martes, 13 de febrero de 2024

NEOBRUTALISMO DEL SENTIDO COMÚN

 

NEOBRUTALISMO DEL SENTIDO COMÚN

 

El sentido común es patrimonio de la naturaleza humana y es fundamento de la matemática, la ciencia y la filosofía. El sentido común es una forma del raciocinio humano que obtiene conocimientos directamente de la experiencia. Su verdad no se manifiesta en razonamientos apoyados en la ciencia, en la filosofía o en contenidos culturales, sino con evidencia inmediata y se presenta como indudable, aunque puede ser puesto en duda por un pensamiento posterior.

 

El sentido común es pasivo, como los sentimientos o estados afectivos, porque su sujeto no tiene conciencia de actividad alguna. Por su inmediatez y pasividad proporciona conocimientos intuitivos generales y universales porque son patrimonio de la totalidad de los hombres de toda cultura y todo tiempo, permanecen a pesar de los cambios históricos y de la diferente capacidad intelectual individual, como tampoco cambian en las diferentes etapas de la vida. Es por ello que el sentido común es patrimonio de la condición humana. De ahí que Kant [1]pueda decir que el sentido común es el principio del gusto o la facultad del sentimiento para juzgar acerca de los objetos en general.

 

El contenido del sentido común surge de la experiencia del hombre con la realidad, por ello se refiere tanto a la realidad como al hombre. Sus conocimientos se rigen por primeros principios especulativos y primeros principios éticos. Con ello proporcionan un sentido de la realidad, muy general, a la vida individual y colectiva. Se trata de un contenido que permite la comunicación humana por encima de los condicionamientos culturales. De modo que sirve de fundamento para todo tipo de conocimiento. Incluso proporciona las premisas necesarias para toda investigación racional de la realidad, sea filosófica o científica. De manera que la razón filosófica y la razón científica presuponen la razón natural. El saber del sentido común es inteligencia espontánea y natural que se encuentra unido al recto conocimiento sencillo y a los afanes de la vida diaria. El sentido común es un modo especial de sentir los principios. A pesar de las innegables distancias entre el saber filosófico y el científico con el sentido común, no hay ruptura definitiva respecto de este último.

 

El sentido común es un poderoso consejero para juzgar razonablemente las situaciones de la vida cotidiana y decidir con acierto. Por ello se cae en el disparate o la insensatez cuando se toman decisiones alejadas del conocimiento práctico de la razón. Por ejemplo, si no se sabe nadar es alocado arrojarse al mar. De ahí que es fácil advertir que el conocimiento humano tiene grados y el del sentido común es el más básico, por lo que no debe ser sobrevalorado. La filosofía y la ciencia son grados más profundos del saber humano, que exigen una mayor esfuerzo y más intenso cultivo. Así, Aristóteles[2] puede definir el sentido común como la capacidad general de sentir con la doble función de constituir conciencia de la sensación y la de percibir las determinaciones sensibles.

 

Sin embargo, como el sentido común es el entendimiento humano en su funcionamiento natural no puede ser nunca abandonado ni sustituido por la filosofía y la ciencia por exigencia del conocimiento práctico de la razón. Que un físico de partículas sepa que los neutrinos atraviesan todo y a velocidad de la luz, no significa que él intente estrellarse una y otra vez contra puertas y paredes imitándolos. Eso es intentar aplicar un conocimiento científico específico para cosas de la vida diaria. A partir de esto se comprende que para los autores latinos como Cicerón y Séneca el sentido común tiene el significado de hábito, gusto, modo común de vivir y hablar. Vico[3] es más tajante al calificarlo como un juicio sin reflexión aceptado por toda una comunidad y que tiene como tarea el dominar el albedrío humano. El mismo significado le otorga la escuela escocesa con Reid a la cabeza, el cual consideró que es lo que nos hace ley y gobierno propio. El sentido común sería una facultad regulativa que hace posible que emerja la racionalidad de toda proposición. Como apuntó Jacobi el sentido común es como una creencia cuya naturaleza es racional.

 

Es baladí reconocer que el sentido común falla estrepitosamente cuando se le intenta utilizar más allá de los hechos cotidianos. Dewey[4] destaca el carácter práctico sentido común. Existen, sin duda, las fronteras entre los diversos grados del conocimiento humano y resulta ser locura desconocerlos. La razón natural y la razón científica no culmina en la razón filosófica, porque por encima de todas ellas está la razón teológica. La fe no es irracionalidad, la fe tiene una racionalidad y su certeza es que la voluntad es movida por la gracia de Dios. La duda en la racionalidad teológica proviene de nosotros, al no entender plenamente contenidos racionales que no son idénticos a la racionalidad humana.

 

En suma, el sentido común da sentido al mundo, pero ello no significa que lo conozca en su especificidad. Lo cual no debe significar que se deba abrazar el lema de “más ciencia y menos sentido común”. Eso es confundir los grados del conocimiento. Lo que sí es aconsejable es cultivar los diferentes grados del conocimiento humano. Resulta ser tan bárbaro como insensato conformarse en la vida sólo con la retención de un grado de conocimiento sin intentar asimilar otros grados más. De ahí que la tendencia a la especialización en nuestro tiempo de idolatría de la ciencia, en desmedro de la generalización humanística, genera bárbaros especialistas.

 

El saber es una tarea naturalmente humana. Y ningún otro grado de conocimiento debe ser totalmente incompatible con el modo de ser del hombre, con su naturaleza. El saber no debe conducir nunca al dilema entre la razón cultivada y la razón natural, entre filosofía, ciencia y sentido común, sencillamente porque la filosofía y la ciencia son también conforme con la naturaleza humana. En ese sentido se puede afirmar que la filosofía, primero, y la ciencia, después, son la plenitud humana del saber natural o sentido común.

 

Ahora bien, una cosa es que el sentido común sea patrimonio de la naturaleza humana, proporcione sentido de la realidad, sea facultad regulativa presente en todo tiempo y época, y otra cosa es que se pueda ver afectada por condicionamientos histórico-culturales de todo tipo.

 

Y esto es precisamente lo que se observa sobre el sentido común no sólo desde el predominio de la sociedad sobre la comunidad, el contrato sobre el compromiso de honor, el industrialismo sobre el artesanado, la irrupción de la sociedad de masas, el predominio de los medios de comunicación sobre la opinión pública, la negación de la verdad, la ciencia y Dios con la cultura posmoderna, la posverdad, la ideología de género y demás manifestaciones adjuntas, sino que el verdadero giro viene dado desde que en la modernidad se opera la hegemonía de la razón funcional sobre la razón substancial, lo cuantitativo sobre lo cualitativo, el dinero sobre el valor, la sociedad de medios sobre la sociedad de fines, el universo causal sobre el teleológico. En una palabra, el impacto de la nueva imagen del mundo moderno, terrenalista, inmanentista y secular, sobre el sentido común es profundo y decisivo. El neobrutalismo, como proceso espiritual en el mundo moderno, no se instala de golpe, sino que es un proceso largo y progresivo, toma siglos, que al comienzo tiene todos los visos de tener un aspecto progresista, liberador y poco anuncia sus rasgos decadentes y nauseabundos hasta estar bien desarrollado. Por lo demás, el venidero neobrutalismo de la modernidad nace del neobrutalismo de la civilización medieval que se opera desde mediados del siglo XIV y a lo largo del siglo XV, o sea en plena decadencia de su imagen del mundo. Es un proceso que tiene sus manifestaciones filosóficas en el medioevo tardío en el terminismo de Duns Scoto y en el nominalismo de Occam, los cuales tienen en común el individualismo y el voluntarismo, justamente las premisas sobre las que expandirá la moderna racionalidad burguesa. No en vano el nominalismo influirá sobre el empirismo inglés. Ambos representan el fin del equilibrio entre lo intelectual y lo volitivo establecido por el tomismo. Y en economía encuentra su expresión más notoria en la aparición de la banca, el préstamo a interés y el desarrollo de la mentalidad calculadora, organizacional y funcionalista del mercader cristiano[5], lo que aceleró el derrumbe de la sociedad medieval. En pocas palabras, el mercader cristiano desarrolló un papel central en la formación de la cultura laica -escuelas laicas, escritura, cálculo, historia, geografía, lenguas vulgares, manuales, racionalizó la existencia-, ejerció el mecenazgo artístico y cultural -arquitectura, pintura, artículos de lujo, literatura, humanismo-. Es decir, contribuyó a cambiar la sociedad civil al resolver la tensión entre la cultura monástica y la cultura racionalista a favor de ésta última. Proceso que culminará en el siglo dieciocho, con la Revolución Francesa, con la pérdida de la hegemonía del monje sobre el intelectual. El amor a la humanidad desplazó el amor a Dios y la verdad se secularizó. Es por ello que el nominalismo puede ser considerado como un notorio progreso de la conciencia burguesa al constituirse en el reconocimiento de la individualidad, lo cual era un retorno desde el mundo trascendente al mundo inmanente, de la religión a la política, de Dios al hombre. La nueva imagen del mundo se coaguló como una ruptura metafísica entre la dimensión inmanente con la trascendente.

 

A la nueva racionalidad secularizada se le llamó pensamiento crítico, teniendo su expresión característica en el criticismo kantiano. “Aude sapere” decía Kant, reflejando el nuevo espíritu de la época. Pero la nueva connotación de la razón está dada con Descartes, con el cual la modernidad consagra al hombre como el arquitecto de la realidad. Con Cartesio la filosofía moderna da el giro idealista y la primacía del pensar sobre el ser. Con ello se da comienzo al obscurecimiento del sentido ontológico del ser y de la realidad, y que encontrará sus más hondas consecuencias en la negación del sentido de la realidad del sentido común actual. El avance del racionalismo moderno no acontece sin resistencias. Así, Descartes, que tan sólo publicó cuatro obras en vida, no dio a la imprenta el Tratado del hombre y el Tratado de la luz por miedo a recibir una condena eclesiástica. No en vano en 1600 Giordano Bruno fue quemado vivo, en 1633 la Inquisición condena los libros de Galileo y la primera mitad del siglo XVII está convulsionado por las cruentas guerras religiosas que acaban en 1648 con la Paz de Wesfalia. La racionalidad secular tenía como fundamento el nuevo pensamiento científico que entendía a la naturaleza como un mecanismo y, por tanto, lleva a un mundo sin dioses. Para Descartes a Dios no se llega por el mundo, sino por el cogito, por lo cual se le acusó de heterodoxo, impiedad, pelagiano y ateo. El mismo Pascal le replicó oponiéndole el Dios de Abraham. Desengañado de la recepción de su filosofía y en quiebra económica aceptó ser preceptor de la reina de Suecia. Allí muere de neumonía en un rápido deceso que genera la leyenda de que fue envenenado. Y es aquí donde es notorio cómo los avances científicos modifican la imagen filosófica del mundo.

 

No es fácil establecer las etapas en la consolidación de la nueva imagen del mundo que terminará impactando sobre el sentido común, especialmente sobre su sentido de la realidad y el sentido de la vida. No obstante, es posible delinear un proceso que va de la mano con la urbanización, la tecnología, el cambio social y político, la educación y la alfabetización, el consumismo y la economía de mercado, hasta culminar en la globalización de la interconexión digital. En este sentido intentaré esquematizar las etapas, más o menos definibles, en este proceso de la formación de la consolidación de la nueva imagen del mundo de la modernidad. En lo cual no consideraré que la técnica[6] sea una fuerza automática que determina a las demás instituciones (Marx), sino que está en constante juego con otras fuerzas culturales. Una época y su imagen del mundo es un equilibrio dinámico, y no estático, en el curso de la historia. Así tenemos:

 

1. Sociedad agraria y artesanal moderna, donde el aparato productivo es premoderno en medio del predominio de la imagen mecanicista de la naturaleza. Aún se mantiene la fase eotécnica de la civilización basada en la madera, el agua, carbón, hierro, el molino, y el viento. Con el vidrio el ojo se vuelve importante, la casa se vuelve higiénica, macro y micromundo cambió. También cambió el mundo del ego. Sus inventos gigantes son la imprenta, el reloj y el alto horno, sin obviar el método experimental, la fábrica, la universidad, el laboratorio, la academia y la feria industrial.

 

2. Sociedad industrial, donde la acumulación de capital espolea los inventos técnicos. Es la fase paleotécnica de la Revolución industrial en el siglo dieciocho, el capitalismo carbonífero hizo estragos en la vida humana y el medio ambiente a escala industrial. La máquina de vapor acentuó la cuantificación de la vida. Adviene la degradación del trabajador y nace el hombre económico justificado por la utilidad y la democracia. Se abre paso la inanición de la vida con la degradación de la mente y los sentidos. En nombre el Progreso se somete a la vida hasta los límites de la barbarie. La lucha por la existencia fue la racionalización de las condiciones económicas dominantes. Surge la psicología y el freudismo en momentos en que el hombre se hunde en la patología de la depresión, la desesperación y la crueldad despiadada del colonialismo imperialista europeo. Después de 1850 el proletariado resuelve el complejo de inferioridad identificándose con el nacionalismo, el anarquismo y el socialismo. Era de las revoluciones sociales. Aumenta la energía y el tiempo se acelera. Las sinfonías, el impresionismo, las novelas realistas, las filosofías voluntaristas, historicistas, relativistas e irracionalistas fueron la compensación estética y filosófica en un mundo enfurecido. Los triunfos mecánicos (barco a vapor y puente de hierro) son inversamente proporcionales a la derrota humanística. La civilización paleotécnica de la civilización industrial fue humana y socialmente desastrosa, ñero técnicamente un avance extraordinario que acentuó el sentido cuantitativo de la vida.

 

3. Sociedad postindustrial, donde los refinamientos técnicos hacen posible que lo cuantitativo y lo mecánico sea más sensible a lo vital. La civilización neotécnica conoce mejor lo químico y lo biológico. Ahora los inventos se derivan de la ciencia antes que de la economía. El papel del ingeniero se hace preponderante. La energía eléctrica libera a la industria de la mina de carbón. El automatismo de la máquina hizo al obrero menos importante. El proletariado se desplazó de la fábrica al sector servicios y educación. Los materiales neotécnicos son sintéticos, de ahí su gran deuda con la química. El avión, la gasolina y el automóvil son sus símbolos. Se abre paso el capitalismo de bienestar. La comunicación se vuelve instantánea, pero el pensamiento se desvitalizó. La fotografía, la película y el fonógrafo cambia la psicología introspectiva a conductista. Los nuevos medios de archivo exigen una sensibilidad más fina y una mayor inteligencia. La máquina neotécnica se vuelve aliada de la vida, pero el dualismo alma-cuerpo se sustituye por la energía. Se abre camino la energía nuclear. Vuelve el respeto por el color, la forma, lo estético, las cantidades diminutas y lo invisible. Impera lo ergonómico. La fijación del nitrógeno fue el logro más importante que libró a la agricultura del tiempo de plagas. Se impone la planificación del crecimiento y distribución de la población. Cambio de valores con el control de la natalidad y el uso de preservativos. Faltan las instituciones políticas, sociales y económicas que en vez de perseguir la rentabilidad privada del capital busquen el cumplimiento social completo de la fase neotécnica de la máquina. Su irresolución es lo que provocó la crisis ambiental y ecológica, la degradación de la política en corrupción generalizada, la disolución moral de la sociedad, la crisis de seguridad, la migración por guerra, violencia, desempleo y explotación neocolonial, el racismo, la espantosa y generalizada adicción a las drogas especialmente en los países del occidente neoliberal, junto a su libre consumo.

 

4. Sociedad digital[7], donde se globaliza la sociedad de mercado y las redes sociales mediante el internet. Se desarrolla la nanotecnología, la tecnociencia, la biotecnología, las ciencias genómicas. De lo cual se aprovecha el naturalismo biologista, como sucedáneo del materialismo, para vender la utopía del “homo deus”, mitad biológico y mitad máquina. Esta postura inmanentista y temporalista lo único que hace es reducir el problema de la Vida a lo biológico. Nace la bioética y el bioderecho para impedir que la tecnociencia se convierta en una amenaza manipulando genes con fines subalternos. Lo positivo de este desarrollo es que las ciencias de la vida han puesto en evidencia la primacía del criterio ético sobre el científico y la necesidad de recuperar la dimensión teleológica, metafísica, religiosa y trascendente de la vida. La biotecnología tiene sus riesgos (armas biológicas, nuevas pandemias), pero también sus beneficios (medicina, alimentos, ambiente mejorado). Por otro lado, a libre competencia económica es frenada por acuerdos comerciales de las propias corporaciones. Se sale del marco del imperialismo clásico para pasar a la fase del hiperimperialismo, donde las megacorporaciones tienen soberanía propia, están desterritorializadas y convierten el planeta en un casino global. Las guerras del Complejo Industrial Militar norteamericano se implementan mediante groseros montajes mediáticos que sirvan de pretexto para el caso. Es aquí cuando el orden político y financiero se resiste y entra en mayor colisión con la fase digital de la máquina. Crece a nivel desproporcionado la concentración de la riqueza y la desigualdad global se impone a niveles nunca alcanzados bajo el colonialismo del siglo diecinueve. La era de la cibernética es puesta al servicio de la ganancia y beneficio privado por medio de los grandes monopolios de la inteligencia artificial. Las GAFAM -acrónimo que alude a Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft- controlan la explotación del internet consiguiendo una mayor depravación y barbarie adormeciendo la empatía y anestesiando la compasión. No menos grave es la trivialización del pensar humano, donde en vez de avanzar hacia la era del saber se profundiza el hoyo de la era de la estupidez humana. Otro efecto nefasto es la instauración de la vigilancia privada con fines políticos y comerciales. Se instaura la dictadura y la nueva edad obscura de la tecnología cibernética mediante las redes sociales. La tecnología computacional es opaca y permite que los algoritmos simulen la realidad y lo vuelvan indistinguible. El sentido de la realidad se vuelve difuso. Lo real y lol virtual se confunden. El irracionalismo y el idealismo subjetivo se acentúan en la filosofía. Se pone de moda la antifilosofía falsa -porque hay también la antifilosofía verdadera (Sócrates, Marx, Heidegger, Wittgenstein, entre otros)-, que busca destruir la filosofía, pero ello es necesario para el ocultamiento de la verdad, indispensable para la disolución del pensar crítico y que proclama como inútil y pernicioso al pensar filosófico. Brota la ideología de género y junto a ésta la del transhumanismo, donde mediante la negación de la esencia humana se juega con la libre elección del ser que se quiera vivir. Se impone el mito del culturalismo, donde todo se concibe como un producto de la construcción social. El pensamiento computacional asfixia el pensar creativo, se acentúa hasta el límite el inmanentismo metafísico de la modernidad. La posverdad, todo tipo de noticia falsa o fake news se pregona. Lo real se vuelve falsificable. La abominable ideología de género pulula y es promovida desde las más instancias mundiales dominadas por el occidente neoliberal. La corrompida y avara élite megacorporativa del occidente neoliberal incentiva y presiona en la implementación de su agenda que atenta contra la familia, la tradición, la nación, la soberanía de los pueblos y los valores. En una palabra, al apropiarse el capitalismo de la tecnología digital lo que logra es un mayor individualismo disolvente del humanismo, una mayor barbarie y una más honda y sofisticada degradación humana. Todo esto no significa que la barbarie y el neobrutalismo se produce únicamente al no haberse resuelto la contradicción dialéctica entre progreso científico y progreso social, porque hay otras fuerzas progresistas que también pugnan por un nuevo orden humano.

 

5. Sociedad posdigital, donde la gobernanza global pasa del Orden mundial unipolar hacia el Orden mundial multipolar, lo económico se subsume a la política social y la ganancia privada es puesta al servicio del beneficio social. China anda a la cabeza de este proceso, le sigue Rusia y van a la zaga el grupo de los BRICS. El mundo unipolar encabezado por el imperio norteamericano implementó la guerra en Ucrania, desbaratando con una nueva guerra fría la integración euroasiática de China y Rusia con el Occidente europeo, y aprovechando el conflicto ucraniano destruyó los gasoductos que resolvían las necesidades energéticas de occidente en desmedro de las compañías estadounidenses. Y la ocupación descarada de más de siete décadas de Palestina por el sionismo israelí con el apoyo descarado político militar del imperio norteamericano para asegurarse el dominio del golfo petrolero del Medio Oriente. Lo cual se ha puesto en evidencia en el genocidio de más de 25 mil civiles en Gaza en tan sólo dos meses de asedio. Una indescriptible masacre que ha sido condenada por la Corte Internacional de Justicia de la Haya. Las bases del viejo orden neocolonial se están estremeciendo y con ello comienzan a derrumbarse su imagen del mundo basado en el libertinaje. El significado de este cambio histórico en marcha -a pesar de los sabotajes y resistencias del finisecular mundo unipolar- tiene un sentido filosófico profundo y definido que ser traduce en una nueva imagen del mundo, donde en vez de rechazar lo inmanente y postergar lo trascendente, y al compás de la defensa de la familia, la religión y la tradición, se encamina hacia una nueva síntesis metafísica entre lo inmanente y lo trascendente. Es una vuelta al mundo de las esencias y reconciliación del hombre con Dios. No es una vuelta a la Edad Media, a lo Berdiaev, sino una reconciliación de lo finito con lo infinito. La sociedad posdigital hace que la tecnociencia no anda separada de la teología, en tanto ésta es ciencia de la vida sobrenatural y sempiterna.

 

En suma, la sociedad agraria y artesanal moderna vive una modernidad mecanicista, donde el tiempo comienza a acelerarse y con él el hombre se vuelve más mecánico. La sociedad industrial experimenta una modernidad biopolítica y de la vigilancia, como la descrita por Foucault, donde el poder de castigar y vigilar recae no sólo en el Estado, sino que se muestra difuso en todo el organismo social. Lo que no advierte Foucault es que la sociedad de la vigilancia, que es el industrialismo, está asociado a la visión terrenalista del mundo y al inmanentismo imperante donde se declara expeditivamente “la muerte del individuo”. La sociedad posindustrial es la encarnación de la modernidad neoliberal cuyas nuevas técnicas de poder no están basadas en la psicopolítica como cree Byung-Chul Han, sino en la tecnopolítica. No es el poder opresor de la sociedad agraria ni el poder seductor del industrialismo lo que preside la explotación, sino el poder técnico lo que anima al individuo a entregar su libertad a la autoexplotación del llamado emprendorismo. La sociedad digital experimenta una modernidad hipercomunicada, saturada de información, de falsificaciones de la realidad, donde se vuelven indistinguibles la verdad de la mentira, es el reino de lo que el filósofo coreano Han llama “no cosas” y en el que nos volvemos ciegos a las cosas mismas, la realidad es puesta entre paréntesis de modo automático, la epojé del mundo es equivalente al olvido del ser y a la supresión de la realidad, fenómeno que se hace soportable mediante el avatar de la hiperrealidad del metaverso. Lo digital se convierte en el escapismo por excelencia a la desintegración social, la anomia digital se impone. La modernidad digital es la que llama Bauman “tiempos líquidos”, donde no hay valores permanentes ni absolutos. Pero bien visto el asunto a la modernidad digital no le corresponde lo “líquido” sino lo “gaseoso”. Efectivamente, la modernidad líquida es propia de la modernidad capitalista posindustrial, en cambio la modernidad digital le pertenece a la modernidad capitalista digital. Y es así porque la misma realidad puede esfumarse de las manos con la tecnología del metaverso y la hiperrealidad de la Web. Finalmente, la sociedad posdigital vive una modernidad en tránsito que pretende poner el reino digital y la inteligencia artificial bajo control humano. Asociado a una nueva imagen del mundo que reivindica la unión metafísica de lo inmanente con lo trascendente busca poner el algoritmo al servicio del humanismo, rescatar el fundamento ontológico de la historia para superar el relativismo y restituir el valor de la realidad finita e infinita sobre la hiperrealidad de las “no cosas”.

 

El sentido común durante la modernidad se vio naturalmente afectada por todos estos cambios. Quizá el más dramático sea la pérdida de cinco sentidos existenciales: el sentido de lo sagrado, sentido del ser, sentido de la vida, sentido de la realidad, y sentido de la caridad. Que el sentido común sea patrimonio de la naturaleza humana no significa que permanezca inmutable e incontaminado, porque diversos factores influyen sobre su sentido de la realidad. Que sea una facultad regulativa presente en todo tiempo y época, no significa que permanezca invariable en todo tiempo y época. Cada tiempo tiene su propio a priori incuestionado, que posteriormente entra en crisis. Podemos llamarlo “paradigma” como lo hace Kuhn, “formaciones discursivas” como Foucault o “verdades epocales” como Feyerabend. Pero lo cierto es que ello no tiene que abonar necesariamente en favor del relativismo de la verdad. La verdad y la objetividad puede tener una expresión epocal, pero un contenido universal. Sin duda, el sentido común a lo largo de la modernidad se vio afectada por condicionamientos histórico-culturales de todo tipo. Su futuro depende del curso contingente de los acontecimientos históricos. Pero el pináculo de su afección espiritual llamada “neobrutalismo” alcanzó las más altas cuotas bajo la modernidad digital, donde el sentido de la realidad es postergado por lo que ofrece el algoritmo deshumanizador de la hiperrealidad del avatar del metaverso.



[1] Kant, Crítica del Juicio, parágrafo 20.

[2] Aristóteles, De Anima, III, I, 425a 14.

[3] Vico, Ciencia Nueva, 1941.

[4] Dewey, Lógica, 1950, pág. 135.

[5] Sobre el surgimiento de la racionalidad capitalista en la Edad Media destacan los estudios siguientes: Jaques Le Goff, Mercaderes y banqueros de la Edad Media (Eudeba, 1975); Alexander Murray, Razón y sociedad en la Edad Media (Taurus, 1982); Henri Pirene, Historia social y económica de la Edad Media (FCE, 1975).

 

[6] A propósito, el destacado filósofo norteamericano de la tecnociencia Lewis Mumford subraya en su obra Técnica y civilización (Alianza, 1977), que la máquina no es reciente, tiene tres mil años. La magia con su idea de manipular el mundo externo anticipó la ciencia. Pues la tecnología artesanal no sólo empleó herramientas, sino también máquinas. La máquina es generalista, la herramienta es especialista. El control social desde la invención del Estado descubrió cómo convertir los hombres en máquinas antes de la era de la técnica. Por ello, la edad de la máquina no comienza con las máquinas, sino con el comportamiento mecánico del hombre. Además, desde el siglo X al XV la máquina avanzó sin el capitalismo, luego sufre su poderoso influjo hasta hoy. El punto de partida de la técnica moderna fue la filosofía mecanicista del siglo XVII.

[7] Sobre la sociedad digital, la estupidez y la posverdad puede consultarse: James Bride, La nueva Edad Oscura. La tecnología y el fin del futuro (Debate, 2020); Nicholas Carr, Superficiales ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? (Taurus, 2016); Shoshana Zuboff, La era del capitalismo de la vigilancia (Paidós, 2020); Maurizio Ferraris, Posverdad y otros enigmas (Alianza, 2019), M. Ferraris, La imbecilidad es cosa seria (Alianza, 2018); Antonio Marina, Las culturas fracasadas. El talento y la estupidez de las sociedades (Anagrama, 2010); Peter Sloterdijk, Crítica de la razón cínica (Siruela, 2003); Gabriel Sala, Panfleto contra la estupidez contemporánea (Laetoli, 2009); José Luis Trueba, La tiranía de la estupidez (Taurus, 2012); Carlo M. Cipolla, Las leyes fundamentales de la estupidez humana (Critica, 1976); y Gustavo Flores Quelopana, Crítica de la razón estúpida (IIPCIAL, 2017); G. Flores Q. Contra el género (IIPCIAL, 2023).

domingo, 11 de febrero de 2024

RACISMO Y ETNOCENTRISMO DE DARWIN

 

Darwin creía en la existencia de razas humanas superiores e inferiores. Pensaba que las razas superiores reemplazarían y eliminarían a las razas inferiores, al igual que las distintas razas de animales competían por la supervivencia.

En carta de Darwin a Charles Kingsley, 6 de febrero de 1862 expresó su creencia en la superioridad de la raza blanca: "En 500 años la raza anglosajona se habrá extendido y exterminado naciones enteras; y en consecuencia, la raza humana, vista como una unidad, habrá subido de rango."

Este Darwin racista, supremacista y etnocéntrico fue hijo de su tiempo se contradice con su visión monogenista -todas las razas humanas son parte de una misma especie- y su oposición a la esclavitud. Después de todo era hijo de su tiempo. Discrepó con su primo Galton por su teoría eugenésica y con Haeckel por su convicción de la raza germánica. Frente a ellos Darwin representa un racismo moderado, pero racismo al fin y al cabo.

Pero esta contradicción sirvió a la expansión de la brutal política colonialista europea, el racismo de la ideología fascista del nazismo, y al exterminio de aborígenes en América del Norte y Sudamérica -especialmente en Chile con el exterminio de los Onas y en Argentina con el pueblo Selk´man-. El admirado José Faustino Sarmiento pregonaba que los pueblos indígenas y afroamericanos debían ser exterminados. En Chile se atribuye el triunfo en la Guerra del Pacífico a la homogeneidad racial, y el racismo es defendido por la ultraderecha chilena hasta la actualidad.

Actualmente se sabe que el concepto de raza no tiene sustento científico. El darwinismo social -una mezcla de la "supervivencia del más apto" Darwin, la aplicación del evolucionismo a la sociedad de Spencer, y del "superhombre" de Nietzsche- sería ferozmente empleado por la ideología neoliberal desde 1990, siendo el resultado una desigualdad social brutal en el planeta.

miércoles, 7 de febrero de 2024

EL NEOBRUTALISMO ACTUAL

 EL NEOBRUTALISMO ACTUAL



Existen cuatro tipos generales de orden que son negados en la ideología neobrutalista del occidente neoliberal imperante en la actualidad: natural, mental, activo y técnico. El orden natural es el que se da en la naturaleza, pero se pone en boga la idea de que la realidad es el sueño de una matrix. El orden mental es el resultado de la razón humana sobre lo que se descubre en la Naturaleza, pero hoy la tendencia predominante es suponer que dicho orden no está en las cosas, sino que depende enteramente del hombre que las interpreta. O sea, se configura una erosión nihilista de la sociedad posmetafísica donde la lógica está puesta sobre el ser. 

El orden moral es causado por la razón del hombre en su obrar libre para dirigirse hacia su fin último, más en la actualidad se niega que el hombre tenga algún fin último y que su obrar libre deba estar dirigido por su razón antes que por sus apetitos subordinados. El resultado es el imperio posmoderno del hombre anético que se siente más allá del bien y del mal, niega toda esencia humana y éste se construye culturalmente como quiere. Finalmente, el orden técnico lo implanta el hombre con su razón en las cosas, tanto útiles como bellas, no obstante, en la artificialidad dominante de la civilización técnica se busca afanosamente una inteligencia artificial fuerte que determine peligrosamente por sí misma tanto lo útil como lo bello y lo bueno, al margen de los fines humanos.  

Ahora bien, si es propio de la sabiduría buscar la verdad, saber ordenar, juzgar e impugnar el error, lo que vemos ahora es que en lugar de la sabiduría se impone el neobrutalismo, que concisamente expresado es rebatir la verdad y defender el error. El todo vale de la posmodernidad, la posverdad, la ideología de género, el libre consumo de drogas, la eutanasia, la eugenesia, el transhumanismo, la abolición imperialista del derecho internacional, el secuestro de la democracia por burocracias regidas por la élite mundial, el auge del neofascismo ultraderechista, forman todo un mismo paquete ideológico del neobrutalismo que preside el hundimiento del decadente mundo occidental. 

En este sentido, el neobrutalismo puede ser definido no sólo como la perversión luciferina e ideológica de la razón humana, sino del espíritu de toda una época que se inicia y desarrolla con la modernidad escéptica, historicista, relativista, atea, hedonista y nihilista. Lo cual no significa que en la modernidad no haya nada valioso. Más bien, demostró que lo más valioso que ella trajo -la autonomía de lo inmanente, lo secular y la libertad- tenía que degenerarse al divorciarse radicalmente del fundamento metafísico trascendente. Se muestra la real monstruosidad del neobrutalismo no sólo en las dos guerras mundiales, los campos de exterminio, las dictaduras genocidas, el neocolonialismo, sino que llega a su pináculo con el repudio mismo de la razón, la ciencia, la verdad y la divinidad. Está encaramado en el corazón maloliente del occidente neoliberal y ya conoce su final con el advenimiento de un Nuevo Orden Mundial.   


lunes, 5 de febrero de 2024

CARTAS A UN REY (Reseña)

"Cartas a un Rey" fue publicado en 1978 constituye un excelente resumen de la obra "Nueva crónica y buen gobierno" de Guamán Poma de Ayala escrita a fines del siglo XVI -quizá 1597-.
Guamán Poma (1534-1615/81 años) es testigo de los abusos del conquistador, el desbarajuste del mundo de los cuatro costados (Tahuantinsuyo), las reformas del gobierno del quinto virrey Toledo (1569-1581) y su vida alcanzó hasta el décimo segundo virrey Francisco de Borja y Aragón.
Las Cartas al Rey cuentan la cadena de abusos sin fin de la dominación española a través de la odiosa institución de la Encomienda. Pero para esa fecha ya había quedado atrás la fase compulsiva de la encomienda con la derrota de la rebelión de Gonzalo Pizarro. Incluso era superada la fase de la "tasación tributaria" de 1550-1560. Más bien estaba llegando a su fin la etapa su etapa "monetizada", que hizo colapsar la encomienda por la inflación causada por la plata de Potosí.
La reforma de la Encomienda vino con el Virrey Toledo buscando neutralizar su poder político y crear una amplia base social. Pero no lo logró. El curaca era antes castigado al no lagar el tributo, con la reforma se suprimió el castigo, pero tenía que pagar o iba preso. La obligación fue peor que el castigo físico. Por lo demás, fue Toledo el que invirtió la base productiva del país, convirtiéndolo de agro productor en minero exportador. Se plantó la estructura de una economía dependiente.
La idea de Toledo era crear un Perú y dos repúblicas: de indios y de españoles. Pero tal proyecto estaba destinado al fracaso. La república de indios había perdido la fuerza espiritual de antaño y las nuevas condiciones incrementaban su abuso. El libro de Guamán Poma lo demuestra. El discurso de la doctrina evangélica era negado por el poder político dominante que aumentaba la explotación del trabajo y la injusticia sin remedio de la dominación colonial.
El fracaso de las reformas españolas para mejorar la condición del indio era evidente en su disminución poblacional de 15 millones de aborígenes a 2 millones en tan sólo el siglo XVI. El exterminio indígena fue resultado no sólo de la implantación de nuevas relaciones económicas, que ocasionaron pestes, hambrunas, guerras civiles, tributos, encomiendas, etc., sino de la depresión espiritual tras la pérdida de su mundo cultural andino.
El Perú necesitó cuatro siglos para que la población indígena recuperase su densidad poblacional. El mundo andino demostró su capacidad de resistencia adaptándose a las nuevas condiciones y creando nuevas formas reciprocidad y redistribución.
Es menester recodar lo señalado por el padre Manuel Marzal sobre que dominicos, jesuitas, otros religiosos, clero secular y laicos enviaron al rey de España entre 1601 y 1718 frecuentes memoriales sobre los abusos cometidos contra los indios.
Pero al final el proyecto de modernización capitalista del poder político siempre se impuso sobre el proyecto de modernidad cristiana -que fue vista como sospechosa de buscar la independencia perulera- basada en la caridad y buen trato al indio. Como consecuencia de ello fue expulsada la orden jesuita en 1767 bajo el rey borbón Carlos III. Los Habsburgo todavía trataron sus dominios peruleros como reinos, con la Casa Borbón será visto como simple colonia a explotar máximamente.
En una palabra, Cartas al Rey muestran a un Guamán Poma de Ayala como el primer adelantado de la denuncia sin remedio de la injusticia por la dominación colonial llevada por el demonio de la voracidad por los metales preciosos de la corona española. En contraste el Inca Garcilaso demostraba en sus Comentarios Reales que los incas merecían un mejor trato puesto que los ideales políticos del humanismo ya habían sido realizados por el Imperio incaico.

Quedan en el aire dos preguntas finales. La primera, ¿creyó Guamán Poma en la eficacia de su Carta? y, segundo, ¿hubo arrepentimiento en la corona española? Sobre la primera cabe pensar que no perdió la esperanza en un cambio futuro, pero la ilusión se desvanecía a cada momento. De lo que sí estuvo convencido es en la contundente denuncia de su parte. Y sobre lo segundo, el testamento de Carlos V a su hijo Felipe II no da señas de arrepentimiento y, en vez de ello, de preocupación por sus guerras en Europa. Y Felipe II siendo muy religioso y apoyando la evangelización no fue menos celoso en anteponer las razones de Estado. O sea, para los indios su suerte estaba echada. Si sobrevivieron fue porque el genocidio no fue la prioridad del conquistador, sino la explotación. Y si la explotación no los exterminó fue lo extenso del territorio y su gran capacidad de adaptación ante sucesivos imperios.

domingo, 4 de febrero de 2024

LE DEDICO MI SILENCIO (Reseña)

 

Esta novela del nobel de literatura deja la impresión que MVLL busca recobrar la conexión con su patria a través de la música criolla. Su personaje refleja lo que él mismo es: distante con el indigenismo y el hispanismo, y militante del mesticismo. Pero no se trata del mesticismo arguediano de sabor andino, sino de uno occidental y latinoamericano. La novela es un esfuerzo por reencontrarse con sus raíces nacionales. Es una novela de excelente desarrollo, vertiginosa, aunque de un final anodino y opaco como su mesticismo occidental neoliberal.

EL ESPÍA DEL INCA (Reseña)

 

Contra todo lo que podría pensarse el presente novelón de 900 páginas no es el rescate de la grandeza del incario y del pasado prehispánico, sino todo lo contrario, es el clavo literario sobre la tumba del mundo precolombino.
Efectivamente, y para disgusto de pachamamistas y tahuantinsuyanos, el Mundo de las Cuatro Direcciones se destruyó, se hundió y jamás volverá. El mestizaje entre lo andino y lo occidental es otra historia.
Sin duda, esta es la novela peruana más importante escrita a los 60 años por Rafael Dumett en la segunda década del siglo veintiuno. El protagonista literal es el chanca Salango, dotado de poderes sobrenaturales para contar, quipucamayoc y espía del Inca.
Pero el verdadero protagonista detrás del telón es que el tiempo no sólo de los incas, sino del Mundo precolombino o de los Cuatro Costados, se acabó, llegó a su término. Y su fin sobreviene no sólo por los errores y dilaciones del arrogante y vanidoso Atahualpa, sino como cumplimiento de los oráculos de las huacas, las cuales son desplazadas por la huaca de los barbudos. Otra era ha llegado.
En realidad, lo que el autor nos presenta es que en este encuentro entre dos Mundos no hay espacio para la convivencia armónica, ni la síntesis pacífica, sino para la colisión, conquista y sumisión de uno a otro. No otra cosa simboliza los quipus, sistema informativo a base de nudos y colores, que hasta hoy se resisten a entregar sus secretos porque supone compartir las categorías de códigos culturales diferentes de un mundo perdido.

El libro se cierra con la convicción de que el Mundo de las cuatro direcciones llegó a su final para siempre, no hay eterno retorno. Un Mundo nuevo triunfó sobre él. Por tanto, el llamado mestizaje entre lo occidental y lo andino es algo nuevo, que tiene poco que ver con él.

martes, 30 de enero de 2024

OTRA MIRADA DE LA FILOSOFÍA Por: Jesús Curasma de la Cruz (Comentario)

 

OTRA MIRADA DE LA FILOSOFÍA
Jesús Curasma de la Cruz

"En torno al universalismo filosófico”, es un libro escrito en forma de entrevista por el reconocido filósofo Gustavo Flores Quelopana. En sus páginas, busca romper con la vieja perspectiva que sitúa el origen del pensar filosófico, única y exclusivamente, en Grecia, y usada a menudo para categorizar como filosofía solo a la filosofía Occidental. Pero su pretensión de ser universal, nos dice, no es sino una particularidad europea, que ha logrado instalarse ahí donde sus tentáculos de dominación le han permitido llegar. Descontando a unos pocos, a su juicio, no se salvaron de sus largas ventosas ni siquiera las mentes más brillantes de nuestro país; sin importar su grandeza, una a una fue cayendo seducida por el canto de la sirena eurocentrista.
En vista de ello, el amigo Gustavo, ve la urgente necesidad de trizar las cadenas que nos hacen dependientes de la tradición etnocéntrica de Occidente, para buscar la anhelada autonomía del pensamiento filosófico, pero cuidándonos, a su vez, de no caer en el otro extremo, igual de peligroso, que él identifica como “chauvinismo cultural y andinismo ultraortodoxo”. El cambio que se requiere -nos propone-, pasa por reestructurar nuestro esquema mental a través de un verdadero giro copernicano, comprendiendo que la filosofía no es propiedad de una sola cultura que luego exporta su sabiduría al mundo, sino que, al ser consustancial a la condición humana, no hay sociedad que carezca de ella.
Esté de acuerdo o no el lector con el punto de vista esgrimido por el filósofo mencionado, su labor intelectual no deja de impactarnos y hacernos repensar en la veracidad de nuestras convicciones.

Desde el centro del país, saludo su esfuerzo y genialidad. Hasta pronto.

viernes, 26 de enero de 2024

LOS INCAS EN LA RUTA DEL ANTISUYO Y EL ATLÁNTICO (RESEÑA)

 

Estamos ante un espléndido libro del antropólogo José Carlos Vilcapoma en el que basándose en los aportes de la arqueología se demuestra: 1. que los Incas no sólo conocieron el Pacífico, sino también el Atlántico. 2. Que llegaron al Brasil por la ruta Amazónica. 3. No consideraron la selva como infranqueable, ni como frontera, esa fue la errónea versión de los conquistadores españoles. 4. El Peabirú fue el camino prehispánico desde el Océano Pacífico hasta el Océano Atlántico. 5. El portugués náufrago, Alexio García, testimonia que se conocía el camino de Peabirú. y 7. Todo lo cual reclama un nuevo mapa del Tahuantinsuyo.

jueves, 25 de enero de 2024

DIMENSIÓN ONTOLÓGICA DEL FILOSOFAR

 

DIMENSIÓN ONTOLÓGICA DEL FILOSOFAR 

 


¿Por qué filosofamos? Aristóteles[1] afirmó que el origen del filosofar es el asombro. Pero ¿por qué el asombro es el origen del filosofar? ¿Qué hace que el asombro se vuelva constante en el origen del filosofar? Para que se presente de esta forma universal y permanente tiene que tratarse de algo que está más allá de lo psicológico (óntico) e histórico (temporal) tiene que ser transhistórico y existencial (ontológico). Tiene que ser un acontecimiento raigal de la condición humana. Pero ¿qué tiene de singular la esencia humana en su existir para que provoque el filosofar? La respuesta no puede ser otra que por ser capaces de intuir nuestro ser entre el Ser y la Nada. Todas las criaturas en su condición de contingentes están entre el ser y la nada, pero lo peculiar es que el hombre es la criatura que lo sabe. Y ese hecho óntico-ontológico es decisivo para el estallido del filosofar.

 

¿Pero de dónde nos viene este saber? ¿Qué es lo que tiene la criatura humana para que nos acontezca el filosofar? Lo que nos diferencia de los animales no es la inteligencia, ni la capacidad de elegir, sino aquella capacidad de objetivación de ideas y de intuición de esencias que es base de la desrealización. Aquella capacidad se llama “Espíritu”, como actualidad pura e inobjetivable que produce ideas a partir de la intuición de las esencias. El espíritu humano participa de las esencias (Platón) y por eso las descubre (Aristóteles). La conciencia del mundo, la conciencia de sí mismo y la conciencia teologal conforman la unidad ontológico espiritual de la posibilidad del filosofar. Lo divino al ser sentido antropológicamente por el hombre se compenetra crecientemente con el impulso cósmico de las esencias. Por el Espíritu lo humano es partícipe de lo divino y se convierte en coautor de su obra en su propia escala. Por ello, no es el hombre el que engendra lo divino, sino a la inversa[2]. Esa búsqueda de las primeras causas y principios que caracteriza el filosofar viene de aquella compenetración del Espíritu humano con el mundo suprasensible de las esencias.

Ahora bien, se objeta que, si el hombre filosofa por la condición ontológica de su espíritu, entonces por qué no todos lo hacen e, incluso, la filosofía moderna y posmoderna se caracteriza por ir contra todo supuesto metafísico y esencialista. A lo que se puede responder afirmando que, si bien el impulso a filosofar está presente en todo hombre, no obstante, su desarrollo requiere formación, educación y capacidad de replanteamiento. Eso, por un lado, y, por otro, el decurso antimetafísico y antiesencialista de la filosofía moderna y contemporánea testimonia que lo espiritual es una fuerza no determinante, sino condicionante que hay que actualizar. Y que incluso su actualización puede ir dirigida contra sí misma, negando su propia existencia, empobreciendo la realidad a lo meramente empírico y fáctico y degradando el filosofar a lo simplemente narrativo. Es por ello que el Espíritu no puede ser considerado como un factor infalible de la captación de las esencias, y es así porque la condición humana tiene una ambigüedad de orden ontológico, constituida por que el sujeto es hermenéutico por sí mismo y en consecuencia es afectado por una aporeticidad esencial. Es por ello que la concepción objetivista de las esencias encuentra la dificultad de enfrentar la ceguera hacia las mismas. Lo que lleva a sostener que no toda relación ontológica con las esencias es absoluta, sino contingente.

 

Cada esencia puede ser negada, cada conocimiento puede ser sustituido por otro. El carácter ontológico de las esencias no se convierte en un necesitarismo cósmico que suprime la libertad ni la condición contingente de la condición humana. No todo intento de declarar la validez de un logos supone la preadmisión de esencias declarados válidos para dicho logos. De modo que, aunque ontológicamente hay un sistema absoluto de logos, sin embargo, desde la ratio humana depende de una valoración previa de los entes (cosas o personas). Existe una relación intrínseca entre ser y valorar en el hombre. No es que sólo exista lo que se valora, ontológicamente las esencias existen independientemente del valor, pero la libertad crea nuestro ser no sólo con la captación de las esencias valoradas, sino, también, de las esencias inventadas. Esto es, la libertad crea nuestro ser con la sustancia irreal de la posibilidad, posibilidad que se da en dos mundos, a saber, el real y el posible. Así, el arte es la liberación de la libertad en el mundo de lo posible e irreal, de un mundo de totalidades acabadas pero inexistentes en la realidad. Y lo que impulsa a la libertad del Espíritu de la condición humana al mundo de las esencias es su apertura ontológica a lo posible, tanto en los entes reales e irreales.

 

Es por ello que detrás de su afán de salvación está su intuición de lo que está fuera del tiempo, de un fundamento metasensible, eterno y transhistórico que lo ansía y libera. Es locura reciente del hombre el buscar la salvación en lo terrenal y la cultura, como producto de la hegemonía de imagen del mundo terrenalista e inmanentista de la modernidad. El afán de salvación es un sueño profundo en el Tiempo que va más allá de lo temporal, es una presentación de la Nada en el devenir, pero de una Nada con contenido, que es origen y fundamento de todo. El hombre es en este sentido la criatura que se desontologiza, porque su ser fluctúa entre el Ser y la Nada, su ser está más allá del ser contingente desde la contingencia. Su existencia es la conjunción del logos de la experiencia y el logos de la razón, pero tanto en la experiencia como en la razón el Ser transparenta su presencia como ens extramundanum. No siendo atemporales desocultan lo atemporal y esencial.

 

Desde el cartesianismo hasta la fenomenología, existencialismo, estructuralismo, neopositivismo hasta el posmodernismo se han visto variaciones de la misma melodía subjetivizante del giro inmanentista del hombre epistémico de la modernidad. Lo cual es prerrogativa de una época que cayó presa de lo cuantitativo, calculable y objetivable, es decir, es propio de una determinada imagen del mundo que consuma su propia esencia antimetafísica. Todo queda sujeto a la propia opinión subjetiva al asumirse que la verdad está definitivamente oculta, no existe, es mera invención o creencia humana. No es posible fundamentar el conocimiento ni la realidad, la búsqueda la verdad, la objetividad, la realidad, las esencias y la razón deben ser abandonadas. Hay que sustituir la verdad por las creencias convenientes. Ese el predicamento del último gurú del pensamiento filosófico moderno, a saber, Richard Rorty[3], quien proclama que la filosofía sin espejos es filosofía conversacional que no busca el arjé, y le parece insostenible la objetividad ligada a una trascendencia.

 

Todas las manifestaciones del pensamiento decadente están presentes en Rorty. Ya el abandono de la objetividad representacional está presente en el segundo Wittgenstein, el segundo Heidegger, Sellars, Quine y Davidson. Se desemboca así en el pensar que las cuestiones de hoy no son metafísicas ni teológicas, sino políticas. La erosión nihilista de la sociedad postmetafísica tenía que desembocar en un historicismo nominalista donde la teoría es sustituida por la narrativa. Ese era el desatinado destino de una imagen del mundo que relevó el Ser por el Pensar. Y se cumplió. Como lo humano es contingente y no determinista la condición ontológica del filosofar pudo presentar esta manifestación deforme y malsana. A esto lo llamó Gilles Lipovetsky la era del vacío, Zygmunt Bauman modernidad líquida, Byung-Chul Han sociedad del cansancio, por mi parte lo denomino sociedad anética[4].

 

Pero el hecho es que el hombre está abocado a filosofar por la estructura ontológica de su ser. Es una criatura que le resulta desconcertante percibirse como una finitud separada de las demás cosas del mundo, tiene conciencia del hiato que lo diferencia de los demás seres y a partir de aquella separación ontológica de su ser con los demás entes siente su religación con el Absoluto. Es decir, el hombre es el ser plantado ante lo Absoluto e infinito porque por su Espíritu capta la contingencia de su existencia. Los animales no tienen espíritu y por eso no lo captan. Es una doble condición ontológica que lo asedia y lo impulsa a filosofar, por un lado, la percepción de su finitud, de la nada en su ser, y, por otro, la conciencia de la infinitud y su religación con ella.

 

Es por ello que el problema metafísico y el problema teológico es permanente en el hombre, porque pertenece a su condición humana. Su experiencia social, individual e histórica está atravesada por ambas situaciones existenciales. Y, más bien, el intento de suprimirlas en el esquema inmanentista y secularizado de la modernidad le ha traído más daño que ventajas. No sólo le hizo extraviar el sentido de lo divino, sino también el sentido del ser, trayendo consigo la merma de la moral y de la piedad. El sentido de lo bueno y correcto resultó siendo dañado y lo normativo extraviado se tradujo en la malignización del bien y desmalignización del mal.

 

Sin lugar a dudas esto sucede especialmente en el orbe de la cultura occidental moderna que lo promueve e impulsa a nivel global[5]. Su humanidad sin la dimensión de lo trascendente religioso y metafísico se sumergió en la oscura noche de la moral situacional, donde el relativismo y el nihilismo imperan y lo convierten en el monstruo que desmaligniza el mal y maligniza el bien. Al quebrarse la vida normativa se quiebra la misma esencia del hombre, porque su ser está intrínsecamente unido al bien y a la vida moral. De ahí que el hombre sin moral se deshumaniza porque se vuelve un monstruo.

 

En otras palabras, en el hombre ontología y ética se hallan entrelazados en una dimensión metafísica indesarraigable[6]. En la posmodernidad salió a flote la dimensión anética del hombre con todas sus consecuencias luciferinas de deshumanización posibles. Pero si tales dimensiones metafísica y religiosa son propias de la condición humana ¿cómo es posible que puedan ser negadas? Simplemente porque no se trata de algo innato mecánico, incluso el que dispone de piernas debe aprender a usarlas.

 

En otras palabras, dichas dimensiones son posibilidades que tienen que ser actualizadas por la libertad humana. Obviamente, se trata de una libertad condicionada sobremanera por el tamiz de la cultura. Y el cedazo de la modernidad fue el muro inmanentista para que tales dimensiones se empezaran a agostar. Esto ha mermado la potencia de la propia filosofía con su giro antiesencialista y desfundamentador en la filosofía posmoderna, haciéndola derivar hacia un culturalismo donde el existente se construye su ser a la carta. La plaga del constructivismo cultural despotenció al filosofar mismo. Al final lo que se tiene es la edificación de la barbarie civilizada. Al final de cuentas, el tema de ¿Por qué filosofamos? nos pone ante el problema decisivo de la Razón.

 

Después de haber visto ante nuestros ojos cómo se han sucedido el filosofar numinocrático, el filosofar mitomórfico, el filosofar mitocrático y el filosofar logocrático, lo que tenemos es lo que Hegel también vio, a saber, el despliegue de la Razón universal. En el Universo existe un orden, donde incluso la entropía juega un rol, y ese orden tiene todas las apariencias de ser la expresión de la existencia de una Razón universal. Ante ello la filosofía se condensa en el esfuerzo por comprender y explicar la manifestación de dicha razón cósmica. Naturalmente que la explicación de la Razón universal excede las páginas de este ensayo, ante lo cual sólo se pueden hacer breves trazos provisionales.

 

Lo insólito para nuestro tiempo tan ensimismado en lo subjetivo es que el tema de la Razón universal nos impulsa a sobrepasar los límites antropológicos para lanzarnos hacia la meditación cosmológica, metafísica y escatológica. El realismo metafísico vuelve a reclamar su espacio en una hora histórica muy singular de tránsito geopolítico.  Clarea en el horizonte la aurora de un nuevo brillo para el pensamiento. Una nueva imagen del mundo reclama su hora y las exequias de la envejecida modernidad exige su cadáver. Es todo lo que puedo decir por el momento. No sé si podré escribir un viejo sueño de juventud, una Crítica de la Razón Cósmica, como realización de la razón universal divina en el cosmos.

 

Pero bien vale la pena intentarlo. En suma, el enfoque sincrónico del filosofar nos muestra que está relacionado con la ontología de la finitud -percibe su incompletud metafísica- y la ontología teologal -percibe lo metasensible-. En buena cuenta, el filosofar nunca ha sido el paso del mito al logos, porque hay filosofía en el mito y la posición antimitológica de la filosofía no se sostiene en sentido amplio, sino, tan sólo en sentido restringido. Pero, además, el mito es revelación del horizonte de lo sagrado y expresa una verdad mediante una imagen. El mito es revelación natural, en ella está lo divino, pero no sobrepasa el límite de la razón natural. En lo mitomórfico y lo numinocrático adviene la revelación del ser como presencia presente, su verdad es la teofanía. En el filosofar reverbera un espíritu sensible a lo divino.

 

El error de dejar a la filosofía originada en el mero asombro es que lo lleva a carecer de un fundamento ontológico, y de limitarla como un acontecimiento en el ámbito de la conciencia. La filosofía no se puede quedar limitada a la persona, porque el fundamento de su quehacer es el Ser. Y por mayores esfuerzos que se ha hecho en la filosofía moderna y posmoderna por desontologizar a la filosofía, para relativizarla en el ser de la existencia humana, caen en el vacío. Lo que han logrado es bloquear momentáneamente el camino para llegar al ser trascendente, cayendo en el relativismo agnóstico y en el ateísmo. Así queda la existencia humana abandonada a su propia libertad. Sin fundamento ontológico la filosofía queda ciega. Pues, concebir la libertad humana como una pura libertad vacía de ser equivale a asumir una posición metafísica agnóstica, donde la libertad en vez de orientarse hacia la captación de las esencias y la realización de los valores éstos quedan como originados y determinados por la libertad.

 

Es la realización modernista del homo mensura protagórico, que consagra como pequeño diosecillo al deus in terris de la voluntad de poder y de la voluntad de verdad. De este modo el hombre se coloca más allá del bien y del mal, surge el hombre anético que desmaligniza el mal y maligniza el bien. Esa es la raíz irracionalista que estaba encerrada en el giro inmanentista y terrenalista del pensamiento moderno. El fundamento nihilista de la doctrina posmoderna no da lugar a una verdadera libertad y el hecho de que coloque la actividad humana en el plano de lo cultural conduce al relativismo integral.

 

El reconocimiento de la dimensión ontológica del filosofar supone superar la metafísica agnóstica de la imagen del mundo de la modernidad, que lleva al antiesencialismo, la postmetafísica, el nihilismo e impone un pragmatismo hasta sus últimas consecuencias amorales y maquiavélicas. Pero enfrentar la dimensión ontológica nos lleva hacia la constatación de que el filosofar no es razonamiento puro, sino un razonar desde la existencia. Por eso no es una disciplina meramente racional, sino multiforme y multívoca, nunca plena en medio de lo pleno, es tener plantado la propia finitud ante lo Absoluto.

 

Fue Nietzsche en El nacimiento de la tragedia el que advirtió que es en el arte, y no en la moral, donde se presenta la actividad genuinamente metafísica del hombre. Lo importante aquí no es que lo que Nietzsche llame arte no haya sido tal cosa para el hombre de la prehistoria, y al parecer fue algo más que arte, sino que lo trascendente es advertir que en dicha actividad del espíritu humano se manifiesta la primera experiencia verdaderamente metafísica del hombre.

 

Lo que para nosotros es arte rupestre, canto, danza, para el hombre de la prehistoria eran formas arcaicas del filosofar. La danza giratoria del sufismo para ponerse en contacto con lo divino, es un vestigio de lo que afirmamos. Lo que significa que lo humano tiene una vocación metafísica irrenunciable que nace de su propio ser y que lo predispone para el filosofar. En el arte el hombre expresa su concepción del mundo y de la vida, siendo el lenguaje silencioso del contacto con el Ser. El sentido del mundo no sólo se puede expresar mediante conceptos y argumentos, sino también mediante formas, colores y sonidos, o lo que Kant llamó “ideas sin concepto”.

 

En este sentido, el arte sería la forma más arcaica del filosofar y dar sentido al mundo. Lo cual significa que la filosofía y el arte jamás estuvieron tan unidas como en la prehistoria, y no es posible descartar que en un mañana próximo se vuelvan a reencontrar.

 

En su grave desorientación espiritual el mundo moderno cae en la trampa del llamado culto a la naturaleza y divinización de los objetos naturales. Y dentro de las anormalidades que se desarrollan en la modernidad está a atracción sexual hacia los árboles y las plantas (dendrofilia), la ideología animalista que atribuye los mismos derechos que un ser humano a todos los animales. Savater[7] considera excesivo homologar éticamente a los animales con los humanos y dotarlos de los mismos derechos. Los animales no son meras cosas, pero hay que tratarlos según su propia naturaleza.



[1] Aristóteles. Metafísica, 983, 11.

[2] En este punto hay que recordar que mientras Max Scheler plantea panteístamente que el hombre engendra a Dios (El puesto del hombre en cosmos, Losada, Buenos Aires, 1974,) para nosotros es el hombre el que colabora con el impulso divino, más no lo engendra.

[3] Richard Rorty. La filosofía y el espejo de la naturaleza. Cátedra, Madrid, 1989.

[4] Gilles Lipovetsky, La era del vacío, Anagrama, 2003; Zygmunt Bauman, La modernidad líquida, FCE, 2004; Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio, Herder, 2012; G. Flores Quelopana, Imperio posmoderno de la sociedad anética, Iipcial, Lima, 2005.

[5] Véase mis libros El sentido metafísico del mundo multipolar (2022), La modernidad envejecida (2022), Apocalipsis de la razón burguesa (2022).

[6] Véase mi ensayo Filosofía como onto-ética (2021)

[7] Fernando Savater. “Animalismo no es humanismo”. En: Revista Notario del Siglo XXI, n°34, noviembre-diciembre 2010