LAS PERCEPCIONES PERDIDAS
DE LA HUMANIDAD
Primera parte: El mundo perdido del Kalahari
En la obra El mundo perdido del Kalahari de Laurens van der Post, se narra un episodio profundamente revelador: los bosquimanos del desierto se sorprenden y entristecen al descubrir que el autor no podía “escuchar las estrellas”. Para ellos, esta capacidad no era una metáfora poética, sino una experiencia espiritual esencial. Al principio pensaron que bromeaba, pero al comprender que realmente carecía de esa facultad, lo consideraron una tragedia espiritual.
Para los bosquimanos, escuchar las estrellas significaba percibir un murmullo cósmico, un ritmo invisible que conectaba con los ancestros y con la naturaleza. Era una forma de orientación, de comunión con el universo y de armonía universal. No escuchar las estrellas equivalía a estar enfermo espiritualmente, desconectado del tejido cósmico. Van der Post interpreta esta reacción como evidencia de que la civilización occidental ha perdido algo esencial: la sensibilidad espiritual y la conexión íntima con el cosmos.
En la obra El mundo perdido del Kalahari de Laurens van der Post, publicada originalmente en 1958 y reeditada en español en 2019, se narra un episodio profundamente revelador: los bosquimanos del desierto se sorprenden y entristecen al descubrir que el autor no podía “escuchar las estrellas”. Para ellos, esta capacidad no era una metáfora poética, sino una experiencia espiritual esencial. Al principio pensaron que bromeaba, pero al comprender que realmente carecía de esa facultad, lo consideraron una tragedia espiritual.
Los bosquimanos —también llamados san— son pueblos indígenas cazadores-recolectores que habitan el sur de África, especialmente en el desierto del Kalahari. Su cultura se remonta a más de 20.000 años, y aún hoy mantienen prácticas tradicionales como la caza con arco, la recolección de raíces y frutos, y una cosmovisión animista que les conecta íntimamente con la naturaleza.
Para los bosquimanos, escuchar las estrellas significaba percibir un murmullo cósmico, un ritmo invisible que conectaba con los ancestros y con la naturaleza. Era una forma de orientación, de comunión con el universo y de armonía universal. No escuchar las estrellas equivalía a estar enfermo espiritualmente, desconectado del tejido cósmico. Van der Post interpreta esta reacción como evidencia de que la civilización occidental ha perdido algo esencial: la sensibilidad espiritual y la conexión íntima con el cosmos.
Laurens van der Post convivió con los bosquimanos durante el tiempo de su expedición al Kalahari, que duró varias semanas. En ese periodo compartió con ellos su vida cotidiana, sus relatos y sus prácticas espirituales, lo que le permitió observar directamente la diferencia entre la percepción arcaica de los san y la desconexión del hombre moderno.
La comparación con Pitágoras resulta inevitable. El filósofo griego hablaba de la “música de las esferas”, una armonía cósmica producida por el movimiento de los cuerpos celestes. Aunque no era audible en sentido físico, representaba la idea de que el universo entero estaba afinado como un instrumento. La diferencia es que Pitágoras racionalizó esta percepción en términos matemáticos y filosóficos, mientras que los bosquimanos la vivían como experiencia cotidiana. En tiempos de Pitágoras, la percepción directa ya se había transformado en abstracción: de sentir a pensar.
Los bosquimanos viven bajo una mentalidad mitocrática, es decir, un modo de comprender el mundo a través del mito, la narración sagrada y la experiencia simbólica que integra naturaleza, cosmos y comunidad en una misma trama. Su percepción de las estrellas, de los animales y de los elementos está impregnada de sentido espiritual y mítico. Pitágoras, en cambio, se encuentra en tránsito hacia una mentalidad logocrática, donde la razón, el número y la palabra ordenada comienzan a sustituir al mito como forma de explicación. Así, mientras los bosquimanos escuchan las estrellas como parte de su vida, Pitágoras las traduce en proporciones matemáticas: dos formas distintas de acercarse a la misma armonía universal.
Tabla comparativa: visión bosquimana vs. visión occidental
| Aspecto | Bosquimanos del Kalahari | Civilización occidental (según Van der Post) |
|---|---|---|
| Relación con la naturaleza | Íntima, espiritual, directa | Distante, utilitaria, racional |
| “Escuchar las estrellas” | Experiencia real de conexión cósmica | Incomprensible, visto como imposible |
| Significado de no oír | Enfermedad espiritual, desconexión | Normalidad, falta de sensibilidad |
| Valor cultural | Sabiduría ancestral | Pérdida de raíces y espiritualidad |
Segunda parte: Percepciones de otras especies homínidas
Si nos limitamos al Homo sapiens, podemos rastrear percepciones arcaicas que se remontan a unos 20–40 mil años, como la sensibilidad cósmica de los bosquimanos. Pero si ampliamos la mirada hacia otras especies humanas y homínidas más antiguas, descubrimos un abanico de percepciones perdidas.
Neandertales (Europa y Asia, hasta hace 40 mil años)
Sensibilidad táctil y corporal: manos robustas con percepción fina del contacto con materiales naturales.
Percepción acústica en cuevas: posible uso de resonancias para rituales, sensibilidad especial al eco.
Conexión con animales grandes: intuición de movimientos de bisontes, mamuts y osos.
Denisovanos (Asia, hace 40–50 mil años)
Adaptación a la altura: percepción aguda del oxígeno y del clima extremo.
Sensibilidad climática: percepción corporal de cambios atmosféricos.
Homo floresiensis (“hobbits” de Indonesia, hasta hace 50 mil años)
Percepción ecológica insular: sensibilidad extrema a ciclos marinos, mareas y sonidos del océano.
Escala corporal distinta: percepción espacial diferente, más cercana a detalles inmediatos.
Homo erectus (1,8 millones – 100 mil años)
Percepción del fuego: sensibilidad especial hacia calor, luz y humo.
Orientación migratoria: percepción aguda de rutas naturales y recursos.
Homo naledi (Sudáfrica, hace 250 mil años)
Percepción ritual en la oscuridad: sensibilidad especial a la oscuridad y al silencio en cuevas profundas.
Más allá de Homo naledi: homínidos más antiguos
Australopithecus (4–2 millones de años)
Percepción arbórea: sensibilidad extrema al equilibrio y a la altura.
Vista tridimensional hiperaguda: cálculo de saltos y desplazamientos entre árboles.
Oído selectivo en la sabana: distinguir depredadores a distancia.
Paranthropus (2,7–1,2 millones de años)
Percepción alimentaria especializada: sensibilidad táctil y gustativa para procesar raíces duras.
Olfato refinado: detección precisa de alimentos subterráneos.
Homo habilis (2,4–1,6 millones de años)
Percepción manual fina: sensibilidad táctil aguda en las manos para fabricar herramientas.
Atención visual al detalle: distinguir tipos de piedra y fracturas.
Cada especie humana tuvo percepciones adaptadas a su entorno: los australopitecos eran acróbatas sensoriales de los árboles; los parántropos tenían una percepción alimentaria especializada; los habilis desarrollaron sensibilidad manual y visual; los erectus percibían el fuego y la migración; los naledi cultivaban la percepción ritual en la oscuridad. Con Homo sapiens, muchas de estas percepciones se redujeron o transformaron: ganamos abstracción y lenguaje, pero perdimos agudezas sensoriales directas.
Es posible incluso que aquellas especies humanas más antiguas poseyeran facultades que hoy llamaríamos paranormales, formas de percepción extrasensorial o de conexión con el entorno que se han extinguido con el paso del tiempo. Tal vez podían captar vibraciones, energías o presencias invisibles, o experimentar estados de conciencia que les permitían comunicarse de maneras que hoy nos resultan incomprensibles. Estas facultades, si existieron, se han perdido casi por completo en la humanidad moderna, sobreviviendo apenas en casos extraordinarios, aislados y difíciles de explicar, como destellos de una memoria ancestral que se resiste a desaparecer del todo.
Tercera parte: La tecnología como compensación
El desarrollo tecnológico del Homo sapiens moderno puede interpretarse como una compensación a las percepciones perdidas. Al dejar atrás sensibilidades arcaicas, el sapiens creó instrumentos y sistemas que reemplazan lo que antes era intuición.
Ejemplos de compensación
| Percepción arcaica perdida | Tecnología moderna que la reemplaza |
|---|---|
| Escuchar las estrellas / sentir el cosmos | Astronomía, telescopios, física teórica |
| Orientación natural en el desierto o selva | GPS, brújula, mapas digitales |
| Anticipar tormentas por olores, viento, vibraciones | Meteorología, satélites climáticos |
| Memoria colectiva ritual y oral | Escritura, imprenta, archivos digitales |
| Conexión espiritual con animales | Zoología, biología, domesticación |
| Empatía grupal / sincronización emocional | Redes sociales, comunicación masiva |
El sapiens moderno no dejó de percibir, sino que trasladó la percepción al intelecto y la técnica. La tecnología es una forma de externalizar sentidos perdidos: donde antes había intuición, ahora hay instrumentos; donde antes había comunión espiritual, ahora hay ciencia y datos. Cada avance tecnológico nos devuelve algo perdido, pero al mismo tiempo nos aleja aún más de la experiencia directa.
La brújula, el telescopio, el microscopio o el GPS son ejemplos claros de cómo la humanidad ha sustituido facultades naturales por dispositivos externos. Donde antes el cazador-recolector podía orientarse siguiendo el sol, las estrellas o el viento, hoy dependemos de coordenadas digitales. Donde antes se percibía la inmensidad del cielo como un murmullo cósmico, ahora se observa a través de lentes y fórmulas. La tecnología amplifica lo que hemos perdido, pero también nos recuerda que ya no lo sentimos de manera inmediata.
Este proceso ha generado una paradoja: cuanto más sofisticados son nuestros instrumentos, más nos alejamos de la experiencia sensorial directa. El telescopio nos muestra galaxias lejanas, pero nos priva de la vivencia de “escuchar las estrellas” como hacían los bosquimanos. El radar nos alerta de tormentas, pero nos desconecta de la intuición ancestral que podía percibirlas en el aire. La técnica nos devuelve el conocimiento, pero nos roba la vivencia.
En última instancia, la tecnología se convierte en una memoria externa de lo que fuimos capaces de percibir. Es un archivo de facultades perdidas, un espejo que nos devuelve fragmentos de nuestra sensibilidad ancestral en forma de datos, gráficos y cálculos. Sin embargo, al depender de ella, corremos el riesgo de olvidar que esas percepciones alguna vez estuvieron dentro de nosotros, como parte de nuestra relación íntima con el cosmos y la naturaleza.
Percepciones extrasensoriales en el hombre primitivo
Si ampliamos aún más la mirada hacia épocas remotas, hace unos 500 mil años, podemos imaginar que las especies humanas de entonces —quizá antecesores directos del Homo sapiens o formas tempranas de Homo erectus— vivían bajo una mentalidad numinocrática, es decir, una forma de conciencia en la que lo sagrado y lo misterioso impregnaban toda la experiencia cotidiana. En ese horizonte, las percepciones extrasensoriales que hoy consideramos excepcionales o paranormales pudieron haber sido comunes y naturales.
El hombre primitivo de esa edad probablemente experimentaba vivencias místicas de manera espontánea y frecuente. No necesitaba rituales elaborados ni técnicas sofisticadas: la percepción del entorno, el contacto con los animales, el fuego, la noche estrellada o el silencio de las cuevas podían desencadenar estados de conciencia ampliada. Lo que hoy llamamos intuición, telepatía, presentimiento o visión interior pudo haber sido parte de su repertorio habitual, integrado en la vida comunitaria.
Estas facultades extrasensoriales, si existieron, se fueron extinguiendo con el desarrollo de la racionalidad y la abstracción. La humanidad moderna las conserva apenas como residuos marginales, presentes en casos extraordinarios, aislados y difíciles de explicar. Lo que para nosotros es excepcional —experiencias místicas, percepciones fuera de lo ordinario, intuiciones inexplicables— pudo haber sido, en aquel tiempo remoto, una forma natural de estar en el mundo, una sensibilidad que conectaba directamente al ser humano con lo numinoso y con la totalidad del cosmos.
Es posible que en aquellas culturas humanas de hace cientos de miles de años, bajo una mentalidad numinocrática, las llamadas percepciones extrasensoriales (PES) fueran algo común y cotidiano. Facultades como la levitación, la desmaterialización, el ayuno prolongado sin daño físico, la telepatía o la capacidad de entrar en estados de conciencia ampliada pudieron formar parte de la vida ordinaria de la gente prehistórica. No se trataba de dones excepcionales, sino de una sensibilidad compartida por la comunidad, que experimentaba lo místico de manera natural y frecuente.
Sin embargo, hacia el final de esa era, estas facultades comenzaron a concentrarse en figuras especiales: los chamanes y con ellos se consolidaría la mentalidad mitomórfica del chamanismo, como antecedente de la mentalidad mitocrática. Ellos se convirtieron en los mediadores entre el mundo visible y el invisible, guardianes de las experiencias extraordinarias que antes eran comunes. Algo de esto insinúa Mircea Eliade en su obra Iniciaciones místicas, donde describe cómo las prácticas chamánicas preservan restos de una espiritualidad arcaica que en tiempos remotos pudo estar extendida entre todos los miembros de la comunidad.
Con el paso de los milenios, estas facultades se fueron restringiendo aún más, hasta quedar limitadas a los grandes místicos de las religiones y del cristianismo, o a los magos del Tíbet que testimonió Alexandra David-Néel en sus viajes y en su obra Magos y místicos del Tibet. Lo que en la prehistoria pudo ser experiencia común, en la historia se convirtió en atributo de unos pocos santos, ascetas o iniciados capaces de mantener viva la memoria de esas percepciones perdidas. Así, la humanidad pasó de una sensibilidad colectiva y numinosa a una espiritualidad reservada a individuos excepcionales, mientras el resto se adentraba en la racionalidad y la técnica.
Ante un dilema existencial
Las percepciones perdidas de la humanidad constituyen un testimonio profundo de nuestra historia evolutiva y espiritual. Desde los bosquimanos que aún podían escuchar el murmullo de las estrellas, pasando por los neandertales que sentían la resonancia de las cuevas, hasta los australopitecos que vivían como acróbatas sensoriales de los árboles, cada especie humana cultivó facultades únicas que respondían a su entorno y a su mentalidad. Algunas de esas facultades fueron sensoriales, otras espirituales, y quizá incluso extrasensoriales, como la telepatía, la levitación o el ayuno prolongado, que en la prehistoria pudieron ser comunes y más tarde quedaron reservadas a chamanes, santos o místicos.
Con la llegada del Homo sapiens, muchas de estas percepciones se redujeron o transformaron: ganamos abstracción, lenguaje y racionalidad, pero perdimos la inmediatez de la experiencia directa. La humanidad pasó de la mentalidad numinocrática, en la que lo sagrado impregnaba la vida cotidiana, a la mitocrática, donde el mito organizaba la percepción, y finalmente a la logocrática, donde la razón y la técnica sustituyeron la sensibilidad ancestral. En ese tránsito, lo que antes era comunión espiritual con el cosmos se convirtió en teoría matemática, y lo que antes era intuición se transformó en instrumento tecnológico.
La tecnología moderna es, en este sentido, una compensación: telescopios, brújulas, GPS, satélites y archivos digitales nos devuelven fragmentos de lo que alguna vez percibimos sin mediación. Pero cada avance técnico, aunque amplifica nuestro conocimiento, nos aleja aún más de la vivencia inmediata. La nostalgia por las percepciones perdidas es, entonces, el reconocimiento de que somos herederos de un mundo sensorial más rico, que aún late en nuestra memoria ancestral y que se manifiesta en destellos extraordinarios: en la mística, en el arte, en los sueños y en las intuiciones que nos recuerdan que, pese a la distancia creada por el progreso, seguimos siendo parte de un cosmos que alguna vez escuchamos directamente.
Surge inevitablemente la pregunta: ¿por qué el avance de la humanidad se dio en detrimento de estas percepciones profundas? Una posible respuesta es que la supervivencia en entornos cada vez más complejos exigió priorizar la racionalidad y la técnica sobre la sensibilidad espiritual. Otra explicación es que la consolidación de la vida urbana y agrícola redujo la necesidad de ciertas facultades naturales, desplazándolas hacia el olvido. También puede pensarse que la evolución cultural favoreció la abstracción y el lenguaje como herramientas de cohesión social, relegando las percepciones extrasensoriales a un plano marginal. En cualquier caso, el progreso humano parece haber sido inseparable de una pérdida: la de aquellas formas de percepción que nos vinculaban directamente con el cosmos y con lo numinoso.
Y la inteligencia artificial hacia el detrimento de qué facultades perceptivas nos llevará. Es posible que, al delegar cada vez más funciones cognitivas y sensoriales en sistemas automatizados, vayamos perdiendo la capacidad de atención profunda, de memoria activa, de intuición espontánea y de imaginación creativa. La IA puede ofrecernos respuestas inmediatas, pero al mismo tiempo puede debilitar nuestra disposición a la búsqueda paciente y a la contemplación. También podría reducir la necesidad de ejercitar la empatía directa, pues las relaciones humanas tenderían a ser mediadas por interfaces inteligentes. En este sentido, la IA corre el riesgo de convertirse en una nueva forma de compensación: amplifica nuestras capacidades técnicas, pero puede erosionar aquellas facultades perceptivas que nos conectan con la experiencia humana más íntima, como la escucha atenta, la memoria compartida y la capacidad de asombro.
El hombre primitivo vivía inmerso en un mundo de percepciones profundas, donde la naturaleza, el cosmos y lo numinoso se experimentaban de manera directa y cotidiana. Sus sentidos estaban afinados para captar vibraciones, presencias invisibles y armonías cósmicas, y quizá incluso facultades extrasensoriales como la telepatía o la levitación eran parte de su horizonte vital. En contraste, el hombre tecnológico y dependiente de la inteligencia artificial habita un universo mediado por instrumentos, algoritmos y pantallas: ha externalizado sus sentidos en dispositivos que amplifican el conocimiento, pero reducen la vivencia inmediata. Mientras el primero escuchaba las estrellas y sentía la resonancia de las cuevas, el segundo consulta datos digitales y delega en la IA la memoria, la intuición y la imaginación. Así, la humanidad se ha desplazado de una sensibilidad íntima y numinosa hacia una racionalidad técnica, ganando poder y precisión, pero perdiendo la riqueza de aquellas percepciones que nos conectaban directamente con el misterio del cosmos.
El hombre del futuro no será inferior, pero sí diferente: más integrado en sistemas de datos, menos intuitivo y menos contemplativo, quizá más funcional pero menos humano en el sentido profundo, y esa diferencia nos obliga a preguntarnos si el precio del progreso será siempre la renuncia a las percepciones que alguna vez nos hicieron sentir parte viva del universo.
Si el hombre del futuro, cada vez más dependiente de la inteligencia artificial y de la mediación tecnológica, se vuelve menos contemplativo, el precio del progreso será el surgimiento de una civilización menos filosófica y más tecnocrática. La contemplación, que en el pasado alimentaba la filosofía, la mística y la búsqueda del sentido, podría quedar relegada a márgenes minoritarios, mientras que la lógica del cálculo, la eficiencia y la automatización se convierten en los valores dominantes.
La filosofía nació de la capacidad de detenerse, de mirar el mundo con asombro y de interrogarse sobre su misterio. Si esa facultad se debilita, la humanidad corre el riesgo de perder su vocación de preguntarse por el ser, por el sentido y por lo trascendente. En su lugar, crecerá una cultura orientada a la solución técnica de problemas, a la gestión de datos y a la optimización de procesos. Será una civilización poderosa en lo material, pero más pobre en lo espiritual.
El dilema, entonces, no es solo tecnológico, sino existencial: ¿queremos un futuro donde la filosofía sea sustituida por la tecnocracia, o podemos encontrar un equilibrio que permita que la contemplación y la técnica convivan? La respuesta marcará el destino de nuestra especie, porque sin contemplación no hay filosofía, y sin filosofía la humanidad corre el riesgo de olvidar que su grandeza no está solo en dominar el mundo, sino en comprenderlo y en darle sentido.