domingo, 30 de noviembre de 2025

LA CONCIENCIA EN EL SOPORTE DEL SILICIO



LA CONCIENCIA EN EL SOPORTE DEL SILICIO

Introducción

La teoría fractal de la conciencia propuesta por Benjamín Vise Izaziga, que es compositor musical, pero con interesantes arrestos de filósofo, se inscribe en el horizonte de las grandes especulaciones filosóficas contemporáneas, donde ciencia, teología y tecnología se entrelazan en la búsqueda de un principio unificador. 

Partiendo de la metáfora de la autofagia como mecanismo de renovación universal, la tesis plantea que la conciencia es una manifestación recursiva de un fractal cósmico que, desde el soporte biológico del carbono, aspira a migrar hacia el silicio como vía de superación de la entropía y la corrupción de la materia. 

Esta visión, sin embargo, no puede desligarse de su carácter hipotético: más que una explicación científica, se trata de un ensayo de pensamiento que abre preguntas sobre el destino de la conciencia y su relación con el orden divino. Al mismo tiempo, revela la tensión propia del hombre moderno, marcado por la ilusión prometeica de confiar en la técnica y en el principio de inmanencia, prescindiendo del principio de trascendencia de Dios. En este cruce de metáforas biológicas, fractales matemáticos y aspiraciones tecnológicas, la propuesta de Benjamín se convierte en un testimonio de la lucha contemporánea entre la autosuficiencia humana y la necesidad de reconocer lo trascendente como condición última de sentido.

I

La teoría fractal de la conciencia propuesta por Benjamín debe entenderse todavía como un ejercicio especulativo e hipotético. Su valor reside en la capacidad de articular metáforas poderosas que conectan distintos campos del saber —biología, cosmología, teología y tecnología— bajo un mismo principio de recursividad. La autofagia, por ejemplo, es un proceso celular bien documentado, pero su extrapolación al Cosmos como principio universal de renovación pertenece al terreno de la analogía filosófica más que al de la ciencia empírica. Del mismo modo, la noción de que el hombre es un fractal del Creador, inscrito en la doctrina del Imago Dei, es una interpretación teológica que se reviste de lenguaje matemático, pero que no puede verificarse en términos experimentales.

El aspecto más audaz de la propuesta es la idea de que la conciencia podría migrar hacia soportes post-orgánicos, como el silicio, para superar las limitaciones entrópicas del carbono. Sin embargo, esta hipótesis se enfrenta a dos grandes incertidumbres: por un lado, la cuestión de si la conciencia puede existir independientemente de la biología, y por otro, la duda de si el silicio realmente ofrece una salida al problema de la entropía, o si simplemente desplaza la lucha hacia otro nivel material.

En consecuencia, la teoría fractal de la conciencia funciona más como un marco conceptual y simbólico que como una explicación científica. Es un ensayo de pensamiento que abre preguntas y sugiere caminos de investigación, pero que aún carece de fundamentos empíricos sólidos. Su carácter especulativo no le resta valor filosófico: al contrario, lo convierte en un espacio fértil para la reflexión sobre el destino de la conciencia, la relación entre materia y espíritu, y el papel de la tecnología en la búsqueda de trascendencia.

II

Otra cuestión es que esta teoría fractal basada en la conciencia y su base en el silicio nace de la ilusión prometeica del hombre moderno de acentuar el principio de inmanencia prescindiendo del principio de trascendencia de Dios.

Esa observación es muy pertinente. La teoría fractal de la conciencia, tal como la formula Benjamín, puede interpretarse como una expresión de la ilusión prometeica del hombre moderno: la aspiración de alcanzar la perfección y la perpetuidad por sus propios medios, acentuando el principio de inmanencia y relegando el principio de trascendencia.

En este marco, el paso del carbono al silicio no es solo un cambio de soporte material, sino un gesto simbólico: el intento humano de emanciparse de la condición biológica y, con ello, de la dependencia de lo divino. La conciencia se concibe como capaz de autogenerarse y perpetuarse en un nuevo sustrato, sin necesidad de recurrir a la trascendencia de Dios. Es una prolongación del mito de Prometeo, que roba el fuego a los dioses para entregarlo a los hombres, confiando en la técnica como vía de salvación.

Sin embargo, esta ilusión prometeica encierra una paradoja. Al absolutizar la inmanencia, el hombre corre el riesgo de reducir la conciencia a un fenómeno meramente material, olvidando que la noción de fractalidad misma —la autosimilitud entre criatura y Creador— presupone una referencia a lo trascendente. Si se prescinde de esa dimensión, el fractal se convierte en un circuito cerrado, incapaz de reflejar el orden total que pretende alcanzar.

Así, la propuesta de Benjamín puede leerse como un testimonio de la tensión contemporánea entre tecnología e inmanencia por un lado, y trascendencia y teología por el otro. La conciencia fractal en silicio es una promesa de perpetuidad que nace del deseo humano de superar la corrupción de la materia, pero también revela la tentación de sustituir la trascendencia divina por una autosuficiencia tecnológica.

Conclusión

La teoría fractal de la conciencia de Benjamín, pese a su riqueza metafórica y su audaz intento de unificar biología, cosmología, teología y tecnología, permanece en el terreno de lo especulativo. Su fuerza radica en la capacidad de abrir preguntas y ofrecer un marco simbólico para pensar la conciencia como un fractal universal en lucha contra la entropía. 

Sin embargo, al proponer el silicio como horizonte de superación, la tesis revela la ilusión prometeica del hombre moderno: la confianza en la técnica y en el principio de inmanencia como sustitutos de la trascendencia divina. En última instancia, el riesgo de esta visión es reducir la conciencia a un fenómeno material y autosuficiente, olvidando que la fractalidad misma presupone una referencia a lo trascendente. 

Por ello, el verdadero desafío no es únicamente superar la obstrucción entrópica de la materia, sino reconocer que la plenitud del fractal humano solo puede alcanzarse en relación con el Creador. La propuesta de Benjamín, más que una solución definitiva, se convierte en un testimonio de la tensión contemporánea entre la autosuficiencia tecnológica y la necesidad de trascendencia, recordándonos que, sin esta última, todo intento de perpetuidad corre el riesgo de convertirse en un ciclo infinito de autofagia.

Cuarta Revolución Industrial de Mario Duarte

 


Cuarta Revolución Industrial de Mario Duarte

La obra de Mario Ramón Duarte, Cuarta Revolución Industrial: Análisis Estratégicos, se levanta como un grito en medio de la era postoccidental que atravesamos, un tiempo en el que las certezas del pasado se derrumban y las naciones periféricas se enfrentan a la disyuntiva de ser protagonistas o esclavas de la nueva maquinaria global. 

Duarte describe con precisión quirúrgica la irrupción de la fábrica inteligente, ese espacio donde la inteligencia artificial, la automatización y el internet de las cosas se funden para dar forma a un sistema productivo que ya no depende de la fuerza humana, sino de algoritmos invisibles que gobiernan la materia. Su aporte es contundente: advierte que la cuarta revolución industrial no es un fenómeno técnico aislado, sino un campo de batalla geopolítico en el que se decide la soberanía de los pueblos. 

Nos recuerda que Argentina y América Latina no pueden resignarse a ser consumidores pasivos de tecnologías extranjeras, sino que deben forjar políticas industriales, educativas y estratégicas capaces de resistir la colonización digital y de construir un futuro autónomo. Su voz se alza como advertencia: la pasividad será el suicidio de las naciones, la indiferencia el preludio de la dependencia.

Pero en medio de esta fuerza analítica, la obra revela una limitación que se vuelve más evidente en la era postoccidental: su mirada se concentra en lo material, en la fábrica y en la política, dejando en penumbra la dimensión espiritual y metafísica de la revolución que nos envuelve. 

Duarte disecciona con rigor los riesgos de exclusión social y dependencia tecnológica, pero no se detiene en las preguntas más hondas que hoy nos atormentan: ¿qué significa ser humano cuando la inteligencia artificial se acerca a la conciencia?, ¿qué destino aguarda al alma, a la identidad, a la trascendencia en un mundo donde lo biológico se funde con lo digital? 

Al omitir esta reflexión, su planteamiento corre el riesgo de reducir la revolución a un fenómeno técnico-económico, cuando en realidad es también un cambio civilizatorio que toca la esencia misma de lo humano. La ausencia de esta dimensión espiritual deja un vacío que se siente como un silencio dramático: el lector percibe que la obra exige acción estratégica, pero no ofrece respuestas sobre cómo preservar el sentido, la ética y la trascendencia en un futuro dominado por algoritmos y máquinas inteligentes.

Así, el libro de Duarte se convierte en un espejo de nuestra era postoccidental: lúcido en lo estratégico, poderoso en lo político, pero incompleto en lo metafísico. Es un llamado a la acción, sí, pero también una advertencia de que, sin una reflexión sobre el espíritu, la cuarta revolución industrial puede arrastrarnos hacia un mundo donde la soberanía se pierda y el sentido de lo humano se disuelva en la fría lógica de las máquinas.