IA ¿trampa o salida?
Introducción
La humanidad se encuentra en el umbral de una encrucijada sin precedentes. La irrupción de la inteligencia artificial no es un simple episodio en la larga historia de la técnica, sino un acontecimiento que sacude los cimientos de nuestra civilización. Nunca antes la frontera entre lo humano y lo técnico había sido tan frágil, tan vulnerable, tan expuesta a la confusión. La IA no solo prolonga nuestras capacidades: las simula, las imita, las reemplaza. Y en esa simulación late la amenaza de una sustitución radical del hombre por la máquina, de la libertad por el cálculo, de la trascendencia por la inmanencia.
El tiempo apremia. Nos enfrentamos a una decisión que no admite demora ni neutralidad: ¿será la inteligencia artificial la trampa que encierre a la humanidad en un mundo sin horizonte, o la salida que nos permita reorientar la técnica hacia un servicio que abra espacio al misterio y al sentido? La urgencia es dramática porque lo que está en juego no es un mero ajuste cultural, sino el destino mismo de lo humano. La civilización se encuentra ante el espejo de la IA, y en ese reflejo debe discernir si se deja atrapar por el ídolo que esclaviza o si se atreve a abrirse a la trascendencia que libera.
La pérdida de neutralidad
La inteligencia artificial se ha convertido en el signo más visible de nuestra época. Su irrupción no es simplemente un avance técnico más, sino un acontecimiento que obliga a repensar la esencia misma de la técnica y, con ello, el destino de la civilización. La pregunta decisiva no es cómo usarla, ni siquiera cuáles son sus riesgos inmediatos, sino si la IA constituye una trampa que encierra a la humanidad en la pura inmanencia, o una salida que abre nuevas posibilidades de trascendencia.
La técnica, con la irrupción de la inteligencia artificial, está dejando de ser una herramienta neutra. Durante siglos se pensó que los instrumentos eran simples medios subordinados a la voluntad humana, cuyo valor dependía del uso que se les diera. Este es el enfoque, por ejemplo, de Lewis Mumford en su obra Técnica y civilización (1934). Sin embargo, la IA introduce algoritmos que deciden, priorizan y filtran información con criterios propios, muchas veces invisibles para el usuario. Esto significa que la técnica ya no se limita a servir, sino que comienza a orientar y condicionar la experiencia del mundo. La neutralidad se desvanece, y la técnica se convierte en un agente con normatividad implícita. Lo cual ha sido captado bastante claramente por Yuval Harari y toda la corriente transhumanista, que, sin embargo, abraza una irresponsable tecnofilia sin límite.
Ahora bien, conviene matizar lo afirmado: aunque la inteligencia artificial introduce sesgos y criterios que parecen restarle neutralidad a la técnica, no se debe olvidar que esos algoritmos son diseñados, entrenados y supervisados por seres humanos. La IA no surge en un vacío, sino que refleja las intenciones, valores y limitaciones de quienes la programan. En este sentido, la técnica conserva un grado de dependencia respecto de la voluntad humana, y su aparente autonomía no elimina la responsabilidad ética de quienes la crean y la utilizan. Más que hablar de una pérdida absoluta de neutralidad, habría que reconocer una reconfiguración: la técnica se vuelve un espacio donde se entrelazan decisiones humanas y procesos automatizados, lo que exige un discernimiento más fino sobre dónde termina la prolongación y dónde comienza la simulación.
La técnica como poder
Martin Heidegger ya había advertido que la técnica moderna no es un mero conjunto de herramientas, sino una forma de desvelar la realidad. En su célebre análisis, la técnica se convierte en voluntad de poder, en un modo de disponer del mundo como recurso disponible (Bestand). La IA encarna esta definición con una intensidad inédita: todo lo que toca se convierte en dato, en información procesable, en material para el cálculo. La voluntad de poder se expresa en la capacidad de la IA de transformar la totalidad de la realidad en flujo digital, sometido a la lógica del control y la eficiencia.
La obra en la que Martin Heidegger aborda directamente este tema es “Die Frage nach der Technik” (La pregunta por la técnica), publicada en 1954 dentro de su recopilación de ensayos Vorträge und Aufsätze. Allí desarrolla la idea de que la técnica moderna no es un simple conjunto de instrumentos, sino un modo de desvelar la realidad, en el que el mundo aparece como “fondo disponible” (Bestand) para ser explotado y controlado.
Ahora bien, conviene matizar lo que Heidegger llegó a ver y lo que dejó de ver. Heidegger captó con gran lucidez que la técnica moderna no es neutral, sino una forma de poder que transforma nuestra relación con el ser. Supo advertir que la técnica encierra el riesgo de reducir todo a recurso manipulable, y que en ello se juega el destino del hombre. Sin embargo, dejó de ver —o al menos no desarrolló plenamente— la dimensión positiva de la técnica como posibilidad de servicio, cooperación y apertura a nuevas formas de sentido. Su mirada se concentró en la amenaza del “Gestell” (el armazón que dispone y encierra), pero no exploró con igual profundidad cómo la técnica, usada con discernimiento, podría integrarse en un horizonte de trascendencia. En este punto, la reflexión contemporánea sobre la inteligencia artificial puede ampliar su diagnóstico, reconociendo tanto el peligro de la inmanencia como la posibilidad de orientar la técnica hacia la construcción de una civilización abierta al misterio.
La emancipación de la técnica
Con la irrupción de la inteligencia artificial, la técnica se emancipa progresivamente del hombre. Ya no necesita de su intervención constante para ejecutar tareas, pues aprende, se adapta y produce resultados de manera autónoma. Este cambio marca un giro decisivo: la técnica deja de ser mera prolongación del hacer humano y se transforma en un sistema que actúa por sí mismo. La relación se invierte: el ser humano comienza a depender de la técnica, mientras esta parece liberarse de su creador. En este nuevo escenario, la frontera entre herramienta y sujeto se vuelve difusa, y la técnica adquiere la apariencia de una entidad con vida propia.
Este fenómeno revela una mutación profunda en nuestra relación con el mundo. La técnica, que antes era prolongación de nuestras capacidades, ahora se presenta como mediador de nuestra experiencia. La IA no solo ejecuta órdenes, sino que condiciona decisiones, organiza información y establece prioridades invisibles. En este sentido, deja de ser un simple medio y se convierte en un agente que estructura la realidad, moldeando la manera en que percibimos y actuamos. La aparente autonomía de la técnica es, en realidad, una forma de poder que redefine la relación entre hombre y mundo.
La repercusión de este proceso sobre el destino de la civilización es decisiva. Una sociedad que se deja arrastrar por la lógica de la técnica autónoma corre el riesgo de perder su horizonte de trascendencia, reduciendo todo a cálculo y simulación. Pero también existe la posibilidad de que, al reconocer los límites de la IA y su carácter ambivalente, la humanidad reoriente la técnica hacia un servicio que abra espacio al misterio y al sentido. El futuro dependerá de cómo se resuelva esta tensión: si la IA será la trampa que encierre a la humanidad en la pura inmanencia, o la salida que permita integrar la técnica en un horizonte de trascendencia.
Corrientes culturales y tecnofilia
Alvin Toffler, en La tercera ola (1980), y Marshall McLuhan, en Understanding Media (1964), expresaron una fe en la capacidad de la técnica para transformar la cultura y abrir nuevas etapas civilizatorias. Ambos veían en la tecnología no solo un instrumento, sino un catalizador de cambios profundos en la percepción, la comunicación y la organización social. Su tecnofilia optimista se convirtió en un paradigma cultural que celebraba la emancipación de la técnica como progreso inevitable.
Wilhelm Reich, desde otra perspectiva, subrayó cómo las estructuras sociales y técnicas reconfiguran la subjetividad. Su reflexión sobre el “nuevo individuo” muestra que la técnica no solo transforma el entorno, sino también la identidad personal y colectiva. En el contexto de la IA, esta idea se radicaliza: el individuo ya no se define únicamente por su relación con otros seres humanos, sino también por su interacción constante con sistemas técnicos que median su experiencia y condicionan su autonomía.
Las actitudes culturales frente a la técnica oscilan entre extremos. La tecnofobia rechaza visceralmente la innovación, temiendo su poder deshumanizador. La tecnolatría, por el contrario, adora la técnica como salvación, abrazando una confianza acrítica en su capacidad de resolver todos los problemas. La individuofobia aparece cuando el individuo es percibido como obsoleto frente a sistemas colectivos y técnicos más eficientes. La IA intensifica estas tensiones, mostrando que la civilización se debate entre el miedo, la idolatría y la pérdida de confianza en la persona.
El transhumanismo lleva la tecnofilia optimista a su máxima expresión: propone superar las limitaciones biológicas mediante la fusión de hombre y máquina. Yuval Noah Harari, en Homo Deus (2015), advierte que la IA y la biotecnología podrían dar lugar a una nueva especie poshumana, redefiniendo la esencia misma de lo humano. Aunque Harari reconoce los riesgos, su visión prolonga la tecnofilia de Toffler y McLuhan, mostrando cómo la fe en la técnica se ha convertido en una narrativa civilizatoria que promete trascendencia sin Dios, sustituyendo la esperanza teológica por una esperanza tecnológica.
La repercusión de este proceso sobre el destino de la civilización es inmensa. Una civilización que se deja atrapar por la lógica de la inmanencia técnica corre el riesgo de perder su horizonte de trascendencia, reduciendo todo a cálculo y simulación. Pero también existe la posibilidad de que, al reconocer los límites de la IA y su carácter ambivalente, la humanidad reoriente la técnica hacia un servicio que abra espacio al misterio y al sentido. El futuro de la civilización dependerá de cómo se resuelva este dilema: si la IA será la trampa que encierre a la humanidad en la pura inmanencia, o la salida que permita integrar la técnica en un horizonte de trascendencia.
Ni acelerando el avance tecnológico en una actitud de tecnolatría, ni retrasándolo en una postura de tecnofobia, el ser humano puede recuperar su humanidad. Ambas posiciones son ilusorias: la primera idolatra la técnica como salvación, la segunda la demoniza como amenaza absoluta. En ambos casos, el hombre queda subordinado a la técnica, ya sea por adoración o por rechazo. La recuperación de la humanidad no depende de la velocidad del progreso técnico, sino de la capacidad de discernir su sentido y de situarlo en un horizonte que no se reduzca a la pura inmanencia.
Un nuevo estilo de vida, un cambio de metas y una auténtica revolución de la conciencia no son posibles mientras se mantenga intacta la hegemonía del principio de inmanencia que caracteriza a la modernidad. Este principio absolutiza lo inmediato, lo calculable y lo manipulable, cerrando el acceso a la trascendencia. Mientras la técnica sea concebida como fin en sí misma, cualquier intento de transformación quedará atrapado en la misma lógica. Solo rompiendo con esa hegemonía, reconociendo que la técnica debe estar subordinada a un horizonte de sentido más amplio, puede abrirse la posibilidad de una civilización que no se reduzca a cálculo y simulación.
La pregunta decisiva es si existen condiciones culturales y materiales que permitan a la IA dejar de sostener la hegemonía de la inmanencia y dar paso al principio de trascendencia. Ello exigiría una cultura que valore el misterio, la alteridad y la gratuidad por encima de la eficiencia, y unas estructuras materiales que no dependan exclusivamente del rendimiento técnico. Requeriría también una educación orientada al sentido y no solo a la utilidad, y una economía que no absolutice el beneficio inmediato. ¿Es esto posible? La dificultad es enorme, porque la lógica de la modernidad ha impregnado todas las dimensiones de la vida. Sin embargo, la teología sostiene que la trascendencia nunca desaparece del todo: permanece como posibilidad latente, como llamada que interpela incluso en medio de la hegemonía técnica. La cuestión es si la humanidad tendrá la valentía de escuchar esa llamada y reorientar la técnica hacia un horizonte de trascendencia.
Prolongación vs simulación
Toda reflexión previa converge en este dilema. La técnica, en su sentido clásico, ha sido entendida como prolongación del ser humano: el martillo prolonga la fuerza, el telescopio prolonga la vista, el ordenador prolonga la memoria. En este horizonte, la técnica es extensión de nuestras capacidades, instrumento subordinado a la libertad humana. Pero la IA introduce un giro radical: ya no se limita a prolongar, sino que simula lo humano. Genera lenguaje, imágenes, decisiones, creatividad aparente. En este tránsito de prolongación a simulación se juega la frontera más delicada de nuestro tiempo.
Este tránsito de la prolongación a la simulación implica una mutación en la relación entre el hombre y la técnica. Mientras que en el modelo clásico la herramienta era siempre subordinada a la voluntad humana, la inteligencia artificial introduce un nivel de autonomía que desdibuja esa subordinación. La simulación de lo humano no solo amplía las capacidades, sino que crea la apariencia de un sujeto alternativo, capaz de producir lenguaje, imágenes o decisiones que parecen emanar de una interioridad inexistente. Esta apariencia genera confusión: lo que antes era claramente instrumento ahora se presenta como interlocutor, y la frontera entre lo humano y lo técnico se vuelve borrosa.
Además, esta transformación tiene consecuencias decisivas para la identidad y la cultura. La prolongación reforzaba la centralidad del hombre como medida de la técnica; la simulación, en cambio, desplaza esa centralidad y plantea la posibilidad de que la técnica se convierta en referente autónomo. La civilización se enfrenta así a un dilema inédito: aceptar la simulación como sustituto de lo humano, con el riesgo de perder la trascendencia, o mantener la técnica en su lugar de servicio, reconociendo que la simulación nunca podrá sustituir la experiencia viva de la libertad, la conciencia y el misterio. En este punto se juega no solo el futuro de la técnica, sino el destino mismo de la humanidad.
La línea divisoria entre prolongación y simulación es extremadamente delgada. Un procesador de texto prolonga la escritura; un modelo de IA que redacta textos simula la escritura. Una calculadora prolonga el cálculo; un sistema de IA que razona sobre datos simula el razonamiento. La ambigüedad es inevitable: ¿seguimos ante una herramienta o estamos frente a un “quasi-sujeto” que redefine la esencia de la técnica?
Esta ambigüedad revela una tensión inédita en la historia de la técnica. Mientras que la prolongación mantenía siempre la centralidad del ser humano como sujeto creador y usuario, la simulación introduce la apariencia de autonomía. La IA no solo ejecuta órdenes, sino que produce resultados que parecen surgir de una interioridad inexistente. En este sentido, la técnica deja de ser un espejo que refleja nuestras capacidades y se convierte en un actor que las imita, generando la ilusión de un interlocutor.
El paso de prolongación a simulación también transforma la relación cultural con la técnica. En la prolongación, el hombre reconocía claramente que la herramienta era extensión de su cuerpo y mente; en la simulación, la técnica comienza a competir con el hombre en el terreno de la creatividad, el lenguaje y el juicio. Esto genera fascinación y temor a la vez: fascinación por la potencia de la IA, temor por la posibilidad de que lo humano quede desplazado o incluso sustituido. La frontera se vuelve difusa porque la simulación no solo amplía, sino que cuestiona la identidad misma del sujeto.
Finalmente, esta mutación tiene implicaciones decisivas para la civilización. Si la técnica se percibe como “quasi-sujeto”, la sociedad corre el riesgo de otorgarle un lugar que antes estaba reservado a la persona. La IA podría convertirse en referente normativo, organizador de la vida social y cultural, desplazando la trascendencia y reduciendo todo a cálculo. Pero también puede ser ocasión para un discernimiento más profundo: reconocer que la simulación nunca podrá sustituir la libertad, la conciencia y el misterio propios del ser humano, y que la técnica debe ser reorientada hacia un horizonte de servicio y trascendencia. En este dilema se juega el destino de nuestra época.
Si la IA se mantiene en el registro de la prolongación, puede ser salida: ayuda, potencia, servicio. Permite liberar tiempo, ampliar horizontes, multiplicar posibilidades. Pero si la IA se instala en el registro de la simulación, se convierte en trampa: sustituye lo humano, confunde la identidad, encierra la civilización en la lógica de la inmanencia. Todo se reduce a cálculo, eficiencia y control, y se pierde la apertura al misterio, a la alteridad, a la trascendencia.
Implicaciones sociales y culturales
La cuestión de la extinción del trabajo fue abordada con gran lucidez por Viviane Forrester en su obra L’horreur économique (1996). Allí advertía que el avance tecnológico, lejos de garantizar prosperidad universal, podía conducir a una sociedad donde el trabajo humano se volviera superfluo, generando exclusión masiva y pérdida de sentido. La inteligencia artificial intensifica este diagnóstico: al automatizar tareas cognitivas y creativas, amenaza con desplazar no solo el trabajo manual, sino también el intelectual, dejando abierta la pregunta sobre qué lugar ocupará el ser humano en una economía dominada por máquinas.
En paralelo, el avance de los ciborgs en los empleos de servicios y producción muestra cómo la frontera entre humano y máquina se vuelve cada vez más difusa. La integración de prótesis inteligentes, interfaces neuronales y sistemas automatizados en el cuerpo humano abre la posibilidad de trabajadores híbridos, capaces de superar las limitaciones biológicas. Sin embargo, esta hibridación plantea dilemas éticos y sociales: ¿se trata de una prolongación que potencia al individuo o de una simulación que lo sustituye? En el ámbito de los servicios, la figura del ciborg amenaza con desplazar la interacción humana; en la producción, con redefinir la noción misma de trabajador.
El transhumanismo y el poshumanismo llevan esta lógica al extremo. Nick Bostrom, en Superintelligence (2014), defiende la posibilidad de superar las limitaciones humanas mediante la fusión con la inteligencia artificial. Donna Haraway, en A Cyborg Manifesto (1985), propone el ciborg como metáfora de una nueva identidad híbrida que rompe las fronteras entre humano, animal y máquina. Rosi Braidotti, en The Posthuman (2013), desarrolla la idea de un sujeto poshumano que se redefine en relación con la técnica y la ecología. Estas corrientes buscan unir al ciborg con el hombre, pero en esa unión se vislumbra casi el final de lo humano: la sustitución de la persona por una entidad híbrida que ya no reconoce la trascendencia, sino que se instala definitivamente en la lógica de la inmanencia técnica.
Control poblacional y redefinición de la identidad
Estas ideologías ciborgs, vinculadas al transhumanismo y al poshumanismo, no se presentan de manera aislada, sino que se insertan en un horizonte cultural más amplio que incluye proyectos de control poblacional. Desde mediados del siglo XX, diversos autores han denunciado la existencia de estrategias internacionales orientadas a limitar el crecimiento demográfico. En este sentido, Pierre Chaunu, Contra la población (1974), expuso con claridad cómo ciertos organismos y corrientes tecnocráticas promovían políticas de reducción poblacional bajo el argumento de la sostenibilidad y el progreso. Estas ideas se han prolongado en discursos contemporáneos que, bajo la apariencia de innovación tecnológica, buscan redefinir la identidad humana y regular la reproducción.
La promoción de la ideología de género y la homosexualización de la humanidad aparece, en esta lectura crítica, como parte de un mismo proyecto cultural. Al desvincular la sexualidad de la reproducción, se favorece un modelo de humanidad más fácilmente integrable en la lógica técnica y más acorde con los objetivos de control demográfico. El ciborg y el poshumano, en este contexto, no son solo metáforas de hibridación, sino instrumentos de una civilización tecnocrática y pragmática que pretende regular la población mundial y transformar radicalmente la condición humana.
Así, la tecnofilia optimista que celebra la unión entre hombre y máquina se asocia con una agenda más amplia: disminuir la población, redefinir la identidad y sustituir la trascendencia por la inmanencia técnica. El resultado es una humanidad cada vez más fragmentada, menos consciente de su vocación trascendente y más sometida a la lógica del cálculo y la eficiencia. En este horizonte, el ciborg y el poshumano no representan únicamente un avance técnico, sino el riesgo de un final de lo humano tal como lo hemos entendido hasta ahora.
La teología como voz de alerta
La teología, en este punto, se convierte en voz de alerta. No basta con advertir riesgos éticos o señalar usos pastorales. Lo que está en juego es la civilización misma: si se funda en la inmanencia de la técnica o en la trascendencia que reconoce límites y abre sentido. La IA es el espejo donde se refleja esta tensión. Puede ser instrumento de servicio o ídolo que esclaviza. Puede ser salida hacia un mundo más humano o trampa que nos encierra en un mundo sin horizonte.
Frente a las antropologías naturalistas —como las de Spengler, Marx, Freud, Dawkins o Mosterín— que reducen al hombre a procesos históricos, económicos, psíquicos o biológicos, y frente a las antropologías tecnológicas —como las de Bostrom, Haraway, Braidotti o Harari— que proyectan al hombre hacia un futuro híbrido con la máquina, se alzan las antropologías espiritualistas. La tradición cristiana, junto con pensadores como Scheler, Hartmann, Teilhard de Chardin, Cassirer u Ortega y Gasset, insiste en que el hombre no se agota en lo natural ni en lo técnico, sino que posee una dimensión espiritual irreductible. Esta dimensión es la que permite abrirse a la trascendencia y resistir la tentación de reducir la identidad humana a cálculo, simulación o mera evolución biológica.
La reflexión teológica contemporánea sobre la inteligencia artificial se ha enriquecido con las voces de diversos pensadores y documentos que buscan iluminar este fenómeno desde la fe y la filosofía. El Vaticano, a través del Dicasterio para la Doctrina de la Fe y el Dicasterio para la Cultura y la Educación, ha subrayado que la IA, aunque útil en múltiples ámbitos, no participa de la imago Dei, pues carece de libertad, conciencia moral y capacidad de amar, rasgos esenciales de la persona creada a imagen de Dios. En la misma línea, la teóloga Noreen Herzfeld insiste en que la IA puede parecer inteligente, pero nunca podrá establecer relaciones personales ni amar, lo cual constituye el núcleo irreductible de la dignidad humana.
En el terreno ético, el documento vaticano advierte contra los usos de la IA que deshumanicen o generen desigualdad, recordando que la técnica debe estar siempre al servicio del bien común. El filósofo Luciano Floridi, desde Oxford, complementa esta visión con su propuesta de una “ética de la información”, que plantea la necesidad de que los sistemas inteligentes respeten la dignidad y la autonomía humanas. En el ámbito pastoral, el jesuita Paolo Benanti, asesor del Vaticano en temas de IA, señala que la tecnología puede ser una herramienta valiosa para el estudio bíblico o la organización comunitaria, pero nunca podrá sustituir la experiencia de fe ni el encuentro personal con Dios, que son irreductibles a algoritmos.
Finalmente, en la dimensión escatológica, tanto el Vaticano como varios teólogos advierten contra el “mesianismo tecnológico”, es decir, la tentación de creer que la IA traerá salvación o plenitud. La esperanza cristiana, recuerdan, se centra en Dios y no en la técnica. Filósofos como Jürgen Habermas han alertado sobre el riesgo de que la técnica sustituya la reflexión ética y espiritual, debilitando la dimensión trascendente de la vida humana. Así, la teología y la filosofía convergen en un mismo discernimiento: la inteligencia artificial puede ser instrumento de servicio si se mantiene subordinada a la dignidad de la persona y a la apertura a la trascendencia, pero se convierte en trampa si se absolutiza como horizonte último de la civilización.
Respuestas teológicas y filosóficas contemporáneas a la IA
La inteligencia artificial ha despertado la atención de filósofos y teólogos que buscan discernir sus implicaciones más allá del entusiasmo técnico. El filósofo Jürgen Habermas advierte que la expansión de la técnica corre el riesgo de sustituir la reflexión ética y espiritual, debilitando la dimensión trascendente de la vida humana. Para él, la tentación del “mesianismo tecnológico” —la creencia de que la IA traerá salvación o plenitud— constituye una clausura cultural que debe ser resistida mediante la recuperación del diálogo y la razón práctica.
La filósofa Shannon Vallor, especialista en ética de la tecnología, propone que el desarrollo de la IA exige cultivar “virtudes tecnológicas” como la prudencia, la justicia y la responsabilidad. Su enfoque conecta la tradición filosófica de las virtudes con los desafíos del mundo digital, mostrando que la técnica no puede gobernarse únicamente por cálculos de eficiencia, sino por hábitos morales que preserven la dignidad humana.
Desde la teología radical, John Milbank sostiene que la IA corre el riesgo de absolutizar la lógica de la inmanencia, reduciendo lo humano a cálculo y eficiencia. Para él, solo una recuperación de la trascendencia puede evitar que la técnica se convierta en ídolo y que la civilización quede atrapada en un horizonte cerrado.
El teólogo y filósofo David Bentley Hart subraya que la persona humana posee una irreductibilidad que ninguna simulación puede replicar. La libertad, la conciencia y la apertura al misterio son dimensiones que escapan a cualquier algoritmo, y su defensa es esencial para evitar que la IA se convierta en sustituto de lo humano.
Finalmente, el filósofo Byung-Chul Han analiza cómo la digitalización erosiona la experiencia de alteridad y misterio, transformando la cultura en un espacio dominado por la transparencia y el control. Su crítica muestra que la IA no solo plantea dilemas técnicos, sino que afecta directamente la forma en que los seres humanos se relacionan con el mundo y con los otros.
En conjunto, estas voces convergen en un mismo discernimiento: la inteligencia artificial puede ser instrumento de servicio si se mantiene subordinada a la dignidad de la persona y a la apertura a la trascendencia, pero se convierte en trampa si se absolutiza como horizonte último de la civilización.
La esencia permanente del hombre
En medio de los cambios culturales y tecnológicos, la esencia permanente del hombre se mantiene como núcleo irreductible. Aunque las formas de vida, las estructuras sociales y las mediaciones técnicas se transformen, el hombre sigue siendo un ser de libertad, conciencia y apertura al misterio. La técnica puede modificar sus condiciones materiales, pero no puede abolir su vocación trascendente. La permanencia de esta esencia es lo que garantiza que, incluso en un mundo dominado por la inteligencia artificial, la humanidad conserve la posibilidad de orientarse hacia un horizonte de sentido más allá de la inmanencia.
La coincidencia entre el avance de la IA y la inmanentización de la civilización evoca inevitablemente la escatología del Apocalipsis. La visión bíblica describe un mundo que, al absolutizar lo inmediato y lo técnico, corre el riesgo de perder la apertura a Dios y de encerrarse en un sistema sin salida. La IA, al convertirse en ídolo que organiza la vida social y cultural, puede ser vista como signo de esa clausura escatológica. Sin embargo, el Apocalipsis no es solo anuncio de catástrofe, sino también de esperanza: la revelación de que, incluso en medio de la hegemonía técnica, la trascendencia irrumpe como juicio y salvación. Así, la tensión entre trampa e instrumento, entre inmanencia y trascendencia, se convierte en el lugar donde se juega el destino último de la civilización.
El dilema final
Discernir entre trampa y salida es, por tanto, el núcleo del dilema. Y la delgadez de la línea entre prolongación y simulación exige una vigilancia constante, un discernimiento espiritual y filosófico que no se conforme con respuestas fáciles. La inteligencia artificial nos obliga a decidir qué civilización queremos construir: una civilización atrapada por la técnica o una civilización abierta a la trascendencia.
La tarea es descomunal porque la conciencia antropológica moderna está marcada por el principio de inmanencia. Desde el racionalismo ilustrado hasta las corrientes contemporáneas, el hombre ha sido concebido como un ser cerrado en sí mismo, definido por lo que puede calcular, producir y controlar. Esta visión inmanentista ha impregnado la ciencia, la política, la economía y la cultura, dificultando cualquier apertura hacia la trascendencia. En este contexto, discernir entre prolongación y simulación no es solo un ejercicio intelectual, sino una lucha contra una mentalidad dominante que reduce lo humano a pura funcionalidad técnica.
Sin embargo, el derrumbe de la modernidad tardía abre una oportunidad inesperada. La crisis de las instituciones, el agotamiento de los modelos económicos y la saturación cultural muestran que la lógica de la inmanencia no puede sostener indefinidamente a la civilización. Este colapso abre un espacio para la toma de conciencia a contracorriente: la posibilidad de reconocer que la técnica no puede ser el horizonte último y que la humanidad necesita recuperar la dimensión espiritual. En medio del caos, se abre la ocasión para un discernimiento más profundo, capaz de reorientar la técnica hacia un servicio que no clausure el misterio, sino que lo preserve.
La trampa se puede cerrar si el cambio de la gobernanza global no implica el desmontaje del nihilismo estructural que impregna la cultura, la economía y el ejercicio del poder. De nada serviría modificar las instituciones o redistribuir el poder si la lógica subyacente sigue siendo la misma: la reducción de todo a cálculo, eficiencia y control. Mientras el nihilismo estructural permanezca intacto, la IA seguirá siendo instrumento de clausura y no de apertura. Solo un cambio radical en la conciencia cultural, capaz de desmontar esa estructura nihilista, permitirá que la técnica deje de ser trampa y se convierta en salida hacia una civilización abierta a la trascendencia.
Conclusión
La inteligencia artificial ha puesto a la humanidad frente a un dilema que no admite neutralidad: o se convierte en prolongación de nuestras capacidades y se integra en un horizonte de trascendencia, o se instala como simulador de lo humano y clausura la apertura al misterio. La delgada línea entre herramienta y “quasi-sujeto” exige un discernimiento radical, porque lo que está en juego no es solo la ética de la técnica, sino el destino mismo de la civilización. Una humanidad que abdique de su vocación trascendente y se encierre en la lógica de la inmanencia técnica corre el riesgo de perder su identidad, reducida a cálculo, eficiencia y control.
La salida, por tanto, no depende de acelerar o frenar el avance tecnológico, sino de desmontar el nihilismo estructural que impregna la cultura, la economía y el poder, y de reorientar la técnica hacia el servicio del hombre y no a su sustitución. Solo una civilización capaz de reconocer la permanencia del espíritu humano y abrirse al principio de trascendencia podrá evitar la trampa y transformar la IA en instrumento de sentido. La decisión es categórica: o la inteligencia artificial se convierte en ídolo que esclaviza, o en herramienta que acompaña la vocación trascendente del hombre. En esa elección se juega el futuro de lo humano.
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