LA ETICA DE LAS VIRTUDES DEL TOMISMO
por
Gustavo Flores Quelopana
PREAMBULO
En la reflexión ética contemporánea se habla de éticas analíticas
(Moore, Wittgenstein, Ayer, Stevenson), axiológicas (Scheler, Hartmann),
existencialistas (Heidegger, Sartre), procedimentales (Apel, Habermas, Rawls),
de la alteridad (Levinas), débil (Vattimo), de la responsabilidad (Jonas),
pragmática (Rorty) y sustancialistas (Walzer, Macintyre, Taylor). La ética de
las virtudes de Tomás de Aquino sobrevive por sí sola y a través del Magisterio
de la Iglesia, pero también está presente en la ética comunitarista del
filósofo escocés MacIntyre.
EL BONUM
Santo Tomás aprovecha a fondo la ética nicomáquea pero también emplea
ampliamente la ética de la estoa, de san Agustín, de los escolásticos como
Felipe el Canciller y la Ética de su
maestro Alberto Magno. La ética tomista
gira en torno al concepto de bonum,
en su doble aspecto óntico y personal. El Bonum
es coincidente con el ser, tan sólo añade el bien al ser un especial matiz,
la relación con el fin y la tendencia a él
(De ver. xxi, 1). Desde
Platón la ontología es teleológica, lo
bueno ontológico es perfección y todo se subordina al sumo bien. En santo Tomás
la bondad de cada ser es comportarse conforme a su naturaleza.
El bonum humano estará en la
naturaleza humana ideal. La recta razón es la conciencia moral, así la ley
natural es el principio de la moralidad humana. Por ello la ley natural cae
bajo el principio superior de la ley eterna, porque de ella participa nuestra
humana naturaleza en cuanto racional (S.
th. I-II, 91,2).
MORAL TEÓNOMA
La moral teónoma tomista es profundamente platónica, porque coloca las leyes de
la moralidad en el Dios,
es decir, se trata de un movimiento de la criatura racional hacia Dios. La
torcida concepción que tiene Kant de la moral teónoma se relaciona
indirectamente primero con el voluntarismo de Occam antes que con la concepción
ética tomista, la cual ni coloca a Dios en la base de los valores ni lo ve como
un ser extraño y caprichoso.
Al contrario, la moral teónoma no implica un extraño poder que nos hace
violencia, pues nuestro propio ser tiene su ser en la esencia misma de Dios.
Esto lo olvidan Occam y Kant y los lleva a entender mal la moral teónoma y el
aspecto de la voluntad en la prescripción del deber. La ley eterna es
determinación causal física sólo en la naturaleza irracional, pero en el reino
del ser espiritual es sólo prescripción del deber ideal que presupone la acción
de la libertad.
MOVIMIENTO DE LA CRIATURA RACIONAL HACIA DIOS
En los seres inferiores al hombre las razones eternas implican necesidad física, pero en el hombre es
mandato para la libertad de su voluntad. La voluntad queda a salvo dentro de la
doctrina de la ley eterna y la providencia de Dios. Por ello la ética es para
Tomás de Aquino el movimiento de la criatura racional hacia Dios.
Es una moral que no se basa en un Dios caprichoso, sino en el Dios en
cual somos lo que somos. La moral se funda en el ser de dios y atañe a la ratio essendi, no se resuelve en
fenomenología de lo ético yen su primeras captación en la ratio cognoscendi. El principio moral encierra una participación
del valor y de la verdad de Dios.
Platónicos,
peripatéticos, estoicos y cristianos ven la vida humana de modo teleológico,
dirigida hacia un fin: la felicidad. La felicidad en el tomismo se identifica
con la teoría, pero esta felicidad a diferencia de Aristóteles no se acaba en
esta vida sino en el más allá. Lo cual hace evidente el rasgo
platónico-agustiniano de la delectación contemplativa de Dios. De modo que
cuando santo Tomás define en términos aristotélicos la felicidad eterna como vita contemplativa (visio beatifica), en realidad
sólo la terminología
es concepto de asimilación a aristotélica porque el espíritu es decididamente platónico. Pues
mientras Aristóteles busca la felicidad en el mundo inmanente, Platón lo busca
en el mundo trascendente.
No en vano de todo el bagaje filosófico que reivindica la filosofía
cristiana el platonismo ocupa un lugar de predilección en toda la patrística y
es la savia nutricia en la escolástica. Las ideas griegas asimiladas por el
cristianismo fueron la crítica al politeísmo de estoicos y epicúreos, la
metafísica de la voluntad de Plotino, la ley eterna, las razones seminales y la
ciudad de dios de los estoicos y el mundo ideal, la escatología, pureza ética,
desprecio del mundo y preferencia por lo suprasensible de la filosofía
platónica.
EL FIN ÚLTIMO
Santo Tomás no duda que un filósofo por la razón natural pueda
distinguir entre las acciones buenas o malas pero considera que sin la
revelación sólo tenemos un conocimiento imperfecto de la vida humana y del bien
supremo del hombre. Considera indispensable distinguir entre los actos de un
hombre o actus hominis y los actos
humanos o actus humani, ante los
cuales sólo los segundos son actos propiamente humanos porque caen dentro de la
esfera moral y pueden ser juzgados como buenos o malos. En consecuencia, lo
mismo resulta decir actos humanos y actos morales (S. th. Ia, IIae, 1, 3). En todo acto humano la voluntad se dirige
hacia un fin aprehendido por la razón, es decir en todo acto humano hay un acto
interior de la voluntad. Por ejemplo, un hombre puede desear la mujer del
prójimo, sin decidirse hacerlo nunca realmente. Aquí, el acto bueno o malo
concierne desde los actos interiores. No obstante, si el acto interior resulta
en un acto exterior entones se consuma el acto moral bueno o malo. Significa
que el acto interior es la intención y el acto exterior es la realización del
acto moral.
Todo acto humano de la voluntad se dirige hacia algo considerado como
bueno, de modo que la voluntad humana está dirigida necesariamente hacia el fin
último del hombre, como orientación innata y dinámica de la voluntad. Pero el
bien del hombre cuya posesión lo perfecciona en la forma más alta y completa es
el fin último y supremo. Dios creó al hombre con un irresistible deseo hacia un
bien que existe y que es alcanzable. Todos los hombres apetecen el cumplimiento
de su perfección, pero no están de acuerdo en la realidad en que se encuentra (S. th. Ia, IIae, 1, 7). Todas las cosas
creadas tienden a lograr que sus potencias pasen al acto, y los seres humanos
lo hacen por instinto, voluntad y entendimiento. Pero como carecemos de una
idea innata del bien supremo, entonces todos los seres humanos solamente
tendemos hacia la realización de las posibilidades de nuestra naturaleza, sin
presuponer que ello implique alcanzar la perfección moral.
El hombre dirige su voluntad hacia el logro de un bien sin tener idea
precisa de lo que sea el bien. El Dios personal no ha puesto en nosotros una
idea innata del bien supremo, que al fin de cuentas anularía el libre albedrío
de nuestra voluntad y resultaría imposible el acto moral.
Como no hay una idea ni una intuición de un bien supremo, haciéndose
cada quien una idea diferente del fin último, Santo Tomás pasa a examinar los
distintos tipos de bienes. El placer sensual no puede ser el bien supremo del
hombre porque sólo perfecciona el cuerpo, además es gozado también por los
animales. El poder tampoco puede ser el bien supremo para el hombre, porque se
presta a propósitos perversos, abusivos y despreciables. El conocimiento
científico o especulativo nunca puede ser
el bien supremo del hombre, porque soluciona sólo aspectos de la
realidad pero descuida el desarrollo objetivo de toda la personalidad. Ni
siquiera el conocimiento metafísico de Dios lo hace, porque sólo llegamos a
conocer lo que El no es que lo que es. Para encontrar el último bien sólo cabe
dirigirnos hacia la visión sobrenatural de Dios, cuya realización sólo se
obtiene en la próxima vida (S. th. Ia,
IIae, 2, 1 s; C. g. 3, 27 s).
LA BEATITUD
Esta beatitud, que consiste en ver a Dios, el hombre no la puede
alcanzar con sus solas fuerzas naturales, sino que debe ser guiado por Dios.
Esto no significa que Dios fuerza al hombre, ni siquiera lo fuerza hacia el
bien, porque es parte de la predestinación. La libertad del hombre forma
parte de la predestinación a la beatitud eterna. La predestinación es parte de
la providencia, ambas presuponen la presciencia divina, cierta e infalible,
donde están presentes las cosas futuras y la acción libre está en acto. Dios
eterno ve las acciones futuras del hombre, pero al verlas incluso cumplidas no
le resta libertad. Ni la ordenación finalista del mundo ni la presciencia
divina, ni la gracia, que es una ayuda gratuita y extraordinaria de Dios,
disminuyen en nada el libre albedrío. Dios mueve todas las cosas en el mundo
natural e inclina al hombre hacia la justicia según la propia condición de la
naturaleza humana (S. Th. I, q. 22, a 4,
q. 23, a 6, q. 14, a 13, q. 113, a 3).
LA GRACIA
Sin la gracia sobrenatural es imposible la beatitud y sin la revelación
sería imposible saber que es posible obtenerla, por eso el filósofo moral no
puede estar seguro de cuál es el fin último o el supremo bien del hombre, aun
cuando pueda tener cierto conocimiento del bien para el hombre. Aristóteles se
ocupó de la felicidad imperfecta y
temporal que el hombre puede alcanzar en esta vida por su propio esfuerzo, es
necesario afirmar la gracia, que perfecciona la naturaleza sin anularla, y la
revelación, que nos concede el conocimiento del fin último.
ÉTICA TELEOLÓGICA
No hay duda que el Aquinate estaba convencido que la concepción
aristotélica del mundo y de la vida humana era incompleta, señaló su error y
moderó su sistema naturalista. El fin último del hombre es imposible sin la
gracia sobrenatural que el filósofo moral no conoce o no le da importancia. La
ordenación finalista del mundo se refleja en una ética teleológica que no
elimina ni disminuye el libre albedrío de la voluntad humana. En el debate
ético actual entre modernistas y posmodernistas los partidarios de la moralidad
aspiran reactualizar el imperativo categórico kantiano o la carga lingüística
por la carga ontológica, y los partidarios de la eticidad aristotélica buscan
reactualizar la lógica de la acción, como Hegel que reemplaza el paradigma de
la conciencia por el paradigma de la acción, pero ambas posiciones respetando
el deber, los agentes o a las instituciones, no trascienden
los límites del filósofo
moral al ocuparse únicamente de esa felicidad imperfecta y temporal que el
hombre puede alcanzar por su propio esfuerzo en esta vida.
En realidad toda la concepción moderna e ilustrada de eticidad está
transida de un inmanentismo que desestima la vida y el bien sobrenatural de la
vida humana. Y esto ha encontrado su base en la idea de una razón autofundante,
que explica la fascinación de los modernos con un tipo de conocimiento puramente
racional que no admite ni requiere de interferencias de otro orden.
EL ACTO MORAL
Actos tales como mesarse los cabellos o hurgarse los bolsillos no son
actos morales, el acto moral es aquel que lleva en sí alguna circunstancia que
lo hace bueno o malo. Sin la razón deliberante no hay acto moral. La presencia
de una mala intención vicia todo el acto moral, dar limosna por vanidad es una
mala acción (S. th. Ia, IIae, 20, 1),
aun cuando materialmente sea una buena acción. Para que un acto humano sea
moralmente bueno es necesario contar con la recta intención. Pero no basta
desear el bien para hacerlo, es insuficiente una moral de intención. Lo
decisivo es que tanto el acto interior o la intención como el acto externo o la
realización deben ser coherentes y rectos para que el acto humano sea bueno. La
compatibilidad formal y material determinan la moralidad de un acto humano.
Pero tanto la acción como la intención deben ser compatibles con el logro del
último fin. Sin que esto signifique que un acto no pueda ser moralmente bueno
sin una referencia explícita con el supremo bien del hombre. En la ayuda
piadosa al niño desamparado no existe necesariamente una referencia explícita
sino implícita al bien supremo humano.
Pero el acto bueno no es
moralmente obligatorio, sólo lo es cuando el no hacerlo es moralmente malo. La
obligación moral de llevar a acabo una acción buena está dada por las
circunstancias concretas, pero los actos morales obligatorios son una
subdivisión de los actos moralmente buenos porque implica una escogencia
particular no dañosa. Por ejemplo, un gobernante tiene que mantener la paz con
un otrora enemigo adoptando para ello un tratado comercial o un tratado de amistad, pero puede hacerlo con uno o
lo otro. Así, el escoger una u otra
acción obligatoria es una subdivisión de los actos moralmente buenos.
Los actos son buenos o malos en sí mismos y no pueden considerarse en
términos de medios o fines, pero ello exige que una persona distinga entre
llegar a creer que un acto es malo y reconocer la razón objetiva por la que ese
acto es malo. Los seres humanos no ven intuitivamente la bondad de todas las
acciones buenas o la maldad de todas las acciones malas. Un hombre corriente no
juzga que un acto sea bueno o malo tras preguntarse si ese acto es compatible
con el bien supremo para el hombre. Su
tendencia innata hacia la perfección es lo que lo hace determinar la bondad o
maldad de un acto concreto.
CONDUCTA MORAL Y GLORIA DIVINA
Pero no existe dicotomía entre la conducta humana moral y la gloria de
Dios, porque todo el mundo con sus potencias y actos existen para que Dios sea
glorificado. La actividad interna es el fin último del hombre, de tal modo que
la conducta moral humana está necesariamente subordinada a un fin extrínseco
señalado por Dios. Todo lo que existe es bien, en el grado y medida en que existe,
pero el propio orden del mundo exige la realidad de los grados inferiores del
ser y de bien, y que resultan malos respecto a los grados superiores, de modo
que el propio orden del mundo exige la presencia del mal. La presencia del mal
en el mundo no sería sólo debida al libre albedrío del hombre sino al propio
orden del mundo.
EL MAL
El Aquinate admite la teoría platónica-agustiniana del mal no
substancial para el mal moral humano, pero no para el mal natural que es de
orden ontológico. Por eso el mal es de dos formas: pena o deficiencia de forma
(la sordera por ejemplo) y de culpa o deficiencia de acción (el pecado por
ejemplo). El pecado es el acto humano de escoger deliberadamente el mal,
actuando contra el orden de la razón y de la ley divina. El hombre tiene tanto
una disposición natural para entender los principios especulativos de las
ciencias, como también una disposición natural para entender los principios
prácticos. Este hábito natural práctico es la sindéresis, que nos inclina hacia
el bien y nos aparta del mal (S. th. I,
q. 48 a 5-6, q. 79, a 12-13).
LAS PASIONES
Las pasiones consideradas en sí mismas no pertenecen al orden moral,
pues son comunes tanto a hombres como a animales, ni pueden por ello ser algo
bueno o malo por sí mismas. En sentido moral se habla de las pasiones cuando
están en relación con la razón y la voluntad humana. Sujetas a control de la
razón son buenas, y son malas cuando oscurecen a la razón. Con esto refutaba
las opiniones de estoicos, que calificaban de
malas a todas
las pasiones, y
a peripatéticos, que consideraban
como buenas a las pasiones moderadas (S. th. Ia, IIae, 24, 2). Santo Tomás era muy realista y jamás vio
al ser humano descarnado, por eso es que consideró que la perfección del bien
moral consiste en que el hombre se mueva al bien no sólo por su voluntad, sino
también por el apetito sensitivo.
De modo que la presencia de la emoción o la pasión no es por sí misma
negativa, como creían los estoicos, porque regulada por la razón no disminuye
el valor moral de un acto (S. th. Ia,
IIae, 24, 3). Idealmente todo hombre debería ser atraído por el bien, pero
es mejor hacer un acto de bondad con placer que por mero deber. De tal forma
que no coincidiría con Kant, que consideraba que es mejor cumplir el propio
deber sin inclinación por él que cumplirlo por inclinación.
LOS HÁBITOS
Pero los hombres no sólo cuentan con emociones y pasiones sino también
con hábitos. Hay hábitos innatos no sólo en los poderes de la parte sensitiva
humana, sino aun en sus facultades intelectuales. El hábito es una disposición
rápida y fácil de actuar en cierta forma, es éticamente neutra porque puede
existir en forma buena como mala.
Los hábitos buenos son virtudes y los hábitos malos son vicios. Las
potencias naturales sólo actúan de una manera, no pueden elegir, carecen de
libertad y actúan de modo infalible y constante. Pero las potencias racionales
actúan según su elección y no están determinadas en un solo sentido; de modo
que la elección que hacen origina una disposición constante o hábito.
Los hábitos virtuosos son disposiciones prácticas para vivir rectamente
y huir del mal. Hay virtudes intelectuales y virtudes morales –justicia,
templanza, y fortaleza-, distinción que toma de Aristóteles, pero éstas no
bastan porque son virtudes humanas, es decir, conducen a la felicidad que puede
alcanzar el hombre en esta vida. Para conseguir la beatitud eterna son precisas
las virtudes infusas teologales: fe, esperanza y caridad (S. th II, 1, q. 55, a 1).
Es posible tener virtudes intelectuales sin tener virtudes morales, pero
no es posible tener virtudes morales sin la virtud intelectual de la prudencia,
por consiguiente no es posible disociar del todo las virtudes morales e
intelectuales. Santo Tomás se dedicó con extensión a tratar de las virtudes
porque estaba convencido de que se necesitaban hábitos virtuosos para actuar
con placer, rapidez y uniformidad acorde con la recta razón. Sin hábitos
virtuosos operativos no se será capaz de actuar conforme con la recta razón.
Existen disposiciones orgánicas que hacen que determinadas personas estén mejor
dispuestas hacia ciertas virtudes –como la castidad o la mansedumbre- , pero es
necesario inculcar el desarrollo de virtudes o hábitos operativos buenos (S. th. Ia, IIae, 51, 1).
EL JUSTO MEDIO
Santo Tomás sigue la
doctrina aristotélica del justo medio, que inclina al hombre a actuar de tal
manera que evita los extremos representados por dos pasiones contrarias. Pero
se daba cuenta de las dificultades de conciliarla con los ideales cristianos. Dice,
por ejemplo, que dar todos los bienes y llevar una vida de pobreza no
constituye un exceso y están de acuerdo con la recta razón si son hechas como
respuesta a una invitación de Cristo (S.
th. Ia, IIae, 64, 1 obj. 3). Pero al tratar de las virtudes teologales
admite que existe un punto de vista donde no puede aplicarse la doctrina del
justo medio. Cuando un hombre valiente confiado en la ayuda divina nada teme,
es sobrehumano. Y estas virtudes son divinas (Comentario de Evangelio de San Mateo, Cáp. V). En la vida de la
unión sobrenatural con Dios mantener para el hombre la doctrina del justo medio
aristotélico resulta a veces forzado.
Hegel rechazó hablar de virtudes por considerarlas declamaciones vacías,
abstractas e indeterminadas, donde el discurso se dirige al individuo como
arbitrio subjetivo (Fil. Del Derecho,
& 150, Apéndice). Pero, en primer lugar, la misma observación recae
sobre la discusión moral de nuestros tiempos que asume un discurso acerca de
valores, normas, actitudes y modos de vida; y, en segundo lugar, la visión
tomista del hábito como disposición racional culmina no en un arbitrio
subjetivo sino en uno sobrenatural y del cual participa el hombre por gracia
divina. En consecuencia, admitir las virtudes teologales es admitir un punto de
vista que trasciende las instituciones jurídicas y sociales. Mientras Hegel
aspira a reconciliar al hombre con la sociedad y el Estado, Santo Tomás aspira
a reconciliarlo con Dios. En el
debate ético contemporáneo y frente a las posiciones liberales y formalistas el
filósofo escocés MacIntyre ha defendido una ética de las virtudes o también
llamada sustancialista para amparar un comunitarismo, sosteniendo que lo que
debilita o destruye a las tradiciones son la ausencia de las virtudes.
LA LEY MORAL NATURAL
Si el plan de sabiduría divina gobierna todos los actos y movimientos,
es natural que Santo Tomás comience la cuestión de la ley natural partiendo de
la concepción de la ley eterna, lo cual no significa que la ley moral dependa
de la elección arbitraria de Dios. La ley moral es un caso particular del
principio general de que todas las cosas y criaturas son dirigidas hacia sus
diversos fines por el gobierno providencial de Dios.
En este sentido, la ley
moral no es algo que sólo está en relación consigo misma. Su punto de partida
es metafísico. Dios concibe eternamente todas las criaturas de acuerdo con
diferentes fines y medios, los cuales están subordinados al fin de todo el
universo creado. La ley eterna es la comunicación de la perfección divina
acorde con sus diferentes clases y fines (S.
th. Ia, IIae, 83, 1). Incluso las criaturas inferiores al hombre participan
inconscientemente de la ley eterna y no son capaces de contradecirla. En cambio
el hombre, como ser racional y libre, es capaz de actuar de modo contrario a la
ley de Dios. Para evitar ello es necesario que el hombre, que no puede leer la
mente de Dios, discierna las tendencias y necesidades fundamentales de la
naturaleza divina para llegar a conocer la ley moral natural.
Todo hombre posee la inclinación hacia la obtención del bien y posee
también la luz de la razón, de modo que puede alcanzar cierto conocimiento de
la ley natural. Y como la ley natural es participación de la criatura racional
en la ley eterna, entonces el hombre no está sumido en la ignorancia respecto a
la ley de Dios, como última regla de toda conducta (S. th. Ia, IIae, 94, 3). De aquí se desprende que no hay que
confundir la ley natural con las leyes de la naturaleza, pues una ley natural
no compete ni a las criaturas irracionales ni a las tendencias naturales del
hombre sino tan sólo a los preceptos que su razón enuncia como resultado de una
reflexión.
Es la razón humana la que proclama la ley natural, que a su vez es
reflejo de la ley eterna. Los preceptos de la ley moral natural se comportan
frente a la razón orientada a la acción como los principios de demostraciones
rigurosas lo hacen frente a la razón orientada a la contemplación. Ambos son
principios de suyo evidentes, principia
per se nota (S. Th. Ia, IIae, 94, 2).
Así como el ens o ente es lo que la
razón teórica primero aprehende, del mismo modo el bonum o bien es lo que la razón práctica o vis apetitiva aprehende primero.
LA RAZÓN PRÁCTICA
De este modo,
la razón práctica
no puede alterar
la ley moral natural que está basada en su naturaleza. Y no lo puede
hacer no por una imposición de Dios, sino porque la aprehensión del bien se
impone con evidencia a su razón práctica.
Todo lo que actúa contiene en sí la ratio
boni, la condición del bien; de lo que resulta como principio fundamental
de la razón práctica que el bien es aquello a lo que todo aspira. De acuerdo
con esto se desprende el primer precepto de la ley, sobre los que se fundan
todos los demás preceptos de la ley moral natural: Es deber aspirar y hacer el
bien, y evitar el mal. Constituida por la razón práctica la ley moral natural
es ley conforme a la naturaleza humana, obrar conforme a la razón y a la virtud
(S. th. Ia, IIae, 91, 6).
A la ley natural pertenecen todos los preceptos que contribuyen a
conservar la vida del hombre y a evitar los obstáculos, pero existe también en
el hombre una tendencia hacia bienes más particulares, como la procreación y la
educación. Finalmente, el hombre busca conocer las verdades divinas y vivir en
sociedad, sobre la cual se dicta el precepto de vivir en comunidad y buscar la verdad. Lo que siempre guía al
Aquinate es la razón concreta aplicada a la naturaleza humana. Así, sobre su
posición sobre el celibato y el reconocimiento de la necesidad de procreación
aclaró que en la comunidad es necesario que unos tengan hijos y se multipliquen
corporalmente para la generación de la comunidad, en la medida en que puedan
satisfacer sus necesidades de educación y alimentación, mientras que otros se
abstengan de estos actos dedicándose a la contemplación de las verdades divinas
para mayor belleza y prosperidad de la humanidad (S. th. Ia, IIae, 152, 2 ad 1).
Esto es que, el individuo no está obligado a casarse y tener hijos, pero
si lo hace con responsabilidad no está mal. Todo lo cual nos indica el realismo
del tomismo en el punto de la propagación de la raza humana, el sexo y el
coito. No hay en él ese temor neurótico hacia el sexo responsable, ninguna
estigmatización al coito y menos una adhesión militante a la castidad
universal.
EL IMPERATIVO MORAL
Pero la ley moral natural consiste en una multiplicidad de preceptos con
un grado variable de generalidad. Del precepto relacionado con la propagación
se puede derivar la ley de la monogamia por ejemplo. La razón humana es capaz
de descubrir preceptos menos generales. No obstante, el imperativo moral es
absoluto e incondicionado porque se busca el bien por ser lo que somos, seres
humanos. Todos los hombres buscan la felicidad en un sentido indeterminado,
pero el imperativo moral dirige la elección de medios para este fin.
A esto Kant lo llama imperativo hipotético asertórico, no equivalente al
imperativo categórico reconocido por la conciencia moral. Pero para Santo Tomás
la razón práctica impone la obligación que lleva a la voluntad libre a realizar
los actos necesarios para el logro del último fin, al mismo tiempo que prohíbe
los actos contrarios.
La principal objeción que se dirige a su postura sobre la existencia de
un conjunto inalterable de preceptos morales es que a la evidencia empírica se presentan
agrupaciones sociales con principios morales divergentes. Pero contra el
relativismo moral es posible sostener que puede haber grados variables de
comprensión de una ley moral inalterable. Además, es casi imposible divergir en
cuanto que el bien debe proseguirse y el mal evitarse.
EL SENTIMIENTO DE JUSTICIA
El Aquinate reconoce que la conciencia puede equivocarse y los errores
morales son posibles. Pero a veces su lenguaje puede dar la impresión de que
las personas se forman los juicios morales exclusivamente a partir de su
razonamiento, sin embargo todo ser humano proclama le ley natural por la razón
pero percibe su justicia por el sentimiento.
Como ya mencioné, Santo Tomás era muy realista y jamás vio al ser humano
descarnado, por eso es que consideró que la perfección del bien moral consiste
en que el hombre se mueva al bien no sólo por su voluntad, sino también por el
apetito sensitivo.
Hume había escrito que la moralidad es algo que se siente, más que se
juzga (Tratado, 3, 1, 2); a lo que el
Aquinate hubiese añadido que la emoción y la pasión están presentes en el acto
moral pero la formulación y discernimiento de la ley moral es un acto de la
razón.
CONCLUSION
-Es propio de la criatura racional obrar por un fin. Los actos humanos se especifican por un fin.
Hay un fin último en la vida humana. La voluntad del hombre no tiende a varios
fines últimos. El Bien perfecto es el fin último del hombre. Dios es el fin
último del hombre y de todos los seres intelectuales, las demás criaturas la
alcanzan por participación.
-La Bienaventuranza no consiste en la riqueza, honores,
fama, poder, placer, o el alma. Pero es algún bien del alma. Tampoco está en un
bien creado. La bienaventuranza humana
está sólo en Dios. Dios es el bien universal que aquieta la voluntad humana.
-El hábito es una cualidad de primera especie que implica
cierta duración y orden a los actos. El hábito es indispensable para que las
potencias se determinen al bien
.
- Las virtudes humanas son hábitos. La virtud es el buen
uso del libre albedrío. Es un acto operativo, es un hábito bueno. La virtud es
un buen hábito de la razón por la que se vive en rectitud, de la cual nadie
puede hacer mal uso, y que Dios obra en nosotros sin nosotros pero con nuestro
consentimiento.
-La virtud pertenece a las potencias del alma. Puede
residir en varias potencias del alma pero según cierto orden. El entendimiento
es sujeto de la virtud, tanto en cuestiones especulativas como prácticas, pues
perfecciona el conocimiento de la verdad. El apetito irascible y concupiscible
en cuanto participan de la razón son sujeto de la virtud. Las virtudes
cognoscitivas residen en la razón y no en alguna facultad interna del
conocimiento. La voluntad es sujeto de virtud cuando se dirige a un bien
extrínseco (el bien divino, el bien del prójimo).
-Los hábitos intelectuales especulativos son virtudes
para considerar la verdad. Sabiduría, ciencia e inteligencia son hábitos
intelectuales especulativos. El arte es
una virtud. La prudencia es una virtud distinta al arte, porque la rectitud de
la voluntad le es esencial. La prudencia es la virtud necesaria del buen vivir.
-No toda virtud es moral. La virtud moral es distinta a
la virtud intelectual. Toda virtud humana es intelectual o moral. La virtud
moral puede darse sin la intelectual (sabiduría, arte o ciencia), pero no puede
darse sin entendimiento o prudencia, por eso implica a la recta razón. Las
virtudes intelectuales pueden existir sin las virtudes morales, excepto la
prudencia.
-Las virtudes cardinales son cuatro: prudencia, justicia,
templanza y fortaleza. Estas virtudes se distinguen entre sí en virtud de su
objeto.
-Hay virtudes teologales dadas por Dios. Se distingue de
las virtudes intelectuales y morales. Son: Fe, Esperanza y Caridad. En el orden
de la generación la fe es anterior a la esperanza y a la caridad; pero en el
orden de la perfección la caridad es primera porque las vivifica y recibe de
ellas perfección de virtud.
-La Gracia pone en el alma el don concedido y el
reconocimiento de este don. La gracia es una cualidad del alma intelectual,
pero no es una virtud. Siendo anterior a la virtud la gracia está en la esencia
del alma racional y por ella participa de la naturaleza divina.
Bibliografía
Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, 2
tomos, editorial Universo, Lima 1974. Estudios: A. MacIntyre, Tras la virtud, Critica; Barcelona 2001. Carlos
Thiebaut, “Neoaristotelismos contemporáneos”, en V. Camps (ed.) Concepciones de la ética, Trotta, Madrid 1992. J. Leclercq, La
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Editorial Mantaro, Lima 2006. Paolo Tejada Pinto, Artículo: Ley natural y virtud en el aquinate, en Revista Tomista, Archivos de la Sociedad Internacional
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tomismo. Una encrucijada contemporánea, Archivos de la Sociedad Internacional
Tomás de Aquino, SITA-Perú, tomo I, n° 1, pp. 31-53, Lima 2007.
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