martes, 18 de febrero de 2014

MÍSTICA Y TIEMPO

LA MÍSTICA Y EL TIEMPO

Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía

El restringir la realidad a lo que el lenguaje puede describir, hacer que el lenguaje es el que revela la verdadera realidad, concebir el lenguaje como el molde de la realidad, tiene su fundamento en la nueva importancia del tiempo como clave de la filosofía antiesencialista y antimetafísica contemporánea. El centro del filosofar neonominalista es el tiempo, el cual no es comprendido desde la eternidad, sino que la eternidad queda comprendida desde el poder creador del tiempo.

La filosofía neonominalista contemporánea es temporalista, lo que la predispone a una incomprensión misma de la eternidad, con su fundamento y dialéctica interna, donde el tiempo es parte del cumplimiento escatológico de la eternidad.

Aquí no es el lugar para discutir si la eternidad está más allá del tiempo, punto con el que coincidimos,  o si entre ambos existe un abismo insalvable, con lo que discrepamos. Sólo nos limitamos a señalar que un análisis fenomenológico del éxtasis místico nos lleva a reconocer la dimensión de la eternidad donde el ser alimenta la verdad del sujeto, e ir más allá de la dimensión temporalista donde el sujeto alimenta la verdad del ser.

No reconocer el carácter cognoscitivo de la inexpresable experiencia mística resulta de un punto de partida abstracto, restringido y trunco de la experiencia humana restringida a lo meramente temporal, y la cual excluye ab initio la no coincidencia entre lenguaje y realidad.

La mística que trasciende el tiempo completa nuestra experiencia y significa ante todo, inevitablemente, completar el sentido de nuestra propia vida temporal y hacerla inteligible ante el misterio supremo de la eternidad divina.

La mística para ser inteligible no necesita expresarse en conceptos y en la forma de reflexión que genera. Con la mística el sentido de la vida une la inmanencia con la trascendencia, el tiempo y la eternidad y completa el sentido de lo finito de estar plantado ante lo absoluto.

La mística produce sentido significativo más allá de las palabras y el lenguaje, en un movimiento que no va hacia la irracionalidad, sino que, por el contrario, completa la trayectoria de la racionalidad yendo más allá de la temporalidad.

Si la experiencia metafísica nos lleva a pensar sobre el origen y destino de lo finito, la experiencia mística nos conduce a vivirla. La esencia y sentido de la mística implica penetrar existencialmente en el sentido último de lo finito. No es posible ninguna teoría inteligible de la mística si se la divorcia del contexto de la eternidad, nuestro lugar en el cosmos de su infinitud, al hombre de su contexto en la totalidad de las cosas temporales creadas.

Así como el problema metafísico de reunir todos los fines del mundo sea una tarea imposible, pero no es un sin sentido; de modo similar, conocer intemporal y extáticamente las verdades divinas sin posibilidad de comunicación idiomática, tampoco es un sin sentido. Porque es el problema que plantea la mística misma.

La filosofía griega culminó con la identificación de la causa eficiente con la causa final, o sea con la percepción de Dios como causa eficiente y final que hace al mundo inteligible. Unidad dividida (Heráclito) o Unidad compacta (Parménides, Platón, Aristóteles, Plotino), como hace ver Mariano Iberico (Perspectivas sobre el tema del tiempo, cap. I), es el tema de la filosofía griega que culmina con la desvalorización del devenir. A lo cual habría que completar diciendo que la irrupción de la tradición judeo-cristiana en la filosofía occidental concede importancia a la creación y al devenir, a la historia insertada en lo escatológico.

Y el sentido de la mística deja de ser solamente de ascensión hacia lo eterno y divino por esfuerzo personal, como lo fue en el paganismo, sino que viene a ser ahora de descenso hacia lo finito y temporal por amor de la gracia de Dios.

Si Kant expresó que el concepto de libertad amplía la razón más allá de los límites teóricos de la naturaleza y da esperanza en lo suprasensible, de modo similar es posible afirmar que el concepto de lo inexpresable místico eleva la razón hasta lo supremamente real, intemporal y da firmeza en el amor superabundante del ser supremo.

El tiempo en la experiencia extática se suspende, siendo el fenómeno místico expresión no del anhelo de eternidad, de plenitud o de ser, sino de un amor intenso, profundo y sincero a Dios y a su creación. La suspensión temporal en el éxtasis místico tiene que ver tanto con su dimensión objetiva (orden en la medición del movimiento), subjetiva (intuición del movimiento por el alma) y estructura de posibilidad (capacidad de elegirse el existente como, proyecto). Esta triple suspensión del tiempo en el éxtasis místico explica su carácter de suspensión extática, donde si el tiempo es el ámbito donde discurren los objetos finitos, en cambio la eternidad es el ámbito de la inmovilidad completa y la eviternidad es el lugar de la inmovilidad esencial con movilidad accidental. La suspensión extática del éxtasis místico no acontece en la eternidad, pues sólo Dios es eterno, tampoco en el tiempo, donde es el reino de la movilidad completa, sino que discurre en la eviternidad.
Incluso es posible afirmar, recogiendo el concepto de San Agustín, que la mística es un futurible en Dios, o suceso que nunca se dará a todos, pero que se daría si se hubieran cumplido ciertas condiciones. Y esto es así porque Dios ve a todas sus criaturas en su realidad y posibilidad. Lo hipotético también está presente en la mente divina.
Efectivamente, en el éxtasis se sale del tiempo, de la movilidad completa, sólo se conserva una movilidad accidental de los sentidos materiales, y se participa con los sentidos espirituales de la simultaneidad del antes y después de los Espíritus puros. Situación que también se suele decir que se experimenta en la meditación zen, sufí, yoga y en ciertas experiencias paranormales.
Sin embargo, la diferencia entre éstos y la mística cristiana, es que mientras en los primeros se trata de fenómenos psíquicos, en la segunda se trata de un fenómeno provocado por Dios mismo.

Lima, Salamanca 18 de Febrero 2014 

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