LA GUERRA FRÍA ENTRE NACIONALISTAS Y GLOBALISTAS EN LA ÉLITE MUNDIAL
La política internacional contemporánea se encuentra marcada por una nueva forma de confrontación que no se expresa en términos clásicos de bloques ideológicos, sino en la pugna entre nacionalistas y globalistas dentro de la propia élite plutocrática occidental. Esta disputa, que atraviesa Estados Unidos, Europa y América Latina, se proyecta sobre el resto del mundo y se enfrenta a un bloque multipolar cada vez más cohesionado, encabezado por Rusia, China e Irán.
Este nuevo escenario geopolítico no puede entenderse sin reconocer que la fractura interna de la élite occidental es también una lucha por el control de los recursos, las instituciones y la narrativa global. Los globalistas, apoyados en corporaciones transnacionales y organismos multilaterales, buscan sostener un orden liberal que garantice la interdependencia y la apertura de mercados. Los nacionalistas, en cambio, se apoyan en fortunas industriales y energéticas con fuerte arraigo nacional, defendiendo la soberanía y la negociación bilateral. Esta pugna no es meramente ideológica: es una disputa por quién define las reglas del juego en un mundo que ya no es unipolar.
Al mismo tiempo, el bloque multipolar aprovecha esta división para proyectar cohesión y fuerza. Rusia, China e Irán coordinan ejercicios militares, acuerdos energéticos y financieros, y se presentan como alternativa a la hegemonía occidental. Mientras Occidente se desgasta en su guerra fría interna entre globalistas y nacionalistas, el multipolarismo avanza con una narrativa de unidad y soberanía. Europa y América Latina, atrapadas en medio de esta confrontación, se convierten en escenarios decisivos: allí el triunfo de los nacionalistas debilita aún más la agenda globalista y refuerza la tendencia hacia un orden internacional multipolar.
China y Rusia: globalización con matices propios
China y Rusia no rechazan la globalización, pero la reinterpretan desde su lógica de poder. Moscú la asume de manera selectiva, como un campo de batalla donde puede proyectar influencia energética y militar, defendiendo un modelo soberanista frente a la agenda liberal. Pekín, en cambio, la abraza pragmáticamente como motor de crecimiento, expandiendo su influencia mediante la Nueva Ruta de la Seda y nuevas instituciones financieras, pero sin liberalizar su sistema político. Ambos coinciden en aceptar la interconexión mundial, pero bajo reglas que fortalezcan su soberanía y multipolaridad.
China y Rusia, al reinterpretar la globalización desde sus propios intereses, han abierto espacio para que otros actores como Corea del Norte se inserten en esta dinámica multipolar. Pyongyang, aunque aislado y sancionado por Occidente, encuentra respaldo en Moscú y Pekín, que lo utilizan como pieza estratégica para desafiar la hegemonía estadounidense en Asia. Corea del Norte no busca integrarse en la globalización económica, pero sí aprovecha la cobertura política y militar de Rusia y China para sostener su programa nuclear y proyectar una imagen de resistencia soberana. De este modo, se convierte en un aliado incómodo pero útil dentro del bloque multipolar, reforzando la narrativa de que la globalización puede ser moldeada en función de la soberanía y no de la apertura liberal.
Además, la interacción entre estos tres países muestra que la globalización no es un fenómeno homogéneo, sino un campo de disputa. Mientras China la utiliza para expandir su influencia económica, Rusia para proyectar poder energético y militar, y Corea del Norte para legitimar su resistencia frente a Occidente, todos coinciden en rechazar la idea de un orden mundial unipolar. La presencia de Corea del Norte en este entramado multipolar subraya que incluso los Estados más aislados pueden encontrar un rol estratégico en la redefinición de la globalización, siempre que se alineen con la lógica de soberanía y confrontación al liberalismo occidental.
En el caso de Cuba, el endurecimiento del embargo bajo la administración Trump se tradujo en un bloqueo energético más agresivo, diseñado para cortar el acceso de la isla a combustibles y proveedores internacionales. Esta estrategia buscaba no solo asfixiar económicamente al gobierno cubano, sino también desafiar directamente a Rusia y China, que han intentado sostener a La Habana con envíos de petróleo y cooperación técnica. Aunque Moscú ha reiterado su compromiso de mantener suministros, las restricciones logísticas y financieras han hecho que Cuba enfrente una crisis energética recurrente, obligándola a depender aún más de sus aliados estratégicos y a mostrar la fragilidad de su soberanía frente a la presión nacionalista estadounidense.
En cuanto a Venezuela, el relato del secuestro de Nicolás Maduro se inscribe en la lógica nacionalista de utilizar la fuerza directa para reconfigurar el mapa energético regional. La captura del presidente venezolano es interpretada como un intento de hacerse del control del petróleo del país, debilitando la influencia de Rusia y China, principales socios de Caracas en el ámbito energético y financiero. Este hecho no solo buscaba precipitar un cambio de régimen, sino también enviar un mensaje claro al bloque multipolar: los nacionalistas estadounidenses están dispuestos a desafiar abiertamente su presencia en América Latina. Para Venezuela, este episodio simboliza la vulnerabilidad de su soberanía frente a una estrategia que combina presión militar y objetivos económicos, en un tablero donde el petróleo sigue siendo la pieza central de la disputa global.
Tras la agresión de Estados Unidos contra Venezuela y las amenazas directas de Donald Trump hacia México y Colombia, tanto Rusia como China han manifestado su disposición a respaldar a estos países frente a un eventual ataque. La nueva Estrategia de Defensa Nacional 2026 de Washington prioriza la hegemonía en el hemisferio occidental y ha reactivado la lógica de la Doctrina Monroe, lo que ha generado alarma en la región. En respuesta, Moscú y Pekín han advertido que no permanecerán pasivos ante una intervención militar estadounidense en México o Colombia, y han intensificado sus contactos diplomáticos y acuerdos de cooperación con ambos gobiernos .
Este posicionamiento multipolar convierte a México y Colombia en piezas clave del tablero geopolítico. Para Rusia y China, defenderlos no solo significa proteger aliados estratégicos en América Latina, sino también desafiar directamente la capacidad de Trump de imponer su agenda nacionalista en el “patio trasero” de Estados Unidos. La amenaza de intervención ha llevado a que líderes como Claudia Sheinbaum en México y Gustavo Petro en Colombia refuercen sus vínculos con el bloque multipolar, buscando garantías de seguridad y apoyo económico. Así, la confrontación entre nacionalistas y globalistas en la élite occidental se entrelaza con la resistencia multipolar, mostrando que América Latina se ha convertido en un escenario decisivo de la nueva guerra fría global
El caso de Perú se ha convertido en un punto de tensión dentro del tablero geopolítico latinoamericano. El puerto de Chancay, con fuerte inversión china, es visto por Washington como una amenaza estratégica en el Pacífico, y bajo la lógica nacionalista de Trump se interpreta como un enclave que debe ser neutralizado. Ante esta presión, Lima ha intentado ofrecer alternativas como el desarrollo del puerto de Corío, buscando atraer inversión estadounidense para equilibrar la influencia china. Sin embargo, la política de Trump no se orienta hacia la cooperación económica, sino hacia la imposición militar, lo que deja a Perú en una posición vulnerable frente a posibles medidas coercitivas.
La situación se complica aún más por las divisiones internas en las Fuerzas Armadas peruanas. Históricamente, la Marina de Guerra ha mostrado afinidad hacia Estados Unidos, mientras que el Ejército ha sido más proclive a resistir la injerencia externa. Esta fractura institucional genera incertidumbre sobre la capacidad de respuesta del país ante un escenario de presión militar. A ello se suma la corrupción y las mafias que corroen las entrañas de los institutos armados, debilitando su cohesión y credibilidad. En este contexto, Perú espera su momento de recibir el “garrotazo” de Trump, atrapado entre la necesidad de defender su soberanía y las tensiones internas que limitan su margen de maniobra.
En el caso de Perú, la estrategia de defensa se ha ampliado con convenios tanto con Corea del Sur como con Israel, lo que refleja una apuesta por diversificar socios tecnológicos y militares. Estos acuerdos buscan transferir conocimiento, modernizar la industria nacional y dotar al país de mayor autonomía en la producción y mantenimiento de sistemas de defensa. Corea del Sur aporta experiencia en construcción naval y blindados, mientras que Israel ofrece tecnología avanzada en sistemas de inteligencia, drones y defensa aérea, fortaleciendo así la capacidad peruana de enfrentar escenarios de presión externa.
Al mismo tiempo, Estados Unidos procura insertarse en esta nueva política de soberanía estratégica mediante su participación en proyectos clave como la base naval del Callao y la estación aeroespacial de Talara, además de promover la incorporación de sus F-16 en la Fuerza Aérea del Perú (FAP). Esta dinámica revela un pulso geopolítico: mientras Perú busca consolidar una industria militar soberana con apoyo de Corea del Sur e Israel, Washington intenta mantener influencia directa sobre la infraestructura estratégica del país. El resultado es un equilibrio delicado, donde Lima procura ganar autonomía sin romper con la presencia estadounidense, en un contexto regional marcado por la confrontación entre nacionalistas y globalistas.
Irán e Israel: divergencias entre globalistas y nacionalistas
En Medio Oriente, la división se refleja en la postura hacia Irán e Israel. Los globalistas tienden a alinearse con Tel Aviv, aceptando la narrativa de que Irán es una amenaza existencial. Los nacionalistas, aunque reconocen la alianza con Israel, se muestran más reacios a dejarse presionar por Netanyahu para atacar directamente a Irán, prefiriendo la disuasión y la negociación. Esta diferencia explica las tensiones entre Washington e Israel bajo liderazgos nacionalistas.
La relación entre Irán e Israel se ha convertido en uno de los puntos más sensibles de la confrontación entre globalistas y nacionalistas dentro de la élite occidental. Para los globalistas, Irán representa una amenaza existencial que debe ser contenida mediante sanciones, aislamiento diplomático y, en última instancia, la posibilidad de una intervención militar. Israel, bajo el liderazgo de Netanyahu, ha sido el principal impulsor de esta narrativa, buscando arrastrar a Washington hacia una confrontación directa. Sin embargo, los nacionalistas estadounidenses, aunque mantienen la alianza estratégica con Tel Aviv, se muestran más reacios a comprometer recursos en una guerra abierta contra Irán, prefiriendo la disuasión y la negociación como mecanismos para evitar un conflicto regional de gran escala.
Esta diferencia de enfoque ha generado tensiones palpables entre Washington e Israel. Mientras los globalistas respaldan sin reservas la agenda israelí, los nacionalistas consideran que un ataque directo contra Irán podría desestabilizar aún más Medio Oriente y distraer a Estados Unidos de su competencia estratégica con China. En este contexto, Irán aprovecha la división occidental para reforzar sus vínculos con Rusia y China, consolidando el bloque multipolar y presentándose como un actor capaz de resistir la presión globalista. La pugna entre nacionalistas y globalistas, por tanto, no solo define la política hacia Israel e Irán, sino que también reconfigura el equilibrio de poder en toda la región.
Ucrania: pragmatismo frente a resistencia
La guerra en Ucrania es otro escenario donde se evidencia la fractura. Los globalistas apoyan firmemente a Zelensky para resistir a Rusia y recuperar todo el territorio ocupado, mientras los nacionalistas presionan por una salida negociada, incluso con cesiones territoriales, para evitar un conflicto prolongado que desgaste a Occidente y distraiga de la competencia con China.
Tras el retorno de Trump al poder, el escenario para Ucrania cambió radicalmente. La Casa Blanca dejó de respaldar con firmeza a Zelensky, lo que debilitó la posición de Kiev y la dejó prácticamente sola frente a Rusia. La Unión Europea, a su vez, se encuentra fragmentada y debilitada por el ascenso de gobiernos nacionalistas en varios países, lo que reduce su capacidad de sostener un apoyo militar y financiero prolongado. En este nuevo contexto, Ucrania ha perdido gran parte del respaldo que antes recibía de Occidente, quedando atrapada en una guerra de desgaste con un margen de maniobra cada vez más limitado.
Ante este aislamiento, Zelensky ha recurrido a tácticas más desesperadas, incluyendo acciones que rozan el terrorismo como forma de provocar una confrontación directa entre las grandes potencias. La lógica detrás de estas medidas es clara: sin apoyo sólido de Estados Unidos y con una Europa debilitada, Ucrania necesita generar un escenario de escalada que obligue a Occidente a intervenir de manera más contundente. Estas acciones, sin embargo, han incrementado la percepción de Kiev como un actor imprevisible, lo que complica aún más su relación con los nacionalistas estadounidenses y con sectores europeos que buscan evitar una guerra abierta con Rusia.
El resultado es un panorama en el que Ucrania se encuentra en una posición extremadamente vulnerable. La falta de respaldo globalista, el pragmatismo nacionalista en Washington y la fragmentación europea han dejado a Zelensky con pocas opciones más allá de la provocación. Rusia, por su parte, aprovecha esta coyuntura para consolidar sus avances territoriales y reforzar su narrativa de que Occidente ya no tiene la voluntad ni la capacidad de sostener a Ucrania. Así, la guerra se convierte en un símbolo de la fractura entre globalistas y nacionalistas en la élite mundial, y de cómo esa disputa interna en Occidente repercute directamente en el destino de países atrapados en el tablero geopolítico.
La plutocracia detrás de ambos bloques
Tanto globalistas como nacionalistas están sostenidos por plutocracias rivales. Los globalistas se apoyan en corporaciones transnacionales, fondos de inversión y organismos multilaterales, mientras los nacionalistas se respaldan en fortunas industriales y energéticas con fuerte arraigo nacional. Ambos buscan preservar su poder económico, pero con modelos distintos: integración mundial versus soberanía económica.
Los globalistas se sostienen en una red de corporaciones transnacionales y fondos de inversión que operan a escala planetaria. Entre ellos destaca BlackRock, el mayor gestor de activos del mundo, que se ha convertido en un actor central en la arquitectura financiera global. Su influencia se extiende a gobiernos, bancos centrales y organismos multilaterales, reforzando la lógica de integración mundial y de dependencia de los mercados financieros internacionales. Junto a BlackRock, otras firmas como Vanguard y State Street consolidan un poder económico que respalda la agenda globalista, garantizando que las decisiones políticas se alineen con los intereses de los grandes capitales financieros.
En contraste, los nacionalistas encuentran apoyo en conglomerados energéticos, industriales y agrícolas que defienden la soberanía económica frente a la apertura global. Estos grupos buscan preservar mercados internos y limitar la influencia de instituciones internacionales, apostando por un modelo de desarrollo más cerrado y autosuficiente. En Estados Unidos, fortunas vinculadas al petróleo, al gas y a la industria pesada han sido pilares de esta corriente, mientras que en otras regiones los nacionalistas se apoyan en élites empresariales locales que rechazan la penetración de fondos globalistas como BlackRock. Así, la disputa entre ambos bloques refleja no solo una diferencia ideológica, sino también una pugna entre plutocracias rivales que buscan imponer su modelo de poder económico en el orden mundial.
El retiro de Trump de más de medio centenar de organismos internacionales debe entenderse como una estrategia deliberada para debilitar a los globalistas, quienes presiden y articulan gran parte de esas agendas multilaterales. Al abandonar espacios como la UNESCO, la OMS o tratados de cooperación ambiental y comercial, Washington bajo liderazgo nacionalista buscó reducir la capacidad de influencia de corporaciones transnacionales, fondos de inversión y organismos financieros que sostienen el poder globalista.
Este movimiento no solo significó un repliegue de Estados Unidos hacia una política más soberanista, sino también un golpe directo a la arquitectura institucional que los globalistas utilizan para imponer reglas de integración mundial. En la práctica, el retiro de Trump dejó vacíos de liderazgo en organismos clave, debilitó la coordinación internacional y reforzó la narrativa de que las decisiones estratégicas deben tomarse desde la soberanía nacional y no desde estructuras multilaterales dominadas por plutocracias financieras como BlackRock y otros grandes gestores de capital.
El caso Epstein: vínculos transversales
El escándalo de Jeffrey Epstein reveló conexiones con figuras de alto perfil tanto globalistas como nacionalistas, mostrando que las redes de poder atraviesan ideologías. Aunque aparecer en registros no implica culpabilidad, el caso se convirtió en símbolo de la opacidad de las élites y alimentó la percepción de corrupción compartida.
El caso Epstein se convirtió en un símbolo de cómo las redes de poder atraviesan ideologías y bloques. En sus registros aparecieron nombres de magnates, miembros de la realeza y políticos de alto perfil, lo que alimentó la percepción de que las élites —tanto globalistas como nacionalistas— compartían espacios de opacidad y corrupción. La magnitud del escándalo mostró que las estructuras de poder no se limitan a un solo bloque, sino que se entrelazan en redes transversales que utilizan la influencia y el silencio como mecanismos de protección.
Diversos analistas han señalado que Epstein funcionaba como un mascarón de proa de un entramado mucho más amplio, vinculado a agencias de inteligencia como el Mossad, la CIA, el MI5 y el FBI. Según estas interpretaciones, su red de explotación sexual habría servido como instrumento de chantaje político y financiero, permitiendo a los globalistas mantener bajo control a figuras estratégicas mediante la amenaza de exposición pública. Aunque no todos los nombres vinculados han sido acusados formalmente, la sola aparición en los registros generó sospechas y debilitó la confianza en las élites.
Este entramado refuerza la idea de que la plutocracia globalista no solo se sostiene en corporaciones y fondos de inversión, sino también en mecanismos de presión ilegítimos. El caso Epstein expuso cómo el poder económico y político puede recurrir a redes clandestinas para garantizar obediencia y preservar intereses geopolíticos. Así, más allá de la dimensión judicial, el escándalo se convirtió en un espejo de la fragilidad ética de las élites y en un recordatorio de que la corrupción y el abuso atraviesan fronteras ideológicas y nacionales. Occidente está podrido hasta el tuétano.
Control nuclear: tratados versus soberanía
En materia nuclear, los globalistas defienden tratados multilaterales como el TNP o el JCPOA, mientras los nacionalistas prefieren mantener libertad de acción y usar el arsenal como herramienta de disuasión soberana. Trump abandonó acuerdos como el INF para presionar por la inclusión de China en nuevas negociaciones, reflejando la lógica nacionalista de redefinir el equilibrio estratégico.
El debate nuclear revela una clara asimetría en el tratamiento de los distintos arsenales. Mientras los globalistas insisten en presionar a Irán para que no desarrolle armas atómicas, rara vez se alude al arsenal de Israel, que aunque no declarado oficialmente, es ampliamente reconocido como existente y operativo. De igual modo, los arsenales de Pakistán e India se mantienen fuera del escrutinio constante, pese a que representan riesgos de proliferación y tensiones regionales. Esta selectividad muestra cómo los tratados multilaterales son aplicados de manera desigual, reforzando la percepción de que las reglas globalistas sirven más para contener a ciertos países que para garantizar un equilibrio universal.
En contraste, los nacionalistas prefieren mantener libertad de acción y utilizan el arsenal nuclear como herramienta de disuasión soberana. Bajo esta lógica, se justifica la presión sobre Irán para que avance hacia la obtención de un arma atómica, no como un acto de agresión, sino como un mecanismo de defensa frente a la hegemonía occidental y la amenaza constante de Israel. La narrativa nacionalista sostiene que, si otros países como India, Pakistán e Israel pueden mantener arsenales sin sanciones severas, entonces Irán también debería tener derecho a desarrollar uno para equilibrar el tablero estratégico.
La mención ocasional al arsenal de Corea del Norte refuerza esta dinámica: Pyongyang es presentado como un ejemplo de cómo un país aislado puede garantizar su supervivencia mediante la disuasión nuclear. En este sentido, la presión sobre Irán se convierte en un punto de fricción entre globalistas y nacionalistas: los primeros buscan impedir que se sume al club nuclear, mientras los segundos ven en ello una oportunidad para desafiar la hegemonía occidental y consolidar un orden multipolar donde la soberanía estratégica prevalezca sobre los tratados multilaterales.
Netanyahu contra las cuerdas
Netanyahu enfrenta una crisis interna sin precedentes y creciente aislamiento externo. Su intento de arrastrar a EE. UU. hacia una guerra contra Irán choca con la resistencia de los nacionalistas estadounidenses y con la demostración de fuerza del bloque Rusia–China–Irán mediante ejercicios navales en el Golfo Pérsico. El sionismo de Netanyahu parece llegar a su límite de subsistencia, debilitado por la presión interna y la multipolaridad externa.
El desgaste político de Netanyahu se ha intensificado al punto de que varios países ya han emitido órdenes de captura internacional en su contra, acusándolo de crímenes de guerra y violaciones de derechos humanos en el marco del conflicto palestino. Estas decisiones judiciales, aunque de difícil ejecución, lo han convertido en una figura cada vez más aislada en el escenario internacional, debilitando su capacidad de maniobra y erosionando la legitimidad de su liderazgo dentro y fuera de Israel.
Ante este aislamiento, Netanyahu busca con desesperación arrastrar a Estados Unidos hacia una guerra contra Irán, convencido de que solo una confrontación abierta podría salvarlo políticamente y garantizar su supervivencia en el poder. Sin embargo, la resistencia de los nacionalistas estadounidenses a involucrarse en un conflicto directo, sumada al fortalecimiento del bloque Rusia–China–Irán, ha frustrado sus intentos de escalar la tensión. La multipolaridad emergente lo deja cada vez más sin aliados dispuestos a respaldar su agenda bélica.
La demostración de fuerza de Irán, especialmente con el despliegue de misiles hipersónicos, ha sido un factor decisivo para contener las ambiciones de Netanyahu. Estos sistemas de disuasión han elevado el costo de cualquier ataque y han mostrado que Tel Aviv no puede imponer unilateralmente su voluntad sin enfrentar consecuencias estratégicas graves. Así, Netanyahu se encuentra contra las cuerdas: debilitado por la presión interna, aislado en el plano externo y frenado por la capacidad militar de sus adversarios, su sionismo se enfrenta al límite de subsistencia en un mundo que ya no responde a las reglas de un orden unipolar.
En este escenario, solo la desubicada Gran Bretaña, la Francia de Macron y la Alemania de Mertz se mantienen como apoyos visibles al desvarío de Netanyahu. Estos gobiernos, alineados con la agenda globalista, continúan respaldando a Tel Aviv pese al creciente aislamiento internacional y las órdenes de captura emitidas contra el líder israelí. Su postura refleja más una inercia política y un compromiso con la narrativa tradicional de seguridad occidental que una evaluación realista del nuevo equilibrio multipolar. Al sostener a Netanyahu, Londres, París y Berlín se exponen a quedar marginados junto con él, defendiendo una estrategia que ya no cuenta con legitimidad ni respaldo mayoritario en el sistema internacional.
El lobby sionista: fuerte con globalistas, débil con nacionalistas
El lobby sionista se fortalece bajo gobiernos globalistas, que integran su agenda en la defensa del orden liberal internacional. En cambio, bajo nacionalistas pierde influencia, porque estos priorizan la soberanía y rechazan comprometerse en guerras que no consideran propias.
El lobby sionista atraviesa un momento de fuerte cuestionamiento dentro de los propios Estados Unidos. El genocidio en Gaza ha generado un repudio creciente en amplios sectores de la sociedad, incluyendo movimientos estudiantiles, organizaciones de derechos humanos y parte de la opinión pública que antes permanecía indiferente. Esta presión interna ha debilitado la capacidad del lobby para imponer su agenda sin resistencia, mostrando que su influencia no es absoluta y que puede ser erosionada cuando las acciones de Israel generan rechazo masivo.
Incluso dentro del Congreso y en espacios políticos estadounidenses, se observa un distanciamiento progresivo: algunos legisladores han comenzado a cuestionar abiertamente el apoyo irrestricto a Tel Aviv, reflejando el impacto de las imágenes y testimonios provenientes de Gaza. El lobby, que bajo gobiernos globalistas se fortalecía con facilidad, ahora enfrenta un escenario más adverso, donde la narrativa de seguridad y defensa de Israel choca con la indignación por las violaciones de derechos humanos. Así, el repudio interno en EE. UU. se convierte en un factor que debilita su capacidad de presión y evidencia la fractura entre globalistas y nacionalistas respecto al papel de Israel en la política internacional.
América Latina: soberanía en disputa
En América Latina, los globalistas subordinan la región a organismos internacionales y cadenas globales de valor, mientras los nacionalistas presionan bilateralmente, debilitando aún más la soberanía política y económica. La región se ve atrapada entre dos formas de subordinación, pero con creciente inclinación hacia proyectos soberanistas y multipolares.
En Cuba, la disputa por la soberanía se expresa en la resistencia frente al bloqueo criminal e ilegal energético y financiero impuesto por Estados Unidos. La isla, debilitada por décadas de sanciones, busca sostener su autonomía mediante alianzas con Rusia y China, que le proveen apoyo técnico y energético. Sin embargo, la presión globalista a través de organismos multilaterales y la presión nacionalista mediante sanciones bilaterales mantienen a Cuba atrapada en un escenario de dependencia, donde la multipolaridad aparece como única salida para preservar su soberanía.
En México, la tensión se refleja en la relación con Washington. Los globalistas han subordinado al país a tratados como el T-MEC y a cadenas globales de valor, mientras los nacionalistas estadounidenses presionan bilateralmente para imponer condiciones energéticas y de seguridad. El gobierno mexicano, bajo Claudia Sheinbaum, busca equilibrar estas presiones con una política soberanista que refuerce vínculos con China y Rusia, conscientes de que la defensa de su autonomía es clave para evitar quedar atrapado en la lógica de subordinación.
En Brasil, la disputa se manifiesta en la pugna entre proyectos globalistas que lo integran como proveedor de materias primas y los intentos nacionalistas de Washington de presionar por alineamientos bilaterales. El gobierno brasileño, con Lula da Silva, ha buscado fortalecer el eje multipolar mediante su participación en los BRICS, apostando por una soberanía económica que reduzca la dependencia de organismos internacionales dominados por los globalistas. Esta estrategia coloca a Brasil como un actor central en la construcción de un orden alternativo.
En Argentina, la tensión es aún más evidente. Los globalistas han subordinado al país a la deuda con el FMI y a la dependencia de cadenas financieras internacionales, mientras los nacionalistas estadounidenses presionan por acuerdos bilaterales que condicionan su política energética y militar. El gobierno argentino intenta recuperar soberanía mediante alianzas con China y Rusia, especialmente en infraestructura y energía, aunque enfrenta la resistencia de sectores internos alineados con la agenda globalista. La disputa por la soberanía argentina refleja el dilema regional: atrapada entre dos formas de subordinación, pero con una creciente inclinación hacia proyectos soberanistas y multipolares.
Europa: más afectada bajo los nacionalistas
Europa, bastión del globalismo, se ve más afectada bajo los nacionalistas. Con los globalistas, la UE se integra en un orden regulado, aunque limitado en soberanía. Con los nacionalistas, la fragmentación interna se profundiza, la dependencia militar de EE. UU. aumenta y la capacidad de negociación se reduce. El intento de salvarse con un tratado comercial con India parece llegar demasiado tarde frente al avance del multipolarismo.
En Europa del Este, la presión nacionalista estadounidense ha debilitado la cohesión de la Unión Europea. Países como Polonia y Hungría, que ya mostraban tensiones con Bruselas, han intensificado su distanciamiento, priorizando acuerdos bilaterales con Washington en materia de seguridad. Esto ha fragmentado aún más la política común europea y ha expuesto la dependencia militar de la OTAN, dominada por Estados Unidos, dejando a la UE sin capacidad real de negociación frente al bloque multipolar.
En Europa Occidental, Francia bajo Macron y Alemania bajo Mertz han intentado sostener la agenda globalista, pero bajo el liderazgo nacionalista de Trump se han visto forzados a aumentar su gasto militar y aceptar condiciones más duras en materia energética. La pérdida de autonomía estratégica se refleja en su incapacidad para definir políticas independientes hacia Rusia y China, quedando atrapados en la lógica de subordinación militar. La fragmentación interna de la UE se profundiza, debilitando su papel como actor global.
En el plano económico, el intento de la UE de salvarse mediante un tratado comercial con India llega demasiado tarde frente al avance del multipolarismo. Mientras Bruselas busca diversificar socios para reducir su dependencia de Estados Unidos y China, India se posiciona como un actor autónomo que negocia desde la fuerza de su propio mercado y su alianza con los BRICS. Esto deja a Europa en una posición de debilidad: atrapada entre la presión nacionalista de Washington y la consolidación de un orden multipolar que ya no reconoce a la UE como un interlocutor central.
Soros y la plutocracia globalista
George Soros, símbolo del globalismo, ve debilitada su influencia bajo los nacionalistas, que lo identifican como enemigo y limitan sus proyectos. Bajo los globalistas, sus fundaciones -como Open Society Foundation- y redes se fortalecen, pero el ascenso nacionalista en Europa y América Latina amenaza directamente sus intereses geopolíticos.
El papel de George Soros, quizá el más perverso de todos, dentro de la plutocracia globalista se ha convertido en un símbolo de la agenda mundial que busca debilitar la soberanía de los Estados nacionales. A través de sus fundaciones y redes, ha promovido políticas que subordinan a los países a organismos internacionales y a la lógica de la globalización financiera, erosionando la capacidad de los Estados de decidir de manera autónoma sobre su economía y su política interna. Esta estrategia ha sido interpretada por los nacionalistas como un ataque directo a la soberanía y como un mecanismo para consolidar un orden mundial dominado por corporaciones y fondos de inversión.
Otro aspecto central de su agenda es la transformación de la identidad sexual y cultural, impulsando proyectos como el LGTB que cuestionan los valores tradicionales y las estructuras sociales históricas. Sus fundaciones han financiado movimientos y campañas que promueven cambios radicales en la concepción de género y sexualidad, lo que ha generado resistencia en sectores nacionalistas y conservadores que ven en ello una amenaza a la cohesión social y a la continuidad de las tradiciones culturales. Para los críticos, esta agenda no busca la diversidad, sino la imposición de un modelo cultural homogéneo bajo parámetros globalistas.
Finalmente, la familia como núcleo de la sociedad también ha sido objeto de las iniciativas globalistas vinculadas a Soros. Al promover políticas que relativizan su papel y fomentan modelos alternativos de organización social, sus proyectos han sido percibidos como un intento de debilitar la base de las comunidades nacionales. Los nacionalistas interpretan esta estrategia como parte de un plan más amplio para fragmentar las sociedades y hacerlas más dependientes de estructuras supranacionales. En este sentido, Soros encarna la tensión entre un globalismo que busca imponer su agenda mundial y un nacionalismo que defiende la soberanía, la identidad cultural y la familia como pilares de resistencia.
Escenario final: división occidental y cohesión multipolar
En suma, la élite plutocrática occidental luce dividida entre globalistas y nacionalistas, mientras el bloque multipolar aparece más unido y coordinado. Europa y América Latina avanzan hacia gobiernos nacionalistas que propinan un mayor retroceso a los globalistas. Los nacionalistas reactualizan la Doctrina Monroe para presionar a América Latina, mientras la UE busca salvarse con acuerdos tardíos. El resultado es un mundo en transición hacia la multipolaridad, donde la guerra fría entre nacionalistas y globalistas marca el pulso de la élite mundial.
El desenlace que se perfila es de una intensidad histórica: Occidente se desgarra desde dentro, con sus élites plutocráticas enfrentadas en una guerra fría que paraliza decisiones estratégicas y erosiona su capacidad de liderazgo. Mientras tanto, el bloque multipolar avanza con cohesión, disciplina y claridad de objetivos, consolidando alianzas militares y económicas que dejan a Europa y América Latina en una posición subordinada y debilitada. La fractura occidental no es solo política: es existencial, pues cuestiona la legitimidad misma de su modelo de poder.
La transición hacia la multipolaridad se convierte en un terremoto geopolítico que arrastra viejas certezas y expone la vulnerabilidad de quienes se creían invencibles. Los globalistas, atrapados en su propia red de organismos internacionales, y los nacionalistas, obsesionados con la soberanía, se neutralizan mutuamente, dejando el campo abierto a un nuevo orden. El resultado es un mundo donde las antiguas potencias ya no dictan las reglas, sino que sobreviven en medio de su propia división, mientras el bloque multipolar se erige como el verdadero arquitecto del futuro.