miércoles, 28 de enero de 2026

El universo finito e ilimitado frente al infinito de Dios: una formulación inédita

 

El universo finito e ilimitado frente al infinito de Dios: una formulación inédita

El horizonte cósmico se entiende como el límite máximo de lo observable, determinado por la edad del universo y la velocidad de la luz. El universo observable es finito, con un radio aproximado de 46,500 millones de años luz, mientras que el universo total podría ser mucho mayor. Este planteamiento muestra que la finitud del universo observable no agota la cuestión de la totalidad del cosmos. La noción de horizonte cósmico es un límite epistemológico, no ontológico: lo que está más allá puede existir, aunque no sea accesible a la observación. Aquí se abre la distinción entre lo que la ciencia puede medir y lo que la filosofía puede pensar. Este límite epistemológico puede interpretarse como un ejemplo de cómo los “infinitos” en física marcan fronteras del conocimiento humano, no realidades ontológicas, y la propuesta se convierte así en una herramienta crítica para la filosofía de la ciencia.

El universo observable es finito porque la luz solo ha tenido un tiempo limitado para llegar hasta nosotros. El universo total, en cambio, puede ser finito o infinito. El hecho de que haya tenido un comienzo no implica necesariamente que sea limitado en extensión, ya que el Big Bang no fue una explosión en un lugar, sino la expansión del espacio mismo. Este punto aclara que la expansión del universo no debe entenderse como un fenómeno dentro de un espacio previo, sino como la creación del espacio-tiempo mismo. La finitud temporal del universo no equivale a infinitud espacial, y aquí se abre la posibilidad de concebirlo como ilimitado pero no infinito. La noción de “auto-ilimitación” se introduce aquí como categoría filosófica: el universo se expande desde sí mismo, sin necesidad de un exterior. Este concepto no aparece en la tradición clásica y refuerza la originalidad de la propuesta.

La noción de infinito se refiere a lo que no tiene fin y excede cualquier medida posible, mientras que lo ilimitado significa ausencia de bordes o fronteras, aunque puede ser finito en extensión. El universo puede ser ilimitado pero finito, como la superficie de una esfera: sin borde, pero con área finita. La distinción entre infinito e ilimitado evita confusiones conceptuales. En física, lo ilimitado describe geometrías sin borde, mientras que lo infinito es un concepto matemático que no corresponde a realidades físicas verificables. Esta precisión se acerca a lo que Heisenberg sostenía: lo infinito pertenece más al ámbito filosófico o teológico que al físico. La propuesta se diferencia de Aristóteles, que concebía un cosmos finito y cerrado, y de Tomás de Aquino, que reservaba lo infinito exclusivamente a Dios. Aquí se da un paso más allá, introduciendo categorías nuevas que permiten reinterpretar la cosmología.

Aquí se introduce una distinción inédita: el infinito ontológico y el infinito funcional. El infinito ontológico corresponde a Dios, que es plenitud absoluta, eterno y sin límites en el ser. El infinito funcional, en cambio, es un recurso matemático o físico que describe procesos sin límite aparente, pero que no constituye infinitud real. El universo no es auto-infinito, sino auto-ilimitado: su expansión no se dirige hacia un infinito físico, sino hacia una infinitud de relaciones posibles. Esa infinitud relacional no es cuantitativa, sino estructural, y marca la diferencia entre lo creado y lo increado. Esta propuesta guarda parentesco con lo sostenido por Penrose, quien concibe el universo en ciclos sucesivos de expansión y renacimiento, finitos en duración pero ilimitados en estructura. También se relaciona con Heisenberg, que rechazaba el infinito físico y lo reservaba para lo trascendente. La idea de infinitud relacional ofrece un puente entre estas intuiciones y una formulación nueva. La noción de “infinitud relacional” es inédita: no se mide en magnitudes, sino en la capacidad del universo de generar nuevas conexiones y configuraciones. Es un concepto estructural que supera tanto la visión clásica como la de Heisenberg y Penrose.

La trascendencia de Dios no es espacial. No se encuentra “más allá” del horizonte cósmico ni en un lugar contiguo al universo, porque no pertenece al plano físico. Dios es trascendente en cuanto al ser, no en cuanto a la extensión. El universo, aunque ilimitado en su geometría, sigue siendo finito en su naturaleza y contingente en su existencia. Este planteamiento evita reducir a Dios a una coordenada espacial. La trascendencia divina se entiende como ontológica, no como localización. Penrose también ha insistido en que el infinito físico es problemático, y la noción de trascendencia no espacial responde a esa crítica, situando a Dios en un plano distinto del universo. La trascendencia no espacial se convierte en categoría afirmativa: no es solo negación de un “afuera”, sino la afirmación de un plano ontológico superior que sostiene lo creado.

El llamado “infinito físico” es un contrasentido. En física, cuando aparece un infinito en las ecuaciones, es señal de que el modelo falla. El abuso del término “infinito” en la ciencia moderna refleja una cultura secularizada que absolutiza lo finito y deja de lado lo trascendente. Heisenberg ya advertía que lo infinito en física es un síntoma de insuficiencia teórica, no una realidad. Penrose, por su parte, utiliza el infinito como herramienta matemática, pero no lo considera una entidad física. La crítica al infinito físico se enlaza con estas posturas y refuerza la necesidad de distinguir entre lo funcional y lo ontológico. Aquí se añade un matiz epistemológico: los infinitos en física deben interpretarse como límites del conocimiento humano, no como realidades ontológicas. Esto convierte la propuesta en una herramienta crítica para la filosofía de la ciencia.

Lo ilimitado del universo y lo infinito de Dios pertenecen a planos distintos de existencia. El universo es físico, contingente y finito, mientras que Dios es trascendente, eterno e infinito en ser. No son dos realidades contiguas, sino dos órdenes diferentes: lo creado y lo increado. Esta separación de planos coincide con la visión de Heisenberg, que reservaba lo infinito para lo trascendente, y con la de Penrose, que concebía el universo como finito en duración pero ilimitado en estructura. La propuesta actual articula estas intuiciones en una formulación sistemática. Además, se diferencia de Aristóteles, que concebía un cosmos finito y cerrado, y de Tomás de Aquino, que reservaba lo infinito exclusivamente a Dios, mostrando que se da un paso más allá de las categorías tradicionales.

No tiene sentido afirmar que Dios está “más allá del horizonte cósmico”, porque eso lo reduciría a una coordenada espacial dentro del universo. Dios no es un objeto físico que se ubique dentro o fuera del cosmos, sino la fuente misma del ser. La trascendencia no espacial de Dios responde a esta confusión. No se trata de un “afuera” físico, sino de un plano distinto de existencia. Penrose y Heisenberg, cada uno desde su perspectiva, también rechazaron la idea de un infinito físico contiguo al universo, lo que refuerza la coherencia de esta propuesta. Aquí se añade un matiz diferenciador: la trascendencia no espacial no es solo negación de un “afuera”, sino afirmación de un plano ontológico superior que sostiene lo creado.

El universo es ilimitado pero finito, mientras que Dios es infinito y eterno. La diferencia entre ambos se expresa en la nueva formulación: el universo es un ente auto-ilimitado, cuya expansión no es hacia un infinito físico, sino hacia una infinitud de relaciones posibles. Esa infinitud relacional es estructural, no cuantitativa, y marca la frontera entre lo creado y lo increado. Este cierre sintetiza la propuesta inédita y la vincula con la tradición de Heisenberg y Penrose. Ambos anticiparon la necesidad de distinguir entre lo infinito como categoría trascendente y lo ilimitado como propiedad física. La noción de infinitud relacional ofrece un paso más en esa dirección, articulando una visión que diferencia claramente lo creado de lo increado. Además, se subraya explícitamente que se está creando una nueva categoría filosófica —auto-ilimitación e infinitud relacional— que no existe en la tradición previa, y que esta categoría permite reinterpretar tanto la cosmología como la teología en un marco más coherente y original.

En suma, el universo es ilimitado pero finito, mientras que Dios es infinito y eterno. La diferencia entre ambos se expresa en la nueva formulación: el universo es un ente auto‑ilimitado, cuya expansión no es hacia un infinito físico, sino hacia una infinitud de relaciones posibles. Esa infinitud relacional es estructural, no cuantitativa, y marca la frontera entre lo creado y lo increado. Este cierre sintetiza la propuesta inédita y la vincula con la tradición de Heisenberg y Penrose, quienes anticiparon la necesidad de distinguir entre lo infinito como categoría trascendente y lo ilimitado como propiedad física. La noción de infinitud relacional y la categoría de auto‑ilimitación ofrecen un paso más en esa dirección, articulando una visión que diferencia claramente lo creado de lo increado, introduce la trascendencia no espacial como categoría afirmativa y convierte los infinitos físicos en indicadores epistemológicos de los límites del conocimiento humano. De este modo, la propuesta se presenta como original al crear nuevas categorías filosóficas —auto‑ilimitación e infinitud relacional— que permiten reinterpretar tanto la cosmología como la teología en un marco más coherente y novedoso.

Bibliografía

Aristóteles Metafísica. Madrid, Gredos, 1994.

Aquino, Tomás de Suma teológica. Madrid, BAC, 1955-1960.

Hawking, Stephen Historia del tiempo: del Big Bang a los agujeros negros. Barcelona, Planeta, 1988.

Heisenberg, Werner. Física y Filosofía. Buenos Aires, Ediciones La Isla, 1958.

Penrose, Roger. Ciclos del tiempo: una extraordinaria nueva visión del universo. Barcelona, Debate, 2010.


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