¿Por qué me has abandonado?
La cuarta palabra de Cristo en la cruz —“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”— concentra el misterio de la Encarnación y de la redención. En ella se preserva la unión hipostática, pues la humanidad de Jesús nunca se separa de la divinidad del Verbo, pero se oscurece la unidad existencial: la experiencia sensible de comunión con el Padre se convierte en silencio y ausencia. Este contraste ha sido objeto de reflexión desde los Padres de la Iglesia hasta la teología contemporánea.
Las siete palabras, en su conjunto, son: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34); “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23,43); “Mujer, ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre” (Jn 19,26-27); “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27,46); “Tengo sed” (Jn 19,28); “Todo está consumado” (Jn 19,30); y “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46). Seis de ellas transmiten confianza, perdón, promesa, entrega y cumplimiento; sólo la cuarta irrumpe como un grito de desgarro, sin consuelo aparente, lo que la convierte en la más enigmática y desconcertante.
San Agustín interpreta este grito como la voz de toda la humanidad sufriente: Cristo, Cabeza del Cuerpo, ora en nombre de los miembros que experimentan abandono, pero la comunión con el Padre nunca se rompe. Tomás de Aquino precisa que se trata de un abandono afectivo: Dios retira el gozo sensible, pero no la unión real. La Trinidad permanece indivisa, aunque la experiencia humana de Jesús se sumerge en la oscuridad. Romano Guardini subraya la dimensión existencial: Cristo entra en la soledad radical del hombre, en la experiencia de sentirse separado de Dios. El grito es obediencia pura, confianza en medio de la noche. Karl Rahner lo interpreta como la “noche oscura” de la fe: Jesús vive la condición humana de distancia de Dios, y en esa oscuridad la fe se vuelve absoluta, sin apoyos sensibles. Hans Urs von Balthasar amplía la perspectiva hacia el misterio cósmico: el grito revela el “descenso a los infiernos”, la asunción de la lejanía que el pecado produce. Cristo redime incluso la desesperación, penetrando en el ámbito más distante de Dios para que nada quede fuera de la salvación. Edward Schillebeeckx insiste en la dimensión humana: Jesús comparte la experiencia de injusticia y silencio divino. El grito es oración, muestra que incluso en la desesperación la relación con Dios se mantiene. Gustavo Gutiérrez, desde la teología de la liberación, interpreta estas palabras como solidaridad radical con los pobres y marginados. Cristo se identifica con los abandonados de la historia; su grito es el clamor de los crucificados de hoy.
Podemos clasificar estas interpretaciones en varios niveles: las ontológicas, representadas por Agustín y Aquino, que subrayan la unidad preservada con el Padre y entienden el abandono como afectivo, no real; las existenciales, en Guardini y Rahner, que destacan la vivencia subjetiva de soledad y la fe sostenida en la oscuridad; las cósmicas, en Balthasar, que ven en el grito el descenso a los infiernos y la redención de la desesperación; las humanas, en Schillebeeckx, que resaltan la cercanía de Jesús con quienes padecen injusticia y silencio divino; y las históricas-sociales, en Gutiérrez, que interpretan el grito como la voz de los marginados y crucificados de la historia.
Ahora bien, sólo el oscurecimiento de la unión existencial hace posible que estas interpretaciones se desplieguen en sus diversas dimensiones. La lectura cósmica de Balthasar depende de que Cristo experimente la máxima lejanía, pues sin esa vivencia no habría descenso a los infiernos ni redención de la desesperación. La lectura humana de Schillebeeckx se sostiene en que Jesús comparte la experiencia subjetiva de injusticia y silencio, lo cual sólo puede darse si la unión existencial se oscurece. La lectura social de Gutiérrez, finalmente, requiere que Cristo viva en carne propia el abandono, para identificarse con los pobres y marginados de la historia. En cambio, las interpretaciones ontológicas de Agustín y Aquino y las existenciales de Guardini y Rahner se centran en mostrar que la unión hipostática permanece intacta y que la fe se sostiene en la oscuridad, pero es precisamente esa oscuridad la que abre el camino para las dimensiones cósmica, humana y social.
El descenso de Cristo al infierno, según la tradición, no es un viaje físico sino una inmersión espiritual en el nivel más radical de la lejanía de Dios: el ámbito de la muerte, del pecado y de la desesperación. Cristo desciende allí porque su misión es plena y universal: no basta con salvar a quienes lo reconocieron en vida, sino que debe abarcar a toda la humanidad, incluso a los que vivieron antes de la revelación cristiana.
Este descenso se realiza en el plano existencial más oscuro, donde el hombre experimenta la ausencia de Dios. Lo hace para que ninguna situación humana quede fuera del alcance de la redención. En ese sentido, rescata no sólo a los desesperados y a los que viven en la sombra del pecado, sino también a los justos que no conocieron la revelación de Cristo, aquellos que vivieron con rectitud y fidelidad según la luz que tenían. La tradición afirma que Cristo se los lleva al Cielo, abriendo las puertas cerradas desde el pecado original y conduciendo a los justos hacia la comunión definitiva con Dios.
Este rescate incluye a los buenos y justos de todas las culturas y épocas, hombres y mujeres que vivieron conforme a la justicia y la verdad, aunque no hubieran recibido explícitamente la revelación cristiana. Entre ellos, la tradición cristiana menciona de manera particular a los patriarcas y profetas del Antiguo Testamento: Adán y Eva (cf. Romanos 5,14), Abraham (cf. Génesis 15,6), Isaac y Jacob (cf. Éxodo 3,6), Moisés (cf. Deuteronomio 34,10), David (cf. Hechos 13,22-23), Salomón, Isaías (cf. Isaías 53), Jeremías, Ezequiel, Daniel, y también Juan el Bautista (cf. Mateo 11,11), último de los profetas y precursor inmediato del Mesías. Todos ellos, junto con los justos de otras culturas que vivieron en fidelidad a la verdad, son liberados por Cristo y conducidos a la gloria.
Las Escrituras aluden a este misterio en diversos pasajes: “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios; muerto en la carne, pero vivificado en el espíritu, en el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados” (1 Pedro 3,18-19). Asimismo, se afirma: “Por lo cual dice: Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres” (Efesios 4,8). Estos textos muestran que el descenso no es derrota, sino victoria: Cristo penetra en la noche más oscura para rescatar tanto a los que se sienten abandonados como a los que vivieron en fidelidad sin haber recibido aún la revelación plena.
Así, el descenso al infierno cumple una triple función: redimir la desesperación, rescatar a los justos que habían muerto antes de la Encarnación y llevarlos al Cielo, y extender la salvación a los buenos y justos de todas las culturas y épocas. De este modo, se confirma que el amor divino no conoce fronteras: desciende hasta lo más bajo para elevar a todos hacia la vida eterna.
En la historia de la teología cristiana, varios han intentado negar o reinterpretar el descenso de Cristo al infierno. En el protestantismo reformado temprano, Juan Calvino fue claro en rechazar la idea de un descenso literal: en su Institución de la Religión Cristiana explicó que debía entenderse como la experiencia de sufrimiento y abandono en la cruz, no como un viaje real al inframundo. Martín Lutero, aunque aceptaba la fórmula del Credo, lo interpretaba más como victoria sobre la muerte y el demonio que como liberación de los justos del Antiguo Testamento. Ulrico Zwinglio lo entendió en clave simbólica, como consumación del sacrificio de Cristo y triunfo sobre el pecado, negando un descenso real. Martín Bucero y Teodoro de Beza siguieron la línea de Calvino, insistiendo en que “infiernos” significaba sepulcro o muerte, y que el sentido era mostrar la intensidad del sufrimiento de Cristo.
En la teología contemporánea, Rudolf Bultmann lo consideró un mito que debía ser desmitologizado y traducido a categorías existenciales; Oscar Cullmann lo redujo a proclamación de victoria sobre la muerte; Karl Barth lo interpretó como solidaridad radical con la humanidad en su estado más bajo, pero sin aceptar la narrativa tradicional de liberar a los patriarcas; y Jürgen Moltmann lo matizó como identificación con el sufrimiento humano y la desesperación, más que como traslado real de almas al Cielo. Además, varios exegetas modernos sostienen que los textos bíblicos que fundamentan la doctrina —como 1 Pedro 3,18-19 y Efesios 4,8-9— son demasiado oscuros para sostener una interpretación literal, prefiriendo verlos como símbolos de la victoria pascual.
Así, tanto los reformadores —Calvino, Lutero, Zwinglio, Bucero y Beza— como los teólogos contemporáneos —Bultmann, Cullmann, Barth y Moltmann— representan las principales voces que han intentado negar o reinterpretar el descenso, desplazándolo hacia lo simbólico, lo existencial o lo narrativo, en contraste con la tradición católica y ortodoxa que lo mantiene como un acto real de rescate y apertura del Cielo a los justos.
Los intentos de negar el descenso de Cristo al infierno, ya sea en la Reforma o en la teología contemporánea, se debilitan frente a la fuerza de la tradición y la claridad de la fe transmitida por la Iglesia. Reducirlo a mera metáfora del sufrimiento en la cruz, como hicieron Calvino, Bucero o Beza, o interpretarlo como mito existencial, como propuso Bultmann, es ignorar el testimonio bíblico que habla de Cristo predicando a los espíritus encarcelados (1 Pedro 3,18-19) y de su victoria sobre la muerte al “llevar cautiva la cautividad” (Efesios 4,8). La lectura simbólica o puramente psicológica no logra explicar por qué la Iglesia primitiva confesó con tanta firmeza este artículo del Credo, ni por qué los Padres insistieron en la liberación de los justos del Antiguo Testamento. La tradición católica y ortodoxa sostiene que el descenso es un acto real de rescate y apertura del Cielo, porque sólo así se confirma la universalidad de la salvación: Cristo no se limita a acompañar el sufrimiento humano, sino que lo vence desde dentro, arrancando a los justos de la muerte y mostrando que el amor divino no conoce fronteras.
La salvación que Cristo trae no es local ni restringida, sino universal. Si su misión es redimir a toda la humanidad, entonces necesariamente desciende al infierno, porque allí se encuentra el ámbito más radical de la lejanía de Dios, el lugar donde están los muertos, los justos que vivieron antes de la revelación y los que sufren la desesperación. El descenso asegura que ninguna condición humana quede fuera del alcance de la redención: ni el tiempo, ni la cultura, ni la historia limitan el amor divino. Por eso la Iglesia confiesa que Cristo bajó a los infiernos, no como derrota, sino como victoria, para abrir las puertas del Cielo y mostrar que la salvación es universal, abarcando a los justos de todas las épocas y culturas, y confirmando que el amor de Dios desciende hasta lo más bajo para elevar a todos hacia la vida eterna.
El descenso de Cristo a los infiernos no significa que rescata a los condenados, pues la tradición es clara en que la salvación no se impone a quienes han rechazado definitivamente a Dios. El acto de bajar a los infiernos tiene como finalidad liberar a los justos que aguardaban la plenitud de la promesa, abrir las puertas del Cielo y mostrar que la redención es universal en alcance, pero no indiscriminada. Los condenados permanecen en su estado porque han cerrado su corazón a la gracia; Cristo no los arranca de su decisión, ya que la justicia divina respeta la libertad humana. Por eso el Credo afirma que descendió a los infiernos para proclamar la victoria y rescatar a los justos, no para anular la condena de quienes se apartaron irrevocablemente de Dios. De este modo, la universalidad de la salvación se entiende como oferta para todos, pero su eficacia se realiza sólo en quienes han vivido en fidelidad y justicia.
La cuarta palabra del Credo —descendit ad inferos— no es un detalle marginal, sino la proclamación de la universalidad de la salvación. Cristo no se limita a salvar a un pueblo concreto ni a un tiempo determinado, sino que desciende hasta lo más bajo de la existencia humana para que nadie quede fuera del alcance de la redención. Su descenso a los infiernos significa que la victoria pascual se extiende a todos los justos de todas las épocas y culturas, incluso a los que vivieron antes de la revelación cristiana. No se trata de rescatar a los condenados —pues la justicia divina respeta la libertad de quienes han rechazado definitivamente a Dios—, sino de abrir las puertas del Cielo a quienes vivieron en fidelidad y justicia. Así, la cuarta palabra expresa que la salvación es universal: Cristo penetra en la noche más oscura para iluminarla con su victoria, confirmando que el amor divino no conoce fronteras ni límites.
La cuarta palabra del Credo —descendit ad inferos— puede dar la apariencia de queja, porque refleja el sentimiento humano de Cristo que experimenta el obscurecimiento de la unidad existencial con el Padre. Sin embargo, no es una queja en sentido negativo, sino un anuncio solemne del rescate en el inframundo. Cristo, como verdadero hombre, siente el peso de la muerte y la distancia, pero como verdadero Dios mantiene intacta su unidad ontológica con el Padre. Precisamente por esa unión indestructible, su descenso no es derrota ni abandono, sino victoria y redención: entra en el ámbito de la muerte para abrir las puertas del Cielo a los justos y confirmar que la salvación es universal. Así, la cuarta palabra expresa a la vez la hondura del sufrimiento humano y la plenitud del poder divino, mostrando que el amor de Dios desciende hasta lo más bajo para elevar a quienes esperan la promesa.
Santos más recientes también han iluminado el sentido de la cuarta palabra del Credo. San Juan Pablo II, en sus catequesis sobre el descendit ad inferos, explicó que Cristo compartió plenamente la condición humana hasta la muerte, y que su descenso es anuncio de victoria y liberación de los justos, no rescate de los condenados. San Maximiliano Kolbe subrayó que Cristo baja hasta lo más profundo para que nadie quede fuera de la redención, manifestando la universalidad del amor divino. Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) interpretó la Pasión y el descenso como solidaridad radical de Cristo con la humanidad en su sufrimiento, confirmando que la unión con el Padre nunca se rompe. Y el Padre Pío, aunque no elaboró un tratado sobre el tema, habló con fuerza sobre la realidad del infierno y del purgatorio, en plena sintonía con la tradición que enseña que Cristo desciende no para rescatar a los condenados, sino para abrir el Cielo a los justos. En todos ellos se confirma que la cuarta palabra no es queja ni derrota, sino anuncio de la universalidad de la salvación: Cristo penetra en la noche más oscura con su unidad ontológica intacta, para iluminarla con su victoria y redimir a quienes esperan la promesa.
Al integrar las voces filosóficas, se observa que el descendit ad inferos ha sido interpretado como símbolo universal de la confrontación con la muerte y la victoria sobre ella. Hans Urs von Balthasar lo entendió como la experiencia radical de la soledad y el abandono, donde Cristo entra en la “noche del alma” para solidarizarse con la condición humana y mostrar la universalidad de la salvación. Martin Heidegger, desde su análisis del “ser-para-la-muerte”, inspiró lecturas que ven en el descenso la asunción plena de la condición existencial del hombre frente a la nada, transformada en apertura a la vida eterna. Paul Ricoeur, desde la hermenéutica, lo interpretó como un relato simbólico que comunica la victoria sobre el mal y la universalidad de la redención. Y Mircea Eliade, en su estudio comparado de religiones, mostró que el motivo del descenso al inframundo es un arquetipo presente en múltiples culturas, pero que en Cristo se cumple de manera histórica y definitiva: no baja como héroe mítico que regresa con un secreto, sino como Salvador que abre las puertas del Cielo y confirma la universalidad de la redención. En conjunto, estas lecturas filosóficas coinciden en que la cuarta palabra del Credo no es queja ni derrota, sino anuncio de que la salvación alcanza todas las dimensiones de la existencia humana, incluso la más oscura, y que el amor divino se manifiesta como solidaridad radical y victoria definitiva.
En síntesis, la unión hipostática preserva la identidad divina-humana de Cristo, mientras que la unidad existencial se oscurece en la vivencia humana de abandono. Este contraste revela la profundidad del amor divino: el Hijo asume la experiencia más radical del hombre para transformarla en salvación. Ontológicamente, la Trinidad permanece indivisa; existencialmente, Cristo se sumerge en la noche del alma humana. La paradoja es que, en el momento en que parece más lejos de Dios, Jesús cumple perfectamente la voluntad del Padre. El abandono sentido es, en realidad, el camino hacia la unión más plena: la entrega total y la solidaridad radical. Así, la cuarta palabra no implica ruptura en la Trinidad, sino la máxima expresión de amor, fe y redención, y es precisamente su carácter enigmático lo que permite que se desplieguen las interpretaciones ontológicas, existenciales, cósmicas, humanas y sociales que enriquecen la comprensión del misterio pascual.
En suma, desde una perspectiva filosófica, metafísica, ontológica, ética, antropológica y cultural, el descendit ad inferos revela la universalidad de la salvación como acto que trasciende los límites del tiempo y del espacio. Metafísicamente, muestra que el ser divino penetra en la nada y la muerte sin perder su unidad ontológica con el Padre, transformando el vacío en plenitud. Ontológicamente, afirma que la existencia humana, incluso en su extremo de oscuridad, queda asumida y redimida. Éticamente, manifiesta la radical solidaridad de Cristo con la condición humana, que no abandona a los justos y respeta la libertad de los condenados. Antropológicamente, expresa que la experiencia del sufrimiento, la muerte y el abandono no son ajenos a Dios, sino que se convierten en camino de esperanza. Culturalmente, se inscribe en el arquetipo universal del descenso al inframundo estudiado por Mircea Eliade y otros pensadores, pero lo supera al ser un acontecimiento histórico y definitivo: Cristo no baja como héroe mítico, sino como Salvador que abre las puertas del Cielo. En conjunto, la cuarta palabra del Credo se convierte en anuncio de victoria y universalidad, donde la filosofía y la teología convergen para mostrar que el amor divino alcanza todas las dimensiones de la existencia humana.
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