El acumulador de libros
El acumulador de libros no es culto sino culturizado. Su biblioteca, vasta y abigarrada, no es signo de sabiduría sino de ornamento. La diferencia entre culto y culturizado es decisiva: el culto asimila, conecta y transforma el saber en vida; el culturizado se limita a exhibirlo, a consumirlo como símbolo, sin interiorizarlo. Así, la acumulación de libros se convierte en una búsqueda de prestigio o estatus, un gesto que oculta la racionalidad instrumental que manipula el saber sin amor al mismo.
En este esquema, el libro deja de ser diálogo y se convierte en mercancía, trofeo, capital simbólico. El acumulador no lee por amor al saber, sino para exhibirlo como medalla. La racionalidad instrumental reduce el conocimiento a herramienta de legitimación, reproduciendo la lógica de poder que cosifica el saber y lo separa de la pasión que debería animarlo. Como advirtieron Adorno y Horkheimer en la Dialéctica de la Ilustración, el conocimiento sometido a la lógica instrumental pierde su dimensión emancipadora y se convierte en mecanismo de dominación.
No es extraño, entonces, que el gran acumulador de libros, en vez de superarse personalmente, siga siendo soez, vulgar, egoísta y espiritualmente minúsculo. Su biblioteca es un museo de apariencias, y si además ejerce como profesor universitario, tiende al culto idolátrico por las citas a pie de página y la exagerada bibliografía, todo como máscara de su propia ignorancia. Y si el culturizado llega a escribir, lo hace únicamente reproduciendo manuales, incapaz de creatividad auténtica; por lo general es ágrafo, pues carece de la fuerza interior que convierte la lectura en pensamiento vivo. Su vida cotidiana revela la incapacidad de trascender la mera posesión hacia la verdadera comprensión. Frente a él, el lector culto, aunque posea pocos libros, los vive, los deja interpelar su existencia, los convierte en semilla de transformación.
El acumulador permanece atrapado en la paradoja de la modernidad: rodeado de cultura, pero vacío de cultivo interior, incapaz de amar el saber, reducido a la caricatura de quien manipula lo que no comprende. Su figura es trágica porque encarna la ilusión de la cultura como acumulación, cuando en realidad la cultura auténtica es experiencia, diálogo y vida. El culto se deja atravesar por las palabras, se abre a la humildad de aprender y se transforma; el acumulador, en cambio, se aferra al objeto y desprecia la experiencia, quedando espiritualmente diminuto, incapaz de trascender la vulgaridad que lo define.
Para comprender mejor esta figura, es necesario inventar categorías que permitan pensarla con rigor intelectual. La bibliomanía instrumental describe la acumulación obsesiva de libros no como amor al saber, sino como uso del libro como herramienta de prestigio o poder. La culturización ornamental señala la actitud de rodearse de cultura como adorno, sin que esta se convierta en cultivo interior. El concepto de capital simbólico librario, inspirado en Bourdieu, muestra cómo el acumulador convierte su biblioteca en un capital simbólico que le otorga estatus, aunque no le otorgue sabiduría. La noción de espiritualidad minúscula retrata la paradoja de quien posee grandes bibliotecas, pero permanece espiritualmente pobre, subrayando la desconexión entre posesión material y crecimiento interior. La racionalidad bibliográfica instrumental extiende la noción de racionalidad instrumental hacia el campo del saber escrito, donde el libro no es leído por amor, sino manipulado como recurso de poder, cita o legitimación. Finalmente, el simulacro de cultura, en diálogo con Baudrillard, denuncia la apariencia de cultura sin su vivencia real: el acumulador encarna este simulacro, parece culto, pero solo está culturizado.
La crítica de Marcuse sobre el “hombre unidimensional” también ilumina esta figura: el acumulador reduce la riqueza del saber a una sola dimensión utilitaria, incapaz de abrirse a la negatividad, a la crítica y a la transformación. Su biblioteca, en lugar de ser espacio de emancipación, se convierte en dispositivo de integración acrítica al sistema.
Estas categorías convierten el presente ensayo en un aporte intelectual porque permiten nombrar fenómenos que hasta ahora se describen de manera intuitiva, abren la posibilidad de dialogar con tradiciones filosóficas y sociológicas, y ofrecen un lenguaje crítico propio para analizar la relación entre saber, prestigio y vida interior. El acumulador de libros, visto desde estas lentes, deja de ser un simple personaje anecdótico y se transforma en una figura paradigmática de la modernidad: alguien que confunde la acumulación con la cultura, el objeto con la experiencia, la apariencia con la verdad.
Es curioso constatar que los grandes pensadores nunca han sido poseedores de vastas bibliotecas, sino que de lo poco que han tenido han sabido dar mucho. Frente al acumulador de libros, cuya biblioteca es un museo de apariencias y cuya escritura, cuando existe, se limita a reproducir manuales sin creatividad auténtica, los verdaderos cultos han demostrado que la grandeza del pensamiento no depende de la cantidad de volúmenes acumulados, sino de la capacidad de transformar lo mínimo en riqueza intelectual y espiritual.
Bibliografía
Adorno, T. W. & Horkheimer, M. (1947). Dialéctica de la Ilustración.
Bourdieu, P. (1979). La distinción: Criterio y bases sociales del gusto.
Marcuse, H. (1964). El hombre unidimensional.
Baudrillard, J. (1981). Simulacros y simulación.
Ortega y Gasset, J. (1930). La rebelión de las masas.
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