martes, 19 de marzo de 2019

EL ALMA MÁGICO-APOLÍNEA DEL PERÚ ANTIGUO


EL ALMA MÁGICO-APOLÍNEA DEL PERÚ ANTIGUO
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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I



Una de las claves maestras para comprender una cultura es entender cómo se concebía el problema del tiempo. El modo de pensar mitico es ahistórico pero ello no significa que sea refractario al registro histórico. Lo griegos destacaron por su sentido ahistórico -de ahí el dicho: "hasta las calendas griegas" o sea nunca-. En cambio en historia eran mejores los egipcios y los babilonios. El katún de los mayas y aztecas también tesimonia una forma de registro del tiempo histórico dentro de la mentalidad mítica. Y lo mismo se presenta con la idea de los ciclos de 500 años llamados Pachacuti.

En el arte del huaco retrato moche es notorio la preocupación por el pasado, en los gigantescos geoglifos de Nazca la preocupación por el presente y en el arte escultórico Tiahunacu la preocupación por el futuro. Y en la arquitectura monumental pétrea de los Incas, como en las monumentales pirámides mesoamericanas, también se presenta la misma voluntad de durar en un presente impoluto.

Pero en el Quechua y en el Aymara no existe un palabra específica para nombrar al Tiempo, solo existe el término PACHA para nombrar a la vez el espacio y tiempo. Este vocablo también designa y significa lo "oculto", lo "misterioso", lo "secreto". ¿Qué significa esta carencia de un término propio para el tiempo? Sólo puede significar que su sentimiento cósmico de la vida excluía la objetivación y abstracción del tiempo.

Esto no significa que como el hombre primitivo tenía tiempo pero nada sabía de él. Por el contrario, las prácticas funerarias muy elaboradas muestran un sentido muy vivo de la vida y de la muerte. ¿Entonces por qué no elaboró un término propio para el tiempo? ¿Por qué se presenta espacializado bajo la palabra PACHA? Al parecer es porque el precolombino vive el tiempo como la vida de los sentidos y la vida del espíritu. No lo vive como la vida de la inteligencia que todo lo calcula, lo diseca, lo petrifica en magnitudes y fórmulas fantasmales.

Es la inteligencia conceptual la que creó el tiempo opuesto al espacio. El que no tenga nombre propio en la mentalidad mítica significa que no mata lo viviente, no lo controla, no lo domina. En la mentalidad mágica crear un simple nombre es dominar la cosa nominada. En los precolombinos el tiempo aun permanece innominado, no hay defensa mágica posible contra el tiempo. Es lo inconcebible y misterioso aun. Es el devenir viviente aun no conjurado por la magia del concepto. En las culturas mitocráticas el tiempo no se temporaliza sino reina la temporalidad pura.

II

El arte del retrato expresa que existe una profunda diferencia entre el alma del hombre mochica y el alma del hombre quechua-aymara. Se puede afirmar que entre todas las culturas que habitaron el territorio andino precolombino fue la cultura mochica la que tuvo un sentimiento histórico más pronunciado dentro del modo de pensar mítico.

Pues retratar ya no dioses sino rostros comunes expresa una especie de arte histórico y psicológico que coincide con la peculiar experiencia de que el devenir no es ilógico y azaroso sino sigue una inflexible lógica. El devenir alógico y misterioso es propio de quechuas y aymaras, el devenir lógico pertenece a los mochicas. En ambas culturas impera el sentido estético de la vida sobre el sentido lógico, pero a los moches los distingue el sentido de lo personal e individual.

Se puede decir que los mochicas han sobrepasado la fase de la tragedia para entrar en su fase de florecimiento (300-600 d.C.) a la ligereza de las comedias. Por eso muchos de sus huacos retrato sonríen felices. Lo mismo se aprecia en la policromía de las pinturas murales de sus edificios. El clasicismo no habita en el alma del mochica como lo hace en el alma del quechua aymara.

Por el contrario, los andinos se regodean en su arquitectura, en la severa y terrorífica lucha contra la piedra. La gran arquitecura megalítica Tiahunacu e Inca prescinde de los colores y formas personales, recurre a formas de animales totémicos para edificar sus urbes con implacable lógica mecánica y matemática. Mientras en el colorido arte retrato del moche el terror cósmico luce mitigado, en la colosal arquitectura sur-andina prehispánica el terror cósmico prima sin competidor.

El moche en su apogeo se refocila en un sentimiento más relajado de la vida, el incario es presa de un sentimiento trágico de la vida. En los moches ya pululan los Leonardos o maestros artesanos, mientras que en los Incas hacen lo mismo los Miguel Angel de la piedra.

III

Todo arte es un lenguaje expresivo del sentimiento cósmico del alma. El alma del americano antiguo ha quedado expresado en su arte. En el Perú antiguo el arte arquitectónico ha quedado expresado en el barro y en la piedra. Así, el alma mágica de la cultura Chavín -también la cultura Sechín- espiritualizó la piedra en un estilo que no se volvió a repetir.

Columnas en el pórtico, cabezas clavas como decorado, túneles subterráneos, canales subterráneos y abundancia de líneas curvas que logran dinamismo y expresividad en la estela Raimondi y en el monolito Chavín. Es por ello que corresponde a una arquitectura barroca. En cambio el alma apolínea auroral de la cultura Moche-Chimú y Paracas-Nazca da forma al barro en imponentes pirámides-templos, decorados con coloridos ricos frisos, donde practicaban el sacrificio humano y servía de templo-sepulcro para sus reyes. Corresponde a una arquitectura clásica.

Finalmente el alma apolínea decadente de la cultura Wari, Tiahuanacu e Inca torna a la piedra en símbolo de lo intemporal en sus grandiosos palacios, templos y fortalezas severamente labrados, sin decoración alguna, impera lo formal y útil, y con líneas rectas donde predomina lo estático.

El arte del labrado de la piedra se vuelve en arte industrial, sin alma. Corresponde a una arquitectura funcional. El alma apolínea decadente que se va tornando fáustica es notorio en el incario con la arquitectura de la ventana (expuestas en Machu Picchu), como símbolo de un alma que siente la profundidad en el infinito. Lo que se condice en el plano religioso con el dios ignoto Pachacamac.

En suma, existe un gran contraste entre el castillo Chavin -obra maestra de la arquitectura por completo subordinada a la síntesis entre ornamentación y espiritualización chamánica- y las edificaciones incas -obras sin gusto, de carácter industrial, utilitario, donde el cincel imprime una pálida quietud a la piedra-.

IV

ATAHUALPA ¿ENEMIGO DE LA DURACIÓN PRESENTE?- La guerra dinástica entre Huáscar y Atahualpa tiene un profundo significado que concierne al sentimiento de la vida. El alma mítica no tiene tiempo sino duración del presente. En mu significativo que el término Pacha no signifique ni “espacio” ni “tiempo” exclusivamente, sino ambos en conjunción. Como gran parte de las grandes culturas míticas no tuvieron una palabra especial para ambas al vivir en un ubícuo “presente”.

Para el hombre mítico no hay tiempo ni historia, las genealogías imperiales son pura novela y los relojes solares y de agua eran pura reverencia ritual.  Por ello no tuvieron arqueología ni astrología, todas las ruinas de antiguas culturas son olvidadas, por eso sus arúspices, augures, oráculos y sibilas atienden casos actuales. Incluso el sueño del emperador Huayna Cápac descifrado como la ruina del imperio sólo se remonta a unas dos décadas antes dicha caída.

Lo insólito es que la revuelta fue sembrada por el propio Huayna Cápac al dejar el reino de Quito a Atahualpa. Se cuenta que Huayna Capac era dipsómano y disoluto, lo cual era una forma somática de rebelarse contra el hierático orden imperante inca con su política sacralizada que consagraba la duración.

Por lo demás, es el propio Huayna Cápac quien invierte la relación consuetudinaria del dominio de los sacerdotes sobre los guerreros instaurado desde antes de Pachacútec. Es el responsable de haber llevado desde un equilibrio entre sacerdotes y guerreros -obra de Pachacútec- hacia el dominio de los guerreros sobre los sacerdotes.

Todo estaba preparado para marchar desde una política sacralizada hacia una política más secularizada, pero no menos mítica. Y esto fue obra de Atahualpa. Entendió bien el mensaje subversivo de su padre y se lanzó contra las milenarias panacas (familias reales) de la ciudad sagrada del Cusco, hizo violar a las vírgenes del Sol por los feroces guerreros chancas, sujetó lo teocrático a lo militarista, construyó una réplica del Cusco en Tumipampa, ordenó el genocidio contra los Orejones.

En suma, su estilo político pragmático, su escepticismo religioso era algo más que una lucha de élites. ¿Era una revolución al interior del alma antigua andina? ¿Era en el fondo una rebelión y reversión del sentido del tiempo mítico? La élite cusqueña así lo vio, como una afrenta contra el viejo sentimiento vital de duración del presente encarnado en la sacralidad de la polis cusqueña.

¿Pero es la rebelión de Atahualpa una profunda desdivinización del presente?, él señala una hora y un recuerdo imborrable que acentúa el sentido del tiempo mítico pero no lo suprime. Lo cual recuerda que el alma mítica no evoluciona, simplemente “es”. En cambio el alma occidental evoluciona y “deviene”.

La llegada de los españoles interrumpe no una “evolución” sino la “refundación” del presente mítico en el alma del hombre precolombino.

Su soberbia lo hizo caer en manos enemigas que lo ajusticiaron ante el pánico de la llegada de un inmenso ejército enemigo. Tras su muerte surgió el mito mesiánico del Inkarrí, como autoridad ideal que traerá paz en el juicio final. Su fin trágico si bien no hace más que acentuar la ruptura con el sentimiento mítico del presente por el histórico de la cronología, no obstante el alma andina actual no termina de sintetizar el sentimiento de duración del presente con el sentido cronológico del tiempo en la utopía del inkarrí.

En realidad, el alma antigua andina no quiere duración, ni historia, ni pasado, ni futuro, vive en el puro presente. Y esto sucede en la antigüedad con India, la China, Grecia y las culturas americanas. Los antiguos no “tienen” historia sino que “sufren” con resignación una historia. Atahualpa rebelde es una interrupción en la vida mítica que parece un sueño y pone al mundo andino ad portas de la refundación del sentimiento mítico del tiempo.

V

¿CULTURA ANDINA? El término andino ha sufrido una hiperinflación en los últimos tiempos. Es una palabra sobredimensionada. No es difícil constatarlo si vemos lo siguiente. Entre las costeras tenemos a los Tallanes, Mochicas, Chimúes, Paracas, Nazca y Chincha. Entre las amazónicas aparecen más de 51 pueblos indígenas con sus propias lenguas (Achuar, Ashaninka, Awajún, Bora, Jibaro, Tikuna, Yagua, etc.).

Entonces ¿por qué llamar CULTURA ANDINA en vez de CULTURAS Y PUEBLOS DEL PERÚ ANTIGUO? Así como el quechua no fue la primera sino la última realidad linguística hegemónica del Perú Antiguo, del mismo modo la cultura andina incaica fue también la última realidad política hegemónica en dicho orbe cultural.

Pero así como existe una tendencia a quechuaizar todo, también existe lo mismo a andinizar la cultura antigua peruana. Lo cual es erróneo, falso y distorsionador.

En el Perú antiguo no hubo una CULTURA ANDINA sino diversas CULTURAS Y PUEBLOS de la costa, los andes y la amazonia. Es más, si CIVILIZACIÓN es la etapa culminante de una cultura, entonces en el Perú NO HUBO CIVILIZACIÓN ANDINA sino diversas culturas que culminaron llegando a su etapa civilizatoria (Chavín, Mochica-Chimú, Paracas-Nazca, Wari, Tiahuanacu e Inca). De este sobredimensionamiento del término "andino" se percató Luis E. Valcárcel cuando tituló a su obra "Historia del Perú Antiguo".

VI

Si el arte precolombino del retrato es insuperable en el alma moche, el arte arquitectónico pétreo alcanza cumbres nunca vistas hasta entonces en el alma tiahuanacu.

Ambas son expresión de un momento de resurrección cultural donde nace un arte nuevo. Pero el sentimiento cósmico del alma moche añade un elemento nuevo, a saber, la certera observación psicológica y la mayor atención a la vida interior. Pero similar impulso en irrumpir en el espacio sin límites se observa en la arquitectura andina tiahunacu.

Aquí el interior y el exterior de grandes terraplenes ricamente ornamentados con cabezas clavas, esculturas y puertas del sol y de la luna tratan de corresponderse expresando el mismo sentimiento cósmico de ir hacia el espacio sin límites. Aquí la plástica es un mero ornamento arquitéctónico, es hojarasca humana.

Todo ello es un verdadero símbolo del pathos que el alma apolínea precolombina desarrolla durante varios siglos y en donde lleva los límites sensibles espaciales hasta sus últimas posibilidades. Lo cual es una nota común en los momentos de auge cultural del modo de pensar mítico también en egipcios, babilonios, hindúes y chinos. Pero como esa voluntad de trascender lo espacial no se concreta en el mundo precolombino, la arquitectura monumental sigue reinando absoluta sobre la pintura, la escultura, la música y el arte retrato. Es más la plástica va siendo paulatinamente eliminada junto con el arte del retrato. Tanto así que los incas no dejaron esculpidas en piedra los rostros de sus reyes, lo que los chimúes hicieron retratísicamente con muy inferior destreza que los moches.


VII

Las culturas antiguas son culturas del cuerpo, del espacio finito de Euclides, Eudoxo y Arquímedes, son fisiológicas y dieron lugar central a la estatuaria con Fidias y Mirón. De ahí que haya concendido gran importancia a la higiene personal y al agua. El agua es símbolo de pureza, vida y limpieza. En cambio las culturas modernas son culturas del espíritu, del espacio infinito de Giordano Bruno y Newton, son fisiognómicas y dieron especial lugar al arte del retrato con Leonardo, Tiziano, Rembrandt y Goya. De allí que sus artistas no hayan tenido fama de limpios, las mismas urbes destacaban por su extraordinaria suciedad. También de esta circunstancia proviene la importancia que le concedió el hombre antiguo al arte del desnudo y en contrapartida el hombre con ansia de infinito le otorgó al arte del retrato.

En la antigua cultura peruana el arte del retrato de la cultura moche luce histórica y psicológica pero en el fondo se trata del alma mágico-apolínea que nunca se desprende de los lazos sensibles. Y por eso todo su consumado arte cerámico se relaciona con los enterramientos funerarios. Como hombre antiguo es ahistórico y somático. Por ello su arte del retrato es un pedazo de naturaleza presente y nada más. En cambio el arte del retrato de un Miguel Angel o de un Leonardo son más fisiognómicas que fisiológicas, más biográficas que innaturales. En una palabra, el ceramio retrato mochica es más naturaleza y menos psicología.

Los cronistas cuentan que cuando los españoles entraron al Cuzco quedaron maravillados por sus acueductos, piletas y gran limpieza de la ciudad sagrada. El emperador inca tenía por doquier del territorio conquistado excelentes baños para su servicio personal. Ello era símbolo de la gran importancia que se le otorgaba al cuerpo. Sin embargo, del incario no se conoce la gran estatuaria, salvo las réplicas en oro y al tamaño natural de figuras humanas que estaban en el templo del Coricancha antes de ser fundidas por los conquistadores. De cualquier forma, de seguro que no se trató de retratos psicológicos sino tan solo fisiológicos.

Pero aun el arte del retrato moche nunca llegó a las profundidades del goticismo o del barroquismo porque siempre se asentó en la superficie de la forma. Por eso el modelado de esas cabezas no llegan a ser símbolo de un yo y más bien representan máscaras o estatuas icónicas a ofrendar. Esto también se relaciona con el arte orfebre de la máscara mortuoria, que lejos de tener rasgos personales portan solamente la iconografía de poder y sacralidad. Lo cual no es extraño en medio de un sentimiento cosmocéntrico antes que antropocéntrico. Por eso en el mundo antiguo no hay derechos humanos sino derechos cósmicos. Incluso el depurado arte retrato egipcio que conservaba los rasgos del faraón se supeditaba a ser el único que tenía alma o el Ka y representar a los hombres en el reino de los dioses.

Pero esa tendencia del arte retrato antiguo por evitar la característica personal en pro de la máscara –sagrada o del maquillaje- es de índole femenina. No obstante, en las grandes culturas clásicas de la antigüedad no se dio el motivo artístico de la madre con el niño, el retrato de familia o los niños. La idea de la madre con el niño, los cuadros de familia y el motivo de los niños en el arte aparece desde el gótico occidental en adelante. No es propio de las culturas antiguas porque éstas miran al presente, mientras que la mujer y la maternidad es símbolo de futuro. Más bien la cultura antigua enaltece el falo y cuando crea diosas éstas son amazonas como Atenea o heteras como Afrodita o diosas de fecundidad y nutricias, como las cinco diosas Ñamca del Manuscrito de Huarochirí.

El sentimiento cósmico antiguo es cosmocéntrico y agrocéntrico. Por eso cuando ilumina a la mujer lo hace en sentido de fertilidad vegetativa y no en el sentido de amor maternal. El feminismo, movimiento que reaparece en las culturas en su fase de decadencia, señala precipitadamente que la mujer precolombina preinca e inca no tuvo una posición secundaria o supeditada al varón porque estuvo representada en las deidades femeninas, eran curanderas y fueron también gobernantes. 

Pero en realidad, el alma mágico-apolínea del sentimiento cósmico del Perú antiguo no es falocéntrico ni feminista, no es patriarcal ni matriarcal, sino que es cosmocéntrico, sensible, presentista y finito. Con tales características la cultura antigua no estaba en condiciones de reconocer lo más peculiar de la mujer, o sea, el amor maternal. En la cultura antigua la mujer es más naturaleza que persona humana. En realidad el mundo antiguo es ontológico y concibe al hombre como una cosa entre las demás cosas, pero es una cosa parlante que se comunica con los dioses. Y es que el hombre antiguo era objeto y no sujeto de la vida cósmica. 

En ese contexto la mujer es lo más cósico de la humanidad. Por eso las injustificadas especulaciones de Marija Gimbutas y sus epígonos pertenecen a la razón extraviada de una época decadente que anacrónicamente transfiere el ideal feminista al paleolítico y al neolítico. No es casual que las cualidades de las diosas antiguas estén relacionadas con la fecundidad de la tierra o el mar, o sea la mujer es simple símbolo de la fertilidad vegetativa y cuando ejerce el poder político lo importante no es su sexo sino la función mágico-religiosa que representa.

 VIII

Lo que caracteriza a un arte vivo es la armonía entre voluntad, necesidad y capacidad creadora. Lo que suele ocurrir en pleno auge de las culturas. Pero en las épocas de decadencia que suele coincidir con las fases imperialistas acontece la desarmonía y prima el desenfreno por lo gigantesco, la teatralidad, lo excitante y el gusto por los viejos motivos, que en el fondo en vez de ser expresión de grandeza interior no es sino remedo para ocultar la vacuidad interna y la falta de fuerza interior. Esto ocurre actualmente con los Estados Unidos, aconteció ayer con Roma y sucedió en el Perú antiguo con el Incario. En el incario sobró voluntad pero faltó genio creador.

Toda cultura tiene su época moderna. Lo tuvo Egipto durante la XIX dinastía, lo tuvo Roma con sus modas grecoasiáticas y grecoegipcias, lo tuvo Alejandría con sus payasadas prerrafaelistas en vasos, sillones y cuadros, entonces por qué no lo había de tener la antigua cultura peruana con el Incario post-pachacutista. En esta fase a lo máximo que llegó el artista del incario fue a la repetición de estilos inmutables, que copiaban intatigablemente, como se ve hoy en el arte chino, persa e indio. Y es que toda cultura en su fase decadente reproduce invariablemente los mismos modelos haciendo difícil su datación. En cambio el esplendor cultural se caracteriza porque posibilita determinar la fecha.

Por eso el arte moribundo suele correr parejo con la política imperialista. Artísticamente el alma mágico-apolínea del peruano antiguo en la fase imperialista del incario tiene un programa claro pero un contenido pobre. El artista en el incario es un obrero ya no un creador, no hace lo que su genio le dicta sino lo que la política le impone. Arte frio, enfermizo, obeso, utilitario, matemático, de vigorosa contradicción entre la voluntad artística y la potencia creadora es lo que lo caracteriza.

Qué lejano lucen las grandes realizaciones artísticas del rococó Chavín y del barroco Moche. Todas la grandes culturas han vivido esta tragedia y la antigua cultura peruana no fue la excepción. Salvando las distancias espirituales pero coincidiendo con el pathos de la decadencia y la horrenda proximidad de la inminente fatalidad, lo consigue Wagner con Tristán e Isolda en tres notas amenazadoras que dejan escuchar el desfallecimiento y abandono de las masas urbanas a la disolución y barbarie.

Ahora se entiende por qué los curacas de más de doscientos etnias regionales se plegaron a una alianza con el invasor europeo contra el incario, tal como lo describe el historiador Waldemar Espinoza Soriano. Pero la lucha libertaria de las nacionalidades regionales precolombinas era en el fondo una causa perdida y artificiosa porque el alma mágico-apolínea del Perú antiguo había terminado irrevocablemente, a riesgo de convertirse en una cultura fosilizada esperando el eterno retorno de los ciclos míticos interminables.

Por eso la crisis que representó la guerra civil entre Huáscar y Atahuallpa y la invasión española en los inicios del siglo XVI fue de estremecimiento de la muerte de la antigua cultura peruana y de su nuevo comienzo desde un horizonte mestizo. Ante tal hecatombe cultural desde el lado indígena surgieron tres propuestas representativas: la síntesis parcial con incas e indios de Juan Santacruz Pachacuti, la síntesis total mestiza con incas y españoles del Inca Garcilaso de la Vega y la contradicción sin síntesis, o sea con indios pero sin incas ni españoles, de Guamán Poma de Ayala.

Si el alma mágico-apolínea del Perú antiguo ha muerto irrevocablemente de vejez –como el sáncrito y el latín-, entonces se ha entrado en un nuevo ciclo vital de la cultura pero cuyas relaciones de dependencia no la deja madurar, causando frustración permanente y haciendo soñar con la resurrección del pasado como con la edulcoración del presente. Ni la momia prehispánica volverá a la vida ni el cuerpo sin vida de occidente evitará el sepulcro. En arte pasa lo mismo que en política, en lugar de un verdadero desarrollo presenciamos resurrecciones y mixturas de viejo estilo.

Y toda esta indecente farsa crea la ilusión de evolución cultural, cuando en realidad los industriosos artífices sólo atizan el fuego final. Insertos en la cultura occidental desde hace 500 años se arriba contradictoriamente al desiderátum de la realización cultural propia en medio de la fase decadente e imperialista. O sea el Perú deberá buscar su sino histórico en medio de dos catacumbas: la del ayer precolombino y la del hoy occidental.


De ahí que resulta ingenuo soñar con ser el epicentro de la resurrección cultural cuando de la cuna a la tumba todavía hay que aprender a ponerse de pie y después caminar. Vivimos la decadencia de Occidente, señalado no sólo por Spengler, y hay que prepararnos no para un súbito Renacimiento –como creía erróneamente Antenor Orrego- sino para un nuevo comienzo de un impensado ciclo cultural. Y todo ello sucederá siempre y cuando el naufragio de la presente civilización burocrático-tecnológica-elitista no sea insensata y catastróficamente nuclear y apocalíptico.


IX

La tragedia del hombre antiguo es profundamente diferente a la tragedia del hombre occidental. El drama antiguo es sublime, estático, gesto, ademán, acontecimiento intemporal, notable inflexibilidad del destino, anécdota y máscara. La tragedia antigua en vez de personajes tiene caracteres. Por eso Aristóteles la llamó remedo de la práctica y de la vida. En cambio el drama occidental tiene profundidad biográfica, movilidad psicológica, riqueza interna y un máximo de actividad. Nada de esto tienen las tragedias de Eurípides, Sófocles y Esquilo. En cambio lo tienen en abundancia Hamlet, Otelo, don Quijote, el Misántropo, Werther, Fausto, Raskolnikov, los hermanos Karamazov, Gregorio Samsa. En una palabra el drama occidental es una ininterumpida movilidad y radical profundidad psicológica. En cambio en el drama antiguo el protagonista no es el héroe activo sino la lucha contra el destino.

Ahora bien, se atribuye el drama Ollantay a un núcleo incásico y a una adaptación española. Pero la forma más idónea de comprender el drama prehispánico es atribuyendo al alma mágico-apolínea la versión que condena a Ollantay por amar a una mujer de linaje prohibido, por lo cual es condenado a morir en un lugar cuyo nombre sobrevive, a saber, Ollantaytambo. En esta parte más primitiva de la tragedia es el destino inflexible el que se impone.

Pero el alma fáustica del hombre colonial español introduce modificaciones más acorde con los nuevos tiempos y que no tiene nada que ver con sentimiento cósmico del hombre peruano antiguo. Entonces se ve a Ollantay resistiendo valientemente el asedio militar ordenado por el Inca, mientras tanto un nuevo emperador le sucede, que justo es hermano de la princesa encadenada en una casa de las escogidas o Acllahuasi, su hija se entera que quiénes son sus progenitores y toma la iniciativa de hablar con el Inca, el cual se conduele y permite a la pareja vivir felices.


Esta última versión llena de pasión, actividad, movilidad interna, que no se arredra ante la fatalidad del destino y plagada de carácter, pertenece al nuevo sentimiento cósmico que porta el hombre fáustico de occidente. El resultado ha sido un drama profundamente alterado pero que refleja fidedignamente lo que sucedió con el alma mágico-apolínea del Perú antiguo que naufragó y el alma fáustica del hombre occidental que se impuso. En el antiguo núcleo del drama incaico se “sufre” pasivamente al destino, en la versión española se “forja” activamente al destino.

X


El sentimiento pasivo de la antiguedad está presente en Grecia, India, Egipto, Mesoamérica y Sudamérica precolombina. Los egipcios conocían la vela pero no hicieron navegación de alta mar. La colonización griega nunca traspasó la columna de Hércules. La cultura china -sobretodo de la dinastía Han- está más cercana al sentimiento vital altamente activo de la cultura occidental. Los descubrimientos de Colón y Vasco de Gama responden al sentimiento fáustico de Occidente. Sentimiento que estuvo en las tribus nórdicas escandinavas que llegaron hasta América del Norte y muy probablemente al sur. Entonces ¿qué fue lo que llevó a Túpac Yupanqui hasta lo Polinesia? ¿Qué sentimiento cósmico palpitaba en su alma para lanzarse hacia alta mar y superar a los navegantes de la cultura Chincha? El imperio inca tiene en común con el alma fáustica de Occidente el hecho que se inclina hacia la expansión política, económica y espiritual. El indomable afán de conquista de Túpac Yupanqui es un símbolo primario del alma mágico-apolínea (recuérdese que consulta al chamán Antarqui) en tránsito hacia el espacio ilimitado del alma fáustica. Ese elemento psíquico de voluntad, fuerza y acción va más allá de la naturaleza blanda y feminoide de Pericles, Temístocles, el soñador Alejandro y el calculador César. Túpac Yupanqui acaba pareciéndose más a los reyes prusianos, Napoleón y Bismarck. En suma, dicho inca refleja la proximidad del alma inca al alma fáustica occidental.
***
En conclusión, para el alma mágico-apolínea del antiguo hombre peruano y americano prima el misterio junto a la magnitud, la espacialidad finita, lo intuitivo y visual. Ha expresado su sentimiento cósmico nítidamente en el triunfo de la arquitectura monumental sobre las demás artes. Y así fue dejando sus grandiosos símbolos en el paisaje desértico costero y en las anfractuosas cordilleras andinas.

Pero la arquitectura monumental del Perú antiguo no es una ascensión por el espacio infinito, es más bien un recorrido de los vivos y de los muertos en un espacio finito bien delimitado. Por eso priman los templos-pirámides-tumbas. Para la mentalidad mítica del alma mágico-apolínea del antiguo hombre peruano el sentido cósmico se restringe a una serie rítmica de espacios finitos. Por eso se percibe como envuelto por una movilidad finita. Su sentimiento cósmico antes que espacial y temporal es dinámico. Por eso su arte quiere producir efectos de superficie y nada más, incluso cuando representa medios corpóreos.

Pero junto a su arte está su técnica que dice tanto sobre su alma. Mientras la arquitectura del alma egipcia “domina” el paisaje y el del chino se “amolda” al paisaje, en cambio la del peruano antiguo se amolda al paisaje para dominarlo. Las grandes obras de ingeniería hidráulica son indesligables de su arquitectura monumental.

Pero todo este gran desarrollo palidece cuando las culturas regionales son avasalladas por los sucesivos imperialismos de Waris, Chancas e Incas. Pasa el momento soleado del auge de las formas vivas y acontece el momento sombrío del juego de las formas muertas y vacuas. Decadencia que es claramente distinguible en el imperio incaico con Huayna Cápac, pero que fue sembrado por el grandioso inca Pachacutec al equiparar a los militares con los sacerdotes. En el arte ya impera la imitativa ornamentación industrial como reflejo de la decadencia y agotamiento del alma mágico-apolínea del antiguo hombre peruano.

Febrero 2019

domingo, 10 de marzo de 2019

LA CRISIS CIVILIZATORIA ACTUAL La verdadera Edad Oscura


LA CRISIS CIVILIZATORIA ACTUAL
La verdadera Edad Oscura
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía

I
 
La filosofía actual está en crisis. Pero no se trata de una crisis de crecimiento sino de senectud. La crisis de senectud de la filosofía se denomina posmodernidad. La filosofía posmoderna se vincula con la erosión nihilista de la sociedad posmetafísica. Esta cultura nihilista es esceptisimo y el escepticismo es la fase terminal que padece toda cultura cuando ha madurado en civilización. Así fue en los egipcios, chinos, hindúes, árabes, antiguos y ocurre hoy en Occidente.

La filosofía posmoderna con su renuncia a la verdad refleja la extinción de la fuerza creadora del espíritu. En su lugar comienza a predominar la tendencia ético-práctica de una humanidad cosmopolita, ametafísica e irreligiosa. El hombre se convirtió en un pequeño diosecillo en medio de la orgía inmanentista del regnum hominis madura de la modernidad tardía. Lo cual facilitó el brote de los Estados totalitarios, las guerras mundiales, el genocidio a escala industrial del Holocausto, el lanzamiento de las bombas atómicas y la acumulación de la riqueza mundial en el puñado de las élites neoliberales.

Si eso ocurre a nivel del pensamiento –“el hombre es una pasión inútil” declaraba Sartre y “el hombre ha muerto” proclamada Foucault- en el arte predominan las formas sin contenido. En la arquitectura se impone el neobrutalismo. En la cultura campea la vulgaridad, la obscenidad, la moda carcelaria de marcarse el cuerpo con tatuajes, el lenguaje procaz, la vestimenta andrógina, el mal gusto y el bandolerismo.

En la música se rompe la unidad entre armonía, melodía y ritmo, y brota el ruido-palabra bestial que sólo se dirige al cuerpo y ya no al alma. En la política se difunde el imperialismo cesarista, el afán de pillaje, la anomia, el anetismo.

Y todo este hominismo antihumano acontece a pesar de vivir en medio de formas tecnológicas civilizadísimas. Sin voluntad de vivir ni voluntad creadora la historia mundial sumida en una era de escepticismo profundo pone en riesgo la superación de la presente edad oscura por el riesgo creciente de descontrol del arsenal nuclear existente.

II
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Con optimismo ingenuo vemos cómo se desea para el Perú, como para los demás países en desarrollo, la prosperidad económica y social de los Tigres del Asia, China y demás países occidentales. E incluso con ello se mide el índice de felicidad humana.

¿Pero no será todo ello mera ilusión y mentira? ¿No será todo ese espectáculo del presente el olvido profundo de la diferencia que existe entre cultura y civilización? ¿No es la civilizacion el momento finisecular en que llega toda cultura?

Las culturas tienen alma, las civilizaciones tienen intelecto. Así fue entre los egipcios, babilonios, hindúes, chinos, y es hoy en Occidente. La cultura tiene genio, la civilización practicismo. Cultura es don Quijote, civilización es Sancho Panza.

¿No será un nuevo mito la capacidad de autocorrección que se atribuye a Occidente para que se imagine eterno? Pero mientras la cultura es vida y elevados ideales, la civlización es fantasía e idolatría. La civilización es el final irrevocable de la cultura. Así ha sido y parece que seguirá siendo.

Por tanto, estamos inmersos en un problema de civilización, donde el dinero pierde toda relación con los valores, se extiende una aversión a la vida agrícola, no impera el pueblo sino la masa, las grandes urbes absorben el jugo nutricio de hombres completamente ametafísicos, en las ciudades mundiales pululan hombres sin tradición, parásitos nómades sin religión. Cultura florece en las aldeas, civilización en las urbes. Y aquí impera el dinero, todo es cosa de millonarios.

Esta forma nueva, postrera y sin porvenir es la del imperialismo. En tales periodos de la humanidad mortecina y decadente se desarrolló el budismo, el estoicismo, el capitalismo y el socialismo. Por eso símbolo de primer orden de nuestro era decadente es la existencia de multimillonarios como Bill Gates en medio de la miseria más espantosa en que la que se sumen las tres cuartas partes de la población mundial porque la desigualdad es mayor que en tiempos del colonialismo.

En las actuales urbes pululantes como hormigueros poseer un lecho carísimo vuelve la vida invivible. El ricachón de hoy, como el de ayer, entiende tan poco de cultura porque vive satisfecho con la sibarita civlización actual. En una palabra, si la civilización va contra lo humano lo que hace falta es edificar una nueva cultura.

III
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Tres son las ideas centrales de esta obra: (1) El pensar evoluciona con el lenguaje pero no es lenguaje, en cierta forma el lenguaje distorsiona la relación con el ser en el juicio. De ahí que el pensar en el conocimiento cientifico-natural rebasa el lenguaje y va hacia la fórmula matemática, que en buen romance es otro fracaso más al describir tan sólo la estructura formal del fenómeno. La relación multívoca del ser con el lenguaje reafirma los dos sentidos del ser como esencia y existencia.

(2) El positivismo creyó separar el Logos de la Ratio, pero no comprendió que no hay separación lógica nítida y definitiva entre mito y logos. Del mismo modo no hay separación clara entre éstos con lo numinoso del filósofo prehistórico y lo mitomórfico del filósofo chamán. Lo numinoso, lo mitomórfico, lo mitocrático son formas de pensamiento que no se extinguen sino que se transforman en medio de la hegemonía del pensamiento logocrático.

Y (3) si el nuevo concepto de objeto no es substancial sino funcional ello no es óbice para que persista lo transinteligible. Y de ese modo en la lucha por la objetividad es irrenunciable fundar lo epistémico sobre el sentido óntico real, o sea sobre la metafísica.

Lo crucial de todo este asunto es que sea en la declinante etapa civilizatoria cuando la cultura occidental da la espalda a los dos sentidos del ser como esencia y existencia, quedándose tan solo con el formalismo matemático. Pero además, a instancias del pensamiento logocrático insurge en el horizonte el pensamiento de la máquina autónoma.

Aun no sabemos si ello representará la separación definitiva entre Logos (creatividad) y Ratio (cálculo). Si la máquina autónoma se llegase a plantear problemas existenciales tal separación no se concretará. De lo contrario al devenir del pensar le espera el triunfo avasallante del pensar funcional sobre el pensar substancial. Pero el naufragio del pensar creativo no podrá anular la óntica objetividad de lo transinteligible ni la prioridad de lo metafísico sobre lo epistémico.

IV
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Cuando leemos esta obra recordamos a Goethe: todo lo fáctico es ya teoría. No hay facticidad como dato absoluto. Todo lo fáctico tiene una orientación teórica. Y esto sucede de modo distinto tanto en los hechos de la física como en los hechos de la historia. 

Principal y voluminosa obra del filósofo trujillano Víctor Baltodano. Invirtiendo el núcleo del orden significativo sostiene en sentido neonominalista que en vez que el pensamiento represente a la cosa, es el lenguaje el que está antes del pensamiento. Así la palabra representa el concepto y el pensamiento representa el lenguaje. El concepto sólo significa lenguaje. No hay cosa en sí. El Orbis Conformacional baltodaniano signico y de existencias culmina con su aserto "no hay hechos sin conceptos".
 
A su postura se le dirigen varias observaciones: (1) carecer de la noción de lo transinteligible, (2) obviar que entre los hechos y los conceptos no hay igualdad sino hiato y divergencia, (3) incurrir en un reduccionismo linguístico, (4) su radical simbolismo conceptualista vuelve problemático justificar la validez objetiva del mundo, (5) olvidar que epistemología sin ontología es derivar hacia el idealismo lógico -habla de las existencias indeterminadas en un proceso de antropormorfizacion pero al mismo tiempo combate las cosas en sí-, (6) anular la diferencia ontológica entre lo óntico real -declara que la cosa en sí no existe- y lo ontológico pensado -lo único válido-, (7) toda ciencia estricta exige que la idea se libre del yugo de la palabra y del lenguaje emancipándose de éstas, (8) los conceptos de la ciencia hablan de la cosa misma justamente porque la palabra cede su lugar al signo, (9) el abismo entre el concepto científico y el concepto del lenguaje es ignorado, por lo demás ese abismo es el mismo el que tuvo que cruzar el pensamiento al convertirse en pensamiento linguístico.

Al margen de las observaciones quizá lo más valioso de su contribución sea su conclusión voluntarista y simbólica de que el mundo es un orbis conformacional signico y de existencias creado por el hombre. Este proceso de antropormorfizacion es un llamado a la libertad y creación responsable. ¿Pero será posible emprender dicha creatividad en momentos en que la cultura occidental sucumbe en su etapa de civilizaci
ón hipertecnológica yace pero moral y humanamente bárbara?

V

En una interesante y reciente conversación privada con el intelectual y escritor Hugo Chacón éste se interrogaba contrafácticamente un apasionante tema de reflexión: ¿Hubiera seguido siendo mítico el pensamiento andino sin la Conquista europea? 

Ahora bien, tal pregunta se puede responder desde dos perspectivas: la eurocéntrica y la nativista. La primera responde con NO rotundo, mientras que la segunda con SI decidido. Pero cabe una tercera respuesta, la cual se alza más allá de ambas para ver por qué las culturas mueren (Walter Schubart, Oswald Spengler), o se congelan y otras sobreviven (Arnold Toynbee).

Desde la cuestionable idea occidental de progreso la respuesta es negativa, y se podría suponer que por sí solos la civilización andina hubiera superado el modo de pensar mítico por el modo de pensar conceptual. Detrás de la idea de progreso está sin duda el supuesto de la superioridad de Europa occidental como una especie de culminación de la historia universal. No obstante tal razonamiento es anacrónico ni la experiencia histórica lo confirma en alguna cultura. Por el contrario, la mentalidad mítica tiende a ser inmóvil y se condensa en una síntesis cerrada.

Con lo cual no tiene sentido identificar el espíritu racional de Occidente con el sino de la historia universal misma. Tal cosa ya fue vista especialmente por las críticas antieurocéntricas de O. Spengler y A. Toynbee. Por otro lado, los poderosos complejos mentales míticos de la cultura egipcia, babilónica, india, china, semítica y americana tampoco duraron para siempre. Lo cual, sin embargo, no refrenda que la imagen de historia universal creada por Europa sea la imagen de la humanidad misma.

Y es que detrás de la interrogante del comienzo está la permanente pregunta central de la Historia: cuál es su sentido y qué leyes la gobiernan. Más aun, ¿acaso tiene la historia leyes en vez de sino? Lo más coherente es no trasladar nuestra mentalidad causalista a los hechos de la historia y respetar su propio estatus cognoscitivo. 
Marzo 2019 

lunes, 18 de febrero de 2019

MITO Y MUNDO PRECOLOMBINO


MITO Y MUNDO PRECOLOMBINO
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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Los mitos de la antiguedad están muertos. Aunque ello no signifique que el mito mismo haya fenecido. El mito tiene la virtud de transformarse. Es una forma de pensamiento, de intuición y de vida que persiste como categoría de la razón humana. Por lo demás, la operación básica de la mentalidad mítica es la operación de la metamorfosis. Y por ello la realidad subjetiva y la realidad objetiva resulta intercambiable. Pero desde el despertar de la conciencia al mundo de la objetividad y del conocimiento teórico ya no es posible un retorno al mundo del mito, sino como retroceso o descenso a un estadio anterior de la vida del espíritu. Sin embargo, la interpretación mítica sigue siendo válida para comprender extensos contextos civilizatorios y culturales subsumidos a su forma de pensar. Y uno de ellos fue el mundo andino precolombino.

Tiempo-espacial
Comencemos por el idioma quechua. No sin antes decir que no fue la primera sino la última realidad lingüística de los Andes precolombinos. El quechua es un idioma aglutinante (separa forma de significación y forma de relación). Por ello resulta lícito interrogarse: ¿Es más desarrollada que las lenguas aislantes (monosilábicas) pero menos que las lenguas de flexión (enlaza la forma de significación y de flexión)? 2. En el quechua la primacía de la significación espacio-temporal sobre la significación lógico gramatical ¿señala un sentido linguistico espacial más fino pero menos lógico-gramatical? 3. En el quechua y demás lenguas americanas la intuición misma de “actividad” no se puede separar del de la “existencia”, de ahí que la palabra Pacha al significar "espacio y tiempo" a la vez representa "movimiento y actividad pura". ¿Esto significa que estas lenguas crean una nueva correlación entre el yo subjetivo y la realidad objetiva?

Además, se da una situación rarísisima con la palabra Pacha. Dicha palabra fusiona en una sola la intuición del espacio y del tiempo. Por tanto habla de un nivel de conciencia donde la relación temporal aun no se plasmaba como concepto ordenador abstracto. Si esto es así entonces las palabras "presente" (kunan), "pasado" (ñawpa pacha) y "futuro" (qhipa pacha) no son sino actualizaciones del quechua frente a un idioma más avanzado (el flexivo castellano).

En la palabra Pacha se da el "sentimiento temporal" pero no el "concepto de tiempo". Es decir, la palabra Pacha refleja el poco desarrollo de las relaciones temporales en la conciencia de los precolombinos. El ahora y el no-ahora son todavía aludidos mediante el aquí y allá. O sea se trata de una alusión “espacial” del tiempo. De ahí la cuestionable traducción de Pacha como “tiempo” sin más. O sea los curas doctrineros y autores de lexicones fueron los responsables de la creación de muchos términos y significados que en el quechua antiguo no existían. Se advierte entonces que en la colisión de estas lenguas chocan dos metafísicas con diferentes ideas del tiempo (eterno retorno versus tiempo asintótico).

Pasemos al Manuscrito de Huarochirí. Este compete a la cosmovisión mítica y testimonia una superación respecto a la cosmovisión mágica. Aquí no son los hechizos ni las fórmulas mágicas las que tienen el protagonismo sino una historia de dioses. Narra una génesis mitológica en un cuento mítico de montañas que poseen el espíritu de un dios. Esto es, refleja la cosmovisión mítica andina donde en lo cronológico existe por un pasado absoluto que no requere mayor explicación. En cambio la cronología de la historia tiene una cronología del devenir continuo donde no hay ningún punto privilegiado.

La narración mítica se caracteriza por el origen de carácter sagrado, dentro de un mundo dominado por la antítesis entre lo sagrado y lo profano. En el mito el tiempo no es el cambio sucesivo entre pasado, presente y futuro, sino que establece una separación tajante entre el intemporal origen mitológico y el presente empírico. Pero en el quechua una misma palabra designa al espacio y al tiempo, a saber, Pacha, que en realidad fusiona ambas ideas en la llamada "forma temporal". En ella la idea espacio-tiempo es enteramente cualitativo y concreto, no cuantitativa y abstracta.

Pues para el mito no hay tiempo sucesivo sino un ser y devenir ritmicos, un eterno retorno. La conciencia mítica no se caracteriza por una distinción objetiva de tiempo y espacio, sino por una fina capacidad para captar la periodicidad rítimica en lo existente o sensibilidad subjetiva del dinamismo de lo vivo. O sea el tiempo cósmico es captado gracias a la previa captación del tiempo biológico. Finalmente el mito desconoce esa objetividad que se expresa tanto en el tiempo físico-matemático como en el tiempo histórico.

Un universal intuitivo
Prosiguiendo con el término Pacha nos encontramos con la deidad Pachacamac. En la mitología Inca, Pachacámac o Pacha Kamaq (pacha: 'mundo' y kamaq: 'vivificador' en idioma quechua) era un dios, reedición de Wiracocha. Es una auténtica idea elemental mitológica, como el mana de los melanesios, el manitu de la tribus algonquinas de Norteamérica, el wakanda de los sioux. Se trata de una trascendencia donde no hay ningún límite -incluso moral- para lo sagrado y responde a la antítesis básica de lo sagrado y lo profano.

No tiene equivalencia con la idea de principio o arjé griego porque no es abstracta en sentido teórico, sino que al no poner límite preciso entre la idea de sustancia y fuerza se trata de una abstracción ligada a lo concreto. Por ello no alude a un principio abstracto sino a un origen mítico concreto. Lo singular es que el Inca Garcilaso lo llamase el “dios ignoto”, que no requiere templos ni imágenes. ¿Es posible acaso que en el incario se alcanzara tal grado de abstracción? En todo caso no se trataría de una abstracción teórica sino de un concepto-imagen propio del culmen de la mentalidad mítica. Se trataría de un universal intuitivo que avanza hacia el universal conceptual.

Cumplimiento participativo del destino
Cuenta Cieza que, estando en prisión el Inca, una noche apareció de pronto en el cielo un cometa verde, cuya estela gruesa como un brazo y tan larga como una lanza de jineta; como los guardias españoles que estaban afuera mirasen el cielo y comentasen con asombro el fenómeno, Atahualpa entendió lo que pasaba y pidió que lo sacasen para verlo con sus propios ojos. Después de verlo se quedó muy triste y así estuvo hasta el día siguiente. Pizarro le preguntó entonces la causa de su tristeza. Atahualpa respondió: “He mirado la señal del cielo, y dígote que cuando mi padre, Guaynacapa, murió, se vio otra señal semejante a aquella.” El Sumo Sacerdote o Villac Umu confirmó que aquel cometa era señal de la próxima muerte del Inca. Y en efecto, quince días después, Atahualpa moría ejecutado (26 de Julio de 1533), tras uno de los juicios más inicuos que recuerde la historia.

¿Es acaso verdadero el pensamiento mítico? Para el pensar mitico no existe el azar, todo está predicho, domina la fuerza del destino signada por los demonios o los dioses. En la lógica mítica la verdad no es la concordancia del pensamiento con la cosa sino cumplimiento participativo del destino. O sea concordancia subjetiva de la cosa con el sentimiento. Aquí el objeto no es abarcado intelectualmente, sino emocionalmente, donde el objeto se apodera de la conciencia.

Sacrificios humanos
Una ruta similar es posible establecer en los sacrificios humanos. La explicación del sacrificio humano para reestablecer el equilibrio cósmico es sólo la parte más superficial del fenómeno. La parte más profunda compete a la explicación de la lógica del pensamiento mitológico.

El dolor, la enfermedad, la moral y los desastres naturales son sustancias que pueden ser eliminadas mediante exorcismos, pócimas, invocaciones y el sacrificio ritual. O sea lo que en el pensamiento empírico y científico aparece como mero atributo, en el pensamiento mítico es concebido de forma sustancial. No hay separación entre la cosa y el atributo. Por eso el nombre no representa a la cosa, sino que es la cosa misma.

En la conciencia mítica lo real depende del rito, se domina el mundo por el culto. En los pueblos míticos se piensa que una calamidad puede ser conjurada por el sacrificio porque no se diferencia lo real de lo ideal. Se vive bajo una empatía universal. Una palabra, un símbolo, un acto son la cosa misma a controlar. Por eso el mito va de la mano con la magia, el encantamiento y la superstición. El cosmos mítico no está compuesto de relaciones dinámicas, sino siempre de algo cósico y sustancial. El cacique, el hechicero, el sacerdote o el guerrero acopian esta sustancia cósica considerada como fruto de la voluntad demoníaca o divina. Es la actitud substancialista lo que preside la mentalidad mítica desde Babilonia, Egipto, China, India, América Precolombina y que la diferencia de la actitud empírico-científica desde la Grecia de Hipócrates, que culminaría en el pensar funcionalista de la ciencia moderna.

Arquitectura piramidal
¿Y las formas piramidales de la arquitectura ancestral se relaciona con el pensar mítico? Las pirámides desperdigadas por toda la América precolombina son el signo visible del triunfo de la perennidad sobre el constante fluir y perecer de todas las cosas temporales. Incluso las estilizaciones zoomórficas y geométricas del antiguo arte peruano son una celebración de la vida más allá de la muerte. Son formas geométricas eternas como en el arte egipcio que celebran la preservación de lo existente. No se busca la extirpación de lo temporal como en la India, ni ir más allá de todo tiempo como en el budismo, ni el énfasis recae en la voluntad futurista como en los profetas bíblicos, y menos en la copia exacta del pasado como en el taoísmo chino. La teología precolombina está animada por la conservación y preservación de lo perenne sobre lo pasajero del tiempo. Lo cual no es la extinción del tiempo sino el reconocimiento del tiempo de lo divino. Pero el durar de lo divino es mas un “estar” que un “pasar”. Es decir, se condice con la nocion espacial del tiempo.

Lo característico del sentimiento temporal precolombino es asumir la totalidad del tiempo en un absoluto que abarca lo perecedero e imperecedero dentro de la idea del “origen”. Lo divino tiene también su propio tiempo-espacial que le da origen. Esta es una de las formas más evolucionadas de la conciencia mítica respecto al sentimiento del tiempo y del destino. Aquí todavía es el tiempo-espacializado y el destino la medida del ser y del no ser. Lo que sería roto por Parménides mediante el logos, donde el poder del tiempo y el destino son mera ilusión. Sólo para el mito hay un "origen temporal-espacial" del ser, para el logos el ser es imperecedero.

Culto a objetos de la naturaleza
El mito en la adoración está muy presente. En la mentalidad mítica andina no sólo los astros sino determinadas montañas son adorados como deidades. Por ejemplo en el caso del Cusco. Al Norte el nevado Salcantay. Al Sur, el Apu Ausangate, donde se realiza la peregrinación más cara a la fe andina: la procesión al santuario del Señor de Qoyllurit"i (el señor de las Nieves Resplandecientes). Al Este, el Pachatusan o "El Sostén del Universo", a quien los cusqueños rinden honores como sanador y curandero. A su lado, el Apu Pikol y el Apu Anawarque le dan al Cusco la fama como Centro del Mundo.

Este culto a objetos de la naturaleza ha permanecido a pesar del tránsito hacia la concepción monoteísta cristiana. Pero lejos de ser considerados como fuerzas malignas, como en la religión irania, son asimiladas en lo que el Padre Manuel Marzal llamó el sincretismo iberoamericano. El hecho de que estas montañas no hayan sido desposeídas de su calidad de viejas deidades del destino y destronadas por el logos de la ratio es porque la fuerza del destino y del poder del devenir conserva aun la vitalidad del logos del mito. En el mito la esencia es la apariencia. No hay separación entre ambos.

Lo decisivo aquí es la simple existencia, donde apariencia y realidad no son separables. El dominio ingenuo del puro significado expresivo es el que hace posible tomar el nombre o la imagen por la cosa, el alma o la esencia misma de la cosa. Fue el pensamiento filosófico griego el que abrió el camino hacia el logos de la ratio convirtiendo lo permanente en la medida del ser y del no ser, derrotó el origen temporal del mito, transformó el concepto mítico de destino en el concepto lógico de necesidad, la cual impulsó la búsqueda de la ley natural.

La fantasía mitológica aun impera en los andes aunque sin el vigor de los tiempos precolombinos. La cosmovisión mítico-religosa andina enfrenta fuerzas que la sobrepasan y tienden profundamente a seguir modificándola: el proceso de modernización económico-cultural, el avance del pensamiento científico y el triunfo de la idea de Unidad en el monoteísmo cristiano. Al final la idea del destino cederá su lugar a la idea de lo imperecedero como medida del ser y del no ser.

Chacana
Chacana es el nombre para una misteriosa cruz andina. Chacana (término quechua que significa «escalera», «objeto a modo de puente», «cruz del sur» o «cruz cuadrada»). Símbolo milenario aborigen de los Andes centrales, tanto inca como preínca, que vinculaba al hombre andino con el cosmos y a la veneracion de la constelación Cruz del Sur. Utilizado como ordenador general y camino de sabiduria.

Para algunos, con excesivo optimismo, afirman que la chacana es el origen de la matemática precolombina. Pero mientras en el pensamiento científico lo numérico aparece como instrumento de fundamentación, en el pensamiento mitológico es un vehículo de significación religiosa. En el mito el número tiene poder y atributos propios. Por ello la chacana santifica todo lo profano y rodea al número de un aura encantada. Aquí la aritmética y el álgebra todavía forman parte de una ciencia cabalística. La veneración se vincula al milagroso poder mágico-mitológico que atribuye al número. El número áureo o sagrado es un caso típico de misterio mitológico. Los números sagrados tienen un valor emotivo. El número mitológico aun no se libra de la magia pero se encamina hacia una forma más universal. Cada número tiene su propia dignidad, poder y prestigio. Incluso el pitagórico Filolao busca la naturaleza y poder del número.

La chacana representa entonces la mitológica deificación y santificación del número. El número cuatro que hace referencia la chacana hace referencia a los cuatro puntos cardinales, estaciones, elementos, que también alude el sistema chino, incluso los cheroques emplean el mismo simbolismo. La chacana lo respresenta en forma plástica y sensible. La cruz es uno de los símbolos religiosos más antiguos vinculados a fenómenos y representaciones cósmicas fundamentales. Una variante es la svástica. En la chacana se fusionan el sentimiento mítico espacial y el sentimiento mítico temporal con la idea de número. Nunca representa algo objetivo cósico-material sino algo lleno de vida. Remite al origen donde el destino rige el ser y el no ser. Por eso el número en el pensamiento mítico tiene un poder vital. Es el lazo mágico que une a las cosas.

Sus momias
Tan grande es el abismo que separa al "yo" de la conciencia mitológica con el "yo" de la conciencia teórico-abstracta, como también es enorme la separación en el mismo pensar mítico entre sus representaciones primitivas como "demonio del alma" y las formas mas avanzadas como entidad espiritual. En la conciencia mitológica no hay análisis crítico de carácter teórico-abstracto, sino que el mundo objetivo siempre se subsume al mundo subjetivo. Por eso al comienzo el mito concibe el alma no como persona sino que es la vida misma, es una inmanencia ligada al cuerpo. Por ello la muerte no es sino otra forma de existencia.

Pero la idea de alma en el mito no trasciende lo empírico sensible y se aferra firmemente a este mundo. Por eso sus momias son acompañadas de un avituallamiento completo e incluso de sacrificios humanos. Y desde China, pasando por Egipto, hasta llegar a la América precolombina sucede lo mismo. La idea del alma y su inmortalidad no es aun un principio abstracto sino que está perfectamente delimitada en su composición concreta. Es decir no hay unión de lo diverso en una síntesis abstracto intelectual.

Las almas coexisten y cohabitan en la secuencia empírica de los sucesos de la vida concreta. Las momias como símbolo que apunta a la eternidad o duración ilimitada del yo es luego enlazada a su actividad moral. Y con ello el mito abre las puertas del ethos. Se postula un orden eterno de la justicia y de la verdad. El alma ya no es sólo potencia natural sino sujeto moral. El pensamiento hindú en los Upanishads lleva al límite la concepción mitológica del alma y su consideración especulativa. Es el descubrimiento de la subjeividad en la misma conciencia mítica. Más, en el mundo precolombino como en el mundo romano las momias son espíritus tutelares donde se transita del yo mítico al yo moral.

Las descomunales lineas de Nazca
Las descomunales lineas de Nazca -cerca de 10 mil geoglifos- han sido objeto de diversas interpretaciones: Cieza de León y J. C. Tello (caminos), : Rowe (adoratorios al descubierto), M. Uhle, P. Kosok y M. Reiche (calendario astral), Henri Stierlin (protección religiosa), M. Reindel y J. Isla Cuadrado (culto al agua). Esta última ha cobrado importancia al constatarse que hace 10 mil años la zona era una verde planicie pero desde hace 8 mil años cambia el clima del planeta drásticamente y la planicie verde se vuelve un desierto. Hace 10 mil años el Sahara era verde y fértil pero hace 8 mil años hubo una sequía apocalíptica que duró mil años. Se trata de un ciclo que se repite cada 20 mil años debido a la cercanía del Sol a la Tierra, favoreciendo las precipitaciones y el clima húmedo o las sequías severas.

En semejante circunstancia la civilización egipcia se sostuvo 3 mil años, mientras que los Paracas y lo Nasca se sostuvieron un milenio -700 a.C., 700 d.C.- hasta la apocalíptica sequía del siglo VIII, que determinó la descomposición de los desarrollos regionales del Horizonte Temprano 1,500-500 a.C. (Chavín, Paracas) y del Horizonte Intermedio Temprano 500 a.C.-700 d.C. (cultura Nazca, Recuay, Mochica, Vicus y Lima). Pero la explicación climática olvida lo esencial, a saber, la forma de pensar mitológica. Los Paracas y los Nasca con sus templos, acueductos, sacrificios, ofrendas y geoglifos, representan la respuesta mitológica contra este brutal cambio climático.

En los pueblos míticos se piensa que una calamidad puede ser conjurada por el culto porque una palabra, un símbolo, un acto, son la cosa misma a controlar. Por eso el mito va de la mano con la magia, el encantamiento y la superstición. Pero la mezcla de imágenes geométricas, zoomórficas, antropomórficas y míticas sugiere una profunda crisis de la conciencia mitológica, que llevada al paroxismo de la desesperación pone en un mismo plano el mito mágico-totémico del parentesco entre el hombre y los poderes mágicos de otros seres -animales, cosas, símbolos abstractos- con el mito naciente concentrado en el poder creador del hombre -cuya más remoto antecedente serían las manos cruzadas de Kotosh (1,500 a.C.)-. No es casual que al sucumbir esas culturas de los desarrollos regionales dominadas por el mito teratológico surgieran el Imperio Wari y el Imperio Tiahuanacu donde impera la deidad antropomorfa de las varas.

Es decir, el apocalipsis climático del siglo VIII hundió el mito teratológico de las fuerzas naturales y promovió el triunfo del mito de los dioses tectónicos o dioses supremos celestes que habitan el cielo. Lo cual significa una evolución al interior del pensamiento mítico. En la nueva configuración mítica religiosa la nueva forma de lo divino expresa un nivel superior en el proceso de individualización y humanización.

La nueva conciencia mítica se libera del predominio de las fuerzas naturales y en su lugar da un paso decisivo en la conformación de la figura humana con la nueva forma de lo divino. La crisis y disolución de la conciencia mitológica teratológica dio lugar al surgimiento de dioses con figura humana, a héroes divinos que son aliados de la humanidad. Con ello el hombre andino da un paso más profundo hacia su yo y su mismidad. Habrá que esperar siete siglos más para que surja con los Incas la idea monoteísta de Pachacamac o Viracocha, lo cual desplaza más y más la esfera de las cosas y de lo natural hacia una idea de separación del yo y el mundo.

Como acontece en Egipto con Akenatón, entre los incas el pensamiento mitológico avanza más allá del politeísmo para concebir un "dios creador" que en realidad es ordenador o conformador porque no se libera del supuesto de un determinado substrato. Es otra visión más espiritual, que busca no representarse con ninguna imagen material. Lo cual llevó a decir al inca Garcilaso que el imperio inca estuvo muy cerca del dios de los cristianos. En suma, en la larga historia de la civilización andina se conoció la transformación sucesiva del concepto de dios al interior de su mentalidad mítico-religiosa.

El arte erótico
Unas 45 mil piezas, incluidas las vasijas con motivos sexuales, fueron encontradas en tumbas de la cultura agrícola de los moche. Para los especialistas forma parte de un culto agrícola para asegurar las lluvias y la fecundidad de la tierra, cuando no pedir por sequías ante calamitosos diluvios. Hay registro arqueológico de varios devastadores Fenómenos del Niño en la zona que diezmó su avanzado sistema de riego, su agricultura e hizo colapsar su estructura social. Aquí no se trata de especular que los moches eran muy abiertos en el sexo, de gran erotismo y desarrollado arte de amar. Las distorsionantes interpretaciones sicalípticas no se relacionan con la mentalidad mítico-religiosa de la cultura moche (siglos II-V d.C.).

El arte erótico moche es una forma de culto y sacrificio mediante el acto sexual, por el cual lo profano y lo sagrado se interpenetran. Todo lo mpuramente físico cumple la función de ingresar a la esfera de lo santo y lo sagrado. El significado sacramental del culto por el sexo ocurre en estadios muy avanzados de la evolución religiosa, incluso la prostitución aparece como sacrificio y entrega al servicio del dios. Los ceramios eróticos moche representa la totalidad indivisa del ser y del actuar donde hombre y dios deben tener la misma carne y la misma sangre.

Hegel señaló que el culto no es algo ajeno a la vida sino que es la continuación de la vida misma en el plano de lo sagrado. Es la inclusión de la vida cotidiana en la vida santa. En dicho sacrificio se busca aniquilar el abismo entre el hombre y dios. Es una espiritualización de lo sensible que se corresponde con una sesiblización de lo espiritual.

De este modo, los moches efectuaron este culto sacrificial sexual acorde con su mentalidad mítica de mediar en la esfera de lo divino y de lo humano. Pero no lo efectuaron por excluir los sacrificios violentos. Todo lo contrario, su crisis fue de tal envergadura que también fueron los señores de los sacrifios humanos, en la se empleaba el Ulluchu para mantener licuada y poder beber la sangre de los prisioneros sacrificados. Lo medular del acto sacrificial es al acto de dar lo más valioso (sangre, semen, etc.).

En la religión hindú el soma era la bebida sagrada. O sea en los Vedas como en los Moches -e incluso en el incario- la ofrenda es externa. Recién cuando se interioriza la ofrenda allí recién aparece la interioridad del hombre como la única ofrenda (Upanishads, Budismo). Pero con el monoteísmo cristiano ya no se trata de extinguir en la Nada la interioridad humana, sino que se mantiene la tensión de ambos polos: lo humano y lo divino. Lo cual representa un nivel superior en la autoconciencia religiosa.

La estilización geométrica
La estilización geométrica del arte precolombino cobra pleno sentido cuando es visto desde el pensamiento mítico religioso. El mundo de la realidad empírico-temporal es divergente y opuesto al mundo espiritual. Pero la antítesis fundamental del pensar mítico entre lo profano y lo sagrado se encarga de sumergir lo sensible en el mundo de lo suprasernsible y espiritual mediante la estilización geométrica de las imágenes. La estilización geométrica cumple la función de desrealizar lo profano para conciliarlo con lo divino. Mediante lo alegórico y anagógico se supera la íntima divergencia y oposición entre lo empírico y espiritual.

La facticidad empírica cobra una significación ético-metafísica con esta forma de alegoresis. La mentalidad mítico-religiosa preside la subsunción del arte a lo espiritual y dirige la dirección básica de la expresión artística simbólica. Aquí no se cumple el diagnóstico de la deshumanización del arte por la geometría de Ortega y Gasset. Por el contrario, en el mundo mítico la geometrización del arte es el pleno cumplimiento de la humanización y espiritualización mayor en el decurso del desarrollo del sentido religioso. En el mundo mítico precolombino la geometría no tiene el sentido plenamente matemático que cobró desde los griegos, sino que no se desprende del aura de magia, trascendencia y alegorización de lo real. Todo lo relacionado con el número encierra un contenido mágico. Por ello, en el pensamiento mítico el cumplimiento de la significación ético-metafísica de lo empírico encuentra su realización en su estilización geométrica.

En el estilo geometrizante del arte precolombino se aplaca y neutraliza la antítesis entre el mundo mitológico de imágenes y el mundo del sentido religioso de lo sagrado y lo profano. En el mundo estético la imagen es reconocida en cuanto tal, se la libera del problema de su existencia. Entregada a la pura contemplacion visual se opone en principio a todas las formas de acción ritual y sacrificial -aunque pueden ser puestas al servicio del sentido religioso-, porque su significación es puramente inmanente a la obra de arte. Esas imágenes estéticas poseen su propia verdad porque poseen su propia legalidad. A diferencia de la estética del paleolítico dominado por la conciencia mágica, en el mundo mitológico madura la conciencia de que la imagen estética no es cosa independiente sino expresión de su propia fuerza creadora. Aunque todavía es empleado para resaltar el mundo de lo sagrado en medio de lo profano.

La estética mítica precolombina con sus signos y símbolos geometrizantes cumple su ideal de expresar lo sagrado en lo profano y lo profano en lo sagrado. Es un arte que facilita al espíritu religioso sumergirse en la realidad, en lo individual y en lo fáctico sin quedar atrapado en ellos. Pues su estética religiosa confiere a la inmediatez empírica sentido trascendente.

18 de Febrero 2019