domingo, 11 de octubre de 2026

Los grandes exterminios precolombinos

 

Los grandes exterminios precolombinos

¿Es la historia humana el relato de nuestra voluntad o simplemente el registro de nuestra fragilidad ante los hilos invisibles de la biología y la geología? Al contemplar las ruinas que jalonan los Andes y el litoral pacífico, surge una inquietud inevitable: ¿cuántas de nuestras verdades absolutas, de nuestros dioses imperecederos y de nuestras fronteras políticas son meras ficciones que la naturaleza tolera hasta que decide cambiar las reglas del juego? Existe la cómoda tendencia a imaginar un pasado prehispánico estático y armónico, una suerte de edén suspendido en el tiempo que solo conoció la ruptura tras la llegada europea en el siglo XVI. Sin embargo, la evidencia arqueológica y geológica desmiente este mito y nos asoma a un abismo más perturbador: el territorio sufrió quiebres dramáticos, extinciones masivas y colapsos absolutos mucho antes de 1532. Las catástrofes climáticas y los exterminios demográficos no fueron anomalías en el flujo del tiempo, sino los verdaderos hilos conductores de la historia antigua. Al mirar de cerca este devenir, resulta imperioso cuestionarse si el auge y la caída de las civilizaciones responden a un ciclo inevitable de autodestrucción o si somos, en última instancia, huérfanos ecológicos a merced de un planeta indiferente a nuestra gloria.
Para comprender la magnitud de estas fuerzas, es necesario retroceder hasta hace 20,000 años, cuando la Tierra se encontraba en el clímax de la última Era del Hielo, un periodo geológico conocido como el Último Máximo Glacial. En ese momento, Sudamérica tenía una fisonomía radicalmente distinta a la actual, configurando tres mundos con climas, fronteras y paisajes que desafían nuestra percepción moderna. La costa de ese entonces no era el desierto estrecho que vemos hoy; debido a que gran parte del agua del planeta estaba congelada en los polos, el nivel del mar estaba unos 120 a 130 metros más bajo. Esta geografía extendida hacía que la línea costera se adentrara varios kilómetros hacia el actual océano Pacífico, dejando al descubierto una inmensa llanura litoral. Contrario a la aridez actual, las aguas del mar eran extremadamente frías y el clima global generaba una densa y constante capa de niebla costera, activando un fenómeno de "mega-lomas": una cadena casi ininterrumpida de vegetación invernal, bosques secos y pastizales que cubrían el litoral de verde. Esta llanura costera no era estéril, sino un refugio ecológico surcado por ríos caudalosos alimentados por el deshielo andino y poblada por animales que se desplazaban buscando alimento.
Por su parte, la cordillera de los Andes hace 20,000 años era un territorio imponente, hostil y sumamente frío, con temperaturas promedio entre 5 °C y 8 °C menores que las actuales. Las masas de glaciares permanentes descendían de las cumbres hasta alturas muy bajas, llegando en muchas zonas andinas hasta los 4,000 o 4,100 metros sobre el nivel del mar, de modo que ciudades actuales como Cerro de Pasco o gran parte de las punas habitables eran desiertos de hielo. El límite de los bosques montanos descendió drásticamente entre 1,000 y 1,500 metros más abajo, dejando las zonas andinas no cubiertas por hielo dominadas por una tundra andina o estepa alpina (puna dura) de pastos muy bajos y secos, azotada por vientos helados. A pesar del frío, estudios en lugares como el Lago Titicaca demuestran que la región altoandina tropical era más húmeda que hoy, manteniendo lagos profundos e interconectados bajo un régimen de lluvias estacionales estables.
Paralelamente, en la Amazonía existía un mosaico fragmentado de sabanas y bosques densos. Los datos de polen y sedimentos muestran que no era una selva tropical continua y uniforme como la conocemos hoy, ya que debido a la menor concentración de CO 2 en la atmósfera y a temperaturas globales más bajas, la selva densa y lluviosa se contrajo. Se fragmentó en grandes "islas de bosque tropical" denominadas refugios pleistocénicos, rodeadas por inmensas extensiones de sabanas, matorrales y bosques secos abiertos. En los bordes de la cuenca amazónica y las faldas orientales andinas, las plantas de climas fríos y templados descendieron y se mezclaron con la flora tropical, creando comunidades vegetales únicas que ya no existen en la actualidad. En este escenario de hace 20,000 años, el paisaje estaba dominado por la colosal megafauna del Pleistoceno; los primeros humanos que empezaban a explorar el continente compartían estos tres entornos con animales extraordinarios como megaterios (perezosos gigantes del tamaño de elefantes), paleolamas, caballos americanos, mastodontes (parientes de los mamuts) y temibles depredadores como el smilodon o tigre dientes de sabe.
Toda esta configuración de la Era del Hielo ofreció condiciones muy específicas que favorecieron la colonización humana en la costa y en la Amazonía, modelando las rutas y estrategias de los primeros pobladores. En la costa, la llanura costera extendida y húmeda funcionó como un gran corredor ecológico móvil y fue el escenario más favorable para el poblamiento temprano debido a la abundancia de biomasa. Al no ser el desierto hiperárido actual, la cadena continua de humedales, bosques secos y mega-lomas alimentadas por las densas nieblas invernales creaba un "oasis continuo", permitiendo que las bandas de cazadores-recolectores se desplazaran por un corredor verde provisto de agua dulce constante gracias a los ríos que bajaban de los Andes congelados sin tener que cruzar desiertos letales. Esta economía mixta permitía a los humanos explotar en un mismo día los recursos marinos del Pacífico, como mariscos, peces y mamíferos marinos, junto con la fauna terrestre que bajaba a las lomas a alimentarse. Existe, sin embargo, el misterio de los sitios sumergidos: muchos de los campamentos de estos primeros colonizadores costeros se encuentran hoy bajo el agua, dado que al derretirse los glaciares miles de años después, el mar subió más de 120 metros e inundó la verdadera llanura donde se asentaron las primeras comunidades litorales.
En la Amazonía, la colonización humana se vio favorecida por la ventaja de las sabanas abiertas. Contrario a lo que se pensaba antes, a los primeros humanos de la Era del Hielo les habría resultado sumamente difícil colonizar la Amazonía si hubiese sido la selva densa e impenetrable de hoy. El hecho de que estuviera fragmentada en sabanas y matorrales abiertos facilitó su ocupación al permitir una visibilidad y un desplazamiento mucho más ágiles para las bandas nómadas en comparación con una selva tropical cerrada, donde la navegación fluvial es casi obligatoria y el tránsito a pie es complejo. Asimismo, los grandes mamíferos pleistocénicos como los mastodontes y los toxodontes prosperaban en estos espacios abiertos de pastizales, lo que fue aprovechado por los cazadores humanos para rastrear, emboscar y cazar a estas grandes fuentes de proteína, dejando testimonios asombrosos como las pinturas rupestres de la Serranía de la Lindosa en la Amazonía colombiana. Los ríos amazónicos, aunque rodeados por menos selva densa, seguían siendo arterias de agua estables, lo que permitió que los humanos se asentaran en las terrazas fluviales altas, recolectando plantas de los refugios de bosque tropical y cazando en las sabanas adyecentes.
Esta profunda dependencia humana respecto al entorno se remonta a los inicios del poblamiento continental, pues hace doce mil años, durante el tránsito del Pleistoceno al Holoceno, la Amazonía no constituía la selva tropical densa que hoy se conoce, sino que presentaba un paisaje totalmente diferente de sabanas y bosques secos. El advenimiento de un cambio climático radical al término de la última glaciación alteró por completo la fauna y la flora de la cuenca amazónica, extinguiendo a la colosal megafauna de la época —como los mastodontes, los megaterios y los dientes de sable— y obligando a los primeros grupos humanos a emigrar hacia la cordillera y hacia una costa que, en ese entonces, no era árida, sino un entorno húmedo cubierto de densas formaciones vegetales, bosques secos y extensas lomas. Aquellas condiciones primigenias proveyeron un refugio ideal para los primeros cazadores-recolectores antes de que el calentamiento global del Holoceno estabilizara los desiertos costeros actuales. Es imperativo comprender, sin embargo, que los procesos posteriores de adaptación no ocurrieron de manera simultánea ni idéntica en todo el territorio; por el contrario, cada región experimentó su propio ciclo de auge y caída a lo largo de las eras.
La máxima expresión de este rigor geográfico y climático se manifestó de forma dramática hace 8,000 años en el extremo sur del área andina. Mientras el hemisferio norte experimentaba el Periodo Húmedo Africano —un milagroso ordenamiento orbital que transformó temporalmente al Sahara en una sabana verde rebosante de lagos, vegetación e hipopótamos—, la Tierra operaba un efecto espejo devastador en Sudamérica. El desierto de Atacama, afectado por el debilitamiento del monzón amazónico, entró en una fase de hiperaridez absoluta durante el Holoceno Medio. Las escasas fuentes de agua superficial se evaporaron, dejando costras de sal donde antes hubo bofedales. Este cataclismo ambiental expulsó a las poblaciones humanas interiores en un fenómeno que la arqueología denomina el "Silencio Arqueológico" o hiatus de Atacama: un vacío de milenios en el que los campamentos humanos desaparecieron por completo del registro central. Para sobrevivir al exterminio por inanición, las bandas se fracturaron y huyeron hacia los únicos refugios posibles: las gélidas cumbres de la Alta Puna, por encima de los 4,000 metros de altura, o el litoral pacífico, donde la escasez extrema de humedad y la salinidad costera propiciaron que la cultura Chinchorro desarrollara las momias artificiales más antiguas de la humanidad.
Este exilio forzado por la aridez extrema reconfiguró de manera definitiva el destino tecnológico del área. Hace aproximadamente 5,500 años, cuando el Sahara Verde colapsó de golpe para convertirse en el desierto que hoy conocemos, Atacama experimentó un sutil pero salvador respiro ecológico. Ligeras precipitaciones estacionales en la alta cordillera volvieron a alimentar de agua subterránea a los oasis y quebradas interiores. Fue bajo este nuevo escenario, hace unos 5,000 años, donde los cazadores confinados en las alturas consolidaron el pastoreo y la domesticación de los auquénidos. El control selectivo de llamas y alpacas no ocurrió en un Edén tropical, sino en estrechas "islas de vida" y vegas que fragmentaban la inmensidad estéril del desierto. El pastoreo de camélidos y, posteriormente, el uso de caravanas de carga transformaron estos oasis en nodos de intercambio vitales, demostrando que la vida humana en Atacama aprendió a florecer no ignorando el desierto, sino colonizando minuciosamente sus fracturas hidráulicas.
Esta paulatina desecación del litoral no impidió que las llanuras costeras albergaran los primeros destellos de la civilización monumental. Hace cinco mil años, el surgimiento de la sociedad Caral en el valle de Supe evidenció que el entorno del litoral peruano poseía una fisonomía radicalmente distinta a la actual. Resulta impensable que una ciudad tan gigantesca, con sus pirámides impresionantes, plazas circulares hundidas y complejos arquitectónicos monumentales, hubiese podido emerger en medio de las dunas estériles si aquel valle no hubiese sido un verdoso pasto provisto de abundante vegetación, humedales y un flujo hídrico permanente. Caral floreció gracias a un ecosistema fértil y equilibrado que permitió el desarrollo de una agricultura temprana y el intercambio con los recursos del mar, antes de que el incremento de la aridez confinara el verdor exclusivamente a los márgenes de los ríos.
Las variaciones en las condiciones ambientales continuaron modulando el desarrollo de las sociedades complejas durante los milenios posteriores. Alrededor del año 1200 a. C., el florecimiento de la cultura Chavín en el callejón de Conchucos coincidió con una etapa crucial en la que la costa ya se encontraba en un avanzado proceso de desertificación. Al mismo tiempo, en su propia zona de Áncash, se manifestaba el comienzo de un cambio climático adverso: el territorio andino empezaba a volverse más árido y pedregoso, perdiendo de forma paulatina aquel clima tropical benigno que previamente había permitido la presencia y el tránsito de animales amazónicos. Toda la representación iconográfica de Chavín, plasmada con maestría en monolitos, estelas y cabezas clavas, alude con insistencia a seres como el jaguar, el caimán y la serpiente, lo que representaba la memoria y la veneración de una fauna que empezaba a escasear en una cordillera en vías de transformación. Esta constante fijación simbólica revela que, antes de que los ciclos de aridez reconfiguraran de manera definitiva los paisajes serranos y costeros, la cordillera había disfrutado de corredores ecológicos boscosos y húmedos. Fue bajo el impacto de esta fuerte matriz ideológica, y en un escenario de creciente escasez hídrica, que en los fértiles pero ya desérticos valles de la costa sur se asentó y floreció la cultura Paracas entre los años 700 a. C. y 200 d. C.
El universo Paracas estuvo profundamente marcado por una auténtica idolatría de la muerte y el culto a los ancestros, manifestado en suntuosos rituales funerarios donde los cuerpos eran momificados y envueltos en textiles de fineza inigualable. Como parte de sus complejas prácticas de identidad y estatus social, modificaron mecánicamente sus fisonomías mediante la deformación craneal artificial desde la infancia. Aquellos cráneos alargados y prolongados, que han despertado asombro a lo largo de las décadas, son restos estrictamente humanos que responden a un moldeado cultural deliberado; las especulaciones pseudocientíficas que sugieren la existencia de un ADN no humano o desconocido carecen por completo de sustento científico, habiéndose demostrado mediante análisis rigurosos que su linaje genético pertenece enteramente a nuestra especie. A pesar de su devoción por el más allá y de sus avanzadas destrezas médicas, la sociedad Paracas se diluyó en el tiempo de forma temprana, integrando sus conocimientos a nuevas expresiones culturales. Su desaparición e incorporación hacia el año 200 d. C. no coincidió con el declive de las grandes sociedades del norte o del altiplano, sino que se anticipó por varios siglos a las crisis que posteriormente sepultarían a otras civilizaciones.
A lo largo de las centurias, el clima de la costa sudamericana operó como un juez implacable. Civilizaciones espléndidas que alcanzaron la cúspide del manejo arquitectónico e hidráulico vieron desmoronarse sus estructuras políticas bajo el peso de fenómenos naturales incontrolables. El siglo VI de nuestra era es testigo de una de las mayores crisis ambientales del continente: un devastador Meganiño precedido por prolongadas sequías globales. Este cataclismo no discriminó geografías, golpeando con fuerza a sociedades que florecieron cientos de años después del fin de los paracas. En el norte, los moche presenciaron cómo las lluvias torrenciales lavaban el lodo de sus huacas sagradas y destruían los canales que alimentaban a sus valles; en el sur, las pirámides de Cahuachi, el corazón teocrático de los nazca —herederos directos del legado Paracas—, quedaron sepultadas bajo el aluvión. Aquellos desastres ambientales no solo arruinaron campos de cultivo, sino que quebrantaron la fe de las poblaciones en sus líderes religiosos. Los dioses del agua y de la fertilidad no respondieron a los sacrificios masivos, provocando una disolución interna, guerras civiles y el abandono de centros urbanos monumentales hacia los siglos VII y VIII.
El impacto de la naturaleza también se trasladó a las gélidas alturas del Altiplano, donde la gran civilización de Tiahuanaco resistió el paso del tiempo hasta sucumbir, aproximadamente en el año 1100 d. C., ante una megasequía prolongada que asoló los Andes centrales de forma tardía. De las ruinas dispersas de este inmenso centro ceremonial y estatal, y tras la desintegración de su hegemonía, surgieron nuevas identidades culturales que heredaron sus conocimientos astronómicos, agrícolas y lingüísticos. De este colapso emergieron la cultura pukina y las poblaciones de habla puquina, estrechamente vinculadas al desarrollo de los señoríos locales, así como el germen de la cultura inca, la cual asimilaría el legado arquitectónico y organizativo tiahuanaco para iniciar su expansión desde el valle del Cusco. Mientras tanto, en las regiones costeras y a partir de las ruinas materiales de las culturas precedentes, continuaron floreciendo otras formas de entender el mundo. Se observa con fascinación cómo el vacío dejado por los moche en el norte permitió el surgimiento del poderoso Reino Chimú con su impresionante capital Chan Chan hacia el año 1000 d. C. Del mismo modo, el territorio antes dominado por el misticismo agrario de los nazca dio paso al Reino Chincha en el sur durante el mismo periodo intermedio.
Los chincha decidieron dar la espalda al aislamiento del desierto para volcarse al océano, consolidando la red de comercio marítimo más imponente de la América prehispánica. Las balsas chinchanas unieron los extremos del continente, transportando el sagrado spondylus desde el norte ecuatorial hasta las frías tierras del Altiplano. Cuando el Imperio Inca extendió sus fronteras en el siglo XV, la diplomacia y el valor mercantil de este pueblo marino propiciaron una anexión pacífica y privilegiada, contrastando con el violento sometimiento que sufrieron los chimú en el norte a manos del ejército cusqueño. Sin embargo, el destino final de estas sociedades no dependió de su capacidad para negociar o resistir las armas. El exterminio más definitivo y silencioso sobrevino con la globalización biológica en el siglo XVI. Mucho antes de que los soldados españoles pisaran los valles del sur, los virus europeos ya navegaban por las redes de intercambio comercial. Al ser los chincha un pueblo eminentemente itinerante y conectado con múltiples regiones, se convirtieron involuntariamente en los principales vectores de propagación de enfermedades como la viruela y el sarampión.
La paradoja histórica se torna desgarradora: la extraordinaria red comercial que generó la opulencia y el poderío de Chincha fue el canal exacto que distribuyó la muerte en sus propios hogares. Para finales del siglo XVI, las epidemias habían borrado a más del noventa por ciento de la población nativa de ese valle. El colapso demográfico fue tan absoluto que las ricas tierras costeras quedaron desiertas, forzando un repoblamiento posterior y transformando para siempre la identidad del territorio. Los grandes exterminios precolombinos enseñan que la historia de la humanidad está profundamente ligada a la fragilidad de los ecosistemas, a las discontinuidades temporales de sus civilizaciones y al impacto invisible de la biología, recordándonos que incluso los imperios más gloriosos pueden desvanecerse cuando el entorno y la enfermedad deciden cambiar las reglas del juego.
Al balancear estas crónicas de olvido y transformación, se llega a conclusiones que trascienden el mero dato arqueológico para rozar la filosofía de la existencia. Los grandes exterminios precolombinos demuestran que el progreso humano no es una línea recta y ascendente, sino un frágil equilibrio biológico e ideológico. Las culturas analizadas no cayeron por falta de inteligencia o de destreza técnica, sino porque chocaron contra los límites absolutos de su entorno o por la llegada de fuerzas microscópicas impredecibles. Esto nos obliga a replantear la soberanía del ser humano sobre la Tierra: no somos los autores del paisaje, sino inquilinos temporales de su geografía. El colapso de una teocracia cuando cesan las lluvias, el vaciamiento humano de Atacama durante su silencio secular, o el desmoronamiento de un emporio comercial ante un virus invisible revelan que el verdadero sustrato de la historia es la vulnerabilidad. Toda cultura edifica sus certezas sobre cimientos de adobe, piedra o conceptos, pretendiendo una eternidad que el planeta niega sistemáticamente a través del cambio y de la muerte. Así, la memoria de estos pueblos extintos no debe leerse como un catálogo de fracasos pasados, sino como un espejo filosófico que nos devuelve nuestra propia imagen actual, recordándonos que la soberanía tecnológica contemporánea comparte la misma fragilidad intrínseca que una pirámide de barro ante la llegada del aluvión o que un oasis precario amenazado por el polvo.
Queda en el aire una última y silenciosa advertencia que el desierto costero parece murmurar entre sus dunas. Si caminamos hoy por los valles vacíos de Chincha, las plataformas erosionadas de Cahuachi, los secos canales de Atacama o los muros de Chan Chan, no podemos evitar sentir que el pasado prehispánico es un oráculo del porvenir. Aquellas civilizaciones miraron las mismas estrellas, temieron a las mismas sequías y creyeron, con igual vehemencia que nosotros, que sus mundos eran indestructibles. Al final, las arenas terminaron por reclamar lo que era suyo, cubriendo con un manto de indiferencia geológica el llanto de los sacrificados y la riqueza de los mercaderes. Quizás el mayor exterminio no sea el físico, sino el olvido; el riesgo latente de que una especie borre las huellas de quienes la precedieron y cometa, con idéntica arrogancia, los mismos errores bajo un cielo diferente.
Bibliografía
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Glosario

  • Auquénidos: Término históricamente utilizado para referirse a los camélidos sudamericanos. Incluye tanto a las especies silvestres (guanacos y vicuñas) como a las domésticas (llamas y alpacas).
  • Bofedal: Humedal de altura que se forma en las regiones andinas en zonas planas o depresiones donde se acumula agua de deshielo o afloramientos subterráneos. Es un ecosistema clave que provee pasto verde y blando durante todo el año en entornos áridos o semiáridos.
  • Deformación craneal artificial: Práctica cultural que consiste en la alteración deliberada y mecánica del crecimiento normal del cráneo de un individuo durante la primera infancia (cuando los huesos son maleables), mediante el uso de tablillas, bandas o paños fuertemente atados para denotar estatus social, identidad étnica o afiliación religiosa.
  • Estepa alpina / Puna dura: Ecosistema de alta montaña caracterizado por un clima extremadamente frío y seco, vientos fuertes y una vegetación predominantemente baja, compuesta por pastos duros (como el ichu) y arbustos achaparrados adaptados a la escasez hídrica y las heladas.
  • Hiatus / Silencio arqueológico: Periodo o intervalo de tiempo en el registro arqueológico de una región geográfica específica donde hay una ausencia total o drástica de evidencias materiales, fogatas, herramientas o restos que indiquen presencia o actividad humana, sugiriendo el abandono o la despoblación temporal del territorio.
  • Holoceno: Época geológica actual que comenzó hace aproximadamente 11,700 años, sucediendo al Pleistoceno. Se caracteriza por un calentamiento global generalizado, la estabilización de los niveles del mar y el desarrollo histórico de las sociedades humanas complejas.
  • Meganiño: Evento climático extremo del fenómeno de El Niño caracterizado por un calentamiento anómalo y masivo de las aguas superficiales del océano Pacífico tropical oriental, lo que desencadena lluvias torrenciales destructivas e inundaciones catastróficas en la costa, acompañadas de sequías severas en los Andes altos.
  • Megafauna: Conjunto de especies animales de gran tamaño (habitualmente aquellas que superan los 44 o 100 kilogramos de peso) que dominaban los ecosistemas terrestres durante el Pleistoceno, tales como los perezosos gigantes, mastodontes y armadillos gigantes.
  • Monzón: Sistema de vientos estacionales provocado por las diferencias de temperatura entre la masa terrestre y los océanos adyacentes. En Sudamérica, el monzón regula el transporte de humedad desde la cuenca amazónica hacia el interior del continente y la cordillera de los Andes durante los meses de verano.
  • Oráculo: Expresión, señal o entidad que en la antigüedad se consideraba una revelación divina o una predicción del futuro. En un sentido metafórico moderno, se emplea para referirse a un hecho o lección del pasado que funciona como una advertencia o pronóstico claro de lo que vendrá.
  • Paleoclima: Estudio o reconstrucción de las condiciones climáticas y atmosféricas de la Tierra en periodos geológicos pasados, mucho antes de que existieran registros meteorológicos instrumentales humanos.
  • Pleistoceno: Época geológica que precede al Holoceno, extendiéndose desde hace unos 2.6 millones de años hasta hace 11,700 años. Se caracteriza por los ciclos repetidos de glaciaciones globales (Eras del Hielo) y la coexistencia de homínidos tempranos con la megafauna.
  • Refugios pleistocénicos / Refugios de bosque tropical: Áreas geográficas específicas que retuvieron condiciones climáticas estables, cálidas y húmedas durante las etapas más frías de las glaciaciones. Funcionaron como "islas" protectoras de vegetación densa donde la flora y la fauna tropical pudieron sobrevivir a la contracción global de las selvas.
  • Spondylus: Género de moluscos bivalvos marinos de concha espinosa y coloración rojiza o purpúrea que habita en las aguas cálidas del Pacífico ecuatorial. En el mundo prehispánico andino tuvo un altísimo valor sagrado, utilizándose como ofrenda ritual para propiciar las lluvias, moneda de cambio y símbolo supremo de estatus político y religioso.
  • Teocracia: Sistema de gobierno o estructura de organización política en la cual el poder es ejercido por líderes religiosos (sacerdotes o gobernantes deificados) que justifican su legitimidad y sus decisiones bajo mandatos divinos o el control de los elementos de la naturaleza.
  • Último Máximo Glacial (LGM): Periodo de máxima extensión de las capas de hielo y glaciares durante la última glaciación en la historia geológica de la Tierra, alcanzando su clímax de frío y sequedad global hace aproximadamente 20,000 años.
  • Vegas: Terrenos llanos y bajos situados en las márgenes de ríos, arroyos o zonas de descarga hidráulica que reciben humedad de forma constante, lo que permite el crecimiento continuo de vegetación densa y pastos fértiles, incluso en medio de entornos geográficos desérticos.

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