domingo, 29 de junio de 2014

VALVERDE, SOLANO, DE ÁVILA Y SÁNCHEZ RENEDO

NEOESCOLÁSTICA HUMANISTA DEL DIECISÉIS
En torno a Valverde, Solano, De Avila y Sánchez Renedo
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
 

Desde comienzos del siglo dieciséis y en el contexto del Siglo de Oro español, en la Universidad de Salamanca y la Universidad de Coimbra, Vitoria, Soto y Azpilicueta son los adalides de la adaptación del tomismo a las nuevas exigencias culturales, económicas y sociales de la época. Los dominicos salmanticenses y los jesuitas conimbricenses se reparten el mérito de haber renovado la escolástica con un pujante humanismo teológico centrado en los problemas de la sociedad, una teología positiva que destaca por su carácter práctico, con aportes originales en moral, derecho y economía, y cuya idea central fue la reivindicación de la libertad y los derechos naturales del hombre. No resulta aventurado sostener que hasta la primera mitad del siglo catorce el impacto del  escotismo franciscano fue enorme en su defensa de la libertad de la voluntad humana y retroalimentó en América Hispana las reivindicaciones del neoplatonismo utópico de indios, mestizos y criollos, la reivindicación indígena de los dominicos y las aspiraciones libertarias del jesuitismo suarista. Y este legado es recogido por Marsilio de Padua en su postura radical de la doctrina del derecho natural divino, otorga carácter positivo al concepto de ley, lo pone como fundamento de su discusión político-jurídica y proclama que el único legislador es el pueblo concebido como “todo el cuerpo de ciudadanos”. Salamanca y Coimbra son la respuesta pero, a su vez, la asimilación de gran parte de las doctrinas escotistas con la doctrina tomista.

Con la división en el reino del Perú de la diócesis del Cusco, por Carlos V en 1541, en dos episcopados: Cusco y Lima, y la fundación de la Universidad de San Marcos (1551) y el colegio de San Pablo (1568) en Lima, surgió un nuevo centro de cultura y actividad intelectual en la capital del reino que se fue consolidando desde mediados del siglo dieciséis en Lima. Esto hizo que al principio fueran dos ciudades, la del Cuzco y la de Lima, las protagonistas de la vida intelectual y filosófica del Virreinato.

Las ideas filosóficas de los protagonistas del neoescolasticismo tomista fueron dos obispos cusqueños, Valverde y Solano, y tres catedráticos limeños, Esteban de Ávila, Sánchez Renedo y José de Acosta, dominicos los primeros, jesuitas los segundos.


LOS DOS OBISPOS CUSQUEÑOS

El primer movimiento intelectual del Cuzco es notable por la firme actitud que mantuvo en defensa de los derechos del indio tal como había sido defendido por el jesuita salmanticense Vitoria y el dominico Bartolomé de las Casas.

Los “cuzqueños”, Valverde y Solano, son de origen hispano, son sacerdotes dominicos y ambos obispos de la ciudad imperial, que muestran en sus escritos que supieron guardar originalidad frente a los grandes maestros del pensamiento neoescolástico de la península, inclusive en los casos en que intentaban filosofar como aquellos, expresándose en estilo claro y colorido. Si esta actitud la comparamos con la mantenida por San Agustín o Santo Tomás de Aquino nos daremos cuenta del notable grado de aculturación que había empapado al pensamiento cristiano en el Nuevo Mundo.

VALVERDE

El meollo filosófico del celoso tonsurado dominico el padre Valverde reside en su apasionada idea de plasmar en la vida la idea evangélica de amor al prójimo. En este sentido fue un abanderado de la lucha humanitaria contra la encomienda. Partidario de la evangelización pacífica fue un valiente protector de los indios.

Vicente Valverde (1498-1541) fue el primer obispo del Cuzco y de toda Sudamérica. Protagonizó el famoso episodio de la Biblia con Atahualpa y cuando se dirigía a Centroamérica fue capturado por los nativos de la isla de Puna, que le torturaron y dieron muerte por intentar predicarles el evangelio. Nacido en la villa de Oropesa, actual Toledo, pariente de Francisco Pizarro, en 1515 es enviado a la universidad de Salamanca, en 1523 ingresa a la orden de los dominicos, en 1524 pasa al colegio de San Gregorio, donde tuvo como condiscípulo al notable Bartolomé de Carranza, como maestro a Francisco de Vitoria y entrará en contacto con las ideas de Bartolomé de las Casas. Su compañero de hábito y destacado cronista, el padre Meléndez, dice que enseñó teología y fue el primer catequizador de indios.

El padre Valverde tenía una esmerada preparación teológica, por lo que llama poderosamente la atención que fuese escogido como capellán castrense de Pizarro. En todo caso hay dos “valverdes”: uno, en la ruda actuación como capellán castrense durante la conquista, y otra, como celoso y valiente obispo del Cusco protector de los indios. Pero los testimonios muestran continuidad. Jerez afirma en su relación (Sevilla, 1534) que el fraile dominico se esforzó por someter al inca pacíficamente, pero éste al rehusarse informó a Pizarro, quien ordenó avanzar a sus hombres. Gracias a Valverde el Inca Atahualpa muere cristiano. Garcilaso dirá que “Fray Vicente tuvo cuidado de instruirle en la fe” [Comentarios Reales, Parte II, lib. I, cap.36, p.364, t.III). Al Inca se le formó juicio de guerra y fue condenado a la hoguera por idólatra y hereje contumaz, tirano y usurpador, traidor, regicida, fratricida, homicida, polígamo e incestuoso. Cuando Atahualpa se percató de que la condena era inexorable preguntó al Padre Valverde acerca del destino de los que morían. Al responderle el dominico que los cristianos iban al cielo y los idólatras como él al infierno. Tornó a preguntarle Atahualpa sobre el lugar dónde los enterraban; como el fraile le respondiese que los cristianos en la iglesia y los paganos fuera, manifestó su deseo de hacerse cristiano. Pizarro, atendiendo a su conversión, le conmutó la pena de la hoguera por la de garrote.

Como celoso capellán, participará en todos los actos litúrgicos, intentará la conversión de todos los naturales como la del general quiteño Calcuchímac, participa regularmente en los consejos convocados por el Gobernador para decidir asuntos importantes, tales como la fundición de metales preciosos junto al contador Navarro y el tesorero Riquelme el 10 de mayo de 1533, en Cajamarca. Fue el único de los participantes en la captura del Inca que no obtuvo beneficio alguno de las cuantiosas sumas de metales preciosos. Le vemos también en la fundación de ciudades como Cuzco y Jauja. En el reparto de solares, Valverde logró para su orden dominica el templo del Coricancha. La Corte tenía un  alto concepto del nuevo obispo por las cartas dirigidas al Papa y al Superior de los PP. Dominicos. El 20 de marzo de 1539 escribió una extensa carta-informe al emperador Carlos V. En ella se aprecia el verdadero carácter y su celo pastoral y pide que se supriman algunas leyes injustas y crueles de los “caciques", mostrándose siempre atento del “buen tratamiento de estos pobres y miserables Indios”.

Su rol como protector de los indios lo lleva a recomendar para que los indios libres viviesen en libertad para servir a quien quisiese. No obstante, los pobladores sin curaca podrían estar encomendados. Pide a la Corona cuidar que los naturales no fuesen esclavizados ni puestos a trabajar en las minas ni compelidos a servir como cargadores ni a salir de sus tierras de origen, que no se otorgasen indios a los españoles viciosos. Su acción le acarreó muchos problemas y escaseces monetarias.

A Fray Vicente Valverde le cabe el mérito de ser precisamente no un gran pensador o eximio teólogo, más sí un hombre decisivo. Y es filósofo porque su núcleo esencial no sólo es racional, sino también metafísico existencial.

Su existencia supo exponer la esencia de la filosofía cristiana de entonces, y poner en movimiento la capacidad originaria del pensar en la novoperuanidad. Pues preocupado por la salvación de su alma, al bautizar al Inca Atahualpa se pone de manifiesto la importancia de trabajar en esta vida para asegurarse la vida futura; al proteger a los indios defiende el mandamiento evangélico del amor al prójimo; y al resguardar la libertad de los naturales resguarda la verdad revelada de la hechura humana a imagen y semejanza de Dios. Inmortalidad del alma, evangelización, amor al prójimo y libre albedrío son las ideas clave que presiden el actuar y pensar del padre Valverde a lo largo de su vida.

En suma,  el pensamiento filosófico de Valverde tiene como fuente y dirección la revelación y el realismo místico, capaz de superar la cosmogonía panteísta precolombina y poner en evidencia que sin amor la otredad es objetividad. Y como eje intelectual la defensa de los derechos naturales del hombre.


SOLANO

En el dominico Solano su pensamiento es presidido por la convicción de que sin caridad la otredad es objetividad, y los indios no pueden ser tratados como objetos porque son personas creadas por Dios.  Para Solano en Las Indias una filosofía debe unir indisolublemente lo ético a lo ontológico y definir una filosofía política de defensa de la humanidad del hombre americano.

Juan Solano O.P. (1505-1580), religioso dominico, fue el segundo obispo del Cuzco. Estudió teología en la universidad de Salamanca. Hombre determinado, violento y de acción. Sin esperar confirmación papal y aun no consagrado se embarcó con el virrey Núñez de Vela en la travesía que lo llevó al Perú. Y en su arrojo por defender el derecho del indio llegó más lejos que su antecesor. Como Cristo que antepone el ayudar al prójimo antes que guardar el sábado, se registra su acción inédita de entrar a la casa de Pizarro para liberar del cepo a un pobre indio y reprochar la injusticia y conducta escandalosa. El rebelde Francisco de Carbajal lo buscaba para matarlo “porque en vez de estar en su iglesia rogando por la paz de los cristianos, anduviese con el ejército hecho un maese de campo”. No es raro que por su celo cristiano cosechara muchos enemigos.

En 1541 Carlos V ya había dividido la diócesis en dos episcopados: Cuzco y Lima. Pero Solano luego de hacer una visita pastoral a su diócesis, poner la primera piedra de la catedral del Cusco y fundar el hospital de San Lázaro, retorna a España en 1560 para solicitar la división de su dilatado obispado, al cual renuncia al año siguiente. Muere en 1580 en Roma, retirado en el convento de la Minerva.

Solano es autor de un acucioso comentario sobre Francisco de Vitoria, de quien fue discípulo y no es extraño que tuviese contacto con De las Casas en Salamanca. No obstante, no se puede afirmar tajantemente que fue seguidor de la corriente intelectual de Vitoria, porque el cristianismo una vez en el Nuevo Mundo no se sustrajo al impacto de América en la renovación eclesial de la época. Su actuación sin tapujos en defensa del indio así lo testimonia. Santo Tomás de Aquino (1225-1274) había afirmado que la predestinación divina no destruye el libre albedrío, porque Dios quiere que el hombre libremente se salve o no; pero Lutero (1483-1546) en un agustinismo radical había sostenido el siervo arbitrio; el dominico Domingo Báñez (1528-1604) había asegurado una predeterminación física en el obrar humano para salvar la divina presciencia de Dios; mientras que el Concilio de Trento (1545-1563) condenó tanto el luteranismo como el pelagianismo (acentúa libertad humana y niega predestinación).

Para Solano la incorporación de las poblaciones indígenas a la civilización grecorromana no sólo era una cuestión eclesiológica y de teología sacramental, sino también de activa caridad. Esta actitud suya, y muy propia de la orden dominica, de no limitarse a la administración de los sacramentos y no ser un simple funcionario del clero secular hispano, hizo que no se limitara solamente a la labor de evangelización. O mejor dicho, salvo dos salidas a Arequipa no se conoce la labor evangelizadora del obispo.

Fray Juan Solano tomó partido por los «realistas» ante el tema de las Leyes Nuevas y su aplicación en el Perú, pero en una amplia carta al Rey afirma que el virrey es el causante de los males, porque «ha ejecutado al pie de la letra las ordenanzas y leyes que traía». Dice que los indios interpretaron habérseles permitido la libertad absoluta, por lo que «se habían ido otra vez a sus pueblos con sus caciques y habían vuelto a sus creencias antiguas, incluso los que ya estaban bautizados y vivían como cristianos». En opinión del obispo, se había llegado a tal punto que, en algunos casos, se volvían a realizar sacrificios humanos.
Llama la atención las exageraciones del regalista Solano sobre los indios libres, por cuanto provenía de corriente criticista de la escuela de Mariana, Bellarmino, Suárez y Vitoria, jesuitas de la nueva escolástica, que fundan un movimiento contra el absolutismo, el derecho a la resistencia, la soberanía del pueblo, el derecho natural y sin los cuales no es posible entender la Revolución francesa y la Ilustración. En todo caso, es preferible entender su actitud no sólo en el marco de un antagonismo contra el virrey, sino dentro del plan de la protección de los derechos humanos de los indios en un contexto cristiano y combatir la diversidad de religión no mediante la guerra y sí, más bien, a través de  la evangelización, que no fue precisamente muy atendida por él.

Sus relaciones con el metropolitano arzobispo Loayza tampoco fueron buenas. El obispo Solano se resistía a ser visitado por un procurador y no por el arzobispo en persona. Estaba imbuido de un profundo autoritarismo episcopal. Durante sus dos últimos años en el Perú, 1559 y 1560, se mantuvo retirado de los asuntos diocesanos en una casa en las afueras de Arequipa, suplicando continuamente para abandonar la sede y viajar a España. Como no recibía respuesta abandonó la sede episcopal en 1560 y viajó a la Corte. De España pasó a Roma, donde fundó unas escuelas con el caudal que se llevó del Perú, según varios informes.

Pasó sus dilatados días ocupado en esta fundación, falleciendo en la ciudad papal el 14 de enero de 1580.
Los filósofos no están exentos de defectos y ni siquiera el gran filósofo es perfecto. En este sentido, hay que valorar a fray Solano como fiel representante de la neoescolástica barroca del dieciséis, hizo suya la impronta de Vitoria y De las Casas, a saber, la hermandad de todos los hombres, la solidaridad entre distintas sociedades y el móvil teleológico de la colonización.

No hay duda que Valverde y Solano fueron conspicuos representantes de la orden dominica en el Perú en su indoblegable defensa y protección de los derechos indígenas, y abordaron la libertad humana dentro de un esquema teocéntrico y religioso, distinto al renacimiento no escolástico; pero es sumamente significativo que el tema de la libertad humana conciliada con el dominio divino constituya el eje central de este período, porque este hecho representa una lucha entre protestantismo y catolicismo, bañezianismo y molinismo, esclavismo e indianismo.

Solano en su tomismo es insobornable partidario del libre albedrío, como partidario de Vitoria rechaza la guerra y maltrato contra los indios, y como influido por Las Casas defiende los derechos humanos del aborigen. Estuvo a la altura del tema candente de la España conquistadora fue decidir sobre la valoración esclavista o humanista de los indios americanos. América con la realidad del indio exigía al cristianismo un nuevo abordamiento de la libertad humana; lo cual se hizo dentro del enfoque teocéntrico de la caridad y del libre albedrío.
En este sentido, en Solano, al igual que en su antecesor Valverde, también se pone de manifiesto el espíritu de la filosofía colonial peruana, a saber, sin amor la otredad es objetividad. Las Indias eran una realidad en busca de una filosofía donde lo ético unido a lo ontológico definía la naturaleza política del hombre.

Es cierto que Solano, a diferencia de Valverde, no escribe a su majestad sobre los vejámenes que sufren los indios por causa de la codicia de los españoles, pero como otro “De las Casas en el Perú” prefiere resolver él mismo los entuertos ya sea a lomo de caballo o irrumpiendo en la casa de Pizarro. También es verdad que en tono lastimero lo vemos rodeado de enemigos y añorando retornar a la metrópoli con un caudal de dudosa procedencia, quizá convencido que no quedaba otro camino que la educación. En 1552 las prensas sevillanas publican los textos de Las Casas y el impacto en las Indias no se deja esperar, al año siguiente aparece un Memorial anónimo redactado en el Perú, que indudablemente es de conocimiento de Solano y otros tonsurados.

En suma, Solano como hombre de la decimosexta centuria formó parte del espíritu criticista de la conquista española nacida del magisterio de Vitoria y de las candentes páginas de Las Casas, y cuya obra desbrozó el camino de la filosofía de América, basada en la refutación de la afirmación aristotélica de que hay hombres libres y esclavos por naturaleza; por tanto si todos los hombres son libres entonces no hay pueblos justamente sometidos. Ahora bien, con esto la libertad del hombre, junto a su dimensión ontológica y ética, recuperaba amenazadoramente para el absolutismo regalista su dimensión religiosa, jurídica, económica y política.


LOS TRES CATEDRÁTICOS LIMEÑOS

El segundo movimiento intelectual del incipiente virreinato es Lima, la cual es trascendental por varias razones. Por estar integrado por figuras de otra orden religiosa, a saber, la orden jesuita, y por una figura científica, por ser catedráticos de la novísima universidad de San Marcos, por ser dos de ellos activos escritores e investigadores todos, y la firme actitud que mantuvieron todos en defensa de los derechos del indio dentro de la doctrina humanitaria de Vitoria y Las Casas es una clara demostración filosofaron desde nuestra realidad.

Los “limeños”, Ávila, Sánchez Renedo y José de Acosta, son también de origen hispano, el primero y el último son sacerdotes jesuitas y los tres pertenecen al cuerpo académico sanmarquino. Lo que demuestra una temprana profesionalización de la filosofía en el Perú, se instala el homo academicus como figura central del pensamiento virreinal y del nuevo orden dominante.  Sus escritos exhiben celo apostólico, interés científico, afán etnológico y vocación humanitaria.

Son figuras originales de la neoescolástica novohispana. Escriben en estilo claro y colorido, insuflados con espíritu de justicia y caridad. Son también testimonio del notable grado de aculturación que había penetrado al pensamiento cristiano en la América Hispana. Ellos representan la penetración del humanismo teológico, la reivindicación de la libertad y la interpretación del Perú en las aulas universitarias y colegios superiores.


DE ÁVILA

Si sus antecesores atacaron a la encomienda él ataca a la institución económica de la mita. El núcleo del pensamiento del jesuita Estaban de Ávila está constituido por una impugnación legal, apostólica y humanitaria del repartimiento de indios en las minas. Su Suma de Teología Moral y el Tratado Teológico Canónico sobre las Censuras Eclesiásticas fundamenta moral y canónicamente la defensa de los derechos del indio.

Esteban de Ávila S.J. (1515-1601), junto con los padres José de Acosta y Juan Pérez Menacho, componía la trilogía jesuita que desde el colegio San Pablo acudía a los claustros sanmarquinos como célebres catedráticos. Hasta 1577 enseñó teología en el Colegio San Pablo, que era el centro de formación, predicación y catequesis de los propios jesuitas y, luego, es el primer jesuita en enseñar teología en San Marcos de 1585 hasta 1601, fecha en que muere a los ochenta y seis años. El colegio era también sede de importantes congregaciones y cofradías de clérigos, seglares, estudiantes, indios, negros y niños.

Además de ejercicios espirituales atendía a cárceles y hospitales. La botica y enfermería del Colegio Máximo de San Pablo era famosa en la primera mitad del siglo diecisiete por el hermano Agustín Salombrino que expendía la quinina contra el paludismo y surtía de medicinas a las casa de los jesuitas y seglares en todo el Perú. El colegio jesuita estaba inserto en la tradición científica organicista que con su trabajo etnológico supo recoger la tradición curativa de los antiguos peruanos. El influjo intelectual, científico y apostólico del Colegio San Pablo fue enorme desde Lima hacia todo el Perú.

El 11 de agosto de 1596, Felipe II envió una Instrucción al virrey Velasco para repartir más indios en las minas de Huancavelica y Potosí. Pero las epidemias de 1589-1594 habían despoblados las reducciones indígenas. El decrecimiento de la producción de la plata potosina se debía a lo que ya había señalado el propio virrey Velasco, a saber, que el trabajo excesivo y el trato inhumano de la mita había producido que los indios no retornaran a sus pueblos para evitar servir en las minas nuevamente. El padre Esteban de Ávila, dentro del pensamiento de Vitoria y demás colegas jesuitas, entre ellos Pérez Menacho y José de Acosta, reprobó el servicio personal de los indios en las minas por ser contrario al aumento y conservación del Reino del Perú.

Es cierto que no existía unanimidad dentro de la Compañía de Jesús respecto de la utilización indiscriminada de la mano de obra nativa, no obstante la opinión predominante era contraria a las disposiciones del monarca Felipe II e incluso el 16 de enero de 1599 un grupo de jesuitas firmó en la ciudad de Lima una carta de protesta sobre si es legítimo repartir indios en las minas: Parecer de los padres de la Compañía de Jesús sobre si es lícito repartir indios a las minas que de nuevo se descubriere. No era sólo una impugnación legal, sino, sobre todo, apostólica y humanitaria. En todo este movimiento el Padre Esteban de Ávila era una de sus cabezas notorias.

No en vano fue autor de una Suma de Teología Moral y de un Tratado Teológico Canónico sobre las Censuras Eclesiásticas (1608). De Ávila regentó la cátedra de teología moral en San Marcos desde 1585 a 1601. Su teología moral y tratado canónico son importantes, porque la primera a pesar de ser un compendio de la obra respectiva del doctor Navarro (Martín de Azpilicueta), sin embargo, ambas a través de argumentos morales y canónicos dejaba abierta la puerta para la igualdad política entre indios y españoles. Como los obispos del Cuzco Valverde y Solano, De Ávila también fue un defensor del derecho del indio.

Hay que observar el hecho que mientras en la Europa del barroco las Sumas teológicas eran sustituidas por otros textos, en cambio en América seguía siendo libro de cabecera en las Facultades de Teología. Esto se debe a tres motivos. El primero es que el racionalismo nunca llegó a producir en tierras americanas una profunda quiebra religiosa; el segundo es, que la división de la teología en áreas (Dogmática, Escritura, Sacramento, Historia, Espiritualidad, Moral, etc.) no llegó a desmembrarla ni a separarla de la filosofía; y el tercer motivo es, que las escuelas teológicas estaban enfrascadas en una lucha más con una realidad injusta que entre ellas. Como se verá más adelante, la verdadera causa de la decadencia de la teología en la América hispana será más política que intelectual, y a partir de los Borbones y la influencia de otros países como Francia e Italia.

En suma, con Esteban de Ávila los jesuitas se sumaban a los dominicos en el auge de la reflexión filosófico-teológica de la moral. Valverde y Solano fueron enemigos de la encomienda, ahora De Ávila con la recusación de la mita por su orden religiosa era la continuación de la lucha por defender los derechos indígenas a través de la filosofía y la teología. La diferencia con los obispos cusqueños estriba en que no será ya un hombre decisivo, y con él, más bien,  comienza a columbrarse la saga de pensadores que vendrán. De ahí proviene su índole de catedrático y de autor.

Si las comunidades religiosas dieron resultados filosóficos lo fue por y a través de la realidad hiriente del indio. El impacto de la realidad indígena sobre el cristianismo constituye la principal fortaleza de la reflexión filosófica en el Nuevo Mundo. No en vano fue el problema candente del imperio Español durante la Conquista y parte del Virreynato.

Y todo esto es valedero a pesar de que la ordenada y memorística educación colonial tenía distorsiones y restricciones ideológicas, económicas, de raza, de sexo y de casta; amén del latinismo, abundancia de ergotistas, abuso del silogismo, argumento de autoridad, desaprovechar el entorno natural, crear gente pedante y recurrir al castigo físico y verbal. Todo lo cual sumía en la ignorancia, languidez, barbarie y en la miseria a la gran mayoría de la población. Y a pesar de todo ello la filosofía colonial es relevante al plantar la semilla de la libertad.

Discípulo destacadísimo de Esteban de Ávila fue el jesuita limeño P. Juan Pérez de Menacho, nacido en 1565, sucedió a quien le sucede en la cátedra de Prima de Teología de la Universidad de San Marcos, dueño de una memoria prodigiosa y una singular sabiduría tomista, tenía una inteligencia profunda, estudiaba durante ocho a diez horas diarias, a todas las preguntas que se le hacía respondía citando autores, artículos, Concilios y folios, se le consultaba por asuntos difíciles y fue tenido en alta estima por el Santo Tribunal de la Inquisición, tenia gran seguridad en sus respuestas, su saber era tan admirable que se le atribuía ciencia infusa y fue citado con admiración y satisfacción en la Universidad de París. Tribunales, Obispos, Religiones, Universidades, hombres doctos, la Inquisición y los Virreyes consultaron su extraordinaria sabiduría, tras padecer con estoicismo continuas calenturas estuvo quince días en la enfermería sin queja alguna, muriendo sin mella de su lucidez el humilde y obediente Padre Menacho a los sesenta y un años de edad en 1626. Es autor de una Theologiae moralis tractatus, un Comentario a la Suma Teológica de Santo Tomás, las cuales se conservan, y se citan como otras obras suyas: Conciencia errónea, Consejos morales, Privilegios de la Compañía de Jesús, Tractatus preceptis Ecclesiae, El Decálogo, Censuras y Bulas de la Santa Cruzada, y otras más.

En Comentarios a la Suma pone énfasis el jesuita Menacho en que el hombre peca no por la razón sino por la pasión y los apetitos, de ahí el valor de la virtud; y en Teología Moral incide que sin el libre albedrío no hay falta moral ni acción condenable. Esto supuestamente se contradice con que todo ocurre sujeto a la voluntad de Dios, pero el fatalismo providencialista se supera porque Dios sólo quiere el bien haciendo libre al hombre.


SÁNCHEZ RENEDO

El principal aporte teórico del hombre de ciencia Sánchez Renedo es que puso el arte curativo sobre una base organicista, diferente al vitalismo mágico precolombino, poniendo la especulación y el pensamiento científico sobre una plataforma más firme a la del paganismo.

Antonio Sánchez Renedo (1518-1579) nació en Granada, estudió medicina en España y fue el tercer rector no religioso en la universidad de San Marcos entre 1573-1574, como fruto de la primera reforma impuesta por el virrey Toledo en 1571 dando acceso a los profesores laicos a la cátedra y al rectorado. Además, es el primero en esa casa de estudios en ser elegido por segunda vez para el rectorado en 1577-1578. Anteriormente sólo el canónigo dominico Antonio Hervias lo había logrado (1565-66/1571).

En realidad, junto con Gaspar Meneses y Francisco Franco, fue parte de la trilogía que gestó la desvinculación de San Marcos de la tutela dominica, participó en el carácter civil de la constitución sanmarquina por encargo del virrey Toledo y contribuyó a la formalización de la enseñanza médica en el Perú, estableciendo los grados de bachiller, licenciado y doctor en medicina.

Sánchez Renedo no sólo prestó servicios en los Hospitales Mayores de la ciudad sino que dictó lecciones de Astrología, Filosofía y Arte Médico. Además, realizó estudios de investigación sobre los productos naturales existentes en el nuevo Mundo. La astrología como conjunto de sistemas de adivinación fue repudiada por el cristianismo –sobre todo por los Padres de la Iglesia-, porque suspende las leyes, justicia, admoniciones, reprimendas, condenas y castigos, es decir, todo lo que depende creer en el libre albedrío. El cristianismo pide a los fieles que desdeñen la astrología la cual aleja de Dios, y tal repudio es la mayor prueba de la piedad y la fe cristianas. La Iglesia católica se opuso a la astrología supersticiosa o judiciaria, a través de la Bula contra la astrología del Papa Urbano VIII en 1586. No obstante, a través de la historia fue considerada una tradición académica y aceptada en contextos políticos y universitarios. De ahí el caso que se la enseñe junto a la filosofía y el arte médico.

La Universidad enseñaba medicina estudiándose en latín los textos de Hipócrates, especialmente los Aforismos en sus diferentes grupos y sentencias, para extender con el Libro de las Epidemias. Los principales libros de estudio en latín fueron la “Articella” de Hipócrates y el “Canon” de Avicena, tomados como síntesis  del conocimiento científico de la época, que los estudiantes debían leer y analizar durante toda su formación profesional. La modernización en la enseñanza de la Medicina por la creación de la Cátedra del método Galeno recién se daría en 1660, mediante comunicación dirigida a Felipe IV, por lo que Sánchez Renedo era seguidor de la medicina hipocrática y del compendio de Avicena.

Sin esfuerzo se puede advertir cómo desde el comienzo del Virreynato, la filosofía y la teología apoyaron y fundamentaron la expansión de la ciencia y del arte curativo en el Perú. La estrecha relación con la fe y la filosofía favoreció la consolidación de la ciencia y el arte curativo, y lo hizo desde el paradigma epistemológico organicista o vitalista, según el cual los organismos vivos se caracterizan por poseer una fuerza o impulso vital que los diferencia de las cosas inanimadas. Esta asociación de la vida con la organización de sistemas inmateriales, que puede ser identificada con el alma o el espíritu, se vincula a la metafísica griega de las esencias, que fue recogida por el neoplatonismo cristiano, el pensamiento escolástico y fue levantado por el neoplatonismo científico renacentista y la segunda escolástica jesuita.

Los supuestos filosóficos del pensamiento científico de Sánchez Renedo era una mezcla de lo sobrenatural con lo natural y él mismo era el representante de la primera ola organicista de la colonia, la cual era una composición de neoplatonismo científico organicista, que subrayaba la unidad entre lo material y lo espiritual, con la segunda escolástica jesuita, de mayor información empírica pero opuesta al paradigma mecanicista de Galileo y Newton.

Así, la idea central de la práctica médica de Sánchez Renedo se encontraba en una posición intermedia entre el vitalismo mágico-alquimista renacentista y el mecanicismo dualista moderno. La tradición organicista, por lo demás, estaba abierta a las recientes observaciones del mundo americano, como al conocimiento herbolario de los aborígenes, lo que ejemplifica también el hermano Agustín Salombrino que expendía, desde la botica del colegio San Pablo, la quinina contra el paludismo y surtía de medicinas a las casa de los jesuitas y seglares en todo el Perú.

El pensamiento médico científico de Sánchez Renedo permite comprender mejor la tradición científica virreinal a partir del paradigma epistémico organicista. Pero además permite confrontarla con la tradición y la comunidad curativa aborigen, de índole chamánica y herbolaria. La medicina precolombina era una combinación de religión, magia y empirismo para luchar contra la enfermedad, donde incluso lo natural estaba impregnado de un poder sobrenatural. La presencia dominante del chamán, el brujo y el curandero, revela que el paradigma epistémico dominante en el mundo precolombino era el vitalismo mágico y espiritualista. Lo cual no prejuzga de forma alguna sobre la potencia y complejidad del paradigma de cientificidad precolombino. Tomados por magos o nigromántico por los españoles, los hombres medicina indios fueron reducidos y convertidos, pero la práctica curandera sobrevivió[1].

No se conocen obras suyas pero la labor docente y la redacción de la constitución de la Universidad de San Marcos revelan a Sánchez Renedo como un agente valioso en la formación de la tradición médica peruana, que puso el arte curativo sobre una base organicista, diferente al vitalismo mágico precolombino. El testimonio de este sabio médico muestra que el cristianismo ofrecía una plataforma más firme que la del paganismo para mantener la especulación y la búsqueda científica.

Lima, Salamanca 29 de Junio 2014





[1] Cfr. Rosa Contreras Calderón, Madrugadas entre brujos y curanderos, Trujillo, 2006; Yvo Pérez Barreto, Perú brujo, Lustra editores, Lima 2008; César Calvo, Las tres mitades de Ino Moxo y otros brujos de la Amazonía, Peisa, Lima 2011; Mario Polia Meconi, La sangre del cóndor. Chamanes de los Andes, Fondo Editorial del Congreso del Perú, Lima 2001.

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