viernes, 3 de mayo de 2019

EDUCACIÓN Y CORRUPCIÓN


EDUCACIÓN Y CORRUPCIÓN
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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El impacto sobre la conciencia individual y social que tienen en el Perú los estrepitosos casos de corrupción de cinco expresidentes es enorme y profundo. El libertarista ácrata Manuel González Prada escribía a fines del siglo XIX: “el Perú es un organismo enfermo, donde se pone el dedo salta la pus”. Y refrendando lo dicho el intelectual Alfonso Quiroz en su libro Historia de la corrupción en el Perú (2013) demuestra en su análisis que llega hasta la caída Fujimori-Montesinos, que dicho mal no ha sido episódico sino estructural desde la Colonia.

Los que idealizan el pasado prehispánico se aprovechan de esto para exaltar románticamente la moral y las leyes del imperio Inca. ¿Pero acaso es justificable olvidar que el imperio inca apenas duró un siglo –frente al imperio Tiahuanaco-huari que permaneció incólume seis siglos- justamente por la corrupción de la élite que desembocó en la cruenta guerra civil entre Huáscar y Atahualpa?

Lo que vino después con Odebrecth y Toledo, García, Humala y Kuczinsky fue como el último clavo en la rancia tumba de la carcomida república peruana. El aparente suicidio de Alan García ante las pruebas acusatorias no fue más que el Requiem de un sistema insostenible. La verdad es que la corrupción en el Perú nunca mantuvo niveles bajos sino moderados y altos. Siendo los niveles más altos los más recurrentes y constantes. La situación es tan grave que es doloroso reconocer que los niveles bajos se dieron bajo Castilla y Velasco. O sea cuando la democracia fue suprimida. El no saber conducirse en libertad refleja lo que Luis Alberto Sánchéz llamaba “país adolescente”. El adolescente no es una personalidad madura y como tal abusa de su libertad cometiendo excesos.

Se ratificó que la corrupción es endémica y pandémica en el país. Se ratificó que la corrupción es endémica y pandémica en el país. Sobre el cieno venenoso y pútrido de una república expropiada al Perú profundo afloró el humor negro, el humor satánico que se burla de la miseria de los demás y hace escarnio de los defectos físicos. Es un humor con agresión que porta el dardo envenenado de la frustración, la injusticia y la desigualdad.Y estas malas pasiones van acompañadas de los monstruos internos de la envidia, la ira y la pereza.
 

Más de 20 mil funcionarios de la Administración Pública esán procesados por corrupción. Y la lista es más extensa si se suman alcaldes, generales, policías, maestros, médicos, periodistas, empresarios privados, comerciantes y ambulantes. El corrupto con autoridad hace ahora uso de depósitos directos a su cuenta bancaria que controla desde su celular. Sería bueno que todos los organismos públicos hicieran una auditoría mensual de los ingresos mensuales de sus funcionarios para asegurarse que sus ingresos son legítimos y no fruto de la extorsión.

Echando un vistazo sobre las formas de corrupción se advierte su amplio abanico anómico y anético:
-      Saqueo del patrimonio estatal
-      Soborno, cohecho o corrupción de funcionarios
-      Prevaricación
-      Enriquecimiento ilícito
-      Fraude electoral
-      Financiamiento ilegal de partidos
-      Tráfico de influencias
-      Sobrevaloración de obra pública
-      Extorsión
-      Chantaje
-      Nepotismo, etcétera.

Existe un hecho trivial que pasa desapercibido y es que tras un almuerzo menos del 1% reclama su boleta, que condiciona el pago de impuestos. La falta de conciencia tributaria es parte de la quiebra del estado de derecho y del imperio de la ley. Otra arista es que la población percibe la que está frente a un Estado injusto, que imcumple sus imperiosas obligaciones sociales y al cual es legítimo engañar y eludir. Pues bien, tras los escandalosos hechos se extiendió como pólvora la convicción del fracaso de la República Peruana –algunos hablan del fracaso de la Primera república y de la necesidad de refundarla en una Segunda-. ¿Pero acaso no se trata de algo más hondo?

Cómo enmendar y curar ese cáncer que carcome las entrañas del país. Existe una variable que casi todos los análisis no pueden dejar de considerar en el desafío de superar la corrupción. Y esta es la Educación. Y la otra variable decisiva es la conducción política. Aquí reflexionemos sobre algunos puntos de la primera.

En el mundo moderno existen dos corrientes de pensamiento que ha tenido nefastas repercusiones sobre el mundo interno del hombre. Son el psicoanálisis y el protestatismo. Estos tienen en común la enseñanza errónea de que el hombre es malo por naturaleza. Por ende la corrupción humana brotaría de manera natural e inevitable. Con este punto de partida la educación se vuelve en amaestramiento de los instintos o impulsos de la bestia humana, pero de ninguna manera en autorrealización libre por medio de las virtudes.

Ambos olvidan que educar es ayudar a comprender el bien. Suponer que el hombre en esencia es malo ensombrece la labor educativa y llena el alma de desesperanza. La educación sólo es posible si se confía en la tendencia legítima del hombre hacia el bien. Protestantismo y psicoanálisis han contribuído a una visión desesperanzadora del hombre y su destino. La nihilista y decadente civilización occidental cree que el bien se impone porque no confía en la comprensión ni en la voluntad del hombre. Desconfía de su propia libertad interior.

Pero también es cierta que otra fuente perniciosa de la corrupción es introducida por el propio pensamiento liberal del siglo XVIII. Lo retrata Bernard Mandeville en su obra La fábula de la abejas (1729). Mandeville es el típico representante del nihilismo moral de la burguesía dieciochesca. De allí proviene la desvinculación de la economía con la ética. Su perversa defensa del egoísmo y la lujuria lo vuelven en precursor del utilitarismo. Su afirmación sobre la ausencia de códigos divinos y humanos y la presentación de la pasión humana como totalmente viciosa no sólo es escandalosa e inmoral sino falsa y errónea. Pues justificó que los vicios privados hacen la prosperidad pública.

En la otra orilla está la ideología que en vez de idolatrar el mercado lo hace con el Estado. Dostoievski percibió con claridad que el comunismo no remplazó el capitalismo sino el cristianismo. Y con ello dejó en claro que de poco vale cambiar el mundo externo si se falsifica el mundo interno. Por tanto una educación que carece del concepto de libertad espiritual está condenada al fracaso y a la corrupción.

Es difícil poner en duda que la conciencia moral también sea fruto de la educación. Según Piaget el niño avanza del respeto unilateral egocéntrico (3 a 7 años) hacia la cooperación incipiente (7 a 11 años) y luego marcha a la cooperación plena (11 a 18 años y vida adulta). La persona madura y moral es la que practica el bien sirviendo y ayudando al prójimo. Lo cual el capitalismo lo impide y el comunismo lo empobrece con su visión horizontal. En este proceso de moralizar al ser humano, la familia, el ambiente y la escuela participan apelando a la educativa toma de conciencia y reflexión. En cambio la persona inmoral e inmadura es la que vive egocéntricamente sirviéndose de los demás. La sociedad amoral, totalitaria y nihilista destruye la labor moral de la educación dando la espalda a la formación de las virtudes y práctica de valores. El resultado es el corrupto hombre anético, muy inteligente pero moralmente insensible. No es casual que algunos de los expresidentes encausados en los casos de corrupción de Odebrecth sean personas de instrucción universitaria, con maestrias, líderes políticos, grandes oradores, empresarios exitosos, pero moralmente corruptos. Y es que educar no es instruir sino depurar el corazón humano. Bien reza el Evangelio: “Los puros de corazón verán a Dios”.

El castigo es la retribución de una falta.  No todo castigo tiene que resultar siendo antieducativo. Por tanto, si un castigo es educativo lo que busca es la toma de conciencia y la reflexión. De esta forma ayuda a mejorar, aceptarse a sí mismo, llevar a una vida sin doblez, diferenciar lo bueno y lo malo, no confundir humor con agresión, ser espontáneo, analizar los problemas, lograr la armonía interior y ser creativo. Pero cuando un castigo no es educativo es humillante, arbitrario, abusivo, agresivo físico y moralmente, desmoralizante, destruye la autoestima, solamente protege el orden legal y al sistema pero no al ser humano. Crea seres indiferentes, con dobleces, hipócritas, farsantes y peligrosos. Por eso las cárceles deben ser despobladas y la sociedad debe marchar hacia su supresión. Humanizando el castigo se pacifica la sociedad y se autorrealiza a la persona humana.

¿Puede la buena lectura ayudar a superar la corrupción? Hoy tenemos civilización pero falta cultura. La Galaxia de Gutumberg avanzó hacia el Internet y las redes sociales hicieron que cunda el homo videns de Sartori en medio de una barbarie civilizada. Un exceso de civilización demolió la cultura. Es que las culturas no son eternas y cuando entran a su fase civilizatoria aumentan en ciencia pero decrecen en espíritu. Pero si la cultura no es una forma de saber sino una forma de ser todavía la buena lectura puede ser una buena barrera defensiva contra sus tendencias disolventes.

Pues se lee no sólo para formar la mente sino también para formar el corazón. Hay lecturas que son formadoras del espíritu (forja virtudes e incita a la práctica de valores) y otra que es destructora (los bestsellers que inspiran frivolidad y malas pasiones). No se debe leer por leer, ni leer para dormir. La luz natural en un lugar silencioso y en un sitio cómodo ayuda a la concentración de la mente. Pero la civilización ha impuesto un ritmo biológico acelerado y cuando se pasa a otro pausado se produce el fenómeno del sueño. Y asi tristemente el libro se convierte en somnífero. No hay duda de que hay que cambiar las condiciones de vida y hacer más corta la jornada laboral.

El amor a la lectura se despierta tempranamente en el niño de 3 a 7 años -fase egocéntrica- cuando los padres suelen leerles cuentos cada noche.También el ejemplo enseña -cuando el niño crece con biblioteca en casa y con padres que leen-. De los 12 a los 15 hay que enseñarles a leer con método (breve resumen por capítulo y resumen general). El método ayuda a disciplinar la mente, ejercita la concentración y favorece la captación de las ideas esenciales. Pues quien mucho lee tarde o temprano escribe. La mejor manera de combatir la presente bárbara civilización anética y anómica es cultivando la buena lectura de los clásicos y forjando una generación que de esperanza a la cultura.

Educar es formar la personalidad del niño y adolescente ayudándolo a superar el egocentrismo, que es alógico y egoísta, mediante un liderazgo democrático, colaborativo, ejecución de tareas comunes y sin imposiciones. Sin respeto mutuo no hay posibilidad que fecunde la moral. Hay que edificar una sociedad donde el valor supremo sea la autorrealización de la personalidad humana en vez del dinero y la riqueza. De lo contrario el egoísmo, la inmoralidad y la corrupción seguirán floreciendo.

La definición de la filosofía por Aristóteles resulta de gran significado para el caso de la corrupción. Y lo es porque para el paripatético la filosofía no sólo es racional sino también ética, teológica y educativa. Justamente esa tríada es la falta en la educación actual. Y lo es porque los primeros principios son inseparables de la noción del Bien, de Dios y del descubrimiento de nuestro mundo interior. Educar es responsabilizar nuestro ser interior ante el bien y el mal. Así el problema del ser nunca está de espaldas a los dilemas de nuestro ser en sí. No hay filosofar sin mundo interior.

Educar siempre fue y será enseñar a escoger el camino del bien. Es desarrollo de virtudes y actualización de valores. Combatir la corrupción deberá tener esto muy presente, en vez de difundir la pervertida ideología de género.Pues bien, al ocaso nihilista de la sociedad postmetafísica lo llamó Spengler la “decadencia de Occidente”, “malestar de la cultura” la llamó Freud, “modernidad tardìa” lo prefirió tildarlo Habermas y “tiempos líquidos” lo motejó Baumann. Bajo cualquier denominación le viene como anillo al dedo la corrupción. Vivimos una sociedad esquizofrénica que habla de virtudes pero que actualiza antivalores.  Esta desarmonía es, por un parte, un nítido síntoma que la civilización actual vive su climaterio espiritual y, por otra, que la labor educativa no debe claudicar en su misión formadora de una nueva cultura aun cuando el horizonte esté pleno de oscuros nubarrones.

03 de Mayo 2019

martes, 23 de abril de 2019

CLIMATERIO CIVILIZATORIO Y RIESGO NUCLEAR


CLIMATERIO CIVILIZATORIO Y RIESGO NUCLEAR
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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La cultura occidental se creía con patente de corso para sentirse imperecedera y exonerada de su propio final. Pero la confluencia de crisis evidenció que el sueño hiperracionalista de su invencibilidad histórica era en realidad una fantasía que se volvió en horrenda pesadilla.

La cultura occidental está en su invierno decadente, subrayó Spengler. La única diferencia es que hoy sus valores materialistas, ateos, escépticos y pragmatistas han logrado globalizarse y con ello arrastra a todas las demás culturas del planeta hacia su derrumbe definitivo. Las culturas cuando llegan a su ocaso alejandrino se vuelven arreligiosas, ametafísicas, cientistas, anéticas, nihilistas y con un sentimiento cósmico relativista. Y todo ello se constata en el ocaso nihilista de la civilización global.

Contra lo que se piensa no hay choque de civilizaciones sino el climaterio definitivo de todas al ser hegemonizada por los valores decadentes de una, a saber, la occidental. El resultado es que el llamado hombre posmoderno vive en la caverna de su propia subjetividad débil, sin advertir que no puede cumplir con la fascinadora promesa de acabar con la realidad, la verdad y lo absoluto. Lo único que logra en su solipsismo vital es que desaparezca en él el amor, como potencia divina y anhelo humano.

Sin amor en el corazón, el hombre anético posmoderno con su proverbial indiferencia a lo superior y absoluto cree haber llegado a esa vida perfecta de la naturaleza, al primitivo edén panteísta. En su universo todo está en acto. Sin creer en la vida perfecta trasmundana cree en la vida perfecta cismundana, terrenal, secularizada. Vive sin perturbadoras ideas metafísicas. La idea del alma es otro estorbo, sólo se cree en la inmortalidad genética y cultural. Y tenía que ser así. Por cuanto tener alma es tener memoria y, en consecuencia, historia.

Pero la historia es tiempo, y el posmoderno en tanto que suprime la nostalgia y la esperanza, también suprime el pasado y el futuro. Ilusionándose con un presentismo fatuo de confort y placer, no sufre el tiempo como el hombre oriental, ni lo piensa como en la antigüedad, tampoco lo diferencia como en la Edad Media, ni lo calcula como en la modernidad, sino que lo disfruta sin responsabilidad, preocupación o conciencia. La experiencia del tiempo para el hombre posmoderno está desprovista de utopías, de ideales, milenarismos, escatologías, reduciéndose tan sólo a la experiencia anética de un presentismo de máximo goce y utilidad.

El hombre posmoderno ya estaba prefigurado desde 1800, cuando la voluntad de poder se entroniza como lo característico de la cultura occidental. Es la inversión de las fuentes en que nace Occidente. Sin amor, justicia y verdad, se inicia el imperio de la de voluntad egocéntrica del hombre anético, símbolo de la desfundamentación nihilista de la cultura occidental.

Todo desbordó hacia la erosión nihilista de la civilización postmetafísica que coincide con un hominismo hedonista y un capitalismo global nihilista. El interpretacionismo de la filosofía posmoderna con su exigencia disfrazada de tolerancia, pluralismo, emancipación y rechazo de toda metafísica trascendente se condice con el culto de la máquina y del dinero.

Ello retrata el alma desquiciada de una civilización que llega a su término porque pinta con nitidez el neobrutalismo de la imperante barbarie civilizada. Lo que tenemos enfrente no sólo es el hundimiento del hiperimperialismo de las megacorporaciones privadas sino de toda una civilización que ha globalizado sus leyes históricas.

Esta malsana hermenéutica posmoderna del hombre sin absolutos es en el fondo totalitaria, y lo es no sólo porque termina secuestrando la democracia sino porque se entroniza una cabalística de la inmanencia que transforma al hombre autónomo en un pequeño diosecillo, en un deus in terris. Pero este deus in terris simboliza paradigmáticamente la nadificación de la humanidad sin verdad. Lo cual se agrava con el potencial nuclear que posee.

Antihumanismo, liquidación de la identidad, desaparición del sujeto, supresión de la verdad, primacía del evento, abolición de toda metafísica constituyen la cadena de episodios donde el perspectivismo anodino rompe la unidad ético-ontológico del sujeto. Con ello se liquida la persona en medio de la hemorragia descontrolada de subjetivismo, la cual queda reducida a mero organismo viviente, manipulable y medio para un fin externo. Esta es la tragedia del ocaso de la civilización global, la cual refleja luciferina antropotecnia-antropolátrica del para mí desparramado en múltiples mónadas egoístas.
23 de Abril 2019

domingo, 24 de marzo de 2019

LA MUERTE DE LA CIVILIZACIÓN ACTUAL


LA MUERTE DE LA CIVILIZACIÓN ACTUAL
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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Un mundo sin misterio
no es un mundo,
es una ficción.

Nuestro mundo actual expele un fétido y nauseabundo olor a cadáver. Ni Atenas ni Roma desaparecieron en una noche, el hundimiento del hombre apolíneo antiguo fue un proceso que llevó tiempo. Igual será con nosotros, hombres fáusticos, salvo por un detalle, esto es, ya estamos asistiendo a su proceso de desintegración.

Todos en la actualidad tenemos la sensación de que vivimos el fin de los tiempos modernos y que es perentorio el comienzo de una nueva edad. Hay quienes cavilan sobre la forma de salvar a la presente civilización y creen en ello. Mientras que otros escudriñan el horizonte pensando en reemplazarla por una civilización nueva. Berdiaev trató sobre una nueva Edad Media. Y Hegel pensaba que en la historia los hechos ocurren por primera vez como tragedia y si se repien lo hacen como comedia. Pero en realidad cada cultura tiene su propia manera y hora de morir. Así sucedió en el pasado, coincidiendo cuando la cultura alcanza su etapa de civilización. Entonces, cuál es la forma de extinción en la civilización actual.

Spengler señala tres formas de morir que se ha presentado en las culturas: recogerse en sì mismo (el nihilismo indio budista), la contemplación pasiva (el nihilismo heleno de Epicuro, Antístenes y Zenón) y la DESTRUCCIÓN DE LOS IDEALES (nihilismo fáustico de occidente).Este morir histórico es real pero no hay que olvidar otro fenecer más real aun y que se relaciona con el climaterio escatológico que sufrirá la humanidad en el Juicio Final. Spengler no lo tuvo en cuenta por no superar el relativismo y el marco del humanismo antropocéntrico hacia un humanismo teocéntrico.

En la decadencia el mismo valor de la vida se relativiza y en su lugar se entroniza mediante la ideología tecnocientífica el derecho a la eutanasia, eugenesia, el aborto y se sanciona el derecho animal. Esta negación del valor de la persona humana y su destino sobrenatural es la expresión más dramática de la destrucción actual de los ideales. Sin ideales el otrora pensador grave y serio es sustituido por la periodística prostitución intelectual repleta de retórica, chisme y diatriba.

Siempre la decadencia cultural es sinónimo de regresión del pensamiento por el achicamiento del espíritu.Al decadente hombre decadente le sobra inteligencia pero le falta sabidurìa. Por ello el sentido de la vida luce marchito y desvaído. En ella lo práctico ocupa el lugar privilegiado. El mendaz culto a lo útil lo gobierna todo. Es ametafísica por antonomasia. La metafísica es ridiculizada y rechazada. Y es que siempre el periodo ascendente de toda cultura es metafísica por excelencia porque su pensar es ascendente, mientras que el periodo descendente es ametafísico porque su pensar es descendente. Comienzan a imperar darwinistamente los medios sobre los fines.

Es muy sintomático que la economía fue tan sólo una ciencia mientras hubo metafísica de hondura hasta Kant, pero cuando la economía desplazó a la matemática y se vuelve en pilar del sentimiento cósmico, entonces en filosofía la metafísica es desplazada por la ética con los filósofos utilitaristas, evolucionistas hasta los actuales posmodernos.

En realidad, Schopenhauer –que se anticipa a Darwin- fue el primer pensador del tiempo declinante haciendo del intelecto un instrumento de la voluntad de vivir o arma de la lucha por la existencia. Junto a él está Nietzsche, que perdido en lejanías dionisíacas termina convirtiendo a la humanidad en una yeguada en pos del difuso superhombre. Y Marx no se queda atrás con la misma voluntad de potencia vertido en una filosofía de partido. En la actualidad el periodo metafísico y el periodo ético han quedado atrás, instalándose en su lugar el escepticismo nihilista radical. Los Lyotard, Rorty y Vattimo son los representantes del alma fáustica agotada y expresión de la voluntad de potencia sin fin superior. Lo anagógico o afán de ascenso espiritual es lo primero que se extingue cuando en cada cultura pasa su tiempo de esplendor y entra a su senectud.

El progreso, la razón y Dios son cuestionados en el periodo final de la cultura occidental, pero el evolucionismo sigue siendo el mito de la modernidad declinante y tardía. Cuando lo que hay en realidad en su lugar, tanto a nivel individual y cultural, es desarrollo y realización de las posibilidades internas. Entonces es cuando se abren grotescamente las compuertas finiseculares y sale a la palestra con seriedad religiosa la filosofía de la digestión, de la gastronomía, la culinaria, el vegetarianismo y cuidado del cuerpo. El hedonismo afeminado y sibarita encuentra su hora dorada para la propaganda irrefrenable. Y como el hombre fáustico civilizado luce desvaído e inánime, pulula la literatura de automotivación y superación personal. En esta perspectiva rastrera y de lombriz, estos son los temas cumbres de la modernidad decadente.

Incapaz de imponerse renuncias internas por su anémica voluntad interior, prefiere que se lo prohíban externamente. En la decadencia civilizada el hombre fáustico no ha perdido su voluntad de potencia, sino que ésta es vertida exclusivamente hacia lo externo. El resultado es el empobrecimiento pavoroso de lo interno hasta llegar a la negación de los valores. El dinero es el máximo referente de toda realización -Simmel considera que la esencia del dinero es la negación de todo valor auténtico-. Aquí se ve nítidamente que la crisis de los valores en en realidad una crisis metafísica de la cultura.

Este es el sino profundo del imperialismo, a saber, expandirse con violencia y sin tapujos, en vez de adaptarse imponer. El resultado más calamitoso ha sido la contaminación ambiental, el destructivo antopocenio y el cambio climático al parecer irreversible. Aquí luce la tendencia tiránica de la ética kantiana con su fórmula: “Obra de manera que tu acción se convierta en ley universal por medio de tu voluntad”. Esa es la forma civilizada de la nefasta actuación fáustica.

Los grandes ideales políticos del hombre fáustico fueron la solidaridad, la fraternidad y la solidaridad. Los cuales han muerto en beneficio de la reducida elite megacorporativa del mundo. El estandarte que sirvió de pretexto fue la ideología del neoliberalismo. Pero el escepticismo de la cultura occidental en su climaterio es más hondo e implica su irreligiosidad. La esencia de toda cultura es la religión y de toda civilización es la irreligiosidad.

Budismo, estoicismo y socialismo son extinción de la religiosidad. Toda alma sin religión es civilizada, toda alma con religión es culta. Las grandes urbes y su arquitectura sibarita son irreligiosas. Su arte y su modo de hablar son irreligiosos. Su política y modo de pensar lo son por igual. La compasión desaparece, los grandes capitanes de la industria lo representa (Morgan, Rockefeller, Vandervilt) y las guerras mundiales lo presiden con su implacable moral de señores.

El estático hombre antiguo con sus oráculos y augures vivía feliz con su sentimiento cósmico de eterno presente. A lo sumo quiere saber del futuro. En cambio el hombre moderno se caracteriza por el agudo sentido de lo histórico y del tiempo. Y quiere hacer el futuro. Nadie como el hombre de la cultura fáustica siente el apremio del tiempo y de la historia. Su carpe diem es biográfico y siempre vuela presuroso en pos del tiempo que siente que se le escapa y lo espolea. Cuando su cultura entra en declinación dicho apremio del tiempo se vuelve más hostigante, insoportable y problemático. En su fase cultural de apogeo siente el tiempo y el futuro pero sin apremio y por ello no es problema, pero en su fase decadente deja de vivir en la plenitud del tiempo –presente, pasado y futuro- para hacerlo sólo en el futuro y así el tiempo se le vuelve problemático. Se agudiza su obsesión por hacer el futuro. Los sistemas políticos del siglo XIX, liberalismo y socialismo, sienten el futuro con apremio y como propósito final. 

En realidad, la visión interior del hombre fáustico no vive en sistemas perfectamente cerrados sino abiertos, porque su sentimiento fáustico de la naturaleza lo impele hacia la lejanía, lo infinito, el futuro, no hacia la proximidad ni lo finito. De ahí que la ciencia física del hombre fáustico sea dinámica, basada en el dogma de la fuerza, energía y teoría de las funciones de variables complejas, como reflejo de la voluntad de potencia que preside su sentimiento cósmico. Ya en el arte gótico de las catedrales y en el arte contrapuntístico y de la fuga del barroco se expresa la pasión del alma fáustica por el espacio infinito. Y esa misma voluntad de trascender el espacio finito se halla también en la pintura de Tiziano, Velázquez y Rembrandt con la técnica del clarooscuro -todas las culturas profundamente trascendentes sienten hacia el espacio la propensión metafísica por el color azul y el negro-, y en filosofía con el Cusano y su principio infinitesimal, Leibniz y el cálculo diferencial, Newton con la física dinámica.

Con Einstein y Heisenberg la física de occidente llega a la cima y límite de sus posibilidades. Pues la física relativista y el principio de incertidumbre suscitan dudas destructoras sobre el espacio infinito, el tiempo absoluto y la causalidad microfísica. Y en matemáticas se manifiesta lo mismo con el teorema de incompletitud de Godel y en lógica con la teoría semántica de la verdad de Tarski. Pero todas estas dudas atañen a las convicciones más profundas del alma fáustica de Occidente y a su posibilidad misma. La razón funcional llevada a sus últimos límites y consecuencias se revela autodestructiva. La renuncia a la verdad absoluta –incluso de las leyes naturales- y su sustitución por la simple verosimilitud es la prueba del profundo escepticismo en que desciende el alma fáustica de Occidente en su curva decadente. En el envejecimiento del alma fáustica de acelera la disolución de las ciencias bajo la idea de la complejidad y de la interdisciplinariedad.Ya ninguna ciencia se basta por sí sola y el universo es visto no como una repetición sino como una creciente complejidad. En el fondo se está abriendo la posibilidad de otra visión cósmica que vuelve a ser religiosa -la teoría de las estructuras disipativas de Prigogine y la idea del tiempo como algo autónomo, irreversible, real y diferente a lo eterno van en este sentido-.

El núcleo dinámico del sentimiento cósmico del alma fáustica se va deshaciendo paulatinamente. Y su símbolo es la teoría de la irreversible y creciente entropía, como agotamiento de la fuerza ordenadora de la voluntad de potencia del hombre occidental.Y es precisamente en esta crucial coyuntura histórica que aparecen las extrañas y peligrosas ideas sobre el uso estratégico y limitado de las armas nucleares. Pues no hay tal cosa, al contrario, la idea del fin del mundo cobra vigencia y se vierte en el peligro de la extinción de la humanidad por el uso demencial del arsenal nuclear. El agotado y declinante hombre fáustico es capaz de provocar el apocalipsis nuclear con su demencial estrategia de "ataque nuclear preventivo". Pues simplemente no existe tal cosa. No es màs que retórica decadente e irresponsable para desencadenar el apocalipsis nuclear. Es la época del suicida imperialismo donde el alma de la cultura se harta de la ciencia, arte, política y filosofía.

Cuando el alma es aniquilada la realidad pierde peso -Bauman llama "vida líquida"-, impera la falta de profundidad, el sentimiento cósmico decae, el civilizado hombre fáustico se vuelve irreligioso, se impone la moral plebeya y la filosofía del trabajo. Ateo, sofístico y sensualista se vive en la superficie, en lo inánime práctico y extensivo. No es extraño que el hombre culto -en la fase de apogeo cultural- no tenga problemas morales porque vive en la moral, en cambio el hombre civilizado sí tiene problemas morales porque no vive en la moral.

En la cultura impera lo interno, en la civilización lo externo -la cultura se vuelve simulacro decía Baudrillard-. No es extraño que el hombre decadente actual se entregue a lo erótico, narcotizante y lo etílico. Nuestra cultura está muriendo y su extinción espiritual va asociada a la hegemonia de la razón funcional sobre la razón substancial. Cassirer en su filosofía simbólica celebra tal conquista del idealismo filosófico como reconocimiento de la voluntad de la mente de poner orden en el mundo, pero no vió toda la repercusión cultural que ello implicaba. Aquí sólo rige el cerebro porque el alma se ha despedido.

La civilización ha ocupado el puesto de la cultura porque lo que se vive no es la rebelión de las masas sino la rebelión terminal de la civilización contra cultura. La humanidad ha desaparecido y en su lugar reina la masa. Así fue en Atenas, en el ágora alejandrina y romana, y lo es hoy bajo el rótulo de democracia. Ayer fue el estoicismo, hoy es el socialismo y el liberalismo el que adula y soborna al sujeto viviente que se desparrama en las urbes, estadios deportivos, gimnasios y centros comerciales. Prima la cultura de escaparate y las tarjetas de crédito –Debord lo llama sociedad del espectáculo-.

En la cultura fáustica al morir, los hombres se vuelven femeniles, blandos, febles, inorgánicos, ambiguos, fluctuantes, cínicos, demócratas, artificiales, desarraigados, urbanos anómicos y anéticos, frívolos, escépticos, incapaces de acción superior, se sienten más allá del bien y del mal, sanchopancescos y materialistas. El alma declinante del civilizado hombre fáustico es ametafísico, egoísta, positivista y decadente. Prefiere el insulto a las ideas, porque la diatriba es horizontal y representa la denigración del pensamiento vertical. Lo cual es signo indiscutible que la vida espiritual creadora ha entonado su canto de cisne. 

Por todo ello resulta iluso e ingenuo proponer erigir una nueva civilización, cuando lo que se requiere primero es edificar una nueva cultura. No obstante, el desplome de la presente civilización del hombre fáustico occidental así como no pasará inmediatamente hacia otra nueva civilización, tampoco lo hará hacia una nueva cultura, sin antes atravesar una nueva barbarie y caos completo de un nuevo oscurantismo. 

Es más, cuando una civilización sucumbe con ella también lo hace su ciencia para dar paso a una nueva religiosidad. Pasó con la ciencia antigua y sucederá con la ciencia actual. Lo cual no es extraño porque todo saber acerca de la naturaleza tiene por base una creencia religiosa. El fin de una cultura es el fin de todo su mundo simbólico y lo que sobreviva de ella dependerá de lo que considere importante desde su perspectiva sincrética la cultura venidera. En una palabra, el hundimiento de una civilización siempre da lugar a la mutación del sentimiento cósmico en la nueva humanidad.

 Marzo 2019

martes, 19 de marzo de 2019

EL ALMA MÁGICO-APOLÍNEA DEL PERÚ ANTIGUO


EL ALMA MÁGICO-APOLÍNEA DEL PERÚ ANTIGUO
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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I



Una de las claves maestras para comprender una cultura es entender cómo se concebía el problema del tiempo. El modo de pensar mitico es ahistórico pero ello no significa que sea refractario al registro histórico. Lo griegos destacaron por su sentido ahistórico -de ahí el dicho: "hasta las calendas griegas" o sea nunca-. En cambio en historia eran mejores los egipcios y los babilonios. El katún de los mayas y aztecas también tesimonia una forma de registro del tiempo histórico dentro de la mentalidad mítica. Y lo mismo se presenta con la idea de los ciclos de 500 años llamados Pachacuti.

En el arte del huaco retrato moche es notorio la preocupación por el pasado, en los gigantescos geoglifos de Nazca la preocupación por el presente y en el arte escultórico Tiahunacu la preocupación por el futuro. Y en la arquitectura monumental pétrea de los Incas, como en las monumentales pirámides mesoamericanas, también se presenta la misma voluntad de durar en un presente impoluto.

Pero en el Quechua y en el Aymara no existe un palabra específica para nombrar al Tiempo, solo existe el término PACHA para nombrar a la vez el espacio y tiempo. Este vocablo también designa y significa lo "oculto", lo "misterioso", lo "secreto". ¿Qué significa esta carencia de un término propio para el tiempo? Sólo puede significar que su sentimiento cósmico de la vida excluía la objetivación y abstracción del tiempo.

Esto no significa que como el hombre primitivo tenía tiempo pero nada sabía de él. Por el contrario, las prácticas funerarias muy elaboradas muestran un sentido muy vivo de la vida y de la muerte. ¿Entonces por qué no elaboró un término propio para el tiempo? ¿Por qué se presenta espacializado bajo la palabra PACHA? Al parecer es porque el precolombino vive el tiempo como la vida de los sentidos y la vida del espíritu. No lo vive como la vida de la inteligencia que todo lo calcula, lo diseca, lo petrifica en magnitudes y fórmulas fantasmales.

Es la inteligencia conceptual la que creó el tiempo opuesto al espacio. El que no tenga nombre propio en la mentalidad mítica significa que no mata lo viviente, no lo controla, no lo domina. En la mentalidad mágica crear un simple nombre es dominar la cosa nominada. En los precolombinos el tiempo aun permanece innominado, no hay defensa mágica posible contra el tiempo. Es lo inconcebible y misterioso aun. Es el devenir viviente aun no conjurado por la magia del concepto. En las culturas mitocráticas el tiempo no se temporaliza sino reina la temporalidad pura.

II

El arte del retrato expresa que existe una profunda diferencia entre el alma del hombre mochica y el alma del hombre quechua-aymara. Se puede afirmar que entre todas las culturas que habitaron el territorio andino precolombino fue la cultura mochica la que tuvo un sentimiento histórico más pronunciado dentro del modo de pensar mítico.

Pues retratar ya no dioses sino rostros comunes expresa una especie de arte histórico y psicológico que coincide con la peculiar experiencia de que el devenir no es ilógico y azaroso sino sigue una inflexible lógica. El devenir alógico y misterioso es propio de quechuas y aymaras, el devenir lógico pertenece a los mochicas. En ambas culturas impera el sentido estético de la vida sobre el sentido lógico, pero a los moches los distingue el sentido de lo personal e individual.

Se puede decir que los mochicas han sobrepasado la fase de la tragedia para entrar en su fase de florecimiento (300-600 d.C.) a la ligereza de las comedias. Por eso muchos de sus huacos retrato sonríen felices. Lo mismo se aprecia en la policromía de las pinturas murales de sus edificios. El clasicismo no habita en el alma del mochica como lo hace en el alma del quechua aymara.

Por el contrario, los andinos se regodean en su arquitectura, en la severa y terrorífica lucha contra la piedra. La gran arquitecura megalítica Tiahunacu e Inca prescinde de los colores y formas personales, recurre a formas de animales totémicos para edificar sus urbes con implacable lógica mecánica y matemática. Mientras en el colorido arte retrato del moche el terror cósmico luce mitigado, en la colosal arquitectura sur-andina prehispánica el terror cósmico prima sin competidor.

El moche en su apogeo se refocila en un sentimiento más relajado de la vida, el incario es presa de un sentimiento trágico de la vida. En los moches ya pululan los Leonardos o maestros artesanos, mientras que en los Incas hacen lo mismo los Miguel Angel de la piedra.

III

Todo arte es un lenguaje expresivo del sentimiento cósmico del alma. El alma del americano antiguo ha quedado expresado en su arte. En el Perú antiguo el arte arquitectónico ha quedado expresado en el barro y en la piedra. Así, el alma mágica de la cultura Chavín -también la cultura Sechín- espiritualizó la piedra en un estilo que no se volvió a repetir.

Columnas en el pórtico, cabezas clavas como decorado, túneles subterráneos, canales subterráneos y abundancia de líneas curvas que logran dinamismo y expresividad en la estela Raimondi y en el monolito Chavín. Es por ello que corresponde a una arquitectura barroca. En cambio el alma apolínea auroral de la cultura Moche-Chimú y Paracas-Nazca da forma al barro en imponentes pirámides-templos, decorados con coloridos ricos frisos, donde practicaban el sacrificio humano y servía de templo-sepulcro para sus reyes. Corresponde a una arquitectura clásica.

Finalmente el alma apolínea decadente de la cultura Wari, Tiahuanacu e Inca torna a la piedra en símbolo de lo intemporal en sus grandiosos palacios, templos y fortalezas severamente labrados, sin decoración alguna, impera lo formal y útil, y con líneas rectas donde predomina lo estático.

El arte del labrado de la piedra se vuelve en arte industrial, sin alma. Corresponde a una arquitectura funcional. El alma apolínea decadente que se va tornando fáustica es notorio en el incario con la arquitectura de la ventana (expuestas en Machu Picchu), como símbolo de un alma que siente la profundidad en el infinito. Lo que se condice en el plano religioso con el dios ignoto Pachacamac.

En suma, existe un gran contraste entre el castillo Chavin -obra maestra de la arquitectura por completo subordinada a la síntesis entre ornamentación y espiritualización chamánica- y las edificaciones incas -obras sin gusto, de carácter industrial, utilitario, donde el cincel imprime una pálida quietud a la piedra-.

IV

ATAHUALPA ¿ENEMIGO DE LA DURACIÓN PRESENTE?- La guerra dinástica entre Huáscar y Atahualpa tiene un profundo significado que concierne al sentimiento de la vida. El alma mítica no tiene tiempo sino duración del presente. En mu significativo que el término Pacha no signifique ni “espacio” ni “tiempo” exclusivamente, sino ambos en conjunción. Como gran parte de las grandes culturas míticas no tuvieron una palabra especial para ambas al vivir en un ubícuo “presente”.

Para el hombre mítico no hay tiempo ni historia, las genealogías imperiales son pura novela y los relojes solares y de agua eran pura reverencia ritual.  Por ello no tuvieron arqueología ni astrología, todas las ruinas de antiguas culturas son olvidadas, por eso sus arúspices, augures, oráculos y sibilas atienden casos actuales. Incluso el sueño del emperador Huayna Cápac descifrado como la ruina del imperio sólo se remonta a unas dos décadas antes dicha caída.

Lo insólito es que la revuelta fue sembrada por el propio Huayna Cápac al dejar el reino de Quito a Atahualpa. Se cuenta que Huayna Capac era dipsómano y disoluto, lo cual era una forma somática de rebelarse contra el hierático orden imperante inca con su política sacralizada que consagraba la duración.

Por lo demás, es el propio Huayna Cápac quien invierte la relación consuetudinaria del dominio de los sacerdotes sobre los guerreros instaurado desde antes de Pachacútec. Es el responsable de haber llevado desde un equilibrio entre sacerdotes y guerreros -obra de Pachacútec- hacia el dominio de los guerreros sobre los sacerdotes.

Todo estaba preparado para marchar desde una política sacralizada hacia una política más secularizada, pero no menos mítica. Y esto fue obra de Atahualpa. Entendió bien el mensaje subversivo de su padre y se lanzó contra las milenarias panacas (familias reales) de la ciudad sagrada del Cusco, hizo violar a las vírgenes del Sol por los feroces guerreros chancas, sujetó lo teocrático a lo militarista, construyó una réplica del Cusco en Tumipampa, ordenó el genocidio contra los Orejones.

En suma, su estilo político pragmático, su escepticismo religioso era algo más que una lucha de élites. ¿Era una revolución al interior del alma antigua andina? ¿Era en el fondo una rebelión y reversión del sentido del tiempo mítico? La élite cusqueña así lo vio, como una afrenta contra el viejo sentimiento vital de duración del presente encarnado en la sacralidad de la polis cusqueña.

¿Pero es la rebelión de Atahualpa una profunda desdivinización del presente?, él señala una hora y un recuerdo imborrable que acentúa el sentido del tiempo mítico pero no lo suprime. Lo cual recuerda que el alma mítica no evoluciona, simplemente “es”. En cambio el alma occidental evoluciona y “deviene”.

La llegada de los españoles interrumpe no una “evolución” sino la “refundación” del presente mítico en el alma del hombre precolombino.

Su soberbia lo hizo caer en manos enemigas que lo ajusticiaron ante el pánico de la llegada de un inmenso ejército enemigo. Tras su muerte surgió el mito mesiánico del Inkarrí, como autoridad ideal que traerá paz en el juicio final. Su fin trágico si bien no hace más que acentuar la ruptura con el sentimiento mítico del presente por el histórico de la cronología, no obstante el alma andina actual no termina de sintetizar el sentimiento de duración del presente con el sentido cronológico del tiempo en la utopía del inkarrí.

En realidad, el alma antigua andina no quiere duración, ni historia, ni pasado, ni futuro, vive en el puro presente. Y esto sucede en la antigüedad con India, la China, Grecia y las culturas americanas. Los antiguos no “tienen” historia sino que “sufren” con resignación una historia. Atahualpa rebelde es una interrupción en la vida mítica que parece un sueño y pone al mundo andino ad portas de la refundación del sentimiento mítico del tiempo.

V

¿CULTURA ANDINA? El término andino ha sufrido una hiperinflación en los últimos tiempos. Es una palabra sobredimensionada. No es difícil constatarlo si vemos lo siguiente. Entre las costeras tenemos a los Tallanes, Mochicas, Chimúes, Paracas, Nazca y Chincha. Entre las amazónicas aparecen más de 51 pueblos indígenas con sus propias lenguas (Achuar, Ashaninka, Awajún, Bora, Jibaro, Tikuna, Yagua, etc.).

Entonces ¿por qué llamar CULTURA ANDINA en vez de CULTURAS Y PUEBLOS DEL PERÚ ANTIGUO? Así como el quechua no fue la primera sino la última realidad linguística hegemónica del Perú Antiguo, del mismo modo la cultura andina incaica fue también la última realidad política hegemónica en dicho orbe cultural.

Pero así como existe una tendencia a quechuaizar todo, también existe lo mismo a andinizar la cultura antigua peruana. Lo cual es erróneo, falso y distorsionador.

En el Perú antiguo no hubo una CULTURA ANDINA sino diversas CULTURAS Y PUEBLOS de la costa, los andes y la amazonia. Es más, si CIVILIZACIÓN es la etapa culminante de una cultura, entonces en el Perú NO HUBO CIVILIZACIÓN ANDINA sino diversas culturas que culminaron llegando a su etapa civilizatoria (Chavín, Mochica-Chimú, Paracas-Nazca, Wari, Tiahuanacu e Inca). De este sobredimensionamiento del término "andino" se percató Luis E. Valcárcel cuando tituló a su obra "Historia del Perú Antiguo".

VI

Si el arte precolombino del retrato es insuperable en el alma moche, el arte arquitectónico pétreo alcanza cumbres nunca vistas hasta entonces en el alma tiahuanacu.

Ambas son expresión de un momento de resurrección cultural donde nace un arte nuevo. Pero el sentimiento cósmico del alma moche añade un elemento nuevo, a saber, la certera observación psicológica y la mayor atención a la vida interior. Pero similar impulso en irrumpir en el espacio sin límites se observa en la arquitectura andina tiahunacu.

Aquí el interior y el exterior de grandes terraplenes ricamente ornamentados con cabezas clavas, esculturas y puertas del sol y de la luna tratan de corresponderse expresando el mismo sentimiento cósmico de ir hacia el espacio sin límites. Aquí la plástica es un mero ornamento arquitéctónico, es hojarasca humana.

Todo ello es un verdadero símbolo del pathos que el alma apolínea precolombina desarrolla durante varios siglos y en donde lleva los límites sensibles espaciales hasta sus últimas posibilidades. Lo cual es una nota común en los momentos de auge cultural del modo de pensar mítico también en egipcios, babilonios, hindúes y chinos. Pero como esa voluntad de trascender lo espacial no se concreta en el mundo precolombino, la arquitectura monumental sigue reinando absoluta sobre la pintura, la escultura, la música y el arte retrato. Es más la plástica va siendo paulatinamente eliminada junto con el arte del retrato. Tanto así que los incas no dejaron esculpidas en piedra los rostros de sus reyes, lo que los chimúes hicieron retratísicamente con muy inferior destreza que los moches.


VII

Las culturas antiguas son culturas del cuerpo, del espacio finito de Euclides, Eudoxo y Arquímedes, son fisiológicas y dieron lugar central a la estatuaria con Fidias y Mirón. De ahí que haya concendido gran importancia a la higiene personal y al agua. El agua es símbolo de pureza, vida y limpieza. En cambio las culturas modernas son culturas del espíritu, del espacio infinito de Giordano Bruno y Newton, son fisiognómicas y dieron especial lugar al arte del retrato con Leonardo, Tiziano, Rembrandt y Goya. De allí que sus artistas no hayan tenido fama de limpios, las mismas urbes destacaban por su extraordinaria suciedad. También de esta circunstancia proviene la importancia que le concedió el hombre antiguo al arte del desnudo y en contrapartida el hombre con ansia de infinito le otorgó al arte del retrato.

En la antigua cultura peruana el arte del retrato de la cultura moche luce histórica y psicológica pero en el fondo se trata del alma mágico-apolínea que nunca se desprende de los lazos sensibles. Y por eso todo su consumado arte cerámico se relaciona con los enterramientos funerarios. Como hombre antiguo es ahistórico y somático. Por ello su arte del retrato es un pedazo de naturaleza presente y nada más. En cambio el arte del retrato de un Miguel Angel o de un Leonardo son más fisiognómicas que fisiológicas, más biográficas que innaturales. En una palabra, el ceramio retrato mochica es más naturaleza y menos psicología.

Los cronistas cuentan que cuando los españoles entraron al Cuzco quedaron maravillados por sus acueductos, piletas y gran limpieza de la ciudad sagrada. El emperador inca tenía por doquier del territorio conquistado excelentes baños para su servicio personal. Ello era símbolo de la gran importancia que se le otorgaba al cuerpo. Sin embargo, del incario no se conoce la gran estatuaria, salvo las réplicas en oro y al tamaño natural de figuras humanas que estaban en el templo del Coricancha antes de ser fundidas por los conquistadores. De cualquier forma, de seguro que no se trató de retratos psicológicos sino tan solo fisiológicos.

Pero aun el arte del retrato moche nunca llegó a las profundidades del goticismo o del barroquismo porque siempre se asentó en la superficie de la forma. Por eso el modelado de esas cabezas no llegan a ser símbolo de un yo y más bien representan máscaras o estatuas icónicas a ofrendar. Esto también se relaciona con el arte orfebre de la máscara mortuoria, que lejos de tener rasgos personales portan solamente la iconografía de poder y sacralidad. Lo cual no es extraño en medio de un sentimiento cosmocéntrico antes que antropocéntrico. Por eso en el mundo antiguo no hay derechos humanos sino derechos cósmicos. Incluso el depurado arte retrato egipcio que conservaba los rasgos del faraón se supeditaba a ser el único que tenía alma o el Ka y representar a los hombres en el reino de los dioses.

Pero esa tendencia del arte retrato antiguo por evitar la característica personal en pro de la máscara –sagrada o del maquillaje- es de índole femenina. No obstante, en las grandes culturas clásicas de la antigüedad no se dio el motivo artístico de la madre con el niño, el retrato de familia o los niños. La idea de la madre con el niño, los cuadros de familia y el motivo de los niños en el arte aparece desde el gótico occidental en adelante. No es propio de las culturas antiguas porque éstas miran al presente, mientras que la mujer y la maternidad es símbolo de futuro. Más bien la cultura antigua enaltece el falo y cuando crea diosas éstas son amazonas como Atenea o heteras como Afrodita o diosas de fecundidad y nutricias, como las cinco diosas Ñamca del Manuscrito de Huarochirí.

El sentimiento cósmico antiguo es cosmocéntrico y agrocéntrico. Por eso cuando ilumina a la mujer lo hace en sentido de fertilidad vegetativa y no en el sentido de amor maternal. El feminismo, movimiento que reaparece en las culturas en su fase de decadencia, señala precipitadamente que la mujer precolombina preinca e inca no tuvo una posición secundaria o supeditada al varón porque estuvo representada en las deidades femeninas, eran curanderas y fueron también gobernantes. 

Pero en realidad, el alma mágico-apolínea del sentimiento cósmico del Perú antiguo no es falocéntrico ni feminista, no es patriarcal ni matriarcal, sino que es cosmocéntrico, sensible, presentista y finito. Con tales características la cultura antigua no estaba en condiciones de reconocer lo más peculiar de la mujer, o sea, el amor maternal. En la cultura antigua la mujer es más naturaleza que persona humana. En realidad el mundo antiguo es ontológico y concibe al hombre como una cosa entre las demás cosas, pero es una cosa parlante que se comunica con los dioses. Y es que el hombre antiguo era objeto y no sujeto de la vida cósmica. 

En ese contexto la mujer es lo más cósico de la humanidad. Por eso las injustificadas especulaciones de Marija Gimbutas y sus epígonos pertenecen a la razón extraviada de una época decadente que anacrónicamente transfiere el ideal feminista al paleolítico y al neolítico. No es casual que las cualidades de las diosas antiguas estén relacionadas con la fecundidad de la tierra o el mar, o sea la mujer es simple símbolo de la fertilidad vegetativa y cuando ejerce el poder político lo importante no es su sexo sino la función mágico-religiosa que representa.

 VIII

Lo que caracteriza a un arte vivo es la armonía entre voluntad, necesidad y capacidad creadora. Lo que suele ocurrir en pleno auge de las culturas. Pero en las épocas de decadencia que suele coincidir con las fases imperialistas acontece la desarmonía y prima el desenfreno por lo gigantesco, la teatralidad, lo excitante y el gusto por los viejos motivos, que en el fondo en vez de ser expresión de grandeza interior no es sino remedo para ocultar la vacuidad interna y la falta de fuerza interior. Esto ocurre actualmente con los Estados Unidos, aconteció ayer con Roma y sucedió en el Perú antiguo con el Incario. En el incario sobró voluntad pero faltó genio creador.

Toda cultura tiene su época moderna. Lo tuvo Egipto durante la XIX dinastía, lo tuvo Roma con sus modas grecoasiáticas y grecoegipcias, lo tuvo Alejandría con sus payasadas prerrafaelistas en vasos, sillones y cuadros, entonces por qué no lo había de tener la antigua cultura peruana con el Incario post-pachacutista. En esta fase a lo máximo que llegó el artista del incario fue a la repetición de estilos inmutables, que copiaban intatigablemente, como se ve hoy en el arte chino, persa e indio. Y es que toda cultura en su fase decadente reproduce invariablemente los mismos modelos haciendo difícil su datación. En cambio el esplendor cultural se caracteriza porque posibilita determinar la fecha.

Por eso el arte moribundo suele correr parejo con la política imperialista. Artísticamente el alma mágico-apolínea del peruano antiguo en la fase imperialista del incario tiene un programa claro pero un contenido pobre. El artista en el incario es un obrero ya no un creador, no hace lo que su genio le dicta sino lo que la política le impone. Arte frio, enfermizo, obeso, utilitario, matemático, de vigorosa contradicción entre la voluntad artística y la potencia creadora es lo que lo caracteriza.

Qué lejano lucen las grandes realizaciones artísticas del rococó Chavín y del barroco Moche. Todas la grandes culturas han vivido esta tragedia y la antigua cultura peruana no fue la excepción. Salvando las distancias espirituales pero coincidiendo con el pathos de la decadencia y la horrenda proximidad de la inminente fatalidad, lo consigue Wagner con Tristán e Isolda en tres notas amenazadoras que dejan escuchar el desfallecimiento y abandono de las masas urbanas a la disolución y barbarie.

Ahora se entiende por qué los curacas de más de doscientos etnias regionales se plegaron a una alianza con el invasor europeo contra el incario, tal como lo describe el historiador Waldemar Espinoza Soriano. Pero la lucha libertaria de las nacionalidades regionales precolombinas era en el fondo una causa perdida y artificiosa porque el alma mágico-apolínea del Perú antiguo había terminado irrevocablemente, a riesgo de convertirse en una cultura fosilizada esperando el eterno retorno de los ciclos míticos interminables.

Por eso la crisis que representó la guerra civil entre Huáscar y Atahuallpa y la invasión española en los inicios del siglo XVI fue de estremecimiento de la muerte de la antigua cultura peruana y de su nuevo comienzo desde un horizonte mestizo. Ante tal hecatombe cultural desde el lado indígena surgieron tres propuestas representativas: la síntesis parcial con incas e indios de Juan Santacruz Pachacuti, la síntesis total mestiza con incas y españoles del Inca Garcilaso de la Vega y la contradicción sin síntesis, o sea con indios pero sin incas ni españoles, de Guamán Poma de Ayala.

Si el alma mágico-apolínea del Perú antiguo ha muerto irrevocablemente de vejez –como el sáncrito y el latín-, entonces se ha entrado en un nuevo ciclo vital de la cultura pero cuyas relaciones de dependencia no la deja madurar, causando frustración permanente y haciendo soñar con la resurrección del pasado como con la edulcoración del presente. Ni la momia prehispánica volverá a la vida ni el cuerpo sin vida de occidente evitará el sepulcro. En arte pasa lo mismo que en política, en lugar de un verdadero desarrollo presenciamos resurrecciones y mixturas de viejo estilo.

Y toda esta indecente farsa crea la ilusión de evolución cultural, cuando en realidad los industriosos artífices sólo atizan el fuego final. Insertos en la cultura occidental desde hace 500 años se arriba contradictoriamente al desiderátum de la realización cultural propia en medio de la fase decadente e imperialista. O sea el Perú deberá buscar su sino histórico en medio de dos catacumbas: la del ayer precolombino y la del hoy occidental.


De ahí que resulta ingenuo soñar con ser el epicentro de la resurrección cultural cuando de la cuna a la tumba todavía hay que aprender a ponerse de pie y después caminar. Vivimos la decadencia de Occidente, señalado no sólo por Spengler, y hay que prepararnos no para un súbito Renacimiento –como creía erróneamente Antenor Orrego- sino para un nuevo comienzo de un impensado ciclo cultural. Y todo ello sucederá siempre y cuando el naufragio de la presente civilización burocrático-tecnológica-elitista no sea insensata y catastróficamente nuclear y apocalíptico.


IX

La tragedia del hombre antiguo es profundamente diferente a la tragedia del hombre occidental. El drama antiguo es sublime, estático, gesto, ademán, acontecimiento intemporal, notable inflexibilidad del destino, anécdota y máscara. La tragedia antigua en vez de personajes tiene caracteres. Por eso Aristóteles la llamó remedo de la práctica y de la vida. En cambio el drama occidental tiene profundidad biográfica, movilidad psicológica, riqueza interna y un máximo de actividad. Nada de esto tienen las tragedias de Eurípides, Sófocles y Esquilo. En cambio lo tienen en abundancia Hamlet, Otelo, don Quijote, el Misántropo, Werther, Fausto, Raskolnikov, los hermanos Karamazov, Gregorio Samsa. En una palabra el drama occidental es una ininterumpida movilidad y radical profundidad psicológica. En cambio en el drama antiguo el protagonista no es el héroe activo sino la lucha contra el destino.

Ahora bien, se atribuye el drama Ollantay a un núcleo incásico y a una adaptación española. Pero la forma más idónea de comprender el drama prehispánico es atribuyendo al alma mágico-apolínea la versión que condena a Ollantay por amar a una mujer de linaje prohibido, por lo cual es condenado a morir en un lugar cuyo nombre sobrevive, a saber, Ollantaytambo. En esta parte más primitiva de la tragedia es el destino inflexible el que se impone.

Pero el alma fáustica del hombre colonial español introduce modificaciones más acorde con los nuevos tiempos y que no tiene nada que ver con sentimiento cósmico del hombre peruano antiguo. Entonces se ve a Ollantay resistiendo valientemente el asedio militar ordenado por el Inca, mientras tanto un nuevo emperador le sucede, que justo es hermano de la princesa encadenada en una casa de las escogidas o Acllahuasi, su hija se entera que quiénes son sus progenitores y toma la iniciativa de hablar con el Inca, el cual se conduele y permite a la pareja vivir felices.


Esta última versión llena de pasión, actividad, movilidad interna, que no se arredra ante la fatalidad del destino y plagada de carácter, pertenece al nuevo sentimiento cósmico que porta el hombre fáustico de occidente. El resultado ha sido un drama profundamente alterado pero que refleja fidedignamente lo que sucedió con el alma mágico-apolínea del Perú antiguo que naufragó y el alma fáustica del hombre occidental que se impuso. En el antiguo núcleo del drama incaico se “sufre” pasivamente al destino, en la versión española se “forja” activamente al destino.

X


El sentimiento pasivo de la antiguedad está presente en Grecia, India, Egipto, Mesoamérica y Sudamérica precolombina. Los egipcios conocían la vela pero no hicieron navegación de alta mar. La colonización griega nunca traspasó la columna de Hércules. La cultura china -sobretodo de la dinastía Han- está más cercana al sentimiento vital altamente activo de la cultura occidental. Los descubrimientos de Colón y Vasco de Gama responden al sentimiento fáustico de Occidente. Sentimiento que estuvo en las tribus nórdicas escandinavas que llegaron hasta América del Norte y muy probablemente al sur. Entonces ¿qué fue lo que llevó a Túpac Yupanqui hasta lo Polinesia? ¿Qué sentimiento cósmico palpitaba en su alma para lanzarse hacia alta mar y superar a los navegantes de la cultura Chincha? El imperio inca tiene en común con el alma fáustica de Occidente el hecho que se inclina hacia la expansión política, económica y espiritual. El indomable afán de conquista de Túpac Yupanqui es un símbolo primario del alma mágico-apolínea (recuérdese que consulta al chamán Antarqui) en tránsito hacia el espacio ilimitado del alma fáustica. Ese elemento psíquico de voluntad, fuerza y acción va más allá de la naturaleza blanda y feminoide de Pericles, Temístocles, el soñador Alejandro y el calculador César. Túpac Yupanqui acaba pareciéndose más a los reyes prusianos, Napoleón y Bismarck. En suma, dicho inca refleja la proximidad del alma inca al alma fáustica occidental.
***
En conclusión, para el alma mágico-apolínea del antiguo hombre peruano y americano prima el misterio junto a la magnitud, la espacialidad finita, lo intuitivo y visual. Ha expresado su sentimiento cósmico nítidamente en el triunfo de la arquitectura monumental sobre las demás artes. Y así fue dejando sus grandiosos símbolos en el paisaje desértico costero y en las anfractuosas cordilleras andinas.

Pero la arquitectura monumental del Perú antiguo no es una ascensión por el espacio infinito, es más bien un recorrido de los vivos y de los muertos en un espacio finito bien delimitado. Por eso priman los templos-pirámides-tumbas. Para la mentalidad mítica del alma mágico-apolínea del antiguo hombre peruano el sentido cósmico se restringe a una serie rítmica de espacios finitos. Por eso se percibe como envuelto por una movilidad finita. Su sentimiento cósmico antes que espacial y temporal es dinámico. Por eso su arte quiere producir efectos de superficie y nada más, incluso cuando representa medios corpóreos.

Pero junto a su arte está su técnica que dice tanto sobre su alma. Mientras la arquitectura del alma egipcia “domina” el paisaje y el del chino se “amolda” al paisaje, en cambio la del peruano antiguo se amolda al paisaje para dominarlo. Las grandes obras de ingeniería hidráulica son indesligables de su arquitectura monumental.

Pero todo este gran desarrollo palidece cuando las culturas regionales son avasalladas por los sucesivos imperialismos de Waris, Chancas e Incas. Pasa el momento soleado del auge de las formas vivas y acontece el momento sombrío del juego de las formas muertas y vacuas. Decadencia que es claramente distinguible en el imperio incaico con Huayna Cápac, pero que fue sembrado por el grandioso inca Pachacutec al equiparar a los militares con los sacerdotes. En el arte ya impera la imitativa ornamentación industrial como reflejo de la decadencia y agotamiento del alma mágico-apolínea del antiguo hombre peruano.

Febrero 2019