viernes, 27 de junio de 2014

NEOPLATONISMO RENACENTISTA NOVOHISPANO

NEOPLATONISMO RENACENTISTA NOVOHISPANO
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
 
Cuatro son las características centrales del neoplatonismo de la escuela de Alejandría fundada por Ammonio Saccas y cuyo mayor representante es Plotino, a saber, carácter revelado de la verdad, absoluta trascendencia divina, teoría de la emanación y retorno extático del mundo a Dios. Por su parte, el cristianismo conservó las siguientes ideas griegas: crítica al politeísmo (escépticos y epicúreos), metafísica de la voluntad (Plotino), mundo ideal, escatología, pureza ética, desprecio del mundo, preferencia por su suprasensible (Platón y Filón), valoración de lo sensible (Aristóteles), ley eterna, razones seminales, ciudad de Dios (estoicos).

En realidad, la filosofía de la Edad Media cristianizó la metafísica de las esencias de origen griego con el teísmo, creacionismo, hombre como alma, libertad humana y plan divino. La diferencia entre la Patrística y la Escolástica más bien se dio en el énfasis que puso la primera en el criterio platónico del Ser como ser verdadero, y la importancia que le concedió la segunda en el criterio aristotélico del ser como una especie de trasmundo, que terminaría por sustituir el ser verdadero por el ser en general de Escoto y Ockham. Pero a pesar de esta diferencia el espíritu que anima a la filosofía cristiana se mantiene a través de la unidad entre ciencia y fe, razón y religión como clima espiritual común para árabes, judíos y cristianos[1].

La filosofía del renacimiento es un hervor juvenil y exaltado que se despliega en todas direcciones en búsqueda de lo nuevo: mística y magia, matematización de las ciencias naturales, nueva concepción del hombre y del Estado. Sueña con Giordano Bruno con el infinito pero se abate en la pesadilla de lo finito, con Montaigne, Charron y Francisco Sánchez se caerá presa del escepticismo y con Maquiavelo del relativismo. Dos son la figuras fundadoras: Cusa y Suárez, éste último fundador de la neoescolástica renacentista española. Ambos están en las raíces del pensamiento moderno, aun cuando mucho de la Edad Moderna se halla en Abelardo, Escoto, Ockham y Cusa. En una palabra, el Renacimiento vuelve al platonismo, aristotelismo, estoicismo y humanismo; incluso el problema de la libertad ya estaba debatido en la Edad Media y sólo vuelve en la Edad Moderna con más fuerza porque el propio poder secular lo exige perentoriamente.

No obstante, el aporte original del Renacimiento fue el humanismo y la contribución revolucionaria es el nuevo concepto cuantitativo mecanicista de la ciencia creado por los fundadores de la física moderna, la cual fue un golpe mortal a la concepción eidética del ser. Al mismo tiempo el surgimiento de la nueva escolástica española, portuguesa y alemana, que dominó en escuelas y universidades del siglo dieciséis y diecisiete, hizo posible a los grandes filósofos sistemáticos modernos desde el siglo diecisiete al diecinueve.

Ahora bien, el platonismo del Renacimiento fue posible gracias a la llegada de los sabios bizantinos tras la caída de Constantinopla. Pero el platonismo renacentista italiano hereda el neoplatonismo cristiano del Imperio Bizantino. Dionisio Areopagita a fines del siglo V intenta asociar el neoplatonismo al cristianismo o interpretar la dogmática cristiana desde el punto de vista neoplatónico. En el siglo VI el Concilio de Constantinopla (533) cita al pseudo-Dionisio por primera vez; pero fue San Máximo (580-662) el Confesor el que introdujo el neoplatonismo de Dionisio al cristianismo.

La filosofía bizantina por mucho tiempo fue vista estrechamente sólo como un medio preparatorio para el platonismo italiano y el humanismo renacentista, pero en realidad Bizancio no sólo fue Psellos, Bessarión y Pletón, sino que es un movimiento ideológico propio caracterizado por un ecumenismo griego y un cristianismo que enfatiza la “unión con el todo” antes que la “difusión universal”. Su filosofía consolida el cristianismo con herramientas griegas. Por eso el espíritu de Bizancio no fue por el derrotero del subjetivismo ni del practicismo occidental sino por el platonismo místico heredado por el Oriente[2]. Sin Bizancio no es posible entender la herencia platónico-aristotélica de los árabes, el enlace entre la mística bizantina y la mística alemana del siglo catorce a través de Escoto Erígena –que tradujo el pseudo-Dionisio y a San Máximo-, la propagación del cristianismo entre los eslavos y la diarquía Isáurica adoptada por el zarismo ruso. Bizancio después de vencer a los árabes, búlgaros, eslavos y demás pueblos conservó la herencia de la civilización grecorromana, de la que se consideraba depositaria y continuadora.

La presencia de lo religioso en la filosofía griega no es extraña y su presencia lo demostró el orfismo y su potente influjo entre los siglos VI al IV A.C. sobre Heráclito, Empédocles, pitagóricos y Platón. En la filosofía helenística romana (siglos II A.C. al V D.C.) los estoicos, neopitagóricos, platónicos pitagorizantes, neoplatónicos, el sincretismo pagano y el sincretismo judeo cristiano se obsesionaron con el problema de la salvación del alma. Las únicas corrientes no religiosas eran la epicúrea, la cínica y los escépticos.

La batalla de cuatrocientos años del neoplatonismo contra el cristianismo la perdió porque la exigencia religiosa de la época no se colmaba con un dios inefable, cuya obra no era deseada, ni había lugar para la inmortalidad personal, indiferente al mundo y sin bondad divina. La emanación de Plotino era incompatible con la bondad de Dios y todo el proceso cósmico terminaba retornando al principio metafísico de todas formas al margen de su desenvolvimiento ético. Además para Plotino el mal no existe en las cosas sino en la materia, el bien y el mal son partes de la razón universal, por tanto toda falta es involuntaria. El cristianismo daría respuesta a este punto concibiendo que Dios crea todas las cosas, incluyendo la materia que no es sede del mal, descartando así toda existencia física o sustancial del mal, La causa del mal sería el ejercicio del libre albedrío sin virtud.

El neoplatonismo de Plotino tiene como tema fundamental la imagen de una vida del Universo que alterna entre su emanación de Dios y su absorción en Dios. Tal imagen preocupaba al espíritu griego desde los estoicos. Pero en los griegos se trata es un tema puramente filosófico, porque sigue el itinerario del proceso lógico que comprende la división del género en sus especies y después el retorno de éstas al género. En el neoplatonismo se trata de un proceso de necesidad natural y eterna. En cambio para el neoplatonismo cristiano, especialmente bizantino, el proceso teocéntrico de alejamiento del primer principio y después de retorno a él es de carácter histórico y refleja los momentos de la creación, la caída y la redención. Es en Bizancio donde el oriental monaquismo místico oscuro e irracional de Egipto es derrotado por el monaquismo especulativo, racional y práctico. A partir de Bizancio el misticismo espiritual favoreció la recepción del neoplatonismo en el cristianismo.

El cristianismo captando más profundamente la naturaleza de Dios y del hombre comprenden que este proceso no responde a una necesidad natural y eterna, sino que se trata de una historia cuyo autor es Dios, donde lo histórico-dramático ocupa el lugar de lo lógico, y la omnipotencia y omnisciencia del Creador dispensa de una explicación sistemática del Universo.

San Dionisio Areopagita revistió a la imagen cristiana con las apariencias del neoplatonismo, pero no notó su diferencia profunda entre ambas y la aparición histórica de Jesús quedaba sin importancia junto a una cristología que se transformaba en una doctrina del verbo. Fue el filósofo bizantino San Máximo justamente el que corrige este defecto de Dionisio, siguiéndolo en lo de la emanación y reabsorción pero corrigiéndolo  en lo tocante a la concepción cristológica. Este neoplatonismo rectificado, que concibe a la salvación como la unión de las criaturas en Dios, es el que se introduce en el Renacimiento italiano. Los griegos Pletón y Bessarión son los abanderados del nuevo platonismo. El Medioevo sólo conoció tres obras de Platón: Fedón, Timeo y Menón. Pletón se encargaría de hacer escuchar en Florencia a un Platón más integral. Pletón y Bessarión salvaron a Platón para el renacimiento. Cusa, Pico de la Mirandola y Marsilio Ficino son exponentes del neoplatonismo renacentista que concede mayor importancia al hombre y su función en el mundo. La especulación de Cusa sobre el infinito donde no hay un punto central cósmico precursa la ciencia de la naturaleza de Copérnico y Kepler; Ficino traduce a Platón y Plotino y desdibuja lo cristiano; y Pico tiende a un nuevo paganismo al hacer del hombre un demiurgo creador, un deus in terris.

En el Nuevo Mundo la estrecha relación entre la fe y la filosofía hizo que en una primera etapa dominara la preocupación cristiano-humanista antropológica-moral, abarcando ésta tanto al pensamiento neoescolástico novohispano de dominicos y jesuitas, al neoplatonismo científico renacentista, subyacente en el paradigma epistemológico organicista o vitalista del arte curativo de la segunda escolástica jesuita, al neoplatonismo providencialista del Inca Garcilaso y al platonismo mesiánico de Guamán Poma de Ayala, ambos vinculados a un fondo escatológico indiano.

Por lo demás, la ontología mítica indiana, donde existía la noción optimista de ciclos cósmicos regeneradores de transformación mundial o cataclismos, llamados Pachacuti, al igual que las demás ontologías ancestrales, tiene una estructura platónica para explicar el mundo. Dicha estructura sirve de bisagra espiritual e intelectual también en la asimilación del pensamiento cristiano por parte del piadoso poblador andino. Lo que se aprecia poderosamente en el platonismo mesiánico de Guamán Poma de Ayala. Sólo con el cristianismo el hombre deja de defenderse de la historia, de todo lo que parece nuevo e irreversible y de la ausencia de arquetipo celeste y repetición cósmica[3]. Como es manifiesto en el neoplatonismo providencialista del Inca Garcilaso de la Vega. Efectivamente, sólo la fe cristiana al introducir la noción del valor de la persona humana supera el tema arcaico de la eterna repetición de los ciclos cósmicos restauradores del orden universal.



[1] Queda mucho por explorar sobre la génesis de las ideas filosóficas de la Edad Media, Así un conocedor tan profundo como  A. E. Taylor afirma que en los puntos decisivos la concepción del mundo medieval nunca desplazó al platonismo (Platonism and its influence, 1927, p. 28). E. Hoffmann es de la opinión contraria y piensa que el platonismo no aportó nada. Mientras que W. Jaeger sostiene que entre ambas figuras hay más concordancia que discordia (Aristóteles, FCE 1993). En la Iglesia la postura ante Aristóteles fue disímil. Así si el Papa Inocencio III prohibió el estudio de la Metafísica por su afinidad con el panteísmo neoplatónico arábigo, el Papa Gregorio IX en 1231 dejó libre la investigación de todo Aristóteles hasta que no se examinase su valor.
[2] Una exposición detenida de la importancia de este periodo y de sus pensadores  puede encontrarse en Basilio Tatakis, Filosofía Bizantina, Ed. Sudamericana, Buenos Aires 1952.
[3] El filósofo rumano Mircea Eliade argumenta que el mito del eterno retorno revela el horizonte de arquetipos y repetición del hombre premoderno no cristiano. El hombre moderno (y medieval) carece de este horizonte pero sus filosofías historicistas no lo liberan de este terror a la historia porque lo devuelven a la nada. Sólo una libertad que tiene su fuente en Dios puede defenderlo del terror a la historia (Cfr. El Mito del Eterno Retorno, 1951).

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada