El mundo y sus estadios
Introducción
Pensar el mundo exige comenzar desde lo más alto: el misterio de lo increado. La eternidad divina, incorruptible por esencia, es el fundamento sobre el cual se levantan todos los demás planos de la realidad. Desde allí se despliegan los mundos espirituales y, finalmente, el mundo físico, con sus tensiones entre corrupción y gracia. Este ensayo se propone recorrer esos estadios, mostrando cómo cada uno revela un modo de ser y cómo todos juntos configuran una arquitectura coherente que une teología, filosofía y ciencia.
La originalidad de la propuesta radica en la interpretación del Edén: no como un universo incorrupto por naturaleza, ni como un mero símbolo espiritual, sino como un espacio material preservado por gracia divina en medio de un cosmos corruptible. De este modo se evita la contradicción con la naturaleza de la materia, con la universalidad de la corrupción y con la diferencia entre el Edén y la Nueva Creación. El Edén fue un milagro cósmico, un anticipo vulnerable; la Nueva Creación será incorrupta por esencia, definitiva y eterna.
Este intento de pensar el mundo en estadios recuerda a los esfuerzos de la filosofía idealista alemana. Friedrich Schelling, en Las edades del mundo, buscó articular la relación entre lo eterno y lo temporal en una secuencia de edades que expresan la tensión entre libertad y necesidad. Georg Wilhelm Friedrich Hegel, en su filosofía de la historia, concibió el despliegue del Espíritu absoluto en etapas que culminan en la reconciliación final. Ambos intentaron, cada uno a su manera, pensar el mundo como proceso. El presente ensayo se inscribe en esa tradición, pero con una diferencia decisiva: aquí los estadios del mundo se articulan no solo desde la filosofía, sino también desde la teología cristiana y la cosmología científica.
El propósito es mostrar que la historia del mundo no es una sucesión caótica de hechos, sino una secuencia ordenada de estadios: eternidad increada, eviternidad espiritual, tiempo físico, Edén incorrupto por gracia, caída, historia corruptible, redención y Nueva Creación. Cada estadio tiene su lugar y su función, y juntos forman una visión que integra lo divino y lo humano, lo espiritual y lo material, lo eterno y lo temporal.
De la eternidad divina al Edén
El punto de partida de toda reflexión sobre el mundo es el mundo increado de Dios. Antes de cualquier tiempo, antes de cualquier materia, antes de cualquier espíritu creado, Dios existe en su eternidad absoluta. Este mundo increado no es un espacio ni un tiempo, sino la plenitud misma del ser, la fuente de toda realidad. Allí no hay corrupción ni posibilidad de ella, porque Dios es incorruptible por esencia. La eternidad divina es el fundamento sobre el cual se levantan todos los demás estadios del mundo. En este nivel no hay comienzo ni fin, no hay sucesión ni cambio, sino la pura presencia del Ser que sostiene todo lo que existe.
Desde esa eternidad, Dios crea los mundos espirituales. Estos no son eternos por esencia, pero participan de la incorruptibilidad en un modo distinto: lo que la teología llama eviternidad. Los ángeles y las realidades espirituales existen en un tiempo que no es sucesivo como el nuestro, sino estable y permanente, aunque no idéntico a la eternidad divina. En este estadio, la corrupción no tiene lugar, porque lo espiritual no está sometido a la disolución de la materia. Sin embargo, sí existe la posibilidad de caída, como lo muestra la rebelión de algunos ángeles, a saber, los demonios. La incorruptibilidad espiritual no es absoluta, sino relativa: depende de la fidelidad a Dios.
Después de los mundos espirituales aparece el mundo físico, el universo material que la ciencia describe desde el Big Bang. Aquí entramos en el tiempo sucesivo, en la materia que cambia, en la naturaleza que nace y muere. Por esencia, este mundo es corruptible: todo lo que se forma se deshace, todo lo que se organiza se dispersa. La física lo confirma con la ley de la entropía, y la teología lo reconoce como condición propia de lo creado. Sin embargo, dentro de este mundo corruptible, Dios introduce un estadio excepcional: el Edén.
El Edén no fue incorrupto por naturaleza, porque la materia no puede dejar de ser corruptible en sí misma. Fue incorrupto por gracia, por un milagro divino que suspendía las leyes naturales en un espacio concreto. El jardín era un lugar material, pero preservado de la corrupción por voluntad de Dios. Allí el hombre vivía sin muerte, no porque la materia hubiera cambiado de esencia, sino porque Dios la sostenía en un estado especial. El Edén fue, en este sentido, un milagro cósmico: un espacio incorrupto en medio de un universo corruptible.
La caída marca el fin de ese estadio. El pecado retira la gracia que preservaba al Edén, y el jardín se integra en el universo corruptible. El hombre, que había sido creado para vivir en incorruptibilidad por gracia, se encuentra ahora sometido a la corrupción universal. La muerte entra en la experiencia humana, no porque la materia se haya transformado, sino porque la protección divina desaparece. El Edén se pierde, y comienza la historia del mundo caído.
En este estadio, la humanidad vive en el universo corruptible que la ciencia describe: evolución biológica, muerte como condición de la vida, expansión cósmica marcada por la entropía. El hombre evolutivo aparece en este mundo, dentro de un cosmos sometido a desgaste. Aquí se distingue claramente entre el primer hombre del Edén, que existió en un universo incorrupto por gracia, y el hombre evolutivo, que surge en el universo corruptible. No hay contradicción, porque pertenecen a planos distintos: uno espiritual-incorrupto, otro biológico-corruptible.
La redención abre un nuevo estadio. Cristo, con su resurrección, inaugura un modo de existencia en el que la materia se vuelve incorruptible por gracia. Su cuerpo resucitado es material, pero no está sometido a corrupción. Este acontecimiento anticipa la transformación definitiva del cosmos: introduce en el mundo corruptible la semilla de la incorruptibilidad futura. La redención no elimina la corrupción presente, pero abre la puerta hacia la Nueva Creación.
Finalmente, la Nueva Creación constituye el último estadio del mundo. Aquí la incorruptibilidad ya no depende de la gracia como excepción, sino que se convierte en la condición esencial del cosmos renovado. La materia misma es transfigurada, y la corrupción desaparece para siempre. La Nueva Jerusalén desciende como símbolo de la comunión perfecta entre Dios y la humanidad. En este estado final no hay muerte ni corrupción, porque el mundo entero participa de la vida divina. La diferencia con el Edén es decisiva: el Edén fue incorrupto por gracia, temporal y vulnerable a la caída; la Nueva Creación es incorrupta por esencia, definitiva y eterna.
Así se configura la historia del mundo en sus estadios: el mundo increado de Dios como fundamento eterno, los mundos espirituales como realidades incorruptibles en eviternidad, el mundo físico como cosmos corruptible, el Edén como excepción incorrupta por gracia, la Caída como retirada de esa gracia, la historia humana en el universo corruptible, la Redención como anticipo de la incorruptibilidad, y la Nueva Creación como cumplimiento definitivo. Cada estadio tiene su lugar y su función, y juntos forman una visión coherente que une la teología y la ciencia sin contradicciones.
El mundo y sus estadios
Todo intento de comprender los estadios del mundo debe situarse en el marco de las tres formas de duración que la teología clásica distingue: eternidad, eviternidad y tiempo. Estas categorías no son meras abstracciones, sino modos de ser que estructuran la totalidad de la realidad creada y no creada. Si en la primera parte hemos recorrido los estadios del mundo desde el mundo increado de Dios hasta la Nueva Creación, ahora debemos profundizar en cómo cada estadio se relaciona con estas formas de duración, para mostrar la arquitectura completa del cosmos.
La eternidad pertenece únicamente a Dios. Es el mundo increado, el fundamento absoluto de todo lo que existe. En la eternidad no hay sucesión ni cambio, porque Dios es acto puro, plenitud sin variación. El Edén, la caída, la historia y la Nueva Creación están contenidos en la eternidad como pensamientos divinos, como realidades previstas desde siempre. En este sentido, la eternidad es el horizonte en el que todos los estadios del mundo encuentran su sentido último. Nada escapa a la eternidad, porque todo lo creado está pensado y sostenido en ella.
La eviternidad corresponde a los mundos espirituales. Los ángeles y las realidades incorpóreas existen en un tiempo que no es sucesivo como el nuestro, sino estable y permanente. No envejecen ni mueren, pero tampoco son eternos por esencia. Su duración es intermedia: participan de la incorruptibilidad, pero no de la eternidad absoluta. En este estadio, la corrupción no tiene lugar, aunque sí la posibilidad de caída, porque la libertad espiritual puede rebelarse contra Dios. La eviternidad es, por tanto, un modo de duración que refleja la estabilidad de lo espiritual sin confundirse con la eternidad divina.
El tiempo es el modo de duración propio del mundo físico. Aquí todo se da en sucesión, en nacimiento y muerte, en cambio y desgaste. El Big Bang inaugura este tiempo, y la ciencia lo describe como expansión y entropía. El tiempo físico es corruptible por naturaleza, y en él se desarrolla la historia del cosmos y de la humanidad. Sin embargo, dentro de este tiempo corruptible, Dios introduce el Edén como excepción: un espacio preservado por gracia, incorrupto en medio de la corrupción. El Edén participa del tiempo físico, pero su incorruptibilidad lo acerca a la eviternidad, como si fuera un puente entre lo material y lo espiritual. Es tiempo, pero tiempo transfigurado.
La caída marca la ruptura de ese puente. El Edén pierde su condición incorrupta y se integra plenamente en el tiempo corruptible. El hombre experimenta la muerte y el desgaste, y la historia humana transcurre en el tiempo físico sin excepciones. Aquí la corrupción es universal, y la eviternidad queda como un horizonte perdido. Sin embargo, la eternidad divina sigue sosteniendo todo, y en ella se prepara la redención.
La redención introduce un nuevo modo de duración en el tiempo físico. Cristo resucitado inaugura una existencia material incorruptible, que participa de la eviternidad dentro del tiempo. Su cuerpo glorioso es prueba de que la incorruptibilidad puede entrar en el tiempo físico por gracia. La redención no elimina la corrupción del mundo presente, pero abre la posibilidad de una transformación definitiva. Es un anticipo de la Nueva Creación, un signo de que el tiempo corruptible no es el último estadio.
La Nueva Creación será la transfiguración total del tiempo. Aquí la incorruptibilidad ya no será por gracia como excepción, sino por esencia como condición definitiva. El tiempo físico se transformará en un tiempo glorioso, que participa de la eviternidad y se abre a la eternidad. La Nueva Jerusalén es la imagen de este estado final: un mundo sin muerte ni corrupción, donde la duración ya no es sucesiva ni desgastante, sino plenitud estable. La diferencia con el Edén es decisiva: el Edén fue incorrupto por gracia, vulnerable a la caída; la Nueva Creación será incorrupta por esencia, definitiva y eterna.
Así se revela la arquitectura del mundo en sus estadios: la eternidad como fundamento divino, la eviternidad como duración espiritual, el tiempo como duración física, el Edén como tiempo transfigurado por gracia, la caída como retorno al tiempo corruptible, la redención como anticipo de la eviternidad en el tiempo, y la Nueva Creación como consumación donde el tiempo se abre a la eternidad. Cada estadio se inscribe en una forma de duración distinta, y juntos forman una visión coherente que une la teología y la cosmología en una misma narración.
Metafísica del mundo
La reflexión sobre los estadios del mundo alcanza su plenitud cuando se convierte en una metafísica del mundo, es decir, en una visión que integra ciencia, teología y escatología en un mismo horizonte. No se trata ya de describir cronologías o de distinguir planos, sino de comprender cómo cada estadio revela un modo de ser y cómo todos juntos configuran la totalidad de lo real.
El mundo increado de Dios es el fundamento absoluto. Aquí no hay tiempo ni sucesión, sino eternidad. Dios es acto puro, plenitud sin variación, y en Él se contienen todos los mundos posibles. La eternidad no es un estadio entre otros, sino el principio que sostiene y abarca todos los estadios. Desde esta perspectiva, el mundo increado no es un “primer mundo” en una serie, sino la condición de posibilidad de todos los mundos creados. La metafísica comienza aquí: en la afirmación de que todo lo que existe participa de la eternidad como su causa y su sentido.
Los mundos espirituales representan la primera creación. Son incorpóreos, no sujetos a corrupción material, pero tampoco eternos por esencia. Su duración es la eviternidad, un tiempo estable sin sucesión, donde la libertad espiritual puede elegir entre fidelidad y rebelión. La metafísica del mundo reconoce aquí una tensión: lo espiritual es incorruptible en su ser, pero vulnerable en su libertad. La caída de los ángeles endemoniados muestra que incluso en la eviternidad existe la posibilidad de ruptura, aunque no de corrupción material. Este estadio revela que la incorruptibilidad no garantiza la perfección, porque la libertad puede desviarse.
El mundo físico introduce la dimensión del tiempo sucesivo. Aquí la materia nace y muere, se organiza y se dispersa. La ciencia lo describe con la ley de la entropía, y la teología lo reconoce como condición propia de lo creado. La metafísica del mundo afirma que la corrupción es constitutiva de la materia: todo lo que se forma se deshace. Sin embargo, dentro de este mundo corruptible, Dios introduce el Edén como excepción. El Edén es tiempo transfigurado, materia preservada por gracia, incorrupta no por esencia sino por milagro. La metafísica lo entiende como un puente entre el tiempo y la eviternidad: un espacio material que participa de la incorruptibilidad por voluntad divina. El Edén muestra que la gracia puede suspender las leyes naturales, pero no las transforma en esencia.
La caída marca la retirada de esa gracia. El Edén se integra en el tiempo corruptible, y el hombre experimenta la muerte. La metafísica del mundo interpreta la caída no como un cambio en la naturaleza del cosmos, sino como una pérdida de la excepción. La corrupción, que ya era universal, alcanza ahora también al hombre. El pecado no crea la corrupción, sino que expone al hombre a ella. Este estadio revela la fragilidad de la condición humana: incorrupta por gracia, pero vulnerable a la pérdida de esa gracia.
La redención introduce un nuevo modo de ser en el tiempo. Cristo resucitado inaugura una existencia material incorruptible, que participa de la eviternidad dentro del tiempo. Su cuerpo glorioso es prueba de que la incorruptibilidad puede entrar en la materia por gracia. La metafísica del mundo reconoce aquí un anticipo de la Nueva Creación: un signo de que el tiempo corruptible no es el último estadio. La redención no elimina la corrupción presente, pero abre la posibilidad de una transformación definitiva. Es la semilla de la incorruptibilidad futura.
La Nueva Creación constituye la consumación escatológica. Aquí la incorruptibilidad ya no depende de la gracia como excepción, sino que se convierte en la condición esencial del cosmos renovado. La materia misma es transfigurada, y el tiempo se abre a la eternidad. La metafísica del mundo afirma que este estadio no es un retorno al Edén, sino su cumplimiento. El Edén fue incorrupto por gracia, temporal y vulnerable; la Nueva Creación será incorrupta por esencia, definitiva y eterna. La diferencia es radical: en el Edén había posibilidad de caída, en la Nueva Creación la libertad se consuma en el bien y ya no puede desviarse.
Así se configura la metafísica del mundo: la eternidad como fundamento increado, la eviternidad como duración espiritual, el tiempo como duración física, el Edén como tiempo transfigurado por gracia, la caída como pérdida de esa gracia, la redención como anticipo de la incorruptibilidad, y la Nueva Creación como consumación definitiva. Cada estadio revela un modo de ser, y juntos forman una arquitectura coherente que integra ciencia, teología y escatología. El mundo no es una serie de hechos aislados, sino una secuencia de estadios que manifiestan la relación entre eternidad, eviternidad y tiempo.
Antropología del mundo
La arquitectura del mundo no puede comprenderse plenamente sin considerar al hombre, porque él es el punto de encuentro entre los distintos estadios: participa de la eternidad por su origen en Dios, de la eviternidad por su alma espiritual, y del tiempo por su cuerpo material. La antropología se convierte así en el espejo de la metafísica del mundo, mostrando cómo cada estadio se refleja en la condición humana.
El hombre está pensado en la eternidad divina antes de la creación del mundo. No existe primero como ser biológico ni como espíritu aislado, sino como proyecto eterno en la mente de Dios. Esta preexistencia en el pensamiento divino no significa que el hombre sea eterno por esencia, sino que su ser está contenido en la eternidad como idea y como voluntad. Aquí se revela la dignidad fundamental del hombre: no es un accidente de la evolución ni un producto de la materia, sino una criatura querida desde siempre en la eternidad.
En su dimensión espiritual, el hombre participa de la eviternidad. Su alma racional no está sometida a corrupción material, aunque sí a la posibilidad de caída moral. Como los ángeles, el alma humana existe en un tiempo estable, no sucesivo, que trasciende la muerte del cuerpo. La eviternidad del alma muestra que el hombre no se reduce a su condición biológica, sino que posee una dimensión incorruptible que lo vincula directamente con Dios. Sin embargo, esta incorruptibilidad no es absoluta: la libertad puede desviarse, y el pecado introduce una ruptura en la relación con la eternidad.
En su dimensión corporal, el hombre participa del tiempo físico. Su cuerpo nace, crece, envejece y muere, sometido a las leyes de la materia. Aquí la corrupción es inevitable, porque la materia es corruptible por naturaleza. Sin embargo, en el Edén, el cuerpo humano fue preservado por gracia: vivía en un estado incorrupto, no por esencia, sino por milagro divino. El hombre en el Edén era un ser material, pero sostenido en incorruptibilidad por la voluntad de Dios. Esta condición revela la vocación original del hombre: vivir en armonía con la creación, sin muerte ni corrupción, aunque siempre dependiente de la gracia.
La caída retira esa gracia y expone al hombre a la corrupción universal. El cuerpo se vuelve mortal, el alma se separa de Dios, y la historia humana transcurre en el tiempo corruptible. El hombre experimenta la muerte como destino inevitable, y su libertad se convierte en fuente de sufrimiento. La antropología del mundo reconoce aquí la fragilidad de la condición humana: creado para la incorruptibilidad por gracia, pero condenado a la corrupción por el pecado.
La redención introduce una nueva posibilidad. Cristo, verdadero hombre, resucita con un cuerpo glorioso, incorruptible por gracia. En Él, la humanidad entera recibe la promesa de participar de la incorruptibilidad. La antropología se transforma: el hombre ya no está destinado únicamente a la corrupción, sino que puede ser transfigurado. La redención no elimina la muerte presente, pero abre la esperanza de la resurrección. El hombre participa así de un nuevo estadio: la posibilidad de vivir en el tiempo con la semilla de la eviternidad.
La Nueva Creación será la consumación de esta esperanza. El hombre resucitado participará de la incorruptibilidad por esencia, no solo por gracia. Su cuerpo será transfigurado, su alma plenamente unida a Dios, y su ser entero abierto a la eternidad. La antropología del mundo culmina aquí: el hombre, pensado en la eternidad, creado para la incorruptibilidad, caído en la corrupción, redimido por gracia, alcanzará finalmente la incorruptibilidad definitiva en la Nueva Creación.
De este modo, la antropología se convierte en el hilo conductor de los estadios del mundo. El hombre participa de todos ellos: eternidad en su origen, eviternidad en su alma, tiempo en su cuerpo, incorruptibilidad por gracia en el Edén, corrupción por el pecado, redención por Cristo, y incorruptibilidad por esencia en la Nueva Creación. El mundo y sus estadios no son solo una historia cósmica, sino también una historia humana, porque el destino del hombre está inscrito en la arquitectura del cosmos.
Cristología del mundo
Toda la arquitectura de los estadios del mundo encuentra su unidad en Cristo. Él es el eje que atraviesa la eternidad, la eviternidad y el tiempo, y el que da sentido a cada estadio: el Edén, la caída, la redención y la Nueva Creación. Sin Cristo, los estadios quedarían como fragmentos dispersos; en Él, se revelan como un único itinerario que conduce de Dios al hombre y del hombre a Dios.
En la eternidad, Cristo es el Logos increado, engendrado no creado, consustancial al Padre. Antes de que existiera el mundo, Él ya estaba en Dios, como Palabra eterna. Aquí Cristo no es un estadio entre otros, sino la plenitud misma de la eternidad que sostiene todo lo que existe. El mundo está pensado en Él y por Él, y todo lo creado encuentra en Él su causa y su fin. La eternidad de Cristo es el fundamento de la creación y la garantía de la Nueva Creación.
En la eviternidad, Cristo es el Señor de los ángeles y de los mundos espirituales. Aunque no es un ser creado como ellos, su presencia sostiene la incorruptibilidad espiritual. La eviternidad de los ángeles participa de la eternidad de Cristo, y su fidelidad se mide por la relación con Él. La caída de algunos ángeles revela que incluso en la eviternidad existe la posibilidad de ruptura, pero Cristo permanece como el centro que mantiene la estabilidad de lo espiritual. En este estadio, Cristo es la medida de la libertad espiritual. En la eternidad, el Hijo existe como Logos increado, consustancial al Padre, sin figura humana, porque la humanidad es asumida en el tiempo mediante la encarnación. La carne de Cristo no es eterna por esencia, sino que se convierte en parte inseparable de su ser a partir del momento histórico en que el Verbo se hace hombre. Desde entonces, y para siempre, Cristo es Dios y hombre, indivisible en su doble naturaleza: divino por eternidad, humano por encarnación. Así, en la eviternidad de los ángeles, Él es contemplado como Palabra divina; en el tiempo, como hombre verdadero; y en la escatología, como humanidad glorificada que permanece eternamente. La figura humana de Cristo no precede a la creación, pero una vez asumida, nunca se pierde, porque la resurrección la ha transfigurado en incorruptibilidad definitiva.
La clave que permite comprender la presencia de Cristo en todos los estadios del mundo es su doble naturaleza. Como Logos eterno, Él participa de la eternidad increada, incorruptible por esencia, fundamento de todo lo que existe; como hombre verdadero, asumido en la encarnación, participa del tiempo y de la materia, haciéndose solidario con la condición corruptible de la creación. Esta unión sin confusión ni división convierte a Cristo en el puente entre lo divino y lo humano: en la eviternidad es Señor de los ángeles, en el tiempo es el nuevo Adán, en la redención es el resucitado incorruptible, y en la escatología es plenitud definitiva. La doble naturaleza asegura que la humanidad asumida nunca se pierde, sino que, transfigurada en la resurrección, permanece para siempre unida a la divinidad, garantizando así que el destino del hombre y del cosmos entero se consuma en la incorruptibilidad de la Nueva Creación.
En el tiempo, Cristo entra como hombre verdadero. Aquí se da el misterio de la encarnación: el Logos eterno se hace carne y participa de la corrupción del mundo físico. Nace, crece, sufre y muere, sometido a las leyes de la materia. Sin embargo, su presencia en el tiempo no es solo participación, sino transformación. Cristo asume la corrupción para vencerla desde dentro. En Él, el tiempo corruptible se abre a la eternidad. La encarnación es el momento en que la eternidad entra en el tiempo y lo transfigura.
En relación con el Edén, Cristo es el nuevo Adán. El primer hombre vivió en un jardín incorrupto por gracia, pero cayó y perdió esa condición. Cristo, en cambio, inaugura un nuevo Edén, no como espacio preservado, sino como comunión definitiva con Dios. Su obediencia contrasta con la desobediencia del primer Adán, y su fidelidad restaura lo que se había perdido. El Edén fue un anticipo; Cristo lo convierte en promesa cumplida.
En la caída, Cristo es el redentor. El pecado expuso al hombre a la corrupción universal, pero Cristo asume esa corrupción en su pasión y muerte. No la evita, sino que la atraviesa, para transformarla en camino de salvación. La caída no queda como destino final, porque Cristo introduce la posibilidad de redención. En este estadio, Él es el puente que devuelve al hombre la esperanza de incorruptibilidad.
En la redención, Cristo resucitado inaugura un nuevo modo de existencia. Su cuerpo glorioso es material, pero incorruptible por gracia. Aquí se anticipa la Nueva Creación: la materia transfigurada, el tiempo abierto a la eviternidad. La redención no elimina la corrupción presente, pero introduce en el mundo la semilla de la incorruptibilidad definitiva. Cristo es el primero de los resucitados, el modelo de lo que será la humanidad en la Nueva Creación.
Finalmente, en la Nueva Creación, Cristo es el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Aquí su eternidad se manifiesta plenamente en el cosmos renovado. La incorruptibilidad ya no depende de la gracia como excepción, sino que se convierte en la condición esencial del mundo transfigurado. Cristo es la luz de la Nueva Jerusalén, la comunión perfecta entre Dios y la humanidad. En este estadio, Él es todo en todos, y el mundo entero participa de su vida eterna.
La cristología del mundo revela que Cristo recorre y unifica todos los estadios: eterno en el mundo increado, centro de la eviternidad espiritual, encarnado en el tiempo corruptible, nuevo Adán en el Edén, redentor en la caída, resucitado en la redención, y plenitud en la Nueva Creación. Él es el hilo que une la eternidad, la eviternidad y el tiempo, y el que convierte la historia del mundo en historia de salvación.
Escatología total
La consumación del mundo en Cristo no se limita a la humanidad, ni siquiera al cosmos físico, sino que integra también los mundos espirituales y la eternidad divina en una única plenitud. La escatología total es la visión en la que todos los estadios del mundo —eternidad, eviternidad, tiempo, Edén, caída, redención y Nueva Creación— se reúnen en Cristo como centro y fin.
En la eternidad, Cristo es el Logos increado, fundamento de todo lo que existe. La escatología no es un retorno a la eternidad como si el tiempo desapareciera, sino una apertura del tiempo hacia la eternidad. El mundo creado no se disuelve en Dios, sino que se transfigura en comunión con Él. La eternidad permanece como origen y destino, pero la creación conserva su identidad en esa plenitud.
En la eviternidad, los mundos espirituales encuentran su consumación. Los ángeles fieles participan de la gloria definitiva, y los caídos quedan separados para siempre. La escatología total integra la eviternidad en la Nueva Creación: lo espiritual y lo material se unen en una única comunión. La incorruptibilidad de los ángeles se convierte en parte de la incorruptibilidad universal, y su servicio se orienta hacia la plenitud del Reino.
En el tiempo, el cosmos físico es transfigurado. La corrupción desaparece, la entropía se detiene, y la materia participa de la vida divina. El universo no se anula, sino que se renueva. La escatología total afirma que la creación entera será liberada de la vanidad y compartirá la gloria de los hijos de Dios. El tiempo no se destruye, sino que se abre a la eternidad, convirtiéndose en duración gloriosa.
El Edén encuentra su cumplimiento en la Nueva Creación. Lo que fue incorrupto por gracia, vulnerable a la caída, se convierte ahora en incorrupto por esencia, definitivo y eterno. El jardín perdido se transforma en ciudad celestial, la Nueva Jerusalén, donde la comunión con Dios ya no puede romperse. La escatología total muestra que el Edén no era un fin en sí mismo, sino un anticipo de la plenitud escatológica.
La caída queda superada definitivamente. El pecado, que introdujo la corrupción en la experiencia humana, ya no tiene poder en la Nueva Creación. La escatología total no niega la caída, sino que la integra como parte de la historia de salvación: el lugar donde se revela la necesidad de redención y la grandeza de la gracia. El pecado se convierte en memoria de lo que fue vencido, no en amenaza de lo que puede volver.
La redención alcanza su plenitud en la escatología total. Cristo resucitado es el primero de los resucitados, y en la Nueva Creación toda la humanidad participa de su incorruptibilidad. La redención no es ya promesa, sino cumplimiento. El cuerpo glorioso de Cristo se convierte en modelo universal, y la humanidad entera es transfigurada en Él. La escatología total es la consumación de la redención: la victoria definitiva sobre la muerte y la corrupción.
La Nueva Creación es el estadio final, donde todo se reúne en Cristo. Aquí la eternidad, la eviternidad y el tiempo se integran en una única plenitud. La eternidad divina se manifiesta en el cosmos renovado, la eviternidad espiritual se une a la incorruptibilidad material, y el tiempo se abre a la eternidad como duración gloriosa. La escatología total es la comunión perfecta: Dios todo en todos, el mundo entero transfigurado, la humanidad resucitada, los ángeles glorificados, la materia incorruptible.
Así se revela la escatología total: no como anulación del mundo, sino como su consumación; no como retorno al Edén, sino como cumplimiento en la Nueva Creación; no como desaparición del tiempo, sino como apertura a la eternidad. Todos los estadios del mundo encuentran su sentido en Cristo, y en Él se integran en una única plenitud. El mundo increado, los mundos espirituales y el mundo físico se reúnen en la Nueva Creación, donde ya no hay muerte ni corrupción, sino vida eterna en comunión con Dios.
Conclusión
La reflexión emprendida nos ha permitido recorrer la arquitectura completa del mundo, desde la eternidad increada de Dios hasta la consumación escatológica en la Nueva Creación. En este itinerario se han distinguido con rigor los planos de la eternidad, la eviternidad y el tiempo, y se ha mostrado cómo cada uno sostiene un estadio particular de la historia cósmica y humana. La visión resultante no es una mera repetición de la tradición, sino una propuesta que integra teología, filosofía y ciencia en un relato coherente.
El punto decisivo de esta construcción ha sido la interpretación del Edén. Frente a las tensiones entre la naturaleza corruptible de la materia y la afirmación teológica de un estado incorrupto, la solución original hallada consiste en reconocer que el Edén fue incorrupto no por esencia, sino por gracia divina. Dios, mediante un milagro cósmico, suspendió las leyes naturales en un espacio concreto, preservando la materia de la corrupción sin alterar su naturaleza. De este modo se evita la contradicción con la física, que describe un universo corruptible desde el inicio, y con la teología, que sostiene que solo Dios es incorruptible por esencia.
Esta solución permite además distinguir con claridad entre el Edén y la Nueva Creación. El primero fue un anticipo, un estado excepcional y vulnerable, dependiente de la gracia y susceptible de perderse con la caída. La segunda será el cumplimiento definitivo, incorrupta por esencia, imposible de perder, y abierta a la eternidad. La diferencia entre ambos estadios se convierte en clave hermenéutica: el Edén muestra lo que pudo ser, la Nueva Creación revela lo que será. Así se evita la confusión entre el estado inicial y el estado final, y se preserva la coherencia de la escatología cristiana.
La figura de Cristo, en su doble naturaleza, aparece como el eje que unifica todos los estadios. Como Logos eterno, sostiene la incorruptibilidad espiritual de la eviternidad; como hombre verdadero, asume la corrupción del tiempo; como resucitado, inaugura la incorruptibilidad por gracia; y como Señor glorificado, garantiza la incorruptibilidad por esencia en la Nueva Creación. La doble naturaleza explica cómo lo divino y lo humano se encuentran en una sola persona, y cómo ese encuentro se convierte en principio de salvación para el cosmos entero.
En conclusión, la solución original hallada —el Edén incorrupto por gracia en medio de un universo corruptible— no solo resuelve las tensiones entre ciencia y teología, sino que abre un camino para comprender la historia del mundo como una secuencia ordenada de estadios que culminan en la Nueva Creación. Esta visión integra lo increado, lo espiritual y lo material en una arquitectura coherente, y muestra que el destino del hombre y del cosmos entero se consuma en Cristo, donde la corrupción desaparece para siempre y la vida eterna se convierte en plenitud definitiva.
Bibliografía
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