EL DESCENSO A LOS INFIERNOS
Introducción
El misterio del descenso de Cristo a los infiernos, proclamado en el Credo, constituye uno de los artículos más enigmáticos y profundos de la fe cristiana. No se trata de un episodio aislado, sino de un acontecimiento que abre un horizonte universal y que toca la totalidad de la historia humana. En esta reflexión se abordará cómo este acontecimiento asegura la salvación de los santos, justos y buenos; cómo se relaciona con los niños bautizados y no bautizados, incluidos los millones de bebés abortados; cómo Dante interpretó el limbo y colocó allí a filósofos y sabios antiguos; cómo la Iglesia actual entiende la salvación de los justos de todas las culturas y épocas, incluso de los hombres prehistóricos y otros homínidos; y cómo la revelación cristiana guarda silencio sobre extraterrestres, reconociendo únicamente a los ángeles y demonios como seres espirituales.
Este ensayo no se limitará a repetir lo que ya está establecido en la tradición, sino que explorará nuevas conexiones entre la teología, la antropología y la especulación contemporánea. Se mostrará cómo el descenso de Cristo a los infiernos revela la universalidad de la salvación, dirigida a la humanidad en toda su historia, y cómo cualquier creencia en extraterrestres como objetos de salvación carece de fundamento en la revelación, pudiendo interpretarse como una distracción o engaño.
El sentido del descenso
El descenso a los infiernos se entiende como la entrada de Cristo en el reino de los muertos, el Sheol o Hades, donde reposaban las almas de quienes habían muerto antes de la redención. No se trata de un infierno de tormento, sino de un lugar de espera. Allí, los justos aguardaban la llegada del Mesías que abriría las puertas del cielo. Con su muerte, Cristo se solidariza con la condición humana hasta el extremo: experimenta la muerte real y penetra en el ámbito donde todos los hombres habían ido desde el inicio de la historia.
El descenso de Cristo a los infiernos manifiesta la plenitud de su solidaridad con la humanidad. No basta con que haya compartido nuestra vida y nuestra muerte en la cruz: Él quiso también experimentar la condición de los muertos, entrar en el lugar donde todos los hombres habían ido desde el inicio de la historia. De este modo, Cristo no deja ningún aspecto de la existencia humana fuera de su redención. Incluso el silencio y la oscuridad de la muerte quedan iluminados por su presencia.
Además, este acontecimiento revela la continuidad del plan de salvación. Los justos del Antiguo Testamento —Abraham, Moisés, los profetas— no podían entrar en la visión plena de Dios hasta que Cristo realizara la obra redentora. El descenso es, por tanto, el momento en que se cumple la promesa hecha desde los orígenes: Dios no abandona a los suyos, sino que los conduce a la plenitud de la vida. Así, el descenso a los infiernos es también un acto de victoria, pues Cristo abre las puertas del cielo a quienes habían esperado con fe.
Finalmente, el descenso tiene un valor universal. No se limita a un grupo particular, sino que alcanza a todos los hombres que vivieron antes de Cristo y que buscaron la verdad y obraron con justicia según su conciencia. En este sentido, el descenso revela que la salvación no está restringida a una época o cultura, sino que se extiende a toda la humanidad. Cristo, al entrar en el reino de los muertos, se convierte en el Señor de vivos y muertos, y asegura que nadie queda fuera del alcance de su misericordia.
Los santos, los justos y los buenos
La tradición distingue entre santos, justos y buenos. Los santos, reconocidos por la Iglesia como modelos de vida, entran directamente en la gloria de Dios. Los justos, aquellos que vivieron rectamente en amistad con Dios, también pueden acceder al cielo si estaban purificados. Los buenos, aunque mueren en gracia, pueden necesitar una purificación previa en el purgatorio. El descenso de Cristo asegura que todos los que mueren en gracia, aunque con imperfecciones, tienen asegurada la salvación.
La categoría de los santos no se limita únicamente a aquellos canonizados oficialmente por la Iglesia, sino que abarca a todos los que vivieron en plenitud la gracia de Dios y alcanzaron la santidad en su vida cotidiana. La canonización es un reconocimiento público, pero existen innumerables santos anónimos que, en silencio, vivieron la caridad, la fe y la esperanza. Estos entran directamente en la gloria porque su unión con Cristo fue tan plena que no requieren purificación adicional. El descenso de Cristo confirma que la santidad no es un privilegio de unos pocos, sino una vocación universal abierta a todos los hombres.
Los justos, por su parte, representan a aquellos que vivieron en amistad con Dios, aunque no necesariamente alcanzaron la perfección absoluta. En la tradición bíblica, el término “justo” se aplica a figuras como Noé, Abraham o Job, quienes fueron fieles a la voluntad divina. Estos hombres y mujeres, al morir, podían necesitar una purificación, pero su orientación fundamental hacia Dios les aseguraba la salvación. El descenso de Cristo a los infiernos es precisamente el acto que abre para ellos las puertas del cielo, cumpliendo la promesa de que la justicia vivida en la tierra no quedaría sin recompensa.
Los buenos son aquellos que, aunque vivieron en gracia, no alcanzaron la plenitud de la santidad ni la justicia perfecta. Sus vidas estuvieron marcadas por la fe y la caridad, pero también por debilidades humanas que requieren purificación. El purgatorio, entendido como un proceso de limpieza espiritual, es el espacio donde estas almas se preparan para la visión plena de Dios. El descenso de Cristo asegura que incluso los buenos, con sus imperfecciones, no quedan excluidos de la salvación, sino que tienen garantizada la entrada al cielo después de su purificación.
Finalmente, la distinción entre santos, justos y buenos muestra la riqueza de la experiencia humana y la amplitud de la misericordia divina. Cristo no vino únicamente por los perfectos, sino por todos los que, de una u otra manera, vivieron en gracia y buscaron la verdad. Su descenso a los infiernos es la proclamación de que la salvación no es un privilegio reservado a unos pocos, sino una realidad ofrecida a todos los que se abrieron a la acción de Dios en sus vidas. Así, la esperanza cristiana se extiende desde los santos reconocidos hasta los buenos más sencillos, confirmando que la obra redentora de Cristo alcanza a toda la humanidad.
Los niños y los no bautizados
La situación de los niños es particularmente delicada. Los bautizados que mueren sin pecado personal van directamente al cielo. Los no bautizados, incluidos los millones de bebés abortados, no tienen una respuesta definitiva en la doctrina, pero la Iglesia confía en la misericordia de Dios. El antiguo concepto del limbo, presente en la teología medieval y en la obra de Dante, ya no es doctrina oficial. Hoy se habla de esperanza fundada en que Dios acoge a los pequeños en su amor.
San Agustín fue uno de los primeros en reflexionar sobre la situación de los niños no bautizados. En su obra, sostuvo que el bautismo era necesario para la salvación y que, sin él, los niños no podían entrar en el cielo. Su postura fue muy influyente en la teología occidental, aunque reconocía que la justicia de Dios era perfecta y que el misterio de su misericordia no podía ser reducido a esquemas humanos. Esta visión agustiniana marcó durante siglos la idea de que el bautismo era indispensable, incluso para los pequeños.
Santo Tomás de Aquino, en la Edad Media, desarrolló la noción del limbo de los niños. Según él, los niños no bautizados no sufrían tormento, pero tampoco gozaban de la visión beatífica de Dios. Vivían en un estado natural de felicidad, sin dolor, pero privados de la plenitud sobrenatural. Tomás intentaba conciliar la necesidad del bautismo con la bondad divina, ofreciendo una solución intermedia que evitaba tanto la condena como la gloria plena. Esta idea fue recogida por muchos teólogos medievales y se convirtió en una opinión común.
Dante Alighieri, en su Divina Comedia, reflejó esta concepción teológica al situar a los niños no bautizados en el primer círculo del Infierno, el limbo. Allí también colocó a los grandes filósofos y sabios de la Antigüedad. Dante no los describe sufriendo tormentos, sino viviendo en una especie de paz incompleta, privados de la visión de Dios. Su obra literaria influyó en la imaginación cristiana durante siglos, reforzando la idea de un lugar intermedio para los inocentes sin bautismo.
En tiempos modernos, el Concilio Vaticano II y teólogos como Karl Rahner replantearon esta cuestión. Rahner habló de la “cristiandad anónima”, es decir, de la posibilidad de que quienes no conocieron explícitamente a Cristo pudieran estar unidos a Él de manera misteriosa. Esta idea abre la puerta a pensar que los niños no bautizados, incluidos los abortados, pueden estar acogidos en la misericordia de Dios, aunque no hayan recibido el sacramento. La teología contemporánea insiste en que Dios no abandona a los inocentes.
Finalmente, el documento de la Comisión Teológica Internacional de 2007, titulado La esperanza de salvación para los niños que mueren sin bautismo, recoge estas reflexiones y afirma que, aunque no hay certeza doctrinal, existe una esperanza fundada en la misericordia de Dios. Teólogos como Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) apoyaron esta visión, subrayando que Dios quiere la salvación de todos y que los niños, por su inocencia, están especialmente cercanos al corazón divino. Así, la Iglesia actual invita a confiar en que los pequeños no bautizados son acogidos por el amor infinito de Dios.
Dante y el limbo
En la Divina Comedia, Dante ubica el limbo en el primer círculo del Infierno. Allí coloca a los niños no bautizados y a los grandes filósofos y sabios de la Antigüedad. No sufren tormentos, pero viven privados de la visión de Dios. Dante refleja la visión medieval que distinguía entre el limbo de los padres —donde los justos del Antiguo Testamento esperaban la redención— y el limbo de los niños. Su obra muestra respeto por los sabios antiguos, aunque reconoce que sin Cristo no podían alcanzar la plenitud de la salvación.
El limbo descrito por Dante en el Infierno (Canto IV) es un espacio de serenidad melancólica. Allí coloca a los niños no bautizados y a los grandes sabios de la Antigüedad. Dante escribe: “Aquí no hay tormento, sino sólo pena, pues carecen de esperanza y viven en deseo”. Esta frase refleja la tensión entre la ausencia de sufrimiento y la privación de la visión beatífica. El poeta florentino muestra respeto por figuras como Homero, Horacio, Ovidio y Lucano, a quienes se une Virgilio, su guía. También menciona a filósofos como Sócrates, Platón y Aristóteles, reconociendo su grandeza intelectual, pero subrayando que sin Cristo no alcanzan la plenitud de la salvación.
Grandes dantólogos como Charles Singleton y Erich Auerbach, y el filósofo peruano Leopoldo Chiappo, han señalado que el limbo en Dante no es un lugar de castigo, sino de dignidad y nobleza. Singleton interpreta que Dante quiso rendir homenaje a la sabiduría clásica, reconociendo su valor, aunque limitada por la falta de revelación cristiana. Auerbach, por su parte, subraya la dimensión cultural: Dante coloca a los sabios en un espacio intermedio para mostrar que la cultura grecolatina es fundamental para la civilización, pero que necesita ser completada por la gracia de Cristo. Chiappo, desde su lectura filosófica y humanista, destaca que Dante no condena a los sabios antiguos, sino que los sitúa en un ámbito de respeto y reconocimiento, subrayando la tensión entre la grandeza de la razón humana y la necesidad de la revelación para alcanzar la plenitud de la salvación.
Otros estudiosos como Giuseppe Mazzotta y Teodolinda Barolini han destacado la tensión dramática del limbo. Mazzotta observa que Dante se siente dividido entre su admiración por los filósofos y su fidelidad a la doctrina cristiana. Barolini añade que el limbo es un espejo de la propia condición de Dante: un hombre que ama la razón y la poesía, pero que reconoce que sólo la fe en Cristo lleva a la salvación. Así, el limbo se convierte en un espacio simbólico donde se confrontan la cultura humana y la revelación divina.
La Iglesia, sin embargo, nunca ha definido el limbo como doctrina oficial. Aunque durante siglos se enseñó como una hipótesis teológica, hoy se reconoce que no forma parte del dogma. El Catecismo actual no menciona el limbo, y la Comisión Teológica Internacional en 2007 afirmó que existe una esperanza fundada en la misericordia de Dios para los niños que mueren sin bautismo. Por tanto, la visión de Dante refleja la teología medieval, pero no la enseñanza definitiva de la Iglesia.
En conclusión, el limbo en la Divina Comedia es un espacio literario y teológico que muestra la sensibilidad medieval hacia los no bautizados y los sabios antiguos. Dante lo describe con respeto y melancolía, los dantólogos lo interpretan como un homenaje a la cultura clásica y la Iglesia actual lo considera una hipótesis superada por la confianza en la misericordia divina. El limbo de Dante sigue siendo un símbolo poderoso de la tensión entre la grandeza humana y la necesidad de la gracia, recordándonos que la salvación plena sólo se alcanza en Cristo.
Los filósofos y sabios antiguos
La Iglesia actual ya no sostiene la idea de un limbo eterno para los filósofos y sabios que vivieron antes de Cristo. El Concilio Vaticano II enseña que quienes buscan sinceramente la verdad y obran con rectitud pueden alcanzar la salvación, incluso si no conocieron explícitamente el Evangelio. Esto abre la posibilidad de que Sócrates, Platón, Aristóteles y otros justos de la Antigüedad estén ya en la presencia de Dios, gracias al descenso de Cristo que liberó a los justos del pasado.
San Justino Mártir, uno de los primeros apologistas cristianos del siglo II, defendió la idea de que los filósofos griegos habían participado de la “semilla del Logos”. Según él, todo hombre que vive conforme a la razón participa de Cristo, incluso si no lo conoce explícitamente. Por eso, Justino consideraba que Sócrates y Heráclito eran, en cierto modo, cristianos antes de Cristo. Esta visión abre la puerta a comprender que la sabiduría antigua no está condenada, sino que encuentra su plenitud en la revelación.
San Clemente de Alejandría, en el siglo III, profundizó esta idea al afirmar que la filosofía fue dada a los griegos como preparación para el Evangelio, del mismo modo que la Ley fue dada a los hebreos. Para Clemente, Platón y Aristóteles no eran enemigos de la fe, sino instrumentos de la providencia divina que prepararon la mente humana para recibir la verdad plena en Cristo. Así, la filosofía antigua se convierte en un camino pedagógico hacia la salvación.
Santo Tomás de Aquino, en la Edad Media, reconoció la grandeza de Aristóteles y lo llamó “el Filósofo”. Aunque Tomás insistía en la necesidad de la gracia para la salvación, también afirmaba que la razón humana podía alcanzar verdades fundamentales sobre Dios y la moral. De este modo, los sabios antiguos que vivieron conforme a la recta razón podían ser considerados justos, aunque necesitaban la redención de Cristo para entrar en la gloria.
Karl Rahner, teólogo del siglo XX, retomó esta tradición y acuñó el concepto de “cristianos anónimos”. Según él, quienes buscan sinceramente la verdad y obran con rectitud, aunque no conozcan explícitamente a Cristo, están misteriosamente unidos a Él. Esta idea permite pensar que Sócrates, Platón y otros sabios antiguos fueron “cristianos anónimos”, salvados por la gracia de Cristo en su descenso al reino de los muertos.
Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) también reflexionó sobre este tema, subrayando que la salvación no se limita a quienes conocen el Evangelio, sino que se extiende a todos los que buscan la verdad con corazón sincero. En sus escritos, destacó que la filosofía antigua representa un esfuerzo humano por alcanzar la verdad, y que Cristo, como Logos eterno, es la respuesta definitiva a esa búsqueda. Así, los sabios antiguos no quedan excluidos, sino que son acogidos en la plenitud de la verdad revelada.
Los justos de todas las culturas y épocas
El descenso de Cristo no se limita a Israel ni a la tradición bíblica. Incluye a todos los justos de todas las culturas y civilizaciones anteriores a Él. Incluso los hombres prehistóricos, que vivieron con rectitud según la luz de su conciencia, pueden haber sido alcanzados por la misericordia divina. El Catecismo afirma que Cristo bajó al lugar de los muertos “para que los justos que le habían precedido pudieran entrar en el cielo”. Así, la salvación se extiende a toda la humanidad, sin importar época o cultura.
El misterio del descenso de Cristo a los infiernos plantea una cuestión que la teología nunca ha resuelto de manera definitiva: ¿qué ocurre con los hombres que vivieron antes de la revelación bíblica o fuera de ella? La afirmación del Catecismo de que Cristo bajó al lugar de los muertos para que los justos pudieran entrar en el cielo abre un horizonte universal. No se trata únicamente de Israel, sino de toda la humanidad. Este punto es espinoso porque obliga a reconocer que la salvación no puede estar limitada por fronteras culturales o temporales, sino que debe abarcar a todos los que vivieron en justicia.
Los Padres de la Iglesia reflexionaron sobre este tema. San Ireneo de Lyon, por ejemplo, sostuvo que Cristo recapitula toda la historia humana en sí mismo, desde Adán hasta el último hombre. Esta idea implica que incluso aquellos que vivieron en culturas lejanas o primitivas están incluidos en el plan de salvación. San Agustín, aunque más restrictivo en su visión, reconocía que la misericordia de Dios es insondable y que no podemos juzgar con certeza el destino de quienes no conocieron la revelación.
La teología contemporánea, especialmente a partir del Concilio Vaticano II, ha insistido en que Dios juzga a cada persona según la luz que tuvo y la respuesta que dio a su conciencia. Lumen Gentium 16 afirma que quienes buscan sinceramente a Dios y procuran cumplir su voluntad, aunque no conozcan explícitamente el Evangelio, pueden alcanzar la salvación. Esto incluye a los hombres prehistóricos, que vivieron con rectitud según su conciencia, y a los sabios de culturas antiguas como China, India o América precolombina.
El tema se vuelve aún más complejo cuando se considera la diversidad de religiones antiguas. ¿Qué ocurre con los sacerdotes egipcios que honraban a sus dioses, con los sabios hindúes que buscaban la unión con lo divino, o con los filósofos chinos que promovían la virtud? La respuesta de la teología es que, aunque sus concepciones religiosas no eran plenas, Dios puede haber reconocido la sinceridad de su búsqueda y la rectitud de sus vidas. Cristo, al descender al reino de los muertos, habría abierto las puertas del cielo también para ellos, en la medida en que vivieron como justos.
Este punto es oscuro porque toca el límite entre la revelación y la especulación. No tenemos certeza sobre cómo se aplica la salvación a cada cultura o época, pero sí sabemos que Dios es justo y misericordioso. La universalidad del descenso de Cristo asegura que nadie queda excluido por el simple hecho de haber nacido en una época o lugar donde el Evangelio no había sido anunciado. La justicia divina no puede ser arbitraria, y la misericordia de Cristo se extiende a todos los hombres.
Finalmente, este tema es espinoso porque obliga a reconocer que la historia de la humanidad es mucho más amplia que la historia bíblica. Los hombres prehistóricos, los homínidos que mostraron signos de espiritualidad, y las grandes civilizaciones que florecieron antes de Cristo forman parte de la misma humanidad que Él vino a salvar. El descenso a los infiernos es, en este sentido, un acto de alcance cósmico: Cristo se convierte en Señor de vivos y muertos, de todas las culturas y épocas, asegurando que la salvación no es un privilegio exclusivo, sino un don universal ofrecido a todos los justos.
Otros homínidos y la salvación
La ciencia reconoce que antes y junto al Homo sapiens existieron otros homínidos, como los neandertales y los denisovanos. Algunos mostraron signos de espiritualidad, como rituales funerarios. La teología no tiene una respuesta definitiva sobre ellos, pero algunos pensadores contemporáneos sugieren que, si tenían conciencia moral y sentido de trascendencia, podrían estar incluidos en el plan de salvación. La Iglesia deja abierto el misterio, confiando en la justicia y misericordia de Dios.
El descubrimiento de restos neandertales con evidencias de rituales funerarios ha suscitado preguntas sobre su posible sentido de trascendencia. Si estos homínidos enterraban a sus muertos con objetos o signos simbólicos, ello podría indicar una conciencia de lo sagrado y una intuición de la vida más allá de la muerte. La teología, aunque no tiene respuestas definitivas, reconoce que la apertura a lo trascendente es un signo de la imagen de Dios en el hombre. Por tanto, algunos piensan que los neandertales podrían haber participado, de manera misteriosa, en el plan de salvación.
Los denisovanos, menos conocidos por la escasez de restos, también muestran indicios de cultura avanzada. Su capacidad para fabricar herramientas complejas y adornos sugiere un nivel de racionalidad que los acerca al Homo sapiens. Si poseían conciencia moral y capacidad de elección, la pregunta teológica es inevitable: ¿podrían haber sido considerados justos según su conciencia? La respuesta no está definida, pero la misericordia de Dios, que juzga a cada uno según la luz que tuvo, abre la posibilidad de que también ellos fueran alcanzados por la redención de Cristo.
Algunos teólogos contemporáneos, como Teilhard de Chardin, han reflexionado sobre la evolución y la salvación. Para él, toda la historia cósmica tiende hacia Cristo, el “Punto Omega”. Desde esta perspectiva, los homínidos anteriores al hombre moderno no quedarían fuera del plan divino, sino que formarían parte de la misma historia de la humanidad que Cristo vino a salvar. La evolución, vista como camino hacia la plenitud, se convierte en un proceso que culmina en la redención universal.
El tema es escabroso porque toca los límites de la antropología y la teología. ¿Podemos llamar “hombres” a los neandertales y denisovanos en sentido teológico? ¿Tenían alma espiritual como el Homo sapiens? La Iglesia no ha definido estas cuestiones, y probablemente nunca lo haga, porque pertenecen al ámbito del misterio. Sin embargo, la fe enseña que Dios es justo y misericordioso, y que no abandona a ninguna criatura que haya buscado la verdad y vivido con rectitud.
La reflexión sobre otros homínidos también nos invita a ampliar nuestra comprensión de la universalidad de Cristo. El descenso a los infiernos, entendido como la entrada en el reino de los muertos, podría haber alcanzado no sólo a los hombres bíblicos y a los sabios antiguos, sino también a los homínidos que vivieron con sentido de trascendencia. Si Cristo es Señor de vivos y muertos, su redención no puede estar limitada por categorías biológicas estrictas, sino que se extiende a toda la humanidad en su diversidad histórica.
Finalmente, este tema nos recuerda que la salvación es un misterio que supera nuestras categorías. La ciencia nos muestra que la humanidad tiene una historia evolutiva compleja, con múltiples ramas y especies. La teología, al reconocer la misericordia infinita de Dios, deja abierto el destino de estos homínidos. Lo que sí afirma con certeza es que Cristo descendió al reino de los muertos por los hombres, y que su obra redentora alcanza a toda la humanidad. Si los neandertales y denisovanos formaban parte de esa humanidad, entonces también ellos, de algún modo, fueron incluidos en el plan de salvación.
Extraterrestres y seres espirituales
La revelación cristiana nunca menciona extraterrestres. Cristo habló de ángeles y demonios, pero no de seres inteligentes de otros planetas. Su misión se centra en los hombres, descendientes de Adán. Si existieran extraterrestres, la Iglesia no tiene doctrina sobre su destino. Algunos teólogos especulan que Dios podría tener un plan para ellos, pero esto queda en el misterio. En cambio, los seres espirituales sí forman parte de la revelación: los ángeles como mensajeros de Dios y los demonios como ángeles caídos.
La Sagrada Escritura nunca menciona la existencia de seres inteligentes en otros planetas. En cambio, se centra en la relación entre Dios y la humanidad, y en la presencia de seres espirituales. Cristo mismo habló de los ángeles como mensajeros divinos: “En verdad os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 18:10). Este pasaje muestra que los ángeles tienen una misión de protección y mediación, pero no se hace referencia a otras formas de vida extraterrestre.
Los demonios, por su parte, aparecen en los Evangelios como espíritus caídos que buscan apartar al hombre de Dios. Jesús expulsó demonios en múltiples ocasiones, como en Marcos 1:34: “Sanó a muchos que padecían de diversas enfermedades, y expulsó muchos demonios”. La revelación deja claro que la lucha espiritual es entre el hombre y estos seres caídos, no contra hipotéticos extraterrestres. La misión de Cristo se centra en liberar al hombre del pecado y de la opresión demoníaca.
Algunos pensadores contemporáneos han especulado sobre la posibilidad de vida extraterrestre. El jesuita Guy Consolmagno, astrónomo del Vaticano, ha afirmado que si existieran seres inteligentes fuera de la Tierra, también serían criaturas de Dios y, de algún modo, participarían en su plan. Sin embargo, reconoce que la revelación no ofrece ninguna certeza sobre ellos. Su reflexión muestra apertura científica, pero también fidelidad al hecho de que la misión de Cristo se dirige a la humanidad terrestre.
Karl Rahner, uno de los grandes teólogos del siglo XX, sugirió que si existieran extraterrestres con conciencia moral, podrían tener su propio camino de salvación, distinto del humano. Sin embargo, insistió en que la encarnación de Cristo es única y está ligada a la historia de los hombres descendientes de Adán. Esta postura mantiene la centralidad de la revelación cristiana, al tiempo que deja espacio para el misterio de la creación.
Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) fue más cauteloso. En sus escritos sobre la creación, subrayó que la fe cristiana no debe confundirse con especulaciones sobre extraterrestres, porque la revelación se centra en la relación entre Dios y el hombre. Para él, los ángeles y demonios son los únicos seres espirituales mencionados en la Biblia, y cualquier otra hipótesis pertenece al ámbito de la ciencia, no de la teología. Su postura reafirma que la salvación revelada en Cristo es para la humanidad.
Finalmente, este tema nos recuerda que la revelación distingue claramente entre seres espirituales y seres materiales. Los ángeles y demonios forman parte del plan divino y aparecen en la Escritura como realidades espirituales que influyen en la historia humana. Los extraterrestres, en cambio, no son mencionados, y cualquier creencia en ellos como objetos de salvación carece de fundamento bíblico. Como dice San Pablo: “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12). La verdadera batalla espiritual es contra los demonios, no contra seres de otros mundos.
Hipótesis sobre la creencia en extraterrestres
Si Cristo descendió al reino de los muertos y sólo encontró hombres, esto refuerza la idea de que la salvación está dirigida a la humanidad. Si existieran seres que no mueren, serían espirituales, y en la revelación cristiana los únicos seres espirituales mencionados son ángeles y demonios. Bajo esta lógica, la creencia en extraterrestres como seres espirituales podría interpretarse como una forma de engaño demoníaco, en cuanto distrae del plan divino revelado para los hombres.
El libro del Apocalipsis advierte repetidamente sobre la acción de los demonios que se disfrazan de salvadores de la humanidad. En Apocalipsis 12:9 se dice: “Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero”. Esta afirmación muestra que el poder demoníaco se manifiesta en formas de engaño global, presentándose como portador de soluciones o salvación, cuando en realidad busca apartar al hombre de Cristo. Bajo esta luz, la creencia en extraterrestres como seres superiores que vienen a salvar a la humanidad puede interpretarse como una estrategia demoníaca de confusión.
Apocalipsis 13 describe la aparición de la bestia que seduce a las naciones con señales y prodigios: “Y hace grandes señales, de tal manera que aun hace descender fuego del cielo a la tierra delante de los hombres” (Ap 13:13). Este pasaje es clave para entender el peligro de aceptar manifestaciones extraordinarias como si fueran divinas. Si supuestos extraterrestres se presentaran con poderes y señales, la revelación nos advierte que no debemos confundirlos con salvadores, pues podrían ser manifestaciones demoníacas destinadas a engañar.
El peligro de alentar su bautismo en caso de presentarse es evidente. El bautismo es un sacramento instituido por Cristo para los hombres, descendientes de Adán. Aplicarlo a seres que no forman parte de la humanidad sería una distorsión sacramental y una profanación. El Apocalipsis advierte contra la falsificación de los signos divinos, y bautizar a supuestos extraterrestres sería caer en un engaño que trivializa la obra redentora de Cristo. La Iglesia debe ser categórica en rechazar cualquier intento de extender los sacramentos a seres que no pertenecen a la humanidad redimida.
Si estos seres fueran espirituales, entonces deberían ser identificados como ángeles o demonios, los únicos seres espirituales mencionados en la revelación. Y si fueran demonios disfrazados, el Apocalipsis nos advierte que su objetivo es seducir y destruir. En Apocalipsis 16:14 se dice: “Son espíritus de demonios, que hacen señales, y van a los reyes de la tierra en todo el mundo, para reunirlos para la batalla”. Este pasaje muestra que los demonios pueden presentarse con apariencia de poder y autoridad, pero su fin es la perdición.
La lógica teológica es clara: si fueran seres materiales, deberían morir como los hombres, pero Cristo no halló ningún extraterrestre en el reino de los muertos. Esto confirma que no forman parte de la humanidad y, por tanto, no son objeto de la redención. El descenso de Cristo a los infiernos fue por los hombres, y su silencio absoluto sobre extraterrestres confirma que no tienen lugar en el plan de salvación revelado.
En conclusión, el Apocalipsis nos advierte que los demonios pueden presentarse como salvadores de la humanidad, realizando señales y prodigios para engañar. La creencia en extraterrestres como seres espirituales o redentores debe ser vista con cautela, pues puede ser una estrategia demoníaca para distraer del verdadero Salvador, Cristo. El bautismo y los sacramentos están reservados a los hombres, y cualquier intento de aplicarlos a supuestos extraterrestres sería un error grave. La revelación es categórica: Cristo descendió al reino de los muertos por los hombres, y no halló ningún extraterrestre allí. Por tanto, la fe cristiana debe mantenerse firme en que la salvación está dirigida a la humanidad, y que cualquier otra figura que pretenda ocupar ese lugar es un engaño del maligno.
Conclusión
El descenso de Cristo a los infiernos asegura la salvación para los santos, los justos y los buenos, para los niños bautizados y para los no bautizados confiados a la misericordia de Dios, para los filósofos y sabios de la Antigüedad, y para los hombres prehistóricos que vivieron con rectitud. La Iglesia actual ya no sostiene la idea de un limbo eterno, sino que confía en que la gracia de Cristo alcanza a todos los que buscan la verdad y obran con justicia. En cambio, la revelación no menciona extraterrestres, y los únicos seres espirituales reconocidos son ángeles y demonios. Por tanto, la fe cristiana enseña que Cristo descendió al reino de los muertos por los hombres, y que cualquier creencia en extraterrestres como objetos de salvación carece de fundamento en la revelación, pudiendo interpretarse como una distracción o engaño.
En definitiva, el descenso a los infiernos revela la universalidad de la salvación para toda la humanidad, desde los primeros hombres hasta nuestros días, y confirma que Dios, en su infinita misericordia, abre las puertas del cielo a todos los justos que vivieron antes y después de Cristo. Esta reflexión, al integrar la tradición teológica con la antropología y la especulación contemporánea, aporta un horizonte nuevo: muestra cómo el misterio del descenso de Cristo no sólo ilumina la historia bíblica, sino también la totalidad de la historia humana, y delimita claramente la diferencia entre seres espirituales revelados y la especulación sobre extraterrestres.
El descenso de Cristo a los infiernos no es un episodio marginal, sino el sello definitivo de la universalidad de la redención. Con este acto, Cristo se convierte en Señor de vivos y muertos, abrazando la totalidad de la historia humana. Ningún justo queda fuera de su alcance, desde los patriarcas bíblicos hasta los hombres prehistóricos que vivieron con rectitud según su conciencia. Esta verdad es categórica: la salvación no se limita a un pueblo ni a una época, sino que se extiende a toda la humanidad.
La Iglesia, al abandonar la noción de un limbo eterno, reafirma que la misericordia de Dios es más amplia que cualquier esquema teológico humano. La esperanza en la salvación de los niños no bautizados y de los justos de todas las culturas muestra que la obra de Cristo no conoce fronteras. La teología contemporánea, apoyada en el Concilio Vaticano II, insiste en que quienes buscan sinceramente la verdad y obran con justicia participan misteriosamente de la gracia redentora. Esta convicción es un testimonio de la amplitud del amor divino.
En contraste, la revelación es categórica en cuanto a los seres espirituales: sólo existen ángeles y demonios. Los ángeles son mensajeros de Dios, servidores de su voluntad, mientras que los demonios son ángeles caídos que buscan engañar y destruir. No hay mención alguna de extraterrestres en la Escritura, y cualquier intento de presentarlos como objetos de salvación carece de fundamento. La fe cristiana debe mantenerse firme en esta distinción, evitando confusiones que puedan distraer del verdadero plan divino.
El Apocalipsis advierte con fuerza sobre los engaños del maligno, que puede presentarse como salvador de la humanidad mediante señales y prodigios. Bajo esta luz, la fascinación contemporánea por los extraterrestres puede interpretarse como una estrategia de seducción demoníaca. La Iglesia debe ser categórica en rechazar cualquier intento de bautizar o integrar a supuestos seres extraterrestres en el plan de salvación, pues Cristo descendió al reino de los muertos por los hombres, y no halló allí ningún otro ser.
En definitiva, el descenso a los infiernos revela la universalidad de la salvación para toda la humanidad y confirma que Dios, en su infinita misericordia, abre las puertas del cielo a todos los justos que vivieron antes y después de Cristo. Esta reflexión, al integrar tradición teológica, antropología y especulación contemporánea, aporta un horizonte nuevo y firme: Cristo ilumina no sólo la historia bíblica, sino la totalidad de la historia humana, y delimita con claridad la diferencia entre los seres espirituales revelados y las especulaciones sobre extraterrestres. La conclusión es categórica: la salvación es para los hombres, y cualquier otra figura que pretenda ocupar ese lugar es un engaño del maligno.
Bibliografía
Agustín de Hipona. La ciudad de Dios. Trad. José Morán. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2007.
Aquino, Tomás de. Suma Teológica. Trad. Francisco Barbado Viejo. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2012.
Auerbach, Erich. Mimesis: La representación de la realidad en la literatura occidental. Trad. Juan María Marín. México: Fondo de Cultura Económica, 1998.
Chiappo, Leopoldo. Dante y la psicología del Infierno. Lima: Compañía de Seguros Atlas, 1983.
Clemente de Alejandría. Stromata. Trad. Antonio Orbe. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2001.
Comisión Teológica Internacional. La esperanza de salvación para los niños que mueren sin bautismo. Ciudad del Vaticano: Librería Editrice Vaticana, 2007.
Dante Alighieri. La Divina Comedia. Trad. Ángel Crespo. Madrid: Cátedra, 2013.
Ireneo de Lyon. Contra las herejías. Trad. Antonio Orbe. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2000.
Justino Mártir. Apologías. Trad. Juan Pablo García. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2005.
Rahner, Karl. Escritos de teología. Vol. VII. Madrid: Ediciones Cristiandad, 1979.
Ratzinger, Joseph. Introducción al cristianismo. Trad. José Luis Gago. Salamanca: Sígueme, 2001.
Singleton, Charles. Ensayos sobre Dante. Trad. María Teresa González. Madrid: Trotta, 2004.
Teilhard de Chardin, Pierre. El fenómeno humano. Trad. José María Valverde. Madrid: Taurus, 1993.
Zúñiga, Mónica. “El descenso de Cristo a los infiernos: reflexiones, contrastes, símbolos e interrogantes.” SIWÔ’ Revista de Teología y Estudios Sociorreligiosos 4 (2011): 225-252. Universidad Nacional, Heredia, Costa Rica.