece a su condición
humana. Su experiencia social, individual e histórica está atravesada por ambas
situaciones existenciales. Y, más bien, el intento de suprimirlas en el esquema
inmanentista y secularizado de la modernidad le ha traído más daño que
ventajas. No sólo le hizo extraviar el sentido de lo divino, sino también el sentido
del ser, trayendo consigo la merma de la moral y de la piedad. El sentido de lo
bueno y correcto resultó siendo dañado y lo normativo extraviado se tradujo en
la malignización del bien y desmalignización del mal.
Sin lugar a dudas esto sucede especialmente
en el orbe de la cultura occidental moderna que lo promueve e impulsa a nivel
global[5]. Su
humanidad sin la dimensión de lo trascendente religioso y metafísico se
sumergió en la oscura noche de la moral situacional, donde el relativismo y el
nihilismo imperan y lo convierten en el monstruo que desmaligniza el mal y
maligniza el bien. Al quebrarse la vida normativa se quiebra la misma esencia
del hombre, porque su ser está intrínsecamente unido al bien y a la vida moral.
De ahí que el hombre sin moral se deshumaniza porque se vuelve un monstruo.
En otras palabras, en el hombre ontología y
ética se hallan entrelazados en una dimensión metafísica indesarraigable[6]. En la
posmodernidad salió a flote la dimensión anética del hombre con todas sus consecuencias
luciferinas de deshumanización posibles. Pero si tales dimensiones metafísica y
religiosa son propias de la condición humana ¿cómo es posible que puedan ser
negadas? Simplemente porque no se trata de algo innato mecánico, incluso el que
dispone de piernas debe aprender a usarlas.
En otras palabras, dichas dimensiones son posibilidades
que tienen que ser actualizadas por la libertad humana. Obviamente, se trata de
una libertad condicionada sobremanera por el tamiz de la cultura. Y el cedazo
de la modernidad fue el muro inmanentista para que tales dimensiones se empezaran
a agostar. Esto ha mermado la potencia de la propia filosofía con su giro
antiesencialista y desfundamentador en la filosofía posmoderna, haciéndola
derivar hacia un culturalismo donde el existente se construye su ser a la
carta. La plaga del constructivismo cultural despotenció al filosofar mismo. Al
final lo que se tiene es la edificación de la barbarie civilizada. Al final de
cuentas, el tema de ¿Por qué filosofamos? nos pone ante el problema
decisivo de la Razón.
Después de haber visto ante nuestros ojos
cómo se han sucedido el filosofar numinocrático, el filosofar mitomórfico, el
filosofar mitocrático y el filosofar logocrático, lo que tenemos es lo que
Hegel también vio, a saber, el despliegue de la Razón universal. En el Universo
existe un orden, donde incluso la entropía juega un rol, y ese orden tiene
todas las apariencias de ser la expresión de la existencia de una Razón
universal. Ante ello la filosofía se condensa en el esfuerzo por comprender y explicar
la manifestación de dicha razón cósmica. Naturalmente que la explicación de la
Razón universal excede las páginas de este ensayo, ante lo cual sólo se pueden
hacer breves trazos provisionales.
Lo insólito para nuestro tiempo tan
ensimismado en lo subjetivo es que el tema de la Razón universal nos impulsa a
sobrepasar los límites antropológicos para lanzarnos hacia la meditación
cosmológica, metafísica y escatológica. El realismo metafísico vuelve a
reclamar su espacio en una hora histórica muy singular de tránsito geopolítico.
Clarea en el horizonte la aurora de un
nuevo brillo para el pensamiento. Una nueva imagen del mundo reclama su hora y
las exequias de la envejecida modernidad exige su cadáver. Es todo lo que puedo
decir por el momento. No sé si podré escribir un viejo sueño de juventud, una Crítica
de la Razón Cósmica, como realización de la razón universal divina en el
cosmos.
Pero bien vale la pena intentarlo. En suma,
el enfoque sincrónico del filosofar nos muestra que está relacionado con la
ontología de la finitud -percibe su incompletud metafísica- y la ontología
teologal -percibe lo metasensible-. En buena cuenta, el filosofar nunca ha sido
el paso del mito al logos, porque hay filosofía en el mito y la posición
antimitológica de la filosofía no se sostiene en sentido amplio, sino, tan sólo
en sentido restringido. Pero, además, el mito es revelación del horizonte de lo
sagrado y expresa una verdad mediante una imagen. El mito es revelación natural,
en ella está lo divino, pero no sobrepasa el límite de la razón natural. En lo
mitomórfico y lo numinocrático adviene la revelación del ser como presencia
presente, su verdad es la teofanía. En el filosofar reverbera un espíritu
sensible a lo divino.
El error de dejar a la filosofía originada en
el mero asombro es que lo lleva a carecer de un fundamento ontológico, y de
limitarla como un acontecimiento en el ámbito de la conciencia. La filosofía no
se puede quedar limitada a la persona, porque el fundamento de su quehacer es
el Ser. Y por mayores esfuerzos que se ha hecho en la filosofía moderna y
posmoderna por desontologizar a la filosofía, para relativizarla en el ser de
la existencia humana, caen en el vacío. Lo que han logrado es bloquear
momentáneamente el camino para llegar al ser trascendente, cayendo en el
relativismo agnóstico y en el ateísmo. Así queda la existencia humana
abandonada a su propia libertad. Sin fundamento ontológico la filosofía queda
ciega. Pues, concebir la libertad humana como una pura libertad vacía de ser
equivale a asumir una posición metafísica agnóstica, donde la libertad en vez
de orientarse hacia la captación de las esencias y la realización de los
valores éstos quedan como originados y determinados por la libertad.
Es la realización modernista del homo
mensura protagórico, que consagra como pequeño diosecillo al deus in
terris de la voluntad de poder y de la voluntad de verdad. De este modo el
hombre se coloca más allá del bien y del mal, surge el hombre anético que
desmaligniza el mal y maligniza el bien. Esa es la raíz irracionalista que estaba
encerrada en el giro inmanentista y terrenalista del pensamiento moderno. El
fundamento nihilista de la doctrina posmoderna no da lugar a una verdadera
libertad y el hecho de que coloque la actividad humana en el plano de lo
cultural conduce al relativismo integral.
El reconocimiento de la dimensión ontológica
del filosofar supone superar la metafísica agnóstica de la imagen del mundo de
la modernidad, que lleva al antiesencialismo, la postmetafísica, el nihilismo e
impone un pragmatismo hasta sus últimas consecuencias amorales y maquiavélicas.
Pero enfrentar la dimensión ontológica nos lleva hacia la constatación de que
el filosofar no es razonamiento puro, sino un razonar desde la existencia. Por
eso no es una disciplina meramente racional, sino multiforme y multívoca, nunca
plena en medio de lo pleno, es tener plantado la propia finitud ante lo
Absoluto.
Fue Nietzsche en El nacimiento de la tragedia
el que advirtió que es en el arte, y no en la moral, donde se presenta la
actividad genuinamente metafísica del hombre. Lo importante aquí no es que lo
que Nietzsche llame arte no haya sido tal cosa para el hombre de la prehistoria,
y al parecer fue algo más que arte, sino que lo trascendente es advertir que en
dicha actividad del espíritu humano se manifiesta la primera experiencia
verdaderamente metafísica del hombre.
Lo que para nosotros es arte rupestre, canto,
danza, para el hombre de la prehistoria eran formas arcaicas del filosofar. La
danza giratoria del sufismo para ponerse en contacto con lo divino, es un
vestigio de lo que afirmamos. Lo que significa que lo humano tiene una vocación
metafísica irrenunciable que nace de su propio ser y que lo predispone para el
filosofar. En el arte el hombre expresa su concepción del mundo y de la vida,
siendo el lenguaje silencioso del contacto con el Ser. El sentido del mundo no
sólo se puede expresar mediante conceptos y argumentos, sino también mediante
formas, colores y sonidos, o lo que Kant llamó “ideas sin concepto”.
En este sentido, el arte sería la forma más
arcaica del filosofar y dar sentido al mundo. Lo cual significa que la filosofía
y el arte jamás estuvieron tan unidas como en la prehistoria, y no es posible
descartar que en un mañana próximo se vuelvan a reencontrar.
En su grave desorientación espiritual el
mundo moderno cae en la trampa del llamado culto a la naturaleza y divinización
de los objetos naturales. Y dentro de las anormalidades que se desarrollan en
la modernidad está a atracción sexual hacia los árboles y las plantas (dendrofilia),
la ideología animalista que atribuye los mismos derechos que un ser humano a
todos los animales. Savater[7] considera
excesivo homologar éticamente a los animales con los humanos y dotarlos de los
mismos derechos. Los animales no son meras cosas, pero hay que tratarlos según
su propia naturaleza.
[1] Aristóteles. Metafísica,
983, 11.
[2] En este punto hay
que recordar que mientras Max Scheler plantea panteístamente que el hombre
engendra a Dios (El puesto del hombre en cosmos, Losada, Buenos Aires,
1974,) para nosotros es el hombre el que colabora con el impulso divino, más no
lo engendra.
[3] Richard Rorty. La
filosofía y el espejo de la naturaleza. Cátedra, Madrid, 1989.
[4] Gilles Lipovetsky, La
era del vacío, Anagrama, 2003; Zygmunt Bauman, La modernidad líquida,
FCE, 2004; Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio, Herder, 2012; G.
Flores Quelopana, Imperio posmoderno de la sociedad anética, Iipcial,
Lima, 2005.
[5] Véase mis libros El
sentido metafísico del mundo multipolar (2022), La modernidad envejecida
(2022), Apocalipsis de la razón burguesa (2022).
[6] Véase mi ensayo Filosofía
como onto-ética (2021)
[7]
Fernando Savater. “Animalismo no es humanismo”. En:
Revista Notario del Siglo XXI, n°34, noviembre-diciembre 2010
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