La universidad peruana y la ideología de género
La universidad peruana, como espacio de formación de las élites intelectuales, políticas y científicas del país, ha sido en las últimas décadas escenario de una transformación profunda que no puede entenderse sin observar la influencia de agendas internacionales. Bajo el discurso de la igualdad, los derechos humanos y la inclusión, se han introducido programas, diplomados y líneas de investigación que promueven lo que se denomina ideología de género. Este fenómeno no es espontáneo ni aislado: responde a una estrategia de financiamiento externo que busca penetrar en los núcleos de pensamiento y en la formación de quienes luego ocuparán posiciones clave en el Estado, las ONGs, la ciencia y la cultura.
En este proceso, la universidad peruana atraviesa una etapa de deshumanización y mercantilización nihilista, donde el conocimiento deja de ser búsqueda de verdad y se convierte en mercancía sujeta a los intereses de quienes financian proyectos y programas. La lógica del mercado penetra en la vida académica, subordinando la investigación y la docencia a indicadores de rentabilidad y a la obtención de fondos externos. Bajo esta dinámica, las ONGs vinculadas a las élites neoliberales del planeta se convierten en actores privilegiados que orientan la agenda universitaria, imponiendo prioridades que responden más a intereses globales que a las necesidades locales.
Así, la universidad deja de ser un espacio autónomo de pensamiento crítico y se transforma en un engranaje dentro de un sistema internacional que busca moldear las conciencias y las prácticas sociales. Las ONGs, con el respaldo de magnates y fundaciones transnacionales, actúan como intermediarias que canalizan recursos y discursos hacia las aulas, asegurando que las nuevas generaciones de profesionales reproduzcan una visión del mundo alineada con el globalismo y con la ideología de género. Este proceso erosiona la identidad cultural del país y debilita la institución familiar, sustituyendo valores arraigados por construcciones ideológicas que responden a la lógica de las élites financieras internacionales.
Entre los actores más visibles en este proceso se encuentra la Open Society Foundations (OSF), red creada por George Soros, que ha destinado recursos a universidades peruanas para impulsar proyectos vinculados a género, diversidad sexual y derechos reproductivos. La Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (UARM), la Universidad Peruana Cayetano Heredia (UPCH) y la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM) son ejemplos de instituciones que han recibido apoyo en programas específicos. Cada una cumple un rol estratégico: la PUCP alimenta la burocracia gubernamental, la UARM nutre a las ONGs, la UPCH fortalece la ciencia médica y la UNMSM sostiene el pensamiento crítico en las humanidades. En conjunto, estas universidades modelan la sociedad peruana desde distintos frentes, y es allí donde el financiamiento externo encuentra terreno fértil para difundir sus agendas.
Para moldear la mentalidad nacional basta influir sobre las universidades claves del escenario académico, pues ellas concentran la producción intelectual y la formación de las élites que luego ocupan posiciones de poder en el país. Salvo honrosas excepciones —como la Universidad de Piura, que mantiene una línea crítica frente a la ideología de género y a la injerencia de las fundaciones internacionales—, la mayor parte de universidades se limita a marcar el paso de las instituciones influyentes de Lima. De este modo, el pensamiento dominante se reproduce casi sin resistencia, asegurando que las agendas externas se instalen en el imaginario colectivo y en las políticas públicas a través de la academia.
La ideología de género, presentada como enfoque académico, se introduce en los currículos universitarios y en la investigación como un marco incuestionable. Sin embargo, detrás de ese discurso se esconde una visión que relativiza la identidad sexual, debilita los fundamentos de la familia y promueve una antropología ajena a la tradición cultural del país. La familia, núcleo esencial de la sociedad peruana, se ve desplazada por propuestas que privilegian construcciones ideológicas sobre la realidad biológica y social. Defender la familia en este contexto significa cuestionar la imposición de agendas externas que, bajo el ropaje de la cooperación internacional, buscan transformar la base cultural de la nación.
La ideología de género resulta abominable porque niega la realidad natural de la diferencia sexual y pretende sustituirla por construcciones arbitrarias que fragmentan la identidad humana. Al despojar al ser humano de su fundamento biológico y espiritual, esta ideología conduce a un relativismo radical que disuelve los vínculos más profundos de la sociedad, comenzando por la familia. Su carácter antiesencialista y nominalista convierte la verdad en mera convención, debilitando la posibilidad de una vida común basada en principios compartidos. En lugar de promover la dignidad de la persona, la ideología de género impone un modelo cultural que erosiona la tradición, desarraiga a las nuevas generaciones y abre paso a un nihilismo que amenaza la cohesión social y la continuidad histórica de la nación.
La ideología de género se inscribe dentro de una ofensiva ideológica de la élite occidental que busca reducir la población mundial mediante la promoción de agendas culturales y tecnológicas que desarraigan al ser humano de su identidad natural. En este marco se incentivan el transhumanismo y el poshumanismo, se impulsa la homosexualización de la población mundial y se difunden discursos que relativizan la verdad y la naturaleza. Entre sus corifeos intelectuales se encuentran figuras como Yuval Noah Harari, Nick Bostrom, Donna Haraway y Rosi Braidotti, quienes desde distintas perspectivas académicas legitiman un proyecto que pretende transformar radicalmente la condición humana, debilitando la familia y la tradición cultural como pilares de la sociedad.
No se trata de negar la importancia de la igualdad ni de los derechos humanos, sino de advertir que el financiamiento de la Open Society Foundations no es neutral. Al dirigir recursos hacia universidades clave, se asegura que las futuras generaciones de profesionales y líderes reproduzcan una visión del mundo alineada con intereses globales más que con las necesidades locales. La universidad peruana, en lugar de ser un espacio autónomo de pensamiento, corre el riesgo de convertirse en un canal de transmisión de ideologías que fragmentan la cohesión social y debilitan la institución familiar.
Defender los derechos humanos significa reconocer la dignidad intrínseca de cada persona, garantizar la igualdad ante la ley y proteger libertades fundamentales como la vida, la libertad de conciencia, la educación y la participación política. Estos principios son universales y no dependen de ideologías particulares, pues se basan en la afirmación de que todo ser humano merece respeto y protección sin importar su condición. La defensa de los derechos humanos busca construir sociedades más justas, donde la familia, la comunidad y las instituciones puedan desarrollarse en armonía con la verdad y la justicia.
Promover la ideología de género, en cambio, implica introducir un marco conceptual que relativiza la identidad sexual y disuelve las bases antropológicas de la persona. Bajo el pretexto de ampliar derechos, esta ideología sustituye la realidad biológica por construcciones culturales arbitrarias, debilitando la institución familiar y generando un relativismo que erosiona los fundamentos de la convivencia social. Mientras los derechos humanos buscan proteger lo que es esencial y universal en la persona, la ideología de género impone una visión particular que responde a intereses globales y que amenaza con fragmentar la cohesión cultural y moral de las naciones.
Autores peruanos han advertido esta situación. Gloria Huarcaya de Garay, profesora de la Universidad de Piura, en su estudio Análisis crítico de la ideología de género en textos escolares de educación secundaria de Perú (2012), señala que la introducción del género en la educación responde a una visión ideológica que relativiza la identidad sexual y afecta la formación de los jóvenes. Fernando Rospigliosi, sociólogo y exministro del Interior, ha escrito en columnas periodísticas que fundaciones como la Open Society financian ONGs que presionan al Estado peruano en temas de género y derechos sexuales, advirtiendo que se trata de una injerencia externa en la política educativa. José Antonio Eguren, filósofo y columnista, ha cuestionado en medios como Expreso la ideología de género y su incorporación en la educación peruana, defendiendo la centralidad de la familia frente a agendas internacionales.
George Soros, alma perturbada y gran conspirador, ha sido descrito como el gran promotor del aborto, del movimiento LGTB, del feminismo radical, de las revoluciones de color, de la inmigración masiva, del globalismo y del totalitarismo financiero. El resultado de sus acciones ha sido la liquidación de la verdad, pues se ha convertido en el más avezado de todos los magnates, sin conciencia de culpa, todo un psicópata, el más tenebroso de la élite mundial. Su trayectoria como especulador financiero sin alma lo muestra como un actor que, lejos de buscar el bien común, ha utilizado su poder para imponer agendas que socavan la familia y la identidad cultural de las naciones.
También es necesario señalar que George Soros no se encuentra solo en esta empresa de dominación cultural y financiera. Figuras como Jeff Bezos, Elon Musk, Bill Gates, Mark Zuckerberg, Rupert Murdoch, Mohammed Bin Salman, Larry Fink y los fundadores de Google, Larry Page y Sergey Brin, conforman junto a él la plutocracia mundial enemiga de la verdad. Estos magnates, algunos de los cuales aparecen mencionados en los ominosos archivos de Epstein, representan el poder concentrado de las élites que buscan moldear la sociedad global según sus intereses, anulando el pensamiento crítico y manipulando las conciencias a través de la tecnología, los medios de comunicación y las finanzas.
Su objetivo no es otro que dominar el mundo, imponiendo un modelo cultural y económico que reduce al ser humano a consumidor y a la familia a una institución obsoleta. Bajo la apariencia de innovación y progreso, estos actores promueven un nihilismo estructural que vacía de sentido la existencia y convierte la vida en un engranaje dentro de un sistema globalista. La ideología de género, el transhumanismo y el poshumanismo son piezas de esta maquinaria que busca desarraigar al hombre de su identidad natural y espiritual, debilitando los fundamentos de la verdad y la tradición.
En realidad, estos magnates se han convertido en monstruos a la cabeza del nihilismo estructural contemporáneo, creyendo conquistar el mundo mientras se pierden a sí mismos en las fauces luciferinas del averno. Su poder desmedido, ejercido sin conciencia de culpa, los coloca como símbolos de una élite que ha renunciado a la verdad y a la justicia, y que en su afán de control ha terminado por encarnar la deshumanización más radical. Frente a esta ofensiva, la defensa de la familia y de la identidad cultural se convierte en un acto de resistencia contra la plutocracia mundial y su proyecto de dominación total.
A estas críticas se suma también la voz de quienes, desde fuera de la universidad, han intervenido en el debate público. Por mi parte como intelectual y filósofo, publiqué Contra el género (Lima: Iipcial, 2023), donde enfatizo la base nominalista, antiesencialista y antimetafísica de la ideología de género, mostrando cómo esta construcción conceptual carece de fundamentos sólidos y se convierte en un instrumento de imposición cultural. Esta perspectiva refuerza la necesidad de defender la familia como núcleo de la sociedad frente a discursos que buscan disolverla en categorías abstractas.
La precarización de la cátedra universitaria constituye uno de los factores más graves que impiden la libertad de expresión entre los docentes. Al estar sometidos a contratos temporales, salarios insuficientes y evaluaciones burocráticas que privilegian la obediencia sobre la creatividad, los profesores se ven obligados a renunciar a la crítica y a la investigación independiente. La amenaza constante de perder el puesto o de ser marginados en la carrera académica genera un clima de autocensura, donde la palabra libre se convierte en un riesgo que pocos están dispuestos a asumir. En lugar de ser espacios de debate y búsqueda de la verdad, las aulas se transforman en escenarios de repetición mecánica de discursos oficiales.
En este contexto, muchos docentes optan por el silencio y por una mediocridad intelectual que les permita mantener la subsistencia. La precariedad los obliga a priorizar la seguridad económica sobre la vocación académica, reduciendo la universidad a un lugar donde se transmiten consignas en vez de ideas. La consecuencia es devastadora: se pierde la riqueza del pensamiento crítico, se empobrece la formación de los estudiantes y se consolida un sistema universitario que, lejos de ser motor de transformación cultural, se convierte en instrumento dócil de las agendas externas. La precarización, por tanto, no solo afecta a los profesores, sino que erosiona la misión misma de la universidad como espacio de libertad y verdad.
El silencio de los profesores frente a la ideología de género los convierte, en la práctica, en cómplices de su difusión, pues al no cuestionarla permiten que se imponga como discurso dominante en la academia. Sin embargo, muchos optan por callar ante el temor de perder su empleo, ya que la universidad ha desarrollado mecanismos punitivos y de represión contra quienes se atreven a desafiar las consignas oficiales. El proceso suele comenzar con una llamada de atención, continúa con sanciones más severas y culmina en el cese irremediable del contrato, acompañado de la construcción de una supuesta “mala fama” contra el profesor rebelde. De este modo, la academia asegura la obediencia y perpetúa un clima de conformismo que sofoca la libertad intelectual y la búsqueda de la verdad.
En conclusión, la universidad peruana no puede seguir siendo un eco servil de las agendas extranjeras ni un taller de ideologías que corroen la verdad y destruyen la familia. O recupera su misión de formar espíritus libres y pensadores críticos, o se hundirá en la mediocridad de ser simple correa de transmisión del globalismo y sus dogmas. La Open Society Foundations y sus aliados han convertido a las universidades en trincheras de una guerra cultural que busca desarraigar nuestra identidad y someter a la nación a un nihilismo estructural.
Es hora de romper el silencio cómplice, de desenmascarar la impostura y de proclamar que la universidad debe ser bastión de la verdad y no guarida de sofismas. Defender la familia, la cultura y la libertad no es un gesto conservador, sino un acto de resistencia frente a la plutocracia mundial que pretende uniformar conciencias y liquidar la tradición. La universidad peruana, si quiere sobrevivir con dignidad, debe rebelarse contra la colonización ideológica y recuperar la energía combativa de quienes, como González Prada, supieron gritar contra el poder y despertar a un pueblo dormido.
Referencias
Eguren, José Antonio. “La ideología de género y la educación peruana.” Expreso, 2018.
Flores Quelopana, Gustavo. Contra el género. Lima: Iipcial, 2023.
Huarcaya de Garay, Gloria. Análisis crítico de la ideología de género en textos escolares de educación secundaria de Perú. Universidad de Piura, 2012.
Martín Jiménez, Cristina. Los dueños del planeta. Ellos contra nosotros. España: Planeta, 2023.Open Society Foundations. Annual Report 2021. Open Society Foundations, 2021.
Open Society Foundations. Annual Report 2021. Open Society Foundations, 2021.
Rospigliosi, Fernando. “La injerencia de las ONGs en la política educativa peruana.” El Comercio, 2019.