Revista peruana de Filosofía dedicada a los temas de metafísica, ontología, antropología filosófica, ética y política con especial énfasis en las categorías de lo anético, mitocrático, hermenéutica remitizante e hiperimperialismo. Contacto: gus_floque@yahoo.com
domingo, 13 de agosto de 2017
viernes, 21 de julio de 2017
ESCALA KARDASHOV E IMAGINACIÓN
ESCALA KARDASHOV E IMAGINACIÓN
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
Graham Greene decía que las personas reales están repletas de seres
imaginarios. Y al parecer es la imaginación fantástica la mejor amiga y el
mayor enemigo del hombre. Aquí no se trata de incurrir en la confusión de
admitir que allí donde mi razón no puede satisfacerse se entrega complaciente a
la fantasía. Por el contrario, evitando todo reduccionismo de la razón
imaginaria hay que admitir que están presentes dimensiones existenciales donde
la misma razón reconoce que hay verdades no racionales (por ejemplo, el amor,
la inmortalidad del alma y la existencia de Dios).
Por ende, es plausible ver que la razón
imaginaria se bifurque principalmente en tres tipos: (1) especulaciones
metafísicas, (2) hipótesis científicas y (3) ficciones. Las especulaciones
metafísicas son razonamientos sobre realidades suprasensibles o más allá de la
experiencia que tienen valor teórico. Las hipótesis científicas son respuestas
o soluciones provisionales a problemas científicos. Y las ficciones son simulaciones
imaginarias de la realidad con valor artístico.
Ontológicamente la metafísica atañe al ser real y al ser ideal, la hipótesis
de la ciencia a las relaciones de entes reales y la ficción con el ser irreal.
Gnoseológicamente la metafísica tiene que ver con la imaginación productiva (representación de lo suprasensible mediante
la intuición intelectual), la hipótesis científica con la imaginación reproductiva (representación de la actualidad de una
percepción en vistas a la verificación) y la ficción con la fantasía (representación de una
percepción sin la actualidad o presencia de la cosa).
Una palabra más sobre la especulación metafísica. El idealismo moderno
conoció un auge de la metafísica paralelo con un reconocimiento de su
impotencia. Hasta que con el empirismo de Hume se declara que toda proposición
que no se refiera a hechos de experiencia o a razonamientos formales carece de
significación. Con Kant también la metafísica se las lleva de mal traer, y
sentencia que la misma no es más que un juego de los conceptos por la razón
pura y por tanto carece de la firmeza y seguridad de la ciencia. Más razonable
resultaba ser la postura ni racionalista ni reduccionista de Galileo, quien
distinguía el campo de la fe, de la metafísica y de la ciencia. En cambio los
pensadores posteriores son reduccionistas, defienden el fuero de la ciencia
despotricando de los demás tipos de conocimiento.
Aquí prestaremos especial atención a una expresión de la razón imaginaria
que tiene la apariencia de “Hipótesis” pero que en el fondo es “Ficción”, a
saber: la escala Kardashov. Esta
mezcla de hipótesis científica con la ficción es lo característico de las
pseudociencias, las cuales no se someten al criterio de verificabilidad o
refutabilidad. Sin embargo, la pseudociencia se distingue de la ciencia ficción
en que la primera pretende hacer de sus ficciones, realidades.
Esta confusión entre la ficción y la realidad se da en la escala Kardashov
tomando lo posible como lo real. Además, hay una cuestión intrigante que tiene
que ver con la interrogante: ¿por qué en determinadas épocas históricas la
ficción es más placentero que la realidad? No menos importante es el punto
siguiente: ¿Cómo explicar antropológicamente la ficción, la fantasía o lo
imaginario?
Nikolai Kardashev fue un astrofísico ruso interesado en encontrar
señales de vida inteligente en el cosmos, que en 1964 propuso una ingeniosa forma
de clasificar a las civilizaciones según su tipo de tecnología. La misma se
conoce como la Escala de Kardashov. Según Kardashov cuanto más avanza una
civilización aumenta su demanda de energía.
Esta tendencia de identificar el avance de una civilización con lo
tecnológico no es cuestionada por Kardashov, simplemente es asumida. No se
plantea el dilema entre civilización y cultura, ni se cuestiona si lo
tecnológico puede ser un peligro para la humanidad. Spengler, por ejemplo,
identifica la civilización con el periodo de decadencia de una cultura. Y, por
otra parte, los actuales expertos en inteligencia artificial y hombres de
cultura en general, muestran su preocupación por el derrotero que puede tomar la
misma en contra del hombre hasta el punto de representar un peligro para su
supervivencia. Ninguna de estas preocupaciones está presente en Kardashov, para
quien la tecnología es una fuerza, por lo general, benéfica, que puede conducir a insospechados
horizontes de avance civilizatorio. Pero civilización de quién o de qué, no
responde con claridad. Simplemente en su escala se ven máquinas por doquier en cualquier
etapa de avance civilizatorio.
Ahora bien, la escala de Kardashov contaba con tres tipos de
civilización: la de Tipo I emplea todos los recursos de la Tierra, la de Tipo
II echa mano a los recursos del sistema planetario, y la de Tipo III emplea los
recursos de otras galaxias. Actualmente otros astrónomos con la misma
ingenuidad y sin preguntarse el por qué ni el cómo de las cosas, han añadido
otros tipos hasta llegar a un total de siete partiendo de cero.
Así, Carl Sagan supuso que para llegar al Tipo I nos faltaría entre uno
o dos siglos. Y desde esta suposición daba un salto mortal haciendo la pregunta:
“¿Puede imaginarse que tan avanzadas son las demás tipos de civilizaciones?”.
Como muchos hombres de ciencia tienen la cautela extraviada se han lanzado a
hacer suposiciones surrealistas. Así tenemos la clasificación siguiente:
Civilización Tipo 0. Aprovecha los recursos naturales del planeta (madera,
carbón, petróleo) y demoró todo el lapso en que surge el Homo Sapiens, o sea
200 mil años.
Civilización Tipo I. Aprovecha la energía total del planeta (eólica,
marítima, solar, control del clima, volcanes, terremotos, geología, fauna y
flora). Según Sagan será alcanzable en dos siglos. Y según los cibernetistas el
hombre será una simbiosis entre naturaleza y máquina. Dominio de los ciborgs.
Tomará 100 mil años.
Civilización Tipo II. Capaz de aprovechar la capacidad energética de la
estrella madre. La Esfera de Dyson encaja en esta propuesta de aprovechar por
completo la energía de la estrella. Se añade el control sobre las órbitas
planetarias, asteroides y cometas, más dominio completo del sistema solar.
Control sobre la propia extinción por catástrofe dentro de nuestro sistema solar.
Tomará otros 20 mil años.
Civilización Tipo III. Instauración de una civilización galáctica que
aprovecha la energía de toda la galaxia, supernovas y poder para crear
estrellas. Colonización de la galaxia. Cambio completo de apariencia humana.
Cyborsnización total de la humanidad. Autoreplicaciones robóticas. A partir de
medio millón de años.
Civilización Tipo IV. Aprovecha la energía de todo el universo,
capacidad para manipular el espacio-tiempo, convirtiéndose en una civilización
cuasi-eterna. Dentro de 1 millón de años.
Civilización Tipo V. Aprovecha energía de múltiples universos y de
universos paralelos (la fantasía de los multiversos de Hawking se hace realidad).
Dentro de 1 millón y medio de años. El ciborg deja su lugar a entes de plasma y
luz.
Civilización Tipo VI. Aprovecha la capacidad para existir fuera del
tiempo y del espacio, es capaz de crear universos y de destruirlos, es casi una
deidad omnipotente y omnipresente. La pluralidad de entes inteligentes de luz deja
su lugar a su unificación en una sola entidad. Dentro de dos millones de años.
Pero incluso podemos seguir con este juego de la libre imaginación
diciendo que son posibles dos tipos de civilización más. Civilización Tipo VII,
donde, dentro de tres millones de años, la inteligencia energética unificada experimenta
su propia división, conflicto y dispersión. Donde el vencido es arrinconado en
un universo espacio-temporal. Y finalmente civilización Tipo VIII, cuando ambas
inteligencias espirituales-energéticas son devoradas en la Nada por un
desequilibrio cósmico que causa una entropía universal.
La Escala Kardashov fue criticada por el biólogo Jack Cohen y el
matemático Ian Stewart en el libro del 2002 La
evolución del alien: la ciencia de la vida extraterrestre, aduciendo que
las civilizaciones avanzadas son imposibles de entender y no que es relevante
para clasificar civilizaciones extraterrestres. Incluso no han faltado elucubraciones más descabelladas de quienes sin ninguna prueba han aplicado dicha escala no a la especie humana sino a supuestas otras especies vivientes en el universo, que habrían alcanzado niveles de civilización avanzado millones de años antes que la humanidad. Pero, sin prueba contraria, todo esto pertenece al campo de la ciencia ficción. Lo que la ciencia confirma hasta el momento es todo lo contrario. En vez que la vida abunde en el Universo es, más bien, un fenómeno sumamente raro, extraño y extraordinario en un Cosmos sumamente hostil y agresivo. Una cosa muy distinta es que abunden los elementos de la vida en el cosmos y otra cosa es que exista vida en otras partes del universo. Y la exobiología lo confirma hasta el momento.
Sin embargo, hay otras observaciones que resultan pertinentes hacer a la
Escala Kardashov. Todo el esquema de Kardashov está atrapado en el idealismo
subjetivo que domina desde la modernidad. En otras palabras, el sentido del Ser
no viene de lo trascendente, sino del pensamiento, inmanente a la conciencia o
pensamiento. Donde lo prioritario no es el problema de Dios sino el problema
tecnológico. La estructura ontológica del hombre se resuelve en externo
desarrollo técnico, donde la interioridad se esfuma. Dicha escala lleva hacia
la divinización de aquella inteligencia tecnológica con el poder de crear y
destruir universos. En otras palabras, el fundamento teórico de la escala se
explaya sobre la base del extravío del sentido del ser y la privación de la
verdad.
Además, la escala de Kardashov adolece de una falla de base y que atañe
a lo ético. El paso de un tipo de civilización a otra no puede depender de lo
tecnológico en sí, sino de lo ético. Puesto que un nuevo tipo de civlización
representa una mayor capacidad de destrucción, entonces la única barrera para
evitarlo tiene que ser el crecimiento de la conciencia ética. Y ello no puede venir
de la tecnología, sino de la conciencia y reflexión interior. En otras
palabras, el autoexterminio no puede asegurarse mediante la robotización del
hombre, sino mediante su mayor humanización.
El error inmanentista y secularista que atraviesa las bases teóricas de
la Escala Kardashov lo lleva hacia un naturalismo donde se humaniza el teísmo
en un panteísmo antropológico-tecnológico. Al final es la inteligencia humana
tecnologizada la que se convierte en dios.
Pero hay otra cosa importante. No correspondiendo la Escala Kardashov al
rubro de la hipótesis científica sino al de la ciencia ficción, ¿por qué
resulta agradable a los oídos de la presente humanidad sin Dios? Soñar sin
pesadillas es agradable y soñar despierto lo es aun más. ¿No es todo esto una
forma de escapismo de la realidad?
La ficción proporciona placer ante la dolorosa tragedia del fracaso de
la razón ilustrada, las dos guerras mundiales, los campos de concentración, etc.
En suma, el placer por la ficción por parte del secularizado hombre sin Dios
aumenta en razón inversamente proporcional en que pierde la fe en lo
trascendente y en que ve el fracaso del Regnum
hominis.
Al hombre secularizado sin Dios le aburre pensar en Dios. Y en su
insoportable apatía, pereza y aburrimiento por lo trascendente, prefiere
divinizar lo inmanente en un panenteísmo y escapar de lo real creyendo en la
ficción de civilizaciones extraterrestres. La ficción nace de la imaginación y
después de la pasión. La ficción nace de la debilidad de la pasión. No
obstante, la imaginación ficcional debe tener una aureola de felicidad y esto
lo proporciona el elemento tecnológico-extraterrestre.
No hay duda que el hombre es una inteligencia utópica, que gusta
imaginar reinos inexistentes por alcanzar. Y en este sentido, la Escala
Kardashov más que una medición de la evolución tecnológica de civilizaciones
extraterrestres, es en realidad una optimista cronología ucrónica de lo que la
inteligencia humana puede alcanzar si antes no se autoaniquila. Así como la
matemática se resuelve en lo formal y no en lo real (Ecuación de Drake), del
mismo modo lo ficticio se resuelve en lo posible pero no en lo real (Escala de
Kardashov).
Pero la falla fundamental de la Escala de Kardashev consiste en empeñar al hombre solamente en la conquista del mundo, a fin de cuentas lo unce al carro de la naturaleza. Este tipo de humanismo es la negación precisamente del humanismo porque es "cosismo". En Kardashev como en el resto del pensamiento moderno se ha apagado la luz de Dios para habitar un verdadero obscurantismo espiritual, donde la nueva religión es la ciencia.
No hay que recriminarlo mucho, él fue apenas un científico sin mayor ilustración filosófica y formado en el vientre del gigantesco monstruo del cruel despotismo ateo soviético. No hay que olvidar que el socialismo soviético ponía todas sus esperanzas en la industria y la técnica relegando la superioridad de los valores espirituales. Es por eso que la Escala Kardaschov arrastra la misma tara propugnando un desequilibrio profundo entre lo material y lo espiritual. Es como si un médico definiera la salud teniendo en cuenta lo corporal y sin tener en cuenta lo mental. Pero nos toca a nosotros develar sus presupuestos ideatorios que lo tienen constreñido. Así, comparte la destrucción de las estructuras metafísico-teológicas de la tradición griego-cristianas. Suscribe el error básico de la modernidad de hacer a la razón humana en fundamento de sí misma. Contribuye a fortalecer el regnum hominis y un mesianismo laico que pierde el horizonte de Dios.
Este asalto a la razón que relega los valores espirituales desemboca en el regnum materiae o de la materia (primacía de lo tecnológico). Lo dramático es que el superdesarrollo tecnológico indica la mayor parte de las veces infradesarrollo espiritual. Y así está muy lejos de comprender que el desafío civilizacional es restaurar el fundamento trascendente del orden natural y humano y acabar con la superficialidad que arruina la civilización occidental.
Pero la falla fundamental de la Escala de Kardashev consiste en empeñar al hombre solamente en la conquista del mundo, a fin de cuentas lo unce al carro de la naturaleza. Este tipo de humanismo es la negación precisamente del humanismo porque es "cosismo". En Kardashev como en el resto del pensamiento moderno se ha apagado la luz de Dios para habitar un verdadero obscurantismo espiritual, donde la nueva religión es la ciencia.
No hay que recriminarlo mucho, él fue apenas un científico sin mayor ilustración filosófica y formado en el vientre del gigantesco monstruo del cruel despotismo ateo soviético. No hay que olvidar que el socialismo soviético ponía todas sus esperanzas en la industria y la técnica relegando la superioridad de los valores espirituales. Es por eso que la Escala Kardaschov arrastra la misma tara propugnando un desequilibrio profundo entre lo material y lo espiritual. Es como si un médico definiera la salud teniendo en cuenta lo corporal y sin tener en cuenta lo mental. Pero nos toca a nosotros develar sus presupuestos ideatorios que lo tienen constreñido. Así, comparte la destrucción de las estructuras metafísico-teológicas de la tradición griego-cristianas. Suscribe el error básico de la modernidad de hacer a la razón humana en fundamento de sí misma. Contribuye a fortalecer el regnum hominis y un mesianismo laico que pierde el horizonte de Dios.
Este asalto a la razón que relega los valores espirituales desemboca en el regnum materiae o de la materia (primacía de lo tecnológico). Lo dramático es que el superdesarrollo tecnológico indica la mayor parte de las veces infradesarrollo espiritual. Y así está muy lejos de comprender que el desafío civilizacional es restaurar el fundamento trascendente del orden natural y humano y acabar con la superficialidad que arruina la civilización occidental.
21 de Julio 2017
sábado, 8 de julio de 2017
SECULARIZACIÓN: ORIGEN Y DESTINO
Gustavo Flores Quelopana
Existe la tendencia a identificar la ciencia con la secularización pero
cuando observamos más detenidamente caemos en la cuenta que la secularización
es un proceso cultural que la desborda para extenderse hacia otros ámbitos de
la vida espiritual.
La secularización como transformación de la visión religiosa del mundo
por una más centrada en lo terrenal y mundano es un proceso que se inicia con
las ideas humanistas del siglo XV y llega a su hegemonía con el Iluminismo y la
Revolución Francesa en el siglo XVIII.
Paul Hazard en su fundamental obra La
crisis de la conciencia europea, publicada en 1934 en Francia, expresa prácticamente
que la secularización es la destrucción de los valores de índole espiritual
elevando a la razón humana a la condición absoluta de Dios. Con ello destila lo
más esencial del lema de Horacio, Sapere
Aude o Atrévete a conocer, que había adoptado la Ilustración y que Kant lo
retomó en su escrito Qué es la
Ilustración, de 1784. Por su parte, Heidegger llama a este era en la que el
mundo se convierte en objeto la era de
la sujetidad (Hollzwege, 237). Y
sobre esta base el teólogo de la desmitologización Rudolf Bultmann, en su
escrito La idea de Dios y el hombre
moderno (1963), define la secularización como la representación del mundo
como un objeto de la libertad humana.
Por mi parte, considero que tanto la elevación de la razón humana a la
condición absoluta de Dios (Hazard), la era de la sujetidad (Heidegger) y la
representación del mundo como objeto de la libertad humana (Bultmann), son
consecuencias pero no causas de la secularización. Soy de la opinión que el
origen de la secularización está en una errónea resolución de la tensión entre
razón y fe ínsita en la propia cultura cristiana. El hombre de fe y razón es un descubrimiento del
Cristianismo, no del Humanismo. Aquí radica la separación entre el mundo
antiguo y la experiencia cristiana. La filosofía antigua es cosmología y el
Dios antiguo es principio cosmológico, jamás Amor infinito. En cambio, la
filosofía moderna al negar lo trascendente y limitarse a lo inmanente derivó al
secularismo y relativizó lo antropológico y lo moral. Así destruyó al hombre en
la cosificación y lo humano en la enajenación. Y extraviado va en pos del
superhombre, entendido como lo posthumano y transhumano.
Resolución errónea que encuentra una de sus más dramáticas versiones -las otras son el Humanismo, el Renacimiento, la revolución científica y el capitalismo- en la fe protestante del reformador Lutero. Este misticismo sombrío que se caracteriza por la fe salvífica sin obras y el libre examen, proclama la esclavitud de la voluntad pecaminosa y la libertad de la voluntad redimida por la fe, es en el fondo la primera afirmación de la voluntad de poder. El luterano tiene la convicción de que Dios ha descendido en él para asumir una humanidad divinizada. Pero lo ha conseguido a través de la esclavitud de su voluntad al poder de la voluntad de una gracia redentora operante. Con ello deja expedito el camino para la sumisión servil al poder estatal. La inmanentización secularizada de Dios efectuada por el luteranismo se resuelve en la tendenciosa apología del absolutismo, en estatolatría, justificación de la represión y de la guerra. En mesianismo de la raza, en condena de las masas esclavas de lo carnal y en voluntad de poder del Estado, ya manifiesto en las dos guerras mundiales.
En este punto no hay que olvidar que la Escolástica
reivindica la autonomía de la razón en la indagación natural, y reserva la
unidad entre razón y fe en el campo metafísico, antropológico y moral. Por
ende, mi tesis es que la causa de la secularización no es la defensa de la autonomía
de la razón, sino su absolutización separada de la fe y de la trascendencia.
Resolución errónea que encuentra una de sus más dramáticas versiones -las otras son el Humanismo, el Renacimiento, la revolución científica y el capitalismo- en la fe protestante del reformador Lutero. Este misticismo sombrío que se caracteriza por la fe salvífica sin obras y el libre examen, proclama la esclavitud de la voluntad pecaminosa y la libertad de la voluntad redimida por la fe, es en el fondo la primera afirmación de la voluntad de poder. El luterano tiene la convicción de que Dios ha descendido en él para asumir una humanidad divinizada. Pero lo ha conseguido a través de la esclavitud de su voluntad al poder de la voluntad de una gracia redentora operante. Con ello deja expedito el camino para la sumisión servil al poder estatal. La inmanentización secularizada de Dios efectuada por el luteranismo se resuelve en la tendenciosa apología del absolutismo, en estatolatría, justificación de la represión y de la guerra. En mesianismo de la raza, en condena de las masas esclavas de lo carnal y en voluntad de poder del Estado, ya manifiesto en las dos guerras mundiales.
Nada de lo cual es extraño, porque el diálogo entre fe y razón encontró
su más perfecto equilibrio recién en el siglo XIII con santo Tomás de Aquino. Recordemos
que en la perspectiva bíblica agustiniana razón y fe se oponen, la sophia humana no tiene eficacia salvífica,
al contrario de san Pablo quien consideraba que la sabiduría humana sí tiene
poder salvífico. Pero el equilibrio logrado por el Aquinate fue de corta
duración porque en la propia Edad Media, ya en el siglo XIV, surgían el
terminismo de Duns Scoto y el nominalismo de Occam, los cuales pondrían fin al
equilibrio entre lo intelectual y lo volitivo establecido por el tomismo y
motivarían el surgimiento del empirismo inglés. Este mismo desarrollo permite
ver que la oposición entre razón y fe es de índole filosófica.
En otras palabras, la secularización tiene su origen en la tensión mal
resuelta entre razón y fe contenida en el propio cristianismo. No es que la
mala resolución sea propio del cristianismo sino que la pérdida del equilibrio
logrado por el tomismo causó el desastre secularista.
En nuestros días la exégesis bíblica ha logrado su normalización filosófica,
promoviendo el diálogo entre fe y razón. Es la filosofía la que sirve de puente
en fe y razón. Lo cual no quiere decir que la razón científica sea lo apropiado
para llegar a Dios. Si se respeta cada terreno ontológico, epistémico y ético,
no hay oposición verdadera entre razón y fe, entre ciencia, filosofía y
teología. Lo cual no significa la adhesión a la doctrina de las dos verdades. Pues
la verdad es una. Esto es lo que se demuestra en el excelente libro del Padre Mario
Arroyo, Ciencia y fe (2015). Pero la
medicina llega tarde, cuando la enfermedad está en un proceso muy avanzado
gracias al ateísmo, empirismo, positivismo, naturalismo y cientificismo.
Pero no siempre fue así. Incluso las actuales querellas entre
creacionistas y evolucionistas dejan percibir el remoto eco de una falsa
incompatibilidad entre fe y razón, ciencia y religión. Obviamente que la
Escritura es un libro de fe y no de ciencia, y fue un error –hoy admitido por la
Iglesia- en el caso Galileo que los teólogos se extralimitaran juzgando el
alcandce de las Sagradas Escrituras. Pero también Galileo se equivocaba
pretendiendo sin pruebas que el heliocentrismo explicaba el fenómeno de las
mareas.
Que la secularización no tiene su origen en la ciencia misma nos lo
permite advertir el hecho de que el método experimental se inició en la Edad
Media. El franciscano Robert Grosseteste (1175-1253) escribió estudios de
óptica y propuso una explicación del arco iris. Roger bacon (1214-1294) propuso
el método experimental, fue el padre el empirismo, hizo trabajos de óptica y alquímica
y afirmó que la Tierra es redonda y se puede circunnavegar. Raimundo Lulio
(1232-1315), también franciscano, describe la gravedad, la imaginación y la
memoria en los animales. Jean Buridán
(1300-1358) desarrolló antes que Copérnico, Galileo y Newton la teoría de
ímpetus o inercia, estudió la mecánica y la cinemática. Nicolás de Oresme
(1323-1382) representó el movimiento uniformemente acelerado y la curvatura de
la luz.
En otras palabras, no fue la ciencia basada en el método experimental la
que dio origen a la secularización. Es más, el cristianismo al concebir a Dios
como racional y encarnado se constituyó en la base de la ciencia moderna. Esa
fue la gran diferencia respecto a otras religiones –mesopotámica, egipcia, china,
hindú, griega, maya, andina, árabe-.
Incluso respecto al Islam, que después de potenciar la ciencia en
occidente se terminó estancando en el siglo XII por el dogmatismo religioso
coránico. No es casual que fue el cristianismo el que estimuló el nacimiento de
la ciencia no sólo por la teología de la encarnación y la importancia de lo
inmanente, sino que concibe a Dios como racional y su omnipotencia no trasciende
su omnisciencia. En cambio el fundamentalismo árabe puso su omnipotencia sobre
la omnisapiencia.
El cristianismo católico, en contraste con ortodoxo, dio origen a las
universidades porque no temía a la razón. El antecedente fueron las escuelas
catedralicias y las compilaciones realizadas por los monasterios medievales de
la orden de san Benito. Bacon, Lulio, Buridan, Oresme son hombres de la
Iglesia. El propio Copérnico y Galileo fueron católicos, y Newton, a pesar que con
su hypothesis non fingo niega a Dios,
era un cristiano practicante.
En otras palabras, la doctrina cristiana fue la base del pensamiento científico.
El método experimental se inició en la Edad Media. La búsqueda de la verdad
comenzó en monasterios, escuelas catedralicias y universidades. Pero había una
diferencia profunda en la enseñanza, a saber, ciencia, filosofía y teología
andaban unidas en la búsqueda de la verdad. A diferencia de las universidades
de nuestro tiempo que han dejado de ser universidad al extinguirse la búsqueda
común de la verdad y el intercambio de conocimientos. Lo que hoy se vive es la
descomposición de la universidad, convirtiéndose en una institución que ha reemplazado
el saber universal por el saber técnico y especializado.
Incluso se puede dar una fecha sobre cuando triunfa la ciencia. Corresponde
al célebre año 1277, cuando se condena el averroísmo aristotélico, se declara
que el mundo es contingente y no necesario. Por ende, el conocimiento del mundo
no es por fe, ni mero razonamiento silogístico, sino recurriendo al método
empírico. Quizá esto explique por qué hasta nuestros días hay prominentes
científicos que son cristianos. Empezando por Georges Lemaitre (1894-1966),
quien postuló el modelo del universo del átomo primitivo y su posterior
expansión. Idea que fue confirmada gracias a la ley de Hubble. También Ruthenford, Marconi, Carrel, Planck, Bohr,
Heisenberg, Dirac, Schrödinger, Fleming, Eccles. El premio nobel
de física (1984) Carlo Rubbia. El autor del Proyecto
Genoma Humano, Francis Collins (1950). Jérome Lejeune (1926-1994),
descubridor del Trisoma 21, cromosoma extra causante del síndrome de Down. Los
cuales son parte de una extensa lista que demuestra que no hay animadversión ni
enemistad entre ciencia, método experimental y fe.
Por tanto, no es cierta la afirmación del connotado historiador de la
ciencia A. Koyré sobre la absoluta novedad del movimiento científico moderno. Y
más cercana a la verdad resulta ser la tesis continuista de P. Duhem vertida en
su monumental obra de diez tomos El
sistema del mundo, historia de las doctrina cosmológicas de Platón a Copérnico.
Una perspectiva más matizada está presente en la reciente tesis continuidad-discontinuidad
de D. Lindberg, en su obra Los inicios de
la ciencia occidental, de 1992, donde considera que la metodología y la
metafísica son los elementos discontinuos, mientras que lo lingüístico,
conceptos y teorías son los elementos continuos.
En mi opinión considero posible afirmar que metodológica y metafísicamente
la ciencia moderna procede de la ciencia medieval. Así, la visión religiosa del
mundo persiste en Copérnico, Galileo y Newton. No tienen una visión
secularizada. Pero se dan en ellos y en otros los elementos necesarios para el
desarrollo de la visión secularizada del mundo sobre la base del divorcio entre
fe y razón.
La infinitud espacial del Cusano, la divinización de la geometría de
Kepler, el énfasis en la ratio physica de Galileo, la esperanza en la ciencia y
en la técnica de F. Bacon, la razón que circunscribe la verdad y no viceversa en Descartes, la hypothesis
non fingo de Newton, el antropocentrismo kantiano, dan forma a esa visión ateológica
que vendría con Hegel, ametafísica que vendría a partir de Compte, y ambas
cosas con Nietzsche. Prácticamente con el padre del nihilismo madura filosóficamente
la visión secularizada del mundo. Las protestas de Pascal, Bossuet y Vico contra la absolutización de la razón caen en saco roto y resultan ineficaces. La filosofía se mundaniza y se identifica con la ciencia. La vida pierde su sentido religioso, deja de ser una prueba y se convierte en un fín en sí mismo. La revolución del siglo de las luces es la sustitución del Regnum Dei por el regnum hominis.
Nuestro tiempo gira en los torbellinos del infierno de Dante, donde las llamas son alimentadas por la ceguera misma de la razón. Hasta que Kant liquida la metafísica teocéntrica por otra antropocéntrica. Con ello deja expedito el camino para el Yo de Fiche y la razón absoluta de Schelling y Hegel. Además, que el positivismo identifique lo real con el fenómeno. Pero ya en Hegel Dios luce muerto en el altar de la Razón absoluta. Con las filosofías de la acción y de la vida la razón pierde confianza en sí misma, pero se trata de un cuestionamiento erróneo desde el mismo principio inmanentístico. La tercera fase consiste en que al irracionalismo le sucede la catástrofe de la filosofía donde campea la nada. Desde el existencialismo hasta el posmodernismo la tragedia de la filosofía encarna el hundimiento de una sociedad burguesa que ofende los propios valores en que nació. Lo expresado en el Renacimiento fue apenas su nacimiento, y con el Iluminismo y la Revolución Francesa su hegemonía. Y es a través precisamente de la filosofía que se agudiza la tensión entre fe y razón, resolviendo la contradicción a favor de una razón autónoma, naturalista, materialista y atea.
La trayectoria del secularizado pensamiento moderno demuestra que sin Dios no se puede pensar racionalmente. Negar que el hombre y la razón tengan un fundamento trascendente condujo a la crisis de la filosofía, el relativismo científico y al nihilismo. "Si Dios no existe, todo es lícito", escribía Dostoievski. "Todo vale" es el santo y seña en la posmodernidad nihilista. Es el desencadenamiento de la bestialidad y la barbarie civilizada. La secularización señala el agobiante fracaso de haber disuelto la unidad entre fe y razón. Pero la vuelta a la escolástica y al tomismo con Macheral, Mercier, Gilson, Grabmann, Sertillanges, Copleston, Maritain, Blondel, Geyser, Garrigou y Bocheski, ha tenido escaso resultado. Hay una sensibilidad nueva que exige nuevas soluciones.
No es suficiente condenar el secularista pensamiento moderno, hay que superarlo. Dar una solución cristiana a los problemas planteados por la modernidad es el camino. La secularización clausuró la trascendencia en la razón y en el cosmos para el hombre moderno. Pero entonces Dios, el cielo y el infierno se volvieron abrir dentro de su propia alma. Estas realidades se revelan hoy como algo interior al hombre. Por ello, nuestro tiempo de crisis profunda está más cerca a San Agustín que a Santo Tomás. La metafísica de la interioridad puede ser el camino que restituya más enriquecida la cosmológica metafísica de la exterioridad. El idealismo subjetivo moderno resiste al idealismo objetivo greco-cristiano, pero luce desarmado ante una metafísica de la interioridad. Dios no es un problema lógico y de la razón sino existencial. Es decir, Dios es real no tanto por ser racional sino por ser primero existencial. No se trata de una interioridad mundana, sino de adecuación de lo finito con lo trascendente que habita en el alma. Este es el sentido profundo agustiniano de superar el gnoseologismo positivista y la metafísica naturalista.
Nuestro tiempo gira en los torbellinos del infierno de Dante, donde las llamas son alimentadas por la ceguera misma de la razón. Hasta que Kant liquida la metafísica teocéntrica por otra antropocéntrica. Con ello deja expedito el camino para el Yo de Fiche y la razón absoluta de Schelling y Hegel. Además, que el positivismo identifique lo real con el fenómeno. Pero ya en Hegel Dios luce muerto en el altar de la Razón absoluta. Con las filosofías de la acción y de la vida la razón pierde confianza en sí misma, pero se trata de un cuestionamiento erróneo desde el mismo principio inmanentístico. La tercera fase consiste en que al irracionalismo le sucede la catástrofe de la filosofía donde campea la nada. Desde el existencialismo hasta el posmodernismo la tragedia de la filosofía encarna el hundimiento de una sociedad burguesa que ofende los propios valores en que nació. Lo expresado en el Renacimiento fue apenas su nacimiento, y con el Iluminismo y la Revolución Francesa su hegemonía. Y es a través precisamente de la filosofía que se agudiza la tensión entre fe y razón, resolviendo la contradicción a favor de una razón autónoma, naturalista, materialista y atea.
La trayectoria del secularizado pensamiento moderno demuestra que sin Dios no se puede pensar racionalmente. Negar que el hombre y la razón tengan un fundamento trascendente condujo a la crisis de la filosofía, el relativismo científico y al nihilismo. "Si Dios no existe, todo es lícito", escribía Dostoievski. "Todo vale" es el santo y seña en la posmodernidad nihilista. Es el desencadenamiento de la bestialidad y la barbarie civilizada. La secularización señala el agobiante fracaso de haber disuelto la unidad entre fe y razón. Pero la vuelta a la escolástica y al tomismo con Macheral, Mercier, Gilson, Grabmann, Sertillanges, Copleston, Maritain, Blondel, Geyser, Garrigou y Bocheski, ha tenido escaso resultado. Hay una sensibilidad nueva que exige nuevas soluciones.
No es suficiente condenar el secularista pensamiento moderno, hay que superarlo. Dar una solución cristiana a los problemas planteados por la modernidad es el camino. La secularización clausuró la trascendencia en la razón y en el cosmos para el hombre moderno. Pero entonces Dios, el cielo y el infierno se volvieron abrir dentro de su propia alma. Estas realidades se revelan hoy como algo interior al hombre. Por ello, nuestro tiempo de crisis profunda está más cerca a San Agustín que a Santo Tomás. La metafísica de la interioridad puede ser el camino que restituya más enriquecida la cosmológica metafísica de la exterioridad. El idealismo subjetivo moderno resiste al idealismo objetivo greco-cristiano, pero luce desarmado ante una metafísica de la interioridad. Dios no es un problema lógico y de la razón sino existencial. Es decir, Dios es real no tanto por ser racional sino por ser primero existencial. No se trata de una interioridad mundana, sino de adecuación de lo finito con lo trascendente que habita en el alma. Este es el sentido profundo agustiniano de superar el gnoseologismo positivista y la metafísica naturalista.
¿Pero si secularización no tiene su origen en la ciencia experimental lo
tendrá en la economía dineraria? Tampoco. Como hace ver G. Duby, en su obra San Bernardo y el arte cisterciense, el siglo XII fue de expansión de la fe en el
progreso. Lo que llevó a meditar en la teología de la encarnación. Dicha
meditación llevó a concebir a la naturaleza como una regularidad hecha por Dios
que el hombre debía imitar imponiéndola en Natura.
Es decir, en el seno mismo de la cultura milagrosa de los santos se
abrió camino la idea de ley natural, orden, regularidad, y razón, tan bien
expresado en el arte gótico. No es casual que el reloj –instrumento por
excelencia del hombre artificial y mecanizado- se inventara en el gótico. Así,
fue el monaquismo constructor de abadías el que incentivó la idea de
regularidad en la naturaleza. Ciertamente que la cultura racionalista fue
impulsada por la burguesía mercantil, el dinero, la avaricia, el crédito, y el
avance de las matemáticas. Pero la visión del mundo seguía siendo religiosa. No
es casual que esta realidad alucinante de la avaricia de la cultura
racionalista en conflicto con los valores de la cultura renunciante de los
santos se expresara en el arte surrealista de Bosch (1450-1516), Brueghel (1525-1569)
y Arcimboldo (f. 1593). El avance de la cultura racionalista no excluía el
predominio de la visión religiosa del mundo. El fin supremo seguía siendo
contener el mal y salvar el alma.
Respecto al Renacimiento, ¿pudo ser realmente el origen de la secularización?
El Renacimiento fue una empresa grandiosa que consistió en averiguar las fuerzas
del hombre en su libre juego. Hay que distinguir entre el Renacimiento
cristiano del siglo XIII y el renacimiento pagano del siglo XIV. Hay distinguir
entre el renacimiento del Trecento, de
Santo Domingo, San Francisco, Joaquín de Fiore, santo Tomás de Aquino, Dante, Giotto,
Petrarca, Ariosto, con el desdoblamiento de los del Quattrocento. Un Boccacio, Leonardo, Miguel Angel, Perugino, Rafael,
son almas torturadas por la rebelión y la protesta. Representan el fin del
ascetismo medieval y el pronto quebrantamiento de las ilusiones humanistas. Con
razón escribe Nicolás Berdiaev, en su obra Una
nueva edad media, que el Renacimiento ha fracasado, la Reforma ha
fracasado, el Iluminismo fracasó, y el socialismo también. Y su fracaso en la
civilización europea representa la crisis de la libertad humana.
Desde este punto de vista el Renacimiento no es el punto de partida de
la secularización pero si un nuevo escalón superior y más profundo. En realidad
el Renacimiento empezó enarbolando la libertad humana unida a Dios para terminar
suprimiendo dicha libertad sobre la base del divorcio del hombre con Dios. El
hombre del renacimiento pagano es por excelencia el condottiero, hombre de armas o señor, auténtico anarquista que
tenía inscrito en su cota de malla: Enemigo
de Dios, de la piedad y de la misericordia. Hombre feroz que indicaba que
algo se pudría desde el Tíber hasta el Loira. Pero aun así el Renacimiento del Quattrocento no es un pensamiento que reniega de Dios sino que es la profundización del Humanismo de la Escolástica cristiana. La imagen que da Jacobo Burckhardt del Renacimiento es errónea. Primero, porque el descubrimiento del hombre no corresponde al Renacimiento sino al cristianismo. Segundo, porque su crítica a la Edad Media no es para divinizar a la Naturaleza sino para distinguir el fuero de la ciencia respecto al fuero de la teología. Y tercero, porque individualista no fue el Humanismo ni el Renacimiento sino el protestantismo. Efectivamente, fue la Reforma protestante la que instauró un feroz individualismo.
En otras palabras, si la secularización no tuvo su causa ni en el
humanismo renacentista, ni en la economía dineraria, ni en el método experimental,
o sea si no lo tuvo en la llamada racionalidad instrumental, entonces dónde lo
tuvo. Lo encontró en una determinada filosofía ametafísica y ateológica que
sistematizó el divorcio entre fe y razón. Por ello, soy de la opinión que el
origen de la secularización está en una errónea resolución de la tensión entre
razón y fe ínsita en la propia cultura cristiana. En otras palabras, en el seno
del cristianismo nace la secularización pero también en su propio vientre
morirá.
El siglo sin Dios, escribía A. Müller, sólo se comprende en relación con la metafísica de lo religioso. El relativismo positivista ha creado sustitutos de la trascendencia en la formación de ídolos. Esta penetrante observación sociológica hay que complementarla con otra filosófica. La metafísica filosófica es la que puede servir de puente o abismo entre entre fe y razón. Y ha sido la metafísica de la sensa data, ser es percipi del empirismo, la que hundió la metafísica de las esencias y la armonía entre fe y razón.
El siglo sin Dios, escribía A. Müller, sólo se comprende en relación con la metafísica de lo religioso. El relativismo positivista ha creado sustitutos de la trascendencia en la formación de ídolos. Esta penetrante observación sociológica hay que complementarla con otra filosófica. La metafísica filosófica es la que puede servir de puente o abismo entre entre fe y razón. Y ha sido la metafísica de la sensa data, ser es percipi del empirismo, la que hundió la metafísica de las esencias y la armonía entre fe y razón.
El origen de la secularización es el retorno -después de la gran síntesis tomista- a la desarmonía entre fe y razón. El camino hacia ella es abierta por el terminismo de Scoto, el nominalismo de Occam, el racionalismo de Descartes, el empirismo de Locke y Hume, el antropologismo de Kant, y el deísmo ilustrado. Ya con Fichte, Schelling y Hegel el espúreo idealismo subjetivo se ratificará que la verdad es producida por la razón. Con ello las posiciones metafísicas del idealismo objetivo greco-cristiano son trastocadas y en su reemplazo se instaura en la modernidad un idealismo subjetivo donde las esencias son ideas o contenidos de conciencia. Imperan los sentidos, el hombre deja de ser una criatura espiritual y queda reducido a la pura animalidad sensible.
Pero antes de esa caída profunda en los abisales del alma se yergue la figura gigante de un Juan Sebastián Bach, cúspide de la música barroca y comienzo del mundo moderno, pues dispuso todo el instrumentario mundano hacia la gloria de lo religioso y trascendente. En cambio Beethoven encarna la humanización musical de lo heroico antropológico. Y es que el alma protestante despojada de los sacramentos se dirigió a la búsqueda de Dios a través del sonido. Este vuelco a lo sensorial sin ansia metafísica sería lo que haría posible el retorno al paganismo durante el neoclasicismo del siglo XVIII con la pintura de F. Gerard, A. R. Mengs, David, e Ingres; con la escultura de Canova, Flaxman, Banks y Thorvalds. Y en arquitectura las sociedades industriales solicitaban distintos tipos de edificios donde el estilo neoclásico derrochó fantasía y movimiento con formas griegas y góticas. Y el mismo impulso por representar lo prosaico y terrenal atravesará el arte romántico (Goya, Tischbein, Steiler, Schiller, Goethe), el realismo (Coubert, Daumier, Millet, Zola, Balzac, Stendhal), el impresionismo (Manet, Monet, Redon, Pissarro y Sisley) y el postimpresionismo (Cézanne, Gauguin, Van Gogh, Seurat, Toulouse-Lautrec y Renoir). Hasta el advenimiento de la deshumanización del arte bajo el simbolismo, el surrealismo y la música atonal. El hombre secularizado, como Beethoven en su Quinta Sinfonía, se siente primero capaz de desafiar su destino para terminar olvidando en la posmodernidad que tiene un destino.
Ya no es el ser el que determina el conocer, ahora es el conocer el que determina el ser. Al hombre metafísico y ontológico de la Antigüedad y Edad Media le sucede otro de índole epistémico y gnoseológico. La historia de Occidente culmina en la modernidad con la esterilidad metafísica del idealismo subjetivo.
Por consiguiente se impone a la filosofía el problema de Dios, porque es instrínseco a la estructura ontológica del hombre. La indiferencia a este problema es autodestructiva. Así, la muerte del Dios es en realidad la muerte del hombre. No es Dios el que muere, es el hombre el que muere para sí mismo. Hecha trizas la auténtica racionalidad comienza para la filosofía un periodo oscuro, que no corresponde a la propia estructura del pensar. En la contemporaneidad se vive la muerte de la filosofía. Y los Vattimo, Rorty y compañía son sus ujieres nefastos.
El positivismo, marxismo, materialismo naturalista, pragmatismo, existencialismo, posestructuralismo y posmodernismo creen estar más allá del idealismo subjetivo moderno pero en realidad son su prisionero, porque no pueden romper con las amarras que lo tienen preso dentro de la jaula de la metafísica inmanentista del cientismo matematizante de la razón euclidea. Pues, no basta con asumir que la evidencia primaria sean que las cosas son y que lo ontológico determina lo epistemológico. Eso ya lo hizo el realismo metódico. Lo que es necesario es reconocer la dimensión de lo trascendente, infinito y eterno como propio de Dios. Pero la secularización responde a una ruta contraria. Así se culmina en la negación de la verdad objetiva y se abren las puertas de par en par al nihilismo luciferino.
La secularización es en buena cuenta la mutilación de la condición humana a su dimensión inmanente y la amputación de su dimensión trascendente. El daño espiritual que se deriva de ello es gravísimo pero no irreparable. La luciferina era de la apostasía reina a sus anchas, pero donde reina el pecado crece la gracia. Y la salvación del hombre pervive impoluta e inmarcesible por la presencia de Cristo y la gloria de Dios.
No obstante, ¿puede ser duradera la era de la secularización nihilista? ¿cuál es el destino
de la secularización? El nihilismo es la quinta esencia de la desintegración
moral, cultural y espiritual actual. La filosofía empírico-positivista se
impuso. Ahí vemos las bufonadas pseudocientíficas de los memes culturales de Dawkins y los multiversos de Hawking. En las universidades la división temática
por facultades y la especialización cientpifica ha fortalecido el prejuicio
contra la trascendencia y lo religioso, como campo independiente y espiritual
dotado de sentido. Pero la ciencia en su desarrollo tiende a superar este
positivismo relativista. Se vuelve más holístico, teleológico y orgánico. Ya no
se le ve capaz de ocupar el lugar de la religión. El estrato existencial de la
ciencia ya no se enfrenta a Dios y a lo divino. Se entiende mejor que Dios no
es un problema científico sino teológico, espiritual y existencial. Ahora se
trata de respetar todos los estratos existenciales y todos los niveles del ser
con sus distintas categorías. Las ciencias naturales han dejado de ser modelo
de las ciencias humanas. Se desarrolla mejor la filosofía de la religión y de
la fe.
No obstante, el hundimiento de la secularización arreligiosa y escéptica
encuentra un obstáculo serio en dos factores: la crisis institucional católica
y la política capitalista. La severa crisis institucional del cristianismo
católico, abatido moralmente por los casos de fraude financiero, pedofilia y
homosexualismo, es una valla que impide recristianizar la cultura nuevamente. Y
la política capitalista que impide una economía social de mercado con valores
espirituales superiores, es un factor deshumanizante y cosificador en las relaciones
humanas. Sin encontrar solución a estos embarazos no podrá advenir una nueva
era religiosa, donde lo divino pueda encarnarse en la vida concreta y poner fin
a la barbarie civilizada actual.
08 de Julio 2017
jueves, 22 de junio de 2017
PANENTEÍSMO Y UFOLOGÍA PLATILLISTA
PANENTEÍSMO Y UFOLOGÍA PLATILLISTA
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
La investigación ufológica
se divide en dos grandes vertientes: la científica y la esotérica. La primera se
agrupa en el SETI y recibe fondos importantes del gobierno americano para la
investigación de la posible vida extraterrestre y se aúna a la empresa el prudente
MUFON. Y sobre la existencia de inteligencia superior extraterrestre la postura es escéptica. Lo cual no excluye que existan hombres de ciencia y teólogos (Corrado Baducci, Thomas O´Meara, Funes, Consolmagno) que a pesar de falta de evidencias incurran en la Falacia del Residuo (sobre reducidos casos inexplicados afirman existencia de ET), la Falacia de la diversidad (sobre condiciones desconocidas afirman existencia de otras formas de vida) y la Falacia de la Vastedad (sobre la vastedad del universos sostienen la existencia de civilizaciones cósmicas).
En cambio, en la segunda se aglutinan toda clase de gurús ufolátricos, creyentes platillistas y supuestos contactados que contra toda evidencia y prueba científica defienden no sólo la existencia de vida inteligente en el universo, sino que incluso afirman el contacto privilegiado que tienen con ellos. Aquí la postura es dogmática. Ya en otro ensayo hemos subrayado cómo la silogisica platillista convierte la posibilidad lógica en posibilidad real. P. ej., las premisas “Todos los ovnis son máquinas interestelares, todas las máquinas interestelares son de una civilización extraterrestre avanzada, todas las civilizaciones extraterrestres avanzadas viajan hacia la Tierra, en conclusión todos los ovnis vistos en la Tierra son de civilizaciones extraterrestres avanzadas”. La conclusión podrá ser auténtica en sentido lógico pero en sentido ontológico dicha conclusión es inauténtica, o sea ilusoria, porque no tiene que ver con la realidad sino con la coherencia del razonamiento formal.
En cambio, en la segunda se aglutinan toda clase de gurús ufolátricos, creyentes platillistas y supuestos contactados que contra toda evidencia y prueba científica defienden no sólo la existencia de vida inteligente en el universo, sino que incluso afirman el contacto privilegiado que tienen con ellos. Aquí la postura es dogmática. Ya en otro ensayo hemos subrayado cómo la silogisica platillista convierte la posibilidad lógica en posibilidad real. P. ej., las premisas “Todos los ovnis son máquinas interestelares, todas las máquinas interestelares son de una civilización extraterrestre avanzada, todas las civilizaciones extraterrestres avanzadas viajan hacia la Tierra, en conclusión todos los ovnis vistos en la Tierra son de civilizaciones extraterrestres avanzadas”. La conclusión podrá ser auténtica en sentido lógico pero en sentido ontológico dicha conclusión es inauténtica, o sea ilusoria, porque no tiene que ver con la realidad sino con la coherencia del razonamiento formal.
Ahora bien, un grupo importante
de la vertiente platillista asume como fundamento filosófico de sus desvaríos
la tesis panenteísta de los filósofos Schelling y Krause. Por qué les agrada
tanto el panenteísmo. En qué los favorece. Veamos.
El panenteismo busca
subrayar que Dios es a la vez trascendente e inmanente. Es un concepto creado
por Krause y es una derivación de la filosofía de la identidad de Schelling. Es
un esfuerzo por conciliar el teísmo, panteísmo y deísmo. Así queda reabsorbida
la naturaleza, el espíritu y la humanidad en un todo orgánico.
Es cierto que hay una pequeña
diferencia entre todo es Dios (panteísmo) y Dios está en
todo (panenteísmo). Pero esto es sólo la superficie del panenteísmo.
En el fondo el panenteísmo al afirmar que Dios está en la naturaleza está
afirmando que Dios cambia y se identifica con la creación. En otras palabras, si
Dios está en todo se identifica la creación con la propia esencia de Dios. O sea,
niega la naturaleza trascendente e inmutable de Dios, y por ende, la necesidad
del milagro, la encarnación y la redención de Cristo.
Si Dios está también en la mudable
naturaleza inmanente, entonces qué sentido tiene la encarnación y redención de
Cristo: ninguna. Qué sentido tiene la reconcilicación, el milagro y la
santificación: ninguna. Si Cristo es innecesario y sólo importa el Dios que está
en todo, entonces la salvación es automática, la libertad sobra, todo está
inscrito en las leyes naturales por la voluntad infinita del Creador.
Pero hay algo más grave aún.
Y es que si Dios está en todo, entonces la creación tiene que ser infinita o
sea eterna. La materia deriva en eterna, el tiempo en un eterno retorno. Este
coqueteo con el materialismo que hace naufragar su supuesto espiritualismo, los
lleva a suponer entonces que existió algo preexistente sobre lo que Dios actúa
a nivel inmanente. Como para el panenteísmo Dios es trascendente e inmanente,
entonces hay dos eternidades. Pero como no puede haber dos eternidades, porque
es un contrasentido lógico y ontológico, entonces aquí reluce una
inconsistencia más del panenteísmo.
Esto convierte al
panenteísmo en la astuta panacea luciferina y en la via regia de la apostasía
de la era sin Dios de la modernidad secularizada. Y esto es así porque cumple
con el objetivo supremo de negar la reconciliación, redención y santificación
en Cristo. Y tal como lo hace el gnosticismo, les facilita el camino para
eliminar a Cristo, poner entre Dios y los hombres a una serie de seres
intermediarios y superiores llamados Elohim
–tergiversando el sentido del plural mayestático del superlativo de Dios de la
palabra Elohim- responsables de la
existencia de la humanidad. Además de negar el propósito y finalidad de toda la
escatología cristiana. Obviamente, no tiene sentido no sólo la encarnación y la
redención, sino la Caída, la Salvación, el Juicio y la Nueva Jerusalém. Así
justifican los platillistas los supuestos mensajes que desde otras galaxias reciben su legión de alucinados contactados.
Por lo general los platillistas olvidan que la vida en la Tierra es un acontecimiento raro en el universo. Surgió por una inusual acción química y es poco probable que se duplicase en el vacío del universo. La vida en el universo es de muy baja probabilidad. Casi de probabilidad cero, un evento único e irrepetible. El hombre esta solo en el universo, de la que ha surgido solo por un acto providencial de Dios. Que existan elementos de la vida desperdigados en el universo no significa que esté lleno de vida, y menos que existan los aliens ni los extraterrestres.
De modo que el contactismo platillista nace de la urgencia epocal de restaurar la integridad del logos humano entre lo conceptual y lo participativo, la razón y el mito, lo unívoco y lo multívoco, lo lógico y lo iniciático. En una palabra nace de la fatiga de fe y de razón de Occidente. El contactismo tiene el mérito de sumarse al movimiento de búsqueda de iluminar la asunción de la integridad del logos humano, pero al unilateralizarse en un neopaganismo que se parapeta en la revelación natural o se fusiona en un confuso sincretismo religioso cuasi gnóstico, termina derivando hacia un pseudo mito y en la alienación lógico científica que le dio origen.
Por lo general los platillistas olvidan que la vida en la Tierra es un acontecimiento raro en el universo. Surgió por una inusual acción química y es poco probable que se duplicase en el vacío del universo. La vida en el universo es de muy baja probabilidad. Casi de probabilidad cero, un evento único e irrepetible. El hombre esta solo en el universo, de la que ha surgido solo por un acto providencial de Dios. Que existan elementos de la vida desperdigados en el universo no significa que esté lleno de vida, y menos que existan los aliens ni los extraterrestres.
Por ello, la utilización
platillista de las teorías krausistas o panenteístas en vez de revolucionar la
teología y el concepto de Dios, lo que hacen es constituirse en la quinta
columna del anticristianismo, una variante del panteísmo y ser el caballo de
Troya de un materialismo sutil y propicio para toda clase de extravíos y enredos
esotéricos platillistas que sugestionan a los incautos.
Pero el platillismo esotérico del siglo veintiuno se aferra al erróneo camino de emplear las Sagradas Escrituras para demostrar la existencia de seres inteligentes extraterrestres. Por ello manipulan los capítulos del Génesis para hablar de los Hermanos Mayores. Con ello ignoran completamente que la Biblia es un testimonio de fe y no un documento científico, biográfico o filosófico. De manera que no perciben que no se puede justificar la existencia de seres interplanetarios con las Escrituras. Los intentos de hombres religiosos como Balducci, O´Meara, entre otros, no dejan de ser lecturas personales y teológicamente voluntaristas, que no cuentan necesariamente con la aprobación del Vaticano. Ahora bien, si el camino religioso queda descartado queda pendiente la cuestión de cómo poder demostrar la existencia de vida inteligente en el Universo.
El camino científico hasta hoy ha sido de nula utilidad para ese objetivo. Pues el fenómeno ovni en su hipótesis ET no ha podido ser objeto de demostración ni verificación capaz de llevar hacia una conclusión a su favor. Al contrario, todos los indicios apuntan a dar la razón a la hipótesis militar-espacial de origen terrestre del fenómeno ovni. Entonces, si ni la teología católica ni la ciencia moderna sirven para demostrar la existencia de seres ET, ¿podrán servir otras tradiciones religiosas o filosóficas?
Entre las religiosas hay dos especialmente adaptables: la brahmánica y la gnóstica. La primera al sostener que el Brahma es causa de infinitos mundos y seres inteligentes desperdigados por el universo. Y el segundo por ceer en la multiplicidad de seres intermedios entre Dios y el hombre. Pero en ambos casos se trata de creencias religiosas y por tanto de fe. Pero la ufología esotérica tiene la pretensión de ser científica y falla estrepitosamente al pretender basar la existencia de seres ET en estas bases religosas, pues se trataría de mera creencia religiosa no cristiana.
Justificar filosóficamente la existencia de ET sólo resulta fácil por el camino de la tradición oriental, pero mucho más difícil dentro de la tradición occidental. En todo caso sería una cuestión de deducción lógica acorde con el conocimiento científico. Lo que llevaría a su inevitable negación, debido a la falta contundente de evidencia científicas a favor. Además, la nueva ciencia de la cosmobiología puede apenas confirmar la existencia de "elementos" de la vida pero no de la existencia de Vida en el Universo. Hasta el momento todo indica que la Vida es un fenómeno extraordinariamente raro y excepcional en el Cosmos. Todo indica que la hipótesis ET del fenómeno OVNI sería un sucedáneo religioso en una era sin Dios y atrapado en la inmanentista secularización moderna. La ufología es ciencia ficción y científicamente es un fracaso rotundo porque no impone un riguroso control experimental a sus hipótesis y cuando ha tratado de hacerlo se ha visto desmentido. Por ello se refugia en la fantasía, el fraude, el esoterismo y la charlatanería.
Por consiguiente, la hipótesis ET mantiene una postura esquizofrénica, porque con razones religiosas pretende hacer justificaciones científicas del fenómeno OVNI. Este inconsistencia en método y teoría no tiene nada que ver con la hipótesis copernicana de un hecho experimentalmente demostrado. Si la hipótesis ET es una cuestión de fe entonces no sirve de guía para establecer la exactitud de una teoría científica. Si es una cuestión de ciencia que no puede someterse a la comprobación, entonces no es un hecho científico que pueda someterse a la verificación valedera. Por ende, la hipótesis ET se mantiene en el nivel de la pura ciencia ficción.
Pero el platillismo esotérico del siglo veintiuno se aferra al erróneo camino de emplear las Sagradas Escrituras para demostrar la existencia de seres inteligentes extraterrestres. Por ello manipulan los capítulos del Génesis para hablar de los Hermanos Mayores. Con ello ignoran completamente que la Biblia es un testimonio de fe y no un documento científico, biográfico o filosófico. De manera que no perciben que no se puede justificar la existencia de seres interplanetarios con las Escrituras. Los intentos de hombres religiosos como Balducci, O´Meara, entre otros, no dejan de ser lecturas personales y teológicamente voluntaristas, que no cuentan necesariamente con la aprobación del Vaticano. Ahora bien, si el camino religioso queda descartado queda pendiente la cuestión de cómo poder demostrar la existencia de vida inteligente en el Universo.
El camino científico hasta hoy ha sido de nula utilidad para ese objetivo. Pues el fenómeno ovni en su hipótesis ET no ha podido ser objeto de demostración ni verificación capaz de llevar hacia una conclusión a su favor. Al contrario, todos los indicios apuntan a dar la razón a la hipótesis militar-espacial de origen terrestre del fenómeno ovni. Entonces, si ni la teología católica ni la ciencia moderna sirven para demostrar la existencia de seres ET, ¿podrán servir otras tradiciones religiosas o filosóficas?
Entre las religiosas hay dos especialmente adaptables: la brahmánica y la gnóstica. La primera al sostener que el Brahma es causa de infinitos mundos y seres inteligentes desperdigados por el universo. Y el segundo por ceer en la multiplicidad de seres intermedios entre Dios y el hombre. Pero en ambos casos se trata de creencias religiosas y por tanto de fe. Pero la ufología esotérica tiene la pretensión de ser científica y falla estrepitosamente al pretender basar la existencia de seres ET en estas bases religosas, pues se trataría de mera creencia religiosa no cristiana.
Justificar filosóficamente la existencia de ET sólo resulta fácil por el camino de la tradición oriental, pero mucho más difícil dentro de la tradición occidental. En todo caso sería una cuestión de deducción lógica acorde con el conocimiento científico. Lo que llevaría a su inevitable negación, debido a la falta contundente de evidencia científicas a favor. Además, la nueva ciencia de la cosmobiología puede apenas confirmar la existencia de "elementos" de la vida pero no de la existencia de Vida en el Universo. Hasta el momento todo indica que la Vida es un fenómeno extraordinariamente raro y excepcional en el Cosmos. Todo indica que la hipótesis ET del fenómeno OVNI sería un sucedáneo religioso en una era sin Dios y atrapado en la inmanentista secularización moderna. La ufología es ciencia ficción y científicamente es un fracaso rotundo porque no impone un riguroso control experimental a sus hipótesis y cuando ha tratado de hacerlo se ha visto desmentido. Por ello se refugia en la fantasía, el fraude, el esoterismo y la charlatanería.
Por consiguiente, la hipótesis ET mantiene una postura esquizofrénica, porque con razones religiosas pretende hacer justificaciones científicas del fenómeno OVNI. Este inconsistencia en método y teoría no tiene nada que ver con la hipótesis copernicana de un hecho experimentalmente demostrado. Si la hipótesis ET es una cuestión de fe entonces no sirve de guía para establecer la exactitud de una teoría científica. Si es una cuestión de ciencia que no puede someterse a la comprobación, entonces no es un hecho científico que pueda someterse a la verificación valedera. Por ende, la hipótesis ET se mantiene en el nivel de la pura ciencia ficción.
22 de Junio 2017
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