sábado, 14 de noviembre de 2015

NARRATIVA GRÁFICA E HISTORIETA PERUANA

QUÉ SUCEDE CON LA NARRATIVA GRÁFICA
Y LAS HISTORIETAS EN EL PERÚ

Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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El humor no es un don del espíritu, sino del corazón
Ludwig Börne

Por qué el Perú teniendo buenos historietistas y narradores gráficos de calidad no fue capaz de crear una revista que se internacionalizara al nivel de Condorito, Billiken o Manpato. Y me pregunto si es legítima una versión cómic del manuscrito Dioses y hombres de Huarochirí alterando el sentido histórico de dicho documento.

Esta intrigante inquietud me surgió al asistir en la Casa de la Literatura Peruana al “Encuentro de Narradores Gráficos”, realizado del 12 al 14 de noviembre, con el objetivo de difundir la historia y creación de la historieta entre el público. En las mesas redondas estuvieron los narradores gráficos Javier Prado, Águeda Noriega, Juan Ataucuri, David Galliquio, Blac Poncho y Miguel Det, los investigadores Christian Reynoso, Víctor Casallo y Raschid Rabí. Allí también se presentó la versión cómic del manuscrito Dioses y hombres de Huarochirí, un proyecto de la Casa de la Literatura Peruana y del grupo de investigación Los Zorros, ilustrado por el historietista Miguel Det.

Historietistas de talento no nos han faltado para lograr un proyecto de la envergadura de las citadas revistas chilenas y argentina. Incluso muchos connacionales trabajan para compañías transnacionales, como Marvel por ejemplo. Tampoco se trata de un problema editorial. Más bien hay que advertir un hecho categórico, y es que las internacionalizadas revistas Condorito, Manpato y Billiken proceden de países donde se efectuó una reforma educativa profunda y formó una clase media ilustrada, capaz de sostener la actividad de una industria editorial dedicada a la historieta y al cómic.

Otro defecto de nuestros historietistas es que siendo productos de una sociedad desintegrada, profundamente clasista y dividida, no fue capaz de crear un personaje integrador de los diversos sectores sociales y reculó excesivamente en los problemas sociales, raciales y políticos, que más que unir desunen. En otras palabras, la narrativa de los cómics peruanos no tuvo éxito ni dentro ni fuera del país porque reflejaban una sociedad profundamente dividida y desintegrada, con el sentido de humor corrompido por la burla, la ironía y el doble sentido.

Entonces, ¿Es posible crear un personaje capaz de internacionalizar el cómic peruano? Creo que sí, y la vía regia para ello es el humor, pero no el humor negro sino el blanco. O sea, el que es capaz de llegar a todo el  mundo sin regionalismos excesivos ni localismos airados. Pero bien dice el adagio: El que no tiene amor en el corazón no puede dar amor. Y nosotros parafraseamos: el que es infeliz no puede dar felicidad. En el fondo el problema del humor en el Perú concierne al corazón de los peruanos. Se trata de un corazón que no se libra de frustraciones, rencores y fracasos. Un humor sano requiere de un corazón sano. Y este problema sigue siendo una debilidad de la peruanidad. Por eso nuestro problema urgente sigue siendo la espiritualidad, hay que sanar las heridas de nuestro espíritu.

Un segundo punto que me dejó perplejo fue el cómic del manuscrito Dioses y hombres de Huarochirí. Su calidad de dibujo está fuera de cuestión, lo preocupante es la interpretación. Efectivamente, prima una interpretación descontextualizada de los hechos y del documento, que condena la evangelización y preconiza un retorno al paganismo. Se confunde las campañas violentas de extirpación de idolatrías con el espíritu del cristianismo y al final el cómic en vez de brindar alguna orientación cultural al descreído hombre de la modernidad, lo que hace es desorientarlo más en el ámbito espiritual.

Esta forma de trabajar en cómic un documento histórico cultural es tremendamente desafortunada y hay que desenmascararla, porque distorsiona la verdad histórica y entorpece el derrotero creador de la narrativa historietista en el Perú. Nuestro eximio historietista Det esta vez fue víctima de un equipo de hermeneutas –Los Zorros- que no salen de sus propias contradicciones espirituales y resentimientos religiosos, cuando no políticos. No obstante, el pueblo requiere en cómics ilustración fidedigna y no distorsión interesada de su propia historia. Por piedad esa senda hay que evitarla.


Lima, Salamanca 15 de noviembre 2015

domingo, 4 de octubre de 2015

ESTUPIDEZ Y LÓGICA

ESTUPIDEZ Y LÓGICA

Gustavo Flores Quelopana


La estupidez es una roca inexpugnable:
Todo lo que da contra ella se despedaza.
Gustave Flaubert

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Se suele pensar que se hace estupideces por ilogicidad, más nuestra convicción es que la verdad consiste en lo contrario, es decir, se hace estupideces dentro de un determinado contexto lógico. Nos explicamos.

Si la estupidez no fuese tan lógica no hubiese prosperado tanto en el género humano. Por eso siempre he tenido la sospecha de que el hombre no es estúpido por accidente sino por sustancia. O mejor, el hombre necesita de una gran dosis de estupidez para a contrapelo dar sentido a su vida. Incluso Goethe le dio la necesaria importancia diciendo: “Contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano”.

Además, lo estúpido muchas veces tiene la ventaja de ser jocoso, y al hacer estallar la hilaridad se enlaza con la felicidad. Esto provoca cierto incremento en la respetabilidad de la estupidez. Por ejemplo, ¿cuál es el lápiz más peligroso del mundo? Lápiz tola. O sea, mientras más idiota más gracioso. Si esto no fuese cierto no habrían pasado a la inmortalidad histórica los comediógrafos griegos y romanos como Aristófanes, Menandro, Plauto, el barroco Moliere, y los contemporáneos Charles Chaplin, Woody Allen, entre otros. La comedia no es exactamente estúpida, al contrario, es un arte bien elaborado que explota los vicios, defectos y debilidades de personajes y personas comunes. Pero una cosa es la estupidez en la comedia, otra es que la estupidez sea cómica y otra que la estupidez sea tomada en serio. Razón tenía Michael de Montaigne al decir: “Nadie está libre de decir estupideces, lo grave es decirlas con énfasis”.

El asunto es que la estupidez humana suele ser remitida por comodidad a la ilogicidad. ¿Pero, acaso, es esto cierto? Cuando observamos la historia y la vida cotidiana con cierta serenidad no se tarda uno en darse cuenta de la cantidad insólita de cosas estúpidas que llena la vida humana. Konrad Adenauer expresó cierta vez: “Hay algo que Dios ha hecho mal. A todo le puso límites menos a la tontería”. Pero no seamos tan inclementes porque incluso las cosas estúpidas, como la avaricia y el lujo –muy bien estudiado por Werner Sombart (1863-1941) en sus libros El Burgués y Lujo y capitalismo- suelen ser factores importantes en los cambios históricos. De manera que si el hombre es la criatura racional por excelencia, hay que interrogarse: ¿Tiene todo esto un sentido lógico? ¿Cuál es la esencia de la estupidez? ¿Puede el hombre vivir sin la estupidez? En el fondo el problema de la estupidez nos remite a la estructura misma de la racionalidad. ¿Exigirá la intonsa estupidez su derecho a ser incluida en una nueva teoría de la razón? Por lo demás, así como hay épocas donde la sesera se llena de razones graves y profundas, también las hay en las que está ocupada por la trivialidad y la ridiculez.

Para el ínclito Ariosto nadie está exento de la mancha de la tontería. Así, codicia, orgullo, vanidad, credulidad, prejuicios, burocratismo, fanatismo, incredulidad, erotomanía y otros defectos hacen del hombre un ser estúpido. La obra cumbre de la estupidez podría acabar con la raza humana en un exterminio nuclear. La estupidez es una epidemia, un lujo devastador, destructivo y costoso de la humanidad. Solamente el inteligente comprende que es estúpido, y esta comprensión se convierte en el acto supremo de la inteligencia. Por ello, razón tenía Moliere al razonar que un estúpido ilustrado es más estúpido que un estúpido ignorante.

De modo que no hay que exagerar para darnos cuenta de la importancia histórica y filosófica que tiene el cavilar sobre la relación que guarda la estupidez y la lógica. Lo misterioso es que no sabemos realmente qué es la estupidez, esquiva es su definición, pero no es expresión del temor, sino que es algo más complejo y sus expresiones forman una verdadera legión. Muchas veces hasta resulta sensato hacerse el estúpido. Estupidez por sensatez resulta siendo la suprema contradicción lógica en la vida concreta, pero lo más interesante es que resulta siendo efectiva por razones pragmáticas. 

Es curioso que en Hispanoamérica la palabra "pendejo" es sinónimo de tonto, torpe, estúpido, pero en el Perú significa lo contrario, o sea sagaz, astuto, avisado. Por eso en nuestros lares corre un viejo adagio que reza así: El pendejo es el que navega con la bandera de cojudo. Otra suprema contradicción del disimulo. Por lo demás, es intrigante la contradicción entre el homo sapiens y la estupidez, pero lo más seguro es que no es un defecto de la mente sino del espíritu. Así como hay hombres sensatos sin ser sabios hay también hombres sabios con estupideces. Con experiencia lo decía Oscar Wilde al afirmar que resulta siendo suficientemente sensato hacer tonterías de vez en cuando.

Pero yo tengo la profunda impresión que la estupidez tiene su propia lógica. Y con ello no sólo nos referimos a la ironía sino también al disparate. La nueva lógica nos ha demostrado que la inteligencia humana maneja varios sistemas lógicos al mismo tiempo y en situaciones diversas. La lógica de la estupidez no es una parodia de la lógica formal, aunque tenga esa apariencia por su forma pero por su contenido constituye un propio ejercicio lógico de la razón. Lo encantador de la estupidez es que tiene la virtud de jugar con la posibilidad de las contradicciones locales como la lógica minimalista, y también puede pasar a considerar fatal a la contradicción como en la lógica intuicionista clásica. Si esto es así, entonces no es cierto que con la lógica no se puede reír, sino, al contrario, hace posible el reír.

La gran pregunta que se podría dilucidar de todo esto es si la lógica de la estupidez es una verdadera lógica de la deducción o si tiene una lógica privilegiada. Lo singular del caso es que la estupidez tiene sus leyes y dichas leyes del pensamiento estúpido siendo un desafío para el pensamiento correcto sin embargo ayudan para la cognición del mundo objetivo defectivo. Pero dichas leyes no sólo ayudan a la cognición de taras y defectos sino a la tolerancia propia y con ello hace la existencia más soportable. La estupidez cómica puede ser un gran medio de consolación pero también de insubordinación. Con ello no sólo tiene una función epistémica y timética, sino principalmente relajante y motivadora. El hombre sabe que la inteligencia artificial, por ahora, no puede reír y eso se convierte en motivo de burla y de acusación de la estupidez de la máquina. Hacer que la máquina ría y haga estupideces implicaría traducir en lenguaje artificial o en algoritmos la lógica de la estupidez.

Desde el principio del mundo apareció la estupidez, por estupidez el hombre perdió el Paraíso. El prejuicio, el fanatismo, la ambición y la ignorancia son sus formas principales. Pero hay algo muy especial en la verdadera estupidez y es que no duda y menos el estúpido. Dichoso el estúpido que está libre de dudas, pero esto suele ser un estado temporal y a veces permanente incluso en hombres muy inteligentes. Un libro muy ilustrativo al respecto es de Paul Tabori, Historia de la estupidez humana, y allí muestra que la Avaricia ocupa el primer lugar desde tiempos inmemoriales y en la actualidad nosotros lo podemos apreciar en la inequidad que reina en la globalización neoliberal. Desde las minas del rey Salomón hasta los negocios especulativos de las megacorporaciones privadas podemos ver el imperio de esta forma de estupidez. Si el fin justifica los medios, entonces es comprensible lo dicho por Napoleón: “Cuando se hacen tonterías, éstas por lo menos deben dar resultados”.

Otra de sus formas más importantes es la Vanidad, la cual es alimentada por la lógica de la ambición, el servilismo y la absurda autodegradación del alma y del cuerpo. Actualmente la vanidad ha salido de las cortes reales europeas para instalarse en la vida del hombre común a través de la moda incentivada por el consumismo del mercado capitalista. La moda postmoderna del sistema fetichista de la apariencia y el espectáculo refleja la estupidez generalizada de la sociedad de consumo donde el individuo alienado pierde su personalidad. La normalización de las necesidades artificiales bajo el imaginario capitalista impone la frivolidad y la teatralidad del cuerpo como experimento. La Generación X y su moda andrógina revelan muy bien lo que Lipovetsky describe en su libro El imperio de lo efímero. Yo creo que la moda es el campo privilegiado en el que se va contra la recomendación de Sartre: “Nadie debe cometer la misma tontería dos veces, la elección es suficientemente amplia”.

La locura del orgullo se refleja también no sólo en la manida afición en los árboles genealógicos sino en la acumulación de grados y títulos para fines puramente promocionales y ascenso social, antes se trataba de aumentar la fama y la gloria ahora se trata de acceder a mayores ingresos económicos y aumentar el ritmo de vida consumista de la vida alienada. Se dice que estamos en la era del conocimiento pero en realidad se está en la era del consumismo frenético. El conocimiento se ha convertido en un medio para un fin económico y el hombre mismo ya no tiene dignidad sino precio. La estupidez del consumismo supera a la del burocratismo. Si el burocratismo es estúpido y maligno, comienza con la adquisición de autoridad, lo que atrofia la inteligencia, no tiene piedad, es ilógico, ama las frases largas y complicadas, es pomposo, ama los secretos, se divorcia de la realidad y no cree en la justicia sino en el papeleo; en cambio el consumismo es más mentecato y pérfido, comienza con la acumulación de cosas materiales, lo que atrofia la voluntad, no tiene saciedad, es absurdo, ama las frases directas y cortas, casi telegráficas, se divorcia de las necesidades reales, , es exhibicionista, ama el espectáculo, convierte lo real en ilusión y no cree en la justicia sino en el libertinaje.

Pero la estupidez humana no se limita cosas banales, pues también invade fueros majestuosos como el de la justicia. La estupidez de la justicia con su suprema majestad puede también ser expresión de la suprema estupidez. La manía de pleitar, la legislación múltiple, el juicio a animales, el lenguaje engorroso son cosas pequeñas con la actual falta de castigo para los responsables de la crisis hipotecaria del 2008 que provocó un verdadero Crash financiero. La justicia no tiene nada que decir, está callada respecto al infierno ecológico chino, el estilo de vida californiano, el mito del desarrollo sostenible, el desequilibrio físico-social, la amenaza de terrorismo nuclear, el creciente abismo social global y el antropocenio destructivo. Guarda un silencio sepulcral ante toda esta locura. En otras palabras la justicia está envilecida y callosa en sus estúpidas circunvoluciones codigeras. 

Avanzando en terreno más interesante la estupidez se hace del corazón mismo de la filosofía y así convierte a la duda escéptica en el prodigio teorético de los últimos tiempos. La filosofía de la postmodernidad la representa en alma y cuerpo. La estupidez de la duda escéptica hizo mucho daño a inventores, científicos, poetas, humanistas y enciclopedistas, y lo más lamentable es que la duda se apodera ahora no sólo de las masas sino del hombre eminente, y ahora vemos a éste que marcha al unísono marcando el paso con la mediocridad ambiente del nihilismo cultural y la cultura del espectáculo. La locura de la incredulidad es otra muestra de la estupidez humana en un mundo sin Dios ni trascendencia.

Las ciencias tampoco son indemnes a la estupidez humana y se encarna en el naturalismo biologista, sucedáneo del materialismo. Ya Searle reducía la conciencia a un problema biológico y a la mente a un problema cerebral, sin darse cuenta que la physis biológica conduce a la physis ontológica, ésta a la metafísica y ella a la teológica. Se trata de un conciliábulo de inmanentistas y temporalistas que reducen el problema de la vida a lo biológico sin tomar en cuenta la dimensión preternatural, espiritual y eterna de la vida humana. Las ciencias genómicas tienen la virtud de poner fin a la idea cartesiana-hobbesiana de que las ciencias son éticamente neutras, pero tienen el defecto de desarrollar un bioderecho que amenaza con la manipulación de genes con fines subalternos. La medicina individualizada, el uso de transgénicos y la biotecnología en vez de ponerse al servicio de la demanda de alimentos, medicinas y de un ambiente sin contaminación son puestos al servicio de la ganancia megacorporativa. 

Los fines militares y las élites económicas amenazan  a las ciencias de la vida dando un sesgo inmanente a la primacía del criterio ético, para así sepultar cualquier consideración religiosa, metafísica, teleológica y trascendente que estorbe a sus intereses. Es una estupidez no frenar el uso irresponsable de la biotecnología. El avance de la ciencia le quitó al hombre identidad porque el dualismo idealista o materialista lo redujo a subjetividad o mecanismo maquinal. Pero cada vez es más notorio que frente a la estupidez de las ciencias de la vida hace falta recuperar el horizonte de lo trascendente para devolverle al hombre su identidad integral.

La estupidez también ha sabido penetrar en la tenaz supervivencia de los sueños de la humanidad que se muestra en los mitos y ensueños. La manipulación de estos sueños ha generado creencias seudocientíficas estúpidas (seres extraterrestres, juventud eterna, invulnerabilidad, invencibilidad, etc.). La racionalidad mítica ha sido envilecida y manipulada para mantener a las masas subordinadas a los prejuicios del poder y del mercado. 

Pero la estupidez erótica se lleva la mejor performance. Vivimos un erotismo degradado. No sólo reviste en los países postindustriales todas las formas de sadismo y perversión, sino que sus derechos son defendidos como cosa buena. Esta forma de locura y bestialización degenerada del sexo es directamente proporcional al grado de cosificación y deshumanización operada por un aparato económico-social que ha puesto sobre el hombre el dinero y a la ganancia como dios supremo. Hay quienes opinan que la estupidez de la mujer es inofensiva y encantadora, en cambio la del hombre es peligrosa cuando no mortal. De cualquier forma si se inventase una vacuna contra la estupidez, el estúpido sería el primero en creer no necesitarla.

Con semejante multiformidad parece muy dificultoso determinar la esencia de la estupidez, pero de algo sí estamos seguros, a saber, tiene su lógica y es muy importante en la vida humana. Pero por qué. El sentido significativo de la estupidez es lo torpe inesperado lingüístico o gestual que causa risa. Por ejemplo, “Creo que tengo el peor trabajo del mundo”, dice el cepillo de dientes; “¿Estás seguro?”, le responde el papel higiénico. Tiene todo esto un sentido lógico preciso. 

Entonces, ¿Cuál es la esencia de la estupidez? Si consiste en la falta de entendimiento para comprender o carencia de destreza para hacer las cosas, entonces estamos ante un defecto, una defección, una debilidad. ¿Puede el hombre vivir sin la estupidez? Aparentemente no, siempre seremos incapaces de algo. Pero todo esto ¿nos remite a la estructura misma de la racionalidad? El hombre para existir no tiene lógica privilegiada, sino que su razón en diferentes situaciones emplea diferentes lógicas y una de ellas es la de la estupidez. ¿Exigirá la enterada estupidez su derecho a ser incluida en una nueva teoría de la razón? Sin duda, no puede ser remitida simplemente al cajón de sastre de la irracionalidad. Su intonsa presencia tiene demasiada importancia entre tanto estropicio de la historia de la humanidad. 

Por lo demás, en nuestra ligera época sin valores el que cree llevar una vida controlada y dirigida por una racionalidad sin estupidez es candidato al premio de la estupidez absoluta. No querer ver esta nuestra realidad trivial y ridícula, obedece a nuestro narcisismo antropocéntrico, exacerbado por la modernidad egocéntrica y egolátrica. Lo asombroso es que en medio de tanta tontería nos pueda seguir gustando una cantata de Bach, una sinfonía de Beethoven o un grabado de Durero. Lo cual ratifica que el hombre es portentoso en su grandeza y ridículo en su miseria.



Tabori Paul, Historia de la Estupidez Humana, Ediciones Siglo Veinte, Buenos Aires 1964; Riviere, M, Lo cursi y el poder de la moda, Editorial Espasa Calpe, Buenos Aires, 1992, p. 161; Debord, Guy, La sociedad del espectáculo, Ed. Pre –Textos, Valencia, 1999, cap. II La mercancía como espectáculo. P. 51 y sgtes.; Lipovetsky, Gilles, El imperio de lo efímero, Ed. Anagrama, 1990; Debor, Guy, La Sociedad del Espectáculo, Ed. Pre–Textos, Valencia, 1999, cap. VIII, La negación y el Consumo de la Cultura, p. 151 y sgtes.

lunes, 28 de septiembre de 2015

LO CÍVICO COMO ESFERA PROPIA DEL VALOR

LO CÍVICO COMO ESFERA VALORATIVA PROPIA
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
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El presente prólogo que escribo al libro ¡HIMNOS EN LA ACTUALIDAD! ¿PARA QUÉ? del himnólogo peruano Julio César Rivera Dávalos, no apareció en dicha obra porque Rivera procedió a efectuar cambios y recortes arbitrarios de contenido con los cuales no estuve de acuerdo. Por eso preferí retirar mi Prólogo, que en realidad no era tal sino que constituía un Estudio Crítico. 

Así mismo, una vez que dicho libro fue publicado y lo tuve en mis manos, advertí que muchas menciones a mi pensamiento se habían sistemáticamente suprimido. Incluso se eliminó mi nombre del Indice Onomástico y se recortaron las menciones de mis obras en la Bibliografía. El más notorio recorte incumbe a mi Crítica de la razón mística, donde me explayo sobre la tipologías de los sentidos significativos y que en la obra de Rivera se consigna sin mencionarme en la página 112. O la mención de mi libro La globalización del hiperimperialismo en la página 340 siendo excluido de la bibliografía. 

Lo más risible de todos estos recortes y supresiones injustos es que soy mencionado en las páginas 6, 24, 203, 340 y 356 pero no soy consignado en el mentado Indice de nombres. Es inevitable pensar que no se trata de una omisión involuntaria sino, todo lo contrario, se trata de una torpe eliminación dirigida que busca ocultar mi aporte como colaborador en dicha obra. 

En suma, los actos inamistosos, personalistas, e ingratos, fueron:
1. Recortó drásticamente mi Estudio crítico y pretendió presentarlo como Prólogo. Ante lo cual retiré mi escrito.
2. Eliminó la mención de mi nombre del Indice Onomástico a pesar de estar mentado en varias páginas del texto.
3. Redujo a la mínima expresión la mención de mis obras empleadas en su Bibliografía
3. Omitió citar mi obra Crítica de la razón mística en el lugar correspondiente.
Naturalmente que este infeliz episodio de alevosa deslealtad y vil desagradecimiento dañó seriamente la confianza y la propia amistad. "Vivir sin amigos no es vivir" escribió Cicerón. Pero vivir con falsos amigos es peor que vivir con enemigos.

Pero quizá lo más serio es que ahora considero a nivel teórico con más desapasionamiento y serenidad que no parece haber mucho fundamento en esperanzarse en una revolución mental y moral a través de la renovación de las letras del himno patrio. Es como suponer que el cambio de color de una bandera va a producir mejores ciudadanos. El verdadero impacto de las letras de un himno sobre la mentalidad nacional es posible que sea real, pero no es significativa. En todo caso, su fuerza moral y renovadora es bastante modesta y poco importante. Esto no disminuye en nada el valor del descubrimiento del carácter valorativo de lo cívico y de los símbolos patrios.

Eso sí, trabajar este tema de lo cívico y de los símbolos nacionales asesorando a Rivera me dio muchas satisfacciones teoréticas. Quizá una de las más interesantes es hacer arrancado al símbolo patrio de la égida de lo consuetudinario. Y haberle encontrado un estatus propio. Mi colaboración data desde su segundo libro -El poder de un símbolo patrio-, pero mientras allí la investigación simbólica desentrañaba la esfera timética en cambio aquí se desentraña su esfera ético-cívica. 

Contra lo que muchos ágrafos puedan pensar, elaborar un libro al alimón no es un demérito. Por el contrario, es un enorme mérito de poder sincronizar dos mentes en un mismo objetivo y tema. Y es así porque exige desprendimiento, generosidad e idealismo. Cosa muy poco común en nuestros lares nacionales, tan obsedidos por el personalismo y el protagonismo. Y en esto último incurrió Rivera.

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Esta es una obra que  constituye una crucial  fundamentación de la himnología, como disciplina filosófica, con un enfoque de carácter científico y fenomenológico, ampliando notablemente el dominio de las ideas a priori en la fenomenología  del  sentimiento, y demostrando conexiones esenciales, antes ocultas, en la esfera cívica.

Esta obra  tiene una posición central en el contexto de los trabajos que hasta ahora ha publicado el autor, por cuanto contiene no sólo la fundamentación filosófica de lo hímnico, sino que incluye una teoría complementaria acerca de las relaciones estrechas entre religión, lo trascendente, lo cívico y lo moral. Esto contribuye a un ahondamiento del concepto y fundamentación del principio de solidaridad, ya descubierta en su obra anterior, como basamento  de la nueva teoría de las formas esenciales de los grupos humanos  y de la filosofía social. Es por ello que el autor propone con exactitud y agudeza la teoría de la experiencia de las esencias en lo cívico.

El espíritu que anima la presente filosofía hímnica, tiene carácter objetivo y  ético, donde  resulta necesario  establecer el axioma que en el símbolo hímnico los valores consuetudinarios deben estar subordinados a los valores éticos cívicos, y no a la inversa,  por ello el autor confirma que la emocionalidad cívico ético está estrechamente ligada al  imperio moral y al objetivismo axiológico,

 Para el autor lo cívico y moralmente valioso no es solamente la persona aislada, sino sobre todo la persona vinculada a lo trascendente,  a lo espiritual  y al  prójimo, que  se siente unida solidariamente con la humanidad. Esto es, que lejos de promover un estrecho y miope nacionalismo, por el contrario restituye el reino axiológico de las personas a través del principio de solidaridad. Es decir, esta obra y la teoría acerca de la emocionalidad cívico ética tienden a promover  y fortalecer la moral individual y colectiva.

Es más, dado que  la teoría del autor se sitúa en el centro vivo de la capacidad activa de la  persona individual, desarrolla la reivindicación del derecho de modificar la tradición y de rechazar con energía cualquier dirección del ethos que haga depender  el valor esencial de la persona originaria, de su relación con un mundo de bienes, costumbres y  de una comunidad que existe independiente  de ella.  El sentido y valor final de esta obra  se mide, en último término, exclusivamente por el puro ser (no por los valores del rendimiento ni la utilidad) y por la bondad más perfecta que sea posible desplegar en la más pura belleza y armonía íntima de las personas.

Precisamente por estar centrado en el puro ser, el autor va mucho más allá  de la ética de bienes y fines  de Aristóteles,  de la ética de las virtudes del estoicismo, de la ética del deber ser de Kant, de la ética  de situación del capitalismo, sin ir a parar en un objetivismo y ontologismo que fosiliza el espíritu vivo en un objetivismo esencial estático de los valores. En este sentido, la postura axiológica de Julio Rivera no tiene reparos en asumir que los valores se plasman y son vigentes  en cuanto son realizados a través  de los sentimientos. Este es el sentido de su estricto personalismo. Personalismo que colisiona con la perspectiva nominalista de la filosofía moderna, la cual desterrando todo valor en lo trascendente reduce el universo humano a un puro relativismo y pragmatismo inconsistente.

Se puede sostener, sin dubitaciones, que esta obra maestra del autor se  encuentra inspirada  en la ética personalista de los valores  del filósofo alemán Max Scheler. La tesis ético-cívica, como esencia del símbolo hímnico, concebida por Rivera Dávalos tiene la virtud de presentar: 1. Una crítica a la  tradición   consuetudinaria,  y 2. asienta  la existencia  de la emocionalidad cívico ética como un acto del espíritu vivo de la personalidad humana, para captar valores específicos del reino de lo cívico.

Aplicando la fenomenología, la metafísica,  la dialéctica, la  axiología,  la semiótica y la hermenéutica al símbolo hímnico, descubre el reino ontológico de lo cívico, a través  de  la emoción de  valores específicos  que son objeto de una intuición inmediata.

Esta vinculación entre lo axiológico y lo ontológico  lleva  al  autor a asentar lo legal en la ética del deber ser, y a su vez fundar la ética del deber ser en la teoría de las virtudes,  la que  a su vez se basa en la teoría de los valores, y éstos se asientan en la teoría de la persona humana. Y finalmente esta teoría  se fundamenta en la intuición primaria del ser. Esto significa  que lo axiológico está basado en una metafísica  de la persona,  la  cual  a su vez se fundamenta en la metafísica  del ser.

En realidad, el autor llega a estas conclusiones efectuando un análisis fenomenológico del símbolo patrio. En este análisis se revela un  a priori o un ser ideal que no es una posición del sujeto. Se trata  de una  intuición de una singular esencia cívica unida a un análisis filosófico. Las esencias son dadas  antes de la experiencia y por eso son a priori. El contenido de las esencias es independiente de la observación y de la experiencia. Por eso en la experiencia fenomenológica se dan los hechos mismos y de modo inmediato, y no necesariamente por medio de símbolos, signos o fórmulas. Esto quiere  decir que el análisis del símbolo patrio  nos retrotrae a una intuición esencial en el que se distingue la categoría  como concepto  y como contenido de intuición categorial.

Ello significa que la experiencia fenomenológica es distinta a la experiencia de la cosmovisión natural  y de  la experiencia de la ciencia. Esto es, la experiencia fenomenológica hímnica trasciende la expresión simbólica y va al hecho mismo de la intuición esencial del valor, contenido en la emocionalidad ético-cívica. Por eso podemos decir  que la experiencia fenomenológica, en la que se basa este libro, es  asimbólica, intuición y deducción filosófica, porque  en ella no cabe la separación  de lo “mentado” y lo “dado”.

Esto quiere decir que recién en la correspondencia entre lo pensado y lo dado aparece el fenómeno hímnico y simbólico; por cuanto la   experiencia fenomenológica no tiene nada que ver con el prejuicio psicologista de la percepción “intima”, cuanto más si el criterio consuetudinario que se servía como basamento tradicional de la hermenéutica hímnica  era  de carácter psicologista. Es decir, la experiencia fenomenológica  es capaz  de cumplir  con el análisis de las esencias de  todos los símbolos posibles, porque ella es principalmente  asimbólica en la intuición simbólica, en la correspondencia con la esencia dada. 

Cuando el análisis fenomenológico señala que la nueva clave  de la simbología hímnica  es la emocionalidad  cívico-ética,  se está aludiendo a intuiciones  de esencias y no necesariamente a productos de la razón. Y esto es así porque el gran aporte de la experiencia fenomenológica es haber demostrado que lo dado sobrepasa a lo pensado. La emocionalidad ético-cívica  es un a priori porque se funda en esencias. Es una conexión “dada” y no producida o fabricada por la razón, de manera que es “intuida” y no “hecha” por la conciencia intencional del sujeto cognoscente. Se trata de primitivas  conexiones de cosas, pero no de leyes, ni de objetos por la sola razón.

Toda conducta cívica se cimienta en la intuición cívica, todo civismo debe también desembocar en los hechos de que dispone todo conocimiento cívico y a sus relaciones a priori. Pues,  no es civismo  el conocimiento y la intuición misma cívica. Cívico es más bien, en primer lugar la formulación  según las leyes del juicio de aquello que es dado en la esfera del conocimiento cívico. Y, es civismo filosófico aquello que se limita al contenido a priori de lo que está dado con evidencia en el conocimiento cívico.

El querer cívico no debe emprender su camino a través del civismo -mediante el cual ningún hombre se hace cívico-, sino  a través del conocimiento  y de la intuición cívica. Lo dado cívico es un a priori material válido para una región especial de objetos. No está demás indicar  que la noción a priori que se maneja  en este libro no es formal ni racional como en Kant, sino de índole fenomenológico.

De suyo se comprende la complejidad ínsita  en la  nueva clave del símbolo hímnico. Así, el valor  cívico tiene una triple vinculación con las autónomas esferas ontológicas, a saber: con el valor estético de los símbolos nacionales, con el valor moral que entrañan los mismos, y finalmente con el valor religioso del sentimiento de lo sagrado o reverencia patriótica.

Por ello, en  su dimensión estética  su valor  ideal  está depositado en objetos y cosas inmanentes. Por su dimensión ética su valor  normativo está depositado en personas. Y  por  su dimensión religiosa  se vincula a una entidad supra-personal, como es la Patria. Por ello, el reino  del valor cívico involucra también y, además, al sentimiento nacional,  la consciencia de identidad nacional, al carácter nacional y a la mentalidad  nacional, como valores  cívicos propios.

De modo que el valor cívico no representa la simple sumatoria  del valor cívico, moral y religioso, sino que es una esfera valorativa propia. El objeto cívico por excelencia  es la idea y sentimiento de patria, y el valor cívico por su forma es una actualización de su dimensión estética, y por su contenido una actualización de su dimensión ético religiosa. El acto cívico, de este modo, tiene por su contenido  una conexión ético religiosa  y por  su forma una conexión estética.

En este sentido, no debe afirmarse que el ser superior  del valor cívico se percibe sentimentalmente o que el valor superior es “preferido” o “postergado”, toda vez que, la esencia del ser superior  del valor cívico, como de todo valor,  es dado forzosa y esencialmente en el preferir. El acto de preferir  no se equipara al acto de elegir en general  y, por tanto, a un acto de tendencia.

El acto de preferir se realiza sin ningún tender, elegir ni querer. Así decimos: prefiero la orquídea a la madreselva, etc., sin pensar  en una elección.  El preferir cívico, como todo preferir valorativo es de carácter apriórico y tiene lugar entre los valores mismos con independencia de los bienes. Un preferir de esta naturaleza comprende complejos enteros  de bienes. Todo lo cual supone una superioridad ínsita en la esencia de los valores respectivos.

Un valor simbólico auténtico, como el himno patrio, implica que se haya concentrado en él simbólicamente lo sagrado, lo bueno y lo bello; pero también posee, justamente por ello, un valor fenoménico propio, en nada relacionado únicamente con su valor como música y poesía. En este sentido, el valor simbólico de un himno patrio  es que comparte un valor sacramental que hace alusión a su función específicamente simbólica de algo venerable. 

El símbolo hímnico viene a ser parte de un complejo sensorial existente por sí, es decir de una Tradición. Esto es, que se trata de un símbolo que ya pertenece a la esfera del medio social, pero este medio que es la tradición tiene a la vez elementos fijos y móviles, reconocibles  e identificables por un auténtico tradicionismo e invisibles para el petrificado tradicionalismo. De ahí que el autor mediante la propuesta de una nueva letra perciba la necesidad de cambiar el curso del proceso sensorial del símbolo hímnico que está inserto en la tradición. Se comprende entonces, que el símbolo hímnico sea parte de un vivir, hechos que dan a lo cívico su  unidad interna y un carácter dinámico.

El valor del símbolo hímnico no es un ideal (interpretación idealista y racionalista) ni de una interpretación (nominalismo) ni  una experiencia íntima (psicologismo), sino que es un hecho que pertenece al reino ontológico del ser, que es captado por la intuición emocional del valor. Es decir, todo comportamiento primario respecto al mundo no sólo es representativa, sino también una  aprehensión emocional de valores. Lo cívico no es moral ni deber únicamente, sino también intuición emocional del valor de lo cívico. Por eso, lo cívico no implica una subordinación a lo ético, sino una intersección de conductas habituales   de estilos de vida.

El autor pone énfasis  en el valor de lo cívico, llevándonos hacia el principio de solidaridad; aun cuando en el  mundo moderno de hoy  se aplica el principio del individualismo desvirtuando el principio de solidaridad. Esto se debe a que, en primer lugar, el principio de solidaridad  es enlazado con una  "solidaridad de intereses" cuando, por el contrario, debe basarse en la "solidaridad moral".

En segundo lugar, dicho principio de solidaridad es  desmejorado y socavado desde el momento en que se enaltece la alteración de los valores que pone el valor del "trabajo", la praxis, el esfuerzo personal, sobre la dimensión espiritual, la superioridad histórica y biológica. En otras palabras, en el ascenso y descenso de los valores morales del principio de solidaridad que es base de lo cívico, ha sido fuertemente invertido en el mundo burgués moderno por la insensata teoría que atribuye máximo valor a todo lo que proviene del trabajo. Y esto es otra de las manifestaciones más palmarias de la crisis de la conciencia occidental, que al desterrar lo trascendente acabó por invertir el orden del valor.

Por todo ello, este libro marca un antes y un después dentro de las investigaciones de la simbología hímnica. Y las reflexiones no podrán seguir siendo como hasta hoy lo fueron, porque el mayor logro de Julio Rivera es haber demostrado que la esencia de todo himno patrio es el carácter ético-cívico de un símbolo patrio.

En otras palabras, un himno es un símbolo complejo, que involucra lo estético y lo consuetudinario, pero lo que lo hace especial es su vinculación intrínseca con la esfera ético-valorativa, y, en este sentido, con lo  trascendente.

De manera que, no se trata de un símbolo estético más, sino de un símbolo que combina lo estético y lo discursivo, para captar su contenido esencial en la intuición emocional de los valores cívicos. Esta sola demostración es de alta estima, porque hasta el presente se creía que la vigencia de  los himnos nacionales estaban supeditados a la esfera de lo estético y de lo consuetudinario, pero Rivera Dávalos tras un sutil análisis fenomenológico revela que no es así, y que por el contrario, lo que prima en este símbolo patrio es su simbología ético-cívica. De manera que a través de un   himno patrio  se capta simbólicamente todo un universo valorativo que representa lo histórico y trans-histórico de una nación.

Este aporte es sumamente significativo, porque a partir de ahora ya no serán suficientes los análisis meramente historiológicos, historicistas, legalistas, sociológicos, psicológicos y positivos sobre un himno  patrio. Más bien es la reflexión filosófica valorativa, más que la estética y la lingüística, la que se muestra valedera para desentrañar su verdadero contenido.

Julio Rivera llega a este nuevo hito del planteamiento hímnico, después de  un paciente estudio y análisis que ha logrado desentrañar  las limitaciones de los variados enfoques del  conservadurismo. Hace diez años que apareció su primera investigación del tema, El mito de un símbolo patrio (2004), y por entonces, primó el enfoque mítico. La principal conclusión, todavía válida, es que, sin involucrar el contenido verdadero encerrado en todo mito, se pueden generar pseudo-mitos que manipulan consciente o inconscientemente la conciencia colectiva de una comunidad.

Cuatro años después pasa a la etapa timética, El poder de un símbolo patrio (2008), donde analiza el dominio sobre la mentalidad nacional  del contenido significado y sentido de las letras de un himno patrio. Esta etapa es sumamente importante al destacar la preeminencia del factor subjetivo para una  transformación de las condiciones objetivas.

Es decir, todo auténtico cambio viene de dentro hacia afuera y no de fuera hacia dentro. Esto indica ya una dirección ética que iluminaría en esta su tercera obra. Pero será en la presente obra, ¡Himnos en la actualidad! ¿Para qué? (2015), donde efectivamente llega a  descubrir  la nueva clave, a saber, que el símbolo hímnico no puede ser entendido cabalmente a partir de su contenido estético y consuetudinario, porque la esfera ontológica con la que está relacionada va más allá del mero gusto y costumbre personal, y hunde sus raíces en valores constitutivos de la civilidad y eticidad. Esta conclusión pertenece a su presente etapa epistémica.

De ahí que otro descubrimiento fundamental de Julio Rivera sea el ubicar y reconocer al valor de lo cívico dentro de la Tabla Jerárquica del Valor  de Max Scheler y sin lo cual el símbolo patrio carece de verdadero fundamento autónomo. Lo cívico estaría por encima de los valores vitales, útiles, económicos y, es hermano de los valores éticos, estéticos y religiosos. O sea, es parte de los valores superiores, pero además sirve de conexión entre todos ellos porque su contenido sintetiza ideas, valores, belleza y veneración.

Este es un aporte sobresaliente que jamás fue anteriormente resaltado. Y al hacerlo eleva la filosofía del valor a una dimensión comunitaria con una dimensión universal,  donde el hombre se forja en su captación y realización constante de los valores, en el seno de una comunidad nacional.

Vale subrayar lo cívico porque implica no sólo el reconocimiento  de los valores de la trascendencia y de los valores morales, sino también  por la necesidad de una ejecución habitual. Es decir, la forja indeleble de las virtudes de una sociedad. No hay duda que la teoría hímnica de Julio Rivera está indisolublemente unida a la teoría de la virtud, como formación de hábitos que interiorizan la práctica del bien.

En verdad, no existe otra forma más coherente de humanizar al hombre. La virtud de lo cívico, sin embargo, cobra una autonomía propia en su teoría simbólica hímnica, porque lo cívico es aquella esfera de la virtud con dimensión comunitaria. Ya lo decía el milenario sabio chino Confucio: “Enseñad con el ejemplo”. Ahora se comprende que ahondando la distinción de Simmel entre “sociación y asociación”, concibe a lo cívico  como el núcleo de la sociedad misma. 

Efectivamente, revolucionar la vida pública en consonancia con la vida privada, teniendo como eje supremo la práctica de la virtud cívica, es su aporte insoslayable. Y esta práctica, no sólo es oriental, sino también de raigambre andina, no olvidemos que Cápac significa “virtuoso” y las máximas del Inca Pachacútec, trasmitidas por el Inca Garcilaso, a partir de los escritos del Padre Blas Valera, ponen especial énfasis en la importancia de los valores cívicos; y el autor,  como andino  cusqueño que es, no hace más que continuar y resaltar la vigencia de los valores cívicos de nuestra  cultura originaria precolombina.

Un  auténtico himno patrio promueve valores cívicos y antepone lo ético a lo estético. La importancia de la filosofía para captar esta región profunda de la simbología hímnica queda resaltada con energía y claridad. Es por eso que, sin lugar a dudas, podemos considerar con toda justicia a Julio Rivera como el padre de la himnología filosófica contemporánea.

A partir de este aporte trascendental no sólo el pensamiento filosófico, sino también el  dirigencial, político y  educativo, deberán tener muy presente el análisis y las conclusiones de la presente obra, porque está llamada a forjar la base de la conciencia e identidad nacional y esclarecer un asunto que se mantenía en la penumbra de lo meramente estético y consuetudinario.

Además, esta obra constituye una respuesta coherente a los afanes desnacionalizadores de la globalización neoliberal, que en casi tres décadas de reinado absoluto –como bien se resalta en esta obra- lo único que ha conseguido es aumentar la desigualdad mundial hasta límites insoportables e inauditos.

Por eso estimo  un acierto que su autor haya considerado la fundación de una institución (Instituto de Investigación de la Mentalidad Nacional-INIMEN) para asesorar a los gobiernos que lo requieran y que contribuya en todas las naciones del mundo a forjar un sano amor por la patria, a través del respeto de la estructura valorativa contenida en todo himno patrio, y cuya violación –según queda explicado- genera toda una serie de distorsiones no sólo en la mentalidad nacional, sino incluso en el propio progreso del país.

Con este libro los líderes mundiales cuentan con una bitácora ética, estética, pedagógica y simbólica para fortalecer la mentalidad y conciencia nacional, como verdaderos fundamentos para desarrollar una cultura y vida espiritual generosa y solidaria.

Por último, esta obra resalta el valor de los valores del espíritu humano, y entre ellos el religioso, porque comprende muy bien que sin el ámbito de lo sagrado no existe un verdadero amor por la patria. Pues Dios y la Patria son dos ejes metaempíricos que ennoblecen la vida comunitaria y fijan la mirada del hombre en lo trascendente.

Además, hay que subrayar otros tres aportes originales del libro: (1) el deducir del principio de “sociación” de Simmel el principio de lo cívico como fundamento de la vida social; (2) crear, a contrapelo de una refutación al experto en política internacional Thomas Friedman que sostiene que “la tierra es plana”, la categoría “modelo piramidal” de la sociedad neoliberal de las megacorporaciones privadas mundiales; y (3) poner en contacto la esencia hímnica con toda la problemática histórico-concreta de nuestro tiempo, esto es, demostrando que la mirada filosófica es totalizante y no particularizante. A partir de esto se entiende mejor su subtítulo: “Un giro himnológico y mental en plena era de la desigualdad”. O sea que pone en estrecho contacto la teoría con la praxis, resaltando el carácter profundamente revolucionario de la obra.

No obstante, de modo inevitable emerge la pregunta sobre cómo pudo surgir un cuestionamiento tan radical al himno nacional del Perú en Rivera Dávalos. A este respecto, se muestra como un hombre con  espíritu inconforme de la tradición recibida. Esta desarmonía señala una relación trágica, un choque y una lucha entre su determinación individual frente al destino junto con la estructura del ambiente que lo rodea.  

El conflicto entre un himno heredado y una determinación valorativa respecto al mismo se hace trágico, en el sentido eminente de la expresión, no solamente allí donde la realidad fortuita de un hombre se opone a la tradición heredada de un pueblo. En Rivera vemos a un hombre que con el socorro de Dios pone resistencia a la determinación del destino de una colectividad que acepta pasivamente un himno por razones consuetudinarias.

 Por el contrario, su determinación individual es un acto valorativo de suyo intemporal, que se yergue bajo la forma de una personalidad espiritual. Por eso, en la imagen de su determinación individual vemos a un destino personal obrar contra la determinación del destino supraindividual.

Al respecto, se podría pensar que la esfera de su elección está ya determinado por el destino, pero lo que el destino no determina, es el mismo acto de la elección que siempre es resultado de un acto libre. Pensar lo contrario, sería caer en el esquema fatalista de la heimarmene griega, o incurrir en su reducción a un acto de elección divina como sucede en la elección para la gracia en San Agustín y Calvino.

  Es preciso entender  que  Rivera no comparte la perspectiva funcionalista de la modernidad y es más afín a la perspectiva substancialista clásica y cristiana, que cree en el valor independiente de lo trascedente. Bien señala que la inversión valorativa introducida por la modernidad entroniza el valor de lo útil sobre los demás valores,  marcando el rumbo decadente de una civilización que marcha ciega respecto a  los valores superiores y va dando tumbos tras la irrefrenable búsqueda de la ganancia y la acumulación.

En esta vida moderna donde  prima el  individualismo y  la  inversión  de los valores, se encarna en todos los aspectos de la vida social y cultural la pérdida del sentido de la vida y la auténtica capacidad de goce. De ahí que veamos en la perspectiva valorativa asumida por Rivera como una  cruzada contra los errores de la modernidad,  cuya alteración de los valores ha sumido a la humanidad en una senda autodestructiva.

Si alguna lección suprema nos deja la filosofía cívica e hímnica de Rivera es aquella que nos permite subrayar la imperiosa necesidad de rescatar los valores en su verdadera dimensión a fin de evitar  la decadencia de la  civilización moderna.  

En este sentido, el percatarse Rivera de la inversión valorativa de la modernidad,  que penetra en los íntimos rincones del símbolo hímnico, le permite descubrir un contenido ético que le da su peculiaridad especialísima, a partir  del cual  lo pone en capacidad para denunciar la manipulación del orden simbólico en todo orden de cosas, especialmente en  el socio-económico y político.

Así, con gran destreza y perspicacia totalizadora, Rivera sabe  enlazar el contenido cívico- ético del símbolo hímnico con la crítica  del modelo piramidal de la economía neoliberal mundial, que desde de su expansión económica  global vivida a partir de 1980 hasta el año 2000 ha pasado  a su etapa de expansión militar belicista-guerrerista, siendo todo esto liderado por una  vesánica y bellaca élite oligárquica transnacional  que  se irroga  el  derecho  de administrar no sólo  las decisiones y el  destino de una determinada potencia sino también de la humanidad entera.

En este sentido, Rivera entra en polémica con el periodista norteamericano Thomas Friedmann y su bestseller La Tierra es Plana, para oponerle su propia concepción piramidal del orden social global. Y coincide con la propuesta del economista galo Thomas Piketty expresado en su libro El Capital del siglo XXI, donde enuncia que una profunda reforma tributaria puede contribuir a cambiar el presente estado de desigualdad social bajo la globalización neoliberal.

Por todo ello, el lector del presente libro  extraerá un provecho mayor  de lo esperado al advertir que el tratamiento dado al símbolo hímnico rebasa largamente las  limitaciones del marco académico y teórico, para establecer con gran realismo filosófico su verdadera trabazón  con toda una totalidad concreta  de carácter histórico social.


                                                 Lima, 17 de abril 2017

domingo, 27 de septiembre de 2015

LÓGICA TRASCENDENTAL KANTIANA

DIFICULTADES DE LA LÓGICA TRASCENDENTAL KANTIANA

El contradictorio papel pasivo-activo del tiempo
 en la autoafección trascendental
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
 
I

Cuando Eberhard acusó a Kant de no haber descubierto nada y de ser una mala repetición de Leibniz, éste se defiende reivindicando su descubrimiento crítico del juicio sintético a priori. Con ello quería decir que la filosofía anterior había girado en torno a juicios analíticos o de simples conceptos, mientras que la filosofía crítica lo hace en torno a un tipo de juicios que no son puramente formales, como el juicio analítico de la lógica pura, ni puramente empíricos, como el juicio sintético a posteriori de las ciencias reales. Kant defendía el estatuto propio del juicio sintético a priori por el contenido trascendental. Pues sin algo trascendental no hay experiencia, o sea es la condición a priori de la posibilidad de la experiencia. Es decir, este “ser puro” o molde de todas las cosas lo construyen los juicios sintéticos a priori. Por ello Heidegger lo llama conocimiento ontológico, porque determina el ser de las cosas, y añade que es una fundamentación de la metafísica, pero lo que no precisa es que concierne solamente a la metafísica de la subjetividad.

II

El problema central de la Crítica de la razón pura es: ¿cómo son posibles los juicios sintéticos a priori? Es decir, cómo son posibles una clase de juicios que fueran necesarios como los analíticos y que aumentaran el conocimiento como los sintéticos. Para Kant el principio de los juicios analíticos es el principio de contradicción, mientras que el principio de los juicios sintéticos a priori es la tiempo. Mientras que el principio de contradicción determina la verdad del conocimiento analítico, el tiempo lo hace con el conocimiento real. Los primeros son válidos al margen de la sensibilidad, mientras que los segundos lo son con la concurrencia de la sensibilidad.

Para Kant la lógica formal sólo trata con juicios analíticos o conceptos vacíos, mientras la lógica trascendental trata con juicios sintéticos a priori o conceptos que hacen posible el conocimiento. La metafísica dogmática fue metafísica de simples conceptos o de juicios analíticos. Su acción no aumenta el conocimiento y lo único que hace es subsumir cada concepto en su género o en su especie. Se trata de un juego de meras representaciones que no tienen respaldo en la realidad objetiva. En cambio la ciencia se maneja con juicios de experiencia, que van allá del mero pensar y que son llamados por Kant juicios sintéticos.

III

De manera que los juicios sintéticos a priori “contienen, por así decirlo, nada más que el esquema puro de la experiencia posible”. El objetivo de la Crítica de la razón pura es establecer la posibilidad de la experiencia real y para ello se retrotrae a su elemento puro a priori. Los principios de los juicios sintéticos a priori son las fuentes subjetivas de la posibilidad de un conocimiento de un objeto en generalñ. Es decir, el fundamento de un objeto real es un objeto en general o la experiencia posible. Esto es el problema de cómo un concepto representa un objeto, en la filosofía crítica el concepto es el objeto en general, que es fundamento del objeto real.

Ahora bien, Kant señala que las fuentes subjetivas necesarias y a priori que hacen posible el objeto en general son tres, a saber, la sensibilidad ( que aporta la sinopsis de lo múltiple a priori por el sentido), la imaginación (que brinda la síntesis de ese múltiple) y la apercepción (que otorga unidad a la síntesis)[1]. Estas tres fuentes contienen las condiciones de la posibilidad de la lógica trascendental o los juicios sintéticos a priori o la posibilidad de toda experiencia. Estas tres fuentes pueden ser consideradas como empíricas, pero son fundamentos a priori que hacen posible el uso empírico[2]. La sección segunda del capítulo II de la Analítica de los Principios ratifica la actualidad de estos asertos, a pesar de haber sido eliminados en la segunda edición, porque no sólo sostiene que la lógica general no tiene que ver con los juicios sintéticos, sino que enfatiza que la tarea principal de la Lógica Trascendental es determinar la posibilidad, condiciones, alcance y validez de los juicios sintéticos a priori. Por eso Kant se esmera al máximo en destacar que su tema no es el entendimiento sino las relaciones entre los conceptos y las intuiciones. Pues insiste que en los juicios analíticos se permanece en el concepto, y en los juicios sintéticos no se trata de una relación de identidad ni de contradicción sino que se trata de salir del entendimiento hacia la experiencia. Al juicio sintético no le basta el entendimiento y tiene que salir del concepto para compararlo sintéticamente con otro.

IV

¿En dónde nace la síntesis entre dos conceptos a priori? Su respuesta alude a un ámbito donde estén comprendidas todas nuestras representaciones y ese lugar es el Tiempo. Ya en la Estética Trascendental había definido al tiempo como “la forma del sentido interno”, “condición formal a priori de todos los fenómenos en general”, lugar donde se da la “posibilidad de registrar la representación misma”, en el tiempo todos nuestros conocimientos se ordenan, enlazan y relacionan[3]. Pero el tiempo no solamente es el ámbito en el que se da pasivamente a los conceptos puros el material puro o lo múltiple puro para la síntesis pura, sino que tiene la función activa de iniciar la síntesis pura. En la segunda edición es más explícito diciendo que las representaciones puras son relaciones puras porque no hay afección externa y, por consiguiente, la síntesis comienza por la autoafección del sentido interno o el tiempo. En otras palabras, el tiempo es la forma del sentido interno en que se autoafecta el espíritu y empieza todo el proceso de síntesis[4].

Si el tiempo es el poder que tiene el espíritu de autoafectarse entonces la intuición pura, que precede a todo pensamiento, es activa. La intuición pura no contiene nada hasta que el espíritu se autoafecta con las representaciones del material puro. La representación pura del espíritu autoafectante o del tiempo solamente es su propia capacidad de actividad. En otras palabras, el sentido interno del espíritu, que es el tiempo, es el que despliega todo el material puro de representaciones puras. Pero el tiempo ya no sintetiza las mismas sino la imaginación, y su unidad necesaria y universal corresponde a la apercepción. Así se constituye el ser puro o molde de todas las cosas. O sea el ser de las cosas, que viene en los juicios sintéticos a priori, se constituye en la síntesis pura y originaria del tiempo, la imaginación y la apercepción. Sensibilidad pura, entendimiento puro y apercepción pura son la fuente de la síntesis pura o del ser puro.

Kant no se detiene aquí y señala que el aspecto externo de la síntesis pura es el esquema trascendental de la imaginación y el aspecto interno son las categorías del entendimiento puro[5]. Los esquemas son así imágenes organizadas en el tiempo por las categorías. Es decir, el esquema es categoría más tiempo. Para Kant esto es muy importante porque así demuestra que las categorías necesitan del tiempo para el contacto con lo múltiple sensible puro. Así, las categorías sólo metidas en esquemas cumplen la función de ordenar lo múltiple sensible, y sin los esquemas solamente son funciones del entendimiento relativas a los conceptos y no representan ningún objeto.

En otras palabras, el juicio sintético a priori y el esquema trascendental son la misma cosa porque hacen posible la objetivación del objeto y, por consiguiente, el conocimiento. El ser puro o todo puro de toda experiencia posible es el Objekt (objeto) que funda la objetividad y hace posible la experiencia y el conocimiento. La verdad trascendental, que hace posible la verdad empírica, es la relación general con el Objekt, como fundamento y fuente de la verdad. Es la Deducción trascendental la encargada de probar la validez objetiva a priori de esta envoltura formal denominada Objekt, antes de la presencia real del objeto.

La validez de los juicios sintéticos a priori se determina porque la síntesis pura es posible a partir de elementos puros a priori. O sea los conceptos puros del entendimiento son elementos de los juicios sintéticos a priori, los cuales a su vez son elementos del objekt o posibilidad de la experiencia. Es decir, el juicio nace de ligar en el acto del conocimiento: el objeto y el sujeto. El pensamiento trascendental se da un objeto por la propia actividad del espíritu que se autoafecta. Esto quiere decir que la propia actividad del sujeto es el objeto afectante. En el conocimiento a priori el sujeto está constituido por las facultades de representación, el objeto por su propia actividad y el conocimiento por la forma de esta actividad plasmada en juicios sintéticos a priori. De manera que el valor de los juicios sintéticos a priori es la posibilidad misma de la experiencia o expresada en su formulación clásica: “Las condiciones de la posibilidad de la experiencia en general son al mismo tiempo las de la posibilidad de los objetos de la experiencia”[6]. Esto significa que la posibilidad de la experiencia es fundamento de la experiencia real o de la realidad empírica.

V

Ahora se entiende por qué la interpretación heideggeriana sostiene que el problema de la posibilidad de los juicios sintéticos a priori equivale al único problema kantiano: el de la posibilidad de una metafísica. Heidegger dirá que el proyecto crítico kantiano es una metafísica de la subjetividad humana, mientras Cassirer opina en su famosa polémica en Davos (1929) que con esto Kant desaparece y que no es cierto que todas las facultades del conocimiento se reducen a la imaginación trascendental, quedando solo la temporalidad del Dasein, pues así la distinción entre fenómeno y nóumeno desaparece ya que todos los seres pertenecerían a la misma dimensión del tiempo y a la finitud. El dualismo kantiano para Cassirer no involucra una oposición metafísica entre dos reinos del ser, sino entre el ser y el deber, desde un único reino de realidad empírica.

Para Torreti la teoría de la experiencia en Kant no es una teoría de la experiencia científica (Cohen) ni una teoría de la experiencia ordinaria (Bird), ni una teoría de la experiencia trascendental, sino una teoría de la experiencia misma, en su estructura formal, continua y homogénea, con principios invariables a pesar de la variedad de sus contenidos. Pero su teoría de la experiencia no va hacia lo trascendente ni se queda en lo trascendental, sino que su significado último es explicar el conocimiento de la realidad empírica, o sea la posibilidad de los juicios sintéticos a priori. De ahí que Kant siempre tenga los ojos en la experiencia real y subraye que la experiencia descansa en la unidad sintética de los fenómenos, síntesis sin la cual la experiencia sería como una rapsodia de percepciones sin enlace y no presentaría la unidad trascendental y necesaria de la apercepción. En otras palabras, existe una identidad entre esencia de la experiencia pura y esencia de la experiencia real.  Por ello la experiencia real es el único modo de conocimiento de la realidad empírica.

La Deducción trascendental demuestra que el conocimiento empírico es producto de la espontaneidad de la mente, la cual a través de las categorías hace que los objetos aparecidos en la intuición sean reconocidos como tales. Ahora bien, formalmente las cosas dependen de la mente pero materialmente no, el objeto (objekt) no es el ente subsistente por sí mismo, sino lo que se sabe en la representación (lo múltiple unificado por la actividad sintética de las categorías).

VI

Esto hace de la Deducción trascendental un capítulo oscuro porque su misión era demostrar que la razón nunca se refiere a objetos suprasensibles. Incluso la versión de 1787 enfatiza más que sin el entendimiento no habría Naturaleza o realidad empírica. Los principios trascendentales del entendimiento tienen valor constitutivo, y los principios trascendentales del juicio tienen valor regulativo (orientan la organización de la experiencia). Pero la idealidad trascendental del espacio y del tiempo y la justificación y validez de las categorías formulan el distingo entre fenómenos (condicionados por nuestra facultad de conocer) y cosas en sí (entes independientes del conocimiento) y con ello se suscita un grave problema. Por un lado se sostiene que las cosas en sí son fundamento de los fenómenos y afectan a la mente, pero por otro lado dice que no conocemos a priori ni a posteriori nada que no sea fenoménico. Declarar posible una existencia no fenoménica para luego decir que no podemos justificarla con nada es de una inconsistencia clamorosa.

La interpretación idealista de la cosa en sí intentó eliminarla (Jacobi, Maimon, Beck, Fichte, Vleeschauwer, Lehmann, Torreti) como representación de la propia actividad del espíritu, conocimiento integral de los fenómenos, fundamento de la afección como objeto fenoménico). La interpretación realista intentó reafirmarla (Schultz, Riehl, Adickes, N. Hartmann) como aquello que trasciende al fenómeno. Kant define la cosa en sí como el objeto empírico posible por la mente que enlaza el concepto con la intuición, objeto trascendental que piensa un objeto no sensible sustrayéndose a la síntesis espacio-temporal-categorial. Pero su refutación del idealismo es ambigua porque afirma que el fundamento del fenómeno es el proceso sintético de la mente y luego dice que es la cosa en sí, concede existencia a la materia y luego afirma que es fenómeno, dice que el fenómeno no agota la cosa y luego dice que la cosa no es nada sin la sensibilidad, que existe algo independiente y luego que no subsiste. Esto remece la doctrina de la autoafección del espíritu por el tiempo hasta sus cimientos. ¿Pues qué necesidad tiene el sentido interno de autoafectarse si existe la cosa en sí que afecta la mente? La filosofía crítica insiste en dos ideas contradictorias: la mente se autoafecta y al mismo tiempo es afectada por la cosa en sí. Esto no borra la distinción entre juicios analíticos y juicios sintéticos pero complica la definición y función de éstos últimos, pues los juicios necesarios y universales fundados en la experiencia no provienen exclusivamente de la mente sino también de lo que afecta a la mente de forma independiente.

Esto significa que el problema central de la Crítica razón pura (cómo son posibles los juicios sintéticos a priori) queda irresuelto, pues lo necesario y universal proviene de la mente y, por tanto, de lo fenoménico, o se origina en lo nouménico que afecta la mente. Kemp Smith en su comentario precisa tres usos kantianos de la palabra trascendental. 1. Conocimiento a priori, 2. Factores a priori del conocimiento (espacio, tiempo, categorías, imaginación, apercepción trascendental, ideas de razón), y 3. Condiciones que hacen posible la experiencia (síntesis trascendentales. Y añade que las ideas trascendentales son regulativas, pero son trascendentes cuando son interpretadas como ideas constitutivas. Esto significa que la cosa en sí como ente que existe por sí mismo está más allá de lo trascendental, se sustrae a lo fenoménico y sin embargo hay una para cada fenómeno.

Kant en su crítica a la psicología racional distingue entre ser y aparecer, “sólo me conozco como fenómeno y no como soy”. En su crítica a la cosmología racional admite un mundo fenoménico traspasado de indeterminación, que da lugar a la acción libre. Dios es admitido como idea indispensable en la organización de la experiencia. El acceso a lo suprasensible está dado no por la metafísica dogmática sino por la metafísica moral, pues de las tres ideas puras (Dios, libertad e inmortalidad) sólo la libertad demuestra su realidad objetiva (espontaneidad de la mente). No hay fe teórica en lo suprasensible sino fe práctica, las categorías sirven para pensar lo suprasensible pero no para conocerlo.

El pensamiento kantiano giró en torno a un solo problema: el del conocimiento objetivo. Intentó resolverlo con la distinción entre los juicios analíticos y los juicios sintéticos a priori. Pero la principal inconsistencia y contradicción de la lógica trascendental y de toda la filosofía crítica nace de que Kant no logró emancipar el ser del conocer, el objeto está incluido en el modo de conocer, convirtiendo lo dado de la intuición en un autoponerse del Yo. Así, el fenomenismo crítico se convierte en la última versión del idealismo subjetivo y solipsista. Al final se confundió la existencia del objeto con su conocimiento, la dialéctica objetiva fue reducida a dialéctica subjetiva.

La idealidad del espacio y del tiempo, la deducción de las categorías y la cosa en sí son los tres pilares sobre los que descansa la filosofía crítica. Pero el tercer pilar es problemático y torna contradictoria y ambigua la solución crítica sobre la objetividad del conocimiento. Si los juicios sintéticos (basados en la experiencia) a priori (necesarios y universales) son posibles por los principios trascendentales del entendimiento (que posibilita tanto la esencia como la realidad de la experiencia empírica), entonces no se comprende la insistencia en la afección de la mente por la cosa en sí. El papel activo-pasivo del sentido interno con el tiempo resulta siendo contradictorio si se reconoce que subsiste algo independiente que afecta a la mente. Al final el kantismo no logra eliminar la oposición metafísica entre dos reinos del ser: lo nouménico y lo fenoménico, aunque da pasos decisivos en ese sentido. La cosa en sí se guarda celosamente para sí el ser no pensado que afecta a la mente y el reino único de la realidad empírica se remece porque el ser pensado no elimina lo suprasensible. Esta inconsistencia de la filosofía crítica y de la lógica trascendental refleja el giro de la filosofía moderna hacia el inmanentismo, donde lo epistemológico determina lo ontológico, lo ontológico es reducido a lo experimentado por el hombre y señala el derrotero nihilista de la filosofía occidental.
VII
Todo lo cual nos lleva a Davos. En 1929 en Davos acontece el célebre debate sobre la herencia kantiana: ¿epistemológica o metafísica? Para Cassirer la revolución copernicana no deja de lado la cuestión del ser porque señala que al ente le antecede la constitución del ser de una objetividad en general. Por ello, el ser de la nueva metafísica kantiana no es la sustancia sino la función. Para Heidegger, Kant apunta a una refundación de la metafísica fijando como pregunta central la pregunta qué es el hombre. O sea la posibilidad de la metafísica exige una metafísica del ser ahí. Es decir, el núcleo kantiano es la posibilidad de una nueva ontología.

En mi opinión en Kant hay una refundación de la metafísica pero no en el sentido fenomenológico de Heidegger, sino en el sentido epistemológico de Cassirer. Para Kant no hay posibilidad de ontología sin resolver la pregunta por la constitución del ser de una objetividad en general. Cada clase de objetividad tiene sus propias categorías a priori. Pero ni Cassirer y Heidegger advierten por su sesgo inmanentista moderno es que es un error la reducción del a priori a pura condición trascendental. Al contrario, porque lo a priori no se limita a lo trascendental nuestro conocimiento no se limita a la experiencia y la metafísica es posible. El verdadero problema crítico no es el de la experiencia sino el de la crítica de la experiencia.

Bibliografía

De Kant: Crítica de la razón pura, Losada, B. Aires 1960-61, 2 vols.; Nueva crítica de la razón pura, Sarpe, España 1984. Sobre Kant: Ernest Cassirer, Kant, vida y doctrina, FCE, México 1948; Herman de Vleeschauwer, La evolución del pensamiento kantiano, UNAM, 1962; Martín Heidegger, Kant y el problema de la metafísica, FCE, México 1973; M. Heidegger, La pregunta por la cosa, Sur, Buenos Aires 1964; Norman Kemp Smith, A Commentary  to Kant´s Critique of pure reason, Humanities Press 1962; Sixto García, Lógica formal y lógica trascendental, en: Lógica. Aspectos formales y filosóficos, PUCP, Lima 1978; Roberto Torreti, Manuel Kant. Estudio sobre los fundamentos de la filosofía crítica, Ed. Charcas, B. Aires 1967.




[1] A 95, L 233
[2] A 115, L 244
[3] A 98-99, L 237
[4] B 67-68, L 193
[5] A 155, B 194, L 292
[6] A 158, B 197, L 293