jueves, 10 de mayo de 2012

COMUNITARISMO ANDINO ALVIZURIANO


EL RESURGIR DEL COMUNITARISMO ANDINO
Comentario al libro ANDINIA
Por: Gustavo Flores Quelopana

El contexto

                                                                                                                                                       
Luis Enrique Alvizuri nos obsequia su segundo ensayo y cuarto libro, Andinia: la resurgencia de las naciones andinas (IIPCIAL, 2004), como una demostración de que no se necesita algunas veces publicar mucho para arribar hacia una producción importante. Para empezar me propongo analizar ante ustedes una idea –la idea de lo andino-, clara en apariencia, pero que se presta a los más peligrosos malentendidos. Sobretodo porque hay un conjunto de hechos recientes –como los de Ilave- que son “signo” de un gran cambio sociopolítico que emerge con energía.

El Perú viene recientemente de haberse hecho una auto-operación de cirugía de alto riesgo –tras la caída del régimen fujimontesinista- que ha venido a aliviar sustancialmente su mal; pero tal proceso ha tenido la inesperada consecuencia de desencadenar una voluntad política firme de los movimientos sociales de la civilidad, los cuales desbordan lo ideológico, muestran una recuperación de la confianza en su capacidad de acción y expresan la reivindicación de los derechos nacionales a la identidad.

En el fondo se trata no de un cuestionamiento revolucionario y jacobino sino de un cuestionamiento ético del modelo de modernización occidental; el cual tiene como telón de fondo la colisión entre la globalización –como estructura sistémica planetaria- y el culturalismo –como estructura sistémica regional-. Es decir, estamos ante dos fenómenos contrapuestos (la globalización y el culturalismo) que cuestionan el tradicional Estado-nación y que agitan particularmente los campamentos de dos modelos teóricos en pugna, a saber, los liberales versus los comunitaristas, y más atrás los posmodernos.

Es en este complejo contexto, en el que se cruzan las redes multinacionales o estructuras sistémicas planetarias de la globalización con las redes etnocéntricas de las tradiciones del culturalismo, donde aparece en la palestra Luis Enrique Alvizuri con un libro cuyo ideario, por un lado, parece resumir el debate sobre la identidad nacional protagonizado en nuestro medio entre indigenistas, hispanistas y mesticistas y, por otro lado, asume vigorosamente un “comunitarismo andino” que nos plantea el desafío de independizarnos del tutelaje de la civilización occidental sobre la base del rescate cultural de nuestra identidad andina.

Es por estos motivos, que por momentos su libro nos trae a la memoria al insigne precursor Vizcardo y Guzmán, que desde Europa se dedicó a escribir  a favor de la Independencia del continente americano; de modo similar el libro flamígero de Alvizuri despliega las banderas de la independencia espiritual y material de los pueblos andinos.

En lo que sigue me referiré sucintamente a tres puntos cruciales de su libro, cuya importancia cobra vigencia en el debate actual de las ideas, soy consciente que mi preferencia es arbitraria por cuanto se trata de un libro con una temática muy rica y por lo cual deliberadamente dejo intocado muchos otros puntos de su pensamiento (como la existencia de la filosofía andina, su posición ante los derechos humanos, entre otros). En consecuencia los aspectos que abordaré son los siguientes:

(1)su postura en el debate de la identidad nacional,
(2)el comunitarismo andino,
(3)y el modelo de racionalidad que implica su planteamiento.

Lo Andino como Intrahistoria


Como es conocido, las doctrinas de la identidad nacional se clasifican en tres corrientes:

-la escuela indigenista
-la escuela hispanista
-y la escuela mesticista

Para la escuela indigenista, encabezada por Luis E. Valcárcel y Julio C. Tello, el factor racial indígena es decisivo, todos los restantes elementos deben ser asimilados por una nación eminentemente indígena. A este respecto se puede apreciar que Alvizuri comparte con el indigenismo la preocupación por la autonomía, pero discrepa frontalmente cuando pone el acento no en lo étnico ni biológico sino en lo cultural y civilizacional. Su arquetipo no es el factor indígena sino la civilización andina que lo sobrepasa, implicándolo como una superación dialéctica.

Por su parte, la llamada escuela hispanista encabezada por José de la Riva Agüero, Víctor Andrés Belaunde y Raúl Porras Barrenechea, pone el acento en la presencia de elementos hispánicos que modelan el hecho del mestizaje pero que subrayan la importancia decisiva del factor religioso y culmina en la tesis del Perú como “síntesis viviente”, cuya organicidad es la expresión de un relieve axiológico y funcional. Por su parte, Alvizuri se aproxima a la tesis del Perú como “síntesis viviente” en tanto que lo andino no alude a una etnia en particular sino a un proceso civilizacional, aunque éste haya proseguido su desarrollo de manera soterrada; Además, otra coincidencia suya estriba en el énfasis puesto en el factor religioso como insoslayable en el hombre andino. Pero su punto de quiebre con los hispanistas reside en la discrepancia sobre el elemento hispánico como lo decisivo en el decurso de las naciones andinas.

La tercera posición llamada mesticista, y muy influida por la raza cósmica de José de Vasconcelos, representada por Uriel García, José Varallanos, José Carlos Mariátegui, Arguedas, Aníbal Quijano y últimamente por José Guillermo Nugent, insiste mucho menos en la base biológica de los fenómenos culturales, el énfasis está puesto en un tipo humano que ya no es el indio sino el cholo, el mestizo o el de “todas las sangres”. Frente a ello, Alvizuri está lejos de poner el énfasis en el crisol de variedades raciales y culturales reabsorbidas por el cholo, pues su idea de mestizaje no es eminentemente racial sino cultural.

De esta forma tenemos que no sería muy difícil asimilar y atribuir a Alvizuri un derrotero conceptual análogo al indigenismo y hasta con el mesticismo. Pero creo que esto sería equívoco. Pues para él, el ser de lo latinoamericano –a excepción de Brasil- es lo andino, entendida ésta como categoría ontológica que define el destino cultural. Es decir, la circunstancia andina debe entenderse  como una realidad intrahistórica fundamental de nuestra América. Así, lo andino se constituye –para emplear una categoría conceptual de Antenor Orrego- en todo un Pueblo Continente que sólo alcanzará el nivel de un verdadero Estado continente cuando recupere su identidad y tradición propias quitándose las anteojeras occidentalizadoras.

Lo andino como realidad intrahistórica es un proceso espiritual en la que se resuelve la tensión polar entre dos mundos: el andino y el occidental, es el fondo real y concreto que condiciona el desenvolvimiento profundo de una historia y de un continente entero. De este modo se vuelve eminente que lo que Alvizuri desarrolla es una metafísica de la cultura, entendida como aquella realidad intrahistórica sumergida pero que señala el destino y los afluentes visibles de la historia misma.

Entonces, por la concepción de la intrahistoria no es difícil advertir la distancia que lo separa de las doctrinas de la identidad nacional, donde el telos cultural depende de lo étnico, cuando no del crisol de razas o de la asimilación cultural, mientras que aquí es la cultura misma la que depende de un telos civilizacional. La esencia de la identidad nacional sería lo andino, pero lo andino entendido como un pluralismo ontológico y cultural armónico con los Otros y con la Naturaleza. Es decir, un ethos no al servicio del poder sino de la solidaridad, la integridad y la reciprocidad.

 Y esto es de por sí un mérito de Alvizuri. Me refiero a que su ensayo demuestra que el tema de la identidad nacional no está agotado, además, pone sobre el tapete la polémica de la “identidad”, en medio de una guerra de guerrillas a nivel ideológico dirigido desde el Primer Mundo, con el propósito de relegar y soslayar el problema “identitario” para suplantarlo por los problemas de lo “multicultural”, dentro de los intereses corporativos de la globalización. En realidad, los aparatos ideológicos de la globalización se encuentran en una ofensiva radical a un doble nivel: académico y de masas, para postergar nuestro problema identitario por seudocategorías importadas desde realidades europeo-norteamericanas.

El comunitarismo andino


Fukuyama creyó en el triunfo del liberalismo tras el derrumbe del comunismo, pero no vio la insurgencia de un poderoso adversario: el comunitarismo.

El comunitarismo es una doctrina contextualista, sustancialista, eudemonista en ética y que se opone al contractualismo liberal. Así tenemos, que sus adalides, como Mcintyre, quien opone el tomismo a la civilización liberal, Michael Walzer, opone la tradición judía y Charles Taylor, la tradición hermenéutica. De modo análogo, encontramos a Alvizuri oponiendo la civilización andina a la civilización liberal. Él, como los otros comunitaristas mencionados, pone en tela de juicio el sistema económico, moral y vital de la sociedad de mercado; coincidiendo en realidad plenamente con las críticas del comunitarismo al liberalismo, y éstas críticas son básicamente tres:

(1)                                 crítica al formalismo moral, que concibe a los sujetos como entidades dialogantes en abstracto, declarándolo por ello inconsistente, insensible y encubridor;
(2)                                 crítica a la concepción artificial y abstracta del individuo como principio ideológico que lo desarraiga de lo concreto. En este sentido es opuesto a los liberales progresistas como Ernest Nagel y John Rawls.
(3)                                 Y crítica del olvido de la raíz comunitaria de los individuos, los cuales son sólo en su contexto cultural y vital que les da identidad.

Alvizuri es un comunitarista andino por su crítica del individualismo, del formalismo y la valoración de lo comunitario. Pero sobretodo, lo es no tanto por plantear un modelo teórico comunitarista, una nueva utopía, sino, por verificar en lo andino la existencia de una realidad comunitarista. En el mundo andino constata la existencia de una realidad ontológica comunitarista,  francamente contrapuesta a los valores de la sociedad de mercado. Esto significa, que mientras en el Primer mundo el comunitarismo se presenta como un programa a poner en acción, en el Tercer mundo peruano Alvizuri verifica que lo comunitario es una realidad viviente en el mundo andino.

    Quizá a estas alturas resulte conveniente dirigir a Alvizuri las mismas observaciones que Carlos Thiebaut hace contra el comunitarismo:

a)        Las críticas del comunitarismo no dan cuenta de la complejidad moral, social y cultural de las sociedades modernas, aunque acierte al señalar su individualismo y formalismo.
b)        Las nociones de comunidad y tradición son altamente cuestionables en tanto que implica peligros retardatarios y totalitarios.
c)        El comunitarismo no resuelve el problema del nacionalismo y fundamentalismo.

Todas estas observaciones llevan a Thibaut a defender una fórmula  que concibe la síntesis del imperativo liberal de tolerancia con el imperativo comunitarista de solidaridad. Lo cual mostraría justamente que el lado más fuerte del liberalismo es el potencial regenerador del Estado democrático, lo cual sobrepasa al liberalismo o capitalismo. Es el potencial regenerador del Estado democrático. Ante esto el filósofo de la universidad Católica Miguel Giusti ha sostenido que no es el comunitarismo el principal enemigo del liberalismo sino que lo es el potencial regenerador del Estado democrático, que es más universal que el liberalismo mismo.

La racionalidad del comunitarismo andino

                                       
El comunitarismo político de Alvizuri toma partido por la tradición. Es un modelo basado en nuestro destino comunitario. Pero él no se adhiere al ideal ilustrado de vida racional. Al contrario, denuncia un modelo de racionalidad práctica de las elites de nuestra nación las cuales han vivido siempre enfrentadas a la tradición y al carácter nacional.

 Alvizuri no es así un defensor del proyecto normativo liberal dentro de la comprensión de nuestro destino, sino, que, al contrario, partiendo de una postura comunitarista denuncia el fracaso de las democracias liberales. Su rechazo del republicanismo liberal es en el fondo su aversión por una metafísica que deriva del racionalismo francés y del positivismo decimonónico, y que subyace en las instituciones liberales como verdad abstracta ahistórica y descontextualizada de la lógica jacobina-caudillesca.

Esto significa, que para Alvizuri la verdad es creación comunitaria y las élites jacobinas peruanas descuidaron el ethos nacional. Contra ésta abstracción opone la resurgencia de las naciones andinas, entendido como un enlace con las prédicas comunitarias.

 En este sentido aspira a una interpretación alternativa y novedosa de la democracia Latinoamericana. La democracia verdadera será comunitaria y vinculada a la tradición. Lo que busca Alvizuri, de este modo, es reconciliar nuestro consenso ideológico en el marco de nuestra tradición. De manera que  Alvizuri no es un retardatario pensador incaísta, ni un conservador andino posmoderno sino un restaurador hermenéutico de la identidad colectiva.

 Por ello, para él ni siquiera la intensa movilidad social en el Perú ha desarticulado a la nación andina, sino, que la ha hecho desembocar en una “modernidad vernácula”, la cual es consciente del lado perverso de la modernidad occidental (etnocentrismo cultural, racionalismo, primacía del discurso científico). Pero la modernidad andina, lejos de reflejar la capacidad de autocrítica de la racionalidad moderna, como afirmaría Habermas, denuncia lo patológico consustancial de su lógica unificadora como enfatizan por su parte Lyotard o Derrida.

En suma, para Alvizuri la racionalidad del comunitarismo andino está más allá de los principios universales y abstractos que caracterizan a la metafísica de la modernidad, y que subyacen en el fondo del republicanismo liberal. El modelo de racionalidad alvizuriana hace de la acción el fundamento de la razón –similar al modelo aristotélico-hegeliano-, donde la acción no puede seguir siendo considerada como carente de racionalidad, ni tampoco la razón puede ser estimada opuesta a la experiencia y a la historia.

En suma, su libro Andinia: el resurgimiento de las naciones andinas, tiene el propósito de convencer al lector que la civilización andina no es una utopía, ni un desideratum sino una realidad viva, dinámica y en desarrollo que nos envuelve y modela hacia un destino superior.

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