miércoles, 4 de enero de 2012

MARIOLOGIA NO ES MARIOLATRIA


MARIOLOGÍA NO ES MARIOLATRÍA
Comentario a la obra Teología del Error de Jorge Chávez Feijoó
Por: Gustavo Flores Quelopana
Past –President de la Sociedad Internacional Tomás de Aquino

Cuando se escribe un libro hay que tener cuidado, porque como sentenció André Gidé: Con buenos pensamientos puede hacerse pésima literatura. Por supuesto este no es el caso de mi amigo Jorge Chávez Feijoó, quien en el 2008 me obsequió dos de sus libros: ¿El Resbalón de Dios? y Teología del Error. También en este segundo volumen suyo he preferido reservarme el comentario para meditar con calma sobre el asunto. Creo que llegó el momento de empezar emitir mi punto de vista sobre este segundo título, también aparecido en el 2002 pero que llegó a mis manos en el 2008. Al parecer nuestro autor nunca publicó nada, hasta esa fecha que irrumpió con cuatro títulos simultáneos. Bien dice el refrán: más vale tarde que nunca.
Teología del Error es un libro finamente presentado, con 134 páginas y 35 breves acápites, cuyas letras de molde tipo grande permiten una lectura cómoda junto al estilo ágil y directo del autor. Personalmente me cuesta trabajo creer que un enfoque anti mariano como el suyo haya podido salir de su pluma cuando todavía guardo en mi memoria verlo abrazar y besar con gran devoción la imagen de la Santísima Virgen que tenía en su casa de San Isidro. Por eso me imagino que con la misma pasión con que la amó en el ayer, ahora se aparta con violencia de ella. Bien decía Wait Whitman: Quien toca un libro, toca a un hombre.
Aquellos eran tiempos en que nos reuníamos despreocupadamente en su aristocrática morada con Luis Miguel Sánchez, Juan José Jiménez y Sebastián Ponce de León a discutir temas religiosos y analizar temas bíblicos, allá entre los años 1997-98. Por entonces, ya Jorge Chávez mostraba un gran dominio bíblico, reconocido y apreciado por todos, aunque algunas de sus interpretaciones ya comenzaban a causar apuros. Pero no era tolerante con la crítica, hasta que un día a Juan José y a mí nos expulsó de su cenáculo justamente por no cejar en sus interpretaciones.
Recuerdo una graciosa anécdota de aquella época. En una ocasión llegamos con Sebastián a la reunión de Jorge Chávez, a la cual le llamaba yo cenáculo teológico. Pero para nuestra sorpresa no lo encontramos a Jorge, sino a un grupo de encopetadas señoras de sociedad que esperaban una congregación devocional. Derrepente empezó Sebastián, que ya era conocido como un caracterizado biblicista anti mariano, con sus descargas teológicas contra la Virgen María –las cuales nunca compartí- que lejos de ser catequéticas, apologéticas o litúrgicas eran palabras recusadoras de su fervor. En sus ojos muy abiertos las damas dejaban ver la escandalosa sorpresa inusitada que tuvieron que afrontar. A las distinguidas señoras jamás las volvimos a ver y Jorge por supuesto nunca más se descuidó y no volvió a mezclar las tropas que al parecer tenía. Después por un largo lapso yo me aparté del grupo, el cual se trasladó a otra casa que Jorge tiene en la calle Ruthé y allí los volví a encontrar. Justamente en este lugar, allá en el 2008, fue cuando me hizo obsequio de sus dos libros. Ya Sebastián me había noticiado de los mismos, él sí había recibido los 4 títulos juntos y dándome a conocer sus puntos de vista en gran parte discrepantes. Personalmente pienso que el influjo de Sebastián sobre Jorge fue indirecto, y su cambio obedeció más bien a una determinación personal de su eje cristológico. Hasta donde llega mi información Sebastián es un neo-adopcionista –Jesús es Hijo de Dios plenamente a partir del Bautismo-, antigua herejía del siglo IV, y nada de esto se deja ver en el libro de Jorge. La cosa es que éramos un grupo cordial en el cual cada uno recogió lo mejor que pudo para seguir su camino por el espíritu.
Pues bien, ahora entremos en materia. Jorge Chávez arremete en su libro contra el culto idolátrico de la Virgen María a lo cual denomina teología del error. Y lo hace al hilo del examen del Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen escrito por San Luis María de Montfort, libro predilecto de Juan Pablo II (p. 97) y al que llama “librito de marras” (p. 109). Además su criba dice hacerla como católico que ama a María (p. 15), pues declara a Cristo y a María como sus dos grandes amores pero se cuida de señalar que eso equivale a amar a Cristo (ibíd.).
Para el autor el error comenzó al prohibirse tener una Biblia, luego se profundizó con el sacerdote, la creación de otros dioses y finalmente con  los santos y beatos. Se reemplazó la naturaleza divina de Dios con la naturaleza espiritual del hombre (pp. 17-23). Acto seguido niega la maternidad divina de María (p. 25) pero no ahonda más en el punto, de lo contrario lo hubiese acercado al adopcionismo herético. Considera erróneo convertirla a María en diosa (pp. 29-30). La confusión de Roma terminó creando una legión de marianos que al adorar a la Virgen usurpan la gloria de Dios (pp. 31-34; 37-39).
Reclamando la exclusividad de la fe en Jesucristo (pp. 41-41) mantiene que los teólogos interpretan indebidamente la palabra de Dios al tomar a María en el lugar de Jesús (pp. 43-46). Lo cual convierte a Cristo en el gran ignorado (p. 49-50). Ante ello, se ve en la necesidad de referirse a las apariciones marianas, sobre lo cual afirma que no provienen de Dios, pues las Sagradas Escrituras prometen dejar al Espíritu Santo y no apariciones de María (pp. 77-81).
Llega entonces a sugerir que los enredos teológicos marianos son ilusión diabólica (pp. 99-100), como decir que el Espíritu Santo no formó a Jesucristo sino ella (p. 105), María distribuye los dones del Espíritu Santo (p. 121), sea el camino, la verdad y la vida (p.123) y someterse a la Virgen es la salvación (p. 129). Y pone alto a su escrito porque no quiere continuar con las aberraciones del Tratado mariolátrico (p. 134).
Ante toda esta exposición de razones se puede reconocer que es difícil no estar de acuerdo con Jorge Chávez en que nada puede disputarle a Dios nuestra adoración. Pero al parecer su celo se extrema tanto que la frontera entre mariología y mariolatría se borra por completo, quedando peligrosamente ambas como sinónimas.
Es cierto que la veneración de María ha demostrado ser históricamente resbaladiza, así existieron algunas sectas heréticas primitivas que consideraban a la Virgen como la Tercera Persona de la Trinidad. Pero también es cierto que ya en el siglo II los cristianos veneraban a la Virgen llamándola Madre de Dios para resaltar la divinidad de Jesús. Durante las controversias del siglo IV respecto a la naturaleza divina y humana de Jesús, las escrituras devocionales y teológicas empezaron a referirse a la Virgen con el título griego de Theotokos (Madre de Dios). El monje sirio Nestorio (fallecido c. 451) negó este uso, insistiendo en que María era madre de Jesús, pero no de Dios. El Concilio de Éfeso (431) condenó sus enseñanzas y afirmó de forma solemne que María era Theotokos, término utilizado tanto por la Iglesia ortodoxa como por la Iglesia católica.
Muy vinculado al de Virgen María, el calificativo de Madre de Dios pone de relieve la concepción virginal de Jesús (Lc. 1,35), reafirmando que su verdadero padre es Dios y no José. Virgen santa, como se la llamó desde los siglos II y III, expresa la creencia de que su íntima unión con Dios a través del Espíritu Santo en la concepción de Jesús (Lc. 1,35), la dejó libre de pecado. Un concilio romano celebrado en 680 se refirió a ella como “siempre virgen santísima e inmaculada”.

En la devoción mariana que se desarrolló en Oriente durante el siglo IV, la Virgen María fue venerada tanto por la concepción como por el nacimiento de Jesús, doctrina que los credos bautismales del siglo IV de Chipre, Siria, Palestina y Armenia (373-374) expresaban con claridad. Desde mediados del siglo VII se utilizó el título de Aieiparthenos (siempre-virgen) para expresar la certidumbre de su virginidad. Los pasajes del Nuevo Testamento que mencionan a los hermanos de Jesús (Mc. 6,3, donde también se citan hermanas; 1 Cor. 9,5 y Gál. 1,19) han sido interpretados como referencias a parientes de Jesús o a hijos de José de un matrimonio anterior, si bien ninguna evidencia textual cimienta estos comentarios.

Una de las principales razones del espectacular crecimiento experimentado por la devoción a la Virgen a finales de la edad media (siglos XIII-XV) se encuentra en la imagen de Cristo que se desarrolla desde comienzos de la época medieval. El arrianismo, doctrina que negaba la divinidad de Jesucristo, ejerció una influencia profunda entre los godos y otros pueblos de Europa central y septentrional hasta que se produjo su conversión al cristianismo, por lo que durante esta época la Iglesia realzó la divinidad de Cristo, que en las pinturas bizantinas aparece como pantokrator (gobernador universal y omnipotente) y en las imágenes occidentales como juez supremo y universal. Defendiendo a la Virgen santa se preservaba también la divinidad de Cristo frente a la herejía arriana

Al asumir Jesucristo este papel, la Virgen María empezó a ser considerada como intercesora. El miedo a la muerte, y al Juicio Final provocado por la epidemia de peste negra del siglo XIV, convirtió a la Virgen en mediadora de la misericordia de Jesucristo y surgieron devociones populares como el rosario, que en un principio consistió en 150 Avemarías (imitando los 150 salmos del Salterio) a las que más tarde se incorporaron 15 Padrenuestros intercalados como penitencia por los pecados diarios; el Ángelus, recitado al amanecer, a mediodía y al atardecer, las invocaciones a la Virgen María en la letanía empleando expresiones bíblicas como Rosa mística, Torre de David y Refugio de los pecadores, oficios con himnos, salmos y oraciones imitando los oficios divinos recitados o cantados por monjes y sacerdotes.

San Agustín establece dos principios opuestos: la teoría del pecado original y la teoría de la Gracia, y no se pronuncia sobre el pecado de María. En la edad media, San Bernardo en el siglo XII reprocha la fiesta de la Virgen, la cual considera que no se sustrajo del pecado original al ser concebida por la concupiscencia. San Anselmo sostuvo que su concepción inmaculada fue por un milagro de Gracia, que le permitió sustraerse de la ley del pecado original. Santo Tomás de Aquino manifestó que María fue purificada desde el seno materno, pero dudó con romper la tesis agustiniana sobre el papel de la concupiscencia en la transmisión del pecado.

Así, los dominicos se opusieron al dogma de Inmaculada Concepción, porque entre otras cosas creían que restaba valor al papel de Cristo como salvador universal, pero los frailes franciscanos, inspirados por el teólogo del siglo XIII Duns Escoto, defendieron y predicaron junto a los jesuitas la doctrina de la Inmaculada Concepción, que afirma que la Virgen María nació sin pecado original. En 1431 el Concilio de Basilea determinó que era dogma católico. En 1477 el Papa Sixto IV estableció en 1477 la festividad de la Inmaculada Concepción el día 8 de diciembre con una misa propia. En 1546 el Concilio de Trento no decide aun nada concluyente sobre María. Los jansenistas defendieron la idea de que la iglesia se negó aceptar la Inmaculada Concepción por 15 siglos. Para Lutero no se trata más que de una creencia piadosa.

Desde el siglo XVI al XX se experimenta la inflación de la teología mariana, olvidando que fue simple mujer dotada de gracia sobrenatural. En 1708 el Papa Clemente XI extendió esta festividad a toda la Iglesia occidental. En 1854 recién se declaró como doctrina obligatoria para todos los católicos en la bula Inefabilis Deus del Papa Pio IX. Doctrina que no fue aceptada por las Iglesias protestante y ortodoxa, ni por los llamados viejos católicos. En 1950 el papa Pío XII decretó la Asunción de la Virgen a los cielos en cuerpo y alma como un dogma de fe para todos los católicos. Y en 1987 el Papa más amenazado de la historia moderna, Juan Pablo II, le dedicó la encíclica Redemptoris Mater. Finalmente en el siglo XX la teología ha distinguido mejor los planos: fue humana dotada de Gracia sobrenatural o madre de Dios en el tiempo, pero no madre de Dios en la eternidad (Véase, Teología y sensatez. Sheed, Editorial Herder, Barcelona 1991). La inmaculada concepción, hiperdulía, ascensión, intercesión y corredención se mantienen porque la relación con el Hijo sigue siendo especial (amó a su madre) y porque su consentimiento (“Hágase en mí según tu Palabra”) sigue representando a toda la raza humana. Y ella nos alienta a no desilusionarnos de nuestra propia naturaleza humana porque ejemplifica el Cuerpo Místico de Cristo mostrándonos que nosotros vivimos porque él vive con nosotros.

Sin embargo, el punto de discrepancia sigue siendo que para los marianistas la Gracia convierte a María en semidiosa, mientras que para los anti marianos la Gracia llega a María desde la Visitación del Arcángel, pero no la hace divina. Para los teólogos católicos la Gracia purifica a María desde el seno materno pero no la convierte en divina.

Existen santuarios y lugares de peregrinación marianos en todo el mundo. En la gruta de Massabielle, Lourdes, una joven campesina francesa Bernadette Soubirous afirmó en 1858 que había tenido una serie de visiones de la Virgen María,  quien  había  dotado  de milagrosos poderes de curación a las aguas del manantial próximo a la gruta de Massabielle, en su localidad natal, Lourdes. La Iglesia católica dio autenticidad a las visiones de la futura santa Bernadette y Lourdes, se convirtió en un lugar de peregrinación y convertida en santuario mariano. En México, la pintura de Nuestra Señora de Guadalupe conmemora la milagrosa aparición de María al indio Juan Diego en 1531 y su templo empezó a construirse en 1695. La Virgen de Guadalupe es patrona de México y fue citada por Pío XII en 1945 como “emperatriz de las Américas”. En el siglo XIX se produjeron varias apariciones de la Virgen y se crearon santuarios en torno a distintas devociones y peregrinajes marianos, tales como Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa en París (1830), Nuestra Señora de Lourdes en Francia (1858), Nuestra Señora de Knock en Irlanda (1879) y Nuestra Señora de Fátima en Portugal (1917).

Habiendo hecho este apretado recorrido doctrinario e histórico se puede decir que Jorge Chávez arremete correctamente contra el culto idolátrico a la Virgen  María, no obstante en ningún lugar menciona que la Iglesia Católica prohíbe dicho culto. Al contrario, hace coro con los protestantes atribuyéndoselo al catolicismo. La verdad es que el protestantismo también se lo achaca a la iglesia ortodoxa.

Ahora bien, la Iglesia católica prohíbe la mariología porque si bien admite hacia la Virgen una gran veneración no aprueba su adoración. Pues las oraciones que le dirigen son peticiones implorando su intercesión cerca de su Divino Hijo para obtener misericordia hacia los pecadores. Ella no hace el milagro ni salva, sino que pide por nosotros ante el Salvador. Y lo pide porque en su calidad de Madre de Dios tiene sublimes prerrogativas y santidad que la ponen por encima de todas las criaturas. Este culto especial que se da a la Virgen por ser superior al de los santos se llama hiperdulía, mientras que la dulía se refiere a la veneración y homenaje a los santos y ángeles, y la latría a la forma suprema de culto que sólo se tributa a Dios. Jorge Chávez al no entrar en estas distinciones toma el culto de María por latría en vez de hiperdulía.

Asimismo, negar la maternidad divina de María es no distinguir el nivel natural y preternatural, de manera que deja en la oscuridad que María es madre de Dios en el tiempo más no en la eternidad. Esto es nestorianismo puro, insistiendo en que María era madre de Jesús, pero no de Dios. En el 431 el Concilio de Éfeso afirmó de forma solemne que María era Theotokos y resolvía de forma definitiva el problema de la naturaleza de Cristo con las categorías ontológicas de naturaleza y persona, sobre todo porque los Concilios de Efeso y Calcedonia no sólo impidieron que las fórmulas patrísticas se congelaran, sino que salieron al frente contra las afirmaciones heréticas del adopcionismo sabelianista, que afirmaba que Cristo sólo era un hombre hasta el bautismo y sólo fue Hijo de Dios por adopción cuando el Espíritu  Santo  descendió sobre él. Ya antes, en el 325, el crucial Concilio de Nicea había rechazado junto al arrianismo -que no admitía la unidad de la substancia y declaraba que sólo el Padre era Dios- el arcaísmo fundamentalista de Eusebio de Cesarea, que se limitaba a restringir la fe cristiana a las fórmulas de la Escritura y sancionó favorablemente el principio de desarrollo de la doctrina. Dicho de otra forma, la tradición escriturística no sólo hay que repetirla sino hay que interpretarla para comprenderla.
Lo que realmente ha habido en la Iglesia católica fue una inflación del culto a María, pero nunca se le proclamó diosa. Lo que el autor llama la confusión de Roma es en realidad confusión suya, porque la teología de María no incide en que ella es diosa, sino que rescata su silencio, disponibilidad, recepción de la Palabra, la Encarnación, su Hijo Salvador, su pureza, humildad, caridad y fe. Por eso que no se trata de tomar a María en vez de a Jesús, como cree Chávez, sino lo que María pide por nosotros es nuestra total asimilación a su Hijo Jesús y no su reemplazo. Que algunos marianos hayan caído en exabruptos mariolátricos no significa que la mariología es mariolatría.
Aquí hay que resaltar que el alma de Cristo, como las nuestras, fue una creación directa e individual de la Santísima Trinidad y su cuerpo fue concebido por una madre humana y por un Padre divino. Cristo tiene sólo una madre. Es un miembro de la raza de Adán por parte de su madre, es un judío por parte de ella, pero no por parte de su padre,  pues  en  el  orden  de la generación humana no tiene padre. Cristo es descendiente de Adán pero no como nosotros. Su cuerpo deriva sólo parcialmente de Adán, en nosotros totalmente. Todos nosotros nos hallamos relacionados con Jesucristo a través de María, somos parientes maternos suyos, somos el pueblo de su madre. Ella no tenía pecados desde el vientre de Ana. Ella sufrió por nosotros como nuestra representante. Ella manifiesta el consentimiento de toda la raza humana. Al morir fue llevada al cielo en cuerpo y alma (Asunción) y en el Juicio será la única persona con cuerpo y alma ante el trono de Dios. Ella representa a la humanidad en un acto corredentor. Cristo es el redentor, ella es la corredentora.
Esto es lo que enseña la doctrina y nada de esto aparece en el libro del autor. Para él esto es teología o, lo que es lo mismo, insensatez de la inteligencia. Pero la teología no es eso sino conocimiento de la realidad de Dios. Ya en nuestro análisis de su primer libro (Véase, Mundo, pecado y salvación, comentario al libro ¿El resbalón de Dios?, Lima IIPCIAL 2010) hemos resaltado que su fuente es exclusivamente escriturística, no tomando en cuenta para nada las fórmulas patrísticas, cartas pastorales ni concilios apostólicos. Esta postura tertulianista y reformista insiste en la condenación de la teología filosófica y en la insistencia de la suficiencia por sí sola de la revelación. Sólo por la fe aprehendemos a Dios. Para no confundirnos hay que precisar que lo que él rechaza es la teología dogmática, entendida como desarrollo conciliar de la doctrina cristiana, pero no puede   escapar   de  la  teología  bíblica,  entendimiento extraído exclusivamente de las escrituras. De cualquier forma, hay que decir a favor de la teología filosófica que no es arbitrariedad de la razón especulativa, sino que asistida por la fe ayuda a comprender que las Escrituras contienen una ontología y una epistemología desde el momento mismo en que desde el Génesis emplea términos como creador y creatura que son categorías ontológicas del ser. Y el Concilio de Nicea al sancionar la consubstancialidad del Padre con el Hijo estableció también  la razón filosófica en el campo de la teología.
Es por ello, que Chávez Feijoó incurre en un magisterio teológico incompleto, porque no estima la fuente patrística y el magisterio eclesiástico, en tertulianismo, que no concede nada a la razón; en nestorianismo que cuestiona que María sea la madre de Dios; y en un extremo anti marianismo, que deja en la oscuridad el papel de la Santísima Virgen María.
Sólo nos resta revisar su sugerencia de que las apariciones marianas sean  producidas por Satán. Lo que aquí llama poderosamente la atención es que no examina si tales apariciones tienen cabida en la historia de la salvación. Así, omite que el Vaticano en pleno auge del ateísmo y la secularización ha reconocido apenas 9 de las 43 apariciones marianas. Tampoco el autor esclarece sobre el contenido de dichas apariciones, apresurando un juicio muy sumario y superficial. La Iglesia reconoce que el demonio puede seducir con subterfugios sobrenaturales, por ello es prudente  para  evitar  el  profetismo  equívoco.  Para  la Iglesia la única verdad es el evangelio y la tradición apostólica. No hay más revelación oficial. Pero las apariciones reconocidas por recordar la misión de Cristo redentor y no oponerse a la fe y a la moral son hechas en función de que la revelación se cerró pero la historia de la salvación continúa. Por eso, escribe el Padre José Gregorio Paris García que los mensajes marianos son reconocidos como signos de Dios expresadas en revelaciones privadas y es la iglesia la que debe discernir por magisterio eclesiástico (El tiempo de los tiempos, mensajes marianos, Ediciones San Pablo, Caracas 1994). No todo es obra del demonio.
Finalmente, Chávez Feijoó no advierte que su parecer no se contrapone a la actual teología católica que admite que María fue humana dotada de Gracia sobrenatural o madre de Dios en el tiempo, pero no madre de Dios en la eternidad. Sin embargo, su punto de discrepancia con la mariolatría sigue siendo válido, más no con una sana mariología. Por eso he intitulado el presente análisis Mariología no es Mariolatría.

El ama indudablemente a Jesús y a María, y está en lo correcto. Donde yerra es en confundir la mariolatría con la mariología, que rechaza que la Gracia convierte a María en semidiosa. Confusión peligrosa porque lo lleva directamente al rechazo de la Inmaculada concepción, la hiperdulía, la ascensión, la intercesión y la corredención. Y asumirla como un simple ser natural sin más trascendencia para el Cuerpo Místico de Cristo.

Todo esto está ligado a su teoría de la Gracia, esto es que la gracia no perfecciona la naturaleza y así la salvación es sólo por gracia. Lo cual revela que en el fondo asume una metafísica dualista, como en los protestantes que inciden en la incompatibilidad entre Dios y el hombre, frente al fondo metafísico monista de los católicos, que admiten que la gracia perfecciona la naturaleza y que la salvación no es por la sola Gracia, sino por el Dios hecho hombre en Jesucristo. Es por ello que María está definitivamente dentro del misterio de Cristo porque en el misterio de la Encarnación se cumple la promesa suprema de Dios de librarnos del pecado original.

El pecado original dañó todo el cosmos en un estado de imperfección pero sería demasiado fuerte decir que Satanás ganó el derecho de tentar a la humanidad por su victoria sobre Adán. Pues Dios no olvida a su criatura predilecta, y envió a su Hijo Unigénito haciéndolo nacer del seno de una Virgen santa para reconciliarnos con él. Pero María no es un mero instrumento de Dios, para él cada ser humano es único e irrepetible, por eso que nos da la oportunidad de una salvación o condenación personal. María es para Dios el santuario del Espíritu Santo, la bienaventurada que reparte su Gracia santificante y la mediadora de Cristo en su Cuerpo Místico. Siendo madre de Dios en el tiempo pero no en la eternidad, sin embargo acude al Señor solicitando clemencia para nosotros. Y Él la escucha porque en el misterio Dios ama a su madre infinitamente.

Quien verdaderamente ama a Cristo ayuda con desinterés y no se aprovecha de la necesidad del prójimo con la excusa de que “negocios son negocios”. Esta doble moral del hombre que se hace una religión de fácil compromiso con el mundo es la única y verdadera teología del error, que además no tiene nada que ver con el sufrimiento, la humildad y la muerte de Cristo que es lo único en que lo podemos imitar. Sólo sin buscar el bienestar y el medro personal, sólo asumiendo una vida de sufrimiento se puede entender que la sublimidad de la Virgen María reside en que sólo en nuestra propia existencia se puede realizar la otra existencia que únicamente importa, la del Dios-Hombre encarnado. María como madre es el emblema de la osadía y el auto-abandono en el amor como dos signos indelebles de una verdadera humanidad dada por Dios.
En realidad, no habrá hombre que deje de conocer a Dios en este o en el otro mundo. Al final todo hombre ha de conocer a Dios en la salvación o en el castigo eterno. Dios está más allá de toda comprensión racional y existencial, por eso tenemos en Jesucristo una revelación de la Verdad Eterna en el tiempo, por el seno de María, paradoja que el pensamiento racional no puede comprender. Por eso atribuirse una familiaridad con Dios es una desvergüenza deplorable. Así, como Dios revela su existencia sólo a quien cree, del mismo modo el misterio de María sólo se hace evidente a través de la fe. María no es diosa ni semidiosa, es humana y aun así hay una diferencia cualitativa entre ella y nosotros.

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