miércoles, 4 de enero de 2012

FILOSOFIA Y GLOBALIZACIÓN


FILOSOFÍA Y GLOBALIZACION
De la rebelión de las masas a la deserción de las élites
Gustavo Flores Quelopana / Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

La Facultad de Ciencias de la Educación y Humanidades de la histórica Universidad San Luis Gonzaga de Ica, me ha requerido para que en el marco del III Congreso Nacional de Estudiantes de Filosofía, y dentro de límites de tiempo muy precisos, diga algunas palabras sobre “Filosofía y Globalización”.
Antes quisiera rendir un homenaje al mentor de vuestra Casa de Estudios, me refiero a San Luis Gonzaga (1568-1591), sacerdote jesuita italiano y santo patrón de la juventud cristiana. Nació en Castiglione y se educó en la corte florentina de los Medici, en Brescia, y en la de Felipe II, rey de España. En 1585 Gonzaga renunció a su derecho al marquesado de Castiglione e ingresó en la Compañía de Jesús. Dos años después tomó las órdenes sagradas. En 1591, durante la epidemia de peste que asoló Roma, se dedicó al cuidado de los afligidos y murió tras contraer dicha enfermedad. Fue canonizado en 1726. Su festividad se conmemora el 21 de junio. Y me pongo bajo su advocación para disertar sobre el tema: Filosofía y Globalización”.

Introducción
La Filosofía ha sido tradicionalmente concebida como conocimiento que busca la verdad, pero con el advenimiento de la posmodernidad y el pensamiento débil quedó reducido al desciframiento de metarrelatos. El abandono de las posiciones realistas y el giro hermenéutico-nominalista fueron de la mano con muchos cambios culturales y sociales. Quizá uno de los más importantes es la llegada de la llamada era global del capitalismo triunfante.

La globalización imperante o el fundamentalismo neoliberal de mercado, terminó colisionando con el trabajo, la democracia y la sociedad de bienestar. Se instauró una unificación cultural basada en el imperio posmoderno del hombre anético, lo light, lo efímero, lo mediático y lo superficial. Frente a esto, la filosofía volviendo a sus fuentes críticas y racionales tiene la elevada responsabilidad de pensar un mundo más humano, más justo, más vivible. Hace falta pensar una nueva racionalidad, lo que ya implica pensar sobre el pensar mismo.

La crisis de la globalización es la crisis de la sociedad mundial. No hay alternativa nacional a la globalización, pero sí transnacional o continental. Y sin embargo, no basta globalizarse a nivel continental si antes no se gesta un nuevo espíritu mundial, basado en una nueva racionalidad del amor y la justicia social. América Latina puede ser una respuesta diferente a la globalización siempre y cuando rescate sus gérmenes intrahistóricos y plantee creadoramente al mundo una nueva civilización y un nuevo humanismo. Y esto último no es precisamente labor de sus políticos y economistas, sino de sus pensadores, humanistas y filósofos.

La globalización del hiperimperialismo
Uno de los elementos que ha impedido la comprensión del fenómeno de la globalización es tratar de entender lo nuevo con conceptos antiguos. Así, se siguió hablando de “capitalismo global”, de “imperialismo global”, cuando por el contrario, se trata del surgimiento de un fenómeno nuevo en el desarrollo mismo del capitalismo.

La globalización viene a ser sólo una de las características del supercapitalismo en una nueva fase evolutiva posterior al imperialismo y que encarna la metamorfosis del capital monopólico en capital megacorporativo post-estatal. Este elemento nuevo quizá se deja advertir con nitidez en el proceso de acumulación del capital, que ya no se sustenta en la concentración de la producción y sí más bien en la especulación financiera, siendo así que la ruptura de la simbiosis entre el capital bancario y el capital industrial se convierte en emblemático.

El capitalismo que se ha globalizado no es el típico capitalismo liberal o de libre competencia, con su explotación colonial en el mundo. Tampoco es el capitalismo monopolista de organización regulada por el Estado, llamado por Lenin “imperialismo de los trust” o “capitalismo tardío” por Weber y la escuela de Frankfurt. Sino lo que tenemos enfrente es una nueva mutación del capitalismo monopólico en capitalismo de las megacorporaciones privadas, cuya legitimación no necesita de las aduanas de los Estados-nación que ahora son rehenes de aquellas.

Este nuevo fenómeno puede entenderse mejor con la categoría conceptual del Hiperimperialismo, la cual surge como resultado de la desconstrucción de la retórica globalizadora. Michael Hardt y Antonio Negri propusieron la noción histórico-genérica de “Imperio” (Imperio, Paidós, 2000). Pero la noción de “imperio” tiene el defecto de identificar toda la historia humana con la historia varia de los imperialismos. Por ello, es mejor proponer una nueva noción histórica específica como es la del Hiperimperialismo.
Pero la noción de “hiperimperialismo” surge también a contrapelo del conocido esquema de las dimensiones mundiales del imperialismo de Mandel, quien propuso las tres vertientes del imperialismo contemporáneo, pero que no logra captar las dimensiones globales y mundiales del fenómeno imperialista. Mandel habló de ultraimperialismo (convivencia o unión pacífica de fuerzas); superimperialismo, (hegemonía de una potencia imperialista sobre otra); e interimperialismo, (competencia entre áreas imperialistas mundiales). El hiperimperialismo, por el contrario, supone una modificación profunda de las tres dimensiones mundiales del fenómeno imperialista señaladas por Mandel. Primero, porque la hegemonía ya no corresponde a alguna potencia en especial, sino a las megacorporaciones; segundo, porque la convivencia pacífica está a cargo de las multinacionales y no de los Estados, y tercero, porque la competencia territorial pierde importancia ante el carácter desterritorializado del hiperimperialismo megacorporativo.

Ahora se trata del desarrollo de un aparato económico-político desterritorializado y descentrado que no conoce fronteras y que impera en la tierra entera.

De este modo, el megacorporativismo post-estatal capitalista es un hiperimperialismo que rebasa los paradigmas del pensamiento político del siglo XX: nacionalismo, socialismo y liberalismo y cuyas características principales son:
  • desarrollo de nueva forma de soberanía, basada en el poder megacorporativo sin fronteras,
  • declive del Estado-nación,
  • carácter especulativo y no productivo de los mercados financieros,
  • acelerada desproletarización de la fuerza laboral, la extinción del trabajo o la no producción de empleos,
  • desmaterialización de la producción,
  • aumento astronómico de la riqueza especulativa,
  • paso de la geopolítica a la geoeconomía,
  • choque entre nuevas tecnologías y necesidad de crear puestos de trabajo,
  • desarrollo de formas post-industriales de trabajo y de producción que rebasan el poder de los Estados-nación,
  • agudización de un estilo de vida antiecológico,
  • aumento de la miseria y exclusión social,
  • peligro de crecimiento de fenómenos totalitarios intrademocráticos
  • arrinconamiento de las identidades culturales.
  • triunfo antropológico del hombre anético.

Es decir, el supercapitalismo globalizado es esencialmente todo esto, pero además es algo que casi siempre no se advierte: su efecto sobre el hombre.

Hombre anético y globalización
Los cambios suscitados por la globalización del hiperimperialismo han sido tan profundos que han provocado una confluencia de varias crisis (económica, política, cultural, moral y espiritual) que ponen a la realidad humana en serio peligro.

Así, se puede afirmar que a la globalización le corresponde una nueva realidad antropológica inusitada y alarmante. En este momento nuestro, donde la tecnosfera, la etósfera y la logosfera amenazan lo humano, es una moda escuchar que lo importante no es lo bueno o lo malo, sino lo que nos hace sentir bien. Es el credo del hedonismo, el relativismo, el cinismo moral, entronizado como forma de vida. Hoy la ciencia, la técnica ni la moral pueden cumplir aquella función cultural integradora, entonces el espíritu humano es avasallado.
Un nuevo tipo humano permisivo, complaciente, anético, se va imponiendo en la llamada cultura posmoderna actual. Y esto se viene desarrollando bajo el argumento de que si no hay fundamento fuerte o metafísico todo está permitido. Se llega de este modo a un relativismo extremo y, si el único criterio es la práctica social de la sociedad liberal burguesa, entonces se está defendiendo la supremacía en ésta de una especie de darwinismo social donde prima la ley del más fuerte.
                                                         
El hombre anético no sólo implica una definición moral, sino también metafísica. En este sentido, anético es el acto moral por medio del cual la mentalidad moderna convierte al hombre en una criatura sin absoluto. Este acto moral del hombre anético pertenece a una época en que se completa el proceso de extinción de lo divino y tras perder el nexo ontológico entre Dios y la Criatura, pierde también su propia condición de criatura. Pero lo anético no afecta la capacidad humana de sentir lo divino, sino que afecta su voluntad hacia lo divino. Por eso, el lema del hombre anético ya no es “Dios ha muerto”, sino “El hombre ha muerto” y “todo vale”. Con la muerte de Dios y del hombre, el hombre anético sepulta algo muy esencial de su ser, a saber, el contacto con lo Absoluto.

El anetismo también señala el tránsito del pensamiento contemporáneo de la cultura de la increencia a la cultura del nihilismo. Pero se trata de un nihilismo integral, como nunca antes visto en la historia universal, donde se instaura una hermenéutica postmoderna del hombre sin absolutos. Tal nihilismo integral supone el nihilismo gnoseológico, que niega la posibilidad del conocimiento de modo radical; el nihilismo metafísico, que niega la posibilidad de algo permanente en el cambio y la multiplicidad; y el nihilismo moral, que afirma la desvalorización de los valores superiores. Nos volvimos en pequeños diosecillos más allá del bien y del mal.

En una palabra, el anetismo es metafísicamente la negación de todo fundamento, gnoseológicamente resulta un nihilismo integral y antropológicamente el delirio extremo de la voluntad subjetiva. Culturalmente es resultado de una modernidad que al fracasar el ideal universalista de la razón se centra unilateralmente en lo cismundano para obviar lo trasmundano.

Es decir, la racionalidad anética al poner lo individual sobre lo universal no sólo destruye el ejercicio de la razón ética, sino que hace que la moral y la ética dejen de identificarse en la práctica, las personas pueden ser morales pero ya no éticas. Y las situaciones conflictivas de la vida suelen aliviarse con el nuevo principio melifluo de la tolerancia. De modo que si desde el punto de vista de la moral, hay que tomar una decisión práctica; desde el punto de vista de la ética ya no han de primar los valores, sino, más bien ha de formarse la conciencia en el hábito de saber ser tolerante.

En ambos casos, se trata de una tarea de fundamentación moral. El principio de tolerancia como supravalor de la racionalidad anética esconde en su seno una grave inconsciencia respeto a la naturaleza misma del valor. La misma que puede llevar, como efectivamente lo hace, hacia la permisividad social o, lo que es lo mismo, hacia la tolerancia sin límites. La idea que voy a sostener es que la racionalidad anética se basa en la práctica del valor en su polaridad inversa o negativa, y que por consiguiente no es exacto que se basa en el rechazo completo del valor o que han rechazado enteramente el “confort metafísico” del valor mismo.

Bajo el hiperimperialismo el hombre sufre una más profunda enajenación de sí mismo. El resultado es una enajenación donde la persona ya ni siquiera se siente como cosa ni mercancía, el sentido de su propio valor ya no depende del mercado que lo excluye, sino de las fantasías de un mundo virtual y cibernético que se constituye en la nueva autoridad anónima que diluye su identidad y convicciones personales. A esto se le llama cosificación. El hiperimperialismo global supera el hombre alienado y lo agrava generando el hombre cosificado. Mientras el hombre alienado siente su alienación con inquietud y es capaz de rebelarse, en la cosificación no siente su alienación y vive feliz en un mundo que lo manipula. Es el paraíso de los Homero Simpson. Y esto es así porque el capitalismo de las masas babélicas y hedonistas lo que ha hecho es satisfacer las demandas lúdicas de seres gobernados por la autoridad anónima del conformismo y el triunfo de la inteligencia rutinaria del hombre enajenado. La verdad es que el hiperimperialismo extremó al máximo los mecanismos de adaptación social.

Y la consecuencia más grave es la descomposición de las relaciones humanas, sin confianza en el prójimo que es percibido como un competidor y un enemigo se esfuma el sentimiento de solidaridad y de justicia, se instala una mentalidad predatoria e insensible que deshumaniza las relaciones sociales. Los hijos no respetan a los padres porque éstos ya han dejado de ser modelo y ejemplo, son más bien antihéroes encenagados en la cosificación social. La mujer experimenta una masculinización de su psique, en donde la virginidad, maternidad, el hogar, la honestidad, el pudor, la vergüenza y el amor a la vida pierden sentido y toman su lugar los antivalores como la venganza, el provecho, el engaño, la explotación, la mentira y la traición. Entonces el expediente del aborto, el divorcio, la infidelidad y la promiscuidad se convierten en moneda corriente. El hombre también se ve afectado en la exacerbación de su conducta agresiva y competitiva, y en la supremacía de un lenguaje procaz y coprolálico. Lo que socialmente se manifiesta en el incremento de la corrupción a todo nivel.
La deshumanización acelerada del mundo también es ostensible en la música y en la pintura. En los catálogos de arte europeos predominan los tonos grises y oscuros, apáticos y sin esperanza, y en la llamada música hip hop la imitación de la cadencia maquinal predomina sin imaginación ni belleza. Por lo demás el vedetismo y el desnudo innecesario desplaza al arte vocal y los medios masivos de comunicación se convierten en las celestinas de un mundo sórdido y degradado. A todo esto llamo el imperio posmoderno del hombre anético, el cual no tiene convicciones sino intereses, no tiene principios sino cálculos de beneficios personales. Pero podemos preguntarnos si el hombre anético es el hombre mediocre descrito brillantemente por José Ingenieros. Y la respuesta es que sí y no. Sí, en tanto es el mismo hombre sin ideales y sólo con metas; y no, en cuanto este nuevo hombre mediocre ha perdido todo respeto, envidia y admiración por el hombre superior. Es más, el hombre superior es ya una especie en extinción, pues lo que hoy vivimos no es solamente una rebelión de las masas, al decir de Ortega y Gasset, sino una deserción de las élites. El gremio universitario que debería ser lo más granado de la cultura y del pensamiento se ha proletarizado, envilecido y rutinarizado. Está cada vez más al servicio de la empresa universitaria que del ideal universitario.

Quizá una de las más graves crisis que afecta a la sociedad global es, junto a la emancipación juvenil y femenina, la crisis de la familia. En la sociedad post-industrial la familia se ha desorganizado, ha perdido sus relaciones precisas y sus tareas apropiadas. Horkheimer tenía la visión optimista que la familia  moderna se adecuaría a las exigencias del mercado  y seguiría conservando una carga innovadora y antagónica al mercado. Sin embargo, los hechos dicen lo contrario. La familia en vez de adecuarse al mercado ha sido desarticulada por ésta, y en vez contener una carga antagónica replica en el seno de la familia la anomia del mercado. Esto sobretodo se ha producido porque retrocede el amor positivo de los cónyuges y la solicitud materna, lo que pulveriza una solidaridad no funcional frente al sistema. La gratificación expresiva interpersonal sale del puro ámbito privado de la familia para invadir las llamadas redes sociales del Twiter y Facebook, donde las relaciones ficticias y virtuales reflejan una psicología insegura, narcisista y con dificultades para una auténtica relación personal. Y siendo la familia el núcleo de la sociedad su descomposición afecta gravemente la salud misma de la sociedad entera.

Así, nos encaminamos hacia una anomia mundial. Se trata de un ataque profundo no sólo contra la democracia, la economía y la moral, sino contra el hombre mismo. Al respecto se puede reflexionar sobre la descomposición de las tres columnas principales de la civilización occidental: la cáritas cristiana, el derecho romano y el racionalismo griego. Un individuo despersonalizado y debilitado moralmente por la vorágine cosificante del mercado ya no siente el llamado interno del amor, la justicia y la razón. Por el contrario, embotado en su fuero interno vive a expensas de sus más elementales y primitivos instintos, impulsos y pasiones.

De esta manera, crecen las condiciones tanáticas de la civilización consumista, mediática, electronal y anética. Estas dramáticas condiciones configuran los “problemas globales":
 Físicos:
Ø  Cambio climático
Ø  Nuevas pandemias virales
Ø  Explosión demográfica
Ø  Agotamiento de agua, energía y alimentos
Económicos:
Ø  Muerte del sentido ético de la economía
Ø  Pésima redistribución de riqueza social
Políticos:
Ø  Nuevas potencias nucleares
Ø  Países se convierten en mercados
Ø  Muerte del sentido social de la política
Sociales:
Ø  Drogas y corrupción generalizada
Ø  Refugiados y desplazados
Ø  Aumento de riqueza especulativa versus miseria
Ø  Gansterización de la vida social
Culturales:
Ø  Estilo de vida antiecológico
Ø  Sometimiento de la ciencia a la industria
Ø  Abandono de ciencias humanísticas
Ø  Deterioro de la educación mundial
Espirituales:
Ø  Extenso olvido de Dios
Ø  Culto de la muerte y la violencia
Ø  Deshonra y desorden del matrimonio
Ø  Desenvolvimiento de sociedad luciferina
Escatológicos:
Ø  Actuación del misterio de la iniquidad
Ø  Apostasía general o triunfo de la cultura de la increencia
Ø  Predominio de sociedad concupiscente o sexista
Ø  Soberbia, desnaturalización y codicia generalizada
Ø  Divorcio con la verdad o la llamada ontología débil

Filosofía posmoderna y globalización nihilista
Las sociedades ricas globalizadas son partidarias de una sociedad no filosófica, no necesita de los fundamentos y legitimaciones de la filosofía, es una sociedad que ya no puede aceptar la formulación de criterios de «verdad», sino que se orienta hacia la consecución de la felicidad a partir de la eliminación de todo tipo de trabas a las limitaciones de la libertad.

Pero en realidad, a la era de la globalización le pertenece una determinada filosofía que se siente muy cómoda en ella, a saber, la filosofía de la posmodernidad. Esta es la filosofía que descarta los fundamentos ontológicos fuertes y se adhiere a una ontología débil, no hay hechos sino eventos e interpretaciones. Dios, Ser. Justicia, Naturaleza y Verdad son relativizados como metarrelatos. Y en consecuencia, al sistema que sobrepone lo económico sobre lo humano y social, le corresponde una filosofía formalista que termina en el relativismo y en el contingencialismo. Es decir, concluye en la cumbre del nihilismo.

Al abordar la erosión nihilista de la sociedad postmetafísica se afronta el desafío de las probabilidades históricas de la nueva humanidad. Tal porvenir depende de la idea de una renovación espiritual cristiana que nos haga salir de la edad humanista antropocéntrica y en particular de la época del capitalismo global nihilista.

La sociedad postmetafísica implica una especie de ateísmo temporal, con un pesimismo hermenéutico que invoca verdades interpretativas y convierte las verdades ontológicas en mentiras. La modernidad en un primer momento celebró la sociedad postmetafísica imponiendo la visión objetivista de las ciencias naturales. Naturalismo y cientismo eran los elementos racionales privilegiados de la conciencia secularizada. Sin embargo, la conciencia normativa de la modernidad occidental fue sacudida por el factor de la globalización y de la posmodernidad, las cuales movilizaron proyectos fallidos, vidas truncadas por el consumismo, y relaciones existenciales marchitadas por el nihilismo.

Nihilismo y Hermenéutica desalojan al naturalismo y cientismo de la conciencia normativa del hombre de la época actual. Como resultado final se tiene una muchedumbre de ciudadanos nihilistas que creen estar libres de disonancias metafísicas, mientras que a su sombra se produce un reavivamiento de la espiritualidad religiosa con su ligero bagaje metafísico. La erosión nihilista de la filosofía posmoderna remonta sus presupuestos últimos a lo más característico de la filosofía moderna, a saber, el Empirismo. En la filosofía hermenéutica al igual que en el Empirismo  no  hay  metafísica, no hay trascendencia, sobretodo no hay ideas inmutables y eternas. Todo queda relativizado en función de espacio-tiempo, de lo humano, a veces demasiado humano. Como en el nominalismo medieval el sentido interpretativo adquiere hegemonía sobre lo universal, inteligible, ideal, el individuo sobre lo universal, el tiempo sobre la eternidad, el querer sobre el deber, la parte sobre el todo, el poder sobre el derecho.

La exageración de las tesis empiristas por la hermenéutica posmoderna afecta a la propia comprensión de la experiencia, la lleva a la liquidación inclusive de toda verdad y la eliminación del sujeto culpándolo del discurso del poder. Al debilitar el principio de realidad y convertir los contenidos en meras imágenes, donde lo virtual produce lo real (Baudrillard), deriva hacia una ontología del crepúsculo donde “todo vale” (Vattimo) y produce la disolución de la estabilidad del ser en el instantaneísmo del evento.

La vuelta a la tendencia antimetafísica con el irracionalismo hermenéutico postmoderno se parece bastante más al pensamiento de épocas pasadas. Así el relativismo de Protágoras renace con Feyerabend, el escepticismo pirrónico con Lyotard, y el nihilismo moral de Nietzsche con Vattimo. La cuádruple raíz suficiente del logos nihilista posmoderno son: el relativismo, el escepticismo, el nominalismo medieval y el empirismo de Hume. El empirismo, el positivismo y el fenomenismo son nominalistas. Incluso el propio existencialismo, con algunas reservas, resulta siendo nominalista con su preocupación por la existencia  contra la esencia. Pero la hermenéutica posmoderna es la conclusión del nominalismo.

El extravío de la metafísica y el auge del nihilismo es consecuencia del proceso de extrañamiento nihilista del ser mismo, por el cual el marco onto-teológico es reemplazado por otro exclusivamente onto-antropológico. El nihilismo posmoderno diviniza al hombre interpretador, convirtiendo al hombre, que viene de la nada y participa de la nada, en un ente nihilizador por antonomasia.

La barbarie posmoderna sostiene que el propósito del hombre no es trascender espiritualmente hacia valores absolutos, sino vivir en función del placer, el éxito material y el dinero. Todo vale para las masas sin metas heroicas ni ideales, exhibiendo felices el fracaso de su Yo interno sin saber que la verdadera felicidad se encuentra en la solidaridad y comunión con el prójimo. Se vive en una especie de presente perpetuo, los deseos sustituyen a las esperanzas futuras, la experiencia se deshistoriza en una vivencia del instantaneísmo temporal que produce una catástrofe de la memoria y el vacío de la historia. En este amanecer postmetafísico se produce el eclipse de toda profundidad, toda Verdad objetiva, periclita el reformismo moderno, la autoconciencia humana degenera en la instauración del mundo moralmente neutro.

Un Carpe Diem estetizante, cínico y ramplón preside el Apocalipsis del espacio egocentrado, donde masas babélicas indiferenciadas liquidan el principio de realidad o la realidad contextual a favor de la realidad discursiva o textual. Desde los jóvenes ejecutivos “yuppies”, hasta los magnates y dueños de las monstruosas megacorporaciones, que nadan desde sus campanas de cristal en poder, sexo y dinero, reivindican la libertad sin los límites morales. El nuevo credo disolvente de la espontaneidad humana es: “La Libertad sin Justicia”, el cual ha tomado el lugar de “la Justicia sin Libertad” del totalitarismo de la globalización actual.

Todo esto lo que en realidad produce es la profundización de la alienación de las relaciones existenciales. Habiéndose desarraigado del alma el sentido de lo divino, deposita su confianza en las maravillas de la revolución tecnológica, que le traen bienestar y comodidad. Confianza, en vez de esperanza y nostalgia, lo que deriva hacia un solipsismo vital. Pues se trata de una confianza distinta a la sentida en la época moderna, carente de voluntad de emancipación política ni sentido del progreso; abocada a lo inmediatamente útil, aplicativo y rendidor, en una inmanencia virtual y especulativa sin antagonismos. La conciencia normativa se ha desmoronado y los valores brillan por su ausencia.

Filosofía y nueva racionalidad
Freud escribió varios libros sobre el problema religioso y uno de ellos lo tituló El porvenir de una ilusión (1927), lo hizo para demostrar que la fe religiosa era una obsesión neurótica. Ahora, cerca de transcurrir un siglo de su publicación lo que ha devenido en ilusión y obsesión neurótica es la fe ciega en la cosmovisión científica de la realidad. La racionalidad del pensar cientificista objetivador convirtió toda la realidad en ente manipulable y con ello sofocó el carácter de religación del hombre con el ser del mundo. El pensar técnico como un peligro para la humanidad se ha puesto en evidencia tras la actividad predatoria de la naturaleza que extravió nuestra interdependencia con ella. La razón instrumental patentizada por Adorno y Horkheimer, que gobernó la modernidad capitalista y fue hija legítima de la racionalidad técnica, nos llevó al extremo dramático de un cambio climático por la degradación de la naturaleza.

Por consiguiente, se necesita un nuevo modo de pensar, pues el acto más elevado de la razón no es un acto técnico, sino un acto estético y contemplativo del ser. Tenemos que recuperar lo sublime, nuestra capacidad de conmoción ante lo grandioso o amenazante a partir del reconocimiento de la pequeñez humana. Esto supone invertir la dirección a la que nos impulsa el pensar técnico, que agiganta nuestro antropocentrismo y narcisismo. Tras la ilusión de dominar la naturaleza el hombre contemporáneo tiene la sensación de haber perdido el control con el cambio climático global y su otrora fe en la ciencia moderna se trueca en inseguridad y desilusión. Se requiere una nueva racionalidad y la comunidad llamada a pensarla es la universidad y la intelectualidad en su conjunto.

Sin embargo, la orientación mercantilista de la universidad actual ha provocado una grave tergiversación en su misión fundamental: el abandono de la investigación fundamental. Lo que predomina hoy es la universidad empresarial la cual es una universidad pasiva, porque lejos de promover el pensamiento crítico se limita a reproducir irracionalmente el mecanismo social del momento para satisfacer la demanda de mano de obra calificada. En este sentido la preocupación que mueve a la universidad empresarial peruana actual reproduce la lógica alienante del poder económico y político.

A esto se añade que la manipulación comercial de la racionalidad técnico-científica. La dependencia de los científicos respecto de la industria facilita que los mega-consorcios impongan su voluntad a través de una camarilla de políticos. Y es que una ciencia de lo no-humano, la ciencia de la producción de las cosas cuando se reconvierte en reguladora de la vida sólo impone reglas inhumanas. Las sibaritas élites del megacorporativismo privado son esencialmente nihilistas, su único lenguaje es el de las superganancias sin barrera alguna. En otros términos, no es Occidente lo que muere, sino, lo que muere es el Occidente humanista y cristiano a manos de la metamorfosis de un Occidente secular, pragmático y nihilista que se globaliza.

Si la obra suprema del cuerpo social son las superganancias a cualquier costo y no se ordena a los bienes superiores de la persona, entonces termina poniéndose al hombre al servicio de la industria y de la técnica. Ante esto hay que enarbolar un verdadero humanismo. El verdadero humanismo no es antropocéntrico, objetivista, inmanentista, secular y naturalista, ello es hominismo y antropotecnia, sino que el verdadero humanismo es el que reconoce la dimensión metafísica del ser humano, porque el hombre es el ser finito plantado en lo Absoluto, es el buscador de Dios, es libre y trascendente, donde cada hombre es irremplazable. El verdadero humanismo es comunión fraterna, respeta la dignidad y las exigencias integrales de la persona sin olvidar que no sólo debe existir en el orden temporal. En el hombre hay algo más que el hombre, el hombre está en el tiempo pero no es del tiempo, su fin no se agota en la vida temporal.

Pero el extravío de este humanismo de base trascendente se relaciona con el alejamiento de la metafísica. ¿Qué fue lo que determinó el extravío de la metafísica en el mundo occidental? El apartamiento de la metafísica y el auge del ateísmo son consecuencia del fenómeno de secularización sólo porque la secularización misma representa todo un acontecimiento metafísico. La modernidad desembocó hacia una antropotecnia antropolátrica que se regodea en su finitud e historicidad.
La modernidad colocó a la Subjetividad como fundamento, y esta ubicación montada sobre los hombros del escepticismo antiguo, el nominalismo medieval, el temporalismo racionalista y el empirismo moderno facilitó el surgimiento del humanismo antropocéntrico, el extravío de la metafísica de las esencias y de la persona, la erosión nihilista y la convergencia hacia la sociedad postmetafísica.
Además, en el entronizamiento del Sujeto como fundamento de la modernidad también influye el hecho de que Dios y las verdades de la metafísica de las esencias y de la persona no son verdades evidentes. Las cosas que son primero en el orden del ser no lo son precisamente en el orden de los conocimientos humanos, pero el hombre de la modernidad rompiendo con la distinción metodológica entre lo que es “por sí” y lo que es “para nosotros” se queda con éste último hasta constituirse en el creador de la totalidad de la realidad.

Ante este panorama podemos preguntarnos si: ¿Puede dar América Latina una respuesta diferente a la globalización? Creemos que sí, siempre y cuando rescate sus gérmenes intrahistóricos y palingenésicamente proponga de forma creadora al mundo una nueva civilización y un nuevo humanismo. Somos un Continente lleno de fe en lo sobrenatural y la fe, que no excluye la razón, da una nueva concepción del mundo. Nuestra occidentalización no es un remedo del occidente europeo ni norteamericano. Por el contrario, nuestras raíces milenarias están vivas y constantemente nos llaman no hacia el pasado sino hacia el reconocimiento de las energías espirituales perennes. Lo mágico y maravilloso en nuestro Continente no es mera moda literaria, sino lenguaje sagrado de realidades objetivas que trascienden lo meramente empírico aun cuando residan en plantas, cerros y huacas, y que remiten a lo Absoluto, a Dios. Es por eso que América Latina por su milenaria peculiaridad espiritual está en inmejorables condiciones de aportar una nueva racionalidad no reñida con la fe, porque así como la fe no puede prescindir de la razón, la razón se daña a sí misma cuando prescinde la fe. América Latina posee el acervo espiritual para superar los prejuicios renacentistas y enciclopedistas contra la religión.

Conclusión
En conclusión, el desafío de la Filosofía ante la globalización posmoderna es impulsar una nueva racionalidad que recuperando la fe, la cual es una forma de aprehender la realidad, supere el olvido nihilista del ser, que nos permita salir del hechizo de la cosmovisión nihilista postmetafísica, recuperando la metafísica de las esencias y la metafísica del amor cristiano, reemplazando el Yo posmoderno único-soberano que elimina toda verdad extrahumana y todo encuentro existencial con dios. Y entonces se podrá dar comienzo a la reversión la tiranía de la presente barbarie civilizada de la actual globalización consumista y deshumanizante.
En una palabra, el desafío de la Filosofía ante la globalización posmoderna es sanar las heridas anéticas que asolan a la humanidad actual emprendiendo la recuperación de las legítimas dimensiones inmanente y trascendente del hombre que se resuelven en las imperecederas realidades de la Verdad, la Justicia y el Amor. 

Muchas gracias
(Conferencia pronunciada el martes 28 de setiembre del 2010 en el III Congreso Nacional de Estudiantes de Filosofía organizado por Universidad San Luis Gonzaga en la ciudad de Ica).

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