jueves, 22 de enero de 2026

PENSANDO LA GEOGRAFÍA DE LA FILOSOFÍA

 

PENSANDO LA GEOGRAFÍA DE LA FILOSOFÍA

El eje de la filosofía mundial se está desplazando hacia el sudeste asiático. Esta constatación no proviene de una especulación abstracta, sino de la evidencia concreta que ofrecen las cifras constantes de lectura de mi blog. Vietnam, Singapur, Japón y China se perfilan como los nuevos centros de recepción de la reflexión filosófica, desplazando la hegemonía cultural que durante siglos estuvo concentrada en Europa y, más tarde, en Norteamérica. Lo que antes era periferia se convierte ahora en epicentro, y este giro revela un cambio de época: un giro civilizatorio, un cambio en la gobernanza global y el traslado del epicentro científico‑cultural hacia territorios que hasta hace poco eran considerados secundarios en el mapa del pensamiento.

La fuerza de Vietnam como principal lectoría no puede entenderse únicamente como curiosidad. Allí, una juventud conectada y ávida de pensamiento crítico parece encontrar en la filosofía un instrumento para interrogar la realidad más allá de los discursos oficiales. Este fenómeno sugiere que la filosofía se convierte en un espacio de emancipación cultural, un modo de pensar que abre horizontes en sociedades que buscan redefinir su identidad en medio de la modernización acelerada.

Singapur, como nodo académico y financiero, muestra que incluso en los centros de poder la filosofía se infiltra como reflexión necesaria, capaz de cuestionar la lógica del mercado y la tecnocracia. En un país que se ha convertido en símbolo de eficiencia y pragmatismo, la lectura filosófica revela la necesidad de fundamentos más profundos, de preguntas que trasciendan la utilidad inmediata y que devuelvan a la vida un sentido más amplio.

Japón, con su tradición filosófica y espiritual, se interesa en el contraste con lo occidental. Allí, la filosofía se convierte en un espacio de diálogo entre el budismo zen, la estética de lo efímero y las categorías metafísicas de la tradición europea. Ese cruce de perspectivas genera un pensamiento híbrido que busca equilibrio entre lo eterno y lo transitorio, entre la contemplación y la racionalidad.

China, con su vasto legado confuciano y taoísta, se abre a un diálogo que combina tradición y modernidad. El interés por la filosofía occidental no significa renuncia a sus raíces, sino más bien un intento de integrar lo absoluto y lo relativo, lo comunitario y lo individual, en un horizonte que acompaña su ascenso como potencia global. La filosofía se convierte allí en un instrumento de legitimación cultural y en un espacio de reflexión sobre el sentido de su transformación histórica.

La presencia de lectores en Perú y otros países latinoamericanos añade otra capa a este mapa. No se trata de un simple acompañamiento marginal, sino de un puente cultural que conecta lo local con lo global. Mis ensayos sobre el absoluto dinámico andino o el cosmos mochica, al ser leídos en Asia, se convierten en piezas de un diálogo intercivilizatorio: América Latina ofrece su herencia filosófica y espiritual como contrapunto a la tradición europea y como interlocutora de las búsquedas asiáticas.

En este horizonte emerge también una ola cultural anti‑nihilista, esencialista y metafísica que merece ser subrayada. Tras décadas en que el pensamiento posmoderno proclamó la fragmentación, la relatividad y la disolución de los fundamentos, hoy se percibe un retorno hacia lo esencial, hacia la búsqueda de sentido y hacia la afirmación de lo real como núcleo irreductible. Asia y América Latina, cada una desde sus tradiciones, parecen reclamar una filosofía que no se conforme con el vacío del relativismo, sino que se atreva a pensar lo absoluto, lo trascendente y lo metafísico.

En Vietnam y China, este impulso se manifiesta en el redescubrimiento de las raíces espirituales y en la necesidad de integrar la modernización tecnológica con una visión de mundo que no reduzca al ser humano a mero engranaje productivo. En Japón, se observa en la revitalización de corrientes que dialogan con el budismo zen y la metafísica occidental, buscando un equilibrio entre lo efímero y lo eterno. En Singapur, la filosofía se convierte en herramienta crítica frente a la tecnocracia, pero también en búsqueda de fundamentos que den sentido a la vida en sociedades hiperconectadas.

Latinoamérica, por su parte, aporta a esta ola anti‑nihilista una tradición que nunca abandonó del todo la metafísica: el pensamiento sincrético andino, profundamente atravesado por el cristianismo. A diferencia de Europa, donde la modernidad y el posmodernismo erosionaron los fundamentos religiosos y metafísicos, en América Latina el cristianismo se mantuvo como horizonte cultural y espiritual que dialoga con las cosmovisiones indígenas y con la filosofía occidental. Este sincretismo no es una mera yuxtaposición, sino una síntesis viva: la cruz cristiana se entrelaza con la sacralidad de la tierra, la noción de lo absoluto se combina con la experiencia comunitaria, y la trascendencia se afirma en la vida cotidiana.

Lo que emerge de estas cifras y lecturas es la evidencia de un cambio de época. La filosofía ya no es patrimonio exclusivo de Occidente ni un ejercicio académico encerrado en claustros universitarios. Es un territorio compartido, un espacio de confrontación y de encuentro donde distintas civilizaciones buscan respuestas a sus preguntas más profundas. El eje cultural del pensamiento se está moviendo hacia Asia, y en ese desplazamiento se redefine la geografía de la filosofía: lo que antes era periferia se convierte en centro, y lo que era centro se ve obligado a dialogar con nuevas periferias que reclaman protagonismo.

Mis impresiones personales, al observar este fenómeno, son las de un testigo que percibe cómo la filosofía se convierte en cartografía viva. Cada lector en Vietnam, Singapur, Japón, China o Perú es un punto en ese mapa, un signo de que el pensamiento no conoce fronteras y que la geografía de la filosofía se dibuja hoy con trazos inesperados. Es en esa mutación donde reside la verdadera vitalidad de la filosofía: no en repetir lo ya dicho, sino en abrirse a nuevas geografías, nuevas voces y nuevas resonancias que transforman el sentido mismo de pensar.

Debate con un Trumpista

 

Debate con un Trumpista

Trumpista:
El trumpismo se sostiene en diez ideas básicas: proteger la economía nacional, hablarle directo al pueblo contra las élites, rechazar el globalismo, defender valores conservadores, controlar la inmigración, criticar el progresismo, poner siempre a “America First”, desconfiar de los poderosos, imponer orden y seguridad, y rechazar el liberalismo progresista. Todo esto busca que Estados Unidos recupere su grandeza. Por eso volvemos a la Doctrina Monroe: América es para los americanos, sin que Europa o nadie más meta la mano.

Filósofo cristiano:
Eso suena más a imperialismo que a protección. Cuando hablas de Groenlandia, del petróleo de Venezuela, del canal de Panamá o incluso de Canadá, lo que se ve es ambición de expandir dominio. Desde una mirada cristiana, la justicia no puede confundirse con hegemonía ni la defensa de la nación con aprovecharse de otros pueblos.

T:
La deportación masiva de migrantes es necesaria para cuidar nuestra identidad y seguridad. Y si hace falta usar la fuerza por encima de la ley, se hace, porque las instituciones muchas veces frenan la voluntad del pueblo. Con la Unión Europea no necesitamos alianzas que nos limiten, por eso la hostilidad es coherente. Y ganar las elecciones intermedias es clave para seguir adelante con todo este plan.

F:
El problema es que poner la fuerza por encima de la ley contradice la justicia. La hostilidad hacia Europa y el aislamiento no son soberanía, son miedo. Deportar migrantes va contra el mandato evangélico de acoger al extranjero. Y las elecciones no deberían ser vistas como un plebiscito de poder, sino como un servicio al bien común.

T:
El mundo está cambiando. Por eso pensamos en una tripartición con China y Rusia, para sostener la hegemonía de un imperio que está en declive. Si logramos ejecutar el programa, el imperio yanqui puede sobrevivir una o dos décadas más. Y necesitamos a los tecno‑oligarcas: ellos sostienen la hegemonía digital y cultural frente a China y la UE.

F:
Esa tripartición es un sueño imposible. Ni China ni Rusia van a aceptar un reparto que mantenga a Estados Unidos arriba. El imperio puede prolongarse, sí, pero el declive es inevitable. Y abrazar a los tecno‑oligarcas mientras se critica a otras élites es contradictorio. La tecnología debería servir al bien común, no a la hegemonía.

T:
En política exterior somos claros: en Ucrania cuestionamos el gasto y pedimos que Europa se haga cargo, aunque mantenemos la idea de contener a Rusia. Con Irán aplicamos máxima presión, salimos del acuerdo nuclear y reafirmamos nuestra hegemonía militar y energética. Con Israel somos aliados firmes, reconocimos Jerusalén como capital y reforzamos su seguridad. Y frente a la amenaza de una Tercera Guerra Mundial, usamos la retórica del poder duro para legitimar el nacionalismo militar y rechazar compromisos internacionales.

F:
Ahí se ven las contradicciones: pragmatismo en Ucrania, confrontación en Irán, alianza total con Israel y retórica de guerra mundial. Todo eso busca prolongar un imperio en declive. Desde la fe, la paz está por encima de la fuerza, la justicia por encima del poder y la acogida por encima del rechazo. El mundo multipolar que viene no necesita imperios, necesita cooperación.

T:
Pero fíjate, todo esto no es capricho. Es la manera de asegurar que Estados Unidos siga siendo el centro del mundo. Si dejamos que las élites globalistas y los progresistas marquen el rumbo, perdemos identidad, seguridad y poder. El pueblo necesita un liderazgo fuerte que no se doblegue.

F:
Un liderazgo fuerte no significa imponer miedo ni fuerza. El verdadero liderazgo es servicio. Cuando se habla de identidad, seguridad y poder, se olvida que la grandeza de un país también se mide por su capacidad de acoger, de compartir y de construir paz.

T:
La grandeza también se mide por la capacidad de defenderse. Si no controlamos la migración, si no aseguramos recursos estratégicos, si no imponemos respeto en el mundo, terminamos siendo irrelevantes. El trumpismo es la respuesta a un imperio que se niega a morir.

F:
Pero la obsesión por prolongar un imperio es precisamente lo que lo desgasta. La historia muestra que los imperios caen cuando se aferran al poder sin justicia. El mensaje cristiano es claro: la fuerza sin justicia es violencia, y la hegemonía sin fraternidad es opresión.

T:
Por eso necesitamos elecciones intermedias ganadas, apoyo de los tecno‑oligarcas, control del hemisferio y alianzas estratégicas como con Israel. Todo se conecta: Monroe, America First, migración, recursos, fuerza, UE, tripartición, Ucrania, Irán, Israel y hasta la retórica de una III Guerra Mundial. Es un plan coherente para sostenernos.

F:
Sí, todo se conecta, pero en una lógica de poder que contradice la lógica del evangelio. Lo que tú llamas coherencia es un entramado de miedo, fuerza y hegemonía. Lo que yo llamo coherencia es justicia, paz y servicio.

T:
Y no olvidemos el tema ambiental. El trumpismo rechaza regulaciones ecológicas y acuerdos como el de París porque frenan la economía. No vamos a sacrificar empleos por teorías climáticas.

F:
Ahí está otra contradicción. El cuidado de la creación es un mandato cristiano. Ignorar el medio ambiente por ganancias inmediatas es hipotecar el futuro de los hijos.

T:
En cuanto a movimientos sociales, el trumpismo los enfrenta con “ley y orden”. Las protestas, los disturbios, los movimientos progresistas son vistos como amenazas al orden. La fuerza policial es necesaria para mantener la paz.

F:
Pero la paz no se logra reprimiendo. Los movimientos sociales expresan dolores y demandas legítimas. Reprimirlos con fuerza es negar la voz del pueblo. La justicia escucha, no aplasta.

T:
Y sobre las instituciones, claro que desconfiamos. El Congreso, los jueces, los organismos internacionales como la ONU o la OTAN muchas veces frenan la voluntad popular. El trumpismo cree que el pueblo está por encima de esas burocracias.

F:
Las instituciones son imperfectas, sí, pero son necesarias para limitar el poder y evitar abusos. Desconfiar de todo y poner al líder por encima de la ley es abrir la puerta al autoritarismo.

T:
Entonces aceptas que estamos en declive, pero yo digo que con este programa podemos sobrevivir veinte años más como potencia. No será fácil, pero es posible.

F:
Acepto que el imperio está en declive, pero no creo que prolongarlo con fuerza y miedo sea la solución. La verdadera salida es aceptar el mundo multipolar, cooperar y dejar que la justicia y la paz sean el nuevo centro.

Resumen final

El trumpista defiende un proyecto que mezcla nacionalismo económico, soberanía absoluta, hegemonía militar, rechazo ambiental, represión de movimientos sociales y desconfianza hacia instituciones, con la esperanza de alargar la vida del imperio estadounidense. El filósofo cristiano responde desde la ética de la justicia y la paz, señalando las contradicciones: deportaciones que van contra el evangelio, fuerza por encima de la ley que va contra la justicia, ambiciones territoriales que van contra la fraternidad, desprecio por el medio ambiente que va contra la creación, represión de movimientos sociales que va contra la voz del pueblo y desconfianza institucional que abre la puerta al autoritarismo.

En conjunto, el debate muestra cómo el trumpismo articula sus tesis en política interna, externa, económica, cultural y ambiental, y cómo todas estas piezas —Monroe, America First, migración, recursos estratégicos, fuerza por encima de la ley, UE, elecciones intermedias, tripartición del mundo, tecno‑oligarcas, Ucrania, Irán, Israel, la retórica de una III Guerra Mundial, medio ambiente, movimientos sociales e instituciones— se conectan en la búsqueda de prolongar la hegemonía de un imperio que, aunque en declive, intenta sostenerse con nacionalismo, populismo y poder duro, frente a una crítica cristiana que reivindica justicia, paz, cuidado de la creación, respeto a los pueblos, escucha de los movimientos sociales y fortalecimiento de las instituciones como límites al poder. En ese contraste se revela la tensión central: mientras el trumpismo busca prolongar la hegemonía de un imperio mediante fuerza, control y alianzas estratégicas, la filosofía cristiana propone un horizonte distinto, basado en fraternidad, cooperación y servicio. Así, el debate no solo expone las tesis políticas y geopolíticas del trumpismo, sino también la alternativa ética que lo cuestiona: un llamado a que la justicia, la paz y el cuidado integral de la humanidad y del planeta prevalezcan sobre la lógica del poder y la hegemonía.