jueves, 6 de agosto de 2026

Colofón Demonológico sobre la Movilidad Aérea Bíblica

 


Colofón Demonológico sobre la Movilidad Aérea Bíblica

Gustavo Flores Quelopana, 

Past Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía

¿Hasta qué punto los relatos bíblicos de “nubes”, “carros de fuego” y “columnas luminosas” deben ser interpretados como símbolos de la gloria divina y no como artefactos voladores? ¿No es acaso un riesgo hermenéutico reducir la majestad de la revelación a la fascinación tecnológica que domina la mentalidad moderna? ¿Qué sucede cuando la imaginación contemporánea, seducida por el fenómeno FANI, olvida que “Satanás se disfraza de ángel de luz” y que los poderes del aire buscan oscurecer el misterio de Cristo? ¿No es más bien la idolatría técnica y el esoterismo de fuerzas ocultas —como lo intentaron Madame Blavatsky y sus discípulos— la verdadera amenaza que se cierne sobre la lectura bíblica?

Estas preguntas abren el horizonte de discernimiento que se impone ante la obra de Eduardo Paz Esquerre. Su interpretación literalista y tecnológica, al absolutizar la clave de los vehículos voladores, no sólo empobrece el sentido espiritual de los textos, sino que se engolfa en la racionalidad científico‑instrumental y en el esoterismo moderno, ambos tributarios de una lógica que sustituye la revelación por el espectáculo. El presente colofón se propone, entonces, como advertencia y como respuesta: frente a la fascinación por lo aéreo, la única movilidad que salva es la que nos traslada del reino de las tinieblas al reino de la luz por la gracia del Señor.

Este libro de Eduardo Paz Esquerre, que se adentra en la "identificación crítica de la movilidad aérea en la Biblia", se recibe como un testimonio de búsqueda y como un ejercicio hermenéutico que abre horizontes de interpretación. Sin embargo, desde la perspectiva católica que se asume, la lectura de los pasajes bíblicos en clave de vehículos voladores exige un discernimiento teológico profundo. La Escritura misma advierte que los prodigios espectaculares pueden ser engaños, pues “Satanás se disfraza de ángel de luz” (2 Cor 11:14), y la tradición demonológica enseña que los poderes angélicos caídos buscan imitar y parodiar los signos de la gloria divina para seducir la imaginación humana.

La ontología kenótica recuerda que la verdadera elevación del hombre no se da por captura aérea ni por abducción tecnológica, sino por la humillación del Hijo que descendió hasta la muerte y la obediencia de la cruz. Allí se revela que la gloria no consiste en ser arrebatado por un vehículo, sino en ser asumido en la comunión del Dios trino. La movilidad aérea que la Biblia describe como “nube” o “carro de fuego” es símbolo de la majestad divina, no prueba de civilizaciones siderales. Interpretar tales signos como ovnis es abrir la puerta a una idolatría técnica que absolutiza la máquina y olvida la kenosis.

La demonología enseña que los poderes del aire —“principados y potestades” (Ef 6:12)— buscan dominar la imaginación mediante signos espectaculares, pero su finalidad es distraer del misterio de Cristo. Por ello, el discernimiento católico insiste en que la revelación no depende de artefactos ni de naves, sino del Espíritu que conduce a la verdad plena. La verdadera nube es la presencia del Espíritu; el verdadero carro es la cruz que transporta al hombre hacia la vida eterna. Todo lo demás puede ser ilusión, simulacro o engaño demoníaco.

Este colofón se erige, entonces, como advertencia y como conclusión: la fascinación por los vehículos voladores en la Biblia puede ser legítima como ejercicio hermenéutico, pero no debe confundirse con la verdad revelada. La Iglesia discierne que detrás de tales imaginarios puede operar la tentación de sustituir la gloria de Dios por la gloria del artefacto. La tarea del creyente es escudriñar las Escrituras con fidelidad al sentido literal y abrirse al misterio de Cristo, evitando que la curiosidad por lo aéreo se convierta en puerta de seducción. Así, el libro de Eduardo se recibe con respeto y atención, pero se concluye con la certeza de que la única movilidad que salva es la que nos traslada del reino de las tinieblas al reino de la luz por la gracia del Señor.

Las limitaciones hermenéuticas de la interpretación de Eduardo Paz Esquerre se evidencian en varios pasajes de su obra. Al afirmar que “La presencia de vehículos voladores en los textos de la Biblia no altera el sentido de los mensajes o hechos que se relatan. Estos vehículos han estado siempre presentes, por siglos, en la narración, sin llamar la atención de los lectores de diversas épocas, pero siempre han estado y están allí”, se presupone una continuidad literal que desconoce la historicidad de la recepción bíblica y la pluralidad de lecturas teológicas que han acompañado a la tradición.

Del mismo modo, cuando escribe: “Nos interesa el uso del término ‘nube’ como sobrenombre, alias o apodo para referirse a un vehículo volador que, por una característica suya, tiene la capacidad para revestirse de vapor de nube en todo su entorno o parcialmente, cuando lo desee, y se desplaza, detiene, aterriza o levanta cuando desea o se lo ordena quien lo comanda”, se advierte la reducción de un símbolo teológico —la nube como signo de la presencia divina— a un artefacto técnico, lo cual despoja al texto de su densidad espiritual y lo convierte en descripción mecánica.

Finalmente, el énfasis en la literalidad se refuerza cuando declara: “La exposición se hace siempre citando, rigurosamente, los pasajes considerados, tal como se presentan en la Biblia, lo que le da oportunidad al lector, cualquiera sea su formación, de cotejarlos con el texto del ejemplar que tenga en casa.” Este método, aunque valioso en su rigor, se convierte en limitación hermenéutica al no reconocer la tradición interpretativa de la Iglesia ni la dimensión alegórica y tipológica que ha acompañado la lectura desde los Padres.

En conjunto, estas citas muestran cómo la interpretación propuesta absolutiza el sentido literal frente a la riqueza simbólica, tecnifica los signos bíblicos transformándolos en vehículos voladores y se desconecta de la tradición hermenéutica eclesial que ha discernido en ellos manifestaciones de la gloria divina.

Una limitación hermenéutica particularmente seria en la obra de Eduardo Paz Esquerre es la ausencia de discusión con otras interpretaciones del fenómeno ovni o fani. El autor reconoce que “Sobre estos vehículos hay varias hipótesis sobre su procedencia; entre las más reconocidas tenemos: la hipótesis extraterrestre (vienen del espacio exterior), la hipótesis intraterrestre (habitan en el interior de la Tierra), la hipótesis interdimensional (provienen de otras dimensiones de nuestro universo), la hipótesis intemporal (proceden del pasado o del futuro y poseen los medios para viajar en el espacio-tiempo)”, pero no desarrolla un contraste crítico con estas perspectivas ni con las lecturas culturales, psicológicas o demonológicas que también han intentado explicar el fenómeno.

De este modo, la interpretación se encierra en la clave bíblica literal-tecnológica, sin dialogar con la diversidad de enfoques que la ufología contemporánea ha elaborado ni con las reflexiones teológicas que advierten sobre la posibilidad de engaños espirituales. Al reducir la “nube” o el “carro de fuego” a vehículos voladores, se pierde la oportunidad de confrontar esa lectura con otras que entienden el fenómeno ovni como construcción sociocultural, como manifestación psíquica o como estrategia demoníaca de seducción.

La falta de discusión con estas claves interpretativas empobrece el horizonte hermenéutico, pues absolutiza una sola lectura y deja sin explorar el debate más amplio en torno al fenómeno ovni/fani. En consecuencia, la obra se presenta como un ejercicio de identificación textual, pero carece de la confrontación crítica que permitiría discernir si lo aéreo es símbolo de la gloria divina, ilusión cultural o simulacro demoníaco.

La ausencia más flagrante en la interpretación de Eduardo Paz Esquerre es la falta de discusión con la clave demonológica del fenómeno FANI. El propio texto reconoce la existencia de diversas hipótesis, pero se limita a enumerarlas sin abrir un debate crítico con la tradición teológica que ha advertido, desde antiguo, que los poderes del aire pueden disfrazarse de prodigios espectaculares para seducir y engañar.

La omisión es significativa porque la hermenéutica católica ha insistido en que los fenómenos aéreos no identificados pueden ser simulacros demoníacos, máscaras de seducción espiritual que buscan sustituir la gloria de Dios por la fascinación tecnológica. En este sentido, la interpretación de Paz Esquerre absolutiza la clave literal-tecnológica y deja sin explorar la posibilidad de que lo FANI sea, más que tecnología desconocida, una estrategia de los ángeles caídos para oscurecer el misterio de Cristo.

La falta de discusión con la interpretación demonológica empobrece el horizonte hermenéutico y priva al lector de un contraste decisivo: el que permite discernir si los relatos bíblicos de “nubes” y “carros de fuego” son símbolos de la presencia divina, metáforas de la gloria, o bien simulacros espirituales destinados a apartar al hombre de la verdadera nube, que es el Espíritu, y del verdadero carro, que es la cruz.

El hecho de que Eduardo Paz Esquerre eluda polemizar con la interpretación demonológica del fenómeno fani es sumamente significativo, porque se constituye en un signo de la debilidad de sus argumentos frente a las evidencias que señalan que se trata de manifestaciones del demonio. Al enumerar hipótesis como la extraterrestre, la intraterrestre, la interdimensional o la intemporal, se limita a un catálogo descriptivo sin abrir el debate con la tradición teológica que, desde los Padres de la Iglesia hasta la demonología contemporánea, ha advertido que los poderes del aire pueden disfrazarse de prodigios espectaculares para seducir y engañar.

La omisión de esta discusión no es un detalle menor, sino una carencia estructural: al no confrontar la posibilidad de que los fenómenos aéreos sean simulacros demoníacos, la interpretación se encierra en una clave literal-tecnológica que absolutiza su propio horizonte y deja sin explorar el contraste más decisivo. La hermenéutica católica ha insistido en que los signos celestes pueden ser máscaras de seducción espiritual, y que la fascinación por lo aéreo puede convertirse en puerta de idolatría técnica. Al evitar esta polémica, el autor muestra que sus argumentos carecen de la fuerza necesaria para refutar la evidencia de que lo fani puede ser, más que tecnología desconocida, una estrategia de los ángeles caídos para oscurecer el misterio de Cristo.

En consecuencia, la ausencia de discusión con la interpretación demonológica revela no solo un vacío hermenéutico, sino también una fragilidad conceptual: se pierde la oportunidad de discernir si los relatos bíblicos de “nubes” y “carros de fuego” son símbolos de la gloria divina o simulacros espirituales destinados a apartar al hombre de la verdadera nube, que es el Espíritu, y del verdadero carro, que es la cruz.

La clave literalista y tecnológica en la que se inscribe la interpretación FANI de Eduardo Paz Esquerre no sólo refleja una pobreza hermenéutica, sino también su engolfamiento en la racionalidad científico‑instrumental que domina la mentalidad moderna. Al reducir los símbolos bíblicos —la “nube”, el “carro de fuego”, la “columna luminosa”— a artefactos voladores, se absolutiza un horizonte de lectura que privilegia la descripción mecánica sobre la densidad teológica. Esta operación hermenéutica se inscribe en la lógica de la modernidad técnica, que busca traducir todo signo en función de su operatividad, de su capacidad de ser explicado como fenómeno físico o como dispositivo de transporte.

La consecuencia es doble: por un lado, se empobrece el sentido espiritual de los textos, pues se los priva de su dimensión simbólica y sacramental; por otro, se confirma la hegemonía de una racionalidad instrumental que interpreta incluso lo sagrado bajo el prisma de la máquina. La fascinación por lo aéreo se convierte así en reflejo de la idolatría técnica, donde lo que importa no es la revelación de Dios sino la posibilidad de que los relatos bíblicos anticipen tecnologías desconocidas. En este sentido, la interpretación de Paz Esquerre se muestra tributaria de la mentalidad moderna que absolutiza la ciencia y la técnica, y que olvida que la verdadera nube es la presencia del Espíritu y el verdadero carro es la cruz.

La interpretación de Eduardo Paz Esquerre no puede ser reducida a un materialismo o naturalismo a ultranza; nada de eso. Su horizonte es más bien esotérico, pues cree en el dominio humano de fuerzas espirituales ocultas. Sin embargo, precisamente en ese enfoque se revela otra fragilidad decisiva: al suponer que el hombre puede manipular energías invisibles y acceder a dimensiones ocultas, se abre inadvertidamente al influjo de fuerzas espirituales malignas. La tradición cristiana ha advertido que los poderes del aire —principados y potestades— buscan seducir al hombre mediante signos espectaculares, y que la fascinación por lo oculto puede convertirse en puerta de entrada a la acción demoníaca.

La pobreza hermenéutica de su clave literalista y tecnológica se complementa con este esoterismo que absolutiza la capacidad humana de dominar lo invisible. En lugar de reconocer que la verdadera nube es la presencia del Espíritu y que el verdadero carro es la cruz, se proyecta la esperanza en vehículos voladores y energías ocultas. Así, la interpretación se desplaza hacia un terreno donde lo espiritual ya no es discernido en clave teológica, sino instrumentalizado como fuerza disponible. En tal desplazamiento, el riesgo es evidente: lo que se presenta como apertura a lo espiritual puede ser, en realidad, sometimiento a simulacros demoníacos que buscan oscurecer el misterio de Cristo.

Justamente el oscurecimiento del misterio de Cristo fue el objetivo claro de Madame Blavatsky y de la corriente teosófica que ella inauguró junto con sus discípulos. La estrategia consistió en desplazar el centro de la revelación cristiana hacia un horizonte esotérico donde las fuerzas ocultas, supuestamente dominables por el hombre, se presentaban como la verdadera clave de acceso a lo divino. En realidad, lo que se proponía era sustituir la kenosis del Hijo —su humillación hasta la cruz y su glorificación en la resurrección— por un sistema gnóstico que absolutiza el poder humano de manipular energías invisibles.

La interpretación de Eduardo Paz Esquerre, al inscribirse en una clave literalista y tecnológica, se acerca a esa misma lógica: no es materialista ni naturalista en sentido estricto, sino tributaria de un esoterismo que cree en el dominio humano de fuerzas espirituales ocultas. Pero en tal enfoque se cae bajo el influjo de potencias malignas, pues la tradición cristiana ha advertido que los poderes del aire buscan disfrazarse de prodigios espectaculares para oscurecer el misterio de Cristo. La omisión de la discusión con la clave demonológica del fenómeno fani se convierte, entonces, en signo de la fragilidad de sus argumentos: al no confrontar la posibilidad de que lo aéreo sea simulacro demoníaco, se deja intacta la evidencia de que tales fenómenos pueden ser máscaras de seducción espiritual.

Así, la pobreza hermenéutica de su lectura se complementa con el engolfamiento en la racionalidad científico‑instrumental y con la fascinación esotérica por lo oculto. El resultado es un horizonte interpretativo que, lejos de iluminar el misterio de Cristo, lo oscurece, prolongando la estrategia de Blavatsky y compañía: sustituir la revelación por el espectáculo, la cruz por la máquina, la nube del Espíritu por la nube tecnológica.

Es muy pertinente subrayar que la interpretación de Eduardo Paz Esquerre no es nueva ni original, sino que constituye una réplica de la postura inaugurada por Erich von Däniken en su célebre libro Recuerdos del futuro (1968). Allí, von Däniken propuso que los relatos bíblicos de “carros de fuego”, “nubes” y “ángeles” eran en realidad testimonios de visitas extraterrestres, reduciendo los símbolos teológicos a descripciones de tecnología avanzada.

La hermenéutica de Esquerre se inscribe en esa misma lógica: absolutiza la clave literal‑tecnológica y convierte los signos de la gloria divina en artefactos voladores. Pero lo que en von Däniken fue un gesto provocador de la modernidad secular, en Esquerre se prolonga como un esoterismo que cree en el dominio humano de fuerzas ocultas, sin reconocer que en tal enfoque se abre la puerta al influjo de potencias malignas.

La comparación es reveladora: tanto von Däniken como Esquerre oscurecen el misterio de Cristo al sustituir la kenosis por la máquina, la nube del Espíritu por la nube tecnológica. La diferencia es que, mientras von Däniken se presentaba como divulgador científico, Esquerre se acerca más a la lógica teosófica de Blavatsky, donde lo oculto y lo aéreo se convierten en espectáculo y seducción.

El análisis de la bibliografía de Eduardo Paz Esquerre constituye otro indicador de la orientación sesgada de su obra. La selección de fuentes revela una marcada omisión de aquellas interpretaciones que no coinciden con su clave literalista y tecnológica. En lugar de dialogar con la tradición patrística, con la exégesis alegórica, con la hermenéutica simbólica o con la interpretación demonológica del fenómeno FANI, su aparato bibliográfico se limita a reforzar su propia postura, sin abrirse al contraste crítico.

Este proceder convierte la obra en tendenciosa y propagandística más que en científica y reflexiva. La verdadera investigación filosófico‑teológica exige confrontar las hipótesis divergentes, reconocer la pluralidad de lecturas y someterlas a discernimiento. Al omitir deliberadamente las fuentes que podrían cuestionar su tesis, Paz Esquerre absolutiza su horizonte y priva al lector de la riqueza del debate.

En consecuencia, la bibliografía misma se convierte en signo de la fragilidad de sus argumentos: no se trata de un repertorio abierto y crítico, sino de un instrumento de confirmación ideológica. La obra se presenta como hermenéutica, pero en realidad funciona como propaganda de una clave interpretativa que oscurece el misterio de Cristo y prolonga la fascinación moderna por lo tecnológico y lo esotérico.

Efectivamente, otro signo de la fragilidad hermenéutica de Eduardo Paz Esquerre es que en su aparato bibliográfico no toma en cuenta las fuentes exorcísticas que testimonian el origen demoníaco del fenómeno FANI y con las cuales debió discutir. La tradición católica conserva abundantes relatos de exorcismos en los que se denuncia la acción de los “poderes del aire” como simulacros espectaculares destinados a seducir y engañar. Ignorar estos testimonios significa omitir un corpus crítico que hubiera puesto en cuestión su clave literal‑tecnológica y su deriva esotérica.

La ausencia de tales fuentes convierte su obra en un ejercicio tendencioso: se presenta como hermenéutica bíblica, pero en realidad funciona como propaganda de una interpretación unilateral. Al no dialogar con la evidencia exorcística, Paz Esquerre deja sin explorar la posibilidad de que lo aéreo sea un simulacro demoníaco, y con ello oscurece el misterio de Cristo.

En este sentido, la omisión bibliográfica no es un detalle menor, sino un síntoma estructural: la obra carece de la confrontación crítica que exige la investigación seria y se limita a reforzar su propia tesis. El resultado es una interpretación que absolutiza la máquina y el espectáculo, mientras silencia las advertencias de la teología demonológica y de la praxis exorcística que han señalado con claridad el origen maligno de muchos fenómenos aéreos.

De manera que la interpretación de Eduardo Paz Esquerre se mantiene dentro de un horizonte ya trazado por otros divulgadores: el literalismo tecnológico de Erich von Däniken en Recuerdos del futuro y el esoterismo narrativo de J. J. Benítez en Caballo de Troya. En ambos casos, los símbolos bíblicos —la nube, el carro de fuego, la columna luminosa— son reducidos a artefactos voladores, y la revelación se oscurece bajo el prisma de la máquina.

Esquerre replica esa misma lógica: absolutiza la clave literal‑tecnológica, se engolfa en la racionalidad científico‑instrumental y prolonga la fascinación esotérica por lo oculto. El resultado es una hermenéutica que no dialoga con la tradición teológica ni con las fuentes exorcísticas que testimonian el origen demoníaco del fenómeno, sino que se convierte en propaganda de una visión unilateral.

Así, su obra se inscribe en la genealogía de un von Däniken y un Benítez, más preocupada por sostener un imaginario espectacular que por abrirse al discernimiento filosófico‑teológico. En este sentido, la pobreza hermenéutica y la omisión de fuentes críticas revelan que su interpretación no ilumina el misterio de Cristo, sino que lo oscurece, sustituyendo la nube del Espíritu por la nube tecnológica y el carro de la cruz por el carro de la máquina.

Así hemos perdido la oportunidad de ver cómo Eduardo Paz Esquerre habría refutado otras interpretaciones del fenómeno FANI. Su horizonte se mantiene cerrado en la clave literalista, esotérica y tecnológica —heredera de un von Däniken y un Benítez— sin abrirse al contraste con enfoques alternativos. No discute las lecturas culturales que entienden lo ovni como construcción sociológica, ni las psicológicas que lo interpretan como proyección del inconsciente, ni las demonológicas que lo reconocen como simulacro espiritual.

La omisión es grave porque la investigación seria exige confrontar hipótesis divergentes. Al no hacerlo, su obra se convierte en un ejercicio tendencioso y propagandístico, más preocupado por sostener un imaginario espectacular que por someterlo a discernimiento filosófico‑teológico. La ausencia de debate con las fuentes exorcísticas, con la tradición patrística y con la crítica cultural contemporánea revela que su interpretación no es científica ni reflexiva, sino unilateral y apologética de una visión que oscurece el misterio de Cristo.

En consecuencia, el lector queda privado de un contraste decisivo: discernir si lo aéreo es símbolo de la gloria divina, ilusión cultural o simulacro demoníaco. La obra de Esquerre se inscribe en la genealogía de la ufología esotérica y tecnicista, pero no alcanza la densidad hermenéutica que exige el fenómeno.

En suma, la interpretación de Eduardo Paz Esquerre, al absolutizar la clave literalista y tecnológica del fenómeno FANI, revela no sólo una pobreza hermenéutica, sino también una peligrosa deriva hacia el esoterismo moderno que pretende dominar fuerzas ocultas. En este horizonte, lo que se presenta como apertura a lo espiritual se convierte en sometimiento a simulacros demoníacos, pues la tradición cristiana ha advertido que los poderes del aire buscan disfrazarse de prodigios espectaculares para oscurecer el misterio de Cristo.

La omisión de la discusión con la clave demonológica es, en este sentido, decisiva: al evitar confrontar la posibilidad de que lo aéreo sea máscara de seducción espiritual, se deja intacta la evidencia de que tales fenómenos pueden ser manifestaciones malignas destinadas a apartar al hombre de la verdadera nube, que es la presencia del Espíritu, y del verdadero carro, que es la cruz. La fascinación por lo aéreo, cuando se absolutiza en clave técnica o esotérica, se convierte en idolatría: sustituye la revelación por el espectáculo, la kenosis por la máquina, la gloria divina por la ilusión tecnológica.

La filosofía kenótica recuerda que la única movilidad que salva es la que nos traslada del reino de las tinieblas al reino de la luz por la gracia del Señor. La teología cristiana insiste en que la verdadera elevación del hombre no se da por abducción aérea ni por manipulación de energías ocultas, sino por la humillación del Hijo y su obediencia hasta la cruz. En este contraste se revela la fragilidad de la interpretación de Paz Esquerre: al oscurecer el misterio de Cristo, prolonga la estrategia de Blavatsky y compañía, que buscaron sustituir la revelación por un sistema gnóstico de fuerzas ocultas.

La conclusión es clara y contundente: frente a la idolatría técnica y al esoterismo moderno, el discernimiento cristiano proclama que sólo en la cruz y en la nube del Espíritu se manifiesta la verdadera gloria. Todo lo demás —vehículos voladores, energías ocultas, prodigios espectaculares— puede ser ilusión, simulacro o engaño demoníaco.

Bibliografía 

Flores Quelopana, G. (2024). Contra nosotros. Ufología como demonología. Lima: IIPCIAL.

Flores Quelopana, G. (2025). Filosofía de lo inexplicable. Lima: IIPCIAL.

Flores Quelopana, G. (2014). OVNI: Mitoide encubridor de la carrera armamentista en la era tecnológica. Lima: IIPCIAL.

Flores Quelopana, G. (2026). Ovni: frontera, signo y advertencia. Lima: IIPCIAL.

Flores Quelopana, G. (2018). Ufología como signo de la crisis del pensamiento moderno. Lima: IIPCIAL.

Flores Quelopana, G. (2023). Ufología. El gran fraude. Lima: IIPCIAL.

UNA PROPUESTA FILOSÓFICA DESDE EL CENTRO DEL SER

 


UNA PROPUESTA FILOSÓFICA 

DESDE EL CENTRO DEL SER

LA KÉNOSIS COMO NÚCLEO ESENCIAL

Por Gianmarco TORRES PARRA

 

La kénosis al centro de la ontología, como propuesta original, dinamiza al ser. El vaciamiento del ser es posibilitador de apertura y superador de estructuras dogmáticas.

Para comentar la obra reciente: Ontología kenótica de Gustavo Flores Quelopana, quisiera antes referirme a su persona, como filósofo. El filósofo L. Gustavo es, desde mi punto de vista, un pensador peruano contemporáneo que muy recelosamente recurre a las bases más sólidas sobre el análisis del ser para sus argumentos filosóficos. Y dentro de su sólida, profunda, pero rápida búsqueda de verdad, invita y sin dudar a los principios cristianos, pero la del mismo Jesucristo.

En más de una centena de obras que giran en torno a la vuelta al cristianismo, pero sin dejar de hacer filosofía, con argumentos realmente profundos, deja claro que el puro inmanentismo lleva a un fracaso nihilista. Al respecto, considero que lo más importante de sus planteamientos es la recurrencia a la Ontología, pues varias de sus obras la incrustan desde su título. Por ejemplo: Ontología de la alteridad (2021), Filosofía como onto-ética (2021), Algoritmo ser y Dios. Un análisis ontológico y teológico del dataísmo y la Inteligencia Artificial (2025), Ontorrealismo (2025), Ontologías del sur en la encrucijada (2025), Ontología intermedia integral (2025). Y principalmente, esta última: Ontología kenótica. Hacia una nueva Teoría del ser. Se trata pues de una obra que aparte de su propuesta central, el autor va integrando los aportes de sus obras anteriores.

Antes de todo, considero que la relevancia de su robusto quehacer filosófico consiste en el análisis libre y acucioso partiendo de la realidad que le preocupa profundamente por la autosuficiencia del hombre contemporáneo. Pues siente y defiende la fe racional como verdadero cristiano. No he visto filósofo como él. Su pensamiento es original. Considero que se encuentra en una etapa madura dentro del fenómeno evolutivo de su pensamiento.

Otros filósofos, también con seriedad y madurez, han analizado mayormente de forma abstracta o puramente racional; en cambio Gustavo ha partido de realidades peruanas y globales tan reales como sus afecciones o consecuencias. Entonces, si por mucho tiempo se ha debatido sobre la existencia de una filosofía peruana, Gustavo, sin detenerse en este debate, ha hecho y sigue haciendo filosofía viva porque denota su preocupación, como demuestra en sus escritos y a través de las varias tertulias que mantuvimos con él. Este es otro punto realmente valioso, como la del filósofo que no solo piensa, sino vive en coherencia con su pensamiento filosófico. En ese sentido, es como otro Sócrates. Y al apelar a los valores y virtudes (principios cristianos), es otro como Aristóteles. Y al apelar a otro plano (trascendental), es otro como Platón. Coincidentemente, los tres filósofos originarios del sustento ontológico.

Ahora, si bien el filósofo Juan Chocce hace con su libro: Gustavo Flores Quelopana. Filósofo del abismo y profeta de la tragedia de la civilización actual, un reconocimiento al quehacer filosófico del autor en mención, ubicándolo en un escenario contextual por medio de una lista de autores como Juan Abugatás Abugatás, David Sobrevilla, Ricardo Paredes Vassallo y Víctor Samuel Rivera porque todos ellos, desde su punto de vista, coinciden en la preocupación por una nueva alternativa civilizatoria por todos los problemas (económicos, ecológicos, político, sociales, etc.) en que nos encontramos zanjados en los últimos siglos. Es importante sí valorar el reconocimiento que hace Chocce a Gustavo Flores Quelopana por su descripción al problema civilizatorio actual, por la condición anética que presenta el hombre desde la modernidad lamentablemente con mayor intensidad. Frente a la denominación de Filósofo del abismo y profeta de la tragedia de la civilización actual, debemos decir que el mayor interés del análisis filosófico que Gustavo Flores realiza es, ante todo, volver y edificar desde las bases sólidas de la ontología para un reconocimiento puro del ser del ser humano y luego más bien presentar con cierta esperanza la propuesta del cristianismo ya que él está convencido de que esta, es el mejor estilo de vida para hacer frente al “nihilismo estructural”, que consiste en “la negación radical de todo fundamento último del ser, de la verdad y la moral” en el contexto de la civilización actual.

Por ello, aparte de entender la descripción de Luis Gustavo como filósofo del abismo y profeta de la tragedia de la civilización actual es cierta, pero que necesita un comlemento, por quedarse solo en la revisión del estado perverso de la civilización actual, pues considero que el alcance del autor mencionado llega hasta el núcleo filosófico, me refiero al ámbito ontológico ya que es indudablemente el centro de su atención del a través de sus obras por las que atraviesa esa vuelta al ser.

***

Ahora, al leer el libro: Ontología kenótica, confirmo que el autor Flores es un filósofo profundo porque retorna al ser mismo. Pues, traslada un término (kénosis) de la teología paulina a la filosofía que ya no depende de la teología ni cristología, sino que se trata de un acto intencional de todos ser, que proporciona sentido y finalidad.

La neutralidad en la filosofía me parece un factor necesario en la medida que presenta la libertad de crítica y argumentación. Dicho de otra forma, considero que no puede abandonarse a un extremo y ¿cómo nos podemos dar cuenta de ello? Siempre que una idea se pueda argumentar con profundidad y seriedad. Esto sucede con la ontología desde la kénosis. La apertura que presenta esta ontología radica en la integración en un solo sistema: lo real, lo ideal y lo suprarreal. Además, hay una secuencia y desarrollo que se va gestando desde el núcleo kenótico: vaciamiento que apertura, donación que otorga soporte y comunión que proporciona. Se puede hablar también de apertura porque libera al hombre del encasillamiento en el inmanentismo y en la cerrazón cientificista, tal como indica el autor. En sí, la idea de kénosis permite superar dos extremos: reducir el ser a sustancia o elevarlo a sujeto absoluto. Se trata más bien de una entrega sin retención.

En el texto bíblico al cual se hace mención, específicamente dice: ἐκένωσεν (ekénōsen, "se vació"). En teología, se entiende por kénosis al acto de autodespojo voluntario del Hijo de Dios en la encarnación. κενόω (kenóō) lo cual significa: vaciar, dejar sin contenido, hacer inútil, privar de fuerza o anular. En Fil. Tiene un sentido cristológico único. Autores como N. T. Wright y Joseph A. Fitzmyer sostienen que Pablo describe una renuncia al privilegio, no a la naturaleza divina.

De hecho, en la perspectiva filosófica el alcance es mayor. Desde esta noción la ontología cobra otro perfil, se trata del acto de desposesión. Esta propuesta se puede relacionar con la de otro filósofo, poco estudiado, me refiero al Hno. Noé Zevallos, para quien también la posibilitación del ser habilita la transtemporalidad. Es decir, el ser humano consciente de sus límites y de su finitud, lejos de paralizarnos por esa condición, le sirve de resorte para impulsarnos en nuestras vidas, intentando que cada acción trascienda estas limitaciones. De igual forma Gustavo considera que con su propuesta la filosofía deja de ser un sistema cerrado y torna más bien en un hecho de real apertura en donde cabe la libertad y la expresión de amor. Aquí la kénosis, es una categoría fundamental que explica la génesis del ser.

En palabras del mismo autor (de quien comento su obra): “La ontología kenótica se presenta como respuesta porque afirma que el vaciamiento no es negación, sino plenitud compartida; no es pérdida, sino comunión; no es clausura, sino apertura”. (p.14) Esto quiere decir que el vaciamiento no es anulación del ser, no significa no-ser o el vacío. Pero ¿cómo entender ello? Inclusive, sobre la propuesta de logos de Heráclito para algunos intérpretes como Rodolfo Mondolfo, es posible comprenderlo como develamiento para conocer el ser por medio de la fuerza motriz que es el logos.

Ya se ha mencionado que esto se trata de una propuesta original, es por ello que inevitablemente se realiza una crítica a propuestas ontológicas precedentes. Surge esta postura tras una discusión a los planteamientos de Hartmann, Jaspers, Heidegger, Balthasar y Marion al respecto. Es que ninguno de estos autores acierta con el ser como posibilitador de apertura y comunión. Todos ellos, de algún modo u otro no trascienden la dependencia al inmanentismo o a una fenomenología exacerbada. De la misma forma, no podía faltar en esta obra también una crítica a Nietzsche, como lo hace constantemente en varias de sus obras, sobre todo por la presentación del ser de forma reduccionista a la interpretación olvidando que la objetividad permite y sostiene la posibilidad de conocer el ser. Aquí la filosofía no se puede ver como un juego lingüístico, o juego de palabras, al modo subjetivo relativista, sino se trata de una consciencia crítica que busca transformar el nihilismo contemporáneo. Frente a todo esto, una síntesis sería, en las palabras del mismo filósofo peruano: “El vaciamiento no es un hecho histórico singular, sino la condición universal de la existencia”. (p.35) Nuevamente, para Noe Zevallos la posibilidad es la condición del ser, de similar forma, para nuestro autor, “…la kenosis es la condición singular del ser”. (p.35)

Y ahora es válida la pregunta: ¿Entonces, ¿cuál sería el efecto o alcance de tal renovación fundante de la ontología desde la kénosis? Gustavo Flores al final postula, con la profundidad y claridad que le caracteriza, unos horizontes y proyecciones al respecto. En primer lugar, en el recorrido histórico que hace del ser solo se ha transitado desde lo numinoso hasta lo logocrático. En cambio, era tiempo de una propuesta ontológica de la kénosis, me parece interesante y revelador las implicaciones éticas que apertura su propuesta, pues al vaciarse el ser genera la posibilidad de verdad, justicia y esperanza, mientras que, acrisolado el ser, no haría más que reducirse a experiencia individual o egolátrica. Incluso, su alcance es mayor que la de Aristóteles al considerar la verdad como correspondencia entre pensamiento y realidad. Aquí el ser se da, se entrega, se abre, y en esta apertura se posibilita la verdad.

En pocas palabras, esta propuesta se abre en dos direcciones fundacionales. Primero, en el ámbito de la fe permite el reconocimiento de una donación originaria como revelación divina. Y segundo, en el ámbito de la razón, coincido con el autor que la normatividad no depende de lo que se denomina como preceptos morales o imperativos formales, sino de lo que está al interior de la estructura propia del ser. El ser no se encuentra sin sentido o arraigada al nihilismo contemporáneo, sino que es plenitud que gesta una verdad universal, una justicia radical y una esperanza trascendente. Son palabras del mismo autor.

Otro alcance importante es la proyección política, pero de verdadera política, es decir a favor del bien común, ese servicio a la polis o sociedad. En este sentido, desde la ontología kenótica se fundamenta la convivencia a base de la apertura y comunión. En pocas palabras, la política no puede identficarse con una cerrazón como enfermedad de autorreferencia egoísta, sino debe percibirse como apertura originaria del ser.

Finalmente, el autor va concluyendo su análisis profundo con la presentación del estilo de vida de San Francisco de Asís al vivir desde la libertad que no se ancla en la inmanencia, sino que reconociéndola supera la autonomía cerrada entendida como ese necesitarse solo a sí mismo. Esto se contrasta con la lucha de poderes que hasta la actualidad existe. En síntesis, desde la amore mensura, que es otra idea del autor, que lo había desarrollado antes. Esa medida que es el amor sustenta la pobreza radical del santo de Asís que desarticula el abandono a la materia y abre el espacio a la libertad como don que coincide con la característica dinamizadora del logos.