Gustavo Flores Quelopana
Ideas en batalla
FONDO
EDITORIAL
IIPCIAL
Instituto
de Investigación para la Paz Cultura e Integración de América Latina
LIMA-PERU
2026
BIODATA
Gustavo Flores Quelopana (Lima, 1959). Filósofo, poeta y escritor,
peruano de frondosa obra y ágil pluma. Expresidente de la Sociedad Peruana de
Filosofía, presidente tres veces en la Sociedad Internacional Tomás de Aquino
(SITA-Perú). Disertante en universidades de Brasil, Colombia, Panamá, México y
Perú. Sus aportes filosóficos se traducen en varias categorías: lo
“Numinocrático”, aplicado a la filosofía prehistórica; “Mitomorfico” para
entender el filosofar arcaico; “Mitocrático”, para comprender la filosofía
ancestral; lo “Anético”, para categorizar la crisis moral y antropológica de la
posmodernidad; la Justicia como “Copertenencia”; el “Hiperimperialismo”, como
lo característico y esencial de la globalización neoliberal actual; la
“Cibercracia”, régimen político hacia el cual marcha el capitalismo digital; el
“Ciber Deus”, como realidad posible de la Inteligencia Artificial Fuerte, la
“paradoja antrópica”, como categoría clave para entender la destrucción
ecológica por la modernidad objetivante y antimetafísica, el “Neobrutalismo”
como fenómeno espiritual de carácter terminal en toda civilización,
“Ontorrealismo” como propuesta metafísica para recuperar la trascendencia, la
“Cristoradialidad” como teología parea un mundo descreído; y “Universo
Pluritemporal” para explicar en tiempo ontológico en el cosmos.
Título: IDEAS EN BATALLA..
Primera edición en castellano: Lima, enero, 2026
Autor: Gustavo Flores Quelopana
Editor: Gustavo Flores Quelopana
Los Girasoles 148- Salamanca-Ate
Se terminó de imprimir en enero de 2026 en: © Fondo Editorial del
Instituto de Investigación para la Paz, Cultura e Integración de América Latina
(IIPCIAL) / Editado por IIPCIAL-Dirección: Los Girasoles 148 Salamanca, Ate.
Tiraje: 30 ejemplares
HECHO EL DEPÓSITO LEGAL EN LA BIBLIOTECA NACIONAL DEL PERÚ
N° 2026-
Ideas en batalla
Introducción
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E |
sta obra no es una colección de reseñas ni de
artículos, sino un cuaderno de reflexión crítica nacido de un periodo de
lectura intenso y delimitado. El breve lapso del año funciona aquí como
laboratorio: la urgencia del tiempo obliga a ordenar intuiciones, destilar
argumentos y arriesgar hipótesis. No se trata de enumerar títulos, sino de
pensar a fondo lo que una obra hace con quien la lee: qué pregunta despierta,
qué silencios desacomoda y qué verdades provisionales se atreven a formularse.
La
selección fue inevitable y deliberada: busqué combinar profundidad y variedad,
equilibrio y riesgo. La lectura cercana se enlaza con la intertextualidad y el
contexto sociohistórico, de modo que cada obra conserve su singularidad sin
perder el diálogo con su tradición y con el presente. El criterio fue doble:
rigor conceptual —claridad, pertinencia, precisión— y sensibilidad estética
—ritmo, imagen, voz—, porque la crítica que ignora la forma traiciona el
sentido. Las “ideas en batalla” nombran el cruce de convicciones y dudas,
memoria e innovación, mito y razón, ética y política. Aquí se registran esos
choques sin buscar consensos fáciles: se privilegia la pregunta bien planteada
sobre la respuesta rápida, el matiz sobre la consigna. El corpus, heterogéneo
por diseño, reúne géneros y voces diversas, mostrando cómo cada obra dialoga
con su comunidad y sus conflictos. La dimensión afectiva tampoco se oculta:
toda lectura deja huellas que se vuelven parte del argumento, como método de
honestidad.
La intención final es
doble: archivo y brújula. Archivo, para fijar la memoria de un pensamiento en
movimiento; brújula, para orientar futuras lecturas sin clausurar caminos. El
límite temporal no es una carencia, sino una forma de foco: obliga a decidir, a
priorizar, a clarificar. Este libro no promete conclusiones definitivas; ofrece
un mapa provisional y permeable, una invitación a seguir pensando con otros, a
disputar con respeto y a celebrar la complejidad de la literatura y de la
crítica que la acompaña.
Leer es, en efecto, un acto
de expansión interior. Cada libro abre una ventana hacia mundos posibles y, al
hacerlo, multiplica las dimensiones de nuestra vida íntima. La frase de
Nicolás de Avellaneda subraya esa capacidad de la lectura para enriquecer el
espíritu, como lo hace el aroma de una flor al despertar recuerdos y
sensaciones únicas. No se trata de acumular páginas, sino de permitir que cada
encuentro con un texto nos transforme, nos haga más sensibles y más atentos a
la complejidad de la existencia. Sin embargo, la relación con los autores no
siempre es fruto de una elección consciente. A menudo, es la obra la que nos
busca, la que nos interpela en el momento preciso, como si estuviera destinada
a dialogar con nuestras inquietudes o a contradecir nuestras certezas. Esa
experiencia de ser “escogido” por un autor revela la dimensión misteriosa de la
lectura: no es solo un acto voluntario, sino también un acontecimiento que nos
sorprende y nos coloca frente a preguntas que no sabíamos que necesitábamos.
Por ello, la lectura no
debería convertirse en motivo de vanidad. No hay mérito en la cantidad de
libros recorridos ni en la originalidad de las ideas pensadas. La verdadera
riqueza está en las huellas que dejan las palabras en nuestra conciencia, en la
manera en que nos obligan a reconsiderar lo que creíamos seguro. La lectura es
menos un trofeo que una herida fecunda: nos marca, nos incomoda, nos obliga a
crecer. Las preguntas incisivas que surgen de los textos son las que realmente
importan. Ellas son las que nos acompañan más allá de la lectura, las que se
instalan en nuestro espíritu y nos obligan a mirar el mundo con otros ojos.
Cada obra significativa es, en este sentido, un espejo que devuelve una imagen
distinta de nosotros mismos, una invitación a pensar más allá de lo evidente y
a reconocer la fragilidad de nuestras convicciones. Así, leer se convierte en
un ejercicio de humildad y apertura. No es un acto de posesión, sino de
entrega: nos dejamos afectar por las palabras, por las ideas, por las emociones
que otros han plasmado. En esa entrega, la vida interior se expande y se
enriquece, no por lo que creemos haber conquistado, sino por lo que hemos
aprendido a recibir. La lectura, entonces, es un diálogo continuo con lo
desconocido, un viaje que nunca termina y que siempre nos deja con más
preguntas que respuestas.
Por
eso Ideas
en batalla se entiende como la continuidad de un viaje sin término,
donde cada lectura abre nuevas sendas y cada reflexión se convierte en desafío.
Es la voluntad de seguir pensando más allá de lo evidente, de confrontar
certezas y abrazar dudas. Es la afirmación de que el conocimiento nunca se
clausura, sino que se expande en diálogo constante. Y es, finalmente, la
apuesta por la verdad como horizonte que guía, aunque nunca se alcance del
todo.
Filosofía
El callejón sin
salida del salazarismo:
críticas
pendientes a Entre Escila y Caribdis
|
L |
a lectura de Entre Escila y Caribdis
de Augusto Salazar Bondy exige una introducción categórica y contundente porque
se trata de una obra que, aunque emblemática en el pensamiento peruano de los
años setenta, arrastra limitaciones conceptuales y políticas que no pueden ser
ignoradas. Salazar Bondy intentó construir una tercera vía entre capitalismo e
imperialismo por un lado y comunismo por el otro, pero su propuesta quedó
atrapada en el fracaso de los proyectos reformistas civiles y militares y
terminó siendo más un testimonio de las contradicciones de su tiempo que una
salida viable.
El estudio
preliminar de Joel Rojas, al omitir cuestionamientos decisivos —como el
análisis del tercerismo político, el socialismo no marxista, la relación con
Sendero Luminoso, el cuestionamiento de la distinción entre capitalismo
originario e impuesto, la genealogía con Miró Quesada, la irrupción de la Teología
de la liberación y la capitulación teórica de Haya de la Torre— reproduce
ese mismo callejón sin salida y reduce la obra a una repetición de fórmulas sin
espíritu crítico. Por ello, abordar Entre Escila y Caribdis hoy implica
reconocer que su valor no está en ofrecer soluciones vigentes, sino en mostrar
las tensiones irresueltas de un pensamiento que quiso emanciparse de la
dependencia pero que, al no superar sus propias contradicciones, terminó siendo
un paso atrás respecto de la radicalidad mariateguiana y un antecedente del
fracaso reformista que abrió paso a la violencia insurreccional de los años
ochenta.
Entre Escila y
Caribdis de
Augusto Salazar Bondy, con estudio preliminar de Joel Rojas en la edición
conmemorativa de Heraldos Editores de 2025, reproduce la versión original de
1973 y plantea desde el inicio la cuestión del título: la metáfora de Escila y
Caribdis remite a la encrucijada trágica de la mitología griega, y en el caso
de ASB se traduce en la tensión entre capitalismo y comunismo, dos polos
irreconciliables que atrapaban a América Latina en los años setenta y que
convertían la búsqueda de un camino propio en una empresa casi imposible. La
metáfora no es decorativa, sino que condensa la percepción de un destino
marcado por la dependencia y la imposición de modelos externos, donde las
opciones políticas conducían a la subordinación o al autoritarismo. El estudio
preliminar de Joel Rojas, al situar esta edición en clave conmemorativa, pone
mayor énfasis en la exposición de la cultura de la dominación, la antropología
y la política, con el fin de iluminar fenómenos contemporáneos como el neoliberalismo
en el Perú, la masacre en Gaza y otros problemas estructurales que persisten.
Este énfasis es valioso porque conecta la obra con la actualidad, pero al
privilegiar el contexto sociopolítico descuida el análisis crítico del
pensamiento filosófico de Salazar Bondy, lo que convierte la edición en un
comentario más político que filosófico y deja sin explorar las tensiones
conceptuales que animan la obra original.
Uno de los
puntos más polémicos del pensamiento de ASB fue su defensa de un “tercerismo
político”, una vía intermedia entre capitalismo y comunismo vinculada al
proyecto reformista del gobierno de Velasco Alvarado. Como señaló Sobrevilla (Repensando
la tradición nacional, t. II), este
tercerismo nacionalista y reformista acompañó el fracaso de dicho gobierno,
pues no logró consolidar un modelo alternativo ni resolver las contradicciones
internas. Rojas, en su estudio preliminar, no cuestiona este aspecto ni
problematiza el socialismo no marxista de ASB, que buscaba una transformación
social sin asumir plenamente la ortodoxia marxista. Tampoco reflexiona sobre la
relación con Sendero Luminoso, que intentó una revolución desde el campo hacia
la ciudad, mientras que ASB concebía el socialprogresismo como reconocimiento
de que la mayor miseria recaía en el campesinado. Esta omisión es significativa
porque impide comprender cómo las ideas de ASB dialogaron, directa o
indirectamente, con los movimientos radicales que marcaron la historia peruana.
Hay que tener presente que el movimiento Social Progresista se disolvió tras su
fracaso electoral estrepitoso en 1962. Tras lo cual incursiona nuevamente en
política en 1969 tras ser nombrado por el Gobierno Militar del General Velasco
Alvarado como miembro de la Comisión responsable de la Reforma de la Educación.
Otro aspecto
central es la distinción que ASB introduce entre dos formas de capitalismo: el
originario, propio de los países desarrollados, y el impuesto, característico
de los países subdesarrollados. Para él, el capitalismo en América Latina no
surge de un proceso interno de acumulación y transformación social, sino que se
impone desde fuera como un modelo dependiente. Esta diferencia es crucial
porque permite entender la especificidad de la experiencia latinoamericana: no
se trata de una etapa evolutiva natural, sino de una imposición externa que
bloquea el desarrollo autónomo. Al no problematizar esta distinción, Rojas
pierde la oportunidad de mostrar cómo ASB se aparta de las lecturas marxistas
clásicas, que concebían el imperialismo como etapa superior del capitalismo. En
cambio, para ASB el imperialismo no es una fase superior, como lo planteaba
Lenin, sino una imposición externa que perpetúa la dependencia y condena a los
pueblos a la subordinación. Esta concepción lo distancia de la ortodoxia marxista
y lo acerca a una lectura más estructuralista de la realidad latinoamericana,
donde el imperialismo aparece como un obstáculo absoluto para el desarrollo y
como fuerza que impide la maduración de las economías locales.
En este marco,
Rojas parece justificar la propuesta de ASB de la democracia integral como una
alternativa situada entre los extremos del imperialismo y el comunismo. En su
lectura, esta fórmula no se presenta como una simple conciliación, sino como un
intento de construir un camino propio que responda a las condiciones históricas
y sociales del Perú y de América Latina. La democracia integral, en la visión
de ASB, buscaba superar la dependencia externa y la rigidez ideológica,
ofreciendo un horizonte donde la participación política, la justicia social y
la autonomía nacional se articularán en un proyecto de transformación. Al
enfatizar esta solución, Rojas sugiere que la propuesta de ASB sigue siendo
vigente como respuesta a los dilemas de sociedades atrapadas entre la
imposición de modelos foráneos y la tentación de dogmatismos, aunque al hacerlo
deja en segundo plano la crítica más profunda a las limitaciones conceptuales y
políticas de esa vía intermedia.
No hay que
olvidar que, en 1961, en el libro Las estructuras sociales de Francisco
Miró Quesada Cantuarias, se planteó una reflexión decisiva en un momento de
agitación ideológica marcado por la Guerra Fría y por el incipiente reformismo
del primer gobierno de Fernando Belaúnde Terry. Miró Quesada buscaba pensar la
organización social sin caer en los extremos del totalitarismo comunista ni en
el inmovilismo del liberalismo imperialista, proponiendo una alternativa que se
situara en el terreno de la reforma civil. Su apuesta fue por un socialismo
humanista, concebido como una tercera vía capaz de transformar las estructuras
sociales desde la libertad del individuo y con la educación como motor
fundamental de cambio. Esta propuesta no pretendía abolir la tradición liberal
ni abrazar el dogmatismo marxista, sino articular un proyecto que reconociera
la dignidad humana como núcleo de la vida social y política. En ese sentido, la
postura de Miró Quesada parece anticipar la de Augusto Salazar Bondy, quien
años más tarde insistiría en la necesidad de una vía intermedia entre
capitalismo e imperialismo por un lado y comunismo por el otro. Ambos comparten
la convicción de que la modernización de las sociedades latinoamericanas debía
pasar por una reforma profunda de las estructuras, pero sin sacrificar la
libertad ni la autonomía cultural. La coincidencia no es casual: tanto Miró
Quesada como Salazar Bondy provienen de una extracción burguesa que les
permitió acceder a la tradición filosófica occidental y, al mismo tiempo,
observar críticamente las limitaciones de los modelos importados. Esa posición
social les dio la posibilidad de articular propuestas que buscaban conciliar la
herencia ilustrada con las urgencias de la realidad peruana y latinoamericana.
Así, la democracia integral de ASB puede leerse como heredera del socialismo
humanista de Miró Quesada, ambos proyectos unidos por la intención de ofrecer
una salida propia a las tensiones de su tiempo. La genealogía entre ambos
pensadores muestra que la búsqueda de una tercera vía no fue un gesto aislado,
sino parte de un esfuerzo intelectual más amplio por pensar la modernidad desde
América Latina y por imaginar alternativas que escaparan a la lógica binaria de
la Guerra Fría.
Tampoco hay que
obviar, como lo hace Rojas, que en 1971 aparece Teología de la liberación
del padre Gustavo Gutiérrez, obra fundacional que marcó un giro decisivo en el
pensamiento latinoamericano. En ella se propone un cristianismo revolucionario,
comprometido con la lucha de clases y con la opción preferencial por los
pobres, lo que encendió de inmediato las alarmas del imperio estadounidense y
de la jerarquía eclesiástica más conservadora. La propuesta de Gutiérrez no se
limitaba a una reforma espiritual, sino que planteaba una praxis política y
social en la que la fe se vinculaba directamente con la transformación de las
estructuras de opresión. Este cristianismo liberador se convirtió en un
referente para movimientos sociales y comunidades de base en toda América
Latina, y su aparición coincide con el mismo clima intelectual en el que
Salazar Bondy buscaba una tercera vía entre capitalismo y comunismo. La
coincidencia temporal no es menor: mientras ASB elaboraba la noción de
democracia integral como salida propia, Gutiérrez ofrecía una teología que
legitimaba la resistencia y la emancipación desde la fe. Ambos proyectos,
aunque distintos en su fundamento, compartían la convicción de que la realidad
latinoamericana exigía respuestas originales y comprometidas, capaces de
enfrentar tanto la dependencia imperial como los dogmatismos ideológicos. La
omisión de este contexto por parte de Rojas debilita su estudio preliminar,
pues deja de lado un diálogo fundamental entre filosofía y teología, entre
pensamiento crítico y praxis religiosa, que enriqueció el horizonte de las
ideas en el Perú de los años setenta. Incorporar la Teología de la
liberación en la lectura de Entre Escila y Caribdis permitiría
comprender mejor cómo las propuestas de transformación social se articularon en
distintos frentes, y cómo la búsqueda de una tercera vía fue también un
fenómeno cultural y espiritual que trascendió la política estricta.
En síntesis, la
edición conmemorativa de Entre Escila y Caribdis ofrece un valioso
puente entre la obra de ASB y los problemas contemporáneos, pero al descuidar
el análisis filosófico deja sin explorar las tensiones conceptuales que hacen
de su pensamiento una pieza clave en la historia intelectual latinoamericana. La
metáfora del título, el tercerismo político, la distinción entre tipos de
capitalismo, la concepción del imperialismo como imposición externa, la
genealogía con el socialismo humanista de Miró Quesada y la coincidencia con la
Teología de la liberación de Gustavo Gutiérrez constituyen un
entramado indispensable para comprender la originalidad y las limitaciones de
su propuesta, así como la vigencia de su intento por pensar una tercera vía
latinoamericana en medio de las tensiones de la Guerra Fría y de los dilemas
estructurales que aún persisten.
Los silencios y
omisiones en el estudio preliminar de Joel Rojas resultan preocupantes porque
restringen la comprensión integral de Entre Escila y Caribdis de
Augusto Salazar Bondy y debilitan su evaluación crítica. No se cuestiona el
tercerismo político de ASB, señalado por Sobrevilla como vinculado al fracaso
del gobierno de Velasco Alvarado, ni se problematiza su socialismo no marxista,
que buscaba una vía propia pero que requería un análisis más profundo de sus
límites conceptuales y políticos. Se omite además la relación con Sendero
Luminoso, que intentó una revolución del campo a la ciudad, mientras ASB
reconocía la centralidad del campesinado en la opresión, y se deja de lado la
distinción entre capitalismo originario e impuesto, fundamental para entender
la especificidad latinoamericana y la crítica de ASB al imperialismo.
Igualmente, se descuida la genealogía con Francisco Miró Quesada Cantuarias,
quien en Las estructuras sociales de 1961 anticipó un
socialismo humanista como tercera vía, unido a ASB por su extracción burguesa y
su búsqueda de alternativas al binarismo de la Guerra Fría. Otro silencio es la
omisión de la Teología de la liberación de Gustavo Gutiérrez
en 1971, que planteó un cristianismo revolucionario y partidario de la lucha de
clases, encendiendo las alarmas del imperio estadounidense y ofreciendo un
horizonte paralelo de resistencia y emancipación. Finalmente, Rojas tampoco
recuerda que en Espacio y tiempo histórico de Víctor Raúl Haya
de la Torre, publicado en 1948 ya en su etapa de capitulación reaccionaria, se
expuso la falaz teoría del imperialismo como fase superior del capitalismo, que
debía aceptarse por ser necesaria para el desarrollo de América Latina, lo que
contrasta con la visión de ASB que lo concebía como imposición externa y
obstáculo absoluto para el desarrollo autónomo. En conjunto, estas ausencias y
la falta de crítica limitan la importancia, comprensión y evaluación integral
de Entre Escila y Caribdis, pues dejan sin explorar las tensiones
conceptuales, las genealogías intelectuales y los diálogos con otras corrientes
que hacen de la obra de Salazar Bondy una pieza clave en la historia del
pensamiento latinoamericano.
Además, no hay
que olvidar, como lo hace Rojas, que el fracaso de la vía reformista civil y
militar sustentada en la ideología del socialismo humanista no puede desligarse
de la violencia insurreccional que estalló en los años ochenta con Sendero
Luminoso. La apuesta por una tercera vía, que buscaba transformar las
estructuras sociales desde la libertad del individuo y la educación como motor
de cambio, terminó mostrando sus límites al no lograr consolidar un proyecto
viable ni resolver las contradicciones internas del país. Ese vacío político e
ideológico, sumado a la frustración de las expectativas de reforma, abrió el
terreno para que la insurgencia senderista se presentara como alternativa
radical, trasladando la lucha al campo y luego a la ciudad. En este sentido, la
genealogía de la violencia no puede comprenderse sin reconocer que el fracaso
del socialismo humanista reformista, tanto en su versión civil como militar,
fue un antecedente directo de la insurrección armada que marcaría de manera
trágica la historia peruana en las décadas siguientes.
Los silencios y
omisiones en el estudio preliminar de Joel Rojas resultan preocupantes porque
restringen la comprensión integral de Entre Escila y Caribdis de
Augusto Salazar Bondy y debilitan su evaluación crítica. No se cuestiona el
tercerismo político de ASB, señalado por Sobrevilla como vinculado al fracaso
del gobierno de Velasco Alvarado, ni se problematiza su socialismo no marxista,
que buscaba una vía propia pero que requería un análisis más profundo de sus
límites conceptuales y políticos. Se omite además la relación con Sendero
Luminoso, que intentó una revolución del campo a la ciudad, mientras ASB
reconocía la centralidad del campesinado en la opresión, y tampoco se cuestiona
la distinción entre capitalismo originario e impuesto, fundamental para
entender la especificidad latinoamericana y la crítica de ASB al imperialismo.
Igualmente, se descuida la genealogía con Francisco Miró Quesada Cantuarias,
quien en Las estructuras sociales de 1961 anticipó un
socialismo humanista como tercera vía, unido a ASB por su extracción burguesa y
su búsqueda de alternativas al binarismo de la Guerra Fría.
Otro silencio
es la omisión de la Teología de la liberación de Gustavo
Gutiérrez en 1971, que planteó un cristianismo revolucionario y partidario de
la lucha de clases, encendiendo las alarmas del imperio estadounidense y
ofreciendo un horizonte paralelo de resistencia y emancipación. Finalmente,
Rojas tampoco recuerda que en Espacio y tiempo histórico de
Víctor Raúl Haya de la Torre, publicado en 1948 ya en su etapa de capitulación
reaccionaria, se expuso la falaz teoría del imperialismo como fase superior del
capitalismo, que debía aceptarse por ser necesaria para el desarrollo de
América Latina, lo que contrasta con la visión de ASB que lo concebía como
imposición externa y obstáculo absoluto para el desarrollo autónomo. A todo
ello se suma el olvido de que el fracaso de la vía reformista civil y militar
sustentada en el socialismo humanista no puede desligarse de la violencia
insurreccional que estalló en los años ochenta con Sendero Luminoso. En
conjunto, estas omisiones y silencios convierten el estudio preliminar de Rojas
en un texto que simplifica y empobrece la riqueza conceptual de Salazar Bondy,
impidiendo una evaluación integral de su propuesta y reduciendo su vigencia en
el debate intelectual latinoamericano.
La teoría de
Augusto Salazar Bondy sobre el imperialismo conducía a una conclusión muy
distinta de la que sostenían las lecturas marxistas clásicas. Para él, el
imperialismo no era una fase superior del capitalismo, como lo planteaba Lenin,
sino una imposición externa que bloqueaba el desarrollo autónomo de los países
latinoamericanos. Esta concepción implicaba que la dependencia no era un
estadio evolutivo inevitable, sino un mecanismo de dominación que mantenía a
las naciones subdesarrolladas en una condición de atraso permanente. Al
entenderlo como imposición, Salazar Bondy sostenía que las economías
latinoamericanas no podían reproducir el camino de los países desarrollados,
porque estaban sujetas a una lógica externa que impedía la maduración de sus propias
fuerzas productivas.
De allí se
derivaba la necesidad de una vía propia, distinta tanto del capitalismo
impuesto como del comunismo dogmático, lo que lo llevó a formular la propuesta
de la democracia integral y del socialprogresismo como alternativas. Su
distinción entre capitalismo originario, nacido en los países desarrollados, e
impuesto, característico de los países subdesarrollados, reforzaba la idea de
que América Latina no podía aspirar a alcanzar el modelo europeo o
norteamericano, porque su capitalismo era dependiente desde el inicio. Esta
visión lo colocaba en abierta oposición a la teoría de Víctor Raúl Haya de la
Torre en Espacio y tiempo histórico de 1948, donde se afirmaba
que el imperialismo debía aceptarse como fase necesaria para el desarrollo de
América Latina. Para Salazar Bondy, por el contrario, el imperialismo era un
obstáculo absoluto, una fuerza que anulaba cualquier posibilidad de desarrollo
autónomo bajo el capitalismo y que condenaba a los pueblos a la subordinación.
En suma, su teoría sobre el imperialismo conducía a la idea de que América
Latina estaba atrapada en una dominación externa que hacía imposible el
progreso dentro de los marcos del capitalismo, y que por ello era indispensable
construir una alternativa propia capaz de romper con esa dependencia
estructural.
La teoría de
Augusto Salazar Bondy sobre el imperialismo, aunque sugerente en su intento de
diferenciarse de la ortodoxia marxista, revela ser conceptualmente frágil y
políticamente peligrosa. Al concebir el imperialismo no como una fase superior
del capitalismo, sino como una imposición externa que bloquea el desarrollo de
los países subdesarrollados, Salazar Bondy reduce un fenómeno complejo a una
relación casi mecánica de dependencia, lo que termina por simplificar en exceso
la dinámica histórica y económica. Su planteamiento convierte al imperialismo
en una fuerza externa absoluta, un obstáculo monolítico que impide cualquier
posibilidad de desarrollo autónomo, pero al hacerlo borra las contradicciones
internas de las sociedades latinoamericanas y las luchas de clase que se dan
dentro de ellas.
La crítica más
filosa a esta teoría es que, al negar el carácter estructural del imperialismo
como etapa del capitalismo, Salazar Bondy lo transforma en un mero accidente
histórico, en una imposición externa que podría ser removida con voluntad
política o con una “tercera vía” reformista. Esta visión lo lleva a subestimar
la lógica expansiva del capital y a sobrevalorar la capacidad de los países
subdesarrollados de encontrar un camino propio sin romper radicalmente con el
sistema mundial. En otras palabras, su teoría termina siendo una coartada para
justificar proyectos reformistas como el velasquismo o el socialprogresismo,
que en la práctica demostraron su incapacidad para superar la dependencia y
que, al fracasar, dejaron el terreno abonado para la violencia insurreccional
de los años ochenta.
Además, al
contraponerse a la lectura de Lenin y al rechazar la idea de que el
imperialismo es una fase superior del capitalismo, Salazar Bondy se coloca en
una posición que puede ser vista como ingenua o incluso funcional a la
dominación. Mientras Haya de la Torre en Espacio y tiempo histórico de
1948 aceptaba el imperialismo como etapa necesaria para el desarrollo de
América Latina, Salazar Bondy lo condenaba como imposición externa, pero sin
ofrecer una alternativa revolucionaria clara. Su propuesta de democracia
integral y socialprogresismo quedaba atrapada en un terreno intermedio, incapaz
de enfrentar la lógica global del capital y demasiado débil para generar una
ruptura efectiva.
Cuadro de omisiones y silencios del estudio preliminar de Joel Rojas
|
Omisión / Silencio |
Contenido omitido o no
cuestionado |
Relevancia para
comprender a ASB |
|
Tercerismo político |
No se cuestiona la vía
intermedia de ASB vinculada al fracaso del gobierno de Velasco Alvarado |
Permite entender los
límites de su propuesta política y su relación con el fracaso reformista |
|
Socialismo no marxista |
No se problematiza la
opción de ASB por un socialismo no marxista |
Impide evaluar la
coherencia y las tensiones conceptuales de su proyecto |
|
Relación con Sendero
Luminoso |
No se analiza cómo la
insurrección del campo a la ciudad dialoga con el socialprogresismo de ASB |
Oculta la conexión entre
el fracaso reformista y la violencia insurreccional de los años 80 |
|
Distinción capitalismo
originario / impuesto |
No se cuestiona esta
distinción central en ASB |
Limita la comprensión de
su crítica al imperialismo y de la especificidad latinoamericana |
|
Genealogía con Francisco
Miró Quesada |
Se omite la referencia
a Las estructuras sociales (1961) y al socialismo humanista |
Pierde la oportunidad de
mostrar antecedentes directos y la continuidad intelectual con ASB |
|
Teología de la liberación |
No se menciona la obra de
Gustavo Gutiérrez (1971) y su cristianismo revolucionario |
Ignora un contexto
decisivo de lucha de clases y resistencia cultural en el Perú y América
Latina |
|
Haya de la Torre |
Se omite Espacio
y tiempo histórico (1948) y su teoría falaz del imperialismo como
fase superior |
No se contrasta la visión
de Haya con la de ASB, que concebía el imperialismo como imposición externa |
|
Fracaso de la vía
reformista |
No se vincula el
fracaso civil y militar del socialismo humanista con la violencia posterior |
Impide comprender
cómo la frustración reformista abrió paso a la insurgencia senderista |
Este cuadro
muestra que el estudio preliminar de Rojas no solo omite referencias históricas
y conceptuales decisivas, sino que también evita cuestionar las tensiones
internas del pensamiento de Salazar Bondy, lo que lo convierte en un texto
simplificador que estropea la cabal comprensión de Entre Escila y Caribdis.
En definitiva,
la teoría de Salazar Bondy sobre el imperialismo conduce a un callejón sin
salida: al negar su carácter estructural, lo convierte en un enemigo externo
abstracto, y al proponer una salida reformista, termina por reproducir las
condiciones de dependencia que pretendía superar. Su crítica, aunque aguda en
la denuncia, se vuelve blanda en la solución, y su insistencia en una vía
intermedia revela más las limitaciones de su horizonte político que la
originalidad de su pensamiento. Lo filoso de la crítica es reconocer que su
teoría, lejos de abrir un camino emancipador, terminó siendo un marco
conceptual que justificó proyectos reformistas fallidos y que no supo prever
que el vacío dejado por ellos sería ocupado por la violencia insurreccional y el
radicalismo armado.
La teoría de
Augusto Salazar Bondy sobre el imperialismo, al concebirlo como una imposición
externa y no como una fase superior del capitalismo, no representa un paso
adelante respecto de José Carlos Mariátegui, sino más bien un retroceso.
Mariátegui había comprendido con lucidez que el imperialismo era la expresión
histórica de la expansión del capital en su etapa monopolista, y que por tanto
no podía ser reducido a un mero accidente externo, sino que debía ser
enfrentado desde la raíz, con una transformación revolucionaria de las
estructuras sociales. En cambio, Salazar Bondy, al desligar el imperialismo de
la lógica interna del capitalismo, lo convierte en un obstáculo externo
abstracto, lo que conduce a una visión simplificada que subestima las contradicciones
de clase y las dinámicas internas de las sociedades latinoamericanas.
Mientras
Mariátegui articulaba una propuesta socialista de carácter revolucionario,
capaz de reconocer la centralidad del campesinado y de la lucha de clases en la
construcción de un proyecto emancipador, Salazar Bondy se refugia en la idea de
una democracia integral y de un socialprogresismo reformista, que en la
práctica se mostró incapaz de romper con la dependencia y terminó siendo
funcional a proyectos como el velasquismo, cuyo fracaso abrió el camino a la
violencia insurreccional de los años ochenta. Mariátegui había advertido que
sin una ruptura radical con el capitalismo y el imperialismo no era posible
construir una sociedad nueva; Salazar Bondy, en cambio, al concebir el
imperialismo como imposición externa y al proponer una vía intermedia, diluye
la radicalidad de la crítica y ofrece una salida que se revela insuficiente.
Por eso, su
teoría no constituye un avance respecto del pensamiento mariateguiano, sino un
paso atrás: en lugar de profundizar la crítica al capitalismo y al
imperialismo, la debilita; en lugar de plantear una alternativa revolucionaria,
se queda en el terreno ambiguo de la reforma; en lugar de reconocer la
historicidad del imperialismo como fase del capital, lo reduce a una fuerza
externa que podría ser neutralizada con voluntad política. La consecuencia es
que su propuesta pierde fuerza transformadora y se convierte en un marco
conceptual que, lejos de abrir un horizonte emancipador, terminó justificando
proyectos reformistas fallidos y dejando sin respuesta el problema central de
la dependencia estructural.
Las
limitaciones críticas del estudio preliminar de Joel Rojas reproducen el mismo
callejón sin salida en el que hasta ahora se encuentra el salazarismo, un
callejón marcado por la repetición de la letra de Augusto Salazar Bondy sin
lograr superar su espíritu. Al no cuestionar el tercerismo político, al no
problematizar el socialismo no marxista, al omitir la relación con Sendero
Luminoso, al evitar el cuestionamiento de la distinción entre capitalismo
originario e impuesto, al dejar de lado la genealogía con Francisco Miró
Quesada, al silenciar la irrupción de la Teología de la liberación de
Gustavo Gutiérrez y al ignorar la capitulación teórica de Haya de la Torre en
1948, Rojas termina por ofrecer una lectura que se limita a reproducir los
marcos conceptuales de ASB sin someterlos a una crítica que permita
trascenderlos.
El resultado es
que el salazarismo contemporáneo, en lugar de renovarse, permanece atrapado en
la repetición de fórmulas que ya demostraron sus límites históricos. Se insiste
en la democracia integral y en el socialprogresismo como salidas posibles, pero
sin reconocer que esas propuestas fracasaron en la práctica y que su fracaso
abrió el camino a la violencia insurreccional de los años ochenta. De este
modo, el salazarismo se convierte en una tradición que conserva la letra de ASB
—sus conceptos, sus distinciones, sus metáforas— pero que no logra superar su
espíritu, es decir, la necesidad de pensar críticamente las condiciones
históricas y de articular una propuesta capaz de enfrentar la lógica global del
capital y la persistencia de la dependencia.
En suma, las
limitaciones críticas de Rojas no solo empobrecen la comprensión de Entre
Escila y Caribdis, sino que perpetúan el estancamiento del salazarismo, que
se repite a sí mismo sin abrir nuevos caminos y que, al no superar su propio
espíritu, se mantiene en el mismo callejón sin salida que Salazar Bondy
intentó, sin éxito, trascender.
Las críticas
pendientes a Entre Escila y Caribdis de Augusto Salazar Bondy son varias
y de gran calado, pues aún no se ha realizado un examen exhaustivo que permita
comprender tanto la riqueza como las limitaciones de su propuesta. En primer
lugar, sigue pendiente una crítica profunda a su tercerismo político, esa vía
intermedia entre capitalismo e imperialismo por un lado y comunismo por el
otro, que se vinculó al fracaso del gobierno de Velasco Alvarado y que nunca
logró consolidar un modelo alternativo viable. También falta problematizar su
opción por un socialismo no marxista, que buscaba una transformación social sin
asumir plenamente la ortodoxia marxista, pero que terminó siendo
conceptualmente débil y políticamente insuficiente. Otro aspecto que requiere
crítica es la relación con Sendero Luminoso, pues mientras ASB reconocía la
centralidad del campesinado en la opresión, la insurgencia senderista intentó
una revolución desde el campo hacia la ciudad, y la ausencia de un análisis de
esa conexión impide entender cómo el fracaso de la vía reformista abrió paso a
la violencia insurreccional de los años ochenta.
Asimismo, está
pendiente el cuestionamiento de la distinción entre capitalismo originario e
impuesto, que, si bien es una de las aportaciones más originales de ASB,
necesita ser revisada para evitar caer en una simplificación que reduce el
imperialismo a mera imposición externa y que borra las contradicciones internas
de las sociedades latinoamericanas. También falta una crítica que explore la
genealogía con Francisco Miró Quesada Cantuarias, cuyo socialismo humanista en Las
estructuras sociales de 1961 anticipaba la búsqueda de una tercera vía, y
que muestra cómo ASB no fue un pensador aislado sino parte de una corriente
reformista más amplia. Igualmente, se requiere incorporar la Teología de la
liberación de Gustavo Gutiérrez, publicada en 1971, que planteó un
cristianismo revolucionario y partidario de la lucha de clases, ofreciendo un
horizonte paralelo de resistencia y emancipación que dialogaba con las
preocupaciones de ASB. Finalmente, es indispensable confrontar la teoría de
Víctor Raúl Haya de la Torre en Espacio y tiempo histórico de 1948,
donde se defendía la aceptación del imperialismo como fase superior del
capitalismo necesaria para el desarrollo de América Latina, frente a la visión
de ASB que lo concebía como imposición externa y obstáculo absoluto.
Cuadro de
críticas pendientes a Entre Escila y Caribdis
|
Crítica pendiente |
Aspecto omitido o no cuestionado |
Consecuencia para la
comprensión de ASB |
|
Tercerismo político |
No se cuestiona la vía
intermedia de ASB vinculada al fracaso del gobierno de Velasco Alvarado |
Se pierde de vista que su
propuesta quedó atrapada en un modelo reformista fallido |
|
Socialismo no marxista |
No se problematiza la
opción de ASB por un socialismo no marxista |
Se limita el análisis de
sus tensiones conceptuales y de su insuficiencia política |
|
Relación con Sendero
Luminoso |
No se examina cómo la
insurgencia del campo a la ciudad dialoga con el socialprogresismo de ASB |
Se oculta la conexión
entre el fracaso reformista y la violencia insurreccional de los años 80 |
|
Distinción capitalismo
originario / impuesto |
No se cuestiona esta
distinción central en ASB |
Se simplifica el
imperialismo como mera imposición externa y se borran las contradicciones
internas |
|
Genealogía con Francisco
Miró Quesada |
Se omite la referencia
a Las estructuras sociales (1961) y al socialismo humanista |
Se pierde la oportunidad
de mostrar antecedentes directos y continuidad intelectual |
|
Teología de la liberación |
No se menciona la obra de
Gustavo Gutiérrez (1971) |
Se ignora un contexto
decisivo de lucha de clases y resistencia cultural en el Perú y América
Latina |
|
Haya de la Torre |
Se omite Espacio
y tiempo histórico (1948) y su teoría del imperialismo como fase
superior |
No se contrasta con la
visión de ASB que lo concebía como imposición externa y obstáculo absoluto |
|
Fracaso de la vía
reformista |
No se vincula el fracaso
civil y militar del socialismo humanista con la violencia posterior |
Se impide comprender cómo
la frustración reformista abrió paso a la insurgencia senderista |
Este cuadro
sintetiza las críticas pendientes y muestra cómo cada omisión o falta de
cuestionamiento limita la evaluación integral de Entre Escila y Caribdis,
dejando al salazarismo atrapado en la repetición de su letra sin superar su
espíritu.
Todas estas
críticas pendientes muestran que la obra de Salazar Bondy no puede ser
entendida únicamente como un intento de construir una tercera vía, sino como un
proyecto lleno de tensiones, contradicciones y limitaciones que deben ser
examinadas con rigor. Solo así se podrá superar la repetición de su letra y
avanzar hacia una comprensión más profunda de su espíritu, evitando que el
salazarismo permanezca atrapado en el mismo callejón sin salida que él intentó
trascender.
La conclusión
categórica y contundente que se impone es que, Entre Escila y Caribdis de
Augusto Salazar Bondy, pese a su valor histórico como intento de pensar una
tercera vía en medio de la Guerra Fría, queda atrapado en un marco conceptual
que no logra superar las contradicciones de la dependencia latinoamericana y
que, al ser leído hoy sin la crítica necesaria, se convierte en un callejón sin
salida. Es cierto que después de la publicación de Entre Escila y Caribdis
de 1969 se publica Para una filosofía del valor en 1971 y póstumamente Bartolomé
o de la dominación en 1974. ASB fallecía en febrero de ese mismo año.
Sobrevilla llama a su tercera y última etapa “etapa desarrollista”. La pregunta
que aquí se impone es si la postura reformista y tercerista de ASB se mantuvo
hasta el final de sus días. Hay quienes han querido ver en el quinto y último
diálogo de su última obra, donde Hatuey exige una revolución total contra las
estructuras económicas y sociales de la dominación y en su despedida: “El
presente es de lucha el futuro es nuestro. ¡Venceremos!”, como una opción por
la lucha armada y una decepción ante el reformismo infecundo del gobierno
militar del General Velasco. Esto nunca lo sabremos con certeza y seguridad, la
muerte se lo llevó sin que ASB llegara a abrir una cuarta etapa. Y sobre una
base tan débil resulta controvertible y muy difícil sostener que haya dejado
atrás la vía reformista para optar por la vía violenta.
Las omisiones
del estudio preliminar de Joel Rojas —al no cuestionar el tercerismo político,
al no problematizar el socialismo no marxista, al ignorar la relación con
Sendero Luminoso, al evitar el cuestionamiento de la distinción entre
capitalismo originario e impuesto, al dejar de lado la genealogía con Miró
Quesada, al silenciar la irrupción de la Teología de la liberación y
al no confrontar la capitulación teórica de Haya de la Torre— reproducen ese
mismo estancamiento y reducen la obra a una repetición de fórmulas sin espíritu
crítico.
Si se hubieran trabajado,
aunque sea someramente los puntos críticos pendientes en Entre Escila y
Caribdis, la comprensión del pensamiento de Augusto Salazar Bondy habría
ganado en densidad y matices. El análisis del tercerismo político habría
permitido mostrar cómo su propuesta de una vía intermedia quedó atrapada en el
fracaso del reformismo velasquista, revelando las limitaciones de un proyecto
que no logró trascender. La opción de Salazar Bondy por un socialismo no
marxista, si se hubiera problematizado, habría puesto en evidencia las
tensiones conceptuales de su pensamiento y la insuficiencia política de un
modelo humanista que no alcanzaba a responder a las contradicciones sociales
del país. Asimismo, examinar la relación con Sendero Luminoso habría
permitido conectar el fracaso reformista con la violencia insurreccional de los
años ochenta, mostrando cómo la frustración de las vías moderadas abrió espacio
a la radicalización.
Cuestionar la
distinción entre capitalismo originario e impuesto habría evitado la
simplificación del imperialismo como mera imposición externa, rescatando las
contradicciones internas del capitalismo peruano y enriqueciendo la lectura de
su estructura social. La genealogía con Francisco Miró Quesada, a través de Las
estructuras sociales y el socialismo humanista, habría situado a Salazar
Bondy dentro de una tradición reformista más amplia, mientras que la referencia
a la teología de la liberación de Gustavo Gutiérrez habría aportado el contexto
decisivo de lucha de clases y resistencia cultural en el Perú y América Latina.
El contraste
con Haya de la Torre y su obra Espacio y tiempo histórico habría
mostrado la diferencia entre concebir el imperialismo como fase superior del
capitalismo o como imposición externa y obstáculo absoluto, iluminando las
limitaciones teóricas de Salazar Bondy. Finalmente, vincular el fracaso de
la vía reformista con la violencia posterior habría permitido comprender
cómo la frustración de las propuestas moderadas abrió paso a la insurgencia
senderista, cerrando el ciclo de los intentos de conciliación y explicando la
radicalización política de los años ochenta. En conjunto, abordar estos puntos
habría significado ubicar a Salazar Bondy en una genealogía intelectual más
amplia, mostrar las tensiones entre reformismo y radicalismo y conectar su fracaso
con el contexto histórico que desembocó en la violencia insurgente.
Los análisis sobre Sendero
Luminoso (SL) han sido exhaustivos en torno a su ideología maoísta, su base
social en Ayacucho, la figura de Abimael Guzmán y la radicalización
universitaria, pero han fallado en conectar la insurgencia con el fracaso del
reformismo militar de 1968 y con el socialprogresismo de Augusto Salazar Bondy
(ASB).
La historiografía crítica
—Degregori, Gorriti, Palmer, Ríos Sierra, entre otros— ha explicado el
surgimiento de SL desde factores estructurales (exclusión social, desigualdad
regional, crisis del sistema político) y desde la construcción ideológica maoísta.
Sin embargo, ninguno de estos estudios ha subrayado que la violencia
insurreccional de los años ochenta fue también la consecuencia de la
frustración de las vías reformistas que se intentaron en el Perú durante
las décadas previas.
En efecto, el socialismo
humanista de Francisco Miró Quesada se vinculó con el reformismo civil del
primer gobierno de Fernando Belaunde Terry (1963–1968), que fracasó en su
intento de modernización democrática y dejó un vacío político. De manera
paralela, el socialprogresismo de Salazar Bondy se articuló con el reformismo
militar de Juan Velasco Alvarado (1968–1975), que prometió una transformación
estructural mediante la reforma agraria, nacionalizaciones y un discurso
antiimperialista, pero terminó igualmente en fracaso por su incapacidad de
sostener un modelo estable y democrático.
Así, mientras Miró Quesada
y Belaunde representan el fracaso del reformismo civil, Salazar Bondy y Velasco
encarnan el fracaso del reformismo militar. En ambos casos, la imposibilidad de
consolidar un proyecto reformista —ya sea humanista o militar— abrió paso a la
radicalización maoísta de Sendero Luminoso. La insurgencia no puede entenderse
solo como producto de la ideología de Guzmán o de las condiciones sociales de
Ayacucho, sino también como la contracara violenta de las promesas incumplidas
del reformismo peruano, primero civil y luego militar.
En suma, los estudios sobre
SL han fallado en reconocer que la violencia insurreccional fue inseparable de
la crisis de legitimidad de los proyectos reformistas de los sesenta y setenta.
El maoísmo senderista se nutrió del vacío dejado por el fracaso del socialismo
humanista de Miró Quesada y del socialprogresismo de Salazar Bondy, ambos
incapaces de ofrecer una salida efectiva a las contradicciones internas del
capitalismo peruano.
El hilo
histórico que une el fracaso del reformismo civil, militar, insurreccional y
parlamentario de la izquierda peruana desemboca en la consolidación del
proyecto neoliberal de los años noventa.
Tras el fracaso
del socialismo humanista de Miró Quesada con el reformismo civil de
Belaunde (1963–1968), y del socialprogresismo de Salazar Bondy con el reformismo
militar de Velasco (1968–1975), la izquierda peruana transitó por dos
caminos igualmente fallidos: la insurrección maoísta de Sendero
Luminoso, que terminó en violencia devastadora, y el parlamentarismo
caudillista de Izquierda Unida (IU), que se fragmentó y perdió legitimidad
entre 1980 y 1989. La acumulación de estos fracasos dejó el terreno despejado
para que el neoliberalismo global, articulado en el Perú por Alberto Fujimori
desde 1990, se impusiera como proyecto hegemónico.
Ese
neoliberalismo no fue un fenómeno aislado, sino parte de una estrategia mundial
sostenida por el imperialismo y el Fondo Monetario Internacional (FMI), que
promovieron ajustes estructurales, privatizaciones y apertura de mercados en
toda América Latina. Aquí se revela con claridad la equivocación de la tesis de
Salazar Bondy: al concebir el imperialismo como una mera “imposición externa” y
no como un fenómeno estructural del capitalismo mismo, su análisis quedó
incompleto. El neoliberalismo demostró que el imperialismo no es un accidente
impuesto desde fuera, sino una dinámica inherente al capitalismo global, capaz
de reorganizar economías enteras y sostenerse por cerca de medio siglo.
Solo a partir
de la segunda década del siglo XXI, con las crisis financieras, el agotamiento
del modelo extractivista y la emergencia de nuevas resistencias sociales, el
neoliberalismo comenzó a mostrar signos de derrumbe. En retrospectiva, el
fracaso de los proyectos reformistas e insurreccionales en el Perú no solo
explica la derrota de la izquierda local, sino también cómo se consolidó la
hegemonía neoliberal, confirmando que la lectura de Salazar Bondy sobre el
imperialismo fue insuficiente frente a la magnitud histórica del capitalismo
global. En una lectura de conjunto tenemos: El socialismo humanista de Miró
Quesada fracasó con el reformismo civil de Belaunde. El socialprogresismo de
Salazar Bondy fracasó con el reformismo militar de Velasco. La insurrección
maoísta de Sendero Luminoso fracasó en su violencia devastadora. El
parlamentarismo caudillista de Izquierda Unida fracasó en su fragmentación y
falta de estrategia.
El recorrido de
los caminos fallidos del socialismo peruano entre 1963 y 1989 puede narrarse
como una secuencia histórica que explica la derrota de la izquierda y la
posterior consolidación del neoliberalismo. En primer lugar, el reformismo
civil del primer gobierno de Fernando Belaunde Terry (1963–1968), inspirado en
el socialismo humanista de Francisco Miró Quesada, intentó modernizar el país
mediante una vía democrática y civilista. Sin embargo, su proyecto fracasó por
la incapacidad de resolver las desigualdades estructurales, la crisis económica
y la falta de apoyo social, lo que desembocó en el golpe militar de 1968.
Ese golpe dio
paso al reformismo militar de Juan Velasco Alvarado (1968–1975), que se
articuló con el socialprogresismo de Augusto Salazar Bondy. El velasquismo
prometió una transformación estructural a través de la reforma agraria, las
nacionalizaciones y un discurso antiimperialista, pero sus reformas quedaron
incompletas, el régimen se volvió autoritario y la crisis económica terminó por
deslegitimarlo. El fracaso del reformismo militar dejó un vacío ideológico y
político que la izquierda no supo llenar. En ese contexto emergió la vía
insurreccional de Sendero Luminoso, liderada por Abimael Guzmán, que interpretó
la realidad peruana como semifeudal y semicolonial y legitimó la violencia como
única vía de transformación. La insurgencia maoísta se nutrió de la frustración
de las promesas incumplidas del reformismo, pero su estrategia de guerra
popular prolongada derivó en violencia extrema, aislamiento social y represión
estatal, debilitando aún más a la izquierda.
Paralelamente,
la apertura democrática de los años ochenta dio lugar al parlamentarismo
caudillista de Izquierda Unida (IU), que buscó canalizar las demandas populares
dentro del sistema político. Sin embargo, IU se fragmentó en disputas internas,
liderazgos personalistas y falta de proyecto estratégico, lo que terminó en su
derrota electoral y en la pérdida de legitimidad de la izquierda institucional.
La acumulación
de estos fracasos —el reformismo civil de Belaunde y Miró Quesada, el
reformismo militar de Velasco y Salazar Bondy, la insurrección maoísta de
Sendero Luminoso y el parlamentarismo caudillista de IU— dejó el terreno
despejado para la consolidación del neoliberalismo de Alberto Fujimori desde
1990, sostenido por el FMI y el imperialismo. Este desenlace histórico
demuestra que la tesis de Salazar Bondy sobre el imperialismo como “imposición
externa” estaba equivocada: el neoliberalismo se impuso como estructura global
del capitalismo, dominando el mundo por cerca de medio siglo y solo comenzando
a mostrar signos de derrumbe a mediados de la segunda década del siglo XXI.
La pregunta sobre si la
vía reformista de Augusto Salazar Bondy (ASB) tiene futuro en el mundo
multipolar actual es decisiva, porque obliga a poner en tensión su proyecto con
las transformaciones de la gobernanza global.
ASB defendía un socialismo
humanista y no marxista, que concebía al imperialismo como una imposición
externa y buscaba una vía intermedia entre capitalismo y socialismo. Esa
propuesta quedó atrapada en el fracaso del reformismo militar de Velasco
Alvarado en los años setenta. Hoy, sin embargo, el escenario es distinto: el
mundo multipolar que avanza en la gobernanza mundial —con la emergencia de
China, India, Rusia, bloques regionales y un debilitamiento relativo de la
hegemonía estadounidense— plantea un contexto en el que las vías reformistas
podrían recuperar vigencia, pero bajo condiciones muy diferentes.
Por un lado, el
neoliberalismo global que dominó desde los años noventa hasta la segunda década
del siglo XXI está mostrando signos de agotamiento: crisis financieras
recurrentes, desigualdades extremas, tensiones geopolíticas y resistencias
sociales. Esto abre espacio para pensar alternativas reformistas que no sean
insurreccionales ni caudillistas, sino capaces de articular justicia social con
gobernanza democrática. En ese sentido, la intuición de ASB sobre la necesidad
de una vía intermedia podría encontrar un nuevo terreno fértil.
Por otro lado, su error
teórico sobre el imperialismo —concebirlo como mera imposición externa y no
como fenómeno estructural del capitalismo— sigue siendo un límite. El mundo
multipolar no elimina el imperialismo, sino que lo redistribuye en nuevas
formas de competencia global (financiera, tecnológica, militar). Por eso,
cualquier reformismo que aspire a futuro debe reconocer que el capitalismo
genera imperialismos internos y externos, y que la gobernanza mundial
multipolar no garantiza automáticamente justicia social.
En conclusión, la vía
reformista de ASB solo tendría futuro si se reformula radicalmente:
reconociendo el carácter estructural del imperialismo, articulando la lucha por
la igualdad con la democracia global y evitando repetir el fracaso de los
proyectos reformistas del pasado. El mundo multipolar abre una ventana, pero
exige un reformismo mucho más crítico y consciente de las dinámicas del
capitalismo global.
En conjunto, la
historia del socialismo peruano en esas décadas es la historia de una sucesión
de caminos fallidos —civil, militar, insurreccional y parlamentario— que, al
fracasar, no solo explican la derrota de la izquierda, sino también la
hegemonía neoliberal que marcó el destino del país. La acumulación de estos
fracasos dejó el terreno despejado para la hegemonía neoliberal de Fujimori,
sostenida por el FMI y el imperialismo, demostrando que la tesis de Salazar
Bondy sobre el imperialismo como “imposición externa” era insuficiente: el
neoliberalismo se consolidó como estructura global del capitalismo durante
medio siglo.
Ahora bien, el
estudio crítico de Joel Rojas sobre Entre Escila y Caribdis se queda
corto porque permanece, ciego, sordo y mudo frente al balance histórico e
ideopolítico que debería articularse entre el fracaso del reformismo civil,
militar, insurreccional y parlamentario, y los nuevos desafíos geopolíticos que
se abren en el presente.
Al no vincular
la propuesta de Augusto Salazar Bondy con la secuencia de fracasos que van de
Miró Quesada y Belaunde, pasando por Velasco y el socialprogresismo, hasta
Sendero Luminoso y la Izquierda Unida, Rojas pierde la oportunidad de mostrar
cómo ese ciclo histórico desembocó en la hegemonía neoliberal de Fujimori y en
la subordinación sistemática al FMI y al imperialismo. Más aún, su lectura no
reconoce que el mundo actual ya no es unipolar ni dominado exclusivamente por
el neoliberalismo, sino que se encuentra en un momento multipolar donde China,
con su modelo económico, político y social, marca pautas que obligan a repensar
cualquier vía reformista.
En ese sentido,
la crítica de Rojas resulta insuficiente porque no conecta el pensamiento de
Salazar Bondy con los nuevos desafíos de la gobernanza mundial: la disputa
entre bloques, la crisis del neoliberalismo, la emergencia de alternativas
comunitaristas y la necesidad de reformular radicalmente la tesis sobre el
imperialismo. Al ignorar este horizonte, su estudio se limita a un análisis
textual y académico, pero carece de la dimensión histórica y geopolítica que
hoy es indispensable para evaluar la vigencia o el fracaso de la vía reformista
de ASB. Por todo ello, lejos de abrir un horizonte
emancipador, el salazarismo contemporáneo se limita a repetir la letra de ASB
sin superar sus límites, y mientras no se realice una crítica radical que
enfrente estas carencias, Entre Escila y Caribdis seguirá
siendo más un testimonio del fracaso de las vías reformistas que una propuesta
vigente para la transformación de América Latina.
Después de la muerte de
Augusto Salazar Bondy en 1974, su propuesta de una filosofía de la liberación
no se extinguió, sino que fue recogida y reformulada por otros pensadores
latinoamericanos que le dieron continuidad y alcance continental. La pregunta que
él había planteado —si en América Latina existía una filosofía auténtica o solo
imitaciones europeas— se convirtió en el punto de partida de un movimiento
intelectual que buscó responder desde la experiencia histórica de la
dependencia y la dominación. En Argentina y México, Enrique Dussel sistematizó
la intuición inicial de Salazar Bondy y la transformó en un proyecto filosófico
estructurado, con obras como Filosofía de la liberación (1977) y más
tarde Ética de la liberación (1998), donde la crítica al eurocentrismo y
al colonialismo se articulaba con una ética material de la vida y con una
lectura marxista de la historia.
La filosofía de la
liberación también dialogó con la teología de la liberación, especialmente con
la obra de Gustavo Gutiérrez (Teología de la liberación, 1971),
generando un cruce entre filosofía y teología que puso el énfasis en la praxis
liberadora de los pueblos oprimidos. En los años ochenta y noventa, pensadores
como Leopoldo Zea y Horacio Cerutti Guldberg insistieron en que la filosofía
debía ser una herramienta crítica frente al neoliberalismo y las políticas de
ajuste estructural, ampliando el horizonte hacia la dimensión política y
económica. Ya en el siglo XXI, la filosofía de la liberación se ha conectado
con los debates sobre la decolonialidad, en diálogo con autores como Aníbal
Quijano y Walter Mignolo, que han puesto el acento en la colonialidad del poder
y del saber. De este modo, la propuesta de Salazar Bondy se ha transformado en
un campo plural que hoy se piensa en clave multipolar, como crítica a la
globalización neoliberal y como búsqueda de alternativas comunitaristas frente
al individualismo liberal.
En suma, después de la
muerte de Salazar Bondy, su filosofía de la liberación recorrió caminos
diversos: se consolidó como movimiento filosófico en manos de Dussel, se
vinculó con la teología de la liberación, se convirtió en crítica política al
neoliberalismo y finalmente se reformuló en clave decolonial. Lo que comenzó
como una pregunta sobre la autenticidad de la filosofía latinoamericana se
convirtió en una tradición crítica que sigue vigente y que hoy se proyecta
hacia los desafíos de la gobernanza mundial en un orden multipolar.
Después de la muerte de
Augusto Salazar Bondy, la filosofía de la liberación siguió distintos caminos
y, en ese tránsito, se hicieron críticas relevantes a su planteamiento
reformista. Enrique Dussel fue quien más sistemáticamente recogió y reformuló
la intuición bondiana, señalando que su crítica al colonialismo cultural era
válida pero insuficiente, porque no estaba acompañada de una teoría estructural
del capitalismo y del imperialismo. Para Dussel, el error de fondo de ASB fue
concebir el imperialismo como una imposición externa, cuando en realidad es
constitutivo del sistema capitalista mundial; por eso, su socialismo humanista
quedaba atrapado en un horizonte abstracto, incapaz de explicar las dinámicas
de explotación. Leopoldo Zea, en cambio, valoró el esfuerzo de ASB por pensar
una filosofía auténticamente latinoamericana, pero cuestionó que su vía
reformista se quedara en el plano cultural y no lograra articular un proyecto
político sólido; para Zea, la liberación debía ser histórica y política, no solo
filosófica, y el reformismo bondiano resultaba demasiado moderado frente a las
urgencias de dependencia y dominación. Horacio Cerutti Guldberg insistió en que
la filosofía de la liberación debía ser praxis crítica frente al neoliberalismo
y las estructuras de poder globales, y desde esa perspectiva señaló que ASB no
problematizaba la relación entre capitalismo interno y externo ni ofrecía una
estrategia política capaz de enfrentar la dimensión transnacional del
capitalismo, quedando limitado a un horizonte nacional-estatal.
En el diálogo con la
teología de la liberación, especialmente con Gustavo Gutiérrez, se evidenció
otra limitación: la falta de conexión de ASB con las luchas populares y la
praxis comunitaria. Mientras Gutiérrez vinculaba la liberación con la lucha de
clases y la resistencia cultural desde abajo, ASB mantenía un enfoque más
intelectual y reformista, que no lograba traducirse en acción política
transformadora. Más adelante, la crítica de Aníbal Quijano fue decisiva: al
formular la noción de colonialidad del poder, mostró que la dominación
no era un accidente externo sino parte estructural del capitalismo mundial,
inseparable de la racialización y la explotación. Desde esa perspectiva, el
reformismo bondiano quedaba limitado porque no reconocía la colonialidad como
dimensión interna del sistema. Finalmente, Walter Mignolo, con su concepto de colonialidad
del saber y su propuesta de un pensamiento fronterizo, cuestionó que
ASB siguiera demasiado anclado en categorías filosóficas europeas —humanismo,
socialismo no marxista— sin romper con la matriz epistémica colonial, lo que
hacía insuficiente su proyecto para construir un horizonte propio.
En conjunto, las críticas
de Dussel, Zea, Cerutti, Gutiérrez, Quijano y Mignolo coinciden en señalar que
el reformismo de Salazar Bondy fue insuficiente: demasiado humanista,
culturalista y moderado frente a las estructuras de dominación capitalista e imperialista.
Su propuesta abrió la pregunta sobre la autenticidad filosófica
latinoamericana, pero no ofreció una vía política ni epistémica capaz de
enfrentar el neoliberalismo ni de articular una praxis liberadora efectiva en
el mundo multipolar que hoy se abre. Aunque Dussel, Zea, Cerutti, Gutiérrez,
Quijano y Mignolo aportaron críticas decisivas al planteamiento reformista de
Augusto Salazar Bondy, todos ellos comparten una limitación crítica de fondo:
se aferran, en mayor o menor medida, al dogma del origen griego de la
filosofía.
Este supuesto —que la
filosofía nace en Grecia y que todo pensamiento filosófico debe medirse en
relación con esa matriz— condiciona incluso a quienes buscan construir una
filosofía latinoamericana o decolonial. Dussel, por ejemplo, aunque desplaza el
centro hacia la periferia y reivindica la exterioridad del oprimido, sigue
reconociendo a Grecia como punto de partida histórico. Zea y Cerutti, en su
afán de dar continuidad a la tradición filosófica latinoamericana, tampoco
rompen con la idea de que la filosofía es esencialmente heredera de Grecia.
Incluso Quijano y Mignolo, pese a su crítica radical a la colonialidad del
poder y del saber, mantienen implícita la noción de que la filosofía es un
producto originario europeo, y que lo que se hace en América Latina es una
relectura, una reapropiación o una “frontera” de ese legado.
La consecuencia de esta
limitación es que la filosofía de la liberación y la teoría decolonial no
terminan de emanciparse plenamente en el plano epistémico. Siguen reconociendo
a Grecia como origen y a Europa como canon, aunque sea para criticarlo. Esto reproduce,
en última instancia, la dependencia cultural que Salazar Bondy había
denunciado, pero que él mismo tampoco logró superar del todo.
En suma, la gran paradoja
es que los críticos de ASB, al señalar sus insuficiencias frente al
capitalismo, el imperialismo y la colonialidad, no cuestionan el fundamento
eurocéntrico del concepto mismo de filosofía. De este modo, la liberación queda
incompleta: se avanza en la crítica política y económica, pero se mantiene la
subordinación epistémica al mito griego del origen, lo que impide pensar una
filosofía radicalmente otra, nacida desde las matrices culturales propias de
América Latina.
Aunque todos estos críticos
—Dussel, Zea, Cerutti, Gutiérrez, Quijano y Mignolo— se presenten como voces de
ruptura frente al eurocentrismo y al neoliberalismo, en el fondo siguen
anclados en categorías eurocéntricas y en una concepción de la filosofía que
reconoce a Grecia y a Europa como matriz originaria. Esa dependencia epistémica
limita la radicalidad de sus propuestas: nunca terminan de emanciparse de la
tradición occidental, aunque la cuestionen. Además, en el plano político, su
horizonte no es revolucionario sino reformista. Se adhieren a la democracia
burguesa como marco incuestionable y, en última instancia, aceptan la lógica
del capitalismo privado como sistema dominante, aunque lo critiquen en sus
excesos. De ahí que sus proyectos se conviertan en intentos de humanizar el
capitalismo o de reformar la democracia liberal, pero no en alternativas
capaces de desbordar esas estructuras.
En consecuencia, la crítica
que hacen a Salazar Bondy por su reformismo se vuelve también una autocrítica
implícita: ellos mismos reproducen el mismo límite. No son revolucionarios,
sino reformistas que buscan corregir el capitalismo desde dentro, sin cuestionar
su raíz estructural. Y al permanecer eurocéntricos en el plano epistémico y
reformistas en el plano político, su propuesta de liberación queda atrapada en
una contradicción: denuncian la dependencia, pero siguen subordinados a las
categorías y a las instituciones del sistema que dicen combatir. El
planteamiento reformista de Augusto Salazar Bondy abrió la pregunta sobre la
autenticidad filosófica latinoamericana, pero sus críticos —Dussel, Zea,
Cerutti, Gutiérrez, Quijano y Mignolo— aunque señalaron sus límites frente al
capitalismo, el imperialismo y la colonialidad, terminaron reproduciendo la
misma paradoja: todos permanecen en el fondo eurocéntricos,
aferrados al dogma del origen griego de la filosofía, y en el plano político no
son revolucionarios sino reformistas,
adheridos a la democracia burguesa y a la idolatría del capitalismo privado.
Así, la crítica a ASB se vuelve también el espejo de sus propios límites:
denuncian la dependencia, pero siguen subordinados a las categorías y a las
instituciones del sistema que dicen combatir.
El estudio crítico de Joel
Rojas sobre Entre Escila y Caribdis se muestra limitado porque no aborda
ninguno de estos puntos decisivos. Permanece en un análisis textual y
académico, pero no dice nada sobre el balance histórico e ideopolítico que
conecta el fracaso del reformismo civil de Belaunde y Miró Quesada, el reformismo
militar de Velasco y Salazar Bondy, la vía insurreccional de Sendero Luminoso y
el parlamentarismo caudillista de Izquierda Unida.
Tampoco reconoce que todos
los críticos posteriores de ASB —Dussel, Zea, Cerutti, Gutiérrez, Quijano y
Mignolo— aunque aportaron perspectivas valiosas, siguen siendo en el fondo
eurocéntricos y reformistas, adheridos a la democracia burguesa y a la idolatría
del capitalismo privado. Rojas no problematiza esta paradoja, ni la conecta con
los nuevos desafíos geopolíticos del presente, donde el mundo multipolar y el
modelo chino marcan pautas que obligan a repensar radicalmente la tesis
bondiana sobre el imperialismo.
En suma, el estudio de
Rojas permanece ciego, sordo y mudo ante la genealogía completa de los fracasos
de la izquierda peruana (1963–1989), la consolidación del neoliberalismo con
Fujimori y la necesidad de reformular la filosofía de la liberación en clave
multipolar y comunitarista. Su crítica se queda en la superficie y no enfrenta
el núcleo histórico, político y epistémico del problema.
Quizá ha llegado la hora de
preguntarse por las limitaciones mismas de la filosofía de la liberación en
todas sus variantes para decir al respecto que, pese a su enorme valor
histórico como crítica al colonialismo cultural y como intento de pensar una filosofía
auténticamente latinoamericana, nunca logró romper del todo con el
eurocentrismo epistémico ni con la adhesión reformista a la democracia burguesa
y al capitalismo privado.
En efecto, tanto en la
versión inicial de Augusto Salazar Bondy como en las reformulaciones
posteriores de Dussel, Zea, Cerutti, Gutiérrez, Quijano y Mignolo, la filosofía
de la liberación se mantuvo atrapada en dos grandes límites: por un lado, la
aceptación implícita del dogma griego del origen de la filosofía, que impide
pensar una genealogía radicalmente otra desde las matrices culturales propias
de América Latina; por otro, la renuncia a una vía revolucionaria, pues todos
sus exponentes terminaron defendiendo proyectos reformistas, más preocupados
por humanizar el capitalismo y democratizarlo que por desbordarlo o
sustituirlo.
Así, la filosofía de la
liberación abrió preguntas fundamentales —sobre dependencia, colonialidad,
autenticidad y emancipación— pero no ofreció respuestas capaces de superar las
estructuras de dominación global. Su crítica fue lúcida, pero su horizonte quedó
limitado: eurocéntrico en lo epistémico y reformista en lo político. En
consecuencia, el desafío actual es ir más allá de la liberación tal como fue
concebida, hacia una filosofía de la emancipación radical, que no se conforme
con reformar el capitalismo ni con repetir la genealogía griega, sino que
construya un pensamiento propio desde las prácticas comunitarias y desde el
mundo multipolar que hoy redefine la gobernanza global.
Desde hace ya más de una
década mi pensamiento filosófico se ha orientado a romper con los dos grandes
límites que marcaron a la filosofía de la liberación. En 2010, con la
publicación de Filosofía mitocrática y Mitocratología, inicié un
camino que buscaba superar el dogma griego del origen de la filosofía,
proponiendo una genealogía distinta, arraigada en las matrices míticas y
culturales propias de América Latina. Continué esa línea en Filosofía
prehistórica (2018), donde sostuve que la filosofía puede rastrearse en
formas de pensamiento anteriores a la escritura y a la tradición helénica,
hasta culminar en Teoría general de la filosofía (2021), obra en la que
redefiní el concepto mismo de filosofía, formas y etapas para liberarlo de la
dependencia eurocéntrica y abrir un horizonte autónomo.
Al mismo tiempo, mi
reflexión política se encaminó hacia la recuperación de la vía revolucionaria,
en contraste con el reformismo predominante en los exponentes clásicos de la
filosofía de la liberación. En Globalización del hiperimperialismo
(2020) denuncié la intensificación de la dominación capitalista en su fase
hiperimperialista, mostrando que cualquier proyecto de liberación exige superar
el horizonte de la mera democratización del sistema. Finalmente, en Ontología
de la geopolítica (2024) propuse una lectura ontológica de las relaciones
de poder mundiales, donde la liberación se concibe como transformación
revolucionaria del orden geopolítico y no como simple humanización del
capitalismo.
De este modo, mi obra se
configura como un desplazamiento radical respecto de la tradición de la
filosofía de la liberación: genealogía no griega y horizonte revolucionario. En
lugar de aceptar los límites heredados, me propuse refundar la filosofía latinoamericana
desde sus propias raíces culturales y con un proyecto político que apunta a la
sustitución del orden vigente, no a su reforma.
Referencia: Augusto
Salazar Bondy. Entre Escila y Caribdis. Reflexiones sobre la vida peruana.
Estudio preliminar de Joel Rojas. Lima: Heraldos editores, 2025.
La lógica
como ropaje de justicia
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E |
l libro La Atenea Americana. Una primicia
filosófica en el virreinato del Perú, de Jean Christian Egoavil (Heraldos
Editores, 2025), propone una tesis sugerente y polémica: que el primer
testimonio filosófico producido en el Perú y Sudamérica —la Lógica in via
Scoti del sacerdote y predicador franciscano chachapoyano Jerónimo de
Valera, impresa en Lima en 1610— debe entenderse ante todo como respuesta a una
necesidad lógico-lingüística, es decir, como el gesto inaugural de un
pensamiento que se articula en el virreinato a partir del orden del discurso y
de las reglas universales del razonamiento.
Esta
perspectiva, aunque relevante en el plano formal, deja escapar lo más hondo de
la obra y del espíritu de su tiempo. La Lógica in via Scoti es más que
un manual escolástico: es una filosofía social bajo ropaje lógico, una
tecnología intelectual orientada a un fin superior —la reivindicación de la
racionalidad y dignidad del indígena y, en última instancia, su salvación— que
la inserta en la gran corriente del siglo XVII americano preocupada por el
problema del indio y su reconocimiento como sujeto plenamente humano.
Conviene situar
esta obra en su tiempo y en su autor. Jerónimo de Valera, mestizo con
ascendencia indígena materna, escribe desde la tensión y el entrecruce de
mundos: el español escolástico, el criollo emergente y el indígena
subalternizado. Que su tratado sea lógico no lo convierte en neutral; que sea
escolástico no lo vuelve mera importación. La lógica en Lima, en 1610, no es un
lujo universitario, sino una herramienta de mediación cultural. Valera toma la
tradición escotista —in via Scoti— y la adapta al suelo americano: donde Europa
discute sobre sutilidades metafísicas, el virreinato necesita un lenguaje común
que permita razonar juntos en un espacio plurilingüe y pluricultural
(castellano, quechua, aymara; cosmovisiones orales y tradiciones escritas;
instituciones coloniales y memorias andinas). La lógica ofrece reglas
universales que ordenan el pensamiento independientemente de la lengua y de la
tradición, y por ello se convierte en un instrumento de convivencia, un medio
para neutralizar jerarquías culturales y un argumento eficaz contra la
deshumanización.
Esta dimensión
se hace más clara cuando reconocemos que el siglo XVII en América está
atravesado por la pregunta decisiva: ¿es el indio racional, civilizado, capaz
de filosofía y de religión? Las respuestas afirmativas de Bartolomé de las
Casas, José de Acosta y otros dominicos y jesuitas fundan un corpus que
reivindica la humanidad indígena contra los discursos coloniales de
inferioridad.
Valera se
inscribe en esa corriente, pero aporta algo singular: su defensa no se formula
desde la teología moral, sino desde la lógica como propedéutica del
entendimiento. Demostrar que el indígena puede aprender y aplicar las reglas
del razonamiento es, al mismo tiempo, demostrar que puede creer y salvarse. La
lógica es el umbral; la salvación, el horizonte. De ahí que Valera nunca pierda
de vista el fin supremo: la salvación del indio, que exige reconocer su
libertad, su capacidad de querer a Dios y su aptitud racional para acoger la
fe.
El escotismo de
Valera no es un detalle técnico: su voluntarismo —la primacía de la voluntad
sobre el intelecto— es decisivo para la defensa de la humanidad indígena. Si lo
que define a la persona no es solo conocer, sino querer libremente, entonces la
libertad se vuelve el atributo universal que garantiza la dignidad de todos,
independientemente del grado de instrucción o de las diferencias culturales.
El voluntarismo
escotista, afín a una espiritualidad franciscana que centra la vida teologal en
la voluntad y la afectividad, ofrece un contrapeso preciso frente a las
narrativas que niegan la racionalidad del indio: incluso donde se quisiera
discutir su nivel de conocimiento, su voluntad libre es innegable, y con ella
su capacidad de amar y querer a Dios. Valera articula así un marco conceptual
que legitima la plena humanidad del indígena y subordina el interés lógico —el
orden del discurso, la corrección del silogismo, la claridad del término— a un
interés social y salvífico más amplio.
Leído en este
contexto, el tratado lógico de Valera comparte la misma preocupación que anima
a otros grandes autores del periodo. El Inca Garcilaso de la Vega reclama el
reconocimiento del estatus civilizado del incario, mostrando que las
instituciones políticas, las artes y las costumbres andinas revelan una cultura
racional y elevada; Guamán Poma de Ayala clama por justicia social y política,
denunciando la violencia colonial y defendiendo la dignidad del indígena; Juan
Santa Cruz Pachacuti reconoce el providencialismo de la religión indígena,
integrando las creencias andinas en una historia de salvación que no las reduce
a superstición. Valera, desde la lógica, persigue el mismo fin: si el indio
puede razonar conforme a reglas universales, entonces puede participar en el
debate filosófico, comprender la doctrina, recibir la fe y, en consecuencia,
salvarse. Lo que cambia es el género y el registro; lo que permanece es el
núcleo ético-político: reconocimiento, inclusión, justicia.
A partir de
aquí se entiende la crítica a la tesis de Egoavil cuando enuncia que “nuestro
primer testimonio filosófico es lógico, y no teológico o moral” (p. 63), que
“nació de una necesidad lógico-lingüística” (p. 103) y que, por tanto, “primero
la lógica, después el resto” (p. 20) -como afirma su prologuista-.
Estas fórmulas
privilegian la forma sobre la función y abstraen el texto de su campo de
fuerzas histórico. Es cierto que la Lógica in via Scoti es, en su
género, una obra lógica; pero su razón de ser en el virreinato no es la pura
técnica, sino la mediación cultural y la defensa de una humanidad negada. La
lógica fue el medio elegido porque, al ofrecer reglas universales del
razonamiento, permitía establecer un terreno común entre mundos diversos y
refutar, por la vía más rigurosa, la tesis implícita de la irracionalidad
indígena.
Pero decir
“primero la lógica, después el resto” es perder de vista que ese “resto” —la
justicia, el reconocimiento, la salvación— es el fin que determina el sentido
de la lógica en América. La lógica, aquí, no es un fin en sí misma; es una
herramienta de convivencia y un arma intelectual contra la deshumanización y
maltrato de los conquistadores españoles prolongado durante el virreinato. Hay
que reparar en otro hecho social crucial, a saber, que era la masa indígena, y
no su élite, la maltratada. Y esta fue la política imperante durante los
Habsburgo. Con ello el discurso de Valera y demás escritores, indios, mestizos
y teólogos de diversas órdenes religiosas se volvía más radical y evangélico al
defender la humanidad de toda criatura creada por Dios.
En este
sentido, la obra de Valera debe leerse como parte de un movimiento intelectual
que, bajo distintas formas, buscaba universalizar la dignidad humana frente
a la violencia estructural del sistema colonial. El mérito de Valera es que
pone la vía escotista al servicio de la reivindicación del indio. La lógica, al
ser presentada como disciplina accesible y aplicable por cualquier
entendimiento, funcionaba como prueba de que la racionalidad no era patrimonio
exclusivo de los europeos ni de las élites criollas, sino atributo común de
toda persona. Así, el discurso filosófico se radicalizaba en clave evangélica:
si todos los hombres son criaturas de Dios dotadas de razón y libertad,
entonces todos son igualmente llamados a la salvación y merecedores de justicia.
Esta universalización, que se enfrentaba a la política de los Habsburgo basada
en la explotación de la masa indígena, convertía la filosofía virreinal en un
acto de resistencia espiritual y social, donde el ropaje lógico encubría una
denuncia contra el maltrato y una afirmación de la humanidad compartida.
En realidad, lo
que se pierde de vista en el enfoque de Jean Christian Egoavil es que la Lógica
in via Scoti de Jerónimo de Valera es mucho más que un tratado de
lógica: en su contenido y en su finalidad late la reivindicación de la
racionalidad del indígena. Bajo el ropaje escolástico, Valera comparte la misma
preocupación que animaba al Inca Garcilaso de la Vega, Guamán Poma de Ayala,
Juan Santa Cruz Pachacuti. Por eso no puede aceptarse la fórmula de Egoavil
—“primero la lógica, después el resto”—, porque la lógica era un medio para un
fin superior: la justicia, el reconocimiento y la salvación.
En el contexto
del virreinato, la lógica se convirtió en una herramienta de convivencia y en
un arma intelectual contra la deshumanización y el maltrato prolongado de los
conquistadores españoles durante la época de los Habsburgo. Hay que reparar en
que no era la élite indígena la más golpeada por la política colonial, sino la
masa indígena popular, sometida a explotación y desprecio. De ahí que el
discurso de Valera y de otros escritores —indios, mestizos y teólogos de
diversas órdenes religiosas— se volviera más radical y evangélico, al defender
la humanidad de toda criatura creada por Dios.
En este punto
resulta iluminador recordar lo que demostró Silvio Zavala en su libro La
filosofía política en la conquista de América, publicado en 1947 por el
Fondo de Cultura Económica: las ideas de libertad, derechos humanos, comunidad
política y convivencia de las naciones no son un legado exclusivo del
pensamiento ilustrado, sino que tienen una raíz cristiana mucho más temprana. La
defensa del indio en el siglo XVI y XVII se apoyaba en la convicción teológica
de que todos los hombres, por ser hijos de Dios, son libres y racionales, y que
las naciones indígenas poseen instituciones legítimas y derecho a la
convivencia. En este sentido, la obra de Valera se inscribe en esa tradición
cristiana que fundamentó la defensa de la dignidad humana mucho antes de la
Ilustración, y que convierte a la filosofía virreinal en un acto de resistencia
espiritual y social, donde la lógica es el ropaje y la salvación del indio el
corazón.
Este
desplazamiento hermenéutico tiene consecuencias en la comprensión del
nacimiento de la filosofía en el virreinato peruano. Si seguimos el énfasis de
Egoavil, la primicia filosófica americana consistiría en la capacidad de
producir tratados lógicos en continuidad con Europa, enraizando el pensamiento
local en la neutralidad y universalidad de las reglas del discurso. Si
atendemos al contexto integral, la primicia consiste más bien en la capacidad
de usar esos instrumentos europeos para fines americanos: crear un lenguaje
común, legitimar al indígena como sujeto racional y libre, abrir espacio a su
inclusión en la comunidad humana y cristiana. El mérito de Valera no es
importar correctamente una técnica, sino resignificarla en clave americana,
transformando la lógica en tecnología social de convivencia.
Esta lectura no
niega el aporte de Egoavil; lo complementa y lo corrige donde su marco formal
descontextualiza. Al rescatar la Lógica in via Scoti como primer
testimonio filosófico, Egoavil cumple una tarea necesaria: vuelve visible un
texto fundacional y reivindica el lugar de la lógica en la historia intelectual
del Perú. Pero el rigor histórico-filosófico exige reconocer que, en el siglo
XVII americano, ningún género intelectual está al margen del problema del
indio. La teología, la historia, la crónica, la lógica misma: todo se disputa
en torno a la pregunta por la racionalidad y la dignidad indígena. En esa
disputa, el escotismo de Valera ofrece una ruta singular —voluntarista,
inclusiva, orientada a la libertad— que convierte la lógica en propedéutica
para la fe y en soporte conceptual de la salvación. Por eso, lo que la obra
inaugura no es una filosofía lógica en abstracto, sino una filosofía
social-religiosa bajo forma lógica, un pensamiento americano que brota de
la necesidad de reconocimiento y se sirve de la técnica para alcanzar justicia
y comunión.
En conclusión,
La Atenea Americana (Heraldos Editores, 2025) acierta al devolver a la escena
la obra de Valera y al subrayar su condición de primer texto filosófico local;
pero su énfasis en la necesidad lógico-lingüística, si no se enmarca en el
horizonte del problema del indio, opaca lo esencial: que la lógica fue medio
y no fin, que el escotismo voluntarista sostuvo la defensa de la libertad y
humanidad indígena, y que el telos de la obra —expresado sin ambages por
Valera— fue la salvación del indio.
Y es por ello
que en mi obra El espíritu de la filosofía Virreynal (Lima: Iipcial,
2014, 2 tomos) ubico a Jerónimo de Valera dentro del primer período humanista
teológico, el mismo que culminaría con el misticismo de Antonio Ruíz de
Montoya. En efecto, la ubicación de Jerónimo de Valera dentro del primer
período humanista teológico, tal como lo desarrollo en El espíritu de
la filosofía Virreynal (Lima: Iipcial, 2014, 2 tomos), permite
comprender la continuidad de una tradición que arranca con la defensa racional
y salvífica del indígena que tiene primera cumbre con de las Casas, luego
siguen los dos obispos cusqueños Valverde y Solano, los catedráticos limeños
Esteban de Ávila, Sánchez Renedo y José de Acosta, después el neoplatonismo
providencialista del Inca Garcilaso, y mesiánico de Guamán Poma, la cosmogonía
andina de Santa Cruz Pachacuti, el escotismo de Valera, el suarismo de los
hermanos peñafiel, y culmina con el misticismo de Antonio Ruíz de
Montoya.
Este período se
caracteriza por el predominio de una filosofía teológica-humanista que, aun
expresándose en formas escolásticas —lógica, teología, moral—, tiene como
trasfondo una preocupación eminentemente social y religiosa: la inclusión del
indio en la comunidad humana y cristiana. Valera, con su lógica escotista,
inaugura el camino mostrando que la razón indígena es tan válida como la
europea; Montoya, con su experiencia misionera y mística, lleva esa defensa al
plano espiritual más profundo, donde la salvación se convierte en comunión
afectiva y experiencia de Dios. Así, la lógica como medio, el voluntarismo como
fundamento y la salvación como telos se integran en un mismo arco histórico que
define el espíritu de la filosofía Virreynal en su primera etapa.
Solo una
lectura que integre forma y función, técnica y finalidad, Europa y América,
puede captar la primicia genuina que esa obra encarna: el nacimiento de una
filosofía propia porque social, propia porque mediadora, propia porque
orientada a transformar reglas de razón en garantías de dignidad. Así
entendida, la Lógica in via Scoti no es “primero lógica, después el resto”,
sino lógica al servicio del resto: razón al servicio de justicia,
reconocimiento y salvación.
Bibliografía
Egoavil, Jean Christian. La Atenea
Americana: Una primicia filosófica en el virreinato del Perú. Heraldos
Editores, 2025.
Flores Quelopana, Gustavo. El espíritu de
la filosofía Virreynal. 2 vols., Iipcial, 2014.
Zavala, Silvio. La filosofía política en
la conquista de América. Fondo de Cultura Económica, 1947.
La razón
desfundamentada en crisis
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E |
l libro La agonía de la razón de
Rosemary Rizo-Patrón (PUCP, 2015) se presenta como un intento de aplicar el
método fenomenológico a cuestiones epistemológicas, antropológicas y políticas,
con el propósito de mostrar que el proyecto racional moderno no está
clausurado. La autora sigue de cerca la lectura husserliana de la crisis de la
razón en la Edad Moderna, señalando cómo los “fundacionalismos” científicos y
filosóficos derivaron en los fundamentalismos sociopolíticos y religiosos
contemporáneos. Su propuesta consiste en refundar la razón desde sus raíces
dóxicas, reconociendo su finitud radical y su instalación en la vida y la
comunidad.
Sin embargo,
este planteamiento revela una tensión irresuelta. Husserl, en su fase tardía,
insiste en que no abandona las esencias, pero ya no las concibe como
fundamentos absolutos. Esta redefinición parece más un recurso retórico que una
solución metodológica clara. La noción de “ciencia de sentido” que propone no
es ciencia empírica ni ciencia estricta en el sentido clásico, sino una tarea
infinita de esclarecimiento. En consecuencia, la autora queda atrapada en
las ambigüedades del propio Husserl: oscila entre la ortodoxia de la
fenomenología como ciencia rigurosa y la heterodoxia que coquetea con el
interpretacionismo posmoderno.
El resultado es
un discurso que pretende salvar la fenomenología de su fracaso inicial, pero
que termina diluyendo su promesa de cientificidad. La apelación al mundo
de la vida y a la intersubjetividad, aunque fecunda para abrir la fenomenología
hacia la ética y la política, se convierte en un terreno ambiguo que
recuerda a la ontología débil de Vattimo y a las derivas hermenéuticas
del posmodernismo. Lo contingente de la vida, por definición, no puede ser
objeto de ciencia estricta, y la tentativa de convertirlo en fundamento
fenomenológico parece más un desplazamiento discursivo que una verdadera
refundación.
En este
sentido, la obra de Rizo-Patrón refleja la misma paradoja que atraviesa la
fenomenología husserliana: querer mantener la promesa de una ciencia estricta
y, al mismo tiempo, reconocer que la razón es finita, histórica y situada. Esa
ambivalencia, lejos de resolver la crisis de la razón, la expone con mayor
crudeza. El proyecto racional moderno, tal como lo concibe la autora, no se
clausura, pero tampoco se salva; queda suspendido en un espacio intermedio
donde la fenomenología se convierte en un discurso que oscila entre la
ortodoxia y la heterodoxia, entre la ciencia y la retórica, entre la
promesa de fundamento y la aceptación de su imposibilidad.
La propuesta de
Rosemary Rizo-Patrón en La agonía de la razón se revela como
un ejercicio atrapado en la ambigüedad retórica que hereda de Husserl. Al
insistir en que el proyecto racional moderno no está clausurado, pero al mismo
tiempo admitir que ya no puede sostenerse en fundamentos absolutos, la autora
se instala en un espacio intermedio que nunca se resuelve. La fenomenología, en
su lectura, oscila entre la ortodoxia de la ciencia estricta y la heterodoxia
que coquetea con el interpretacionismo posmoderno, sin decidirse por una salida
clara. En lugar de ofrecer una refundación consistente, el discurso se
convierte en una oscilación permanente: promete fundamento, pero reconoce su
imposibilidad; invoca la ciencia, pero se refugia en la retórica del sentido.
Esa indecisión, lejos de salvar la razón, la expone como un proyecto fallido
que se sostiene únicamente en la ambivalencia discursiva.
La
fenomenología husserliana, al menos en el primer Husserl, en su afán de
asegurar un fundamento absoluto, termina por encerrarse en el inmanentismo de
la conciencia, reduciendo toda realidad a correlatos intencionales y dejando al
mundo concreto en un estado de desertificación. Al privilegiar la mirada
trascendental y la constitución eidética, la fenomenología se desgasta en un
ejercicio autorreferencial que pierde contacto con la densidad histórica,
social y material de la existencia. Lo que se presenta como rigor científico
acaba siendo una clausura del mundo en la conciencia, un agotamiento que revela
la imposibilidad de sostener la promesa inicial de una ciencia estricta. En
lugar de abrir horizontes, la fenomenología se repliega sobre sí misma, mostrando
su agotamiento en la incapacidad de dar cuenta de la contingencia y la
alteridad radical que desbordan cualquier esquema de constitución
trascendental.
La autora
acierta al señalar que la razón está en crisis, pero no agotada; lo que
realmente se muestra exhausto son los modelos racionales que se aferraron a
la inmanencia pura de la conciencia como único horizonte. Pero
esto la autora no lo admite. Ese inmanentismo, propio de la ortodoxia
husserliana, termina por desertificar el mundo real, reduciendo la riqueza de
la vida y la alteridad a meros correlatos intencionales.
La crisis de la
razón no significa su muerte, sino el agotamiento de las formas de racionalidad
que pretendieron fundarse en el suelo absoluto y cerrado de la conciencia,
incapaz de abrirse a la historicidad, la pluralidad y la trascendencia. Lo que
luego intentó hacerlo Husserl infructuosamente.
Lo que
Rizo-Patrón no admite es que la fenomenología husserliana, al insistir
en salvar la promesa de fundamento desde la conciencia, se convierte en un
callejón sin salida: la razón sobrevive, sí, pero solo si se libera de esos
modelos clausurados y se abre a una racionalidad que reconozca las realidades
suprarracionales y su carácter relacional. En otras palabras, lo que
está en crisis no es la razón misma, sino la forma dogmática de concebirla como
autosuficiente e inmanente. Lo que está en crisis es la razón desfundamentada,
sin respaldo metafísico y esencial. Y justamente ello es el dogma husserliano
que la autora no trasciende.
Referencia: Rosemary
Rizo-Patrón, La agonía de la razón. Reflexiones desde la fenomenología
práctica. Lima: PUCP, 2015.
El exilio
del sujeto
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L |
a obra de Rosemary Rizo-Patrón (PUCP, 2015)
sostiene que la proclamada “muerte”, “elisión” o “exilio del sujeto”, tan
repetida en la filosofía contemporánea post-heideggeriana y posmoderna, no es
un fenómeno nuevo, sino que hunde sus raíces en la propia modernidad. Según
Husserl —y siguiendo su lectura, Rizo-Patrón— el objetivismo, el tecnicismo y
el fisicalismo derivados de la matematización de la ciencia desde Galileo
redujeron la conciencia a una cosa más dentro del mundo, olvidando su
fundamento de sentido en el mundo de la vida. Frente a esa reducción, la
fenomenología husserliana reivindica la dimensión trascendental de la
conciencia como vía para rescatar al sujeto de su aparente desaparición.
El libro expone cómo
Husserl reprochó tanto a racionalistas como a empiristas modernos el haber
concebido la conciencia como una res cogitans, un “pequeño pedazo de
mundo”, perdiendo así el sentido más profundo de la vida del sujeto. Se destaca
el caso de Hume, quien con su escepticismo pirrónico se acercó más que ningún
otro filósofo moderno a cuestionar este paradigma, aunque permaneció prisionero
del naturalismo empirista y no logró descubrir plenamente un nuevo dominio de
la experiencia.
La autora subraya que, de
haber vivido Husserl en la segunda mitad del siglo XX, habría reprochado a
varios fenomenólogos post-heideggerianos su incomprensión del sentido de su
obra, pues en cierto modo compartieron con los modernos el mismo prejuicio: ignorar
o distorsionar la dimensión espiritual trascendental. De este modo, tanto
modernos como posmodernos aparecen como partícipes de una misma clausura, que
margina al sujeto de su horizonte más propio.
El mérito del libro reside
en mostrar que el exilio del sujeto no es una invención posmoderna, sino un
problema estructural de la modernidad. La autora ofrece una lectura clara y
sistemática de la crítica husserliana al objetivismo y al naturalismo, y defiende
la vigencia de la fenomenología como proyecto capaz de recuperar la
trascendentalidad de la conciencia frente a su reducción. La obra cumple así
una función pedagógica y académica: ilumina la genealogía del problema y
reivindica la fenomenología como interlocutora indispensable en la filosofía
contemporánea.
Objeciones
Sin embargo, una lectura
crítica revela las limitaciones de esta defensa. Corregir el objetivismo
moderno es insuficiente si no se cuestiona la raíz más honda del exilio del
sujeto: el principio de inmanencia. Al reivindicar únicamente la
trascendentalidad de la conciencia, la autora mantiene al sujeto confinado en
el círculo de la auto-constitución, sin apertura hacia un horizonte
trascendente. El verdadero extravío del sujeto no proviene solo de su reducción
objetivista, sino de la pérdida de su dimensión trascendente.
Al respecto, hay que decir
que para Husserl la dimensión espiritual trascendental es el
ámbito en el que la conciencia se reconoce como condición de posibilidad de
todo sentido y experiencia. No se trata de un “alma” sustancial ni de un objeto
más en el mundo, sino de la subjetividad trascendental: la vida
espiritual del sujeto que constituye los objetos, el mundo y la racionalidad
misma.
Para Husserl, Dios no es un
ente empírico ni una sustancia metafísica externa, sino una idea límite que
se manifiesta en la vida espiritual trascendental de la conciencia. En su
fenomenología, Dios aparece como horizonte regulativo y fundamento último del
sentido, una referencia que orienta la racionalidad y la búsqueda de verdad,
pero que nunca se da como objeto en el mundo natural. Así, la experiencia
religiosa puede ser descrita fenomenológicamente como vivencia de la
conciencia, mientras que la idea de Dios funciona como correlato absoluto de la
subjetividad trascendental, garantizando la universalidad del sentido sin
abandonar el marco de la inmanencia.
Precisando, para Husserl,
la idea de Dios no se presenta como un objeto empírico ni como una sustancia
metafísica independiente, sino como una idea límite que surge en el horizonte
de la conciencia trascendental. En este sentido, su función es semejante a la
de las ideas de la razón en Kant: no describen realidades accesibles a la
experiencia, sino que actúan como principios regulativos que orientan la
búsqueda de unidad, universalidad y sentido.
Dios, para Husserl, es el
correlato absoluto de la subjetividad trascendental, un horizonte espiritual
que garantiza la dirección de la racionalidad y la vida del espíritu, pero
siempre dentro del marco de la inmanencia constituyente. Así, la fenomenología
puede describir la experiencia religiosa como vivencia de la conciencia, pero
no afirmar la existencia de Dios como ente dado en el mundo natural. De este
modo, la idea de Dios en Husserl cumple un papel regulativo y trascendental,
semejante al de las ideas kantianas, pero permanece atrapada en el círculo de
la inmanencia, sin abrirse plenamente a la trascendencia. Lo cual obviamente no
es señalado por la autora.
En este sentido, la
solución husserliana —y la defensa que Rizo-Patrón hace de ella— equivale a
abrir una puerta de salida del objetivismo que conduce directamente al abismo
de la inmanencia trascendental. El sujeto se salva como conciencia
trascendental, pero sigue exiliado de su trascendencia. La fenomenología aquí
defendida aparece como una fenomenología sin trascendencia: fuerte en
descripción eidética, pero limitada en apertura.
Contradicciones
y silencios
El libro guarda silencios
significativos. No se confronta con las críticas marxistas de la fenomenología,
como las de Tran Duc Thao en Marxismo y fenomenología, que intentan
articular conciencia y condiciones sociohistóricas, mostrando los límites de la
constitución inmanente frente a la praxis material. Tampoco se tematiza la
posibilidad de una apertura del sujeto más allá de la conciencia, lo que deja
intacta la clausura moderna que se pretendía superar. La contradicción mayor es
interna: se denuncia el exilio del sujeto y se lo quiere rescatar regresándolo
a la casa de la conciencia trascendental, pero esa casa es precisamente el
lugar del exilio.
El silencio frente a la
dimensión sociohistórica del sujeto es particularmente problemático porque deja
sin explorar cómo las condiciones concretas de vida, las estructuras de poder y
las mediaciones culturales influyen en la constitución de sentido. Al limitarse
a la conciencia trascendental, la obra corre el riesgo de presentar al sujeto
como una instancia abstracta, desligada de su historicidad y de las prácticas
materiales que lo configuran. Esta omisión impide reconocer que el exilio del
sujeto no solo proviene de la reducción objetivista, sino también de la
incapacidad de integrar plenamente la experiencia vivida en su contexto social
y político.
Asimismo, la falta de
tematización de una apertura más allá de la conciencia mantiene intacta la
clausura moderna que se pretendía superar. Al no considerar la posibilidad de
una trascendencia que exceda la auto-constitución, el sujeto queda atrapado en un
círculo inmanente que reproduce el mismo exilio que se denuncia. La
contradicción es evidente: se busca rescatar al sujeto, pero se lo devuelve a
un espacio que lo confina. En consecuencia, la propuesta se revela
insuficiente, pues no logra abrir un horizonte que permita pensar al sujeto en
relación con lo que lo trasciende y lo funda más allá de sí mismo.
Conclusión
La obra El exilio del
sujeto se presenta como un esfuerzo sólido de interpretación y enseñanza,
capaz de iluminar con claridad la crítica husserliana a la modernidad y a la
posmodernidad. Sin embargo, su propuesta se revela insuficiente en el momento
decisivo: la defensa del sujeto trascendental no logra abrir un horizonte
nuevo, sino que lo mantiene encerrado en el mismo círculo de la inmanencia que
constituye la raíz del exilio. Lo que se ofrece como salida termina siendo un
retorno al mismo punto de partida, una recuperación aparente que no rompe con
la clausura moderna.
La solución de la autora,
al insistir en la trascendentalidad de la conciencia, perpetúa la condición del
sujeto como prisionero de su propia jaula. La conciencia trascendental se
convierte en un espacio cerrado, donde todo sentido se constituye, pero nada
trasciende. En lugar de liberar al sujeto de su confinamiento, se lo devuelve a
la celda de la auto-constitución, incapaz de abrirse a un horizonte que lo
exceda. La paradoja es evidente: se denuncia el exilio del sujeto, pero se lo
rescata en el mismo lugar que lo destierra.
Por ello, el mérito del
libro es principalmente pedagógico y sistemático, útil para comprender la
genealogía del problema y la arquitectura de la fenomenología husserliana. Pero
su límite es decisivo: filosófico y ontológico. La obra no logra superar la clausura
inmanentista que constituye la verdadera fuente del exilio, y en consecuencia,
la solución que propone mantiene al sujeto atrapado en la jaula de su
conciencia, sin acceso a la trascendencia que podría devolverle su horizonte
perdido.
La conclusión sobre El
exilio del sujeto de Rosemary Rizo-Patrón muestra con claridad la tensión
entre el valor pedagógico de la obra y sus límites filosóficos. Por un lado, el
libro cumple una función interpretativa y didáctica al exponer de manera
sistemática la crítica husserliana a la modernidad y la posmodernidad,
ofreciendo al lector una comprensión ordenada de la genealogía del problema y
de la estructura de la fenomenología trascendental. En este sentido, su aporte
es significativo para quienes buscan adentrarse en la lógica interna del
pensamiento husserliano y en la manera en que este se enfrenta a las paradojas
del sujeto moderno.
Sin embargo, el análisis
revela que la propuesta de Rizo-Patrón no logra romper con la clausura
inmanentista que constituye la raíz del exilio del sujeto. Al insistir en la
trascendentalidad de la conciencia, la autora mantiene al sujeto encerrado en
el círculo de la auto-constitución, sin acceso a un horizonte de trascendencia
que lo libere de su confinamiento. De este modo, lo que se presenta como una
salida termina siendo un retorno al mismo punto de partida: la conciencia como
celda cerrada. La paradoja es que, al denunciar el exilio, la obra lo perpetúa,
mostrando que su mayor mérito es pedagógico y sistemático, pero que su límite
decisivo es filosófico y ontológico.
Como veremos en una obra
posterior del 2024 la autora intentará superar la clausura inmanentista a
través del afecto, pero al hacerlo a través del tiempo trascendental vuelve a
quedar encerrada en el círculo de la autoconstitución, con el agravante de que
para Husserl lo afectivo era contingente y no universal ni eidético.
El intento se ve limitado porque, en la fenomenología husserliana, lo afectivo
no posee un carácter universal ni eidético, sino contingente, lo que impide que
funcione como fundamento sólido para liberar al sujeto de su confinamiento.
Así, su propuesta, aunque innovadora en su intención, permanece atrapada en la
misma estructura que pretendía superar.
Referencia: Rosemary
Rizo-Patrón, El exilio del sujeto. Mitos modernos y posmodernos. Lima: PUCP,
2015.
Del afecto al
sentido al hilo del tiempo
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E |
l afecto como inscrita en la temporalidad
trascendental de la conciencia es aquí la tesis controvertible. Del afecto
al sentido al hilo del tiempo. Un itinerario husserliano, es un artículo de
la obra Del tiempo. Perspectivas fenomenológicas, publicado en 2024 por
la editorial Dykinson, constituye uno de los aportes más recientes y originales
de Rosemary Rizo-Patrón.
A diferencia de
sus trabajos anteriores, centrados en la interpretación y sistematización de
los diálogos de Husserl con la tradición filosófica moderna y contemporánea, en
esta obra la autora se afirma como pensadora que desarrolla una propuesta
propia. El texto se inscribe en el marco de los estudios fenomenológicos sobre
el tiempo, pero introduce una perspectiva singular: la relación entre
afectividad, temporalidad y constitución del sentido como núcleo de la
experiencia humana.
La obra se
presenta como un itinerario husserliano que explora cómo el afecto, entendido
como la dimensión originaria de la vivencia, se convierte en el hilo conductor
hacia la constitución del sentido. Rizo-Patrón muestra que la fenomenología no
puede reducirse a la descripción de actos de conciencia aislados, sino que debe
atender a la manera en que la afectividad orienta la conciencia en el tiempo.
El afecto no es un añadido secundario, sino la condición de posibilidad de que
el sentido se constituya y se mantenga en la continuidad temporal. En este recorrido, la autora retoma la
fenomenología husserliana de la temporalidad —la estructura de retención,
vivencia y protención— y la amplía hacia una reflexión sobre cómo el afecto
sostiene esa estructura. El tiempo no es solo la forma de la conciencia, sino
el tejido en el que la afectividad da dirección y peso a la experiencia. Así,
el sentido se revela como inseparable de la afectividad y del flujo temporal.
Esta propuesta coloca a Rizo-Patrón en diálogo con debates contemporáneos sobre
la fenomenología del afecto y del tiempo, mostrando que la fenomenología puede
responder a problemas actuales sin perder su rigor filosófico.
El libro
también se distingue por su tono reflexivo y creativo. No se limita a comentar
a Husserl, sino que utiliza su pensamiento como punto de partida para elaborar
una filosofía propia. En este sentido, Del afecto al sentido al hilo del
tiempo marca un giro respecto a obras anteriores como Husserl en diálogo
(2012), donde el aporte era principalmente profesoral y de interpretación.
Aquí, en cambio, la autora se afirma como pensadora que ofrece una propuesta
original: una fenomenología del afecto y del tiempo como fundamento del
sentido.
En definitiva, Del
afecto al sentido al hilo del tiempo es una obra que consolida a Rosemary
Rizo-Patrón como pensadora fenomenológica. Su aporte consiste en mostrar que el
sentido no se constituye únicamente en la conciencia trascendental, sino en la
trama de la afectividad y la temporalidad. Con este libro, publicado por
Dykinson en 2024, Rizo-Patrón ofrece una reflexión original que amplía la
fenomenología husserliana y la conecta con debates contemporáneos sobre el
tiempo y la experiencia afectiva.
Ahora bien,
esta tesis de que el afecto constituye el sentido no está exenta de objeciones
filosóficas. La primera objeción señala que el afecto, por su carácter
cambiante y dependiente de estados emocionales, carece de las notas de
universalidad y necesidad que caracterizan a las estructuras trascendentales de
la conciencia. En este sentido, podría ser visto más como un fenómeno empírico
que como un fundamento eidético. La segunda objeción advierte el riesgo de
psicologismo: si el sentido se funda en el afecto, se corre el peligro de
confundir la normatividad del sentido con la facticidad de la vida emocional,
reintroduciendo bajo otro nombre el psicologismo que Husserl quiso superar. Una
tercera objeción distingue entre motivación y constitución: el afecto puede
motivar la conciencia, orientar la atención o dar peso a ciertas vivencias,
pero no necesariamente constituir el sentido, que requiere actos intencionales
como percepción, juicio o imaginación. Finalmente, se plantea el problema de la
intersubjetividad: las estructuras trascendentales deben garantizar la
posibilidad de un mundo común, compartido intersubjetivamente, y el afecto, al
ser vivido de manera singular y privada, parece difícil de universalizar.
En el propio
texto, Rizo-Patrón es consciente de estas tensiones y responde a ellas
reformulando el concepto de afecto. Para ella, el afecto no debe entenderse
como emoción psicológica contingente, sino como estructura fenomenológica
originaria que orienta la conciencia en el tiempo. De este modo, evita el
riesgo de psicologismo y subjetivismo, al inscribir el afecto en la
universalidad de la temporalidad trascendental. Su defensa consiste en mostrar
que el afecto no es un estado empírico, sino el motor que pone en marcha la
intencionalidad y que hace posible la constitución del sentido. Con ello,
Rizo-Patrón ofrece una fenomenología ampliada que busca responder a las
objeciones y que invita a la discusión crítica sobre el papel del afecto en la
filosofía contemporánea.
Sin embargo,
cabe añadir una observación crítica: la inscripción del afecto en la
universalidad de la temporalidad trascendental puede parecer más un recurso
retórico que una evidencia filosófica coherente. Efectivamente, Husserl
concebía la temporalidad trascendental como una estructura eidética, universal
y necesaria de la conciencia, mientras que el afecto, por su carácter cambiante
y pre-reflexivo, parece resistirse a esa universalización. Al afirmar que el
afecto se inscribe en la temporalidad, Rizo-Patrón busca mostrar que no es un
estado empírico contingente, sino un momento constitutivo del flujo temporal.
Sin embargo, el
paso de lo empírico a lo trascendental no queda del todo justificado: se afirma
más que se demuestra. Por ello, su propuesta abre un camino interesante pero
controvertible hacia una fenomenología del afecto y del tiempo, pero deja
pendiente la tarea de fundamentar con rigor cómo el afecto puede ser elevado al
rango de estructura trascendental sin caer en psicologismo o subjetivismo. Por
el momento la tarea no parece lograda y la sensación de un retroceso hacia el
psicologismo es inevitable. En otras palabras, en su empeño de mostrar que el
afecto se inscribe en la temporalidad trascendental, con el objetivo de
inscribirla como un estado no empírico ni contingente, no va más allá de la
afirmación sin demostración. Pues para Husserl el afecto no es una estructura
eidética, universal y necesaria de la conciencia.
Para
inscribir lo afectivo en lo universal, la autora tendría que demostrar que no
se trata de una vivencia contingente ni psicológica, sino de una estructura
eidética sin la cual la conciencia misma no podría constituirse. Esto exige un
análisis fenomenológico riguroso que muestre cómo el afecto acompaña
necesariamente la temporalidad trascendental, no como un añadido empírico, sino
como condición originaria de la intencionalidad. En lugar de limitarse a
afirmar su carácter trascendental, debería evidenciar que sin afectividad no
habría apertura al mundo ni posibilidad de sentido, y que toda conciencia, en
cualquier horizonte, está atravesada por una dimensión afectiva que la vincula
con lo otro y con los otros. Solo así el afecto podría elevarse al rango de
estructura universal, evitando el riesgo de psicologismo y subjetivismo, y
mostrando que la afectividad no es un accidente de la experiencia, sino un
rasgo constitutivo de la vida de la conciencia.
Referencia: Rosemary
Rizo-Patrón, Del afecto al sentido al hilo del tiempo. Un itinerario
husserliano, Madrid: Dykinson, 2024.
Husserl en
diálogo: Lecturas y debates
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E |
l libro Husserl en diálogo: Lecturas y
debates constituye una obra fundamental en la producción filosófica de
Rosemary Rizo-Patrón, quien se ha dedicado a estudiar y difundir la
fenomenología husserliana en América Latina. Publicado en 2012 por el Fondo
Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú y la Editorial Siglo
del Hombre en Bogotá, el volumen reúne una serie de estudios que buscan situar
a Edmund Husserl en conversación con la tradición filosófica moderna y
contemporánea. La autora examina cómo la fenomenología husserliana se relaciona
con los ideales racionales de la modernidad, cómo se distancia críticamente de
ellos y cómo responde a las objeciones y reformulaciones de pensadores
posteriores.
El contenido
del libro se organiza en capítulos que ponen en diálogo a Husserl con figuras
centrales como Descartes, Kant y Hegel, mostrando las raíces modernas de su
proyecto y las tensiones que lo atraviesan. En el capítulo dedicado a
Descartes, Rizo-Patrón analiza cómo Husserl retoma la idea del cogito y la
certeza, pero la transforma en conciencia trascendental, convirtiendo la duda
metódica en epojé y ampliando el cogito cartesiano hacia la estructura
intencional de la conciencia. En el capítulo sobre Kant, estudia la relación
entre la fenomenología y el criticismo kantiano, señalando coincidencias en la
búsqueda de fundamentos y diferencias decisivas, como la distinción kantiana
entre fenómeno y noúmeno frente a la insistencia husserliana en que la conciencia
constituye el sentido del objeto en su totalidad. En el capítulo sobre Hegel,
revisa la tensión entre la fenomenología husserliana y la dialéctica hegeliana,
contrastando la conciencia trascendental con el movimiento histórico de la
conciencia en Hegel, y mostrando cómo Husserl privilegia la descripción
eidética sobre el devenir histórico.
Los capítulos
siguientes se dedican a los diálogos de Husserl con pensadores contemporáneos
que transformaron la fenomenología. En el capítulo sobre Heidegger, Rizo-Patrón
analiza la crítica heideggeriana a Husserl, mostrando el paso de la
fenomenología de la conciencia a la ontología fundamental del ser-en-el-mundo,
y cómo Heidegger reprocha a Husserl su idealismo trascendental. En el capítulo
sobre Levinas, explora cómo este pensador convierte la fenomenología en ética
de la alteridad, desplazando el centro desde la conciencia hacia la
responsabilidad frente al otro, y cuestionando la primacía del sujeto
constituyente. En el capítulo sobre Ricoeur, examina la hermenéutica
fenomenológica, mostrando cómo la fenomenología se abre hacia la
interpretación, el lenguaje y la narratividad, introduciendo la mediación
simbólica y hermenéutica y ampliando el horizonte fenomenológico hacia la
cultura y la historia.
La conclusión
del libro recapitula los diálogos y debates, subrayando la vigencia de la
fenomenología como proyecto filosófico y su capacidad de interlocución con
distintas tradiciones. Rizo-Patrón destaca que, pese a las críticas y
transformaciones, la fenomenología husserliana sigue siendo un punto de
referencia indispensable para pensar la racionalidad, la conciencia y el
sentido en la filosofía contemporánea.
En definitiva, Husserl
en diálogo: Lecturas y debates es una obra valiosa porque ofrece una visión
panorámica y crítica de la fenomenología husserliana en relación con la
filosofía moderna y contemporánea. Su aporte consiste en la claridad, la
sistematización y la capacidad de articular los diálogos de Husserl con otros
pensadores, lo que convierte el libro en un instrumento académico de gran
utilidad.
Sin embargo,
debe señalarse que se trata de un aporte principalmente profesoral y de
interpretación, más que de una propuesta filosófica original en sentido
creador. Rizo-Patrón aparece aquí como una intérprete rigurosa y una profesora
que organiza y transmite debates complejos, pero no como una pensadora que
inaugure un sistema propio o categorías nuevas.
Llama también
la atención el nulo espacio que la autora dedica a los críticos marxistas de la
fenomenología, como el vietnamita Tran Duc Thao y su obra Marxismo y
fenomenología. Este silencio resulta significativo, pues Thao representa
una de las tentativas más influyentes de articular la fenomenología husserliana
con el materialismo histórico, mostrando tanto sus límites como sus
posibilidades de transformación. La ausencia de este diálogo deja incompleta la
panorámica del debate, ya que omite una vertiente crítica que buscó vincular la
conciencia trascendental con las condiciones sociohistóricas concretas.
Referencia: Rosemary
Rizo-Patrón, Husserl en diálogo: Lecturas y debates, Lima: Fondo
Editorial PUCP / Bogotá: Editorial Siglo del Hombre, 2012.
Lógica viva
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L |
a lógica, durante siglos, ha sido percibida
como una disciplina árida, técnica, reservada para mentes entrenadas en la
abstracción formal. Su lenguaje, plagado de símbolos y reglas, ha alejado a
muchos del pensamiento crítico que, paradójicamente, ella misma busca cultivar.
En este contexto, la obra Lógica y paradojas. Un estudio filosófico de
Rafael Mora Ramírez irrumpe como un gesto audaz y necesario: un intento por
devolverle a la lógica su dimensión humana, filosófica y pedagógica. Dividida
en dos tomos, esta obra no solo analiza los fundamentos de la lógica, sino que
los somete a una revisión crítica, pluralista y profundamente reflexiva.
La lógica como
problema filosófico
Desde sus
primeras páginas, Mora Ramírez se distancia de la lógica concebida como un
sistema cerrado. Su enfoque no busca imponer reglas, sino cuestionarlas. ¿Qué
es la lógica? ¿Es una ciencia normativa, descriptiva o una construcción
cultural? ¿Puede la lógica resolver las paradojas que ella misma genera? Estas
preguntas no se responden con definiciones, sino con un recorrido filosófico
que atraviesa la historia del pensamiento, desde Aristóteles hasta los sistemas
paraconsistentes contemporáneos. El autor sostiene que la lógica no es neutra ni universal. Está
condicionada por presupuestos epistemológicos, lingüísticos y culturales. En
lugar de asumir una lógica privilegiada, Mora Ramírez defiende el pluralismo
lógico: la idea de que diferentes contextos requieren diferentes formas de
razonamiento. Esta postura lo sitúa en la vanguardia del pensamiento lógico
contemporáneo, junto a figuras como Graham Priest, Susan Haack y Jean-Yves
Béziau.
Contra el
dogma: la lógica clásica no es la lógica por antonomasia
Uno de los
aportes más provocadores y filosóficamente fértiles de Lógica y
paradojas es su crítica a la idea —aún dominante en muchos círculos
académicos— de que la lógica clásica representa la lógica por excelencia. Mora
Ramírez desmonta esta noción con argumentos históricos, epistemológicos y
pedagógicos, mostrando que la lógica clásica es solo una entre muchas posibles,
y que su hegemonía ha sido más cultural que racional. En lugar de desechar la lógica clásica, el
autor la sitúa en su justo lugar: como una herramienta útil, pero no exclusiva,
dentro de un repertorio más amplio de sistemas lógicos. Este enfoque pluralista
permite incorporar lógicas modales, intuicionistas, difusas, paraconsistentes y
otras, cada una con su propio campo de aplicación y sus propias reglas de
inferencia. Al rechazar la
lógica clásica como lógica por antonomasia, Mora libera al pensamiento de una
camisa de fuerza milenaria. Su propuesta no es anarquía lógica, sino una
racionalidad más rica, más humana y más capaz de enfrentar la complejidad del
mundo.
Paradojas como
ventanas al pensamiento
Uno de los
grandes méritos de la obra es su tratamiento de las paradojas. Lejos de verlas
como errores o anomalías, Mora Ramírez las presenta como oportunidades para
pensar. La paradoja del mentiroso, la de Russell, los dilemas teológicos y los
problemas del libre albedrío frente a la omnisciencia divina son abordados con
profundidad filosófica. Estas paradojas revelan los límites de la lógica
clásica y la necesidad de sistemas más flexibles, como la lógica
paraconsistente, que el autor dilucida con claridad y rigor. En este sentido, la obra no solo analiza
paradojas, sino que las convierte en herramientas pedagógicas. Cada paradoja es
una invitación al lector a cuestionar sus propias intuiciones, a reconocer que
el pensamiento no siempre se ajusta a reglas formales, y que la contradicción
puede ser tan fértil como la coherencia. Sin embargo, hay un punto que deja sin
abordar y es que también se puede hacer paradoja de la paradoja, donde se crea
un bucle lógico donde el acto de negar o cuestionar requiere la existencia de
eso mismo para poder ser cuestionado.
El mito como
forma de pensamiento: lógica más allá de lo literal
En su esfuerzo
por ampliar los horizontes de la lógica, Mora Ramírez reconoce que el mito
constituye una forma legítima de pensamiento, profundamente arraigada en la
cultura, la religión y la experiencia humana. Esta inclusión del mito no es
decorativa, sino estructural: el mito desafía la lógica clásica y exige una
lógica más abierta, capaz de dialogar con lo simbólico y lo narrativo. El mito, en este enfoque, no es una falsedad
ni una superstición, sino una manera de organizar el mundo, de expresar verdades
profundas mediante imágenes, relatos y paradojas. Mora Ramírez muestra que
muchas paradojas religiosas tienen estructura mítica, y que su resolución no
puede darse únicamente desde la lógica proposicional. Al valorar el mito como forma lógica, Mora
Ramírez abre el camino para comprender las filosofías míticas ancestrales,
especialmente aquellas que han sido históricamente marginadas por el
racionalismo occidental. Esta apertura epistemológica permite que la lógica se
convierta en una vía de diálogo entre culturas, tiempos y formas de vida. Es
una obra que rompe el eurocentrismo lógico.
La lógica en
diálogo con la religión: entre Bochenski y Mora
Uno de los
aspectos más originales y audaces de Lógica y paradojas es su
tratamiento de la lógica en relación con la religión. Mora Ramírez no se limita
a aplicar la lógica al discurso religioso como si se tratara de un sistema más;
en cambio, explora cómo la religión desafía los límites de la lógica formal, y
cómo las paradojas teológicas revelan tensiones profundas entre fe y razón. En este punto, Mora Ramírez recoge el legado
de I. M. Bochenski, autor de Lógica de la religión, quien fue
pionero en mostrar que el pensamiento religioso puede y debe ser analizado
lógicamente, sin perder su carácter simbólico y trascendente. Mora prolonga
esta línea, pero con una sensibilidad latinoamericana y una apertura
epistemológica aún más marcada. Esta postura no implica renunciar al pensamiento crítico, sino
ampliarlo. La lógica, en este enfoque, se convierte en una herramienta para
comprender la complejidad del discurso religioso, sin reducirlo a fórmulas ni
someterlo a un racionalismo estrecho.
Mora frente a
Russell: más allá del formalismo lógico
Bertrand
Russell fue uno de los arquitectos de la lógica simbólica moderna. Su obra
buscó reducir las matemáticas a la lógica, estableciendo un sistema formal
riguroso. Mora Ramírez, sin negar ese legado, se distancia de su enfoque
formalista. En Lógica y paradojas, analiza la paradoja de Russell
no solo como un problema técnico, sino como una oportunidad para reflexionar
sobre los límites del pensamiento lógico. Mientras Russell busca eliminar la contradicción mediante restricciones
formales, Mora propone convivir con ella, especialmente en ámbitos como la
religión, el mito, la ética o el lenguaje natural. En lugar de imponer una
lógica única, defiende el pluralismo lógico, reconociendo que no existe una
lógica privilegiada, y que diferentes situaciones requieren diferentes sistemas
de razonamiento. El
contraste entre Bertrand Russell y Mora Ramírez revela dos maneras distintas de
concebir la lógica: mientras Russell se empeñó en construir un sistema formal
que eliminara las contradicciones y asegurara la coherencia matemática, Mora
entiende que las paradojas, lejos de ser simples fallos técnicos, son ventanas
hacia la complejidad del pensamiento humano. En su obra Lógica y
paradojas, Mora plantea que la contradicción no debe ser
desterrada, sino aceptada como parte de ámbitos donde el razonamiento no puede
reducirse a fórmulas rígidas, como la religión, el mito, la ética o el lenguaje
cotidiano. Así, frente al formalismo lógico de Russell, Mora defiende un
pluralismo lógico que reconoce la diversidad de sistemas de razonamiento y la
imposibilidad de imponer una única lógica privilegiada en todas las dimensiones
de la experiencia humana.
Mora frente a
Francisco Miró Quesada: continuidad crítica y expansión filosófica
FMQ Cantuarias
es una figura fundacional en la lógica peruana. Fue pionero en introducir la
lógica simbólica y en abrir el campo a la lógica paraconsistente. Mora, quien
recibió el Premio de Lógica Francisco Miró Quesada en 2021, se
sitúa como heredero crítico de esta tradición. No rompe con Miró Quesada, pero
tampoco lo repite. En cambio, lo prolonga hacia una lógica más abierta, más
filosófica, más sensible a la paradoja, al mito, a la religión y al contexto
cultural latinoamericano.
Más allá de la
lógica común: Mora frente a Piscoya
Luis Piscoya
Hermoza representa una figura clave en la enseñanza de la lógica clásica en el
Perú. Su obra se centra en la lógica proposicional y silogística aristotélica,
con un enfoque claro y estructurado. Mora Ramírez, en cambio, va mucho más
allá. Su obra no se conforma con enseñar la lógica clásica, sino que la somete
a crítica, la contextualiza filosóficamente y la expande hacia terrenos que
Piscoya no aborda: la paradoja, la religión, el mito, la lógica
paraconsistente, la epistemología y la semiótica.
Herencia
colonial: la lógica peruana como tributaria de Aristóteles
La lógica en el
Perú no nace en el siglo XX ni con la institucionalización universitaria
moderna. Su historia se remonta a la época colonial, cuando la enseñanza
filosófica en los colegios jesuitas y universidades virreinales se estructuraba
sobre el modelo escolástico aristotélico. Esta lógica, basada en el silogismo,
la analogía y la deducción formal, fue durante siglos el único marco aceptado
para el razonamiento académico y teológico. El historiador Walter Remond, en su obra La filosofía en el Perú
durante el virreinato, documenta cómo los manuales de lógica utilizados en
San Marcos y otras instituciones coloniales eran traducciones o adaptaciones de
textos tomistas y aristotélicos. Esta tradición no solo formó a los primeros
filósofos peruanos, sino que configuró el horizonte lógico del país durante más
de tres siglos. Incluso en el
siglo XX, la lógica enseñada en muchas universidades peruanas seguía siendo
tributaria de esta matriz aristotélica, como lo muestran los textos de Piscoya
Hermoza y otros autores. Rafael Mora Ramírez, al proponer una lógica pluralista
y crítica, no niega esta herencia: la reconoce, la problematiza y la supera. Su
obra representa un giro desde la lógica como repetición hacia la lógica como
interrogación.
Lógica de la
inteligencia artificial: operar no es pensar
Aunque Mora no
aborda directamente la lógica de la inteligencia artificial, sus reflexiones
filosóficas ofrecen un marco crítico para pensarla. La IA opera, pero no
piensa. Su lógica es funcional, orientada a la eficiencia y la resolución de
tareas. Pero pensar implica conciencia, intención, sentido, error, creatividad.
Mora Ramírez distingue entre operar con reglas y reflexionar sobre ellas. En
este sentido, su obra sugiere que la lógica humana incluye sentido, intención y
apertura al error, mientras que la lógica de la IA es cerrada y subordinada.
Un rescate
histórico: Juan Bautista Ferro
Como si todo lo
anterior no bastara, Mora Ramírez realiza un gesto histórico: rescata la figura
y los aportes lógicos de Juan Bautista Ferro, un pensador peruano olvidado por
la tradición académica. Este rescate no es anecdótico, sino profundamente significativo.
Al incluir a Ferro en la genealogía lógica peruana, el autor amplía el mapa
intelectual del país y reivindica voces que han sido silenciadas por el canon. Ferro no es citado como un antecedente
decorativo, sino como un interlocutor filosófico. Mora reconoce en él
una intuición lógica profunda, una sensibilidad crítica frente al lenguaje
religioso y una capacidad para pensar la contradicción desde el horizonte
simbólico, que lo convierten en un precursor de la lógica situada y plural que
él mismo defiende. Al rescatar su figura, Mora no solo reivindica una voz
olvidada, sino que reconstruye una genealogía lógica peruana más rica, más
diversa y más comprometida con la complejidad del pensamiento humano.
Conclusión:
pensar la lógica, no obedecerla
Un estudio
filosófico no
es un manual, ni un tratado técnico, ni una guía de operaciones mentales. Es
una obra que desobedece el canon lógico para pensar su fundamento, que
transforma la lógica de instrumento en problema, de sistema en experiencia, de
norma en paradoja. Mora no enseña a razonar como se enseña a calcular. Enseña a interrogar
la razón misma, a reconocer que la lógica no es una estructura universal, sino
una construcción histórica, cultural y filosófica. Su crítica a la lógica
clásica como lógica por antonomasia, su apertura al mito como forma legítima de
pensamiento, su diálogo con la religión desde Bochenski, su rescate de Ferro
como interlocutor olvidado, y su distancia frente al formalismo de Russell y la
rigidez de Piscoya, configuran una propuesta radical: la lógica debe ser
pensada, no obedecida.
En tiempos
donde la inteligencia artificial opera sin conciencia, donde el pensamiento se
reduce a eficiencia, y donde la contradicción se censura en nombre de la
coherencia, Mora Ramírez nos recuerda que la lógica más profunda no es la que
resuelve, sino la que revela. No la que ordena, sino la que interroga. No la
que excluye, sino la que incluye. Su obra no clausura el pensamiento: lo abre. Y en esa apertura, la
lógica se vuelve viva, humana, filosófica. No para dominar el mundo, sino para
comprenderlo. Su planteamiento subraya que la lógica no debe limitarse a ser un
instrumento de control o de eficiencia mecánica, como ocurre en la inteligencia
artificial contemporánea, sino que debe abrir espacios de reflexión y
cuestionamiento. Al reivindicar la paradoja y la contradicción como parte
esencial del pensamiento, muestra que la lógica más valiosa no es la que impone
orden absoluto, sino la que permite comprender la complejidad humana en sus
múltiples dimensiones. De este modo, su propuesta convierte la lógica en una
herramienta viva y filosófica, orientada no a dominar la realidad, sino a
profundizar en su sentido.
Bibliografía
Bochenski, I. M. Lógica de la
religión. Trad. José Gaos, Fondo de Cultura Económica, 1961.
Ferro, Juan Bautista. Ensayos
filosóficos. Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 1953.
Miró Quesada Cantuarias, Francisco. Lógica.
Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 1965.
Mora Ramírez, Rafael. El valor de la
lógica. Ensayo apologético. Riga: Editorial Académica Española, 2019.
Mora Ramírez, Rafael. Investigando a
la lógica desde un punto de vista filosófico. ACUEDI, 2022.
Mora Ramírez, Rafael. Lógica y
paradojas. Un estudio filosófico. Vol. I y II, Editorial Red Holos XXI,
Venezuela, 2021.
Piscoya Hermoza, Luis. Lógica.
Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 1986.
Remond, Walter. La lógica en el
virreinato del Perú. Fondo de Cultura Económica, 1978.
Russell, Bertrand. Introducción a la
filosofía matemática. Trad. Wenceslao Roces, Espasa-Calpe, 1964.
Autoanálisis de mi obra sobre Kant
|
M |
i relación con la obra de Immanuel Kant ha sido
crítica, evolutiva y profundamente latinoamericana. No se trata de una adhesión
doctrinal ni de una refutación sistemática, sino de un diálogo que ha
atravesado distintas etapas de mi pensamiento: desde la crítica marxista hasta
la reflexión cristiana sobre la trascendencia. Kant, como arquitecto de la
modernidad filosófica, ha sido para mí un punto de partida necesario, pero
también un límite que exige ser superado desde una perspectiva espiritual y
ontológica.
Mi formación kantiana se
consolidó en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde tuve como
maestro al Dr. Sixto García, heredero de la cátedra kantiana transmitida
por Nelly Festini, y antes por el Dr. Walter Peñaloza. Aunque no heredé
formalmente dicha cátedra —pues me alejé de la vida académica— nunca me alejé
del kantismo como campo de reflexión. Por el contrario, lo recorrí hasta sus
últimas consecuencias, hasta superarlo desde una crítica ontológica y
espiritual.
El Dr. Sixto García me
proporcionó textos fundamentales que marcaron mi formación: desde los estudios
clásicos
de Vleeschauwer, Patton, Torretti, Goldman, Morente,
hasta las interpretaciones más profundas de Heidegger y Cassirer.
Estas obras no solo me ofrecieron acceso riguroso al pensamiento kantiano, sino
también las herramientas para interrogarlo desde una perspectiva crítica y
latinoamericana. A lo largo de cinco obras
escritas entre 1990 y 2024, he abordado a Kant desde distintos ángulos,
revelando no solo sus aportes, sino también sus implicancias ideológicas,
ontológicas y teológicas. Este autoanálisis traza ese itinerario.
I. Etapa marxista: Kant
como prefiguración dialéctica
1. Kant y la
revolución burguesa (Lima: CONCYTEC, 1990): En
esta obra inicial, interpreto el criticismo kantiano como preparación
filosófica para el activismo revolucionario de la burguesía ilustrada del siglo
XVIII. Kant no es aquí un pensador abstracto, sino un ideólogo funcional al
proyecto liberal que busca legitimar la autonomía del sujeto, la racionalidad
jurídica y la moral universal como fundamentos del nuevo orden burgués.
La
razón práctica en Kant se transforma en una herramienta de legitimación
política, pues ofrece el fundamento racional para la organización de la vida
común. En este marco, el imperativo categórico encarna la ética del ciudadano
ilustrado, llamado a actuar no por interés particular, sino por deber
universal. Al mismo tiempo, la crítica kantiana a la metafísica tradicional
abre paso a un nuevo orden secular, en el que la moral y la política se
sostienen en la autonomía de la razón y no en la apelación a fundamentos
trascendentes.
2. Kantismo y
marxismo (Lima: Editorial Villanueva, 1993): Esta
obra representa un esfuerzo por revelar la prefiguración de la dialéctica
materialista marxista en la dialéctica subjetiva trascendental del idealismo
kantiano. En lugar de oponer frontalmente a Kant y Marx, propongo una lectura
en la que el pensamiento kantiano —especialmente su teoría del conocimiento y
su construcción del objeto desde las condiciones del sujeto— anticipa, en clave
idealista, el movimiento dialéctico que Marx radicaliza en el plano
histórico-material. La subjetividad trascendental kantiana no
concibe el ser como algo dado, sino como resultado de la síntesis activa del
sujeto, que organiza y constituye la experiencia. Esta mediación, en la lectura
marxista, se desplaza hacia el plano histórico-social, donde el ser de las
cosas deja de ser un producto de la conciencia pura y se convierte en efecto de
la praxis humana en condiciones materiales concretas. De este modo, el análisis
kantiano del juicio, la categoría y la síntesis, aunque pensado en clave
trascendental, anticipa en su estructura formal el dinamismo dialéctico que
Marx aplicará a la historia, la economía y la lucha de clases, transformando la
lógica de la constitución en una lógica de la producción social. Kant aparece aquí como una etapa formativa en
el desarrollo de la dialéctica moderna, cuya estructura lógica permite
comprender cómo el pensamiento construye el mundo —ya sea desde la razón
trascendental o desde la praxis revolucionaria.
III. Etapa ontológica y
espiritual: crítica desde la trascendencia
3. En torno al
problema del ser en Kant (Lima: IIPCIAL, 2004): Aquí
se marca un giro decisivo en mi pensamiento. Abandono la perspectiva marxista y
me adentro en una relectura ontológica y trascendentalista de Kant.
Examino la cuestión del ser en su filosofía, reivindicando una interpretación
esencialista que se opone a la ontología moderna. Kant
aparece como un pensador que desliga el ser de todo fundamento trascendente,
estableciendo así un límite epistemológico en la noción de la cosa en sí, la
cual se convierte no solo en frontera del conocimiento, sino también en signo
de una metafísica negada. Su crítica, concebida como un intento de reconciliar
el fenómeno con la esencia, termina revelándose como un fracaso, pues clausura
el acceso al ser en cuanto misterio y reduce la experiencia a la mera
representación. De este modo, su filosofía, lejos de abrir un horizonte
espiritual, lo restringe, impidiendo la realización plena del espíritu y
marcando el inicio de una crítica que busca superar esa clausura inmanentista.
4. Kant y el ocaso
de la modernidad (Lima: IIPCIAL, 2020): En
esta obra, profundizo la crítica desde una perspectiva cristiana y
escatológica. Señalo a Kant como precursor del inmanentismo moderno,
que desliga la trascendencia de la inmanencia, y por tanto, encierra al
sujeto en una prisión racional. La razón autónoma en Kant se
transforma en un verdadero dogma secular, erigiéndose como principio absoluto
de legitimación del conocimiento y de la moral. En este marco, la ética
kantiana excluye toda referencia a la gracia y a la revelación, desplazando lo
religioso hacia un ámbito irrelevante para la vida racional. Así, la modernidad
que se inaugura con Kant culmina en una cultura marcada por el vacío
espiritual, donde el sujeto se sostiene únicamente en la autonomía de su razón,
pero pierde el horizonte trascendente que podría darle plenitud. Aquí, Kant ya no es solo un pensador ilustrado,
sino el arquitecto de una modernidad que ha perdido el vínculo con lo divino.
Su legado es el eclipse de la trascendencia.
5. Vampiros de Dios (Lima:
IIPCIAL, 2024): Esta obra representa la culminación de mi crítica
espiritual a la filosofía moderna. En ella, presento a Kant, Hegel, Nietzsche y
Heidegger como cuatro pensadores cuya obra ha funcionado como vampiros de
la sustancia divina. Kant inaugura la racionalización de la fe al
someterla al tribunal de la razón, desplazando lo trascendente hacia un plano
regulativo. Hegel, en continuidad, absolutiza la historia y la convierte en
sustituto de lo eterno, haciendo del devenir histórico la manifestación del
espíritu absoluto. Nietzsche, en ruptura radical, proclama la muerte de Dios
como acto de liberación del sujeto, despojándolo de toda referencia
trascendente y arrojándolo a la tarea de crear sus propios valores. Finalmente,
Heidegger sustituye el Ser por la temporalidad del Dasein, mostrando que la
existencia humana se comprende no desde una esencia fija, sino desde la
apertura finita del tiempo.
Todos ellos, desde
distintas perspectivas, consolidan el rechazo de la metafísica trascendente y
la aceptación de una metafísica inmanente, que desconecta al hombre de su
origen espiritual.
IV. Conclusión: Kant como
umbral y obstáculo
Mi obra sobre Kant revela
una evolución filosófica que va del análisis histórico-materialista al
cuestionamiento espiritual y ontológico. Kant fue para mí un umbral necesario
para entender la modernidad, pero también un obstáculo que debía ser superado para
reencontrar la trascendencia. Desde la crítica marxista,
lo vi como ideólogo de la burguesía. Desde la crítica cristiana, como
arquitecto del inmanentismo secular y posmoderno. En ambos casos, su
pensamiento aparece como insuficiente para responder a las preguntas últimas
del ser, del espíritu y de la redención. Hoy, más que nunca,
necesitamos filosofías que no solo piensen el mundo, sino que lo trasciendan. Y
en ese camino, Kant es una estación, no el destino.
Bibliografía
Obras de Gustavo Flores Quelopana
FLORES QUELOPANA, Gustavo. Kant y la
revolución burguesa. Lima: CONCYTEC, 1990.
FLORES QUELOPANA, Gustavo. Kantismo y
marxismo. Lima: Editorial Villanueva, 1993.
FLORES QUELOPANA, Gustavo. En torno al
problema del ser en Kant. Lima: IIPCIAL, 2004.
FLORES QUELOPANA, Gustavo. Kant y el ocaso
de la modernidad. Lima: IIPCIAL, 2020.
FLORES QUELOPANA, Gustavo. Vampiros de Dios.
Lima: IIPCIAL, 2024.
Obras fundamentales sobre Kant en el Perú
GARCÍA, Sixto. Introducción a la filosofía
de Kant. Lima: Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 1981.
FESTINI, Nelly. La imaginación en la teoría
kantiana del conocimiento. Lima: Sociedad Peruana de Filosofía, 1948.
PEÑALOZA RAMELLA, Walter. Conocimiento
inferencial y deducción trascendental. Lima: Universidad Nacional Mayor de
San Marcos, 1962.
MIRO QUESADA, Francisco. “¿Cómo se debe leer a
Kant?”. Letras. Lima: Universidad Nacional Mayor de San Marcos, n.º
21, 1942, pp. 124–141.
SOBREVILLA, David. Filosofía, política y
estética en la Crítica del Juicio de Kant. Lima: Servicio de Copias
Gráficas, 1991.
Francisco de la Cruz:
herejía, revelación
y condena en el Perú del siglo XVI
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E |
n el siglo XVI, en pleno auge del Virreinato del
Perú, emergió una figura singular y profundamente disruptiva: Francisco de
la Cruz, fraile dominico, rector de la Universidad de San Marcos y uno de los
pensadores más radicales de su tiempo. Su visión teológica, marcada por el
anuncio del Juicio Final y la reivindicación espiritual del Nuevo Mundo, lo
llevó a enfrentarse con la ortodoxia católica y a ser condenado por la
Inquisición en 1578. Su caso revela el conflicto entre una espiritualidad emergente
y el dogma institucional, y plantea interrogantes sobre el papel de América en
la historia religiosa global.
I. El pensamiento de
Francisco de la Cruz
Formado en las universidades de Valladolid y Alcalá
de Henares, De la Cruz llegó al Perú con una sólida formación escolástica. Sin
embargo, su teología pronto se apartó de la ortodoxia. Sostenía que:
- El Juicio Final era inminente
- El Nuevo Mundo debía liderar la renovación espiritual del
cristianismo
- Los indígenas, mestizos y mujeres eran el verdadero
pueblo elegido por Dios
- La cristiandad europea había perdido su legitimidad espiritual
Estas ideas implicaban una reconfiguración profunda
del orden religioso, donde América no era periferia, sino centro de revelación.
Su visión desafiaba tanto la autoridad eclesiástica como la estructura
colonial. Este conjunto de postulados revela una teología
profundamente disruptiva para su tiempo. Al invertir el eje espiritual del
mundo —desplazándolo de Europa hacia América— Francisco de la Cruz no solo
cuestionaba la supremacía doctrinal de Roma, sino también el fundamento
ideológico del orden colonial. Al incluir a indígenas, mestizos y mujeres como
protagonistas de la nueva cristiandad, rompía con las jerarquías raciales,
sociales y de género impuestas por el sistema virreinal. Su anuncio del Juicio
Final no era solo escatológico, sino también simbólico: representaba el colapso
de un mundo viejo y la emergencia de una espiritualidad renovada, nacida desde
los márgenes. Esta visión, radical en su alcance, lo colocó en abierta
confrontación con la ortodoxia católica, que no podía tolerar semejante reconfiguración
del mapa espiritual.
II. La condena por herejía:
causas doctrinales
Aunque su pensamiento tenía implicaciones sociales,
la condena de Francisco de la Cruz fue estrictamente religiosa. La
Inquisición lo acusó de:
- Alumbradismo: creencia en la revelación directa del Espíritu Santo
- Dogmatismo profético: afirmaciones sobre el fin del mundo y su rol
como mensajero divino
- Reinterpretación radical del cristianismo: ruptura con la doctrina
oficial
No fue condenado por subversión política, sino
por herejía doctrinal. Su afirmación de que Dios hablaba directamente a
través de él, y su propuesta de refundar la cristiandad desde América, fueron
consideradas amenazas teológicas intolerables. La
severidad de la condena impuesta a Francisco de la Cruz revela el profundo
temor que la Iglesia tenía ante cualquier intento de romper el monopolio
interpretativo de la revelación divina. En el contexto del siglo XVI, afirmar
que Dios hablaba directamente a través de un individuo —fuera del marco
institucional— equivalía a deslegitimar por completo la autoridad eclesiástica.
El alumbradismo, corriente mística que promovía la iluminación interior como
vía directa hacia Dios, ya había sido perseguido en España, y en el caso de De
la Cruz, se agravaba por su insistencia en que América debía convertirse en el
nuevo epicentro espiritual. Su dogmatismo profético, lejos de ser una simple
excentricidad, fue leído como una amenaza estructural: si el mensaje divino
podía surgir desde los márgenes del imperio, entonces el orden teológico y
colonial se tambaleaba. Por ello, su condena no fue solo una defensa del dogma,
sino también un acto de preservación del poder eclesiástico frente a una visión
que proponía una refundación radical del cristianismo.
III. Relecturas
contemporáneas: Rubén Quiroz y el apocalipsis peruano
El filósofo peruano Rubén Quiroz Ávila, en su
obra Apocalipsis Peruano. El caso del teólogo Francisco de la Cruz en
el Perú del siglo XVI, propone una lectura audaz y provocadora. Quiroz
presenta a De la Cruz como:
- Un profeta condenado, cuya voz fue silenciada por el dogma
- Un pensador que imaginó una civilización espiritual desde
América
- Un precursor de una visión emancipadora, donde los marginados
ocupan el centro del relato religioso
Esta interpretación ha sido
objeto de críticas por desplazar el eje doctrinal hacia lo
político-cultural, y por proyectar categorías modernas sobre un
contexto colonial. No tergiversa, pero sí reconfigura el pensamiento de De la
Cruz desde una clave filosófica contemporánea, que enfatiza su potencia
simbólica más que su rigor teológico.
La propuesta de Rubén
Quiroz se inscribe en una corriente de pensamiento que busca recuperar
voces silenciadas por la historia oficial, especialmente aquellas que
desafiaron el orden colonial desde perspectivas espirituales o filosóficas. Al
presentar a Francisco de la Cruz como un profeta latinoamericano, Quiroz no
pretende reconstruir fielmente su teología, sino releerla como símbolo de
resistencia y posibilidad. En este sentido, De la Cruz se convierte en una
figura que encarna el deseo de refundar el mundo desde los márgenes, otorgando
protagonismo a los sectores excluidos por la estructura virreinal: indígenas,
mujeres, mestizos. Esta lectura, aunque anacrónica en términos doctrinales,
permite reactivar el poder imaginativo de su pensamiento en clave
emancipadora.
Sin embargo, esta relectura
también plantea desafíos metodológicos. Al enfatizar la dimensión simbólica y
política del discurso de De la Cruz, se corre el riesgo de desdibujar su
contexto teológico original, que estaba profundamente marcado por las disputas
doctrinales del siglo XVI y por el control férreo de la Inquisición sobre las
formas de espiritualidad. La figura del profeta condenado puede adquirir una
fuerza narrativa poderosa, pero también puede simplificar la complejidad
doctrinal de sus afirmaciones, que incluían elementos místicos,
escatológicos y apocalípticos difíciles de traducir a categorías modernas. Por
ello, el enfoque de Quiroz, aunque valioso en términos filosóficos, requiere
ser complementado con estudios históricos y teológicos que restituyan la
densidad del pensamiento de De la Cruz en su propio tiempo.
El mérito del libro de
Rubén Quiroz radica en rescatar y revalorizar una figura
olvidada como Francisco de la Cruz, presentándolo como símbolo de
resistencia espiritual y pensamiento radical en el contexto colonial. Su
enfoque permite reactivar el poder emancipador de discursos que
fueron silenciados por la historia oficial. El riesgo, sin embargo,
está en desplazar el eje doctrinal hacia una lectura político-cultural,
proyectando categorías modernas sobre un contexto teológico del siglo XVI. Esto
puede llevar a simplificaciones interpretativas que desdibujan la
complejidad doctrinal y mística del pensamiento original del teólogo.
Conclusión
Francisco de la Cruz no fue
un simple disidente religioso: fue un pensador que, desde el corazón del
Virreinato del Perú, se atrevió a imaginar una cristiandad nacida desde
América, protagonizada por los excluidos del orden colonial. Su teología no
solo desafiaba los dogmas establecidos, sino que proponía una inversión radical
del eje espiritual del mundo. Al anunciar el Juicio Final y proclamar una
revelación directa, sin mediación institucional, De la Cruz rompía con la
estructura doctrinal que sostenía tanto la Iglesia como el imperio.
Su condena por herejía
revela más que una defensa del dogma: muestra el temor profundo de una
institución que no podía tolerar que la voz de Dios se escuchara desde los
márgenes. Quemado por la Inquisición, su cuerpo fue silenciado, pero su
pensamiento no se extinguió. Hoy, su figura reaparece como emblema de una
espiritualidad insumisa, que desafía el poder desde la fe, y que sigue
interpelando a quienes buscan en la historia no solo errores, sino también
luces que fueron apagadas antes de tiempo.
Pero
como veremos a continuación, Francisco de la Cruz protagonizó una intervención
exorcística fallida en el caso de María Pizarro, episodio que pone en tela de
juicio la supuesta clarividencia de su herejía y abre dudas sobre la
consistencia de su disidencia religiosa. Este hecho revela las tensiones
internas de su pensamiento y muestra que, más allá de su audacia teológica, su
práctica no siempre logró sostener la radicalidad de sus propuestas frente a
los desafíos concretos de la experiencia espiritual.
“Luz falsa en
los umbrales del abismo: Francisco de la Cruz y el eco del engaño espiritual”
|
E |
n la Lima virreinal del siglo XVI, donde la
fe católica se entrelazaba con el poder político y el temor al demonio era tan
real como las piedras de las iglesias, se desarrolló uno de los episodios más
inquietantes de la historia religiosa americana: el caso de María Pizarro, una
joven acusada de haber hecho pacto con el demonio, y la intervención secreta —y
fallida— del fraile dominico Francisco de la Cruz. Este episodio, lejos de ser
una anécdota marginal, constituye una clave interpretativa para comprender la
verdadera naturaleza de las visiones y enseñanzas de dicho fraile. Su
inoperancia espiritual frente a la posesión de la joven no solo revela su falta
de autoridad carismática, sino que se erige como el más claro indicio de que él
mismo fue víctima de un engaño demoníaco.
Francisco de la
Cruz no era un hombre cualquiera. Fraile dominico, dotado de una elocuencia
mística y una visión escatológica radical, proclamaba que América sería el
nuevo centro del cristianismo, que los indígenas eran el verdadero pueblo
elegido por Dios, y que el fin de los tiempos estaba próximo. Afirmaba haber
recibido revelaciones celestiales, entre ellas la aparición del arcángel San
Miguel, quien supuestamente le habría encomendado una misión profética. Estas
afirmaciones, lejos de ser recibidas con entusiasmo por la jerarquía
eclesiástica, despertaron sospechas y finalmente lo condujeron al tribunal de
la Inquisición, donde fue condenado por herejía y ejecutado en 1578.
Pero antes de
su caída definitiva, Francisco de la Cruz intervino —sin autorización
eclesiástica— en el caso de María Pizarro. La joven, según los registros
inquisitoriales, había sido objeto de fenómenos que en su tiempo se
interpretaron como posesión demoníaca: convulsiones, voces extrañas,
conocimiento oculto, y una confesión explícita de haber pactado con el demonio.
La Compañía de Jesús, con su rigor teológico y su experiencia en discernimiento
espiritual, fue llamada a examinar el caso. Sin embargo, en paralelo, Francisco
de la Cruz se acercó a la joven en secreto, intentando ejercer una influencia
espiritual que, según él, provenía de sus visiones y de su supuesta misión
divina.
El resultado
fue desolador. No solo fracasó en liberar a María de su estado, sino que su
intervención fue considerada peligrosa, imprudente y espiritualmente ineficaz.
La joven no mejoró; al contrario, su situación se agravó, y terminó muriendo en
las cárceles de la Inquisición en 1573. Este fracaso no puede ser interpretado
como un simple error pastoral o una falta de experiencia. En el contexto
teológico de la época —y también desde una perspectiva espiritual más
profunda—, la incapacidad de un supuesto vidente para ejercer autoridad sobre
el demonio es un signo grave. En la tradición cristiana, los verdaderos santos
y místicos, cuando son auténticos, irradian una fuerza espiritual que no
proviene de ellos mismos, sino de su íntima unión con Dios. Donde hay santidad,
hay luz; donde hay luz, el demonio huye.
Uno de los
elementos más decisivos que la obra Apocalipsis Peruano de
Rubén Quiroz omite —y cuya ausencia debilita cualquier evaluación profunda del
papel espiritual de Francisco de la Cruz— es el principio teológico según el
cual “donde hay santidad, el demonio huye”. Esta afirmación, sostenida por la
tradición mística cristiana, no es una fórmula retórica, sino una regla
espiritual verificada en la vida de los santos. Cuando el alma está
verdaderamente unida a Dios, su sola presencia incomoda al enemigo, y su
palabra, aunque sencilla, tiene poder para liberar, consolar y sanar.
Si Francisco de
la Cruz hubiera sido portador de una santidad auténtica, su intervención en el
caso de María Pizarro habría irradiado esa fuerza espiritual que no necesita
espectáculo ni visiones, sino que se manifiesta en frutos concretos: paz,
conversión, liberación. El hecho de que esto no ocurriera, y que su presencia
no solo fuera ineficaz sino incluso perturbadora, es un signo que no puede ser
ignorado. La santidad no se proclama, se verifica; y en este caso, su ausencia
es el indicio más claro de que el fraile, lejos de ser luz, pudo haber sido
reflejo de una luz falsa. Por tanto, las conclusiones que Rubén Quiroz ofrece
sobre la figura del fraile —al no considerar este principio espiritual
esencial— resultan incompletas y, en buena medida, cuestionables.
La inoperancia
de Francisco de la Cruz ante el caso de María Pizarro, entonces, no es un
detalle menor. Es una grieta por donde se cuela la sospecha de que sus visiones
no eran de origen divino, sino que estaban contaminadas —o incluso originadas—
por el enemigo espiritual. San Pablo advierte que “el mismo Satanás se disfraza
de ángel de luz” (2 Cor 11,14), y la tradición mística, desde los Padres del
Desierto hasta San Juan de la Cruz, insiste en que el demonio puede engañar
incluso a las almas piadosas si estas no se mantienen en obediencia, humildad y
comunión con la Iglesia.
Francisco de la
Cruz actuó al margen de la autoridad eclesiástica, confiando en sus propias
revelaciones, sin someterlas al discernimiento de sus superiores. Su
intervención secreta en un caso tan delicado como el de una posesión demoníaca
no solo fue temeraria, sino espiritualmente peligrosa. El hecho de que no
lograra ningún fruto, que no produjera conversión, ni paz, ni liberación, es un
signo que no puede ser ignorado. En el combate espiritual, los frutos son el
criterio. Y en este caso, los frutos fueron amargos: confusión, escándalo,
muerte.
Por tanto,
lejos de confirmar su supuesta misión profética, el episodio de María Pizarro
revela el verdadero rostro de las visiones de Francisco de la Cruz: no como
luces celestiales, sino como reflejos engañosos de un poder que se disfraza
para seducir. Su fracaso no fue solo pastoral, fue teológico. Fue el signo más
claro de que él mismo, en su afán de ser instrumento de Dios, había caído en la
trampa del adversario.
Este caso,
leído con atención y discernimiento, no solo ilumina la figura de un fraile
trágico, sino que ofrece una lección perenne: que incluso los más fervorosos
pueden ser confundidos si se apartan de la obediencia, si se dejan seducir por
la fascinación de lo extraordinario, y si no se someten al juicio de la
Iglesia. La historia de Francisco de la Cruz es, en última instancia, una
advertencia: no toda luz viene de Dios, y no todo celo espiritual es santo. A
veces, el demonio habla en nombre de la verdad, y solo el silencio humilde y
obediente puede desenmascararlo.
Bibliografía
Millar Carvacho, René. Entre ángeles
y demonios: María Pizarro y la Inquisición de Lima. Revista de Historia,
vol. 40, no. 2, 2007, pp. 25–58.
Mesa, José Toribio. Historia del
Tribunal de la Inquisición de Lima: 1569–1820. Tomo I, Imprenta de San
Martín, 1887. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
Quiroz, Rubén. Apocalipsis peruano:
Francisco de la Cruz y el mesianismo en el virreinato. Heraldos Editores,
2025.
Catecismo de la Iglesia Católica. Librería
Editrice Vaticana, 1992.
Biblia de Jerusalén. Desclée de Brouwer,
2009. (Referencia a 2 Corintios 11,14)
San Juan de la Cruz. Subida al Monte
Carmelo. Ediciones Paulinas, 1990.
San Ignacio de Loyola. Ejercicios
Espirituales. Ediciones Mensajero, 2004.
El sentido de las dimensiones éticas
de la vida
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E |
n medio de una época marcada por el relativismo
moral, la pérdida de referentes éticos y una profunda crisis de valores, Johan
Leuridan Huys nos ofrece una obra que se erige como faro en la oscuridad: El
sentido de las dimensiones éticas de la vida. Publicada por la Universidad
de San Martín de Porres en 2016, con una segunda edición en 2018, esta obra
propone una reflexión seria y comprometida sobre la urgencia de revalorizar la
ética como dimensión esencial de la existencia humana.
Leuridan plantea una ética
humanista profundamente arraigada en la dignidad de la persona. Su propuesta no
se limita a la teoría, sino que busca formar conciencia crítica y fomentar el
compromiso social, especialmente entre los jóvenes. La ética, en su visión,
debe ser integral: debe abarcar lo racional, lo emocional, lo espiritual y lo
comunitario. Esta perspectiva se nutre de una rica tradición filosófica y
teológica, integrando influencias de pensadores como Aristóteles, Tomás de
Aquino e Immanuel Kant, así como de documentos fundamentales como la
encíclica Lumen Fidei y la doctrina social de la Iglesia. El
resultado es una propuesta sólida, contextualizada y profundamente comprometida
con los desafíos éticos del mundo latinoamericano.
La relevancia de esta obra
radica en su capacidad para ofrecer una brújula ética en tiempos de
incertidumbre. Enfrenta el vacío moral de la sociedad posmoderna con una
propuesta que no se conforma con el mero análisis, sino que impulsa la acción
responsable. Su enfoque interdisciplinario la hace aplicable en campos como la
comunicación, el derecho, la medicina y la educación, demostrando que la ética
no es un lujo académico, sino una necesidad vital.
Es cierto que la obra
presenta algunas limitaciones desde el punto de vista técnico: la falta de una
sistematización filosófica rigurosa, cierta ambigüedad en el uso de términos
clave y una escasa confrontación crítica con otras corrientes éticas. Sin embargo,
estas observaciones no deben interpretarse como una debilidad frente al
pluralismo ético contemporáneo, sino como una reafirmación de la necesidad de
una ética con fundamento. La crítica que señala una supuesta
"resistencia" al pluralismo revela, en realidad, la firmeza de una
postura que no se deja seducir por el relativismo imperante.
Leuridan no propone una
ética cerrada, sino una ética con raíz. Su visión no excluye el diálogo
intercultural, pero lo orienta desde una verdad trascendente. En un mundo que
ha vaciado la ética de sentido al desconectar al ser humano de su fundamento
divino, esta obra nos recuerda que no basta con una ética racional o humanista.
Se requiere una revolución metafísica del ser, una restitución de la unión con
Dios como principio y fin de la vida moral.
La
ética, cuando se separa de su dimensión religiosa, corre el riesgo de
convertirse en un conjunto de normas sin alma, en valores sin fundamento. Por
ello, más allá del sentido ético de las dimensiones de la vida, debe afirmarse
el sentido religioso como dimensión superior, donde la ética se vivifica en la
comunión con Dios. Solo desde esta perspectiva cristiana puede recuperarse el
verdadero horizonte del bien, la justicia y la plenitud humana.
Aporte
La obra constituye una
contribución significativa al pensamiento ético contemporáneo, especialmente en
el ámbito latinoamericano. Leuridan propone una ética humanista, centrada en la
dignidad de la persona, que busca formar conciencia crítica y compromiso
social.
·
Revaloriza
la ética como fundamento de la vida personal, familiar y social.
·
Promueve
una ética integral que abarca lo racional, lo emocional, lo espiritual y lo
comunitario.
·
Invita
a los jóvenes a asumir una postura ética activa frente a los desafíos de su
entorno.
·
Integra
elementos filosóficos, teológicos y culturales para construir una propuesta
sólida y contextualizada.
Influencias recibidas
La obra se nutre de
diversas corrientes filosóficas, religiosas y culturales que enriquecen su
enfoque ético.
·
Aristóteles:
Ética de la virtud como hábito moral orientado al bien.
·
Tomás
de Aquino: Visión teleológica del ser humano, donde razón y fe se complementan.
·
Immanuel
Kant: Autonomía moral y ley ética universal, aunque con distancia crítica.
·
Encíclica Lumen
Fidei: Vinculación entre fe y ética como luz para la acción moral.
·
Doctrina
social de la Iglesia: Principios como dignidad humana, subsidiariedad y
solidaridad.
·
Humanismo
integral: Formación ética que abarca todas las dimensiones del ser humano.
·
Contexto
latinoamericano: Sensibilidad hacia los desafíos éticos de la juventud y la
cultura local.
Importancia
La relevancia de la obra
radica en su capacidad para ofrecer una brújula ética en tiempos de
incertidumbre moral.
·
Enfrenta
el vacío ético de la sociedad posmoderna con una propuesta reflexiva y
comprometida.
·
Promueve
una ética activa, que no se limita a la teoría sino que impulsa la acción
responsable.
·
Su
enfoque interdisciplinario lo hace aplicable en campos como la comunicación, el
derecho, la medicina y la educación.
Limitaciones teóricas
Aunque la obra presenta una
propuesta ética valiosa, desde el punto de vista teórico se pueden señalar
algunas limitaciones:
·
Falta
de sistematización conceptual: La exposición ética no sigue una estructura
filosófica rigurosa, lo que dificulta su clasificación dentro de una corriente
específica.
·
Ambigüedad
terminológica: Algunos conceptos clave como “virtud”, “dignidad” o “conciencia”
no son definidos con precisión técnica, lo que puede generar interpretaciones
diversas.
·
Ausencia
de diálogo crítico: Aunque se mencionan autores clásicos y modernos, no se
desarrolla una confrontación profunda con sus postulados, lo que limita el
alcance argumentativo.
·
Predominio
de la perspectiva moral cristiana: La propuesta se apoya fuertemente en la
doctrina católica, lo que puede restringir su aplicabilidad en contextos laicos
o plurales.
·
Escasa
articulación con corrientes éticas contemporáneas: No se exploran en detalle
teorías como la ética discursiva, la ética del cuidado o el enfoque de
capacidades, que podrían enriquecer el planteamiento.
Crítica principal a su
postura ética
La crítica más relevante a
la postura ética de Leuridan radica en su resistencia al pluralismo ético
contemporáneo. Aunque el autor denuncia el relativismo como una amenaza, su
propuesta puede percibirse como excesivamente normativa y cerrada frente a la
diversidad de enfoques actuales.
·
Reducción
de la ética a una visión esencialista: Se privilegia una ética basada en la
dignidad humana y la virtud, sin integrar suficientemente otras corrientes que
también buscan el bien común.
·
Insuficiente
apertura al diálogo intercultural y secular: Al fundamentar su propuesta en la
tradición cristiana, se corre el riesgo de excluir visiones éticas laicas o
interculturales.
·
Tensión
entre universalismo y contexto: Aunque se apela a valores universales, la obra
está fuertemente situada en el contexto peruano y católico, lo que limita su
alcance teórico en sociedades pluralistas.
Conclusión
El sentido de las
dimensiones éticas de la vida es
una obra que invita a repensar la ética como fundamento de la existencia
humana, ofreciendo una propuesta rica en influencias filosóficas, teológicas y
culturales. Johan Leuridan Huys plantea una ética comprometida con la dignidad
de la persona y la formación de conciencia crítica. Sin embargo, toda ética que
pretenda ser sostenible y transformadora debe estar enraizada en el amor de
Cristo, fuente última del bien y de la verdad.
La obra no subraya con
suficiente claridad que la secularización ha vaciado la vida de sentido ético,
al desconectar al ser humano de su fundamento trascendente. En este contexto,
no basta con una ética racional o humanista: se requiere una revolución
metafísica del ser y de la persona, que restituya la unión con Dios como
principio y fin de la vida moral. El hombre occidental vaciado de Dios ha
estrangulado la vida ética, reduciéndola a normas sin alma, a valores sin
fundamento.
Por ello, más allá del
sentido ético de las dimensiones de la vida, debe afirmarse el sentido
religioso como dimensión superior, donde la ética se vivifica en la
comunión con Dios. Solo desde esta perspectiva cristiana puede recuperarse el
verdadero horizonte del bien, la justicia y la plenitud humana.
El naufragio epistémico
y ontológico de Maturana
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L |
a obra de Humberto Maturana, especialmente La
realidad ¿objetiva o construida? (1988), representa uno de los
intentos más audaces de reformular el conocimiento humano desde una perspectiva
biológica y sistémica. Su propuesta, centrada en la “epistemología del
observar”, busca superar las dicotomías clásicas entre objetivismo e idealismo,
entre sujeto y objeto, entre mente y mundo. Sin embargo, en su afán de escapar
de los extremos, Maturana termina por naufragar en una ambigüedad
epistemológica y una indefinición ontológica que comprometen la solidez de su
pensamiento. Lo que se presenta como una superación de dualismos, acaba siendo
una renuncia al fundamento.
Maturana sostiene que todo
conocimiento es resultado de la interacción entre el sistema nervioso del
observador y su entorno. No hay realidad objetiva independiente del observador,
ni sujeto que acceda a una verdad externa: hay sistemas vivos que generan
sentido en el vivir. Esta visión, influida por la biología del conocer y la
teoría de sistemas, desmantela el mito de la objetividad científica, pero
también evita comprometerse con una ontología fuerte. En lugar de afirmar una
verdad trascendente, Maturana propone que toda realidad es construida en la
experiencia. El conocer no revela lo que es, sino que produce lo que se vive.
Este giro epistemológico,
aunque innovador, oscurece el problema del ser. Al declarar que “nada es más
real que otra cosa”, y que toda verdad es relativa al observador, se corre el
riesgo de caer en un relativismo que desactiva el juicio ético, la búsqueda de
sentido y la posibilidad de una verdad compartida. Su equilibrismo entre el
idealismo subjetivo y el realismo científico no logra articular una
antropología completa, ni una metafísica coherente. En su intento de satisfacer
tanto a los materialistas como a los espiritualistas, Maturana evita toda
afirmación ontológica, y con ello, el pensamiento se vuelve incapaz de
sostener el ser.
La consecuencia de esta
navegación indefinida es el coqueteo con el nihilismo posmoderno. Si todo
sentido es construido, si toda verdad es consensuada, si no hay ser sino
lenguaje, entonces el pensamiento se convierte en técnica, en adaptación, en
juego. La ética se reduce a la aceptación mutua, y la ontología a la biología.
El resultado es una filosofía que acompaña, pero no interpela; que describe,
pero no transforma; que explica, pero no redime. El ser humano queda reducido a
un sistema autopoiético, sin alma, sin vocación, sin destino. No hay apertura
al misterio, ni reconocimiento de una alteridad radical. Todo se pliega sobre
el vivir.
Desde la perspectiva de un
humanismo integral, esta propuesta es una decepción total. El ser humano no se
agota en sus procesos biológicos, ni en sus interacciones sociales, ni en sus
construcciones lingüísticas. Hay en él una vocación ontológica hacia lo
absoluto, una apertura radical al otro, a la verdad, a Dios. Esta dimensión
trascendente no es un añadido metafísico, sino el corazón mismo de lo humano.
Maturana, al clausurar el pensamiento en la inmanencia, abandona al ser humano
en su misterio más profundo. Su epistemología funcional no puede responder a
las preguntas últimas: ¿quién soy?, ¿por qué sufro?, ¿qué es el bien?, ¿qué hay
más allá de la muerte?
Lo único seguro que puede
afirmarse de su propuesta es que permanece prisionera de las ataduras del
principio moderno de inmanencia. Aunque su lenguaje biológico y su enfoque
sistémico intentan superar el paradigma cartesiano, lo que finalmente sostiene su
arquitectura conceptual es una visión del mundo cerrada sobre sí misma, donde
todo sentido, toda verdad y toda realidad son generadas desde el vivir humano,
sin apertura hacia lo trascendente. El pensamiento gira eternamente sobre sí
mismo, sin posibilidad de salir de su propio circuito.
El naufragio epistemológico
y ontológico de Maturana no es un fracaso técnico, sino un límite filosófico.
Su obra ilumina aspectos del conocer, pero no se atreve a afirmar una verdad. Y
en ese gesto, por más elegante que sea, el pensamiento se vuelve incapaz de
sostener el sentido. Porque el ser humano no solo vive: espera, ama, sufre,
busca, cree, trasciende. Y toda filosofía que no se atreva a pensar esa
dimensión está condenada a la superficialidad. Maturana ofrece una
epistemología del vivir, pero no una ontología del ser. Y por eso, su
propuesta, aunque brillante en su formulación, naufraga en su
fundamento.
Progreso y
redefinición de la esencia moderna: lectura crítica del planteamiento de
Yangali
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a historia del pensamiento filosófico está marcada
por tensiones entre continuidad y ruptura, entre rescate y transformación. En
su libro ¿Podemos hablar de progreso en nuestra comprensión?, Oscar
Edmundo Yangali Núñez se propone reflexionar sobre la posibilidad de un
progreso en el conocimiento humano, especialmente desde una perspectiva
metafísica. Su tesis central afirma que sí es posible hablar de progreso,
siempre que se entienda como una dinámica abierta, crítica y relacional entre
sujeto y realidad. En este marco, Yangali reivindica la metafísica de las
esencias como clave para recuperar la inteligibilidad del ser, frente a los
excesos del relativismo y el empirismo contemporáneo.
El autor aclara que su
enfoque es histórico, centrado en rescatar los aportes del medioevo y el
renacimiento para comprender la noción de esencia desde la modernidad. Esta
delimitación metodológica es legítima, aunque deja fuera momentos clave del
tránsito hacia la metafísica del concepto. En particular, la omisión de
Guillermo de Occam y Francisco Suárez —figuras que radicalizan y reformulan la
noción de esencia— limita la reconstrucción del itinerario conceptual. Aunque
Yangali considera suficiente la figura de Escoto para mostrar el paso hacia el
conceptualismo, la exclusión de Occam impide ver cómo la esencia pierde su
fundamento ontológico y se convierte en instrumento lógico, abriendo el camino
hacia una epistemología empírica.
Yangali precisa que no
atribuye a Escoto el olvido de la esencia como algo común, pues reconoce en él
la noción de natura communis. Sin embargo, al enfatizar la unicidad
del ser y la voluntad divina como principio último, Escoto debilita la noción
clásica de esencia compartida. Más aún, si bien Escoto inaugura el tratamiento
de la esencia como concepto, es Occam quien da el paso decisivo hacia el
nominalismo, negando la existencia real de los universales y reduciendo las
esencias a meros nombres útiles para agrupar individuos. Esta transformación es
más radical y merece atención, incluso si el propósito del libro no es una
genealogía exhaustiva.
Asimismo, la ausencia de
Suárez y Bellarmino impide apreciar cómo la esencia, lejos de desaparecer, se
transforma en estructura conceptual. Suárez, en sus Disputationes
Metaphysicae, introduce una distinción más marcada entre esencia y
existencia, desontologizando parcialmente la esencia y acercándola a una noción
más lógica y conceptual. Bellarmino, desde la teología, contribuye a esta
formalización al sistematizar la esencia como categoría doctrinal, útil para
definir verdades reveladas. Ambos representan una etapa clave en la evolución
de la metafísica, donde la esencia comienza a entenderse como objeto de
definición, clasificación y análisis lógico. Esta transformación prepara el
terreno para el pensamiento moderno, desde Leibniz y Kant hasta Heidegger,
Zubiri o Polo.
Yangali propone una
síntesis entre realismo y conceptualismo, en la que tanto el sujeto como la
realidad extramental contribuyen a la construcción del conocimiento. Esta
postura conciliadora es valiosa, pues permite hablar de un progreso responsable
en la comprensión, siempre que se reconozca la interacción entre lo pensable y
lo real. Sin embargo, esta síntesis corre el riesgo de diluir las tensiones
históricas que han marcado el pensamiento filosófico. El conceptualismo no solo
aporta una nueva forma de pensar la esencia, sino que redefine el modo en que
el ser humano se relaciona con el mundo.
Por ello, una lectura más
completa del problema debería integrar la genealogía conceptual que va desde
Tomás de Aquino hasta Kant, pasando por Escoto, Occam, Suárez y Bellarmino.
Solo así se puede comprender cómo la esencia fue transformada, redefinida y
formalizada en nuevas claves filosóficas. El progreso en la comprensión no
implica solo rescatar lo perdido, sino también entender cómo lo perdido fue
reformulado. En ese sentido, la metafísica de las esencias debe dialogar con la
metafísica del concepto, para abrir caminos hacia una ontología relacional,
histórica y abierta al misterio del ser.
Tesis de Oscar Yangali
En su obra ¿Podemos
hablar de progreso en nuestra comprensión?, Yangali sostiene que sí es
posible hablar de progreso en el conocimiento humano, siempre que se entienda
como una dinámica abierta, crítica y relacional entre el sujeto y la realidad.
Para ello, reivindica la metafísica de las esencias como vía para recuperar la
inteligibilidad del ser, frente al relativismo y empirismo contemporáneos. Su
enfoque es histórico, centrado en rescatar aportes del medioevo y el
renacimiento, especialmente a través de figuras como Juan Duns Escoto, para
mostrar cómo la noción de esencia puede ser reinterpretada en clave moderna sin
perder su valor ontológico.
Observaciones
La crítica reconoce el valor de la propuesta,
pero advierte omisiones que debilitan su reconstrucción filosófica. La ausencia
de figuras como Guillermo de Occam y Francisco Suárez resulta significativa,
pues ambos reformulan de manera radical la noción de esencia: Occam, al negar
la existencia real de los universales, convierte la esencia en un instrumento
lógico y abre el camino al nominalismo y al empirismo moderno; mientras que
Suárez, junto con Bellarmino, muestra cómo la esencia no desaparece, sino que
se conceptualiza y formaliza, preparando el terreno para el pensamiento
moderno. Al excluirlos, se pierde la posibilidad de comprender cómo la
metafísica de las esencias se transforma en una metafísica del concepto.
Asimismo, la síntesis entre realismo y conceptualismo que propone Yangali,
aunque valiosa, corre el riesgo de suavizar las tensiones históricas que han
redefinido la relación entre sujeto y mundo. Por ello, se sugiere que una
lectura más completa debería integrar una genealogía conceptual más amplia, que
vaya desde Tomás de Aquino hasta Kant, para captar con mayor precisión cómo la
noción de esencia ha sido transformada y resignificada en el devenir del
pensamiento filosófico.
En resumen, Yangali
defiende el progreso en la comprensión mediante una recuperación crítica de la
esencia, pero la crítica señala que este rescate es incompleto sin considerar
cómo la esencia fue reformulada en la historia del pensamiento. El verdadero progreso
no solo rescata lo perdido, sino que entiende cómo fue transformado.
Preguntas de la entrevista a Oscar Edmundo
Yangali Núñez
En su libro ¿Podemos
hablar de progreso en nuestra comprensión?, Oscar Edmundo Yangali Núñez
sostiene que sí es posible hablar de progreso en el conocimiento humano,
siempre que se entienda como una dinámica abierta, crítica y relacional entre
el sujeto y la realidad. Frente al relativismo y el empirismo contemporáneos,
Yangali reivindica la metafísica de las esencias como vía para recuperar la
inteligibilidad del ser. Su enfoque es histórico, con énfasis en el medioevo y
el renacimiento, y se apoya especialmente en la figura de Juan Duns Escoto para
mostrar cómo la noción de esencia puede ser reinterpretada en clave moderna sin
perder su valor ontológico.
Preguntas críticas
1.
¿Por
qué decidió excluir figuras como Guillermo de Occam y Francisco Suárez en su
reconstrucción histórica, pese a su papel decisivo en la transformación de la
noción de esencia?
2.
Usted
reivindica la metafísica de las esencias como vía para recuperar la
inteligibilidad del ser. ¿Cómo responde a quienes sostienen que esta vía ya no
es operativa en el marco epistemológico contemporáneo?
3.
En
su lectura de Juan Duns Escoto, usted rescata la noción de natura
communis como expresión de una esencia común. Sin embargo, Escoto
también afirma que lo real no es solo lo universal ni solo lo individual, y
coloca la voluntad divina como principio último del ser. ¿No implica esto una
desestabilización del fundamento ontológico de la esencia? ¿No convierte la
esencia en algo dependiente de decisiones singulares e irrepetibles, propias de
un espíritu voluntarista e individualista, que debilita su carácter estable y
universal?
4.
¿Cómo
concilia su propuesta de síntesis entre realismo y conceptualismo con las
rupturas históricas que han redefinido la relación entre sujeto y mundo en la
modernidad?
5.
¿Qué
lugar ocupa la metafísica del concepto en su visión del progreso filosófico?
¿Es posible hablar de progreso sin integrar las formalizaciones modernas de la
esencia como estructura lógica?
6.
¿Considera
que la exclusión de Bellarmino y Suárez impide ver cómo la esencia se
transforma en categoría doctrinal y lógica, anticipando el pensamiento moderno?
7.
Usted
habla de progreso en la comprensión filosófica. ¿Qué criterios utiliza para
definir ese progreso? ¿Cree que basta con recuperar ideas del pasado, o también
es necesario entender cómo esas ideas han cambiado a lo largo de la historia?
8.
¿Cómo
imagina una ontología relacional que dialogue tanto con la metafísica de las
esencias como con la metafísica del concepto? ¿Qué desafíos plantea esta
integración para la filosofía contemporánea?
Las estructuras sociales de Francisco Miró
Quesada Cantuarias
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P |
ublicada en 1961, Las estructuras sociales de
Francisco Miró Quesada Cantuarias —“Paco” para sus allegados— es una obra que
se inscribe en el esfuerzo por pensar la sociedad peruana desde una perspectiva
filosófica, ética y racionalista, en un momento de agitación ideológica marcado
por la Guerra Fría y el incipiente reformismo del primer gobierno de Fernando
Belaúnde Terry. En este contexto, Miró Quesada se propone reflexionar sobre la
organización social sin caer en los extremos del totalitarismo comunista ni en
el inmovilismo del liberalismo imperialista. Su apuesta es por una tercera vía:
una reforma civil de las estructuras sociales, basada en la libertad del
individuo y en la educación como motor de transformación.
La obra parte de una
premisa fundamental: las estructuras sociales —familia, Estado, economía,
cultura— no son entidades naturales ni inmutables, sino construcciones
históricas que pueden y deben ser modificadas cuando atentan contra la dignidad
humana. Para Miró Quesada, el individuo no está condenado por las estructuras;
al contrario, posee la capacidad ética de resistir su presión y transformarlas.
Esta reivindicación de la libertad personal es uno de los aportes más valiosos
del libro, pues rompe con el determinismo y abre la puerta a una filosofía del
cambio basada en la conciencia y la responsabilidad.
Sin embargo, esta visión
está atravesada por un enfoque evolucionista que concibe el cambio social como
un proceso gradual, racional y pacífico. La educación aparece como el medio
privilegiado para modificar las estructuras, entendida no solo como instrucción
formal, sino como cultivo de la razón, la autonomía y la ética. En este punto,
la obra incurre en una limitación importante: al restringir la transformación
al plano educativo, Miró Quesada subestima las dinámicas de poder, conflicto y
violencia que muchas veces son necesarias para desmontar estructuras
profundamente injustas. Su confianza en la pedagogía como herramienta de
emancipación lo lleva a ignorar que, en contextos de opresión sistemática, el
cambio no siempre es posible sin confrontación directa.
Esta postura ha sido objeto
de críticas desde distintos frentes. David Sobrevilla, desde un centrismo
crítico, señaló que el enfoque evolucionista de Miró Quesada desemboca en un
“socialismo edulcorado”, incapaz de enfrentar las contradicciones estructurales
del capitalismo y la lucha de clases. Arturo Salazar Larraín, desde la derecha
intelectual, cuestionó la obra por su intencionalidad ideológica, su coqueteo
con el marxismo y su falta de rigor científico. Posteriormente, el propio Paco
reformularía su concepción de la revolución, alejándose del marxismo clásico y
adoptando una visión populista, entendida como un cambio de vigencias y
mentalidades más que como una transformación estructural.
Estas tensiones revelan
que Las estructuras sociales es una obra incómoda, que no
encaja fácilmente en los marcos ideológicos establecidos. Su intento de pensar
la sociedad desde la ética lo aleja tanto del dogmatismo revolucionario como
del conservadurismo liberal, pero también lo deja expuesto a críticas por no
enfrentar de lleno las raíces materiales del conflicto social. El libro no
aborda con suficiente profundidad el papel de las clases sociales, ni la
alienación que transmite al pueblo la oligarquía peruana, ni el influjo del
imperialismo en la enajenación cultural y económica. Al no tematizar el rol de
los medios de comunicación como reproductores de la lógica consumista y
alienante del capitalismo occidental, la obra pierde la oportunidad de mostrar
cómo el poder se ejerce también desde el control simbólico.
No está de más recordar que
esta obra causó un profundo malestar en el seno de la plutocrática familia Miró
Quesada, que lo tildó de “contaminado de marxismo”. Este rechazo revela el
grado de incomodidad que generó su intento de pensar la sociedad desde una
ética transformadora, aunque no revolucionaria. La obra no fue solo una
intervención filosófica; fue también una ruptura simbólica con el pensamiento
dominante de su entorno familiar y social.
En resumen, Las
estructuras sociales es una obra valiosa por su intento de articular
una filosofía del cambio basada en la libertad, la ética y la educación. Su
mensaje profundo es que el ser humano puede —y debe— resistir las estructuras
que lo alienan, y que el cambio comienza en la conciencia. Pero su marco
racionalista, extraclasista y pacifista lo aleja de las realidades históricas
de América Latina, donde la transformación muchas veces ha exigido rupturas
radicales. La obra invita a pensar, pero no necesariamente a luchar. Y en ese
gesto, revela tanto su fuerza como su límite.
“Ser es poner”: Kant,
Peñaloza
y la deducción inferencial
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L |
a filosofía crítica de
Immanuel Kant marcó un giro radical en la historia del pensamiento al situar al
sujeto como condición de posibilidad del conocimiento. Walter Peñaloza, en su
ensayo El conocimiento inferencial y la deducción trascendental,
publicado por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en 1962, retoma esta
revolución kantiana desde una perspectiva lógica e inferencial, proponiendo que
la deducción trascendental de las categorías debe entenderse como una
inferencia lógica que articula la experiencia sensible con el pensamiento.
Décadas
más tarde, en 1997, Peñaloza publica Una respuesta tardía en
el primer número de la Revista de Epistemología, dirigida por Luis
Piscoya, donde responde críticamente a David Sobrevilla. En ese texto, acusa a
Sobrevilla de tener una “mentalidad escolar” y una “comprensión esquemática”
que no alcanza a captar las sutilezas de la epistemología kantiana. En este ensayo
se reconstruye el núcleo de la tesis peñalociana, se examina su crítica a
Sobrevilla, y se explora cómo esta interpretación transforma la noción misma de
objetividad, necesidad y universalidad en el pensamiento moderno.
Para
Peñaloza, Kant no puede ser comprendido adecuadamente si se lo reduce a un
idealista formal o a un racionalista ilustrado. Su propuesta epistemológica
implica una síntesis activa entre lo sensible y lo conceptual, donde el
conocimiento no es una copia de lo dado, sino una construcción inferencial que
el sujeto realiza mediante enlaces metasensibles a priori.
La
deducción trascendental de las categorías —como causalidad, sustancia, unidad—
no busca demostrar su origen empírico ni su validez externa, sino justificar
cómo el entendimiento las aplica legítimamente a la experiencia. Esta
operación, según Peñaloza, es una inferencia lógica: el sujeto deduce las
condiciones necesarias para que lo múltiple de la intuición pueda ser pensado
como objeto.
Esta
lectura se apoya en la noción kantiana de espontaneidad del entendimiento, que
en la segunda edición de la Crítica de la razón pura lleva a
Kant a eliminar las expresiones “deducción subjetiva” y “deducción objetiva”.
Ya no se trata de explicar cómo el sujeto llega a tener las categorías, sino de
mostrar que las formas de la intuición y del pensamiento residen en la
espontaneidad de nuestro ser. El sujeto pone las condiciones del conocimiento:
de ahí la fórmula kantiana que Peñaloza recupera con fuerza —“ser es poner”.
Uno
de los puntos más finos de la interpretación peñalociana es la distinción entre
el existir del fenómeno y su comprensión como objeto. Para Kant, lo sensible
—las daciones empíricas— puede aparecer en el espacio y el tiempo sin necesidad
de las categorías. El espacio y el tiempo son formas puras de la sensibilidad,
condiciones para que haya intuición. Pero para que esas daciones sean pensadas
como objetos, se requiere la intervención del entendimiento.
Las
categorías no hacen que el fenómeno exista, sino que permiten comprenderlo como
objeto de experiencia. Esta comprensión no es pasiva ni descriptiva, sino
inferencial: el entendimiento enlaza lo múltiple de la intuición mediante
funciones lógicas que permiten deducir su estructura como objeto.
Peñaloza
insiste en que esta distinción es clave para evitar confusiones como las que
atribuye a Sobrevilla, quien —según él— mezcla el plano empírico con el plano
trascendental, y no distingue entre la pretensión de necesidad y universalidad
como conceptos a priori, y su manifestación empírica como regularidades
observadas.
En Una
respuesta tardía (1997), Walter Peñaloza responde con severidad a las
críticas de David Sobrevilla, a quien acusa de no haber comprendido el núcleo
lógico de su tesis kantiana. Según Peñaloza, Sobrevilla se limita a una lectura
esquemática, literalista, que repite conceptos sin captar su función
estructural dentro del sistema crítico. Peñaloza señala que
Sobrevilla confunde la pretensión trascendental de necesidad y universalidad
—como condiciones a priori del entendimiento— con su manifestación empírica.
Esta confusión lleva a Sobrevilla a mezclar el plano lógico con el plano
fenomenológico, y a desestimar la deducción trascendental como una operación
inferencial legítima.
“Sobrevilla
acostumbrado a la repetición al pie de la letra, no capta esas sutilezas”,
afirma Peñaloza, subrayando que la comprensión kantiana exige una lectura que
no se detenga en la superficie del texto, sino que penetre en su arquitectura
lógica.
Esta
crítica no es meramente personal, sino epistemológica: Peñaloza denuncia una
forma de leer filosofía que se limita a la memorización y no alcanza la
estructura racional que sostiene los grandes sistemas. En ese sentido, su
respuesta tardía es también una defensa del pensamiento como ejercicio
inferencial, no como repetición escolar.
Una
de las consecuencias más profundas de la tesis peñalociana es la redefinición
de la objetividad en Kant. Para los empiristas, lo objetivo es lo que se
conecta con objetos externos; para Kant, en cambio, lo objetivo es aquello que
puede ser pensado como objeto de experiencia, es decir, intuición sensible
relacionada con el objeto mediante las categorías del entendimiento. Esta
relación no es automática ni empírica, sino sintética e inferencial. La
intuición sensible —lo dado en el espacio y el tiempo— debe ser enlazada por el
entendimiento mediante funciones lógicas que permiten deducir su estructura
como objeto. Por eso, lo objetivo no es lo empírico en bruto, sino lo
sintetizado racionalmente por el sujeto trascendental.
Peñaloza
insiste en que esta operación es una deducción lógica, no una descripción
psicológica ni una observación empírica. El sujeto no observa ni recibe el
objeto, sino que lo pone mediante estructuras inferenciales que articulan lo
sensible con lo conceptual.
La
tesis de Peñaloza también se proyecta como una crítica al empirismo moderno y
al neopositivismo lógico. Wittgenstein, en su etapa temprana, afirma que “nada
inobservado puede inferirse válidamente de lo observado”, poniendo en duda la
validez de los juicios universales basados en experiencia. Los empiristas y
neopositivistas sostienen que los conceptos de necesidad y universalidad no son
evidentes ni verificables empíricamente. En consecuencia, los reducen a
convenciones lingüísticas, reglas sintácticas o los eliminan como residuos
metafísicos.
Kant,
en cambio, concibe que la necesidad y la universalidad no se derivan de la
experiencia, sino que son conceptos puros a priori del entendimiento. Son
condiciones de posibilidad para que la experiencia sea pensable como
conocimiento. No se observan, se ponen. No se descubren, se deducen. Peñaloza
retoma esta tesis para afirmar que el conocimiento no es una acumulación de
observaciones, sino una estructura inferencial que el sujeto realiza mediante
funciones lógicas. Así, Kant no solo responde a Hume, sino que resiste el
retroceso empirista de Wittgenstein y los neopositivistas, defendiendo la
legitimidad de la inferencia trascendental como fundamento del conocimiento
objetivo.
La
tesis de Peñaloza se inscribe en una evolución histórica del pensamiento sobre
la necesidad y la universalidad. Los griegos creían detectar lo necesario en lo
trascendente: Platón en las Ideas, Aristóteles en el Nous o el Primer Motor. Lo
universal era eterno, inmutable, y el conocimiento consistía en acceder a esa
dimensión superior. Con el giro moderno, los
empiristas y los científicos ilustrados buscaron lo necesario en la realidad
sensorial. La observación metódica parecía capaz de revelar leyes universales.
Pero esta confianza en la experiencia llevó a una paradoja: lo empírico solo
ofrece lo contingente, nunca lo necesario. Wittgenstein lo expresa con crudeza:
“Nada
inobservado puede inferirse válidamente de lo observado.”
Kant
rompe con ambas posturas. No busca lo necesario ni en lo trascendente ni en lo
empírico, sino en el sujeto mismo, en su capacidad de poner activamente las
condiciones que hacen posible la experiencia. Para Kant, el conocimiento no
surge de una contemplación de esencias eternas ni de una acumulación de datos
sensibles, sino de una síntesis espontánea que el sujeto realiza mediante
formas a priori: el espacio y el tiempo como intuiciones puras, y las
categorías del entendimiento como funciones lógicas.
Esta
operación no es empírica ni psicológica, sino trascendental: el sujeto deduce
las condiciones necesarias para que lo múltiple de la intuición pueda ser
pensado como objeto. De ahí su célebre afirmación —recuperada por Peñaloza con
fuerza—:
“Ser
es poner” (Sein ist Setzen).
El
objeto de conocimiento no es simplemente dado, sino constituido por el sujeto
mediante enlaces metasensibles. Lo necesario y lo universal no se descubren en
el mundo ni se abstraen de la experiencia: se ponen como condiciones lógicas
para que haya experiencia posible. Esta es la revolución kantiana que Peñaloza
interpreta como una deducción inferencial, y que autores contemporáneos como
Brandom, Apel y McDowell confirman desde sus propias perspectivas filosóficas.
La
noción de espontaneidad es clave en la segunda edición de la Crítica de
la razón pura. Kant elimina la distinción entre deducción subjetiva y
objetiva, reconociendo que las formas de la intuición y del pensamiento residen
en la espontaneidad de nuestro ser. Esto significa que el sujeto no solo
organiza lo dado, sino que lo constituye activamente como objeto de
conocimiento. Peñaloza interpreta esta espontaneidad como
actividad inferencial. El sujeto no observa ni recibe el objeto, sino que lo
pone mediante enlaces lógicos que articulan lo sensible con lo conceptual. Por
eso, la deducción trascendental no es una descripción psicológica ni una
justificación empírica, sino una inferencia lógica que explica cómo el
conocimiento es posible. Esta tesis transforma la
noción misma de objetividad, necesidad y universalidad. Lo objetivo no es lo
externo, sino lo sintetizado racionalmente. Lo necesario no es lo observado,
sino lo deducido. Lo universal no es lo repetido, sino lo puesto como condición. Walter
Peñaloza, en su defensa del conocimiento inferencial, también se posiciona
frente a corrientes filosóficas que niegan la legitimidad de deducir lo no
observado a partir de lo observado. En este contexto, resulta reveladora la
afirmación de Ludwig Wittgenstein en el Tractatus Logico-Philosophicus:
“Nada
inobservado puede inferirse válidamente de lo observado.”
Esta
sentencia, que condensa una postura radicalmente empirista, implica que toda
inferencia que exceda lo dado sensorialmente carece de validez lógica.
Wittgenstein, retrocediendo a tesis empiristas, se alinea con la desconfianza
de Hume hacia los juicios universales y necesarios. La experiencia, según esta
visión, solo ofrece lo contingente; por tanto, cualquier pretensión de
necesidad o universalidad sería ilegítima.
Frente
a esta negación epistemológica, Kant propone una solución revolucionaria: la
necesidad y la universalidad no se derivan de la experiencia, sino que son
conceptos puros a priori del entendimiento. Son condiciones para que la
experiencia sea pensable como conocimiento. Peñaloza retoma esta idea para
afirmar que el conocimiento no es una acumulación de observaciones, sino una
estructura inferencial que el sujeto realiza mediante funciones lógicas.
Robert
Brandom: inferencias como estructura del significado: Brandom, en Making
It Explicit (1994), sostiene que los conceptos se definen por su papel
en inferencias. Saber el significado de una expresión es saber qué inferencias
la justifican y qué consecuencias se siguen de ella. Esto confirma la tesis de
Peñaloza: el conocimiento no es una copia de lo dado, sino una síntesis
inferencial. Brandom hace de la inferencia el núcleo del significado y del
conocimiento, ratificando la lectura peñalociana y extendiéndola al plano
semántico y pragmático.
Karl-Otto
Apel: la lógica trascendental del lenguaje: Apel traslada la deducción
kantiana al plano del lenguaje. Toda afirmación presupone una comunidad de
interlocutores racionales y condiciones normativas que hacen posible el
diálogo. Esto confirma que el conocimiento no es empírico,
sino estructural y comunicativo. Apel expande la tesis de Peñaloza: la
inferencia lógica no solo estructura el conocimiento, sino también la ética del
discurso y la racionalidad intersubjetiva.
John
McDowell: la experiencia como conceptualizada: McDowell, en Mind
and World (1994), defiende que toda experiencia está ya impregnada de
conceptualidad. Para Kant, la intuición sin concepto es ciega; para McDowell,
la experiencia sin conceptualización no puede justificar creencias. Peñaloza
anticipa esta tesis al afirmar que el objeto no se da sino que
se deduce mediante categorías. McDowell refuerza que lo sensible solo
se convierte en conocimiento cuando es pensado inferencialmente.
La
crítica de David Sobrevilla —que reduce la deducción trascendental a una
operación formal, confunde planos y niega su carácter inferencial— queda
completamente desactivada por estos desarrollos contemporáneos:
·
Brandom
confirma que el conocimiento se articula inferencialmente, no por observación
ni repetición.
·
Apel
muestra que las condiciones del sentido se ponen por el sujeto en el lenguaje,
no se descubren en la experiencia.
·
McDowell
demuestra que la experiencia está ya conceptualizada, y que la dación empírica
no basta para justificar conocimiento.
En
conjunto, estos pensadores ratifican la tesis de Peñaloza y hacen tabla rasa de
la crítica de Sobrevilla, que no logra captar la profundidad ni la vigencia del
pensamiento kantiano en clave inferencial.
Walter
Peñaloza, en su ensayo de 1962 y en su respuesta tardía de 1997, propone una
lectura de Kant que va más allá de la repetición escolar. Su tesis es clara y
profunda: el conocimiento es posible porque el sujeto deduce lógicamente las
condiciones de su posibilidad. Esta deducción no es empírica ni psicológica,
sino trascendental e inferencial. Frente a lecturas como la
de David Sobrevilla, que confunden planos y repiten fórmulas sin captar su
función estructural, Peñaloza defiende una filosofía que piensa, que enlaza,
que deduce. Su lectura de Kant anticipa debates contemporáneos sobre la
racionalidad, el lenguaje, la lógica y el sujeto. En
tiempos donde el pensamiento crítico se ve amenazado por la superficialidad y
la repetición, la tesis de Peñaloza —que el conocimiento es inferencia, que ser
es poner— sigue siendo una invitación a pensar con rigor, profundidad y
libertad. Desde una posición ontológica realista que he
desarrollado en obras como En torno al problema del ser en Kant (Lima,
2004), Resentimiento metafísico e inversión de los valores en la
modernidad subjetivista (Lima, 2014), Kant y el ocaso de la
modernidad (Lima, 2020) y Agonía de la modernidad sin
absolutos (Lima, 2025), he sostenido que la tesis kantiana —y su
interpretación inferencialista— requiere una distinción fundamental que no
siempre se reconoce con claridad: el “ser es poner” no puede confundirse con el
“ser existir”.
La
afirmación kantiana tiene un alcance epistemológico: se refiere a cómo el
sujeto pone las condiciones para que el objeto sea pensado como tal. Pero esto
no implica que el ser mismo —en su dimensión ontológica— sea producto del
pensamiento. El ser existe independientemente del sujeto, y no puede ser
reducido a una función lógica o a una síntesis categorial. Desde
esta perspectiva realista, sostengo que el ser antecede al pensar. No es el
pensamiento el que crea el ser, sino que el ser se impone como realidad que
debe ser comprendida. Sin embargo, reconozco que desde la epistemología, el ser
necesita ser reconstruido por el pensar para volverse inteligible. El sujeto no
pone el ser, pero sí lo interpreta, lo articula, lo tematiza.
Esta
distinción entre el plano ontológico y el plano epistemológico permite corregir
posibles excesos idealistas en ciertas lecturas de Kant. El conocimiento no es
una creación del mundo, sino una reconstrucción racional de lo que ya es. La
inferencia no constituye el ser, pero sí constituye el sentido del ser para el
sujeto. Así, la crítica al idealismo moderno no niega la
potencia de la deducción trascendental, pero la reubica en su justo lugar: como
una teoría del conocimiento, no como una ontología. El pensamiento puede poner
condiciones para conocer, pero no puede poner el ser mismo. El ser es, antes de
ser pensado.
Este
ensayo ha recorrido la arquitectura crítica de Kant, la lectura inferencialista
de Walter Peñaloza, la réplica severa a David Sobrevilla, la reformulación de
la objetividad como síntesis, la defensa de lo a priori frente al empirismo, la
evolución histórica del concepto de necesidad, la crítica realista al idealismo
moderno, y la confirmación contemporánea de la tesis peñalociana por parte de
Brandom, Apel y McDowell. En cada paso, se ha
reafirmado que el conocimiento no es una recepción pasiva, sino una actividad
inferencial que el sujeto realiza para que lo sensible se convierta en objeto.
Peñaloza no solo leyó a Kant: lo pensó. Y al hacerlo, anticipó el giro
inferencial que hoy domina la filosofía analítica y pragmática. Mientras
algunos repetían esquemas, él deducía estructuras. Mientras Sobrevilla
desbarraba entre planos confundidos, Peñaloza trazaba con rigor la línea que
separa la dación empírica de la comprensión racional. Hoy, sin haberlo citado,
Brandom, Apel y McDowell le dan la razón: el conocimiento es inferencia, no
copia; síntesis, no acumulación.
Pero
desde una perspectiva realista crítica, conviene advertir que el criticismo
kantiano —al absolutizar la función del sujeto— fortaleció la postura del
idealismo moderno, desplazando la ontología y opacando el ser ante el pensar.
El mundo no necesita ser puesto para existir; existe antes de toda deducción.
Lo que el pensamiento pone no es el ser, sino su inteligibilidad. Y, sin
embargo, al confundir el orden del conocer con el orden del ser, la modernidad
filosófica terminó creyendo que el sujeto es el legislador del mundo.
Así,
entre el “ser es poner” kantiano y el “ser antecede al pensar” realista, la
filosofía sigue pensando. Y en ese pensar, se juega su ironía más fina: que,
para comprender el ser, hay que ponerlo en juicio; y que, para ponerlo en
juicio, hay que pensar como si el ser dependiera de nosotros. Kant lo sabía.
Peñaloza lo defendió. Sobrevilla lo ignoró. Y nosotros, entre crítica y
ontología, seguimos pensando, no para crear el mundo, sino para devolverle su
ser.
Bibliografía
Kant, Immanuel. Crítica de la razón pura.
Traducción de Manuel García Morente, Editorial Losada, 2007.
Peñaloza, Walter. El conocimiento
inferencial y la deducción trascendental. Universidad Nacional Mayor de San
Marcos, 1962.
———. Una respuesta tardía. Revista
de Epistemología, vol. 1, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 1997.
Sobrevilla, David. Kant y el problema del
conocimiento. Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del
Perú, 1995.
Flores Quelopana, Gustavo. En torno al
problema del ser en Kant. Lima, 2004.
———. Resentimiento metafísico e inversión
de los valores en la modernidad subjetivista. Lima, 2014.
———. Kant y el ocaso de la modernidad.
Lima, 2020.
———. Agonía de la modernidad sin absolutos.
Lima, 2025.
Brandom, Robert. Making It Explicit:
Reasoning, Representing, and Discursive Commitment. Harvard University
Press, 1994.
Apel, Karl-Otto. Towards a Transformation
of Philosophy. Routledge, 1980.
McDowell, John. Mind and World. Harvard
University Press, 1994.
Wittgenstein, Ludwig. Tractatus
Logico-Philosophicus. Traducción de E. Anscombe, Routledge & Kegan
Paul, 1961.
Ricardo Palma y la Filosofía: Imaginación, Tradición y Utopía Moral
|
¿P |
uede un literato ser
filósofo? La pregunta que abre este ensayo —“¿De cuándo acá
ha de ser el autor de un libro el que mejor lo entienda?”— no solo es
provocadora, sino que plantea una inquietud epistemológica: ¿quién tiene la
autoridad para interpretar una obra? En el caso de Ricardo Palma, esta pregunta
cobra especial relevancia, pues su obra más célebre, Tradiciones
Peruanas, ha sido leída principalmente como literatura costumbrista,
humorística o histórica, pero rara vez como una expresión filosófica.
Sin embargo, existe una
larga tradición de escritores que han sido también pensadores profundos. Desde
los trágicos griegos como Esquilo y Sófocles, hasta figuras modernas como
Goethe, Thomas Mann, Hermann Hesse o César Vallejo, la literatura ha servido como
vehículo para explorar las grandes preguntas de la existencia, la moral, el
tiempo, la historia y el alma humana. En ese linaje se inscribe Ricardo Palma,
aunque de forma menos reconocida.
La filosofía no siempre se
expresa en tratados sistemáticos ni en lenguaje técnico. A menudo se manifiesta
en intuiciones, metáforas, narraciones y símbolos. Palma, con su estilo
picaresco y su aguda ironía, construye una visión del Perú que no solo entretiene,
sino que interpela. Su crítica al presente desde el pasado virreinal, su
preocupación por la ética pública, su rechazo al positivismo y su concepción
dinámica de la tradición revelan una filosofía implícita que merece ser
desentrañada.
Además, el contexto
histórico en el que escribe Palma —la consolidación de la República peruana en
el siglo XIX, marcada por el caos político, el centralismo limeño y la
exclusión del mundo indígena— le otorga a su obra una dimensión crítica. Aunque
su mirada es criolla y limitada en alcance social, su idealismo moral y su
apuesta por una identidad nacional basada en valores éticos lo convierten en un
pensador que sueña con un Perú mejor.
Este ensayo propone,
entonces, leer a Ricardo Palma no solo como el gran tradicionista, sino como un
filósofo de la imaginación moral. A través de sus relatos, Palma nos ofrece una
visión del mundo que combina historia, ética, estética y utopía. Y como todo
filósofo auténtico, su obra no envejece: rejuvenece con cada lectura, porque
toca las fibras más profundas del alma peruana.
La obra de Ricardo Palma,
especialmente sus Tradiciones Peruanas, ha sido celebrada por su
ingenio narrativo, su humor criollo y su valor documental sobre el Perú
virreinal y republicano. Sin embargo, más allá de su dimensión literaria, Palma
construye una visión del mundo que puede ser leída como una filosofía implícita:
una filosofía que no se expresa en conceptos abstractos, sino en imágenes,
intuiciones y relatos. Este ensayo sostiene que
Ricardo Palma encarna una filosofía nacionalista y moral, articulada a través
de la imaginación dinámica y la narración histórica. Su crítica al positivismo,
su rechazo al utilitarismo, su preocupación por la ética pública y su
concepción fluida de la tradición revelan una postura filosófica que interpela
al presente desde el pasado. Palma no propone una filosofía sistemática, sino
una filosofía vivida, encarnada en personajes, situaciones y símbolos que
reflejan las aspiraciones más profundas del alma peruana.
Esta filosofía palmesca se
articula en tres dimensiones fundamentales:
·
La
crítica moral al presente, desde una ética idealista.
·
La
imaginación dinámica, como potencia creadora de sentido.
·
La
concepción revolucionaria de la tradición, como diálogo entre pasado y futuro.
En las siguientes
secciones, desarrollaremos cada una de estas dimensiones, mostrando cómo
Ricardo Palma, sin pretenderlo explícitamente, se convierte en un filósofo de
la imaginación moral y un pensador clave para la reflexión sobre la identidad
peruana.
Ricardo Palma vivió en una
época marcada por el desencanto republicano. El Perú del siglo XIX, tras la
independencia, se debatía entre el caos político, el centralismo limeño, la
exclusión del mundo indígena y la influencia creciente del positivismo europeo.
En ese contexto, Palma se convirtió en un observador agudo de la realidad
nacional, y desde sus Tradiciones Peruanas lanzó una crítica
moral que, aunque envuelta en humor y picardía, revela una profunda
preocupación ética. Palma no fue un moralista
dogmático, pero sí un idealista. Su ética no se basa en normas rígidas, sino en
valores universales como la honra, la honestidad, la dignidad y el respeto por
la historia. En relatos como Dos excomuniones y El
alcalde de Paucarcolla, se lamenta de la pérdida de estos valores en la
vida pública. Su crítica no es abstracta: está encarnada en personajes que
representan la decadencia moral del Perú republicano.
“¡Qué tiempos aquellos en
que la honra valía más que el oro!” — El alcalde de Paucarcolla
Esta frase, aparentemente
nostálgica, encierra una crítica directa al materialismo y al utilitarismo que
Palma percibe como corrosivos. El positivismo, con su énfasis en la ciencia, el
progreso y la utilidad, le parece insuficiente para construir una república
ética. En Lida, por ejemplo, cuestiona el triunfo de la razón
instrumental sobre los valores espirituales, mostrando que el progreso técnico
sin moral es estéril.
Palma no propone una ética
religiosa ni secularista. Aunque anticatólico, no se aparta de los valores
permanentes que trascienden credos. Su mirada es humanista, idealista,
platónica: cree en la existencia de esencias morales que deben guiar la vida
pública. En este sentido, su filosofía se opone tanto al relativismo como al
pragmatismo político.
Además, su crítica moral
está vinculada a su visión del Perú criollo. Palma desconfiaba del indio y
desconocía el Perú profundo, lo que limita su alcance ético. Sin embargo, su
idealismo republicano —aunque elitista— busca una regeneración moral del país.
Sueña con un Perú desinfectado de taras y corruptelas, donde la tradición no
sea un peso muerto, sino una fuente de valores vivos.
En suma, la crítica moral
de Palma se articula como una ética idealista que se opone al positivismo, al
utilitarismo y al materialismo. Su literatura no solo entretiene: interpela,
denuncia y propone. Y en esa propuesta ética está el germen de una filosofía
nacional que aún tiene mucho que decir. La imaginación en Ricardo
Palma no es mero ornamento literario ni recurso estético: es el núcleo
generador de sentido en su obra. A esto lo denomino “imaginación dinámica”,
aquella facultad humana que sueña en imágenes, no en conceptos, y que permite a
la razón elevarse hacia lo espiritual. En Palma, esta imaginación se convierte
en una herramienta filosófica que articula historia, intuición y utopía. A
diferencia de la imaginación reproductiva —que copia lo real— o la imaginación
técnica —que proyecta soluciones prácticas—, la imaginación dinámica es
creadora, simbólica, reveladora. Es la que opera en los sueños, en la poesía,
en el mito. Palma la utiliza para animar el pasado virreinal y proyectar desde
él una crítica al presente. Sus tradiciones no son reconstrucciones
arqueológicas, sino ficciones vivas que interpelan la realidad contemporánea.
Por ejemplo, en La
camisa de Margarita, Palma transforma una anécdota trivial en una metáfora
del orgullo limeño, la honra familiar y el absurdo social. La historia se
vuelve símbolo, y el símbolo, imagen del alma criolla. Esta operación
imaginativa no busca documentar, sino revelar. En otras palabras, “Palma sueña
con un otro presente desde el pasado virreinal”.
La imaginación dinámica
también permite a Palma doblar el tiempo. Sus relatos no siguen una cronología
lineal, sino que conectan épocas, personajes y valores en una fluencia
simbólica. El pasado no está muerto: es potencia viva que dialoga con el
presente. Esta concepción temporal —más cercana a la mitología que a la
historiografía— revela una filosofía del tiempo como interacción, no como
compartimiento estanco. Además, Palma entiende que
la imagen precede al concepto. En su obra, la imagen es ontogenética: nace
antes que la representación racional. Por eso, su filosofía no se expresa en
definiciones, sino en escenas, gestos, diálogos y símbolos. La poesía es
“metafísica de la palabra”, y Palma la practica desde la prosa narrativa.
Esta imaginación dinámica
tiene también una dimensión ética. Al soñar con un Perú desinfectado de taras y
corruptelas, Palma no propone un programa político, sino una utopía moral. Sus
intuiciones reveladoras —más que razonamientos— apuntan a una regeneración
espiritual. En este sentido, su imaginación no es evasiva, sino crítica; no es
nostálgica, sino transformadora. En resumen, la imaginación
dinámica en Ricardo Palma es una potencia filosófica que crea sentido, anima el
pasado, critica el presente y sueña con un futuro ético. Es la facultad que le
permite hacer visible lo invisible, y convertir la literatura en filosofía
viva.
Uno de los aportes
filosóficos más originales de Ricardo Palma es su manera de entender la
tradición. Lejos de concebirla como un conjunto de costumbres fijas o un
archivo muerto del pasado, Palma la transforma en una herramienta crítica, viva
y en constante diálogo con el presente. Esta visión lo sitúa dentro de lo que
se denomina la semiótica tradicionista, en contraposición a
la semiótica tradicionalista. La diferencia entre ambas
no es menor: mientras la semiótica tradicionalista concibe el tiempo como una
secuencia de compartimientos separados —pasado, presente y futuro como esferas
absolutas—, la semiótica tradicionista lo entiende como una fluencia, una
corriente en la que el pasado se proyecta hacia el presente con una visión de
futuro. En este marco, la tradición no es un monumento intocable, sino una
fuente de sentido que puede y debe ser reinterpretada.
Palma encarna esta actitud
revolucionaria. Sus Tradiciones Peruanas no son ejercicios de
nostalgia ni intentos de restauración conservadora. Por el contrario, son
intervenciones críticas que utilizan el pasado virreinal como espejo para
cuestionar las taras del Perú republicano. En relatos como El alacrán
de Fray Gómez o La boleta de soldado, el autor revela las
contradicciones morales, políticas y sociales de su tiempo, valiéndose de
anécdotas históricas para iluminar las sombras del presente.
Esta operación implica una
concepción activa de la historia. Para Palma, el pasado no es un depósito de
verdades eternas, sino un campo de batalla simbólico desde el cual se puede
construir una identidad nacional más ética y coherente. Su tradición es, por
tanto, presente-vivo, no presente-muerto. Está abierto al diálogo, al cambio, a
la resignificación. Este enfoque lo diferencia
de los tradicionalistas que ven en la historia una herencia sagrada e
inmutable. Palma, en cambio, reconoce que toda tradición es una construcción
cultural, y como tal, puede ser reinterpretada. Su literatura es una forma de
semiosis: un proceso de producción de sentido que articula pasado y presente en
función de un ideal moral. En este sentido, Palma no
solo es un narrador del pasado, sino un filósofo de la historia. Su obra
plantea una pregunta fundamental: ¿para qué sirve la tradición? Y su respuesta
es clara: para transformar el presente. Esta actitud lo convierte en un pensador
moderno, incluso subversivo, que utiliza la memoria no para conservar, sino
para renovar.
Ricardo Palma, el gran
tradicionista peruano, no escribió tratados filosóficos ni se proclamó
pensador. Sin embargo, su obra encierra una filosofía implícita que merece ser
reconocida y estudiada. A través de sus Tradiciones Peruanas, Palma
articula una crítica moral al presente desde una ética idealista, moviliza una
imaginación dinámica como potencia creadora de sentido, y propone una
concepción revolucionaria de la tradición como diálogo entre pasado y futuro. Su
rechazo al positivismo, al utilitarismo y al materialismo no se expresa en
términos doctrinarios, sino en intuiciones narrativas que revelan una profunda
preocupación por la desinfección moral de la república. Su imaginación, lejos
de ser evasiva, es crítica y transformadora. Y su visión de la tradición, lejos
de ser conservadora, es dinámica, abierta y viva.
Palma nos enseña que la
filosofía no siempre se encuentra en los tratados, sino también en los relatos.
Que la imaginación puede ser una forma de pensamiento profundo. Y que la
tradición, bien entendida, puede ser una herramienta para construir un futuro
ético. Por eso, su obra no envejece: rejuvenece con cada lectura, porque toca
las fibras más hondas del alma peruana. En tiempos de crisis moral
y de desconexión histórica, volver a Palma es volver a pensar el Perú. No como
un país atrapado en sus taras, sino como una nación capaz de soñar, imaginar y
transformar. Su legado filosófico —aunque no siempre reconocido— es una
invitación a mirar el pasado con ojos críticos, el presente con responsabilidad
y el futuro con esperanza.
La filosofía implícita en
Ricardo Palma puede entenderse como una apuesta por la imaginación como forma
de pensamiento. Sus Tradiciones Peruanas no son meros relatos
costumbristas, sino ejercicios de crítica cultural que, bajo la apariencia de
la narración ligera, ponen en evidencia las fracturas morales y políticas de la
república. Palma convierte la memoria en un espejo que refleja las taras del
presente y, al mismo tiempo, en un recurso para proyectar un horizonte ético.
En este sentido, su obra revela que la literatura puede funcionar como
filosofía práctica, capaz de interpelar y transformar la conciencia colectiva.
Otro aspecto central de su
pensamiento es la manera en que concibe la tradición. Para Palma, esta no es un
depósito estático de recuerdos, sino un proceso vivo que se renueva en cada
generación. Al narrar episodios del pasado, los resignifica y los convierte en
materia crítica para el presente. De este modo, la tradición se vuelve
dinámica, abierta y revolucionaria, pues no busca conservar lo antiguo por sí
mismo, sino reactivar su potencia creadora en diálogo con el futuro. Esta
visión lo distancia de cualquier conservadurismo y lo acerca a una filosofía de
la historia que entiende el pasado como fuerza transformadora.
Finalmente, su rechazo al
positivismo y al materialismo se expresa en una ética idealista que atraviesa
sus relatos. Palma no formula sistemas doctrinarios, pero sus intuiciones
narrativas denuncian la corrupción, la mediocridad y la pérdida de valores, proponiendo
en cambio una regeneración moral de la república. Su filosofía subyacente es,
entonces, una invitación a pensar el Perú desde la imaginación crítica, la
tradición viva y la ética del espíritu. Por ello, su obra sigue vigente: porque
ofrece claves para enfrentar las crisis contemporáneas y para soñar un país
capaz de reinventarse desde su propia memoria.
Bibliografía
Palma, Ricardo. Tradiciones Peruanas.
Edición crítica de Oswaldo Holguín Callo, Biblioteca Virtual Miguel de
Cervantes, 2005.
Palma, Ricardo. Pasionarias. El Havre:
Tipografía Alfonso Lemale, 1870.
Palma, Ricardo. Ropa Apolillada. Lima:
Imprenta y Librería del Universo de Carlos Prince, 1891.
Kant, Immanuel. Crítica del juicio.
Traducción de Manuel García Morente, Editorial Losada, 2004.
Holguín Callo, Oswaldo. “Bibliografía de Ricardo
Palma.” Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Pontificia
Universidad Católica del Perú – Academia Nacional de la Historia del Perú,
2005.
El espíritu
independiente y humanista de la sociedad peruana de filosofía
85
AÑOS DE EXISTENCIA
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H |
an pasado ochenta y cinco años desde que la
Sociedad Peruana de Filosofía (SPF) fue fundada en Lima, en 1940, por el
insigne pensador Víctor Andrés Belaúnde. No fue una casualidad ni un gesto
académico más. Fue un acto profundamente espiritual, filosófico y político en
el sentido más noble del término. Ese mismo año, Europa ardía: París había
caído bajo las botas del ejército nazi, y Londres era bombardeada noche tras
noche por la Luftwaffe en lo que sería conocido como el Blitz. Las bombas no
solo destruían ciudades, también demolían los pilares de la civilización
occidental. La razón ilustrada, que había prometido progreso, libertad y
dignidad, se veía humillada por el totalitarismo, el odio racial y la violencia
ideológica. Belaúnde, testigo lúcido de ese colapso, comprendió que el Perú
necesitaba un espacio de reflexión libre, humanista y abierto, donde la
filosofía pudiera resistir la barbarie y reconstruir el pensamiento desde sus
raíces más profundas.
Décadas después de su
fundación, la Sociedad encontró en Francisco Miró Quesada Cantuarias —Paco,
como lo llamábamos con respeto y afecto— a un conductor intelectual de enorme
talla. Filósofo riguroso, periodista agudo y pensador de vocación pública, Paco
supo preservar el espíritu plural y libre de la SPF sin someterla jamás a
ninguna corriente filosófica dominante ni a ningún partido político. Aunque
tenía simpatías personales por Acción Popular y por Fernando Belaúnde Terry,
jamás confundió esas afinidades con la línea institucional de la Sociedad. Bajo
su liderazgo, la SPF se abrió a todas las voces del pensamiento peruano, desde
tomistas hasta marxistas, desde positivistas hasta fenomenólogos, sin perder su
independencia. Fue él quien evitó que la Sociedad cayera bajo la órbita de
alguna universidad o se convirtiera en una capilla doctrinaria. Su visión era
clara: la filosofía debía ser un espacio de diálogo, no de militancia; de
búsqueda, no de adoctrinamiento. Por su parte, Víctor Andrés Belaúnde, aunque
fundador y figura tutelar de la Sociedad, se fue alejando progresivamente de su
conducción directa. Las razones fueron múltiples: sus crecientes
responsabilidades diplomáticas —que lo llevarían a representar al Perú ante la
ONU y a presidir la Asamblea General en 1959—, su dedicación a la docencia
internacional, y su profunda vocación por el humanismo cristiano, que lo llevó
a priorizar espacios de reflexión espiritual más allá del ámbito institucional.
No fue un abandono, sino una retirada respetuosa, confiando en que la Sociedad
seguiría fiel a su espíritu fundacional.
Desde entonces, la SPF ha
sido un faro de pensamiento en medio de las tormentas ideológicas, políticas y
culturales que han atravesado nuestro país y el mundo. Y cuando en 2019 me tocó
asumir la presidencia de esta institución, lo hice con la plena conciencia de
que no se trataba de administrar una asociación académica más, sino de
custodiar un legado, de reactivar una llama que nunca debió apagarse. Después
de un interregno de casi una década de inactividad, tras el fallecimiento de
María Luisa Rivara de Tuesta, fui elegido en sesión extraordinaria realizada en
San Marcos para dirigir su reflotamiento. No fue una tarea fácil, pero sí
profundamente necesaria.
Mi gestión estuvo guiada
por un principio irrenunciable: la defensa del espíritu independiente y
humanista de la Sociedad Peruana de Filosofía. Me opuse con firmeza —y
lo sigo haciendo— a que la SPF se convierta en una trinchera ideológica, en un
instrumento de propaganda o en una capilla doctrinaria. Rechacé que se
sometiera a cualquier corriente filosófica dominante, y especialmente me manifesté
en contra del predominio ideológico de las tendencias relativistas de la
posmodernidad, que pretenden disolver la verdad en una multiplicidad de
discursos sin fundamento, y que muchas veces confunden el pensamiento crítico
con el nihilismo.
La filosofía, para mí, no
es un juego de lenguaje ni una construcción arbitraria. Es una búsqueda seria,
rigurosa y apasionada de la verdad, del sentido, de la dignidad humana. Por
eso, durante mi presidencia, me aseguré de que la SPF no se subordinara a
ninguna universidad, a ningún partido político, ni a ninguna ideología.
Siguiendo el ejemplo de Francisco Miró Quesada Cantuarias —quien también supo
mantener la independencia de la Sociedad frente a sus propias simpatías
políticas con Acción Popular—, abrí las puertas de la SPF a intelectuales de
diversas disciplinas: historiadores, físicos, juristas, literatos, científicos.
Porque la filosofía no vive encerrada en sí misma; dialoga con todo el saber
humano.
También me opuse a que la
SPF se confundiera con un colegio profesional de filósofos. No somos una
entidad gremial ni una oficina de acreditación. Somos —y debemos seguir siendo—
un espacio de encuentro, de diálogo, de reflexión libre. Muchos confunden la
SPF con una agremiación profesional, donde basta tener un diploma para
ingresar, pero no es así y nunca fue así. Lo que se exige es obra escrita,
pensamiento original, capacidad creadora. La SPF no es para diplomados en
filosofía, sino para todos los intelectuales que crean filosofía, provengan del
área del conocimiento que provengan. La filosofía no se certifica, se vive. No
se encierra en títulos, se expresa en preguntas, en inquietudes, en búsquedas
compartidas.
Durante estos 85 años, la
SPF ha sido testigo de transformaciones profundas en el pensamiento peruano.
Desde el tomismo y el positivismo de sus primeros años, pasando por el
existencialismo, el marxismo crítico, la filosofía analítica y las corrientes
contemporáneas, la Sociedad ha sabido acoger la diversidad sin perder su
identidad. Esa identidad no está en una doctrina, sino en un espíritu: el
espíritu humanista, abierto, independiente, que cree en la razón sin
dogmatismos, en la fe sin fanatismos, en la libertad sin relativismo. Vivimos
tiempos profundamente antifilosóficos, meramente funcionalistas, pragmáticos,
nihilistas, hedonistas, anéticos y marcados por la postverdad. La filosofía
está en cama UCI, debilitada por el espíritu disolvente de la modernidad y la
posmodernidad occidental neoliberal. Vivimos las horas más dramáticas de su
existencia. No darse cuenta o negarlo es la mayor insensatez filosófica, una
ceguera que pone en peligro a la filosofía misma. Hemos entrado en una era
pos-occidental, un giro civilizatorio donde declina la razón instrumental,
escéptica y fragmentaria, y nos aproximamos a un revival de la razón unida a la
fe, a una nueva síntesis espiritual. En ese contexto, la Sociedad Peruana de
Filosofía está llamada a ser faro en esta transformación mundial, a iluminar el
tránsito hacia una nueva conciencia filosófica.
Hoy, más que nunca,
necesitamos recuperar ese espíritu. En un mundo fragmentado por ideologías,
polarizado por discursos de odio, y confundido por la proliferación de verdades
alternativas, la filosofía debe volver a ser lo que siempre fue: una guía, una
brújula, una luz. Y la Sociedad Peruana de Filosofía, con sus 85 años de
existencia, está llamada a ser ese espacio donde el pensamiento se cultiva con
rigor, con libertad y con amor por la verdad.
Este ensayo no es solo una
reflexión personal. Es un llamado a todos los que creen que la filosofía
importa, que el pensamiento tiene consecuencias, que la cultura no es un lujo
sino una necesidad. La SPF no es mía, ni de ningún presidente, ni de ninguna
corriente. Es de todos los que se atreven a pensar, a preguntar, a dialogar. Y
mientras ese espíritu siga vivo, la Sociedad seguirá cumpliendo su misión.
Ahora, bajo la presidencia
de Rubén Quiroz —quien ya se encuentra en su segundo periodo, sumando seis años
de liderazgo— la SPF está en pleno proceso de relanzamiento y estabilización.
Con un equipo talentoso y dedicado, se efectúa una gestión bastante destacada,
cosa nada fácil en medio de inevitables tormentas políticas, ideológicas y
académicas. Pero debe primar el espíritu filosófico e institucional para que la
SPF siga avanzando en medio de un mar embravecido. Y digo esto porque en el
reciente Congreso Nacional de Filosofía realizado en San Marcos, en el acto
final, el presidente de dicho congreso agradeció a cuanta universidad pudo,
pero ni media palabra para la SPF. Creo que esas omisiones —deliberadas o no—
no deben primar, porque en filosofía no somos amigos de personas, sino de la
verdad.
Hay un hecho decisivo que
no puede pasar inadvertido: la SPF nació hace 85 años, en medio de la Segunda
Guerra Mundial, cuando la humanidad enfrentaba el colapso de sus certezas y la
amenaza real de su autodestrucción. Aquella fundación en tiempos de oscuridad
fue, en sí misma, un gesto de afirmación del espíritu filosófico: apostar por
la razón, el diálogo y la dignidad humana cuando el mundo parecía renunciar a
ellas. Hoy vivimos una resonancia inquietante de aquel escenario: una tensión
geopolítica global que muchos leen como antesala de una posible Tercera Guerra
Mundial, esta vez con dimensión nuclear y potencial apocalíptico. La filosofía
no puede desentenderse de este peligro; debe asumirlo como horizonte de
responsabilidad y como criterio de juicio sobre nuestras instituciones y
discursos.
En este contexto, la SPF
está llamada a releer su origen como mandato: si pudo nacer en guerra, hoy debe
consolidarse en crisis. Eso exige una doble tarea. Por un lado, contrarrestar
la banalización técnica y la propaganda que normalizan la violencia, recuperando
el sentido crítico y la deliberación racional. Por otro, reconstruir puentes
entre razón y fe, ciencia y ética, historia y futuro, para devolver espesor
espiritual a la vida pública. La posible catástrofe nuclear no es solo una
amenaza militar: es un síntoma del agotamiento de la razón instrumental y del
deterioro de la cultura. Ante ello, la SPF debe ser faro y dique: faro que
ilumine la complejidad del presente y dique que contenga la deriva hacia la
barbarie, reactivando el compromiso filosófico con la verdad, la justicia y la
paz.
Teología
Dilexi Te
ILEXI TE -Yo te he amado (Ap 3, 9)- es la Exhortación
Apostólica de León XIV. En ella el Sumo Pontífice no se pliega a la Teología de
la liberación de Gutiérrez y Sobrino, sino a la Teología de los pobres de León
XIII, posteriores y esencial a la Doctrina Social de la Iglesia, donde se
propone transformar la sociedad y sus estructuras desde la fraternidad y la
caridad en vez de la confrontación política y la lucha de clases. Su condena a
la cultura elitista del éxito, el descarte y la meritocracia es categórica, y
su conexión con el Cristo pobre, la opción de Dios por los pobres, la tradición
de la construcción de una Iglesia para los pobres y el reconocimiento de que
amar al prójimo es amar al pobre es un desafío permanente.
Hay que subrayar que la opción por los pobres en
Cristo no es solo una cuestión social o estructural, sino profundamente
espiritual: se trata de reconocer en ellos el rostro mismo de Dios y vivir la
caridad como camino de santidad. La lucha de clases como categoría política no
aparece en el Evangelio, pero la denuncia de la injusticia y la invitación a la
conversión sí son constantes. Dios encarnó a su Hijo no en un rey sino en un
hombre pobre e itinerante. Así, la postura de León XIV se muestra coherente con
Cristo en cuanto prolonga su opción preferencial por los pobres, su rechazo a
la lógica del poder y del éxito mundano, y su invitación a transformar el mundo
desde la fraternidad universal.
Una crítica posible a la postura de León XIV es que
al privilegiar la fraternidad y la caridad como motores de transformación
social puede correr el riesgo de subestimar la dimensión estructural de la
injusticia. La teología de los pobres, en continuidad con León XIII, enfatiza
la dignidad y la opción por los marginados, pero algunos podrían señalar que
sin una confrontación más directa con los sistemas económicos y políticos que
generan desigualdad, la propuesta puede quedarse en el plano moral y espiritual,
sin lograr cambios efectivos en las estructuras que perpetúan la pobreza. Otra
crítica sería que, al rechazar la lucha de clases y la confrontación política,
se podría dar la impresión de que la Iglesia se distancia de las experiencias
históricas de los pobres que sí han recurrido a la organización política y
social para defender sus derechos. En este sentido, algunos teólogos de la
liberación han argumentado que la caridad y la fraternidad, aunque esenciales,
no bastan si no se acompañan de una praxis transformadora que cuestione
directamente los mecanismos de opresión. Finalmente, se podría cuestionar que
la condena a la meritocracia y al éxito elitista, aunque coherente con el
Evangelio, necesita ser matizada para no desalentar el esfuerzo personal y la
responsabilidad individual, que también forman parte de la dignidad humana. La
crítica aquí sería que la postura de León XIV, al ser tan categórica, podría
ser interpretada como un rechazo absoluto a cualquier forma de mérito, cuando
en realidad lo que se busca es evitar que el mérito se convierta en un criterio
de exclusión o descarte.
Por los demás, la
Exhortación Apostólica Dilexi Te se escribe en un contexto mundial
marcado por una tensión geopolítica extrema, donde la posibilidad de una
Tercera Guerra Mundial aparece como un horizonte inquietante. Las rivalidades
entre potencias, la proliferación de armas nucleares y los conflictos
regionales que amenazan con escalar a nivel global configuran un escenario de
fragilidad y miedo colectivo. En este marco, la voz del Pontífice adquiere un
carácter profético: su opción por los pobres y su rechazo a la lógica del poder
y del éxito no son solo llamados espirituales, sino también advertencias frente
a un mundo que corre el riesgo de destruirse por la ambición, la violencia y la
falta de fraternidad. El peligro de una guerra atómica y apocalíptica convierte
la exhortación en un documento de urgencia civilizatoria. León XIV, al insistir
en la fraternidad universal y en la caridad como motores de transformación,
propone un camino alternativo frente a la lógica de confrontación que domina la
política internacional. Su mensaje se inscribe en la convicción de que solo una
humanidad reconciliada, capaz de reconocer en los pobres el rostro de Dios y en
la fraternidad el fundamento de la paz, podrá evitar el colapso global. Así, la
exhortación no se limita al ámbito eclesial, sino que se proyecta como un
llamado a la comunidad internacional para detener la espiral de violencia y
abrir un horizonte espiritual capaz de contrarrestar la amenaza de una guerra
total.
La reivindicación de la
Iglesia de los pobres por parte del Sumo Pontífice no puede pasar desapercibida
en el seno del imperialismo, pues toca un nervio sensible de su estrategia
histórica. Desde mediados del siglo XX, la opción preferencial por los pobres
se convirtió en un eje de resistencia espiritual y social en América Latina,
capaz de cuestionar las estructuras de dominación y exclusión. Ante ello, las
potencias hegemónicas vieron con preocupación el potencial transformador de una
Iglesia que se alineaba con los marginados y que podía convertirse en motor de
cambio político y cultural. La respuesta fue clara: incentivar desde los años
60 un evangelismo agresivo, orientado a fragmentar la unidad católica y a
neutralizar la fuerza crítica de la teología de los pobres.
Este evangelismo, promovido
con abundantes recursos económicos y mediáticos, buscó desplazar el énfasis en
la justicia social hacia una religiosidad individualista, centrada en la
prosperidad personal y en la obediencia acrítica. De este modo, se intentó
contrarrestar la influencia de una Iglesia que denunciaba la injusticia
estructural y que llamaba a la fraternidad universal como fundamento de la paz.
La estrategia imperial consistió en transformar la fe en un instrumento
funcional al sistema, despojándola de su dimensión profética y reduciéndola a
un consumo espiritual que no cuestiona las bases del poder económico y
político.
Hoy, con la Exhortación Dilexi
Te, el Pontífice vuelve a colocar en el centro la opción por los pobres, lo
que inevitablemente reactiva las tensiones con las lógicas imperiales. La
insistencia en la fraternidad y la caridad como motores de transformación
social desafía directamente la cultura del éxito elitista y del descarte,
pilares del modelo neoliberal global. En consecuencia, la preocupación del
imperialismo se renueva: una Iglesia que se reconoce como voz de los pobres y
que denuncia la injusticia estructural amenaza con desestabilizar el orden
establecido. La historia muestra que, frente a este desafío, las potencias han
recurrido a estrategias de neutralización espiritual; pero la fuerza profética
de la Iglesia de los pobres sigue siendo un horizonte que interpela y desborda
cualquier intento de control.
El matiz que introduce la
Exhortación Dilexi Te es decisivo: frente a la teología de la liberación
de los años setenta, que interpretaba la opción por los pobres desde una clave
más clasista y en términos de confrontación política y lucha de clases, León
XIV reivindica la teología de los pobres en continuidad con León XIII, pero con
un énfasis distinto. Su propuesta no busca radicalizar la división social, sino
promover la reconciliación de clases a través de la fraternidad y la caridad.
En lugar de concebir la transformación como resultado de la confrontación, la
plantea como fruto de la comunión y del reconocimiento mutuo, donde el pobre no
es un instrumento de lucha, sino el rostro mismo de Cristo que interpela a
todos.
Este giro implica que la
Iglesia no se coloca como agente de polarización, sino como mediadora
espiritual que llama a superar las injusticias sin caer en la lógica de la
violencia o del antagonismo irreconciliable. La teología de los pobres, tal
como la presenta León XIV, se convierte en una invitación a construir un orden
social más justo desde la solidaridad y el amor, evitando tanto el elitismo
meritocrático como la radicalización ideológica. De este modo, la opción por
los pobres se mantiene firme, pero se orienta hacia la reconciliación y la
unidad, en contraste con la visión más conflictiva de la teología de la
liberación.
El énfasis en la
reconciliación de clases que propone la teología de los pobres se conecta
directamente con el contexto geopolítico actual, donde las fracturas sociales y
la polarización global reproducen, en muchos sentidos, las tensiones de los
años setenta. En aquel entonces, la teología de la liberación interpretaba la
opción por los pobres desde la confrontación y la lucha de clases, lo que
generó tanto entusiasmo como rechazo. Hoy, en un mundo marcado por la
desigualdad creciente, la exclusión y el riesgo de una Tercera Guerra Mundial,
la propuesta de León XIV adquiere un matiz distinto: no se trata de radicalizar
la división, sino de buscar una síntesis espiritual que permita superar la
violencia y abrir caminos de paz. La reconciliación de clases, en este marco,
no significa negar la injusticia estructural, sino enfrentarla desde una lógica
distinta a la del antagonismo irreconciliable. En tiempos de tensión nuclear y
de crisis civilizatoria, insistir en la fraternidad universal y en la caridad
como motores de transformación social es un modo de contrarrestar la espiral de
odio y confrontación que domina la política internacional. La Iglesia de los
pobres, tal como la reivindica León XIV, se convierte en un espacio de
mediación espiritual que busca unir lo que la lógica imperial y neoliberal
fragmenta, ofreciendo un horizonte de paz frente al colapso global.
Así, la teología de los
pobres no solo responde a las necesidades internas de la Iglesia, sino que se
proyecta como una alternativa civilizatoria en un mundo al borde de la guerra.
Frente a la amenaza de una conflagración atómica, la reconciliación de clases
se presenta como un camino para evitar que las tensiones sociales y económicas
se conviertan en combustible de la violencia global. En este sentido, la
propuesta del Pontífice no es ingenua ni meramente espiritual: es una
estrategia de supervivencia cultural y política, que busca reorientar la
humanidad hacia la fraternidad y la solidaridad como únicas bases capaces de
sostener la paz en tiempos de crisis.
Referencia: Papa
León XIV. Dilexi Te. Exhortación Apostólica del Sumo Pontífice. Lima:
Paulinas, 2025.
Seis miradas sobre Cristo
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L |
a figura de Jesucristo ha sido objeto de múltiples
interpretaciones en la cultura occidental moderna. Desde la crítica
racionalista hasta la exaltación mística, desde el drama existencial hasta la
reafirmación dogmática, cada autor proyecta sobre Cristo su propia cosmovisión,
sus inquietudes filosóficas y el espíritu de su época. Este ensayo examina seis
obras fundamentales que ofrecen visiones profundamente distintas de
Jesús: Vida de Jesús de Ernest Renan (1863), Historia
de Cristo de Giovanni Papini (1921), La última tentación de
Cristo de Nikos Kazantzakis (1955), Jesús de Nazaret de
Joseph Ratzinger (2007–2012), El Cristo de la fe y los Cristos
literarios de Víctor Andrés Belaúnde (1936), y tres obras
contrapuestas de Gustavo Flores Quelopana (1990, 2012, 2017). A través de
ellas, se revelan no solo distintas imágenes de Cristo, sino también las
tensiones entre fe, razón, literatura, nihilismo y redención en la modernidad.
A lo largo de la historia
moderna y contemporánea, distintas figuras intelectuales han ofrecido
interpretaciones diversas sobre Cristo, cada una marcada por su contexto
cultural y filosófico. Ernest Renan, en la Francia del siglo XIX, escribió Vida
de Jesús en un ambiente dominado por el positivismo y el secularismo,
presentando a Cristo como un sabio moral despojada de milagros y divinidad,
inaugurando así la secularización moderna del cristianismo, aunque reduciendo
la fe a mera crítica ilustrada. Giovanni Papini, en la Italia de posguerra,
tras su conversión al catolicismo, elaboró Historia de Cristo como una
obra lírica y apasionada que buscaba conmover al lector moderno, exaltando la
figura redentora de Jesús, aunque sin rigor histórico y más cercana a la
devoción que al análisis teológico. Nikos Kazantzakis, en la Grecia marcada por
el existencialismo y la guerra civil, ofreció en La última tentación de
Cristo un drama existencial donde Jesús aparece desgarrado entre su misión
divina y sus deseos humanos, humanizando su conflicto interior, aunque su
propuesta fue rechazada por sectores religiosos al presentar un Cristo trágico
más que redentor.
Joseph Ratzinger, ya como
Papa Benedicto XVI, respondió en la Europa posmoderna con su obra Jesús de
Nazaret, defendiendo la divinidad de Cristo y la confiabilidad de los
Evangelios, buscando reconciliar al Jesús histórico con el Cristo de la fe,
aunque su enfoque confesional limita el diálogo con lectores no creyentes. En
el Perú republicano, Víctor Andrés Belaúnde escribió El Cristo de la fe y
los Cristos literarios, distinguiendo entre el Cristo objetivo de la fe y
los Cristos subjetivos de la literatura moderna, reivindicando la Iglesia como
prolongación histórica de Cristo y anticipando riesgos de interpretaciones
posteriores, aunque su perspectiva confesional puede parecer cerrada frente a
visiones más libres.
Finalmente, Gustavo Flores
Quelopana ha desarrollado tres momentos filosóficos sobre Cristo. En Mito y
realidad del cristianismo (1990), influido por el marxismo y el desencanto
religioso, niega la historicidad de Cristo y desmonta el cristianismo como
construcción simbólica, excluyendo toda posibilidad espiritual. En Vida sin
sentido y olvido de Dios (2012), diagnostica el nihilismo contemporáneo y
la infecundidad espiritual del sujeto posmoderno, atrapado en el consumismo y
la indiferencia, aunque sin proponer aún una vía de superación. Y en Buscar
a Dios en tiempos sin Dios (2017), en un contexto de secularización, pero
también de nuevas búsquedas espirituales, plantea el encuentro con Cristo como
superación del nihilismo y reconciliación con la vida, aunque su propuesta
parte de una convicción cristiana que puede resultar difícil para lectores
racionalistas. Así, estas obras muestran un arco interpretativo que va desde la
secularización radical hasta la reafirmación espiritual, reflejando la tensión
permanente entre crítica histórica, devoción religiosa y búsqueda filosófica en
torno a la figura de Cristo.
La figura de Cristo, lejos
de agotarse en los textos sagrados o en la doctrina eclesial, se ha convertido
en un espejo donde cada época proyecta sus esperanzas, sus crisis y sus
búsquedas más hondas. Las seis miradas aquí analizadas —Renan, Papini, Kazantzakis,
Ratzinger, Belaúnde y Flores Quelopana— no solo revelan distintas
interpretaciones de Jesús, sino también distintas formas de entender al ser
humano frente al misterio, el sufrimiento, la verdad y la trascendencia.
En tiempos posmodernos, la
figura de Cristo adquiere una relevancia inesperada frente al vacío espiritual
que caracteriza a nuestra era. La secularización, el relativismo y la
fragmentación cultural han debilitado los grandes relatos que daban sentido a la
existencia, dejando al sujeto atrapado en el consumo, el hedonismo y la
indiferencia. En este escenario, Cristo aparece no solo como referente
religioso, sino como símbolo de resistencia frente al nihilismo: su mensaje de
amor, fraternidad y esperanza se convierte en una alternativa al desencanto
posmoderno, recordando que la vida humana no puede reducirse a la lógica
instrumental ni al cálculo utilitario.
La amenaza de una Tercera
Guerra Mundial, con su dimensión nuclear y apocalíptica, intensifica la
necesidad de repensar la figura de Cristo como horizonte de paz y
reconciliación. En un mundo marcado por tensiones geopolíticas, discursos de
odio y polarización ideológica, la opción preferencial por los pobres y la
invitación a la fraternidad universal que encarna Cristo se presentan como
antídotos contra la barbarie. Su figura, más allá de la dogmática, se convierte
en un llamado a la conciencia global: la humanidad solo podrá sobrevivir si
recupera la lógica del cuidado, la compasión y la solidaridad que él
representa.
Finalmente, en este cruce
entre posmodernidad y riesgo civilizatorio, Cristo se revela como un espejo
crítico que interpela tanto a creyentes como a no creyentes. Para unos, es el
Hijo de Dios que encarna la salvación; para otros, un símbolo ético que denuncia
la injusticia y propone un camino de humanidad compartida. En ambos casos, su
figura se convierte en un recurso indispensable para enfrentar la crisis
espiritual y política de nuestro tiempo. Ante la posibilidad de un colapso
global, Cristo no es solo memoria religiosa, sino horizonte de sentido: una
invitación a reconstruir la esperanza en medio del miedo y a afirmar la vida
frente a la amenaza de la destrucción.
Bibliografía
BELAÚNDE, Víctor Andrés. El Cristo de la fe
y los Cristos literarios. Lima: Fondo Editorial de la Pontificia
Universidad Católica del Perú, 1993. [Edición original: 1936].
FLORES QUELOPANA, Gustavo. Mito y realidad
del cristianismo. Lima: Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología
(CONCYTEC), 1990.
FLORES QUELOPANA, Gustavo. Vida sin sentido
y olvido de Dios. Lima: Instituto Internacional de Pensamiento Crítico y
Alternativo Latinoamericano (IIPCIAL), 2012.
FLORES QUELOPANA, Gustavo. Buscar a Dios en
tiempos sin Dios. Lima: Instituto Internacional de Pensamiento Crítico y
Alternativo Latinoamericano (IIPCIAL), 2017.
KAZANTZAKIS, Nikos. La última tentación de
Cristo. Barcelona: Edhasa, 1975. [Edición original: Atenas, 1955].
PAPINI, Giovanni. Historia de Cristo.
Madrid: Editorial G.P., 1963. [Edición original: Florencia, Vallecchi, 1921].
RATZINGER, Joseph. Jesús de Nazaret.
Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2007–2012. [Vol. I: 2007; Vol. II:
2011; Vol. III: 2012].
RENAN, Ernest. Vida de Jesús. Madrid:
Ediciones Istmo, 1994. [Edición original: París, Michel Lévy Frères, 1863]
Política
El fracaso de la izquierda peruana
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E |
l fracaso de la izquierda peruana constituye
uno de los episodios más dolorosos y paradigmáticos de la historia política
contemporánea del país. En el tránsito de las décadas de 1970 y 1980, cuando la
crisis económica, la violencia política y la descomposición del Estado abrían
un horizonte de posibilidades para la insurgencia socialista, la izquierda
organizada en la Izquierda Unida (IU) no logró consolidarse como
alternativa revolucionaria. El libro de Osmar Gonzales, Señales
sin respuesta, publicado originalmente en 1989 y reeditado en 2024, se
erige como testimonio de ese fracaso, pero también como síntoma de las
limitaciones teóricas y políticas de una lectura que permanece atrapada en el
horizonte reformista y pequeñoburgués.
Contexto histórico
Para comprender
la magnitud de este fracaso es necesario situarlo en el contexto histórico. El
Perú de los años ochenta estaba marcado por una crisis estructural:
hiperinflación, desempleo, corrupción y un Estado incapaz de garantizar la
estabilidad social. En ese escenario, la izquierda aparecía como una fuerza con
potencial de disputar la hegemonía política. La Izquierda Unida, fundada en
1980 como coalición de diversos partidos marxistas, socialistas y progresistas,
logró en sus primeros años un respaldo significativo en las urnas y se
convirtió en la segunda fuerza política del país. Sin embargo, ese ascenso
inicial pronto se vio socavado por tensiones internas, rivalidades caudillistas
y la incapacidad de articular un proyecto común.
Al mismo
tiempo, el país vivía la irrupción de Sendero Luminoso, cuya estrategia
insurreccional se basaba en la violencia extrema y en el culto a la
personalidad de Abimael Guzmán. Mientras la IU se hundía en el parlamentarismo
burgués, Sendero se consumía en un violentismo brutal, aislado de las masas y
condenado por su propia lógica sectaria. La izquierda peruana quedó así
dividida entre dos polos igualmente inviables: el reformismo electoral y el
mesianismo violento. En este contexto, el libro de Osmar Gonzales adquiere relevancia como
testimonio de la frustración vivida por los intelectuales vinculados a la
revista El Zorro de Abajo. Gonzales recoge la experiencia de
quienes, desde dentro de la IU, observaron cómo un proyecto que parecía posible
se desmoronaba en pocos días. Su relato transmite la sensación de derrota, de
impotencia y de desencanto que acompañó el derrumbe del Congreso de 1989,
cuando las disputas internas hicieron imposible consolidar la unidad.
Sin embargo, la
reedición de Señales sin respuesta en 2024, sin
modificaciones, revela que Gonzales no ha revisado ni enriquecido su análisis a
la luz de la experiencia histórica posterior ni de las lecciones que la teoría
marxista-leninista ofrece para comprender la derrota. Su obra se mantiene como
un relato crítico y vivencial, pero insuficiente para afrontar el problema
desde la perspectiva leninista, que exige una evaluación rigurosa de las
condiciones objetivas y subjetivas de la lucha de clases, así como de las
desviaciones estratégicas que condujeron a la ruina del proyecto socialista
peruano.
El fracaso de
la izquierda peruana no fue un hecho aislado ni meramente coyuntural, sino el
resultado de una combinación de factores estructurales e ideológicos: la crisis
del Estado, la violencia de Sendero, el caudillismo de la IU y la ausencia de
un partido de vanguardia. En este sentido, el libro de Gonzales es valioso como
memoria, pero limitado como teoría. Su reedición sin cambios confirma que la
izquierda peruana aún no ha madurado para alcanzar su fase revolucionaria, y
que permanece atrapada en el reformismo pequeñoburgués que Lenin habría
denunciado como una desviación fatal.
El enfoque de
Osmar Gonzales frente al enfoque leninista
En Señales
sin respuesta, Osmar Gonzales centra su mirada en la experiencia de los
llamados “zorros”, un grupo de intelectuales vinculados a la revista El
Zorro de Abajo. Su análisis se concentra en el papel de estos pensadores y
en la frustración que acompañó el derrumbe de la Izquierda Unida en el Congreso
de 1989. La tesis central de Gonzales es que el fracaso de la izquierda peruana
se debió a la incapacidad de superar el caudillismo y la fragmentación
interna, así como a la imposibilidad de institucionalizar un proyecto colectivo
que respondiera a las demandas sociales. Este enfoque, aunque valioso como testimonio histórico y cultural, se
mantiene en el plano de la crítica institucional y vivencial. Gonzales describe
la frustración, la rabia y la impotencia de quienes vieron cómo un proyecto que
parecía posible se deshacía en pocos días. Sin embargo, su análisis no
trasciende hacia una crítica revolucionaria de fondo: no examina la
subordinación de la IU al parlamentarismo burgués ni la ausencia de un partido
de vanguardia capaz de articular todas las formas de lucha.
Desde el
enfoque leninista, el fracaso de la IU se explica de manera distinta. Lenin
habría señalado que la izquierda peruana se hundió porque se enquistó en
la estrategia parlamentaria burguesa, renunciando a la construcción de un
partido único de vanguardia. Mientras Sendero Luminoso se consumía en
un violentismo brutal, aislado de las masas y marcado por el narcisismo
mesiánico de Abimael Guzmán, la IU se aferraba al juego electoral, atrapada en
caudillismos y en la ilusión de que la vía parlamentaria bastaba para
transformar la sociedad.
La diferencia
entre ambos enfoques se hace más clara si se recurre a ejemplos históricos.
Lenin, en La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo,
insistía en que la participación en el parlamento burgués podía ser útil, pero
únicamente si estaba subordinada a una estrategia revolucionaria más amplia. El
parlamento debía ser un espacio para la propaganda y la agitación, no un fin en
sí mismo. En cambio, la IU convirtió la participación parlamentaria en su eje
central, perdiendo de vista la necesidad de construir un partido disciplinado y
centralizado. Comparar este
fracaso con otros procesos latinoamericanos permite dimensionar mejor sus
limitaciones. En Chile, la Unidad Popular encabezada por Salvador Allende
también se enfrentó al dilema de la vía parlamentaria. Aunque logró llegar al
gobierno en 1970, su incapacidad de articular un poder popular paralelo y de
enfrentar la reacción burguesa con una estrategia revolucionaria terminó en el
golpe militar de 1973. En Nicaragua, por el contrario, el Frente Sandinista de
Liberación Nacional logró articular la lucha armada con la construcción de un
proyecto político más amplio, alcanzando el poder en 1979. La diferencia radica
en que los sandinistas supieron combinar diversas formas de lucha bajo una dirección
centralizada, mientras que la izquierda peruana quedó atrapada en la división
entre el violentismo de Sendero y el parlamentarismo de la IU.
El contraste
también puede hacerse con Cuba, donde el Movimiento 26 de Julio, bajo la
dirección de Fidel Castro, logró articular la lucha armada con un proyecto
político que, tras el triunfo de 1959, se transformó en un partido único de
vanguardia. En ese caso, las condiciones subjetivas —unidad de dirección,
disciplina, claridad ideológica— permitieron que la revolución se consolidara.
En el Perú, en cambio, esas condiciones estaban bloqueadas por el narcisismo de
Guzmán y las egolatrías de los líderes de la IU. En suma, mientras Osmar Gonzales interpreta
el fracaso de la izquierda peruana como resultado del caudillismo y la falta de
institucionalización, el enfoque leninista lo explica como consecuencia de una
desviación estratégica: la subordinación al parlamentarismo burgués y la
incapacidad de construir un partido de vanguardia capaz de articular todas las
formas de lucha. La comparación con otros procesos latinoamericanos confirma
que la izquierda peruana no supo superar sus limitaciones subjetivas y que, a
diferencia de Cuba o Nicaragua, quedó atrapada en un foso insalvable entre el
reformismo electoral y el violentismo sectario.
La reedición de
2024 y sus implicancias
La reedición
de Señales sin respuesta en el año 2024, sin modificaciones
sustanciales respecto a su versión original de 1989, constituye un hecho
revelador y cargado de simbolismo. No se trata únicamente de la recuperación de
un texto histórico, sino de la confirmación de que su autor, Osmar Gonzales,
permanece anclado en el mismo horizonte interpretativo que lo llevó a escribir
la obra en el momento del derrumbe de la Izquierda Unida. Esta persistencia
indica que, transcurridas casi cuatro décadas, Gonzales no ha incorporado una
perspectiva leninista ni ha revisado críticamente las limitaciones de su
análisis. El hecho de que el libro se reedite sin
cambios muestra que su mirada sigue siendo pequeñoburguesa y
socialdemócrata, centrada en el caudillismo y en la incapacidad de
institucionalización, pero sin enfrentar el problema de fondo: la subordinación
de la IU al parlamentarismo burgués y la ausencia de un partido de vanguardia.
En este sentido, la obra se mantiene como un testimonio cultural y vivencial, pero
no como una guía teórica para la acción revolucionaria. La reedición, lejos de
actualizar el diagnóstico, lo cristaliza en una visión que se ha vuelto
insuficiente para comprender las dinámicas actuales de la izquierda peruana y
mundial.
Además, la
reedición se produce en un contexto internacional radicalmente distinto al de
los años ochenta. El mundo actual está marcado por la multipolaridad
liderada por China, una potencia que, a diferencia de la Unión Soviética, no
interviene en los asuntos internos de otros Estados ni apoya procesos
revolucionarios violentos. China privilegia la estabilidad política y las
relaciones económicas, lo que significa que la izquierda peruana carece de un
referente internacional dispuesto a respaldar una estrategia insurreccional. Este nuevo escenario multipolar tiene
consecuencias profundas:
· Desaparición del referente revolucionario
externo: mientras en los años sesenta y setenta la URSS y, en menor
medida, Cuba podían servir de apoyo simbólico o material a movimientos
insurgentes, hoy China se muestra reacia a cualquier forma de intervención que
implique desestabilización.
· Pragmatismo económico como principio
rector: la política exterior china se centra en asegurar mercados,
inversiones y recursos estratégicos. La revolución armada, con su carga de
violencia e incertidumbre, es vista como un riesgo para la estabilidad
necesaria en el comercio internacional.
· Clausura de la vía insurreccional: sin
apoyo externo y con condiciones internas fragmentadas, la izquierda peruana se
ve empujada hacia el reformismo y la institucionalidad, atrapada en el mismo
horizonte que Osmar Gonzales describe, pero sin capacidad de superarlo.
La reedición
de Señales sin respuesta en 2024, sin modificaciones, se
convierte así en símbolo de esta clausura: un testimonio que confirma que la
izquierda peruana aún no ha madurado —y probablemente no madurará— para
alcanzar su fase revolucionaria leninista. El libro, al no incorporar la
crítica al parlamentarismo burgués ni la necesidad de un partido de vanguardia,
refleja la persistencia de una izquierda que se resigna al reformismo
pequeñoburgués, ahora reforzado por un contexto internacional que desalienta
cualquier intento de revolución armada.
Las condiciones
subjetivas y la inmadurez revolucionaria
Si bien las
condiciones objetivas del Perú en los años ochenta —crisis económica, represión
estatal, violencia generalizada, descomposición institucional— podían haber
abierto un espacio para la insurgencia socialista, las condiciones
subjetivas resultaron decisivas en impedir la maduración de una estrategia
leninista. La historia demuestra que no basta con que las contradicciones
sociales se agudicen; es indispensable que exista un partido de vanguardia
capaz de articular las fuerzas dispersas, disciplinarlas y conducirlas hacia la
toma del poder. En el Perú, esa condición subjetiva nunca se materializó.
La figura
de Abimael Guzmán se convirtió en un obstáculo insalvable. Su
personalidad narcisista y mesiánica transformó al Partido Comunista del
Perú–Sendero Luminoso en una organización cerrada, dogmática y sectaria. Guzmán
impuso un violentismo absoluto, aislado de las masas, marcado por el culto a su
persona y por una concepción apocalíptica de la revolución. En lugar de
construir un partido de vanguardia capaz de articular diversas formas de lucha,
Sendero se convirtió en una maquinaria de destrucción que confundió la
violencia con la emancipación. Desde una perspectiva leninista, esta deriva
anulaba cualquier posibilidad de integrar la vía armada en una estrategia más
amplia y disciplinada. Los líderes de la Izquierda Unida (IU) mostraron una
incapacidad similar, aunque en otro registro. Sus egolatrías caudillistas
impidieron consolidar un frente disciplinado y con dirección única. Cada
corriente defendía su propio espacio de poder, lo que fragmentó la organización
y la redujo a una coalición electoral sin cohesión estratégica. En términos
leninistas, esto significaba la ausencia de centralismo democrático y de un
programa revolucionario común. La IU se convirtió en un frente parlamentario
atrapado en disputas internas, incapaz de convertirse en vanguardia de las
masas.
La combinación
de ambos factores —el narcisismo de Guzmán y el caudillismo de los líderes de
IU— creó un foso insalvable entre la vía armada y la vía
parlamentaria. Las condiciones subjetivas que Lenin consideraba indispensables
(unidad de dirección, disciplina, subordinación de las tácticas a una
estrategia común) estaban bloqueadas por personalismos extremos. Así, la
izquierda peruana quedó dividida entre el violentismo sectario y el reformismo
parlamentario, sin posibilidad de articular una estrategia revolucionaria
integral. Comparar esta situación con otros procesos
latinoamericanos refuerza la conclusión. En Cuba, el Movimiento 26 de Julio
logró superar los personalismos y consolidar una dirección única bajo Fidel
Castro, transformando la lucha armada en un proyecto político que desembocó en
la construcción de un partido de vanguardia. En Nicaragua, el Frente Sandinista
supo articular diversas corrientes bajo una estrategia común, alcanzando el
poder en 1979. En el Perú, en cambio, los personalismos extremos bloquearon
cualquier posibilidad de maduración revolucionaria. La inmadurez de la izquierda peruana se
manifiesta, entonces, en la incapacidad de superar los personalismos y de
construir una organización disciplinada. Mientras Guzmán convertía la violencia
en culto mesiánico, los líderes de la IU se enredaban en disputas caudillistas.
El resultado fue un fracaso doble: el violento aislamiento de Sendero y el
reformismo impotente de la IU.
Conclusión
El fracaso de
la izquierda peruana no puede ser entendido como un episodio aislado ni como
una mera coyuntura política de los años ochenta. Se trata de un fenómeno
estructural que revela la persistente inmadurez de las fuerzas progresistas del
país y su incapacidad de articular un proyecto revolucionario bajo los
parámetros del marxismo-leninismo. La reedición de Señales sin
respuesta en 2024, sin modificaciones, y la derrota del mesianismo de
Sendero Luminoso son dos señales que, lejos de abrir un horizonte emancipador,
confirman que la izquierda peruana aún no ha alcanzado —y probablemente no
alcanzará— la madurez necesaria para convertirse en fuerza transformadora.
La obra de
Osmar Gonzales, valiosa como testimonio cultural y vivencial, se mantiene
atrapada en el horizonte pequeñoburgués y socialdemócrata. Al centrarse en el
caudillismo y la falta de institucionalización, su análisis omite la crítica
leninista fundamental: la subordinación de la IU al parlamentarismo burgués y
la ausencia de un partido de vanguardia capaz de articular todas las formas de
lucha. La reedición sin cambios cristaliza esa visión limitada, convirtiéndola
en símbolo de una izquierda que se resigna al reformismo y que no logra superar
sus propias contradicciones internas.
Por otro lado,
la derrota de Sendero Luminoso muestra el fracaso del violentismo mesiánico. El
narcisismo de Abimael Guzmán transformó la organización en una secta dogmática
y destructiva, aislada de las masas y marcada por la violencia apocalíptica. En
lugar de ser vanguardia, Sendero se convirtió en caricatura sangrienta de la
revolución, incapaz de construir hegemonía popular. Así, mientras la IU se
hundía en el parlamentarismo, Sendero se consumía en el violentismo, y entre
ambos se abrió un foso insalvable.
La combinación
de estos límites internos se ve reforzada por el nuevo contexto internacional.
El mundo multipolar liderado por China privilegia la estabilidad política y las
relaciones económicas, rechazando cualquier apoyo a procesos revolucionarios
violentos. A diferencia de la Unión Soviética, que en determinados momentos
respaldó insurgencias socialistas, China se muestra reacia a intervenir en los
asuntos internos de otros Estados. En este escenario, la izquierda peruana
carece de un referente internacional dispuesto a respaldar una estrategia
insurreccional.
La conclusión
es contundente: la izquierda peruana se encuentra doblemente clausurada. Por un
lado, sus condiciones subjetivas —fragmentación, caudillismo, narcisismo—
impiden la construcción de un partido de vanguardia. Por otro, sus condiciones
internacionales —multipolaridad pragmática, rechazo a la violencia
revolucionaria— bloquean cualquier posibilidad de apoyo externo. La revolución
socialista en el Perú, bajo los parámetros leninistas, permanece cerrada. Este fracaso, sin embargo, no debe ser leído únicamente
como derrota, sino como advertencia. La historia enseña que, sin partido de
vanguardia, sin unidad de dirección y sin condiciones subjetivas maduras, la
revolución se convierte en ilusión o en caricatura sangrienta. La izquierda
peruana, atrapada entre el reformismo impotente y el violentismo sectario,
constituye un ejemplo de cómo la falta de maduración política puede condenar a
un proyecto emancipador al fracaso.
En suma, el
fracaso de la izquierda peruana es la confirmación de que las condiciones
subjetivas y objetivas nunca se articularon en un proyecto revolucionario
integral. La reedición del libro de Osmar Gonzales y la derrota de Sendero
Luminoso son dos señales que, lejos de abrir un horizonte emancipador,
confirman que la izquierda peruana aún no ha madurado —y probablemente no
madurará— para alcanzar su fase revolucionaria leninista.
Diversos libros
han abordado la experiencia de la izquierda peruana y la guerra interna de
Sendero Luminoso, desde perspectivas históricas, sociológicas y culturales.
Entre ellos destacan Una revolución precaria. Sendero Luminoso y la
guerra en el Perú, 1980-1992 de Renzo Aroni Sulca y Ponciano del Pino,
que examina la precariedad ideológica y material del proyecto senderista; Jamás
tan cerca arremetió lo lejos de Carlos Iván Degregori, que analiza la
construcción discursiva y simbólica del liderazgo de Guzmán; y estudios
literarios como La novela y la memoria del conflicto armado de Sendero
Luminoso en el Perú de Christopher Akos Morriss, que exploran cómo la
narrativa peruana contemporánea ha representado el trauma colectivo. Estos
textos, aunque valiosos por su rigor y por la riqueza de sus testimonios, se
mantienen en el plano descriptivo y analítico, sin trascender hacia una crítica
revolucionaria de fondo. Ninguno de ellos llega a nuestras conclusiones
leninistas: la constatación de que el fracaso de la izquierda peruana se debió
a la ausencia de un partido de vanguardia, a la subordinación al
parlamentarismo burgués y al bloqueo de las condiciones subjetivas por el
narcisismo de Guzmán y el caudillismo de la IU. En este sentido, nuestra
lectura se diferencia radicalmente, pues no se limita a narrar la derrota, sino
que la interpreta como síntoma de una inmadurez revolucionaria que, en el
contexto multipolar actual, permanece clausurada.
Reflexionar sobre la
derrota de la izquierda peruana es fundamental porque permite comprender las
limitaciones estructurales y subjetivas que marcaron su trayectoria. No basta
con narrar los hechos o describir las dinámicas de violencia: es necesario analizar
cómo la falta de un partido de vanguardia, la dispersión ideológica y la
subordinación al parlamentarismo burgués impidieron que las aspiraciones
revolucionarias se consolidaran en un proyecto viable. Esta reflexión no solo
ilumina el pasado, sino que ofrece claves para evitar que los mismos errores se
repitan en futuros intentos de transformación social.
Además, detenerse en la
derrota es un ejercicio crítico que revela la fragilidad de las condiciones
subjetivas de la izquierda peruana. El caudillismo, el narcisismo de sus
líderes y la incapacidad de articular una estrategia colectiva minaron la
posibilidad de construir una alternativa sólida frente al poder establecido.
Reconocer estas fallas es indispensable para pensar en nuevas formas de
organización política que superen la dependencia de figuras individuales y que
apuesten por una praxis más coherente y sostenida. La derrota, en este sentido,
no es solo un hecho histórico, sino una lección política que interpela a las
generaciones actuales.
Finalmente, reflexionar
sobre la derrota de la izquierda peruana adquiere relevancia en el contexto
multipolar contemporáneo, donde las tensiones geopolíticas y las crisis
sociales reabren la discusión sobre los caminos de emancipación. La inmadurez
revolucionaria que se evidenció en el pasado sigue siendo un obstáculo, pero
también una advertencia: sin una crítica profunda y sin una reconstrucción de
las bases organizativas, cualquier intento de transformación quedará
clausurado. Por ello, la memoria de la derrota debe convertirse en un punto de
partida para repensar la acción política, no desde la nostalgia, sino desde la
necesidad de construir proyectos capaces de enfrentar los desafíos del
presente.
Bibliografía
Degregori, Carlos Iván. Jamás tan
cerca arremetió lo lejos: Sendero Luminoso y la violencia en el Perú. Lima:
Instituto de Estudios Peruanos, 2010.
González, Osmar. Señales sin
respuesta. Lima: Fondo Editorial del Congreso del Perú, 1989.
González, Osmar. Señales sin
respuesta. 2ª ed. Lima: Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2024.
Morriss, Christopher Akos. La novela
y la memoria del conflicto armado de Sendero Luminoso en el Perú. Lima:
Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 2019.
Osmar González. Señales sin respuesta. Los
zorros y el pensamiento socialista en el Perú (1968-1989). Lima: Punto
Cardinal, 2024.
Ponciano del Pino, y Renzo Aroni Sulca. Una
revolución precaria: Sendero Luminoso y la guerra en el Perú, 1980-1992.
Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 2021.
Corrupción
antediluviana
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E |
l libro ¿Quién jodió más al Perú? (2025)
de Santiago Vallejo se presenta como una denuncia directa contra la corrupción
política y los malos gobiernos que han marcado la historia del país. Inspirado
en la célebre pregunta de Mario Vargas Llosa sobre el momento en que “se jodió
el Perú”, Vallejo reformula el planteamiento y sostiene que no se trata de un
instante histórico, sino de identificar a los actores y gobiernos que más
contribuyeron a ese deterioro. Su análisis se apoya en investigaciones como las
de Alfonso Quiroz, quien midió el impacto económico de la corrupción en
distintos regímenes, y concluye que los gobiernos de Alberto Fujimori y Alan
García, en sus dos mandatos, figuran entre los más dañinos por haber
institucionalizado prácticas corruptas y profundizado las crisis económicas y
políticas.
El autor
retrocede incluso al mundo precolombino, sugiriendo que las raíces de la
corrupción se encuentran en la organización jerárquica y clasista de las
sociedades antiguas. Sin embargo, este movimiento hacia el pasado abre un
dilema que Vallejo no desarrolla: si la corrupción surge con las clases
sociales y estas nacen con la civilización, entonces la corrupción sería
inseparable de la civilización misma. Al limitar su análisis a la corrupción
estructural vinculada a las clases, Vallejo corre el riesgo de idealizar el
mundo precivilizado como si fuese incorruptible, proyectando una aureola
angelical sobre sociedades que también conocieron la violencia y la
transgresión, como lo recuerda el mito bíblico de Caín y Abel. La falta de profundidad filosófica en su
enfoque lo conduce a problemas conceptuales. Por un lado, confunde la
corrupción como fenómeno estructural —propio de instituciones y jerarquías— con
la corrupción como fenómeno existencial, ligado a la condición humana. Por
otro, su mirada terrenalista, centrada en gobiernos y cifras, lo lleva a
denunciar lo externo sin indagar en lo interno, es decir, en el corazón humano
como raíz última de la corrupción. De este modo, su tesis queda incompleta:
señala culpables históricos y épocas, pero no enfrenta las preguntas
universales sobre si puede existir una civilización sin corrupción o si la
corrupción es un rasgo inevitable de la naturaleza humana. En conclusión, ¿Quién jodió más al
Perú? es un libro valioso como denuncia histórica y política, que
interpela al lector y lo obliga a reflexionar sobre la responsabilidad de los
gobernantes en el deterioro nacional. No obstante, su enfoque resulta
problemático porque abre más preguntas de las que responde. La obra muestra la
corrupción como un mal histórico del Perú, pero al retrotraerse al mundo
precolombino y asociarla exclusivamente con la civilización clasista, deja sin
explorar la dimensión más profunda del problema. Así, Vallejo ofrece una
narrativa provocadora y sugerente, pero conceptualmente incompleta, que
denuncia con fuerza, pero no indaga en las raíces filosóficas y antropológicas
de la corrupción.
Una visión antediluviana de
la corrupción se impone porque permite reconocer que este fenómeno no es
exclusivo de las sociedades civilizadas ni de las estructuras estatales
contemporáneas, sino que hunde sus raíces en la condición humana misma. Al
remontarse a los relatos míticos y bíblicos, como el de Caín y Abel, se
evidencia que la transgresión, la violencia y la ruptura de la fraternidad son
tan antiguos como la humanidad. La corrupción, entendida como desviación del
bien común y traición de la confianza, no puede reducirse a un problema de
clases sociales o de sistemas políticos, pues antecede a la civilización
organizada y se manifiesta en la fragilidad moral del ser humano desde sus
orígenes. Además, una perspectiva antediluviana evita el sesgo de idealizar las
sociedades precivilizadas como si fueran incorruptibles. La antropología y la
historia muestran que incluso las comunidades más primitivas conocieron formas
de abuso, privilegio y transgresión, aunque no estuvieran institucionalizadas
en sistemas estatales. Reconocer esto es crucial para no caer en la tentación
de pensar que la corrupción es un producto exclusivo de la modernidad o de la
organización jerárquica, cuando en realidad es una constante que adopta
diferentes formas según el contexto cultural y social. La corrupción es tanto
estructural como existencial, y su comprensión exige un enfoque más amplio que
el que ofrece Vallejo. Finalmente, la visión antediluviana permite plantear
preguntas filosóficas más profundas: ¿es posible una civilización sin
corrupción?, ¿o estamos condenados a convivir con ella como parte inseparable
de nuestra naturaleza? Al reconocer que la corrupción antecede a las
instituciones y que se vincula con la libertad y la fragilidad moral del ser
humano, se abre un horizonte de reflexión que trasciende lo meramente político.
Esta perspectiva no niega la importancia de denunciar a los gobernantes
corruptos, pero advierte que la raíz última del problema está en el corazón
humano y en la capacidad —o incapacidad— de orientar la vida hacia la justicia
y la fraternidad. De este modo, la corrupción se revela como un desafío
permanente de la condición humana, más allá de épocas y sistemas.
Interpretaciones Intelectuales del Aprismo
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E |
l aprismo, fundado por Víctor Raúl Haya de la Torre
en 1924, ha sido uno de los movimientos políticos más influyentes y complejos
de América Latina. Este artículo explora su evolución ideológica, desde sus
raíces marxistas hasta su transformación en una doctrina latinoamericana
heterodoxa, y analiza cómo ha sido interpretado por diversos intelectuales
peruanos: Antonio Zapata, Nelson Manrique, José Carlos Mariátegui, Jorge
Basadre, Alberto Flores Galindo, Manuel González Prada y Mario Vargas Llosa.
Asimismo, se examina su
representación en la literatura peruana, destacando obras como El mundo
es ancho y ajeno, Todas las sangres y El pez en el
agua. Finalmente, se aborda la fase de disolución política del APRA y su
desaparición del mapa electoral en el siglo XXI, interpretada como el colapso
del reformismo ideológico en el Perú. A través de un enfoque comparativo y
contextual, se revela la riqueza y ambigüedad del aprismo como fenómeno
político, ideológico y cultural.
El aprismo no puede
entenderse como una doctrina monolítica ni como un simple partido político.
Desde su fundación, ha sido una respuesta latinoamericana a los dilemas del
siglo XX: imperialismo, desigualdad, exclusión y modernización. Su fundador,
Víctor Raúl Haya de la Torre, transitó por diversas etapas ideológicas que lo
alejaron del marxismo ortodoxo y lo llevaron a formular una propuesta propia.
Esta evolución ha generado interpretaciones divergentes entre los intelectuales
peruanos, que van desde la crítica revolucionaria hasta la valoración
histórica.
Durante su juventud, Haya
fue influenciado por el pensamiento radical de Manuel González Prada y por las
revoluciones mexicana y rusa. En Europa, tuvo contacto con círculos marxistas y
participó en el Congreso de la Liga Antiimperialista en Bruselas (1927), donde
rompió con el Comintern por su autoritarismo y eurocentrismo. A
partir de los años 30, Haya desarrolla una doctrina propia: el antiimperialismo
aprista. En El Antiimperialismo y el APRA (1936), plantea que
el principal enemigo de los pueblos latinoamericanos no es la burguesía
nacional, sino el imperialismo extranjero. Esta visión lo aleja del marxismo
clásico y lo acerca a un socialismo latinoamericano heterodoxo. El
aprismo propone la unidad continental, la justicia social, la nacionalización
de recursos y la democratización. En su Sinopsis filosófica del aprismo,
Haya mezcla marxismo, espiritualismo y pragmatismo político, anticipando
elementos de la socialdemocracia.
Mariátegui consideró al
aprismo como un reformismo burgués, insuficiente para una revolución
socialista. Aunque compartió con Haya el antiimperialismo, rechazó su alianza
interclasista y su institucionalismo. Basadre valoró el papel del
aprismo en la modernización política del Perú, pero también criticó sus excesos
y contradicciones. Lo entendió como un actor clave en la evolución democrática,
sin idealizarlo. Alberto Flores Galindo
reconoció el impacto movilizador del aprismo, pero lo vio como una promesa fallida,
atrapada entre la revolución y la conciliación. Su enfoque marxista le permitió
ver las tensiones internas del movimiento.
Aunque murió antes del
surgimiento del APRA, González Prada influyó en Haya. Sin embargo, su
radicalismo individualista y anticlerical probablemente lo habría llevado a
rechazar el giro institucional del aprismo.
Militante aprista, Ciro
Alegría retrata en su novela el espíritu de justicia social y la lucha contra
el poder oligárquico, en sintonía con los ideales iniciales del APRA.
Aunque no fue aprista, José María Arguedas en su
novela Todas las sangres refleja en su obra la tensión entre modernidad
y tradición, donde el aprismo aparece como una fuerza ambigua de
transformación.
Vargas Llosa simpatizó con
el aprismo en su juventud, pero luego lo criticó duramente en El pez en
el agua, acusándolo de degenerar en clientelismo y populismo. Desde su
perspectiva liberal, lo considera parte del problema político peruano. En
la novela autobiográfica El pez en el agua esta autobiografía, Vargas
Llosa narra su desencanto con el aprismo, revelando cómo la política partidaria
puede corromper ideales juveniles.
Hasta aquí no se puede
dejar de mencionar la crítica que le dirigió el filósofo Francisco Miró Quesada
Cantuarias a Espacio, tiempo histórico de Haya de la Torre. La farsa
del Espacio tiempo histórico (Mimeo, Lima, 1964, 6p.). Su razonamiento es
tan sencillo como certero, sosteniendo que la tesis central del APRA es que el
imperialismo es la fase superior del capitalismo en América Latina, la cual
estaba destinada a justificar la presencia del imperialismo en la región, pues
para desarrollar el capitalismo habría que aceptar el imperialismo. Esta tesis
falaz la calificó de extremo entreguismo de Haya de la Torre.
En Usted fue
aprista (2009) Nelson Manrique ofrece una lectura documentada, demoledora y
matizada, reconociendo las influencias marxistas juveniles de Haya y su
posterior ruptura con el comunismo soviético. Destaca la construcción de una
doctrina propia y la ambigüedad lindante con la traición del aprismo como
fenómeno político. Manrique es quien mejor explica el Haya reformista y
rabiosamente anticomunista de los años 50 y 60 que se avergonzaba de su
libro El antimperialismo y el Apra, y que sólo autorizó editarlo en
el Perú en los años 70, en plena revolución velasquista, y cuando ya transitaba
hacia la Internacional Socialista.
En El Jefe
(2025) Zapata presenta a Haya como un estratega político que siempre fue
anticomunista. Su enfoque es funcional y lineal, centrado en el liderazgo más
que en la evolución ideológica. Esta visión ha sido criticada por su
simplificación. El historiador Antonio Zapata sostiene en su libro El Jefe
que Haya fue anticomunista desde su juventud y desde siempre. Con ello deja de
lado las tensiones ideológicas que marcaron su evolución. Zapata no miente,
pero sí omite, simplifica y reduce aspectos que son fundamentales para entender
a Haya como un pensador latinoamericano que quiso construir una vía propia
entre el marxismo ortodoxo y el liberalismo. En una palabra, Zapata diluye el
marxismo heterodoxo en versión aprista del Haya de los años 30 y 40. La interpretación
liberal de Zapata también se refleja en calificar la obra El antimperialismo y
el Apra como populista.
Tras el desastroso primer
gobierno aprista (1985–1990), el APRA entró en un largo proceso de desgaste del
que no logró recuperarse plenamente, y su declive se hizo evidente después del
segundo mandato de Alan García (2006–2011). A pesar de ser el partido más
longevo y con mayor capilaridad organizativa del Perú —forjado por la tradición
de Haya de la Torre y su estructura de comités— no consiguió adaptarse a las
nuevas dinámicas sociales, territoriales y mediáticas que transformaron el
sistema político peruano en las primeras décadas del siglo XXI. La
desarticulación del sindicalismo clásico, la emergencia de movimientos
regionales y la política fragmentada y personalizada, crecientemente mediada
por plataformas digitales, desbordaron a un partido pensado para la
movilización de masas del siglo XX.
El APRA, que alguna vez fue
columna vertebral del movimiento obrero, estudiantil y popular, fue perdiendo
conexión con esas bases. La institucionalización excesiva derivó en
burocratización y clientelismo, debilitó los mecanismos meritocráticos internos
y bloqueó la renovación generacional. Las luchas de facciones, el liderazgo
cerrado y la subsistencia de redes patrimoniales se tradujeron en incapacidad
para elaborar un programa nítido frente a la economía posextractiva, los
conflictos socioambientales y la demanda de transparencia en la gestión
pública. El discurso histórico del aprismo —nacional–popular y desarrollista—
quedó sin actualización frente a agendas como descentralización efectiva,
interculturalidad, equidad de género y gobernanza digital.
La erosión de la marca
aprista se aceleró por los escándalos de corrupción y la pérdida de
credibilidad institucional. Las investigaciones por casos como Odebrecht y
otros procesos por colusión y tráfico de influencias afectaron gravemente la
legitimidad del partido, reforzando la percepción social de que el aprismo
había devenido en maquinaria de poder más que en proyecto de transformación. En
lo electoral, los resultados declinantes, la reducción de presencia municipal y
regional, la salida de cuadros hacia otros proyectos y el cierre o inactividad
de comités socavaron la base organizativa que sostuvo al partido durante
décadas. La incapacidad para tejer alianzas amplias y coherentes en un
escenario multipolar terminó por aislarlo.
El suicidio de Alan García
en 2019, en medio de investigaciones por corrupción, supuso un golpe simbólico
y orgánico: dejó al partido sin liderazgo carismático, sin relato de futuro y
con una memoria dividida entre la épica histórica y la crisis moral. La
ausencia de un relevo capaz de ordenar las facciones, modernizar la propuesta y
reconectar con nuevas ciudadanías consolidó el descrédito y la parálisis
estratégica. Con el prestigio dañado, estructuras envejecidas y un país más
complejo y demandante, el APRA quedó atrapado entre la nostalgia y la
irrelevancia, sin horizonte programático claro ni capacidad de interlocución
con las agendas del siglo XXI.
En las elecciones
parlamentarias de enero de 2020, el APRA no logró superar la valla electoral,
quedando fuera del Congreso por primera vez en su historia. En las elecciones
generales de 2021, su candidato presidencial no alcanzó ni el 1% de los votos,
confirmando su irrelevancia electoral. La desaparición electoral
del APRA no solo marca el ocaso de un partido, sino también el colapso del
reformismo ideológico en el Perú. El aprismo representó, durante décadas,
una vía intermedia entre el marxismo revolucionario y el liberalismo
conservador. Su caída deja un vacío doctrinario en el espectro político
nacional, donde las propuestas de transformación social sin ruptura radical han
perdido fuerza frente a discursos fragmentarios, tecnocráticos o populistas.
En conclusión, el aprismo
peruano fue mucho más que un partido político: fue en sus comienzos una
propuesta ideológica, una red continental, una narrativa cultural y una promesa
de transformación para terminar en el más completo descalabro político. Desde
sus raíces marxistas hasta su ruptura con el comunismo soviético, desde su
papel movilizador en el siglo XX hasta su desaparición electoral en el siglo
XXI, el aprismo encarnó las tensiones entre revolución y reforma, entre
modernidad y tradición, entre utopía y pragmatismo. Representó la bancarrota
del reformismo pequeñoburgués en el Perú.
Las interpretaciones
intelectuales —desde la crítica de Mariátegui hasta la valoración de Basadre,
pasando por la mirada matizada de Manrique, la decepción liberal de Vargas
Llosa y la lectura deformada de Zapata— revelan que el aprismo fue un fenómeno
abierto, contradictorio y profundamente latinoamericano. Su presencia en la
literatura, en la historia y en la memoria colectiva del Perú lo convierte en
un objeto de estudio indispensable para comprender el siglo XX peruano. Hoy,
su desaparición electoral no borra su legado, pero sí marca el colapso de
una tradición reformista que buscaba transformar el país sin destruir sus
instituciones. En una era marcada por la fragmentación política y la crisis de
representación, el vacío dejado por el aprismo plantea una pregunta urgente:
¿es posible imaginar una nueva vía latinoamericana hacia la justicia social, la
integración continental y la dignidad popular?
Bibliografía
Obras de Víctor Raúl Haya de la Torre
Haya de la Torre, V. R. (1936). El
Antiimperialismo y el APRA. Lima: Editorial del APRA.
Haya de la Torre, V. R. (1933). Por la
emancipación de América Latina. México: Ediciones Indoamericanas.
Haya de la Torre, V. R. (1941). Sinopsis
filosófica del aprismo. Lima: Imprenta del Congreso.
Estudios históricos y políticos sobre el aprismo
Manrique, N. (2009). Usted fue aprista.
Lima: Fondo Editorial del Congreso.
Zapata, A. (2005). El Jefe: Apuntes sobre
Víctor Raúl Haya de la Torre. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.
Basadre, J. (2005). Historia de la
República del Perú (1822–1933). Lima: Editorial Universitaria.
Flores Galindo, A., & Burga, M. (1980). Apogeo
y crisis de la república aristocrática. Lima: DESCO.
Crítica marxista y pensamiento alternativo
Mariátegui, J. C. (1928). Siete ensayos de
interpretación de la realidad peruana. Lima: Amauta.
González Prada, M. (1908). Páginas libres.
Lima: Imprenta Torres Aguirre.
Literatura peruana vinculada al aprismo
Alegría, C. (1941). El mundo es ancho y
ajeno. Santiago de Chile: Editorial Ercilla.
Arguedas, J. M. (1964). Todas las sangres.
Lima: Editorial Losada.
Vargas Llosa, M. (1993). El pez en el agua.
Barcelona: Seix Barral.
El
Dios mortal y
el rostro oculto del Estado neoliberal: una lectura crítica
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C |
uando leí El Dios mortal. Estado, sociedad
y política en el Perú del siglo XXI (Lluvia editores, 2024) de Sinesio
López, me encontré con una obra rigurosa, lúcida y profundamente reveladora
sobre la historia política del Perú en el siglo XX. López logra caracterizar
con precisión el Estado oligárquico como una estructura racista, excluyente y
funcional a una élite económica que se benefició de un modelo
primario-exportador. Su análisis histórico y sociológico permite entender cómo
se consolidó ese Estado, cómo se enfrentó a movimientos antioligárquicos desde
los años veinte, y cómo, finalmente, fue desplazado por un sistema político más
pluralista e inclusivo entre los años ochenta y noventa.
Sin embargo, mientras
avanzaba en la lectura, comencé a notar una tensión que me resultó difícil de
ignorar. López analiza el Estado oligárquico desde categorías económicas
—acumulación, exclusión, estructura de clase— pero cuando aborda el modelo que
lo reemplaza, lo hace desde categorías políticas: pluralismo, inclusión,
apertura democrática. Esta asimetría conceptual me parece problemática, porque
al cambiar el lente analítico, se pierde de vista el verdadero rostro del
Estado neoliberal que emerge en ese tránsito.
Efectivamente, el
neoliberalismo no es simplemente una apertura política, no sólo un proyecto
económico, es, por el contrario, toda una reconfiguración de la sociedad. Es
una reestructuración profunda del poder, donde el Estado deja de ser un
instrumento de la oligarquía nacional para convertirse en una herramienta al
servicio del hiperimperialismo global. Las grandes corporaciones
transnacionales toman el relevo, y el Estado se convierte en gestor de
intereses privados disfrazados de eficiencia pública. Esta transformación no es
solo económica, sino también cultural: el neoliberalismo penetra con una lógica
posmoderna que fragmenta identidades, debilita lo colectivo y convierte al
individuo en consumidor antes que ciudadano.
Esta nueva mutación del
imperialismo capitalista en hiperimperialismo no la capta en su dimensión
categorial Sinesio López, y parece aferrado al viejo esquema leninista del
imperialismo como exportador de capitales. Pero el hiperimperialismo es
soberanía de las propias corporaciones transnacionales privadas que
reconfiguran el mundo acorde a sus intereses, incluso en los propios países del
Primer Mundo. López no advierte que el Estado oligárquico fue, en
realidad, una forma del Estado plutocrático, y que el neoliberalismo no lo
supera, sino que lo perfecciona. El poder económico no desaparece: se
globaliza. Y en ese proceso, el Estado se vuelve más opaco, más tecnocrático,
más distante. Se habla de inclusión, pero se gestiona la exclusión con
algoritmos y discursos de competitividad. Pero en realidad, no es más distante,
al contrario, es más próximo, porque la tecno-oligarquía digital llega a
controlar las conciencias, las vigila con IA.
Además, el libro carece de
un análisis comparativo con otros Estados latinoamericanos que han vivido
procesos similares. México, Chile, Colombia, Argentina… todos han transitado de
modelos oligárquicos a formas neoliberales, con matices distintos, pero con
patrones comunes. Integrar esa dimensión habría permitido comprender mejor la
especificidad peruana dentro de una lógica regional-continental. El
Dios mortal es un libro
valioso para entender la evolución y caída del Estado oligárquico en el Perú.
Pero si queremos comprender el modelo neoliberal que lo reemplazó —con su
racionalidad económica, su cultura posmoderna y su vocación imperial—
necesitamos ir más allá. Necesitamos una crítica que no se quede en la
superficie política, sino que se atreva a mirar el fondo económico y cultural
del nuevo dios que gobierna nuestras vidas: el mercado global.
En suma, Sinesio López, en El
Dios mortal, ofrece un análisis lúcido y riguroso sobre el Estado
oligárquico peruano, caracterizándolo como una estructura racista, excluyente y
funcional a una élite económica que se benefició del modelo
primario-exportador. Su mirada se centra en cómo ese Estado se consolidó, cómo
enfrentó movimientos antioligárquicos desde los años veinte y cómo finalmente
fue desplazado por un sistema más pluralista e inclusivo en las décadas de 1980
y 1990. Sin embargo, su enfoque cambia de registro: mientras describe el Estado
oligárquico con categorías económicas —acumulación, exclusión, estructura de
clase— aborda el modelo que lo reemplaza con categorías políticas —pluralismo,
inclusión, apertura democrática—, lo que genera una asimetría conceptual que
deja sin explorar el verdadero rostro del Estado neoliberal.
La crítica externa señala
que el neoliberalismo no es simplemente apertura política ni mera racionalidad
económica, sino una reconfiguración profunda del poder y de la sociedad. En
este tránsito, el Estado deja de ser instrumento de la oligarquía nacional para
convertirse en gestor de intereses corporativos transnacionales, perfeccionando
la lógica plutocrática bajo formas más sofisticadas y globalizadas. Se trata de
un “hiperimperialismo” donde las corporaciones privadas reconfiguran el mundo
según sus intereses, incluso en los países del Primer Mundo, y donde la
tecno-oligarquía digital penetra en la vida cotidiana, controlando conciencias
y gestionando la exclusión con algoritmos y discursos de competitividad.
Así, mientras López
describe con precisión la caída del Estado oligárquico y el surgimiento de un
Estado pluralista, la lectura crítica advierte que ese pluralismo es
superficial y que el neoliberalismo constituye una mutación más opaca y
penetrante del poder económico. El Estado neoliberal no supera al oligárquico,
sino que lo perfecciona y lo globaliza, volviéndose tecnocrático y distante,
aunque paradójicamente más próximo en su capacidad de vigilancia y control.
Esta diferencia marca el límite del análisis de López y abre la necesidad de
una crítica más radical que no se quede en la superficie política, sino que
indague en la dimensión económica, cultural y tecnológica del nuevo dios que
gobierna nuestras vidas: el mercado global.
En el panorama reciente de
la reflexión política peruana, varios autores han abordado temas cercanos a los
que desarrolla Sinesio López en El Dios mortal, aunque desde ángulos
distintos. Percy J. Paredes, por ejemplo, en Perú: de la crisis política a
la crisis del modelo neoliberal, enfatiza que la fragilidad institucional y
la inestabilidad política no pueden entenderse sin reconocer el agotamiento del
modelo económico instaurado en los noventa. A diferencia de López, que describe
el tránsito del Estado oligárquico al pluralista con categorías políticas,
Paredes subraya que la crisis actual es inseparable de la lógica neoliberal,
mostrando cómo la promesa de inclusión se convierte en exclusión sistemática.
Félix Jiménez, en Otra
ruta de desarrollo para el Perú, ofrece una crítica económica más frontal
al neoliberalismo. Mientras López se concentra en la genealogía del Estado
oligárquico y su desplazamiento, Jiménez plantea que el modelo neoliberal no
solo perfecciona la exclusión, sino que bloquea cualquier proyecto republicano
de desarrollo autónomo. Su propuesta de una “transformación republicana” busca
superar la dependencia de los mercados externos y recuperar la centralidad del
Estado como garante de justicia social. En comparación con López, Jiménez no se
detiene en el pluralismo político, sino que apunta directamente al corazón
económico del modelo, lo que le da a su obra un carácter más programático.
Por su parte, Alberto
Vergara, en textos como Perú Global y Modern Peru: A New History,
sitúa la experiencia peruana dentro de un marco internacional. Su análisis
muestra cómo el neoliberalismo peruano no es un fenómeno aislado, sino parte de
una dinámica global de fragmentación y debilitamiento de la ciudadanía. Frente
a la mirada más nacional de López, Vergara introduce la dimensión comparativa y
transnacional, revelando que el Estado neoliberal peruano comparte rasgos con
otros países latinoamericanos, aunque con particularidades propias. Así,
mientras López ilumina el tránsito histórico interno, Vergara expone cómo ese
tránsito se inscribe en una lógica mundial que redefine las relaciones entre
Estado, mercado y sociedad.
En conjunto, estas obras
complementan y a la vez contrastan con la propuesta de López: mientras él
ofrece una genealogía del Estado oligárquico y su caída, Paredes enfatiza la
crisis política como síntoma del agotamiento neoliberal, Jiménez propone alternativas
económicas y republicanas, y Vergara sitúa al Perú en el mapa global de la
transformación neoliberal. La comparación revela que, aunque El Dios mortal
es clave para entender la historia política del siglo XX, comprender el
presente exige ampliar el análisis hacia la economía, la región y la
globalización, dimensiones que otros autores han puesto en primer plano.
Bibliografía
Jiménez, Félix. Otra ruta de desarrollo
para el Perú. Crítica del neoliberalismo y propuesta de transformación
republicana. Otra Mirada, 2016.
López, Sinesio. El Dios mortal. Estado,
sociedad y política en el Perú del siglo XXI. Lluvia Editores, 2024.
Paredes Villarreal, Percy J. Perú: de la
crisis política a la crisis del modelo neoliberal. Revista Tlatelolco,
UNAM, 2026.
Vergara, Alberto, y Paulo Drinot, eds. Modern
Peru: A New History. Duke University Press, 2025.
Vergara, Alberto, y Adrián Lerner. Perú
Global. Crítica, 2025
Ocho miradas sobre Karl Marx
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K |
arl Marx ha sido objeto de múltiples biografías e
interpretaciones que reflejan no solo las preocupaciones teóricas de sus
autores, sino también los contextos políticos e ideológicos en los que fueron
escritas. En este ensayo comparativo, examinamos siete obras fundamentales: las
de Franz Mehring (1918), Karl Korsch (1938), Michel Cornu (1955–1978), David
McLellan (1973), Jonathan Sperber (2013), José Aricó (1980), la obra colectiva
peruana coordinada por Omar Cavero (2019) y Gustavo Flores (1986). Cada una
ofrece una interpretación singular del pensador que transformó la historia del
pensamiento político, económico y filosófico.
A lo largo del siglo XX y
hasta nuestros días, diversas obras han abordado la figura de Karl Marx desde
perspectivas biográficas, filosóficas e históricas, ofreciendo miradas
complementarias y contrastantes. Franz Mehring, en Karl Marx: Historia de su
vida (1918), presenta a Marx como un revolucionario coherente con su
pensamiento, destacando la unidad entre teoría y práctica en un relato
narrativo, político y humano sustentado en amplia documentación. Sin embargo,
su cercanía ideológica con Marx y Engels lo conduce a una lectura hagiográfica,
con escasa crítica y subordinación del contexto filosófico a la militancia.
Karl Korsch, en Karl Marx (1938), ofrece más que una biografía: una
interpretación filosófica del marxismo como praxis, insistiendo en recuperar el
espíritu crítico y revolucionario frente a lecturas dogmáticas. Su enfoque,
altamente teórico y abstracto, dificulta el acceso para lectores no
especializados y deja en segundo plano la reconstrucción biográfica.
Michel Cornu, en su
monumental Karl Marx publicada en tres volúmenes entre 1955 y 1978,
destaca por el rigor documental y el análisis contextual, reconstruyendo la
vida de Marx con precisión y situándolo en su entorno intelectual, político y
social. No obstante, la extensión y el detalle pueden resultar abrumadores, y
su enfoque historiográfico tiende a diluir la dimensión filosófica y
revolucionaria del pensamiento marxiano. David McLellan, en Karl Marx: Su
vida y pensamiento (1973), ofrece una visión equilibrada entre análisis
biográfico, filosófico y político, con claridad y rigor accesibles tanto para
académicos como para lectores generales. Su tono neutral, sin embargo, suaviza
los aspectos más radicales del pensamiento de Marx, restando fuerza interpretativa.
Jonathan Sperber, en Karl Marx: Una vida del siglo XIX (2013), propone
una lectura historicista que sitúa a Marx como pensador profundamente enraizado
en su tiempo, alejándolo de las proyecciones ideológicas del siglo XX. Esta
perspectiva, aunque valiosa, minimiza el impacto transhistórico de Marx y
reduce su dimensión filosófica y revolucionaria en favor de la reconstrucción
contextual.
En América Latina, José
Aricó, con Marx y América Latina (1980), no escribe una biografía
tradicional, sino una reflexión sobre cómo Marx pensó —o ignoró— la región. Su
análisis filológico y político busca una lectura autónoma del marxismo desde el
Sur, aunque exige familiaridad con el debate teórico latinoamericano. Más
recientemente, El poder de las preguntas: Ensayos desde Marx sobre el Perú y
el mundo contemporáneo (2019), coordinado por Omar Cavero Cornejo, reúne
ensayos de Guillermo Rochabrún, Jan Lust y Mijail Mitrovic, entre otros, que
abordan la vigencia del marxismo en el análisis del capitalismo, la política y
la cultura en Perú. No se trata de una biografía ni de una obra sistemática,
sino de aproximaciones temáticas cuyo valor radica en la contextualización
crítica. Finalmente, Gustavo Flores Quelopana, en Teoría y praxis del
humanismo marxista-leninista (1986), aporta una visión filosófica desde
Perú sobre el marxismo como humanismo revolucionario, articulando el legado
marxista con las luchas sociales latinoamericanas desde una perspectiva crítica
y doctrinal. Aunque no es una biografía ni un estudio directo sobre Marx, esta
obra pertenece a la primera etapa del pensamiento del autor, que posteriormente
evolucionaría hacia otras posiciones.
En conjunto, estas obras
muestran la riqueza y diversidad de aproximaciones a Marx: desde la narración
hagiográfica hasta la interpretación filosófica, desde el rigor historiográfico
hasta la contextualización latinoamericana, pasando por la crítica contemporánea
y la elaboración doctrinal. Cada una ilumina un aspecto distinto de la vida, el
pensamiento y la recepción de Marx, revelando tanto su vigencia como las
tensiones en torno a su legado.
En conclusión, estas
biografías e interpretaciones reunidas no solo nos hablan de Marx, sino también
de las épocas y geografías que lo reinterpretan. Cada autor proyecta sobre Marx
las tensiones, esperanzas y crisis de su contexto:
Mehring (1918) escribe
en plena agitación revolucionaria, buscando legitimar el marxismo como guía
histórica para el movimiento obrero. Korsch (1938) redacta
su obra en el exilio, frente al ascenso del fascismo y la burocratización del
marxismo, reivindicando su carácter crítico y revolucionario. Cornu
(1955–1978) trabaja en el marco de la Guerra Fría y el auge del marxismo
estructuralista, ofreciendo una reconstrucción rigurosa y académica.
McLellan
(1973) escribe en un contexto de efervescencia intelectual post-68,
integrando el marxismo en el debate universitario con tono moderado. Sperber
(2013) publica en un mundo post-Guerra Fría, donde el marxismo ha perdido
centralidad política, proponiendo una lectura historicista y despolitizada.
Aricó (1980) escribe
en plena crisis de las izquierdas latinoamericanas, buscando una lectura
autónoma del marxismo desde América Latina. Flores Quelopana
(1986): Filosofía marxista-leninista en clave humanista, en un Perú
marcado por el conflicto social y el debate ideológico. Cavero
y colaboradores (2019) publican en un Perú marcado por la desigualdad, el
desencanto político y la búsqueda de nuevas herramientas críticas, reactivando
el pensamiento marxiano desde el Sur Global.
Estas obras no solo
reconstruyen a Marx, sino que lo reescriben desde sus propias urgencias.
Leerlas en conjunto nos permite entender cómo cada generación y cada región ha
buscado en Marx respuestas a sus propias crisis, y cómo el pensamiento marxiano
sigue siendo un espejo crítico de la historia moderna y latinoamericana.
Bibliografía
ARICÓ, José. Marx y América Latina.
México: Siglo XXI Editores, 1980.
CAVERO CORNEJO, Omar (coord.). El poder de
las preguntas: ensayos desde Marx sobre el Perú y el mundo contemporáneo.
Lima: Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2019.
CORNU, Michel. Karl Marx. 3 vols.
París: Éditions Sociales, 1955–1978.
FLORES QUELOPANA, Gustavo. Teoría y praxis
del humanismo marxista-leninista. Lima: Editorial Villanueva, 1986.
KORSCH, Karl. Karl Marx. México:
Ediciones Era, 1974.
McLELLAN, David. Karl Marx: su vida y
pensamiento. Madrid: Alianza Editorial, 1979.
MEHRING, Franz. Karl Marx: historia de su
vida. Madrid: Akal, 1976.
SPERBER, Jonathan. Karl Marx: una vida del
siglo XIX. Barcelona: Crítica, 2014.
Macera y Ruíz Zevallos:
súbditos del paradigma moderno
|
E |
ste ensayo se basa en el análisis del artículo de
Augusto Ruíz Zevallos titulado “Más amigo de Platón: filosofía y política en
Pablo Macera”, incluido en el libro Pensar la historia
peruana, editado por Alex Loayza Pérez, Universidad Ricardo Palma, Lima,
2021, pp. 277–326.
La modernidad, en su
despliegue filosófico, ha operado una transformación radical en el modo en que
se concibe la política, la justicia, la verdad y el ser. Esta transformación no
ha sido meramente conceptual, sino ontológica: ha desplazado el fundamento
metafísico de la política y lo ha sustituido por un paradigma inmanentista,
subjetivista, naturalista y escéptico. En este nuevo horizonte, la
política deja de ser una búsqueda del bien común enraizada en la verdad del
ser, y se convierte en una técnica de gestión de intereses, una administración
de demandas, una praxis instrumental. Es en este contexto que debe leerse el
pensamiento de Pablo Macera y el análisis que de él hace Augusto Ruíz Zevallos.
Ambos, sin advertirlo, se revelan como súbditos del paradigma moderno, operando
dentro de un marco conceptual que ha renunciado a la metafísica y ha obliterado
el ser.
Ruíz Zevallos sostiene que
Macera privilegia la justicia sobre la verdad, y que son las creencias
populares las que impulsan la justicia. Según esta lectura, Macera estaría más
comprometido con los hombres del presente que con los principios universales,
más amigo de Platón —entendido como símbolo de la filosofía política— que de la
verdad misma. Pero esta tesis, aunque sugerente, se queda en la
superficie.
Lo que no advierte Ruíz es
que tanto él como Macera están operando sobre un criterio de justicia
estrictamente moderno, donde los trascendentales escolásticos —verdad, bien,
justicia, libertad— han sido disgregados y autonomizados. Esta disgregación no
es accidental, sino estructural: refleja la hegemonía del principio de
inmanencia sobre el principio de trascendencia, la sustitución de la metafísica
de las esencias por la metafísica del concepto, la renuncia al ser como
fundamento y la instalación del sujeto como medida de todas las cosas.
En este marco, la justicia
ya no se funda en la verdad ontológica del ser, sino en consensos, narrativas,
emociones, creencias populares. La política deja de ser una disciplina ordenada
por el bien común y se convierte en una técnica de gestión de lo social. Este
desplazamiento es tan profundo que ni Macera ni Ruíz Zevallos parecen
advertirlo. Ambos analizan la política
desde disciplinas —la historia y la sociología— que ya están profundamente
marcadas por el paradigma moderno, sin cuestionar sus presupuestos filosóficos
más hondos. Por eso, aunque critican o interpretan fenómenos políticos, lo
hacen desde una lógica que ha renunciado a la pregunta por el ser, por el bien,
por la verdad.
Macera, al privilegiar las
creencias populares como motor de la justicia, no está siendo platónico, como
sugiere Ruíz, sino moderno. No busca la verdad como fundamento, sino la
justicia como efecto de la subjetividad colectiva. En Platón, la política está
subordinada a la verdad, al bien, al orden del ser. El filósofo es amigo de la
verdad porque reconoce que la justicia solo puede fundarse en lo que es, no en
lo que parece. En cambio, la modernidad rompe esa subordinación: instala
un pensamiento político que ya no busca el bien en el orden del ser, sino en la
voluntad del sujeto, en la opinión pública, en la eficacia técnica. Macera no
traiciona la verdad: simplemente no la reconoce como instancia superior, porque
su pensamiento está ya inmerso en el paradigma inmanentista.
Ruíz Zevallos, como
sociólogo, tampoco escapa a esta lógica. Su análisis parte de una concepción de
la política como técnica, como administración de lo social, como gestión de
creencias. No advierte que el problema no radica en la política como tal, sino
en el marco moderno que la ha vaciado de su dimensión metafísica. Al operar
dentro de este marco, Ruíz no puede trascenderlo, porque no lo interroga desde
fuera, desde una instancia superior. Como diría Eric Voegelin, está atrapado en
la “inmanencia cerrada” del mundo moderno, donde la política se ha convertido
en una praxis sin logos, en una acción sin sentido último.
La frase que da título al
artículo —“más amigo de Platón que de la verdad”— pierde su fuerza en este
contexto. No se trata de elegir entre Platón y la verdad, sino de advertir que
ambos han sido abandonados. Macera no elige entre fidelidad al maestro y compromiso
con la verdad: simplemente opera en un horizonte donde la verdad ha sido
disuelta, donde el ser ha sido obliterado, donde la política ya no se funda en
principios ontológicos, sino en creencias contingentes. En ese sentido, Macera
no es amigo de Platón ni de la verdad: es súbdito de la desfundamentación
metafísica moderna.
La desfundamentación
metafísica de la política no es un fenómeno aislado ni exclusivo del
pensamiento peruano. Es el resultado de un largo proceso histórico que comienza
con el giro antropológico moderno, se consolida con el racionalismo ilustrado,
y alcanza su forma más radical en el nihilismo contemporáneo. En este proceso,
la política ha sido despojada de su dimensión ontológica, ética y teleológica,
y reducida a una técnica de gestión, a una praxis instrumental, a una
administración de deseos. Lo que llega a su pináculo en Habermas y su teoría
del consenso. Esta transformación ha sido denunciada por diversos pensadores
que, desde distintas tradiciones, han intentado restaurar el fundamento
perdido. Entre ellos destacan Eric Voegelin, Alasdair MacIntyre, Augusto Del
Noce y Leo Strauss.
Eric Voegelin, en su
crítica al gnosticismo político moderno, sostiene que la pérdida del fundamento
trascendente ha llevado a la política a encerrarse en una “inmanencia cerrada”,
donde el sentido ya no se busca en el orden del ser, sino en construcciones
ideológicas. Voegelin advierte que esta clausura del horizonte ontológico
produce una política sin verdad, sin orientación, sin alma. En este marco, los
actores políticos —como Macera y Ruíz Zevallos— ya no pueden pensar la política
como parte de una totalidad ordenada, sino como una técnica de gestión de lo
social. La justicia se convierte en una función del consenso, y la verdad en
una categoría sospechosa, elitista, incluso opresiva.
Alasdair MacIntyre, por su
parte, en After Virtue, denuncia la fragmentación moral de la
modernidad, que ha convertido los juicios éticos en expresiones de preferencia
subjetiva. En este contexto, la política pierde su capacidad de orientar la
vida común hacia bienes compartidos, y se convierte en una arena de negociación
entre intereses. MacIntyre propone una recuperación de las tradiciones éticas
teleológicas, como la aristotélica, donde la política está subordinada al bien
humano, al telos de la vida racional. Esta propuesta contrasta radicalmente con
el enfoque de Macera, quien, al privilegiar las creencias populares como motor
de la justicia, se sitúa en el horizonte relativista que MacIntyre critica.
Augusto Del Noce, en su
análisis del pensamiento moderno, identifica el proceso de secularización como
una forma de nihilismo. Para Del Noce, la modernidad no es simplemente una
emancipación de la metafísica, sino una negación activa del ser. Esta negación
se manifiesta en la política como tecnocracia, como administración sin verdad,
como gestión sin sentido. Del Noce advierte que el pensamiento moderno, al
renunciar a la metafísica, se vuelve incapaz de resistir el totalitarismo,
porque ya no tiene criterios trascendentes para juzgar el poder. Y esto es lo
que vemos en la lucha contra el neofascismo de Trump. En este sentido, el
pensamiento de Macera y Ruíz Zevallos, al operar dentro del paradigma moderno,
se vuelve vulnerable a la instrumentalización de la política, a su reducción a
técnica, a su vaciamiento ético.
Leo Strauss, finalmente,
propone una recuperación de la filosofía política clásica, donde la política
está subordinada a la verdad, al bien, al orden natural. Strauss denuncia que
la modernidad ha sustituido la filosofía por la ideología, y que esta sustitución
ha producido una política sin fundamento, sin orientación, sin nobleza. En su
lectura de Platón, Strauss insiste en que el filósofo es amigo de la verdad
porque reconoce que la justicia solo puede fundarse en el conocimiento del
bien. Esta visión contrasta con la tesis de Ruíz Zevallos, quien interpreta a
Macera como “más amigo de Platón que de la verdad”, sin advertir que el Platón
que invoca ha sido ya desfigurado por el paradigma moderno. En
este contexto, la frase que da título al artículo de Ruíz Zevallos se revela
como equívoca. No se trata de que Macera sacrifique la verdad por la justicia,
como si estuviera operando dentro de un marco platónico. Se trata de que Macera
ya no reconoce la verdad como instancia superior, porque su pensamiento está inmerso
en el paradigma moderno, donde la verdad ha sido disuelta, el ser obliterado, y
la política convertida en técnica. En ese sentido, Macera no es amigo de
Platón.
El defecto inmanentista que
comparten tanto Pablo Macera como Augusto Ruíz Zevallos no es una excepción
individual, sino la expresión de una tendencia más amplia que domina la
sociología y la historiografía contemporáneas en el Perú y en buena parte de América
Latina. La renuncia a la trascendencia y la reducción de la política a técnica
de gestión se han convertido en el horizonte común de las ciencias sociales,
que operan bajo el supuesto moderno de que la verdad ontológica es irrelevante
o inexistente. En este marco, los análisis históricos y sociológicos
privilegian las narrativas, los consensos y las dinámicas de poder, pero dejan
de lado la pregunta por el ser y por el bien, reproduciendo así el mismo vacío
metafísico que caracteriza a la modernidad. Este inmanentismo se manifiesta en
la forma en que la historiografía peruana ha abordado los grandes procesos
nacionales: la independencia, la república, las reformas sociales, la violencia
política. En todos estos casos, el énfasis ha estado en las estructuras, en los
actores sociales, en las luchas de intereses, pero rara vez en la dimensión
ontológica o ética que permitiría comprenderlos como parte de un orden más
amplio. La historia se convierte en relato de contingencias, la sociología en
descripción de prácticas, y la política en administración de demandas. Así, el
pensamiento crítico se limita a denunciar injusticias o a describir fenómenos,
sin interrogarse por los fundamentos últimos que podrían dar sentido a la vida
común.
En este sentido, el defecto
inmanentista no es solo una característica de Macera y Ruíz Zevallos, sino la
nota dominante de toda una tradición académica que ha asumido como natural el
paradigma moderno. La sociología y la historiografía peruana, al igual que
muchas de sus homólogas latinoamericanas, han quedado atrapadas en la
“inmanencia cerrada” de la modernidad, incapaces de trascenderla porque no
cuestionan sus presupuestos filosóficos más hondos. El resultado es una
producción intelectual valiosa en términos descriptivos y críticos, pero
conceptualmente limitada, pues carece de la profundidad metafísica que
permitiría pensar la política y la historia no solo como gestión de lo social,
sino como búsqueda del bien y de la verdad.
Bibliografía
Del Noce, Augusto
Del Noce, Augusto. El problema del ateísmo.
Madrid: Ediciones Encuentro, 2015.
Del Noce, Augusto. La crisis del marxismo.
Madrid: Ediciones Encuentro, 2017.
Del Noce, Augusto. El suicidio de la
revolución. Madrid: Ediciones Encuentro, 2020.
Macera, Pablo
Macera, Pablo. El poder político en el Perú.
Lima: Instituto Nacional de Cultura, 1977.
Macera, Pablo. La imagen del pueblo en la
historia. Lima: Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2000.
Macera, Pablo. La historia y el pueblo.
Lima: Universidad Ricardo Palma, 2005.
MacIntyre, Alasdair
MacIntyre, Alasdair. Ética en los
conflictos de la modernidad. Madrid: Ediciones Rialp, 2019.
MacIntyre, Alasdair. Historia de la ética.
Barcelona: Ediciones Paidós, 2001.
MacIntyre, Alasdair. Tras la virtud.
Madrid: Ediciones Rialp, 2001.
Ruíz Zevallos, Augusto
Ruíz Zevallos, Augusto. “Más amigo de Platón que de
la verdad: filosofía y política en Pablo Macera.” En Pensar la historia
peruana, editado por Alex Loayza Pérez, pp. 277–326. Lima: Universidad
Ricardo Palma, 2021.
Strauss, Leo
Strauss, Leo. ¿Qué es la filosofía
política?. Madrid: Ediciones Encuentro, 2009.
Strauss, Leo. La ciudad y el hombre.
Madrid: Ediciones Encuentro, 2006.
Strauss, Leo. Sobre la tiranía. Madrid:
Ediciones Trotta, 2003.
Voegelin, Eric
Voegelin, Eric. La era gnóstica.
Madrid: Ediciones Encuentro, 2006.
Voegelin, Eric. La nueva ciencia de la
política. Madrid: Ediciones Rialp, 1992.
Voegelin, Eric. Orden y historia: Israel y
la revelación. Madrid: Ediciones Encuentro, 2007.
“KGB y Velasco” de
Aldo Mariátegui: entre la revelación documental y el sesgo ideológico
|
L |
a
publicación de KGB y Velasco: La alianza URSS–Perú 1968–1975. Cómo el
espionaje ruso infiltró toda América Latina, lanzada por Penguin Random
House en septiembre de 2025, ha generado un intenso debate sobre el papel de
las potencias extranjeras en la política peruana durante la Guerra Fría. Aldo
Mariátegui propone una tesis provocadora: el régimen de Juan Velasco Alvarado
fue penetrado por la inteligencia soviética, específicamente la KGB, en una
operación que habría tenido implicancias profundas para el rumbo del país. Lo
cual es cierto, pero incompleto. Veamos.
El principal mérito de la
obra radica en su acceso al archivo Mitrokhin, una fuente de alto valor
histórico que documenta las operaciones de la KGB en diversos países.
Mariátegui utiliza este archivo para mostrar cómo agentes soviéticos operaron
en Lima, establecieron vínculos con el Servicio de Inteligencia Nacional y
promovieron una agenda ideológica que habría influido en las reformas
estructurales del velasquismo. Este enfoque aporta una dimensión poco explorada
en la historiografía peruana, al revelar la profundidad de la presencia
soviética en el país y su conexión con el proyecto político-militar de Velasco. Sin
embargo, el libro presenta graves limitaciones historiográficas y geopolíticos
que comprometen su valor interpretativo. La más evidente es su enfoque
unilateral: Mariátegui se concentra exclusivamente en la infiltración
soviética, ignorando o minimizando la intensa actividad clandestina de la CIA
en Perú. Esta omisión distorsiona el contexto de la Guerra Fría, que fue una
pugna de doble vía. A continuación, se enumeran las principales acciones de la
CIA durante el velasquismo que KGB y Velasco no pondera.
Durante el gobierno de Juan
Velasco Alvarado, la CIA desplegó una serie de acciones que evidencian su papel
activo en la política peruana de los años setenta. En primer lugar, mantuvo un
monitoreo constante del régimen, vigilando de cerca las reformas estructurales
como la reforma agraria, la nacionalización de empresas extranjeras y el
acercamiento del Perú a la URSS y Cuba. A la par, logró influir en sectores de
las Fuerzas Armadas, especialmente en la Marina de Guerra, donde su presencia
fue hegemónica, lo que facilitó el golpe de Francisco Morales Bermúdez en 1975.
Aunque no existen pruebas directas de que la CIA organizara dicho golpe, sí hay
indicios de su respaldo indirecto a los militares que se oponían a Velasco. La
agencia también desplegó operaciones de contravigilancia contra agentes
soviéticos, como Nikolái Leónov, a quien siguió de cerca mediante amenazas
telefónicas y vigilancia fotográfica. En el plano diplomático y económico,
Estados Unidos aplicó restricciones comerciales y presionó a organismos
multilaterales para limitar el financiamiento al Perú, en respuesta a las
nacionalizaciones de empresas norteamericanas. Asimismo, la CIA mantuvo
vínculos con partidos opositores, principalmente el APRA, y con medios de
comunicación como Caretas, reforzando su influencia en el contexto del
Tacnazo.
Finalmente, la CIA se
dedicó a recolectar inteligencia sobre los vínculos del Perú con el bloque
socialista, documentando las relaciones con Moscú, La Habana y otros países del
Pacto de Varsovia, así como las compras de armamento y la asesoría técnica recibida.
En conjunto, estas acciones muestran que la CIA no fue un actor pasivo durante
el velasquismo, sino que intervino de manera sistemática en los ámbitos
militar, político, económico y mediático, configurando un escenario de pugna
geopolítica de doble vía en plena Guerra Fría. Estas acciones muestran que la CIA no fue un actor
pasivo durante el velasquismo. Al no incluirlas, Mariátegui ofrece una
narrativa sesgada, ideológicamente cargada de ultraderechismo, que reduce la
complejidad del conflicto geopolítico en Perú. Su lectura del periodo se
inscribe en una perspectiva sumisa al imperio estadounidense que descalifica el
velasquismo como un proyecto fallido por su cercanía con el comunismo, sin
considerar los matices internos y positivos del proceso ni las presiones
externas que lo condicionaron.
En conclusión, KGB
y Velasco es una obra que aporta datos valiosos sobre la presencia
soviética en el Perú, pero su utilidad como herramienta interpretativa está
limitada por un abordaje incompleto y tendencioso. Se puede
decir amablemente que es el abordaje neoliberal del tema. Para
comprender cabalmente el impacto del espionaje internacional en el Perú de los
años 70, es necesario contrastar las operaciones de la KGB con las de la CIA, y
situarlas en el marco más amplio de la Guerra Fría latinoamericana. Solo así se
podrá construir una narrativa equilibrada que haga justicia a la complejidad
del periodo.
En contraste con el enfoque
unilateral de Aldo Mariátegui, algunos investigadores han explorado el papel de
la CIA en el Perú durante el gobierno de Juan Velasco Alvarado. Peter Kornbluh,
en The CIA in Latin America, ofrece un panorama regional que incluye
referencias al Perú, mostrando cómo la agencia norteamericana monitoreó de
cerca las reformas velasquistas y mantuvo vínculos con sectores militares y
políticos opositores. Aunque no se centra exclusivamente en el caso peruano, su
obra permite situar la acción de la CIA dentro de la lógica más amplia de la
Guerra Fría en América Latina.
Cynthia McClintock, en Peasant
Cooperatives and Political Change in Peru, analiza la reforma agraria y el
contexto político del velasquismo, señalando cómo la presión estadounidense y
la vigilancia de la CIA condicionaron las políticas internas. Su enfoque revela
que la agencia no solo actuó en el plano militar, sino también en el económico
y diplomático, presionando para limitar el financiamiento internacional al Perú
tras la nacionalización de empresas norteamericanas. En el ámbito peruano,
Ricardo Uceda y Carlos Iván Degregori han señalado en diversos artículos y
ensayos la influencia indirecta de la CIA en el golpe de 1975 que llevó a
Morales Bermúdez al poder. Aunque no existen pruebas concluyentes de una
participación directa, ambos autores destacan la presencia hegemónica de la
inteligencia estadounidense en la Marina de Guerra y su respaldo tácito a
sectores militares contrarios a Velasco. Estos estudios complementan la visión
ofrecida por Mariátegui, mostrando que la pugna geopolítica fue de doble vía y
que la CIA desempeñó un papel activo en la política peruana.
En suma, obras como las de
Kornbluh, McClintock, Uceda y Degregori permiten equilibrar la narrativa sobre
el espionaje internacional en el Perú de los años setenta. Frente a la tesis de
Mariátegui, que enfatiza la infiltración soviética, estos estudios muestran que
la CIA también operó con intensidad, condicionando las reformas velasquistas y
apoyando a sectores opositores. Solo al integrar ambas dimensiones —la
soviética y la estadounidense— se puede comprender cabalmente la complejidad
del periodo y evitar lecturas sesgadas que reducen la historia a un relato
ideológico unilateral.
Bibliografía
Degregori, Carlos Iván. La década de la
antipolítica: Auge y huida de Alberto Fujimori. Lima: Instituto de Estudios
Peruanos.
Kornbluh, Peter. The CIA in Latin America.
New York: The New Press.
Mariátegui, Aldo. KGB y Velasco: La
alianza URSS–Perú 1968–1975. Cómo el espionaje ruso infiltró toda América
Latina. Lima: Penguin Random House.
McClintock, Cynthia. Peasant Cooperatives
and Political Change in Peru. Princeton: Princeton University Press.
Uceda, Ricardo. Muerte en el Pentagonito:
Los cementerios secretos del Ejército Peruano. Lima: Planeta.
Historia
Basadre, ese desconocido
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B |
asadre, ese desconocido, editado en el año 2004 por la Universidad
Ricardo Palma, constituye una obra singular dentro de los estudios dedicados a
Jorge Basadre, pues se propone rescatar dimensiones poco atendidas de su figura
y, al mismo tiempo, ofrecer una base documental que permita nuevas
investigaciones. La obra se organiza en dos partes claramente diferenciadas,
cada una con un aporte específico que, en conjunto, configuran un volumen de
referencia.
La aparición de
este libro respondía a una carencia evidente en el ámbito académico y cultural
peruano: hasta entonces no existía un volumen que reuniera, de manera
sistemática y crítica, tanto los estudios sobre Basadre como la bibliografía
completa de su producción intelectual. Los trabajos previos se encontraban
dispersos en revistas, artículos o referencias parciales, lo que dificultaba
una visión integral de su legado. Por ello, la publicación de Basadre,
ese desconocido vino a llenar un vacío necesario, ofreciendo a
investigadores, estudiantes y lectores interesados una herramienta de consulta
y reflexión que permitiera comprender al historiador tacneño en toda su
complejidad, más allá de su monumental obra historiográfica. Asimismo, resultaba imprescindible someter a
evaluación filosófica la visión de la historia que Basadre elaboró, pues su
propuesta no se limita a la narración de hechos, sino que plantea un horizonte
normativo y una concepción idealista del devenir nacional. Examinar
críticamente esta filosofía de la historia —sus fundamentos, alcances y
limitaciones— permite no solo situar a Basadre en diálogo con las grandes
tradiciones del pensamiento histórico, sino también valorar la originalidad de
su apuesta por entender la historia como promesa y tarea vinculada al destino
del Perú.
En este
sentido, David Sobrevilla realizó un esfuerzo valioso al destacar la dimensión
filosófica del pensamiento basadriano y al rescatar su concepción de la
historia como instrumento de conciencia nacional. Sin embargo, a la luz de lo
expuesto en el propio libro y de la ausencia de comparaciones con otras
tradiciones filosóficas, dicho esfuerzo resulta limitado: Sobrevilla no
profundiza en las tensiones entre el idealismo normativo de Basadre y las
corrientes trascendentes o providencialistas de la filosofía de la historia, lo
que deja sin explorar un aspecto crucial para comprender tanto la fuerza como
la restricción de su propuesta. Justamente aquí se encuentra lo fundamental de nuestro enfoque
filosófico: llegar hasta la médula de ese idealismo normativo de índole
platónica-kantiana que sostiene la visión de Basadre. Platónica, porque el
ideal actúa como un idealismo objetivo que debe guiar la
acción histórica, orientando el devenir hacia la realización de la “promesa de
la vida peruana”; y kantiana, porque se atiene estrictamente a lo
fenoménico, sin salir de lo inmanente, limitando el horizonte de la historia a
lo dado en la experiencia cultural y social. Esta doble raíz explica tanto la
potencia normativa de su pensamiento como sus restricciones, y constituye el
punto de partida indispensable para una evaluación filosófica rigurosa de su
obra.
Estudios de David Sobrevilla
La primera
parte del libro, a cargo de David Sobrevilla, se compone de seis estudios que
buscan iluminar aspectos menos visibles del historiador tacneño. En ellos se
presenta a Basadre no solo como el autor monumental de la Historia de
la República del Perú, sino como un intelectual integral, un filósofo de la
historia y un ensayista político y cultural.
El primero de
estos estudios aborda la relación de Basadre con la modernidad, destacando su
crítica a una modernización superficial e imitativa y su defensa de una
modernidad auténtica, sustentada en ciudadanía activa, educación sólida y
cultura democrática. El segundo se centra en su concepción de la nación como
proyecto inconcluso, atravesado por fracturas sociales y desigualdades, pero
abierto a la posibilidad de realizar la “promesa de la vida peruana” mediante
cohesión e identidad compartida. El tercero examina su visión de la cultura
como cemento de la nación, capaz de articular la diversidad y dar sentido a la
modernidad, integrando lo indígena, lo mestizo y lo criollo en una perspectiva
plural y democrática. El cuarto estudio se dedica a los llamados “años
difíciles” de Basadre, en los que las crisis personales y políticas marcaron su
sensibilidad histórica y dejaron huella en su obra. El quinto se ocupa del
“tiempo de cosecha”, cuando consolidó su producción madura y alcanzó la
síntesis de su pensamiento histórico y filosófico. Finalmente, el sexto estudio
analiza su papel como funcionario público, mostrando
cómo intentó llevar sus ideas a la práctica en el ámbito educativo y
cultural.
En conjunto, estos seis estudios configuran un retrato más amplio y
complejo de Basadre, que lo presenta como pensador integral y no únicamente
como historiador, aunque, como se ha señalado, el esfuerzo de Sobrevilla
resulta limitado al no profundizar en la raíz filosófica de su idealismo
normativo.
Filosofía de la historia
Un aspecto fundamental que Sobrevilla destaca es la filosofía de la
historia que Basadre adoptó. Se trata de una perspectiva de raíz idealista e
historicista, influida tanto por la tradición clásica griega como por la
filosofía alemana moderna. Pero no precisa qué tipo de idealismo -objetivo,
subjetivo, absoluto- ni qué tipo de historicismo -inmanente, trascendente-. Se
limita a señalar que Basadre concebía la historia como un proceso de
permanencias y cambios, donde el pasado debía ser comprendido para proyectar un
futuro posible.
Es por ello que consideramos importante precisar lo que Sobrevilla
omite. El historicismo inmanente es aquella concepción de la
historia que se mantiene dentro de los límites de lo humano y lo fenoménico:
entiende el devenir como proceso autónomo, regido por permanencias y cambios,
donde los ideales son construcciones normativas que orientan la acción, pero
siempre en el marco de la experiencia cultural y social. El historicismo
trascendente, en cambio, concibe la historia como manifestación de un
sentido último que la supera, ya sea en clave providencialista —como parte de
un plan divino— o metafísica —como despliegue de un orden superior—,
otorgándole un horizonte que trasciende lo meramente humano y fenoménico.
Continuando con Sobrevilla dice que, para Basadre la historia era un
instrumento de conciencia nacional, capaz de revelar las fracturas del país y,
al mismo tiempo, abrir la posibilidad de construir una nación cohesionada.
Pensar al Perú como “promesa” es, en este sentido, una postura idealista: la
nación no es un hecho consumado, sino una posibilidad abierta que debe
realizarse en el futuro.
Aquí resulta iluminador vincular, por nuestra parte, esta idea con la
entelequia aristotélica: así como en Aristóteles todo ser tiende a realizar su
esencia, en Basadre la nación peruana tiende a actualizarse en la medida en que
se aproxima a sus ideales. Los valores de ciudadanía, educación, democracia y
cultura plural funcionan como ese telos que orienta el devenir histórico. La
historia, entonces, no es solo relato de hechos, sino el camino hacia la
realización de esa entelequia nacional.
Como se puede ver en su evaluación, Sobrevilla no repara en la raíz
filosófica más profunda de este planteamiento: no advierte el platonismo o
idealismo objetivo que subyace en la concepción del ideal como referente
objetivo que debe guiar la acción histórica; tampoco reconoce el kantismo
fenomenista que se manifiesta en la estricta adhesión a lo fenoménico, sin
salir de lo inmanente; ni señala el inmanentismo que confina la filosofía de
Basadre a los límites de la modernidad. Esta omisión limita su análisis, pues
deja sin explorar el núcleo filosófico que explica tanto la fuerza normativa
como la restricción conceptual de la visión histórica de Basadre.
Y no lo podía advertir porque señalar el idealismo objetivo y el
fenomenismo kantiano de Basadre lo habría llevado inevitablemente a reconocerse
a sí mismo como recortado y limitado por el mismo inmanentismo moderno. En
tanto comparte esa perspectiva, Sobrevilla se mantiene dentro de los márgenes
de la modernidad y del horizonte kantiano de lo fenoménico, lo que explica que
su lectura, aunque valiosa, no alcance a problematizar las raíces filosóficas
que sostienen la propuesta basadriana.
Aporte documental de Miguel Ángel Rodríguez
Rea
La segunda parte, elaborada por Miguel Ángel Rodríguez Rea, aporta la
base documental y bibliográfica que convierte al libro en una herramienta
académica de largo alcance.
Aquí se presenta una bibliografía selecta de las obras escritas por
Basadre —libros, artículos, ensayos— y de los estudios que otros autores han
dedicado a su figura. Lo más importante de esta sección es la sistematización
inédita: antes existían referencias dispersas, pero no un corpus organizado que
permitiera acceder de manera ordenada a las fuentes primarias y secundarias.
Rodríguez Rea ofrece así un mapa de lectura que muestra la amplitud y
diversidad de la producción basadriana, desde su obra historiográfica hasta sus
escritos menos conocidos sobre educación, cultura y política. Al reunir tanto
lo escrito por Basadre como lo escrito sobre él, se ofrece una visión
panorámica de su legado y se facilita el trabajo de investigadores y
estudiantes. Esta parte convierte al libro en un puente documental entre
generaciones, asegurando que el “Basadre desconocido” pueda ser explorado en
profundidad.
Aporte general del libro
El aporte general del libro radica en que, por primera vez, se ofrece
una obra de esta envergadura dedicada exclusivamente a Jorge Basadre: una
combinación de estudios críticos y bibliografía exhaustiva que lo presenta como
un intelectual integral y, al mismo tiempo, proporciona las herramientas para
que otros continúen investigando.
Su tesis central es clara: Basadre debe ser comprendido no solo como
historiador, sino como un pensador que reflexionó sobre la modernidad, la
nación y la cultura, y que concibió la historia —desde una filosofía idealista
e historicista, cercana a la noción aristotélica de entelequia— como
instrumento para pensar el destino del Perú.
Como hemos visto, la limitación de la evaluación filosófica realizada
por Sobrevilla exige atender este punto con mayor esmero y profundidad.
Precisar la raíz platónica-kantiana del idealismo normativo de Basadre y su
confinamiento al inmanentismo moderno resulta indispensable para comprender
tanto la fuerza como la restricción de su propuesta. Solo una lectura que se
adentre en estas dimensiones filosóficas permitirá valorar en toda su magnitud
la originalidad de su pensamiento histórico y su relevancia para el debate
contemporáneo sobre la nación y la cultura en el Perú.
Comparaciones con otros pensadores
En este sentido, resulta enriquecedor contrastar la visión de Basadre
con la de otros pensadores. Frente a Marx, que concebía la historia como lucha
de clases y motor materialista, Basadre la entendía como proyecto idealista
orientado por valores y promesas. A diferencia de Gabriel Tarde, que veía en la
imitación social la clave de la vida colectiva, Basadre subrayaba la necesidad
de cultura y educación como motores de cohesión nacional. Aunque compartía con Dilthey la idea de
comprender la historia desde la experiencia vivida, añadía un horizonte
normativo: la historia debía guiar hacia la realización de la nación. Frente al
análisis económico-cultural de Sombart, Basadre se centraba en la historia
política y social del Perú como camino hacia la ciudadanía.
Mientras Windelband distinguía entre ciencias nomotéticas e
idiográficas, Basadre se situaba en la tradición idiográfica, pero con un telos
idealista que trascendía la mera descripción. Durkheim veía la sociedad como
hecho social objetivo; Basadre, en cambio, concebía la nación como tarea ética
y cultural. Frente al historicismo teológico de Troeltsch, Basadre proponía un
historicismo secular, centrado en la promesa nacional. Pareto analizaba las
élites y sus ciclos, mientras Basadre buscaba la democratización y la
ampliación de ciudadanía como fin histórico. Veblen criticaba el consumo
ostentoso, pero Basadre se preocupaba más por la fragilidad institucional y la
necesidad de cultura democrática. Weber interpretaba la historia a través de la racionalización y la ética
protestante; Basadre lo hacía desde la fragilidad peruana y la necesidad de
cohesión cultural. Simmel exploraba las formas sociales y la vida urbana,
mientras Basadre se enfocaba en la construcción nacional y en la educación como
base.
Spengler veía la historia como ciclos de decadencia cultural, en tanto
Basadre la concebía como promesa abierta hacia el futuro. Toynbee entendía la
historia como respuesta a desafíos, y aunque Basadre coincidía parcialmente,
enfatizaba que el desafío peruano debía resolverse con ciudadanía y cultura
plural.
Karl Mannheim, con su sociología del conocimiento, concebía las ideas
como productos de contextos sociales específicos; Basadre, en cambio, veía en
los ideales nacionales no solo un reflejo de condiciones sociales, sino un
horizonte normativo que debía orientar la acción histórica. Ferdinand Tönnies distinguía entre Gemeinschaft
(comunidad) y Gesellschaft (sociedad), mostrando la transición hacia
formas modernas de organización social; Basadre, sin desconocer esa tensión,
insistía en que la nación peruana debía articular comunidad y sociedad a través
de la cultura y la educación, evitando que la modernidad destruyera los
vínculos colectivos. Del mismo modo, resulta esclarecedor poner en diálogo a Basadre con
otros grandes pensadores de la historia del siglo XX. Frente a Fernand Braudel
y la Escuela de los Annales, que privilegiaron las estructuras de larga
duración y los condicionamientos económicos y geográficos sobre los
acontecimientos políticos, Basadre se mantuvo en una perspectiva más política y
cultural, centrada en la nación peruana como tarea ética y normativa.
En contraste con Reinhart Koselleck, que analizó la transformación de
los conceptos históricos y la semántica del tiempo, Basadre no se detuvo en la
historia de los conceptos, sino en la construcción de un horizonte nacional que
debía realizarse como promesa. Walter Benjamin, con su visión mesiánica de la historia como redención
de los vencidos, se distancia radicalmente de Basadre, quien se mantuvo en el
plano inmanentista y kantiano, sin abrirse a un horizonte trascendente. Michel Foucault, por su parte, desconfió de
los grandes relatos normativos y exploró genealogías del poder, mientras
Basadre elaboró precisamente un relato normativo de la nación como proyecto de
cohesión cultural. Incluso Arnold Hauser, que vinculó la producción artística y literaria
con las condiciones sociales y económicas, se diferencia de Basadre, quien
entendía la cultura no solo como reflejo de estructuras, sino como cemento
integrador de la nación.
Estas comparaciones muestran que, frente a las corrientes
estructuralistas, genealógicas o mesiánicas, Basadre se distingue por su
apuesta idealista y normativa, de raíz platónica-kantiana, que concibe la
historia como tarea ética y cultural orientada hacia la realización de la
promesa nacional.
Fuerza y limitación del pensamiento
basadriano
Estas comparaciones, omitidas por Sobrevilla en la primera parte del
libro, ayudan a precisar el pensamiento histórico y filosófico de Basadre.
Permiten reparar en que su visión idealista y normativa, aunque rica y fecunda,
no reconoce lo trascendente y se mantiene dentro de los límites inmanentistas
de la modernidad. Es una visión secularizada de la historia.
En ese sentido, Basadre es profundamente moderno y hasta kantiano, pues
se atiene a lo fenoménico: incluso el ideal, en su concepción, pertenece al
ámbito de lo dado en la experiencia histórica y cultural. Su giro hacia lo
concreto autónomo de lo trascendente constituye, precisamente, tanto la fuerza
como la limitación de su pensamiento: fuerza porque lo hace profundamente
moderno y normativo, capaz de orientar la acción histórica hacia la ciudadanía
y la cultura; limitación porque al divorciarse tajantemente de la visión
providencialista y trascendente de la historia, su filosofía se priva de un
horizonte más amplio, quedando confinada a la modernidad y a una lectura
kantiana de la historia como fenómeno. Al contrastarlo con Marx, se advierte que Basadre comparte la
preocupación por las fracturas sociales, pero se distancia radicalmente de la
interpretación materialista y de la centralidad de la lucha de clases, pues su
horizonte es normativo y cultural. Con Dilthey coincide en la necesidad de
comprender la historia desde la experiencia vivida, pero Basadre añade un telos
idealista que orienta la acción hacia la realización de la nación, lo que lo
separa del mero historicismo comprensivo. Frente a Weber, que analizó la
racionalización y la ética protestante como motores de la modernidad, Basadre
se aproxima en reconocer la fragilidad institucional, pero se distancia al
insistir en la cultura democrática como fundamento de cohesión.
En relación con Spengler y Toynbee, Basadre comparte la idea de que la
historia responde a desafíos, pero rechaza el fatalismo de los ciclos de
decadencia cultural de Spengler y se aparta del tono civilizatorio de Toynbee,
para situar el desafío en la tarea concreta de construir ciudadanía y cohesión
nacional. Con Mannheim se aproxima al reconocer que las ideas se producen en
contextos sociales, pero se distancia al insistir en que los ideales nacionales
no son solo reflejo de condiciones, sino horizonte normativo que debe guiar la
acción.
Si se lo compara con Braudel, Basadre se aleja de la mirada estructural
de la longue durée, pues privilegia el tiempo corto, la dimensión
política y cultural como motor de la historia peruana. Con Foucault, la
distancia es aún mayor: mientras el francés desconfía de los grandes relatos
normativos y se centra en genealogías del poder, Basadre construye precisamente
un relato normativo de la nación como promesa, confía en la acción del poder. Y
frente a Benjamin, que concibe la historia como redención de los vencidos en
clave mesiánica, Basadre se mantiene en el plano inmanentista, sin apertura a
lo trascendente. Estas aproximaciones y distancias muestran que Basadre dialoga con las
grandes tradiciones filosóficas e historiográficas, pero se distingue por su
apuesta idealista y normativa, de raíz platónica-kantiana, que concibe la
historia como tiempo corto, tarea ética, cultural y del poder. Esa singularidad
constituye tanto su fuerza —al ofrecer un horizonte normativo para la nación
peruana— como su limitación —al quedar confinado al inmanentismo moderno y sin
apertura a lo trascendente.
Rasgos principales de su visión
En suma, estas comparaciones ayudan a precisar los principales rasgos de
su visión histórica, los cuales son:
Filosóficos
1.
El idealismo normativo de raíz platónica, que concibe el ideal
como referente objetivo de la acción histórica.
2.
El kantismo, que lo mantiene dentro de los límites de lo
fenoménico y lo inmanente, sin apertura a lo trascendente.
Metafísicos
3.
El rechazo a las lecturas providencialistas o trascendentes de la
historia, lo que lo sitúa plenamente en el horizonte moderno.
Políticos
4.
La concepción de la nación como promesa abierta y tarea ética,
que debe realizarse en el futuro.
5.
La apuesta por la ciudadanía y la educación como motores de
cohesión y democratización. Tiene fe en poder político.
Culturales
6.
La centralidad de la cultura como cemento integrador de la
diversidad, capaz de articular lo indígena, lo mestizo y lo criollo en una
visión plural.
Estos rasgos configuran una filosofía de la historia que, aunque fecunda
y orientadora, se muestra también restringida por su inmanentismo, lo que
constituye tanto su potencia como su límite.
Objeciones a la visión basadrina
Objeciones desde el inmanentismo
·
La concepción de la nación como promesa abierta corre el riesgo de
quedar siempre inconclusa, atrapada en la historicidad concreta sin alcanzar
plena realización.
·
La centralidad de la cultura como cemento integrador puede fragmentarse
en múltiples identidades, debilitando su capacidad de cohesión.
·
La ciudadanía y la educación, aunque motores de cohesión, dependen de
condiciones históricas específicas y pueden resultar insuficientes frente a
crisis estructurales.
·
El idealismo normativo platónico puede quedarse en abstracción si no
logra encarnarse en instituciones y prácticas efectivas.
·
El kantismo, al confinarse a lo fenoménico, limita la filosofía de la
historia a lo dado en la experiencia, reduciendo su alcance interpretativo.
·
El rechazo a lo trascendente fortalece la autonomía moderna, pero deja
la historia sin un horizonte último que dé sentido más allá de lo humano.
·
Su confianza en poder político -socialista, en su caso- puede verse
revitalizada por lo visto con el bienestar producido por el PCChino en los
últimos diez años, pero otra cosa es si ello representa una auténtica
realización del ser humano.
Objeciones desde la visión providencialista y
trascendente
·
La nación, concebida solo como tarea ética, se priva de un fundamento
metafísico que la sitúe en un plan universal o divino.
·
La cultura, entendida únicamente como producto humano, pierde la
referencia a valores absolutos que podrían darle mayor solidez y permanencia.
·
La ciudadanía y la educación, al no vincularse con una dimensión
espiritual, se reducen a lo institucional y social, sin apertura a la
trascendencia de la dignidad humana.
·
El idealismo platónico, reinterpretado en clave inmanentista, se despoja
de su carácter metafísico y trascendente, quedando limitado a guía histórica.
·
El kantismo, al rechazar lo nouménico, impide que la historia se abra a
un sentido último más allá de lo fenoménico.
·
El rechazo a las lecturas providencialistas elimina la posibilidad de
concebir la historia como parte de un plan divino o universal, restringiendo su
alcance metafísico y espiritual.
·
El poder a expensas solamente de manos humanas ha dejado una lección
dolorosa en el siglo XX.
De esta manera, la sección muestra cómo la visión basadrina, aunque
fecunda y normativa, se enfrenta a críticas tanto desde dentro de la modernidad
(inmanentismo) como desde fuera de ella (visión trascendente).
Conclusión
En definitiva, Basadre, ese desconocido revela a un pensador que,
dialogando con las grandes tradiciones filosóficas y sociológicas, se distingue
por haber concebido la historia como promesa y tarea, vinculada
inseparablemente al destino del Perú. Sin embargo, esta concepción se resiente
por su tajante divorcio con la visión providencialista y trascendente de la
historia: al mantenerse dentro de los márgenes inmanentistas de la modernidad,
Basadre reduce el horizonte histórico a lo fenoménico, incluso cuando se trata
del ideal. Esto no lo advierte Sobrevilla porque él también es otro
inmanentista.
El giro de Basadre hacia lo concreto autónomo de lo trascendente
constituye tanto la fuerza como la limitación de su pensamiento: fuerza porque
lo hace profundamente moderno y normativo, capaz de orientar la acción
histórica hacia la ciudadanía y la cultura; limitación porque, al no reconocer
lo trascendente, su filosofía de la historia se priva de un horizonte más
amplio, quedando confinada a la modernidad y a una lectura kantiana de la
historia como fenómeno.
Así, el libro muestra a contrapelo un Basadre que dialoga con Marx,
Tarde, Dilthey, Sombart, Windelband, Durkheim, Troeltsch, Pareto, Veblen,
Weber, Simmel, Spengler, Toynbee, Mannheim y Tönnies, pero que se diferencia de
todos ellos por su apuesta idealista y normativa, profundamente moderna, que
concibe la historia como tarea ética y cultural, aunque limitada por su
desvinculación de cualquier dimensión trascendente o providencialista.
A estas comparaciones se suman otras igualmente reveladoras: frente a
Braudel y la Escuela de los Annales, Basadre se distancia del énfasis en las
estructuras de larga duración para privilegiar la corta duración de la
dimensión política y cultural; frente a Koselleck, no se detiene en la
semántica de los conceptos, sino en la construcción de un horizonte nacional;
frente a Benjamin, rechaza la dimensión mesiánica de la historia como redención
de los vencidos; y frente a Foucault, se aparta de la genealogía del poder para
elaborar un relato normativo de la nación como promesa. Estas distancias y
aproximaciones permiten precisar los rasgos fundamentales de su visión: nación
como promesa ética, cultura como cemento integrador, ciudadanía y educación
como motores de cohesión, idealismo platónico, kantismo fenomenista e
inmanentismo moderno.
En suma, la obra revela a un Basadre que, aunque fecundo y original en
su apuesta normativa, se muestra también limitado por su confinamiento a lo
inmanente. Su filosofía de la historia carece de apertura hacia lo
trascendente, lo que la hace profundamente moderna pero también restringida. Su
fe en el prometeico hombre moderno luce incólume.
Precisamente aquí radica la tarea pendiente: someter su pensamiento a
una evaluación filosófica, metafísica y política más rigurosa, que atienda
tanto a la raíz platónica-kantiana de su idealismo normativo como a las
tensiones que lo separan de las visiones providencialistas. Solo así se podrá
valorar en toda su magnitud la fuerza y la restricción de su propuesta, y
comprender el lugar singular que ocupa Basadre en el panorama de la filosofía
de la historia.
¿Guerra de palabras?
|
L |
a obra Guerra y propaganda en tiempos
de independencia. Luces y sombras de la prensa política de Lima, Buenos Aires y
Santiago de Chile (1810-1822) del historiador sanmarquino Daniel
Morán se inscribe en el campo de la historia cultural y política de las
independencias sudamericanas, proponiendo como tesis central que la prensa fue
un actor fundamental en la construcción de legitimidades, en la difusión de
idearios y en la configuración de imaginarios colectivos durante los años
iniciales de la emancipación. Morán sostiene que los periódicos no fueron meros
transmisores de noticias, sino instrumentos de guerra y propaganda que
acompañaron, reforzaron y en ocasiones sustituyeron la acción militar,
convirtiéndose en un espacio de confrontación ideológica donde se libraba una
batalla paralela a la de los ejércitos.
Entre los
principales aportes de la obra destaca su enfoque comparativo, que permite
observar las dinámicas de la prensa en tres ciudades clave del proceso
independentista: Lima, Buenos Aires y Santiago. Este contraste ilumina tanto
las similitudes en el uso de la propaganda como las diferencias derivadas de
contextos políticos específicos. Asimismo, el autor rescata la dimensión
cultural de la independencia, mostrando cómo los periódicos contribuyeron a la
formación de identidades nacionales y a la legitimación de proyectos políticos
diversos, desde los republicanos hasta los monárquicos. Otro aporte relevante
es la atención a las “luces y sombras” de la prensa: por un lado, su capacidad
de movilizar, educar y difundir ideas emancipadoras; por otro, su tendencia a
la manipulación, la censura y la exclusión de voces populares, lo que revela la
ambivalencia de un medio que podía ser emancipador y opresivo a la vez. Sin embargo, la principal crítica que se le
puede formular a la obra es que, al privilegiar la propaganda como eje
interpretativo, corre el riesgo de sobredimensionar el papel de la prensa
frente a otros factores decisivos de la independencia. La circulación de
periódicos estaba restringida a sectores letrados y urbanos, lo que limitaba su
alcance en sociedades mayoritariamente analfabetas. Además, la legitimidad de
los proyectos políticos dependía en gran medida de la coyuntura militar: las
victorias y derrotas en el campo de batalla tenían un impacto inmediato y
tangible que la propaganda no podía sustituir. A ello se suman las tensiones
sociales y económicas —desigualdades de clase, raza y género— que escapaban al
control de los impresores y redactores, y que condicionaban la recepción y
eficacia del discurso propagandístico. En este sentido, la obra ilumina con
gran detalle la dimensión discursiva de la independencia, pero deja en segundo
plano la interacción entre propaganda y realidad material, lo que puede dar la
impresión de que la emancipación se explica casi exclusivamente por la batalla
de las ideas.
En conclusión,
el libro de Daniel Morán constituye una contribución valiosa al estudio de la
independencia latinoamericana al situar la prensa como un campo de batalla
ideológico y cultural, ofreciendo un análisis comparativo y matizado de sus
luces y sombras. No obstante, su énfasis en la propaganda invita a reflexionar
sobre los límites de esta frente a la realidad política, social y militar de la
época, recordándonos que la independencia fue tanto una guerra de palabras como
una guerra de ejércitos y movilizaciones populares.
Además de la obra de Daniel
Morán, otros historiadores han prestado atención al papel de la prensa en los
procesos de independencia sudamericanos, situándola como un actor clave en la
construcción de legitimidades y en la formación de imaginarios colectivos.
Carmen McEvoy, por ejemplo, ha estudiado la cultura política peruana del siglo
XIX y ha mostrado cómo los periódicos se convirtieron en espacios de debate y
propaganda, fundamentales para la consolidación del Estado republicano. Claudia
Rosas Lauro, por su parte, ha analizado la opinión pública y los discursos
patrióticos, destacando la manera en que la prensa difundió ideas emancipadoras
y moldeó identidades en el contexto de la independencia. En el plano
comparativo, Luis Daniel Morán Ramos y Javier Pérez Valdivia han explorado la
“guerra de las palabras” en Lima, Buenos Aires y Santiago entre 1818 y 1820,
subrayando la confrontación ideológica entre prensa realista y patriota y
mostrando cómo los periódicos se convirtieron en auténticas armas políticas y
culturales. Asimismo, Francisco Quiroz Chueca, en compilaciones como Historia
del Perú independiente dentro de la Biblioteca Bicentenario, ha resaltado
la importancia de los impresos como fuentes para comprender la independencia y
la formación del Estado peruano.
Estas obras complementan la
propuesta de Morán al situar la prensa no solo como instrumento de propaganda,
sino también como espacio de construcción de ciudadanía, de confrontación
ideológica y de legitimación política. La independencia, vista desde esta
perspectiva, aparece como un proceso en el que la guerra de ejércitos se
entrelazó con una guerra de palabras, en la que los periódicos jugaron un papel
decisivo en la configuración de las nuevas naciones.
Prensa como dispositivo ideológico
|
E |
l tribunal más temible, escrito por el historiador Daniel Morán y
Carlos Carcelén (2025), es una obra que coloca a la prensa y a la opinión
pública en el centro del proceso de independencia del Perú. Su tesis principal
sostiene que los periódicos, panfletos y debates públicos funcionaron como un
verdadero “tribunal” capaz de legitimar o cuestionar la revolución, mostrando
que la independencia no fue únicamente un hecho militar o diplomático, sino
también un proceso cultural y discursivo. Los autores destacan cómo los diarios
de las Cortes de Cádiz y los periódicos limeños moldearon la percepción de la
emancipación, construyendo un lenguaje de patria y ciudadanía que otorgaba
sentido a la ruptura con España.
Entre sus
aportes más relevantes se encuentra la revisión historiográfica que desplaza el
foco de las batallas y líderes militares hacia la construcción de la opinión
pública, el rescate de fuentes poco estudiadas que permiten comprender la
importancia de la prensa en la formación de un espacio público en el Perú del
siglo XIX, y la interdisciplinariedad de su enfoque, que combina historia
política, cultural y de las ideas. Asimismo, el análisis de los diarios de las
Cortes de Cádiz aporta un puente entre la historia peninsular y la americana,
enriqueciendo la comprensión del proceso emancipador.
No obstante, la
obra presenta limitaciones. El énfasis en la prensa y en sectores ilustrados
urbanos invisibiliza la participación de grupos populares, indígenas o rurales,
cuya voz no siempre quedó registrada en periódicos. La perspectiva elitista de
la “opinión pública”, entendida como la de las élites letradas, reduce la
complejidad social de la independencia. Además, no queda suficientemente claro
cómo las expectativas populares, especialmente indígenas, fueron manipuladas
por el sector criollo. Los criollos difundieron en periódicos y proclamas la
idea de que la independencia traería libertad, igualdad y el fin de los
tributos coloniales, pero muchas de esas promesas se usaron como recurso
político para movilizar a indígenas y sectores populares sin que luego se
cumplieran plenamente. La prensa criolla construyó un lenguaje aparentemente
inclusivo, pero en la práctica estaba pensado para consolidar el poder de las
élites urbanas. Los indígenas fueron convocados como soldados, tributarios o
mano de obra en campañas militares, pero rara vez se les reconoció como sujetos
políticos con voz propia en el nuevo orden republicano.
En suma, El
tribunal más temible aporta una visión innovadora sobre la
independencia del Perú desde la prensa y la opinión pública, iluminando el
papel de los discursos criollos en la legitimación del proceso emancipador. Sin
embargo, deja pendiente la pregunta de cómo esa opinión se convirtió en un
mecanismo de control y manipulación de expectativas populares, especialmente
indígenas, que esperaban cambios reales tras la independencia. Se trata de una
obra valiosa por su enfoque y fuentes, pero que invita a complementarse con
estudios sociales que den cuenta de las experiencias de los sectores populares
invisibilizados. En la construcción de su análisis, Morán y Carcelén se apoyan en marcos
teóricos que han problematizado la relación entre ideología, prensa y opinión
pública. La influencia de pensadores como Antonio Gramsci resulta evidente,
especialmente en la noción de hegemonía cultural y en la idea de que los medios
de comunicación funcionan como aparatos de difusión de consensos que legitiman
el poder de las élites.
La prensa, en
este sentido, es vista como un espacio donde se negocia la hegemonía y se
moldean las percepciones colectivas. Asimismo, se perciben ecos de Jürgen
Habermas en su concepto de “esfera pública”, que permite entender cómo los
periódicos y debates se convirtieron en un terreno de disputa política durante
la independencia. Estas referencias teóricas enriquecen la obra al situar el
caso peruano dentro de una tradición intelectual más amplia, mostrando que la
prensa no solo transmitía información, sino que operaba como un dispositivo
ideológico que articulaba expectativas, manipulaba discursos y consolidaba la
autoridad criolla frente a los sectores populares e indígenas.
Repertorio Hebreo
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E |
sta valiosa edición facsimilar del sociólogo
Osmar Gonzalez recupera la memoria cultural y política de los debates
intelectuales del Perú de fines de los años 20, donde se cruzan la cuestión
judía, la mirada internacional y la reflexión sobre la identidad nacional.
Es una revista
que nació y murió en 1929, vinculada a los talleres gráficos de Minerva de José
Carlos Mariátegui y dirigida por Miguel Ben-Tzvi Adler. Sólo se alcanzó a
publicar tres números, antes que el encarcelamiento de su director
interrumpiera el proyecto. Allí el propio Mariátegui reflexiona sobre la
problemática judía en lo internacional y desde la óptica peruana. Para el
Amauta la cuestión judía sólo podía resolverse en clave socialista, rechazando
el antisemitismo, la persecución a los judíos, y el Estado confesional y
exclusivo. Defendió una Palestina multinacional dentro del internacionalismo
socialista. Es un
significativo mérito de Osmar Gonzalez recuperar un material que había sido
olvidado. La publicación actualiza las preguntas sobre la diversidad, la
migración y la memoria. La principal crítica a Repertorio Hebreo es que, pese a
su enorme valor histórico y documental, la edición facsimilar se limita a
reproducir los textos originales sin ofrecer un aparato crítico amplio que
contextualice en profundidad los debates de 1929 con las discusiones actuales
sobre la cuestión judía y palestina.
Además de la edición
facsimilar preparada por Osmar González, existen otros estudios que han
prestado atención a Repertorio Hebreo y a su contexto intelectual.
Investigadores vinculados al Proyecto Mariátegui han recuperado los números
originales de la revista y los han puesto a disposición en hemerotecas
digitales, lo que ha permitido examinar con mayor detalle la participación de
intelectuales judíos y latinoamericanos en sus páginas. Asimismo, especialistas
como Guillermo Rochabrún y Dora Mayer de Zulen han señalado la importancia de
este breve experimento editorial dentro del universo cultural de fines de los
años veinte, mostrando cómo se articulaba con la revista Amauta y con
los debates internacionales sobre la cuestión judía y palestina. Más
recientemente, reseñas y artículos publicados en medios académicos y culturales
han destacado el valor de Repertorio Hebreo como testimonio de un
momento en que la reflexión sobre diversidad, migración y memoria se cruzaba
con la política socialista y con la mirada internacionalista de Mariátegui.
Estos trabajos complementan la recuperación documental de González al situar la
revista dentro de una red más amplia de publicaciones y debates, subrayando que
no fue un proyecto aislado, sino parte de un esfuerzo colectivo por pensar la
identidad nacional desde la pluralidad cultural y la justicia social.
La
reedición facsimilar de Repertorio Hebreo preparada por
Osmar González ha recibido escasa atención crítica y académica, en parte porque
coincidió con un contexto internacional marcado por la devastación en Gaza,
donde la ofensiva militar israelí bajo el liderazgo de Benjamín Netanyahu fue
denunciada por organismos internacionales y medios globales como un genocidio
que, a lo largo de nueve meses, dejó más de veinte mil niños asesinados. En
medio de esa tragedia, el rescate de una revista peruana de 1929 que
reflexionaba sobre la cuestión judía desde una perspectiva socialista y
antisionista quedó opacado, cuando en realidad ofrecía claves históricas para
comprender la raíz de debates que siguen vigentes: la tensión entre
nacionalismo excluyente y proyectos multinacionales de convivencia. La poca
atención a la obra de González revela no solo la marginalidad de ciertos
esfuerzos de memoria cultural en el Perú, sino también la dificultad de
articularlos con un presente internacional atravesado por la violencia y la
urgencia humanitaria.
La
escasa atención que recibió la reedición de Repertorio Hebreo también se
vincula con la limitada influencia política que Israel ha tenido en el Perú. A
diferencia de otros países latinoamericanos donde la presencia israelí se ha
manifestado con mayor fuerza en ámbitos militares, diplomáticos o económicos,
en el caso peruano su papel ha sido más bien marginal y episódico. Si bien
existieron momentos de cooperación —como la venta de armamento en los años
ochenta o ciertos acuerdos de asistencia técnica—, Israel nunca llegó a
convertirse en un actor decisivo dentro de la política nacional. Esto explica
que debates internacionales tan intensos como los relacionados con el sionismo
o con la situación palestina no hayan tenido un eco significativo en la esfera
pública peruana. En consecuencia, una obra como la de Osmar González, que
rescata un proyecto intelectual de 1929 donde se discutía la cuestión judía
desde un horizonte socialista y antisionista, aparece desconectada de la
coyuntura política local, lo que también contribuye a que su impacto sea
reducido y que permanezca como un esfuerzo más académico y cultural que
político.
“Hacia una revisión
histórica de la invasión y conquista” de Elmer Robles Ortiz
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E |
n Hacia una revisión histórica de la
invasión y conquista, Elmer Robles Ortiz propone una lectura radicalmente
crítica del proceso que tradicionalmente se ha llamado “conquista de América”.
Publicada por el Fondo Editorial de la Universidad Privada Antenor Orrego
(UPAO) en Trujillo en 2022, esta obra se inscribe en una corriente intelectual
que busca desmontar los relatos fundacionales del colonialismo y reconfigurar
la conciencia histórica latinoamericana desde una perspectiva descolonizadora.
Desde las primeras páginas,
Robles se posiciona no como un historiador convencional, sino como un ensayista
comprometido con la ética de la memoria. Su objetivo no es reconstruir hechos,
sino interpelar el relato. No busca una cronología, sino una ruptura. Y esa
ruptura comienza con una afirmación contundente: la conquista fue una invasión
violenta, ideológicamente justificada, que aún persiste como matriz cultural en
la sociedad latinoamericana contemporánea.
La tesis central de Elmer
Robles Ortiz puede formularse de manera clara: el proceso de conquista no fue
un encuentro civilizador, sino una invasión sistemática que destruyó culturas,
impuso estructuras de poder y justificó su violencia mediante discursos
religiosos, jurídicos y filosóficos. Esta matriz colonial no terminó con la
independencia, sino que continúa operando en las formas de consumo, pensamiento
y organización social actuales. Robles no se limita a denunciar el pasado, pues
su mirada está puesta en el presente. Para él, la historia no es una disciplina
académica, sino una herramienta de conciencia. El relato oficial —el que se
enseña en las escuelas, el que se repite en los discursos patrióticos, el que
se celebra en las efemérides— ha perpetuado una visión eurocéntrica que
naturaliza el sometimiento de los pueblos originarios y borra su agencia
histórica.
Lo que distingue esta obra
no es solo su tesis, sino su tono y su intención. Robles escribe con la
urgencia de quien quiere despertar. Su estilo es ensayístico, provocador, a
veces aforístico. No busca convencer con datos, sino con conciencia. Y en ese sentido,
su obra se parece más a una intervención filosófica que a una investigación
historiográfica. Este gesto de ruptura tiene aciertos notables: Robles logra
cuestionar el canon historiográfico tradicional, que glorifica a los
conquistadores y minimiza la violencia estructural del proceso; reivindicar la
voz indígena, no como objeto de estudio, sino como sujeto histórico; y conectar
el pasado con el presente, mostrando cómo el colonialismo sigue operando en el
lenguaje, en la educación, en el consumo y en la política. Pero también tiene
limitaciones que deben ser señaladas con rigor.
Uno de los puntos más
críticos de la obra es su omisión del carácter conquistador del Imperio Inca.
Robles denuncia con fuerza el eurocentrismo, pero no cuestiona el
incacentrismo. Al presentar a los incas como víctimas puras del colonialismo,
omite su papel como conquistadores de otros pueblos andinos, lo que debilita su
propuesta de revisión histórica. Antes de la llegada de los españoles, el
Tahuantinsuyo había sometido militarmente a decenas de culturas regionales
—chachapoyas, huancas, cañaris, chimús, entre otros—, había impuesto el quechua
como lengua oficial, desplazado poblaciones mediante el sistema de mitmaqkuna y
centralizado el poder en el Cusco. Estos hechos muestran que la dominación no
comenzó con los europeos, sino que ya existía en formas prehispánicas. Al no
reconocer esto, Robles corre el riesgo de idealizar el mundo indígena,
presentándolo como homogéneo, pacífico y moralmente superior. Esta
idealización, aunque comprensible como reacción al discurso colonial,
simplifica la historia y borra la pluralidad del mundo andino.
Así como es denunciable el
eurocentrismo, también lo es el incacentrismo. Este consiste en situar al
Imperio Inca como el centro absoluto del mundo indígena, ignorando o
subordinando a otras culturas originarias. El incacentrismo reproduce una
lógica vertical del poder, donde el Cusco representa la cúspide y los demás
pueblos son vistos como periféricos. Robles, al no problematizar esta
dimensión, reproduce una forma de esencialismo invertido: el indígena como
símbolo, no como sujeto histórico con contradicciones, intereses y agencia
propia. Una historia verdaderamente descolonizadora no debe reemplazar un
centro por otro, sino descentrar todos los centros. En conclusión, la primera
parte de esta reseña ha explorado la tesis central de Elmer Robles Ortiz, sus
aciertos en la crítica al discurso colonial y sus limitaciones al omitir el
carácter imperial del Tahuantinsuyo. Su obra es valiosa como provocación ética,
pero requiere ser complementada con una mirada más plural, más crítica y más
historiográficamente rigurosa.
La obra de Robles no se
presenta como una investigación historiográfica convencional. No sigue una
metodología de archivo ni se apoya en una sistematización de fuentes primarias.
En cambio, se despliega como un ensayo filosófico-político, con un tono reflexivo,
provocador y a veces aforístico. La estructura del texto responde más a una
lógica de interpelación ética que a una reconstrucción factual. Cada capítulo
funciona como una unidad de pensamiento, donde Robles lanza ideas, cuestiona
certezas y propone rupturas. No hay una progresión cronológica ni una narrativa
lineal. Lo que hay es una constelación de conceptos articulados en torno a una
tesis central: la conquista fue una invasión y su legado sigue operando en la
cultura latinoamericana contemporánea. Este estilo tiene ventajas y riesgos.
Por un lado, permite una lectura ágil, comprometida, que interpela al lector
más allá del dato. Por otro, limita el rigor historiográfico, ya que muchas
afirmaciones se presentan sin contraste documental ni debate con otras
corrientes historiográficas.
El pensamiento de Robles se
nutre de una genealogía intelectual latinoamericana crítica que incluye a José
Carlos Mariátegui, de quien retoma la idea de que la historia es una
construcción ideológica y que el relato oficial sirve a los intereses del poder.
Como Mariátegui, busca una lectura revolucionaria del pasado que permita
transformar el presente. También se inspira en José María Arguedas, en su
reivindicación de la cosmovisión andina y su crítica al mestizaje como
imposición, alineándose con él en la defensa de la voz indígena como portadora
de sentido. La dimensión ética de la obra —su preocupación por la justicia, la
dignidad y la liberación— remite a la teología de la liberación, con figuras
como Gustavo Gutiérrez, aunque Robles no la cite explícitamente. Finalmente, el
pensamiento decolonial de autores como Aníbal Quijano, Enrique Dussel y Walter
Mignolo está presente en la crítica a la matriz colonial del poder y del saber.
Robles comparte con ellos la idea de que la modernidad se construyó sobre la
colonialidad y que descolonizar el pensamiento es una tarea urgente.
Lo que distingue la obra de
Robles es que su crítica no se formula desde una perspectiva externa, sino
desde dentro de América Latina. No busca una historia universal, sino una
historia situada, que responda a las necesidades de los pueblos latinoamericanos
de recuperar su memoria, su dignidad y su capacidad de narrarse a sí mismos. En
ese sentido, Robles no escribe para los historiadores, sino para los
ciudadanos. Su obra es un llamado a despertar, a cuestionar, a resistir. Y
aunque su estilo puede parecer más filosófico que historiográfico, su intención
es profundamente política: transformar la conciencia histórica para transformar
la cultura.
El
presente como campo de batalla: Uno de los aportes más
interesantes de la obra es su insistencia en que la conquista no terminó, sino
que continúa. Robles señala que el comportamiento social actual —consumista,
superficial, alienado— es una consecuencia del colonialismo cultural. La educación,
los medios, el lenguaje, incluso la espiritualidad, están marcados por una
lógica de dominación que se originó en la invasión europea. Esta lectura
conecta el pasado con el presente, y convierte la historia en una herramienta
de resistencia. Para Robles, revisar la historia no es un ejercicio académico,
sino una forma de liberación. Y en ese sentido, su obra se inscribe en una
tradición de pensamiento latinoamericano que busca reconstruir la
identidad desde la memoria crítica.
Uno de los aspectos más
discutibles de la obra de Robles es su tendencia a idealizar la cultura
precolombina, especialmente la andina, como si se tratara de un universo
armónico, pacífico y moralmente superior. Esta postura, aunque comprensible
como reacción al discurso colonial que deshumanizó a los pueblos originarios,
corre el riesgo de construir una nueva forma de esencialismo. En
lugar de presentar a los pueblos indígenas como sujetos históricos complejos
—con conflictos internos, estructuras de poder, estrategias de expansión y
resistencia— Robles los retrata como víctimas puras, sin contradicciones ni
agencia política. Esta visión, aunque bien intencionada, simplifica la historia
y borra la diversidad cultural que caracterizó al mundo prehispánico.
El caso más evidente de la
idealización en la obra de Robles es la omisión del carácter conquistador del
Imperio Inca. Si bien denuncia con fuerza la invasión europea, no problematiza
el expansionismo del Tahuantinsuyo, que sometió militarmente a decenas de
pueblos andinos antes de la llegada de los españoles. Los incas conquistaron
territorios mediante guerras, alianzas forzadas y desplazamientos
poblacionales; impusieron el quechua como lengua oficial, aunque no era la
lengua madre de muchos pueblos; aplicaron el sistema de mitmaqkuna, que
consistía en el traslado forzoso de comunidades para controlar regiones
estratégicas; y centralizaron el poder en el Cusco, estableciendo una élite
dominante que gobernaba sobre una diversidad de culturas regionales. Estos
hechos muestran que la dominación no comenzó con los españoles, sino que ya
existía en formas prehispánicas, y al no reconocerlo, Robles pierde una
oportunidad clave para construir una crítica más profunda y coherente.
Así como el eurocentrismo
impone una visión occidental como medida universal, el incacentrismo sitúa al
Imperio Inca como el centro absoluto del mundo indígena, ignorando o
subordinando a otras culturas originarias. Esta postura reproduce una lógica
vertical del poder, donde el Cusco representa la cúspide y los demás pueblos
son vistos como periféricos o subordinados. Robles, al no cuestionar esta
estructura, reproduce una forma de colonialismo invertido: en lugar de
descolonizar la historia, la reconfigura desde otro centro, sin desmontar la
lógica de exclusión. Una historia verdaderamente crítica debe descentrar todos
los centros, reconociendo la pluralidad de voces, memorias y experiencias.
La obra pierde varios
elementos al no abordar esta dimensión. En primer lugar, pierde complejidad
histórica, pues la historia del mundo andino no puede reducirse a una oposición
entre indígenas buenos y europeos malos. Hubo conflictos, alianzas, traiciones
y resistencias internas, y al ignorar esto, el análisis se empobrece. En
segundo lugar, se pierde la agencia indígena, ya que muchos pueblos colaboraron
con los españoles para liberarse del dominio inca, y al no considerar este
hecho, Robles niega la capacidad de decisión y estrategia de los pueblos
originarios. En tercer lugar, se pierde rigor historiográfico, porque una
revisión seria de la historia debe incluir todas las formas de poder, no solo
las coloniales, y al ignorar el imperialismo incaico, la propuesta
descolonizadora se debilita.
El enfoque de Robles podría
haberse enriquecido de varias maneras. Podría haber reconocido que la violencia
no comenzó con los españoles, aunque sí se transformó radicalmente con ellos.
Podría haber analizado cómo la estructura imperial incaica fue aprovechada por
los conquistadores para consolidar su dominio. Podría también haber explorado
cómo algunos pueblos indígenas vieron en los españoles una oportunidad para
liberarse del dominio inca, lo cual complejiza la idea de una resistencia
unificada. De este modo, su propuesta habría ganado en profundidad, coherencia
y pluralidad, ofreciendo una visión más crítica y completa de la historia
andina y de la conquista.
La obra de Robles se mueve
entre dos polos: la denuncia del colonialismo europeo y la idealización del
mundo indígena. Pero al no problematizar el poder prehispánico, corre el riesgo
de reemplazar un mito por otro, y en ese sentido su propuesta de revisión
histórica queda incompleta. Una verdadera descolonización exige reconocer todas
las formas de dominación, incluso las que ocurrieron antes de la llegada de
Europa, porque solo así podremos construir una historia plural, crítica y
profundamente humana.
Más allá de sus aciertos y
omisiones historiográficas, la obra de Robles se sostiene sobre una convicción
profunda: la historia no es un archivo muerto, sino una herramienta viva de
conciencia. Para él, revisar el pasado no es un ejercicio académico, sino una
forma de despertar, de romper con la alienación cultural, de recuperar la
dignidad perdida. Esta postura convierte su libro en una especie de manifiesto
ético, donde el conocimiento histórico se pone al servicio de la transformación
personal y colectiva. Robles no escribe para especialistas, sino para
ciudadanos, y su objetivo no es reconstruir hechos, sino reconfigurar la
mirada. En ese sentido, su obra se inscribe en una tradición latinoamericana
que entiende la historia como acto político.
Uno de los aportes más
provocadores de Robles es su lectura del presente como continuación del
colonialismo. Para él, la invasión no terminó con la independencia, ni con la
república, ni con la modernización, sino que sigue operando en múltiples
dimensiones de la vida cotidiana. Se manifiesta en el lenguaje que usamos, en
las formas de consumo que adoptamos, en la educación que recibimos, en la
espiritualidad que practicamos y en la manera en que nos relacionamos con el
poder, con el cuerpo y con el otro. De este modo, la cultura se convierte en un
verdadero campo de batalla, donde las huellas del colonialismo persisten y
condicionan nuestras prácticas, creencias y relaciones, recordándonos que la
descolonización no es un hecho consumado, sino un proceso en permanente
disputa.
En este marco, la cultura
se convierte en el verdadero campo de batalla. No se trata solo de resistir
políticamente, sino de reconstruir el sentido, de recuperar la capacidad de
narrarnos desde nuestras propias raíces, sin repetir los modelos impuestos por
el colonizador.
La
denuncia del comportamiento social actual: Robles es especialmente
crítico con lo que él llama el comportamiento social superficial y consumista.
Para él, la invasión no solo destruyó templos y lenguas, sino que instaló una
forma de vivir desconectada del sentido profundo, una cultura del espectáculo,
del individualismo, de la banalidad. Esta crítica, aunque formulada en
términos generales, apunta a una crisis espiritual. Robles no solo
denuncia el colonialismo externo, sino el colonialismo interior, ese que
nos lleva a repetir patrones de dominación, a despreciar lo propio, a vivir sin
conciencia histórica.
Aunque no se presenta como
teólogo, Robles incorpora una dimensión espiritual en su crítica. Su
preocupación por la dignidad, por la memoria, por el sentido, remite a una
ética que va más allá de lo político. En varios pasajes, su lenguaje se acerca
al de la teología de la liberación, aunque sin citarla directamente. Esta
dimensión espiritual le permite conectar la historia con la interioridad. Para
Robles, la verdadera resistencia comienza en el alma, en la forma en que
nos relacionamos con el misterio, con el dolor, con la esperanza. Y en ese
sentido, su obra no solo interpela al historiador, sino al creyente, al
pensador, al ciudadano común.
Historia,
identidad y discernimiento: En el fondo, lo que Robles
propone es una revisión de la identidad latinoamericana. No como nostalgia, ni
como reivindicación étnica, sino como discernimiento profundo. ¿Quiénes somos?
¿Qué relatos nos configuran? ¿Qué heridas seguimos repitiendo? ¿Qué memorias
necesitamos sanar? Su obra es una invitación a
mirar el pasado no como carga, sino como clave de lectura del presente. Y en
ese sentido, el discernimiento se convierte en el eje de su propuesta:
discernir entre lo impuesto y lo propio, entre lo superficial y lo esencial,
entre lo que aliena y lo que libera.
La obra de Elmer Robles Ortiz constituye un esfuerzo valiente y
necesario por revisar críticamente el relato histórico oficial sobre la
conquista de América. Su principal aporte radica en desenmascarar el discurso
colonial que ha glorificado la invasión europea como empresa civilizadora,
reivindicar la memoria indígena como fuente de dignidad, resistencia y sentido,
conectar el pasado con el presente mostrando cómo la matriz colonial sigue
operando en la cultura latinoamericana actual y proponer una historia entendida
como herramienta de conciencia más que como mera acumulación de datos. Robles
logra articular una crítica ética, cultural y espiritual que interpela al
lector desde su identidad latinoamericana, y su obra no busca neutralidad sino
transformación, inscribiéndose en una tradición de pensamiento comprometido con
la liberación.
Sin embargo, la obra
también presenta límites importantes que deben ser señalados con honestidad
intelectual. Existe una tendencia a idealizar el mundo indígena, presentando a
los pueblos originarios como víctimas puras sin reconocer sus propias estructuras
de poder, conflictos internos y estrategias de expansión. Asimismo, la omisión
del imperialismo incaico corre el riesgo de reproducir un incacentrismo que
excluye otras culturas regionales, y la simplificación del proceso de conquista
en una oposición binaria entre invasores e invadidos deja de lado la
complejidad de alianzas, resistencias y colaboraciones indígenas. En este
sentido, uno de los hallazgos más importantes es que, así como es denunciable
el eurocentrismo, también lo es el incacentrismo: reemplazar un centro por otro
no es descolonizar, sino reconfigurar la exclusión. Una historia verdaderamente
crítica debe descentrar todos los centros, reconocer la pluralidad de voces y
construir una memoria que abrace la complejidad.
La obra de Robles podría
dialogar fructíferamente con varias corrientes contemporáneas. Con la
historiografía crítica latinoamericana, representada por autores como Edmundo
O’Gorman, Pablo González Casanova o Silvia Rivera Cusicanqui, que ofrecen
lecturas más matizadas del proceso de conquista y colonización. Con el
pensamiento decolonial de Aníbal Quijano, Enrique Dussel y Walter Mignolo, que
profundizan en la crítica a la colonialidad del poder y del saber. Con la
teología de la liberación de Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff o Jon Sobrino,
que enriquecería la dimensión espiritual de la obra. Y con la filosofía
intercultural, que permitiría abrirse a una reflexión más plural sobre las
cosmovisiones indígenas, evitando reducirlas a una sola matriz cusqueña.
En definitiva, Hacia una
revisión histórica de la invasión y conquista no es una obra que cierre
debates, sino que los abre. Su valor reside en provocar preguntas,
desestabilizar certezas e invitar a pensar. Aunque sus límites deben ser
reconocidos, su gesto de ruptura merece ser celebrado, pues recuerda que la
historia no es solo lo que ocurrió, sino lo que seguimos repitiendo, y que
revisarla no significa mirar atrás, sino prepararnos para mirar hacia adelante
con más claridad, más conciencia y más dignidad.
Emilio Choy Ma: El sabio sin cátedra y la conciencia crítica del Perú
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rimera parte: El
pensamiento insurgente y la crítica al poder. Emilio Choy Ma fue, sin
lugar a dudas, una de las figuras más singulares y radicales del pensamiento
peruano del siglo XX. Su vida intelectual se desarrolló al margen de las
instituciones académicas, sin cátedra ni reconocimiento oficial, pero con una
lucidez y profundidad que lo convierten en un referente imprescindible para
comprender la historia del Perú desde una perspectiva crítica, marxista y
descolonizadora. Su obra, dispersa pero contundente, se caracteriza por una
voluntad de desmitificación, por una lectura materialista de los procesos
históricos, y por una defensa inquebrantable de los pueblos oprimidos.
Choy fue un “maestro sin
cátedra”, como lo han llamado con justicia, y “el más modesto de los sabios”.
No buscó protagonismo ni prestigio académico. Su compromiso fue con la verdad
histórica, con la denuncia de las estructuras de dominación, y con la construcción
de una conciencia nacional desde abajo. Su pensamiento incomodó a la academia,
al poder, y a los intelectuales acomodados. Por eso fue silenciado, ignorado,
marginado. Pero su legado persiste, y hoy más que nunca merece ser recuperado,
estudiado y difundido.
Uno de los aportes más
importantes de Choy fue su interpretación del Incario desde una perspectiva
marxista. Sostuvo que el Inca Pachacútec llevó a cabo una revolución secular
contra los sacerdotes, quienes perdieron el poder político, pero no el religioso.
Esta reorganización del Estado incaico implicó una subordinación del poder
religioso al poder estatal, consolidando un aparato teocrático centralizado. El
Inca se convirtió en hijo del Sol, desplazando a los sacerdotes como mediadores
del orden cósmico, y estableciendo una nueva ideología estatal que legitimaba
la expansión imperial. Para Choy, esta transformación no fue espiritual ni
simbólica, sino profundamente política: una estrategia de concentración del
poder en manos de la élite gobernante.
En su análisis del modo de
producción incaico, Choy lo caracterizó como una forma de esclavismo colectivo
y temporal. A diferencia del esclavismo clásico, donde los esclavos eran
propiedad privada, en el Tahuantinsuyo el trabajo forzado se organizaba colectivamente
a través de instituciones como la mit’a. Esta esclavitud no era permanente,
sino cíclica, pero igualmente coercitiva. El Estado controlaba los medios de
producción y extraía el excedente de las comunidades, beneficiando a la casta
de los orejones. Para Choy, el individuo no era sujeto de derechos, sino
instrumento al servicio de la producción estatal. En el Incario no había
derechos humanos: el hombre estaba subordinado al interés de la élite, y su
existencia estaba determinada por su función productiva.
Esta lectura crítica lo
llevó a analizar el conflicto entre Huáscar y Atahualpa como una lucha entre
dos fracciones de clase dominante. Huáscar representaba el sector esclavista
tradicional, vinculado al poder central de Cuzco, mientras que Atahualpa encarnaba
una tendencia feudalizante, surgida en el norte del imperio. Esta tensión
reflejaba una contradicción interna en el modelo de acumulación: una
acumulación horizontal en las comunidades que beneficiaba la acumulación
vertical del Estado. La guerra civil incaica, según Choy, fue expresión de una
crisis estructural que debilitó al imperio justo antes de la llegada de los
españoles. No fue una simple disputa dinástica, sino una lucha entre modelos de
reproducción social.
Choy también desenmascaró
el doble juego del humanismo irracional de Francisco de Vitoria. Aunque Vitoria
defendía la humanidad de los indígenas, justificaba la intervención española en
América bajo pretextos como la evangelización, el comercio libre o la
protección contra el canibalismo. Para Choy, este humanismo era funcional al
imperialismo: una ideología que revestía la dominación con retórica moral.
Vitoria no defendía la autodeterminación de los pueblos, sino su subordinación
dentro de un orden cristiano y europeo. Esta crítica se inscribe en su esfuerzo
por construir una historiografía descolonizadora, que no se deje seducir por
discursos moralistas sin contenido emancipador.
En su análisis de la
revolución de 1780, liderada por Túpac Amaru II, Choy iluminó las
contradicciones internas del proceso. Señaló que la alianza entre la burguesía
indígena ilustrada y el campesinado no logró sus objetivos emancipadores porque
fue traicionada por la burguesía comercial criolla. Esta última, temerosa de
una revolución social que afectara sus privilegios, se mantuvo neutral o
colaboró con la represión. El fracaso de la rebelión mostró que, sin una
alianza sólida entre clases subalternas y sectores ilustrados, no es posible
una emancipación real. Para Choy, la historia debía leerse desde las tensiones
de clase, no desde los relatos heroicos o las gestas individuales.
En su genealogía de la
conciencia nacional peruana, Choy identificó tres momentos clave: el nacimiento
en Garcilaso de la Vega y Guamán Poma de Ayala, el origen de la emancipación en
Túpac Amaru y el campesinado, y el bautismo ideológico en la Carta a los
españoles americanos de Juan Pablo Vizcardo y Guzmán. Garcilaso y Guamán Poma
representaron los primeros intentos de reinterpretar la historia desde una
mirada indígena o mestiza. Túpac Amaru encarnó la lucha social contra el orden
colonial. Vizcardo, desde el exilio, articuló por primera vez una idea de
nación americana libre y soberana. Esta lectura muestra cómo Choy entendía la
historia como un proceso de construcción de conciencia, atravesado por la lucha
de clases y la resistencia cultural.
Segunda parte: Crítica
contemporánea, esclavitud y resignificación simbólica
La mirada crítica de Emilio
Choy Ma no se limitó a los procesos prehispánicos o coloniales. También se
proyectó hacia el pensamiento contemporáneo, donde desplegó una aguda capacidad
para detectar desviaciones ideológicas, confusiones teóricas y traiciones
políticas. Su compromiso con el marxismo clásico lo llevó a confrontar a
figuras reconocidas del pensamiento latinoamericano y europeo, sin temor a la
polémica ni a la soledad intelectual.
Uno de sus blancos fue
Maurice Godelier, antropólogo marxista francés, a quien Choy acusó de
contaminar el análisis científico con ideología estructuralista. Para Choy,
Godelier desviaba el marxismo hacia abstracciones simbólicas que oscurecían las
relaciones materiales de producción. Rechazó el estructuralismo marxista por
considerarlo una moda intelectual que debilitaba el rigor teórico y la
capacidad transformadora del pensamiento revolucionario. En su defensa del
marxismo ortodoxo, Choy insistía en que el análisis debía partir de la lucha de
clases, la propiedad de los medios de producción y la explotación concreta, no
de categorías culturales o epistemológicas.
También criticó a Aníbal
Quijano, especialmente por su postura ante el imperialismo. Aunque Quijano
desarrolló la teoría de la “colonialidad del poder”, Choy consideraba que no
daba suficiente peso al carácter estructural del imperialismo como forma de dominación
económica y política. Para él, en países como Perú, con desarrollo industrial
incipiente, el enfrentamiento al imperialismo debía ser prioritario.
Desconfiaba de los enfoques que desplazaban el análisis de clase hacia
categorías identitarias o culturales, y acusaba a ciertos intelectuales —entre
ellos Quijano— de caer en el reformismo, al proponer cambios dentro del sistema
sin cuestionar radicalmente la estructura capitalista e imperialista.
En su estudio sobre la
esclavitud china en el Perú, Choy iluminó las posturas de los hacendados
conservadores y liberales. Los conservadores defendían abiertamente la
esclavitud como necesaria para el desarrollo agrícola, especialmente en las
haciendas azucareras y algodoneras. Veían a los culíes como inferiores, aptos
solo para el trabajo forzado, y promovían leyes que perpetuaban su servidumbre.
Los liberales, aunque usaban la retórica de modernización, mantenían
condiciones de explotación similares bajo formas contractuales, como la
“servidumbre por deuda”. Choy mostró que ambos sectores coincidían en la
defensa del orden esclavista, aunque con lenguajes distintos. Su obra La
esclavitud de los chinos en el Perú es una referencia clave para
entender cómo el racismo, la explotación y el discurso político se entrelazaron
en la historia peruana.
También abordó la
liberación de los negros por parte de Castilla, desenmascarando tanto las
causas internas como externas del proceso. Internamente, la crisis del sistema
esclavista, la baja productividad y la resistencia esclava debilitaron el
modelo. Externamente, la presión internacional —especialmente de Inglaterra—,
los cambios en el capitalismo global y las revoluciones atlánticas forzaron la
abolición. Choy denunció que la liberación no fue un acto de benevolencia, sino
una decisión estratégica motivada por intereses económicos y políticos. Rechazó
el discurso oficial que presentaba la abolición como gesto ilustrado, y mostró
que fue resultado de contradicciones estructurales y presiones geopolíticas. En
el plano simbólico, Choy explicó cómo la figura de Santiago Matamoros fue
resignificada en el mundo andino. Originalmente venerado como el santo guerrero
que ayudaba a los cristianos en la lucha contra los musulmanes, Santiago fue
traído a América como símbolo de la conquista. Representado como un caballero
que aplasta indígenas bajo su caballo, se convirtió en instrumento de represión
colonial.
Sin embargo, durante las
rebeliones indígenas, especialmente en el siglo XVIII, las comunidades
resignificaron la figura como Santiago Mataespañoles, un santo que luchaba del
lado de los oprimidos contra los colonizadores. En el siglo XIX y XX, Santiago fue
adoptado como patrono de muchas comunidades rurales, protector de cosechas,
ganado y justicia comunal. Para Choy, esta transformación revela cómo los
pueblos oprimidos reinterpretan los símbolos del poder para expresar sus
propias luchas. Es un ejemplo de cómo la cultura popular puede subvertir el
discurso dominante, convirtiendo un ícono de la conquista en un aliado de la
resistencia.
Tercera
parte: Burguesía colonial
Emilio Choy Ma también
dedicó parte de su obra al estudio de la formación de la burguesía en la
colonia, especialmente en el siglo XVIII. Desde su enfoque marxista, analizó
cómo ciertos sectores criollos comenzaron a acumular capital a través del
comercio, la minería y la administración colonial. Esta burguesía criolla
emergente no era revolucionaria ni autónoma: actuaba como intermediaria entre
la metrópoli y las clases subalternas, y reproducía el orden colonial en lugar
de transformarlo.
Con las reformas
borbónicas, se intensificó el comercio interno y externo, lo que permitió a
ciertos sectores criollos acumular riqueza. Sin embargo, esta acumulación no se
tradujo en una transformación estructural, sino en una reproducción del sistema
esclavista y racista. Choy estudió las ideas ilustradas que circularon entre
los criollos, señalando que muchas de ellas fueron asimiladas superficialmente,
sin cuestionar el sistema colonial. Esta burguesía adoptó discursos de
modernidad y progreso, pero mantuvo prácticas de explotación. Su contradicción
interna —deseo de autonomía sin ruptura con el orden imperial— fue clave en los
procesos que llevaron a la independencia, y en la persistencia de las
estructuras de dominación en la República.
Homenaje
editorial y legado crítico
En 2015, con motivo del
centenario de su nacimiento, se publicó el libro Emilio Choy Ma,
1915–2015: Homenaje por el centenario de su nacimiento, editado por
Wilfredo Kapsoli y auspiciado por la Universidad Ricardo Palma. Esta edición
representa un esfuerzo valioso por recuperar y visibilizar el legado de Choy, y
por reivindicar su lugar en la historiografía peruana.
Entre los méritos de esta
edición destacan el reconocimiento institucional que le otorga visibilidad a
una figura históricamente marginada; la diversidad de enfoques, que permite
abordar distintas facetas de Choy —su pensamiento historiográfico, su militancia,
su vida personal y su influencia intelectual—; y el rescate de una voz crítica
que iluminó zonas oscuras de la historia peruana. El libro incluye textos de
autores como Antonio Rengifo y el propio Kapsoli, que aportan desde la historia
social y la antropología, y que permiten comprender la profundidad y vigencia
del pensamiento de Choy.
Sin embargo, también
presenta limitaciones. La edición carece de una sistematización rigurosa de la
obra de Choy, y no ofrece una edición crítica de sus textos más importantes.
Esto dificulta el seguimiento de la evolución de su pensamiento y su articulación
teórica. Además, no incluye documentos inéditos, manuscritos o correspondencia
que permitan conocer mejor su método de trabajo o sus reflexiones personales.
Finalmente, su difusión ha sido limitada, y no ha sido incorporado en los
programas de estudio universitarios, lo que restringe su impacto en nuevas
generaciones.
Estas limitaciones no
desmerecen el valor del homenaje, pero sí señalan la necesidad de continuar el
trabajo: editar sus textos, sistematizar su pensamiento, difundir su obra, y
proyectar su legado en el debate contemporáneo. Choy no fue un pensador del pasado,
sino un intelectual del futuro: sus ideas siguen siendo herramientas para
pensar críticamente el Perú, para desmontar las estructuras de poder, y para
construir una historia desde los pueblos. Reconocer sus méritos
implica valorar su lucidez, su compromiso, su capacidad para iluminar procesos
históricos desde una perspectiva materialista y descolonizadora. Reconocer sus
limitaciones implica entender que su obra fue fragmentaria, que su aislamiento
intelectual lo privó de interlocutores, y que su rigidez teórica lo alejó de
otras corrientes críticas. Pero estas limitaciones no opacan su legado: lo
enriquecen, lo humanizan, lo hacen más urgente.
Emilio Choy Ma fue un sabio
modesto, un maestro sin cátedra, un pensador incómodo. Su obra no es solo
memoria: es herramienta para la transformación. Su pensamiento no es solo
crítico: es conciencia. Su legado no es solo historia: es futuro.
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L |
oa
a los libertadores (Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga,
2024) del dilecto historiador Wilfredo Kapsoli expone en este voluminoso libro
(556 págs.) una tesis controvertible, saber, que la Independencia empezó desde
la Conquista, y muestra de ello son: la idea de Nación del Inca Garcilaso, el
movimiento Taki Onkoy, el movimiento nacional inca, José Santos Atahualpa, la
rebelión de Túpac Amaru II, la idea de Patria Americana en el Mercurio Peruano,
y la distinción entre Nación y Estado de Jorge Basadre.
Todo
este contenido es parte de la Primera Parte del libro. La Segunda Parte está
dedicada a iluminar la Independencia lograda, la Tercera Parte congrega las
loas a los libertadores, la Cuarta Parte lo componen anécdotas e historia, la
Quinta una selección de entrevistas y comentarios de diversas plumas. Todo ello
culmina en un anexo de Mapas y una nutrida bibliografía. Es un libro bellamente
editado por el Fondo Editorial de la Universidad Nacional San Cristóbal de
Huamanga y con prolíficas ilustraciones.
Lo
primero que suscita su tesis es si no se está confundiendo rebelión y
resistencia con independencia, pues ambas cosas no son lo mismo. Lo primero lo
hubo indudablemente por parte de los indios y no tanto de la élite inca que
después de Manco Inca optó por una alianza con los Habsburgo que le concedió
privilegios y prerrogativas bien conocidas.
Esto
nos lleva al segundo punto. La tesis del libro ¿no simplifica excesivamente una
historia que fue compleja? Su indigenismo a ultranza invisibiliza no sólo la
alianza de la élite inca con los conquistadores, sino que la independencia
criolla no fue una revolución de los pueblos originarios, los que siguieron
siendo marginados en el nuevo orden republicano.
Prácticamente
Kapsoli en su afán por refutar a Spalding y a Heraclio Bonilla con su tesis de
que independencia fue concedida y no conquistada termina exagerando el papel de
los indios en la Independencia. Se sabe perfectamente que había comunidades
indígenas que seguían defendiendo al rey Fernando de España a pesar de la
independencia lograda, y que San Martín buscaba un rey por la tradición
monárquica de los indios peruleros y que Bolívar desconfiaba de la masa india,
confiscó tierras de las comunidades indígenas y restituyó el tributo indígena.
En
suma, el libro no señala las alianzas inca-españolas bajo los Habsburgo, aunque
la cosa desmejoró bajo los Borbones y especialmente tras la rebelión de Túpac
Amaru. Tampoco da cuenta de la exclusión de los indios bajo la república
criolla, incluso su élite curacal perdió los privilegios y se vio afectada
severamente. En otras palabras, en el
libro permanece una contradicción interna irresuelta por una postura
indigenista sin matices, dado que la Independencia lejos de incorporar a la
masa indígena la marginó y agravó la división entre el Perú profundo y el Perú
oficial.
Todo
ello se refleja en la Tercera Parte de Loa a los Libertadores, la cual
llevada por un criterio estético literaria hace desaparecer los matices
políticos muy importantes. Por ejemplo, omite señalar el regusto adulador de
Olmedo en plena dictadura de Bolívar. Por todo ello, el enfoque de Kapsoli es
equívoco, simplificador, sin rigor y sin los matices necesarios del caso. Ante
todo ello, uno se pregunta ¿los Libertadores pueden ser objeto de loa ante la
mayor opresión que se sometió a la masa indígena desde la república criolla?
La Asociación Pro Indígena
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K |
apsoli tiene olfato de perdiguero para todo tipo de
archivo histórico importante. Y su libro La Asociación Pro Indígena.
Una contribución a la etnohistoria peruana, publicado por Wilfredo Kapsoli
Escudero y Takahiro Kato, lo demuestra.
Se trata de una obra
monumental que rescata el legado de una de las primeras organizaciones en
defensa de los pueblos indígenas en el Perú.
El libro representa un
rescate documental inédito al reunir más de seiscientas páginas de documentos
originales, muchos de ellos nunca antes publicados, provenientes del archivo de
Pedro Zulen, lo que constituye una valiosa contribución a la etnohistoria
peruana. A ello se suma la revalorización de figuras clave como Pedro Zulen,
Dora Mayer y Joaquín Capelo, fundadores de la Asociación Pro Indígena, a
quienes se dedica un perfil actualizado y profundo que destaca su pensamiento,
su activismo y su compromiso con los derechos indígenas. El enfoque
interdisciplinario, que combina historia, sociología, filosofía y antropología,
permite analizar el contexto y el impacto de la API y enriquece la comprensión
del indigenismo temprano en el Perú. Otro aporte fundamental es el que hace a
la memoria histórica, pues visibiliza una etapa olvidada del activismo indígena
y muestra cómo desde 1909 ya existían esfuerzos organizados para denunciar el
abuso y la exclusión de los pueblos originarios. La colaboración internacional
también es un mérito, ya que la participación del peruanista japonés Takahiro
Kato aporta una mirada externa rigurosa y complementa la larga trayectoria
investigativa de Kapsoli.
Sin embargo, la obra
presenta algunas limitaciones que deben ser consideradas. Su extensión de
seiscientas treinta y cinco páginas y la densidad documental pueden dificultar
su lectura para quienes no son especialistas o no tienen formación académica en
ciencias sociales. El enfoque se concentra principalmente en Lima, y aunque se
menciona la defensa de indígenas de las ocho regiones naturales del Perú, gran
parte del análisis se centra en las acciones de la API en la capital, lo que
puede limitar la representación de otras realidades indígenas. Asimismo, pese a
la riqueza de fuentes primarias, el libro no profundiza en debates teóricos
contemporáneos sobre el indigenismo, la colonialidad o los derechos indígenas
desde una perspectiva crítica, lo que reduce su alcance en el plano conceptual.
Finalmente, su difusión ha sido restringida y, a pesar de su gran valor, la
obra ha circulado principalmente en círculos académicos, lo que disminuye su
impacto en el debate público y en la educación intercultural. En conjunto, este
libro se convierte en una verdadera joya para quienes investigan la historia
del pensamiento indígena en el Perú, aunque su potencial transformador aún
espera ser plenamente reconocido fuera del ámbito especializado.
Existen otras obras
similares en el medio que han abordado el indigenismo temprano en el Perú y las
figuras vinculadas a la Asociación Pro Indígena. Entre ellas destaca El
indígena y su derecho de Dora Mayer, publicada en 1929, que constituye una
denuncia pionera contra la explotación de los pueblos originarios y una defensa
explícita de sus derechos. Mayer también escribió The Conduct of the Cerro
de Pasco Mining Company en 1913, donde criticó los abusos de las empresas
extranjeras y vinculó la explotación minera con la situación indígena,
mostrando cómo la cuestión social y la cuestión indígena estaban profundamente
entrelazadas. Asimismo, estudios críticos sobre la correspondencia entre Dora
Mayer y Pedro Zulen han permitido comprender la intensidad de los debates
públicos de inicios del siglo XX, en los que ambos intelectuales discutieron en
diarios como El Comercio y La Prensa acerca del indigenismo y la
defensa de los pueblos originarios. Más recientemente, reseñas y perfiles como
los publicados en Fuentes Históricas del Perú han recuperado la figura
de Mayer como periodista, luchadora social y precursora del indigenismo,
destacando su papel en la Asociación Pro Indígena y su influencia en el
pensamiento crítico peruano.
Estas obras y estudios
complementan el trabajo sobre Pedro Zulen y la API, mostrando que el
indigenismo temprano no fue un esfuerzo aislado, sino parte de una red de
intelectuales y activistas que desde inicios del siglo XX denunciaron la
exclusión y defendieron la dignidad de los pueblos originarios. La reedición de
archivos y la recuperación de textos de Mayer y Zulen permiten reconstruir una
genealogía del pensamiento indígena en el Perú que sigue siendo relevante para
los debates actuales sobre colonialidad y derechos humanos.
La mujer como musa de
la razón
Una
corrección a la distorsión feminista
de Geneviève Fraisse
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E |
n el marco del pensamiento contemporáneo sobre el
papel de la mujer en la historia intelectual y afectiva de grandes figuras
masculinas, se han publicado obras que, lejos de reivindicar a la mujer como
sujeto racional autónomo, la exaltan como fuente de inspiración, cuidado y
conservación. Este ensayo parte de una crítica directa al feminismo filosófico
de Geneviève Fraisse, particularmente a su obra La musa de la razón,
y propone que libros como Las mujeres de Vallejo de Miguel
Pachas Almeyda, Las mujeres de Goethe de Pablo de Saint-Victor
y Las mujeres de Haya de María Luz Díaz Paredes no ratifican
su tesis, sino que la corrigen desde una perspectiva más fiel a la naturaleza
femenina.
Geneviève Fraisse sostiene
que la modernidad excluyó a la mujer del espacio racional, relegándola al rol
de musa, y que el feminismo debe reivindicar su derecho a ocupar el mismo lugar
que el hombre en el pensamiento, la política y el saber. Sin embargo, esta
postura exagera el interés de la mujer por conquistar ese espacio, y en el
proceso, distorsiona su esencia. La mujer, por naturaleza, no necesita
competir con el hombre en el terreno de la razón abstracta; su fuerza reside en
el cuidado, la belleza y la conservación. El feminismo que busca simetría
absoluta entre hombre y mujer termina negando la riqueza de lo femenino como
diferencia.
En Las mujeres de
Vallejo, de Miguel Pachas Almeyda presenta a doce mujeres que marcaron la
vida del poeta César Vallejo. Desde su madre, María de los Santos Mendoza,
hasta Georgette Marie Philippart Travers, su compañera final, todas ellas
influyeron profundamente en su sensibilidad poética. Georgette, en particular,
no solo lo acompañó en su vida afectiva, sino que preservó y publicó su
obra, convirtiéndose en guardiana de su legado. Sin embargo, ninguna de estas
mujeres aparece como creadora de pensamiento autónomo; su papel es el
de musa, cuidadora y catalizadora emocional, lo cual corrige la visión de
Fraisse al mostrar que la mujer no necesita ocupar el espacio racional para ser
esencial.
Las mujeres de Goethe de Pablo de Saint-Victor es una obra que
retrata al genio alemán a través de las mujeres que lo amaron, lo desafiaron y
lo inspiraron. Charlotte Buff, Friederike Brion, Lili Schönemann, Charlotte von
Stein y Cristiane Vulpius son figuras que moldearon su obra, pero no desde la
autoría intelectual, sino desde la presencia afectiva y estética.
Saint-Victor no pretende convertirlas en filósofas, sino en mujeres que
encarnan la belleza, la emoción y la intuición que Goethe necesitaba para crear.
Esta obra reafirma que el espacio natural de la mujer está en la inspiración,
no en la formulación racional.
En Las mujeres de
Haya, María Luz Díaz Paredes reconstruye la historia del líder aprista
Víctor Raúl Haya de la Torre a través de ocho mujeres que lo acompañaron, lo
financiaron y lo amaron. Ana Billinghurst, injustamente calumniada en otras
biografías, es reivindicada como una figura de convicción y coraje. María Luisa
García Montero es descrita como la más fascinante. Estas mujeres no redactan
manifiestos ni lideran movimientos, pero sostienen el proyecto político
desde el afecto, la lealtad y el sacrificio. Díaz Paredes no busca convertirlas
en sujetos racionales, sino en figuras que encarnan la continuidad
emocional y moral del líder. Además, aborda con firmeza el tema del supuesto
homosexualismo de Haya, sin convertirlo en eje central, y reafirma que su
vínculo con estas mujeres fue profundo y significativo.
Las tres obras
mencionadas corrigen a Fraisse no negando su crítica, sino mostrando
que la mujer, en su rol de musa, cuidadora y conservadora, no es inferior
ni excluida, sino esencial y complementaria. La musa de la razón no
necesita ser autora de tratados filosóficos para ser parte del pensamiento;
basta con ser la chispa que enciende la creación, la presencia que
sostiene el genio, la figura que da sentido al caos racional.
En suma, el feminismo que
busca simetría absoluta entre hombre y mujer corre el riesgo de borrar la
diferencia que hace valiosa la presencia femenina. Las obras de Pachas,
Saint-Victor y Díaz Paredes muestran que la mujer, en su rol natural de
inspiración, cuidado y belleza, corrige la distorsión feminista de
Fraisse y reafirma su lugar en la historia del pensamiento, no como
competidora, sino como fuente esencial de sentido. La musa no es una
figura decorativa, sino la raíz profunda de la razón masculina.
El contraste con el feminismo antimachista
resulta revelador. Mientras la propuesta de Geneviève Fraisse busca reivindicar
a la mujer como sujeto racional autónomo y las obras reseñadas insisten en su
papel como musa, cuidadora y conservadora, el feminismo antimachista plantea
una tercera vía: no se trata de negar la diferencia ni de reducirla a
complementariedad, sino de cuestionar las estructuras de poder que han
convertido esa diferencia en desigualdad. El feminismo antimachista reconoce
que la mujer puede ser musa, creadora, pensadora o líder, pero rechaza que
cualquiera de esos roles sea impuesto como destino natural. Su visión es anti
esencialista y antimetafísica, es constructivista y nominalista.
Frente a la exaltación de lo femenino como
esencia, este enfoque subraya nominalistamente la libertad de elección y la
capacidad de agencia, defendiendo que la mujer no debe ser definida por su
relación con el hombre —sea como inspiración o como competidora—, sino por su
derecho a decidir cómo habitar el espacio social, cultural y político. De este
modo, el feminismo antimachista no borra la diferencia, pero termina por
sacralizarla: busca convertirse en un terreno de emancipación, donde la mujer
puede ser musa si lo desea, pero termina criminalizando al macho. No sin motivo
a ese feminismo se le tildó de nazifeminismo.
Bibliografía
1. Pachas Almeyda, Miguel. Las mujeres de
Vallejo. Editorial Infolectura, 2023.
Obra que documenta la vida amorosa y sentimental de
César Vallejo, mostrando cómo sus vínculos afectivos influyeron en su poesía.
Incluye perfiles de doce mujeres, desde su madre hasta Georgette, su esposa.
2. Saint-Victor, Paul de. Las mujeres de
Goethe. Traducción y prólogo de Urbano González Serrano. Ilustraciones de
Kaulbach. Madrid: Librería de Victoriano Suárez, 1884.
Ensayo literario que explora la vida emocional de
Goethe a través de las mujeres que lo inspiraron, destacando su papel como
musas y catalizadoras de su obra.
3. Díaz Paredes, María Luz. Las mujeres de
Haya: ocho historias de pasión y rebeldía. Lima: Editorial Planeta,
2023.
Investigación biográfica que reconstruye la
historia de Víctor Raúl Haya de la Torre desde las mujeres que lo acompañaron,
lo sostuvieron y lo amaron. Reivindica su papel como figuras afectivas y
políticas, sin convertirlas en autoras racionales.
4. Fraisse, Geneviève. La musa de la razón:
democracia exclusiva y diferencia de los sexos. Traducción de María Teresa
Gallego Urrutia. Madrid: Cátedra, 1991.
Obra filosófica que denuncia la exclusión de la
mujer del espacio racional en la modernidad, y propone una crítica feminista al
modelo ilustrado de ciudadanía.
Novela
Amanece en Arica
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A |
manece en Arica (2025) de Alfredo Gildemeister Ruiz Huidobro es
una novela histórica que recrea los días previos a la Batalla de Arica, uno de
los episodios más emblemáticos de la Guerra del Pacífico. Narrada desde la
perspectiva de un joven abogado limeño que acompaña a los defensores peruanos,
la obra se propone rendir homenaje a figuras como Francisco Bolognesi, Alfonso
Ugarte y Roque Sáenz Peña, exaltando su sacrificio como expresión máxima del
deber patriótico.
A pesar de su rigurosidad
en la reconstrucción de hechos y escenarios, la novela simplifica la
complejidad de los factores políticos, diplomáticos y estratégicos que llevaron
al conflicto. No profundiza en las fallas del gobierno peruano y boliviano, ni en
la colusión de intereses británicos con Chile, especialmente en torno al
salitre. Esta omisión limita la comprensión del contexto geopolítico que rodeó
la batalla y reduce el conflicto a una narrativa de invasión y resistencia.
La trama se centra en el
drama humano y la gesta heroica de los defensores del Morro de Arica, sin abrir
espacio para el debate estratégico. Alfredo Gildemeister Ruiz Huidobro no
plantea que lo mejor hubiera sido rendirse o retirarse; al contrario, la novela
exalta la decisión de resistir como un acto de honor, sin matices ni
cuestionamientos. El autor no enriquece el diálogo de los protagonistas con
discusiones sobre alternativas tácticas, dilemas morales o contradicciones
internas. Esta elección narrativa, aunque coherente con el tono patriótico, le
resta profundidad psicológica a los personajes, que aparecen como héroes
unidimensionales, sin evolución emocional ni conflicto interior.
Aflora un maniqueísmo
evidente al presentar a los peruanos como héroes absolutos y a los chilenos
como villanos, sin explorar la humanidad del adversario ni los matices éticos
del enfrentamiento. En la realidad, como en toda guerra, no hay buenos ni malos
absolutos, y la literatura histórica gana fuerza cuando se atreve a mostrar esa
ambigüedad. La ausencia de introspección y de voces disonantes dentro del
propio bando peruano empobrece la dimensión dramática de la obra.
Narrada en forma lineal,
sin saltos temporales ni rupturas formales, la novela adopta un estilo clásico,
accesible y solemne. El lenguaje es directo, cargado de emoción y patriotismo,
lo que refuerza su intención conmemorativa. Sin embargo, esta estructura
convencional limita la posibilidad de explorar capas más profundas del
conflicto, como la memoria, el trauma o la crítica histórica.
En suma, Amanece en
Arica es una novela emocional y patriótica, sin profundidad académica
ni introspectiva. Su fin es homenajear a los defensores de Arica, y en ese
propósito cumple con eficacia. Pero como obra literaria, deja de lado la
complejidad humana, política y ética que podría haberla convertido en una
exploración más rica del alma nacional.
En
comparación con otras novelas históricas sobre la Guerra del Pacífico, Amanece en
Arica se inscribe en la misma línea conmemorativa que obras como Bolognesi
de Jorge Basadre o El último bastión de Guillermo Thorndike, donde el
énfasis está puesto en la exaltación del heroísmo y el sacrificio patriótico
más que en la exploración crítica de las causas y consecuencias del conflicto.
Sin embargo, a diferencia de textos como La guerra del salitre de Herbert
Morote o La guerra del Pacífico de William F. Sater, que
introducen un análisis más complejo de los intereses económicos y diplomáticos
detrás de la contienda, la novela de Alfredo Gildemeister Ruiz Huidobro opta
por una narrativa lineal y solemne que privilegia la emoción patriótica sobre
la reflexión histórica. Mientras Morote y Sater muestran la ambigüedad de los
actores y la influencia de factores externos como el capital británico, Amanece en
Arica se concentra en la gesta heroica de los defensores del Morro,
reforzando un imaginario nacionalista que, aunque eficaz en su propósito
conmemorativo, deja de lado la riqueza interpretativa que otras obras han
sabido incorporar para dar cuenta de la complejidad humana y política de la
Guerra del Pacífico.
Referencia: Alfredo
Gildemeister Ruiz Huidobro. Amanece en Arica. La agonía de la razón.
Lima: Estación la Cultura, 2025.
Los Pacharakos de Joan Guimaray
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L |
a novela Los Pacharakos de Joan
Guimaray se presenta como una obra de alto voltaje ético y político, una
alegoría feroz sobre la decadencia moral del Perú contemporáneo. A través de la
figura de Rodrigo Müller Vélez-Briceño, periodista misántropo y luego
presidente de la república, Guimaray construye un relato que no solo denuncia
la corrupción institucional, sino que también interroga los límites del poder,
la verdad y la conciencia individual en un país sumido en el cinismo.
Desde sus primeras páginas,
la novela se instala en un tono sombrío, casi apocalíptico, donde el lenguaje
se vuelve herramienta de combate y la ironía, un escudo contra la desesperanza.
Müller, con su verbo afilado y su desprecio por la hipocresía, encarna al
intelectual que se atreve a decir lo que nadie quiere escuchar. Su ascenso al
poder no es una victoria, sino una trampa: el sistema lo absorbe, lo desgasta,
lo traiciona. Su caída, lejos de ser una derrota personal, se convierte en
símbolo del fracaso de toda una nación que ha perdido el rumbo ético.
Guimaray no ofrece
consuelo. Su visión es pesimista, pero no gratuita. La novela conmociona porque
obliga al lector a mirar de frente una realidad que muchos prefieren ignorar.
La corrupción no es solo política: es cultural, espiritual, cotidiana. Está en
los gestos, en los silencios, en las complicidades que sostienen el statu quo.
El autor no se limita a señalar culpables; muestra cómo el mal se ha
institucionalizado, cómo la mentira se ha vuelto norma, y cómo la verdad,
cuando aparece, es castigada con saña.
Sin embargo, esta fuerza
crítica tiene sus límites. El enfoque individualista de la novela, centrado
casi exclusivamente en Müller, deja fuera dimensiones estructurales que
enriquecerían el análisis. La obra no aborda con suficiente profundidad el
papel de las clases sociales, ni la inmoralidad de la alta plutocracia peruana,
que actúa como modelo de éxito perverso y disemina su lógica por todo el cuerpo
social. Tampoco se problematiza el influjo del imperialismo, que impone modelos
económicos y culturales ajenos, y contribuye a la descomposición moral desde
fuera, con la complicidad de las élites locales.
En ese sentido, Los
Pacharakos parece ignorar la estrecha relación entre los medios
corporativos de comunicación de masas y la reproducción de la lógica consumista
e inmoral del capitalismo occidental. Los medios, que deberían ser objeto de
crítica feroz, aparecen apenas como telón de fondo, sin que se explore su rol
como agentes de alienación, desinformación y banalización del pensamiento. Esta
omisión debilita el alcance de la denuncia, pues deja intacto uno de los
pilares del sistema que la novela pretende cuestionar.
A pesar de estas
limitaciones, Los Pacharakos logra articular un mensaje
profundo: la necesidad de una transformación espiritual para salir del marasmo
moral. La caída de Müller no es solo política, sino metafísica. Es el viaje del
alma que debe atravesar la oscuridad para reencontrarse con la luz. Guimaray
parece decirnos que no hay redención colectiva sin redención individual, que el
cambio verdadero comienza en la conciencia, en la voluntad de resistir al mal y
recuperar la dignidad perdida.
La novela, entonces, no es
solo una acusación: es una advertencia. No basta con indignarse; hay que
despertar. No basta con señalar el mal; hay que enfrentarlo. Los
Pacharakos nos recuerda que el poder sin ética es ruina, que la verdad
sin coraje es inútil, y que el silencio cómplice es la forma más sutil de la
traición.
En
el panorama de la narrativa peruana contemporánea, Los Pacharakos
dialoga con otras obras que también han explorado la corrupción y la crisis
ética del país, aunque desde registros distintos. Por ejemplo, La hora azul
de Alonso Cueto aborda las heridas de la violencia política y la complicidad de
las élites, mientras que El héroe de la familia de Fernando
Ampuero examina la degradación moral a través de la sátira y el desencanto. A
nivel latinoamericano, puede compararse con novelas como El otoño del
patriarca de Gabriel García Márquez o Yo el Supremo de
Augusto Roa Bastos, que indagan en la figura del poder absoluto y sus efectos
corrosivos sobre la sociedad. A diferencia de estas obras, que integran una
mirada más amplia sobre las estructuras sociales y los mecanismos históricos de
dominación, Guimaray opta por concentrar su alegoría en la figura individual de
Müller, lo que le confiere intensidad ética y simbólica, pero también limita la
complejidad estructural de su crítica. Así, Los Pacharakos se ubica en la
tradición de las novelas de denuncia política, pero se distingue por su tono
apocalíptico y su énfasis en la dimensión espiritual de la caída, más que en el
análisis histórico o sociológico del poder.
Referencia: Joan Guimaray.
Los Pacharakos. Lima: Orfeo, 2025.
Akahatá, la historia
de un niño guaraní
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a obra, escrita en el 2025, narra la vida de
Jorgito, un niño guaraní nacido en Mburucuyá, cuya infancia transcurre entre la
pobreza, la violencia familiar, los mitos ancestrales y las tensiones sociales
de su pueblo. Desde su nacimiento marcado por rituales en la laguna, hasta su encuentro
con figuras míticas como el pombero y su participación en el carnaval, la
historia combina lo cotidiano con lo sobrenatural.
Su autor,
Francisco Gonzalez Cabañas, nació en 1980, es natural de la Ciudad de
Corrientes, la ciudad más antigua de la región del Noreste argentino, situada
en un recodo del río Paraná, conocida por su rica cultura y sus festividades de
carnaval. Colinda con Paraguay, Brasil y Uruguay, lo que explica su riqueza
cultural y vivo compromiso político. La horda democrática (2022) es una
de sus obras más conocidas, en la que destaca como un connotado filósofo de la
política. Y esta vez se revela como un fino y sensible literato. A los
diecisiete años escribió y dirigió en el Teatro Vera, su primera obra de
teatro. Un año después publicó su primera novela. En Buenos Aires estudió
filosofía, psicología, ciencias políticas, residió unos meses en Madrid. A los veinticuatro
fundó su propia ONG. A los veinticinco patrocina una revista y una agencia
periodística. Con veintiocho años a cuestas funda su agrupación política, y ya
treintañero deja atrás sus veleidades rockeras para seguir en la política, la
filosofía, el periodismo, la literatura y la familia.
Volviendo a Akahatá
sus capítulos iniciales muestran el nacimiento de Jorgito, la precariedad
de su familia y la presión del patrón para que asista a la escuela. Fiesta y
revelación: en la celebración de María de las Mercedes, se insinúa que Jorgito
porta un destino especial ligado a los arcanos. El pombero y la violencia
doméstica: la infancia se ve atravesada por mitos que infunden miedo y por los
cintazos de su madre, naturalizados como forma de comunicación. La tragedia de
Pilar: la muerte de su amiga se convierte en leyenda oficial, mientras el
pueblo impone el silencio. Las cautivas: la muerte de las perras simboliza la
pérdida de lealtades y refuerza la sensación de Jorgito de estar prisionero en
todos los ámbitos de su vida. Carnaval: el pueblo se disfraza para escapar de
su rutina y pobreza. Jorgito descubre su identidad marcada por el color de su
piel y vive un encuentro inolvidable con Francisco, hijo de un diputado, que le
revela fugazmente la posibilidad de igualdad.
Temas principales
La riqueza
temática de Akahatá se refleja en un amplio abanico de situaciones en
las que se demarca el contexto familiar, cultural y social del personaje. Cosmovisión
guaraní: mitos como el payé, el pombero y la “tierra sin mal” conviven con la
vida cotidiana. Infancia y violencia: la niñez aparece como un espacio de
inocencia rota por golpes, normas rígidas y tragedias. Pobreza y poder: la
figura del patrón, la política local y la desigualdad estructural atraviesan la
vida de la familia. Identidad y discriminación: el color de la piel y las
diferencias sociales marcan destinos y oportunidades. Silencio y memoria: las
tragedias se convierten en leyendas oficiales, mientras la verdad se oculta. Fiesta
y escape: el carnaval funciona como un ritual de liberación, pero también como
recordatorio de la permanencia de la pobreza.
Akahatá
se configura como un entramado narrativo donde lo íntimo y lo colectivo se
entrelazan, revelando la tensión constante entre la herencia cultural y las
fracturas sociales. La obra no se limita a describir un entorno, sino que lo
convierte en un espejo de las contradicciones humanas: la búsqueda de sentido
frente al desarraigo, la resistencia que emerge en medio de la precariedad y la
manera en que los rituales, las creencias y las memorias compartidas sostienen
la identidad de un pueblo. En este cruce de fuerzas, la vida cotidiana se
vuelve escenario de luchas invisibles y de gestos que, aunque pequeños,
contienen la potencia de la sobrevivencia y la afirmación de la dignidad.
Análisis narrativo
Francisco
González Cabañas, es filósofo argentino de la política y construye un relato literario
que mezcla mágicamente realismo social y mito ancestral, con un lenguaje
poético, cargado de imágenes y simbolismos. La narración denuncia la violencia
y la hipocresía social, pero también rescata la riqueza cultural guaraní. El
estilo es fragmentario y musical, con un ritmo que recuerda al chamamé y a la
oralidad popular.
Aquí es donde
la comparación con El Principito resulta iluminadora. Ambos
protagonistas son niños que, desde su inocencia, revelan verdades incómodas
sobre el mundo adulto. El Principito cuestiona la obsesión de los
mayores por lo material; Jorgito expone la naturalización de la violencia, la
desigualdad y el silencio en su comunidad.
En ambos
relatos, la infancia se convierte en un espacio filosófico: lo que parece
ingenuo es en realidad una crítica profunda a la sociedad. Mientras el
Principito viaja por planetas y se encuentra con personajes simbólicos, Jorgito
transita por mitos guaraníes y rituales que lo enfrentan a fuerzas invisibles
pero determinantes. La célebre frase “lo esencial es invisible a los ojos” se
resignifica en Akahatá: lo esencial no está en la obediencia ni en las
normas impuestas, sino en la resistencia, la memoria y la identidad cultural.
Valoración crítica
Akahatá, la historia de un niño guaraní se inscribe
en una tradición literaria universal que ha hecho de la infancia un espacio de
revelación, denuncia y resistencia. La vida de Jorgito, marcada por la pobreza,
la violencia doméstica, los mitos ancestrales y las tensiones sociales de su
pueblo, dialoga con la mirada filosófica de El Principito, donde Saint‑Exupéry convierte la
niñez en un lugar de sabiduría que cuestiona la obsesión adulta por lo
material. En la obra de González Cabañas, esa inocencia se transforma en resistencia cultural: lo esencial no
está en la obediencia, sino en la memoria y la
identidad guaraní.
Oscar Wilde, en
cuentos como El príncipe feliz o El gigante egoísta, mostró cómo
la compasión infantil desnuda la hipocresía social; Jorgito, desde su mundo
rural, cumple esa misma función al revelar la violencia naturalizada y la
desigualdad. Charles Dickens, con Oliver Twist y David Copperfield, retrató la
infancia como víctima de la pobreza estructural y la explotación; Jorgito, como
Oliver, es un niño que carga sobre sí el peso de un sistema injusto, aunque en
su caso el escenario sea el interior latinoamericano y no la Inglaterra
victoriana. Hans Christian Andersen, en relatos como La pequeña cerillera
o El patito feo, dio voz a los marginados y a los niños discriminados, y
en Jorgito se reconoce esa misma condición de exclusión marcada por el color de
la piel y las diferencias sociales, pero también la posibilidad de
transformación y esperanza. La obra también dialoga con la tradición
latinoamericana. Gabriel García Márquez, en Cien años de soledad, mostró
cómo la infancia y la memoria colectiva se entrelazan con mitos y silencios, un
recurso que González Cabañas retoma desde la cosmovisión guaraní.
José Martí, en La
Edad de Oro, concibió la niñez como espacio de formación ética y cultural,
y Akahatá comparte esa dimensión pedagógica al mostrar cómo los niños
heredan la memoria de su pueblo. Mark Twain,
en Tom Sawyer y Huckleberry Finn, convirtió la infancia en
símbolo de libertad y crítica social frente a la hipocresía adulta; Jorgito,
aunque menos travieso, también encarna esa resistencia frente a un orden que lo
margina. Juan Rulfo, en Pedro Páramo, exploró la oralidad, el mito y el
silencio de los pueblos, atmósfera que resuena en la narración fragmentaria y
musical de Akahatá. Quiroga, en sus cuentos de la selva, mostró la
tensión entre naturaleza, mito y supervivencia, un universo cercano al que
habita Jorgito, donde lo sobrenatural convive con lo cotidiano. En la tradición
europea, León Tolstói en Infancia y Adolescencia exploró la niñez como
espacio de aprendizaje moral, y Victor Hugo en Los miserables retrató a
los niños como víctimas de la injusticia social, ambos aportando claves que
permiten leer a Jorgito como heredero de una larga genealogía de personajes
infantiles que revelan las grietas del mundo adulto.
Así, Akahatá
se convierte en un puente entre tradiciones: si Saint‑Exupéry universalizó la infancia como filosofía, Wilde la
convirtió en espejo moral, Dickens en denuncia social,
Andersen en metáfora de exclusión, García Márquez en
memoria mítica, Martí en pedagogía ética, Twain en libertad crítica, Rulfo en silencio colectivo, Quiroga en supervivencia selvática, Tolstói en
aprendizaje moral y Hugo en denuncia política, González Cabañas la sitúa en el corazón de la cultura guaraní, mostrando que
los niños como Jorgito cargan con la herencia de la
pobreza, la violencia y el mito, pero también con la fuerza de la resistencia y
la identidad.
Para
la literatura latinoamericana, Akahatá, la historia de un niño guaraní
representa una afirmación de identidad y memoria colectiva que amplía el
horizonte de las narrativas sobre la infancia. La obra de González Cabañas no
solo recupera la cosmovisión guaraní como núcleo cultural, sino que la
convierte en un lenguaje literario capaz de dialogar con las grandes
tradiciones universales sin perder su raíz local. En este sentido, Akahatá
aporta una voz singular al corpus latinoamericano: la niñez se vuelve un
territorio de resistencia frente a la pobreza y la violencia, pero también un
espacio de transmisión de mitos, saberes y valores que sostienen la continuidad
de los pueblos originarios. Así, la novela se inscribe en la línea de autores
que han hecho de la infancia un símbolo de denuncia y esperanza, y al mismo
tiempo reivindica la diversidad cultural de la región, mostrando que la
literatura latinoamericana se fortalece cuando integra las memorias indígenas
como parte esencial de su identidad narrativa.
En ese sentido,
la obra no se limita a ser un testimonio local, sino que se inscribe en una
conversación literaria global sobre la infancia como lugar donde se revelan las
verdades más profundas de la condición humana.
Esta obra se terminó de imprimir
en el
mes de enero del año 2026
en
Lima-Perú
Índice
Introducción
5
El callejón sin salida del salazarismo
La lógica como ropaje de justicia
La razón desfundamentada en crisis
El exilio del
sujeto
Del afecto al sentido al hilo del tiempo
Husserl en diálogo: Lecturas y debates
Lógica viva
Autoanálisis
de mi obra sobre Kant
Francisco de la Cruz:
herejía y condena en el Perú del siglo XVI
Luz falsa en los umbrales del abismo
El
sentido de las dimensiones éticas de la vida
El naufragio epistémico y ontológico de Maturana
Progreso y redefinición de
la esencia moderna
Las estructuras sociales de Francisco Miró Quesada Cantuarias
“Ser es poner”: Kant,
Peñaloza y la deducción inferencial
Ricardo
Palma y la Filosofía: Imaginación, Tradición y Utopía Moral
El espíritu independiente y
humanista de la SPF
Dilexi te
Seis
miradas sobre cristo
El fracaso de la izquierda peruana
Corrupción antediluviana
Interpretaciones
Intelectuales del Aprismo
El Dios mortal y el rostro oculto del Estado neoliberal
Ocho
miradas sobre Karl Marx
Macera
y Ruíz Zevallos: súbditos del paradigma moderno
“KGB y Velasco” de Aldo
Mariátegui
Basadre, ese desconocido
¿Guerra
de palabras?
Prensa
como dispositivo ideológico
Repertorio
Hebreo
“Hacia una revisión
histórica de la invasión y conquista” de Robles Ortiz
Emilio
Choy Ma: El sabio sin cátedra y la conciencia crítica del Perú
¿Loa a los libertadores?
La Asociación Pro Indígena
La mujer como musa de la
razón
Amanece en Arica
Los Pacharakos de Joan Guimaray
Akahatá, la historia de un niño guaraní
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