martes, 10 de febrero de 2026

LOS SUPUESTOS VIAJES EN EL TIEMPO

 


LOS SUPUESTOS VIAJES EN EL TIEMPO

El relato más célebre de un supuesto viaje temporal es el incidente Moberly-Jourdain de 1901, cuando dos académicas inglesas, Charlotte Anne Moberly y Eleanor Jourdain, visitaron el Petit Trianon en Versalles y afirmaron haber visto los jardines como en el siglo XVIII, con personajes vestidos de época e incluso a la reina María Antonieta. Publicaron su experiencia en An Adventure (1911). Aunque fascinante, la mayoría de estudiosos lo interpretan como sugestión, percepción alterada o disociación, no como un desplazamiento físico en el tiempo.

Tras el relato del incidente Moberly‑Jourdain de 1901 conviene insistir en la tesis de que no se trató de un viaje físico en el tiempo, sino de una experiencia de carácter mental. La psicología reconoce que la mente humana puede entrar en estados de percepción alterada, donde la memoria, la imaginación y la sugestión se combinan para producir vivencias intensamente vívidas. En situaciones de tensión emocional, fatiga o expectativa, el cerebro puede reconstruir escenas del pasado con tal realismo que el sujeto las percibe como presentes. Este fenómeno se explica por la capacidad de la mente de generar imágenes internas que se confunden con la percepción externa, dando lugar a experiencias que parecen auténticos desplazamientos temporales. Así, lo que Moberly y Jourdain describieron se entiende mejor como una ilusión subjetiva, un episodio de disociación o sugestión compartida, más que como una ruptura de las leyes físicas del tiempo.

A lo largo del siglo XX y XXI han aparecido otros relatos similares. El más famoso en la cultura digital es el de John Titor, un supuesto viajero del año 2036 que apareció en foros en 2000–2001. Sus predicciones resultaron en gran parte erróneas y hoy se entienden como un fenómeno cultural. Otro caso es el de Andrew Carlssin, un inversor que según tabloides habría confesado ser del año 2256; la historia se reveló como un bulo periodístico. También circulan fotografías “anómalas” donde aparecen personas con atuendos modernos en imágenes antiguas, pero la explicación suele ser coincidencias de moda o interpretaciones erróneas.

En el siglo XIX, la Sociedad Teosófica, fundada por Helena Blavatsky, popularizó la noción de los registros akáshicos, concebidos como una memoria cósmica donde quedarían inscritas todas las acciones, pensamientos y palabras de los seres humanos. Esta idea se inspiraba en el concepto hindú de akasha (éter o espacio), pero fue reinterpretada en clave esotérica como una “biblioteca universal” accesible a través de estados de conciencia elevados o mediumnidad. Posteriormente, autores como Rudolf Steiner y Edgar Cayce afirmaron haber accedido a estos registros para obtener información sobre vidas pasadas y futuros posibles. En este sentido, el esoterismo y la teosofía no hablan de viajes físicos en el tiempo, sino de lectura espiritual de un archivo atemporal, lo que refuerza la interpretación de estas experiencias como visiones interiores de origen mental o preternatural.

En el ámbito místico destaca Edgar Cayce (1877–1945), el llamado profeta durmiente. En trance ofrecía lecturas sobre salud, vidas pasadas y futuros acontecimientos. Sus mensajes eran ambiguos, mezclaban elementos cristianos con esoterismo (reencarnación, Atlántida, registros akáshicos) y no se consideran viajes temporales reales, sino visiones interiores. Desde la perspectiva teológica, la ambigüedad y mezcla doctrinal hacen pensar en un origen preternatural más que sobrenatural: influencias espirituales que actúan sobre la mente, incluso de carácter demoníaco, pues no conducen a la verdad revelada ni a la claridad propia de Dios.

En la tradición cristiana también se mencionan santos y místicos que vivieron experiencias “fuera del tiempo”. Santa Hildegarda de Bingen tuvo visiones sobre el cosmos y el futuro de la humanidad; San Juan Bosco relató sueños proféticos sobre la Iglesia y la juventud; Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz experimentaron éxtasis místicos donde el tiempo parecía suspenderse; y el Padre Pío fue famoso por fenómenos de bilocación y visiones de sucesos futuros. Estos casos no se interpretan como viajes temporales físicos, sino como experiencias espirituales, revelaciones o estados de conciencia alterada.

En primer lugar, el caso de Santa Hildegarda de Bingen resulta paradigmático. Sus visiones no solo abarcaban el orden espiritual, sino también el cosmos y la historia futura de la humanidad. En ellas, el tiempo parecía desplegarse como un tapiz completo, donde pasado, presente y futuro se mostraban simultáneamente. La Iglesia interpretó estas experiencias como revelaciones auténticas, pues sus mensajes eran claros, coherentes y orientados a la edificación espiritual, lo que las distingue de fenómenos ambiguos o esotéricos.

Por otro lado, San Juan Bosco relató numerosos sueños proféticos en los que veía el destino de la juventud y de la Iglesia. Estos sueños no eran simples imaginaciones nocturnas, sino experiencias que él mismo consideraba inspiradas por Dios. En ellos, el tiempo se suspendía y se le mostraban acontecimientos futuros con gran detalle. La finalidad era siempre pastoral: advertir, guiar y fortalecer la fe de los jóvenes. Aquí se observa cómo la suspensión del tiempo humano se convierte en un medio para transmitir un mensaje divino claro.

Finalmente, el Padre Pío de Pietrelcina fue conocido por fenómenos extraordinarios como la bilocación y las visiones de sucesos futuros. Testigos afirmaron que podía aparecer en dos lugares distintos al mismo tiempo, y que recibía revelaciones sobre personas y acontecimientos que aún no habían ocurrido. Estos fenómenos no se interpretan como viajes temporales físicos, sino como manifestaciones sobrenaturales donde Dios permitía que el santo trascendiera las limitaciones del tiempo humano. La casuística en torno al Padre Pío muestra cómo la experiencia “fuera del tiempo” cobra relevancia únicamente cuando se advierte un mensaje divino auténtico, orientado a la salvación y la conversión.

De este modo, la tradición cristiana ofrece ejemplos concretos de santos cuya vivencia del tiempo se suspendía o se expandía, pero siempre en el marco de una revelación sobrenatural, nunca como un viaje temporal físico.

Para comprender mejor estas experiencias, conviene distinguir la relación con el tiempo en distintos órdenes de existencia:

  • Dios es eterno: no tiene principio ni fin, y su existencia es un eterno presente. Todo lo que existe está simultáneamente presente en Él.

  • Los seres espirituales son eviternos: tienen un inicio porque fueron creados, pero no tienen fin. No envejecen ni cambian como los cuerpos, aunque sí experimentan sucesión de actos. Su “ahora” es más amplio que el humano, pero no idéntico al eterno presente de Dios.

  • Los humanos somos temporales: vivimos en un tiempo lineal, limitado, marcado por pasado, presente y futuro. Nuestra conciencia percibe el tiempo como flujo, y estamos sujetos al cambio, envejecimiento y muerte.

En la tradición cristiana, además de distinguir entre lo eterno de Dios, lo eviterno de los ángeles y lo temporal de los hombres, se reconoce que los seres espirituales creados pueden influir en la percepción humana del tiempo.

Por un lado, la acción de los ángeles se entiende como una ayuda que Dios permite para guiar y proteger al hombre. Los ángeles pueden actuar sobre la imaginación y los sentidos internos, iluminando la mente con visiones que muestran realidades espirituales o incluso anticipaciones de acontecimientos futuros. No se trata de alterar físicamente el tiempo, sino de comunicar mensajes divinos mediante imágenes y percepciones que trascienden la experiencia ordinaria. En este sentido, las visiones proféticas o los sueños inspirados se consideran fruto de la acción angélica, siempre con la finalidad de fortalecer la fe, advertir o consolar.

Por otro lado, la acción de los demonios se interpreta como una influencia engañosa sobre la mente humana. Al igual que los ángeles, los demonios pueden actuar sobre la imaginación y los sentidos internos, pero lo hacen para confundir, sembrar error o distraer del camino de la verdad. Sus intervenciones suelen producir mensajes ambiguos, contradictorios o mezclados con elementos esotéricos, que no conducen a la claridad ni a la edificación espiritual. En este marco, los supuestos viajes en el tiempo que carecen de coherencia doctrinal o que promueven curiosidad vacía se entienden como experiencias de origen preternatural demoníaco, pues buscan desviar al hombre de la revelación auténtica.

De este modo, la tradición cristiana afirma que tanto ángeles como demonios pueden influir en la percepción humana del tiempo, pero mientras los ángeles lo hacen para transmitir un mensaje divino claro, los demonios lo hacen para engañar y confundir.

En este marco, el viaje temporal físico es imposible para el hombre. La física moderna admite la dilatación temporal (viaje relativo al futuro, comprobado en relojes atómicos y en la teoría de la relatividad), pero no el viaje al pasado. Por tanto, cuando un humano afirma haber viajado en el tiempo, se interpreta como una experiencia interior:

  • Origen mental: estados de conciencia alterada, sueños lúcidos, disociación, imaginación.

  • Origen preternatural: influencia de seres espirituales creados, que pueden actuar sobre la mente y producir visiones.

  • Relevancia espiritual: solo cobra importancia cuando se reconoce un mensaje divino claro, coherente y conforme a la fe.

La física moderna fundamenta la imposibilidad de viajar al pasado en varios principios. En primer lugar, la teoría de la relatividad de Einstein admite la dilatación temporal: a mayor velocidad o bajo campos gravitatorios intensos, el tiempo transcurre más lentamente. Esto permite que un viajero que se acerque a la velocidad de la luz o que permanezca cerca de un objeto masivo experimente el tiempo de manera distinta, avanzando hacia el futuro relativo. Sin embargo, esta misma teoría no ofrece mecanismos para retroceder en el tiempo, pues ello implicaría violar la causalidad: los efectos no pueden preceder a las causas. Si fuera posible regresar al pasado, se abrirían paradojas lógicas como la del “abuelo”, donde un viajero podría impedir su propia existencia, lo cual contradice la coherencia interna de las leyes físicas.

En segundo lugar, la mecánica cuántica refuerza esta imposibilidad. El pasado no existe como un lugar fijo al que se pueda regresar, sino como un conjunto de sucesos ya colapsados en una única realidad. Observar en el mundo cuántico no es pasivo: cada medición colapsa posibilidades y crea un estado definido. Una vez que ese colapso ocurre, no hay manera de “volver atrás” para reabrir las posibilidades ya cerradas. En otras palabras, el pasado no es un espacio disponible para ser visitado, sino un registro irreversible de sucesos. Por ello, aunque la ciencia ficción imagine máquinas del tiempo, la física sostiene que el viaje al pasado es imposible, y cualquier experiencia que se interprete como tal debe entenderse como visión interior, influencia espiritual o construcción mental.

La ciencia, al contrario de lo que ocurre con el viaje al pasado, sí reconoce la posibilidad de un viaje hacia el futuro en términos relativos, y lo fundamenta en principios comprobados de la física moderna. La teoría de la relatividad especial de Einstein establece que el tiempo transcurre más lentamente para un objeto que se mueve a gran velocidad respecto a otro en reposo. Este fenómeno, conocido como dilatación temporal, implica que un viajero que se desplazara cerca de la velocidad de la luz experimentaría menos tiempo que quienes permanecen en la Tierra. Al regresar, descubriría que en la Tierra han pasado muchos más años: en ese sentido, habría “viajado al futuro”.

La relatividad general añade otro mecanismo: el tiempo se ralentiza en presencia de campos gravitatorios intensos. Cuanto más fuerte es la gravedad, más despacio transcurre el tiempo. Un reloj situado cerca de un agujero negro marcaría el tiempo más lentamente que uno lejano, lo que significa que un observador en esa región estaría avanzando hacia el futuro relativo respecto a quienes permanecen en un campo gravitatorio más débil. Estos efectos no son meramente teóricos: se han verificado experimentalmente con relojes atómicos en aviones y satélites, que muestran diferencias mínimas pero reales en la medida del tiempo.

En consecuencia, la física moderna afirma que viajar al futuro es posible en términos relativos, aunque limitado por las condiciones extremas necesarias (velocidades cercanas a la luz o campos gravitatorios enormes). Sin embargo, este viaje no es un salto instantáneo ni un desplazamiento voluntario como lo imagina la ciencia ficción, sino un efecto natural de la estructura del espacio-tiempo. Así, la ciencia distingue claramente: el futuro puede alcanzarse más rápido mediante dilatación temporal, pero el pasado permanece inaccesible, lo que refuerza la tesis de que los supuestos viajes temporales humanos deben interpretarse como experiencias interiores o visiones espirituales, y no como desplazamientos físicos en la línea temporal.

La Biblia ofrece precedentes que parecen viajes en el tiempo, pero en realidad son visiones sobrenaturales otorgadas por Dios. El profeta Daniel vio reinos futuros y el fin de los tiempos; Ezequiel contempló la gloria de Dios y la restauración de Israel; Juan en el Apocalipsis recibió revelaciones sobre el futuro de la Iglesia y el fin del mundo; los discípulos presenciaron la Transfiguración de Jesús junto a Moisés y Elías; y San Pablo habló de haber sido arrebatado hasta el tercer cielo. Ninguno de estos casos describe un desplazamiento físico en el tiempo, sino revelaciones divinas con finalidad espiritual: fortalecer la fe, advertir, consolar y guiar.

Dos de los casos más impresionantes de visiones bíblicas que parecen viajes en el tiempo son los de Juan en el Apocalipsis y el de la Transfiguración de Jesús. En el primero, Juan recibe una revelación que lo transporta espiritualmente a contemplar el destino final de la humanidad y la consumación de la historia. En sus visiones, el tiempo lineal se disuelve y se le muestran escenas del futuro de la Iglesia, la batalla escatológica entre el bien y el mal, y la instauración definitiva del Reino de Dios. Lo notable es que Juan no viaja físicamente al futuro, sino que Dios le concede una visión sobrenatural en la que se despliega ante sus ojos el sentido último de la historia. Este caso es impresionante porque muestra cómo la revelación divina puede abarcar toda la línea temporal y ofrecer al creyente una certeza sobre lo que aún no ha ocurrido.

El segundo caso, la Transfiguración de Jesús, es igualmente extraordinario. Pedro, Santiago y Juan contemplan a Cristo resplandeciente en el monte, acompañado por Moisés y Elías, figuras del pasado que aparecen vivas y presentes en ese momento. La experiencia no es un viaje temporal en el sentido físico, sino una manifestación sobrenatural en la que los discípulos perciben simultáneamente la continuidad de la historia de la salvación: el pasado representado por Moisés y Elías, el presente encarnado en Jesús, y el futuro anticipado en su gloria. Este episodio es impresionante porque revela cómo Dios puede suspender las limitaciones del tiempo humano para mostrar la unidad de su plan eterno, fortaleciendo la fe de los discípulos y preparando su espíritu para los acontecimientos de la pasión y la resurrección.

Ambos casos ilustran con fuerza que lo que parece un viaje en el tiempo es, en realidad, una visión sobrenatural otorgada por Dios, con un propósito espiritual claro y trascendente.

En la tradición de otras religiones también encontramos relatos que evocan experiencias de trascendencia del tiempo. En el hinduismo, el tiempo se concibe como cíclico, y los sabios tienen visiones de épocas pasadas y futuras; en el budismo, los maestros iluminados perciben vidas pasadas y futuras, trascendiendo el samsara; en el islam, el viaje nocturno de Mahoma (Isra y Mi’raj) es una experiencia sobrenatural donde recibe revelaciones celestiales; en el judaísmo, los profetas como Isaías y Jeremías reciben visiones del futuro de Israel y del mundo. En todos estos casos, no se trata de viajes temporales físicos, sino de revelaciones espirituales que trascienden la percepción ordinaria del tiempo.

Dos de los casos más impresionantes de experiencias religiosas que evocan la trascendencia del tiempo se encuentran en el hinduismo y en el islam. En el hinduismo, los relatos del Mahabharata y del Bhagavad Gita muestran cómo los sabios y héroes pueden tener visiones que abarcan épocas pasadas y futuras. Un ejemplo notable es la revelación que recibe Arjuna en el Bhagavad Gita, cuando Krishna le muestra su forma cósmica: en esa visión, Arjuna contempla simultáneamente el pasado, el presente y el futuro, percibiendo la totalidad del tiempo como un solo instante. Este episodio es impresionante porque revela la concepción cíclica del tiempo en el hinduismo y la posibilidad de que un ser humano, mediante la gracia divina, trascienda la percepción lineal y limitada de la temporalidad.

En el islam, el relato del Isra y Mi’raj, el viaje nocturno del profeta Mahoma, constituye uno de los casos más extraordinarios. Según la tradición, Mahoma fue llevado desde La Meca hasta Jerusalén y luego ascendió a los cielos, donde se encontró con profetas anteriores y recibió mandatos divinos, como la obligación de la oración. En esta experiencia, el tiempo humano se suspendió y el profeta accedió a una dimensión sobrenatural donde pasado, presente y futuro se entrelazaban en la revelación. Lo impresionante de este caso es que no se interpreta como un viaje físico en el tiempo, sino como una experiencia espiritual en la que Dios permitió al profeta contemplar realidades celestiales y recibir instrucciones fundamentales para la comunidad musulmana.

Ambos ejemplos muestran cómo, en distintas tradiciones religiosas, lo que parece un viaje temporal es en realidad una visión espiritual que trasciende el tiempo humano, otorgada con un propósito divino y revelador.

En el budismo tibetano, estas experiencias se profundizan aún más. Los grandes lamas y practicantes avanzados de meditación describen estados de conciencia en los que el tiempo ordinario se disuelve. En prácticas como el dzogchen o el mahamudra, se afirma que el meditador puede experimentar la naturaleza última de la mente, un estado de claridad y vacuidad en el que pasado, presente y futuro se perciben como simultáneos.

En ese nivel de contemplación, el tiempo deja de ser una sucesión lineal y se revela como una construcción mental. Los relatos de yoguis tibetanos narran cómo, en profunda meditación, se accede a memorias de vidas pasadas y visiones de futuros posibles, entendidas no como viajes físicos, sino como una percepción directa de la continuidad de la conciencia más allá de una sola existencia.

Asimismo, en las tradiciones tántricas tibetanas se describe la posibilidad de entrar en estados de samadhi profundo, donde el practicante percibe realidades múltiples y atemporales. El bardo thödol (conocido en Occidente como el Libro tibetano de los muertos) enseña que tras la muerte la conciencia atraviesa estados donde el tiempo humano se disuelve, y el alma experimenta simultáneamente múltiples visiones de mundos y posibilidades.

De este modo, el budismo tibetano ofrece una visión radical de la trascendencia del tiempo: lo que parece un viaje temporal es en realidad una experiencia espiritual atemporal, en la que la mente iluminada contempla la totalidad de la existencia más allá de la percepción ordinaria. 

En conclusión, los llamados viajes en el tiempo en los seres humanos no son desplazamientos reales en la línea temporal. La física moderna demuestra que solo es posible avanzar hacia el futuro relativo mediante la dilatación temporal, pero nunca retroceder al pasado sin violar la causalidad. Por ello, toda experiencia que se presenta como un viaje temporal debe entenderse como un fenómeno interior: ya sea fruto de estados mentales alterados o de influencias preternaturales.

A la luz de la fe y la razón, lo que parece un salto en el tiempo es en realidad una visión sobrenatural otorgada por Dios, que trasciende las limitaciones humanas para comunicar su verdad eterna. Solo cuando estas experiencias transmiten un mensaje divino claro, coherente y conforme a la revelación, adquieren auténtica relevancia espiritual. Así, se afirma categóricamente que el hombre no puede viajar físicamente en el tiempo: lo único verdadero y trascendente es la acción de Dios, que suspende el tiempo humano para mostrar la plenitud de su plan eterno.

El análisis muestra que el viaje físico en el tiempo es imposible para el hombre, pues la física moderna solo admite la dilatación temporal hacia el futuro relativo y descarta cualquier retorno al pasado sin violar la causalidad. Esto conduce a una conclusión metafísica: el tiempo humano es irreversible y lineal, mientras que la eternidad divina se manifiesta como un presente absoluto en el que todo está simultáneamente presente. Las experiencias que parecen viajes temporales deben entenderse como fenómenos interiores, ya sea fruto de estados mentales alterados o de influencias preternaturales, y nunca como desplazamientos reales en la línea temporal.

Ontológicamente, se confirma la distinción de órdenes de existencia: Dios es eterno, los seres espirituales son eviternos y los humanos somos temporales. Cada orden se relaciona de manera distinta con el tiempo, lo que explica la diversidad de experiencias relatadas en la tradición religiosa y mística. Las visiones sobrenaturales, tanto en el cristianismo como en otras religiones, son participación limitada de la eternidad divina, donde el hombre recibe un destello del plan eterno de Dios. Así, lo que parece un viaje temporal es en realidad una revelación espiritual que trasciende el tiempo humano para comunicar una verdad superior.

En definitiva, la conclusión ontológica y metafísica es contundente: el tiempo físico no puede ser manipulado por el hombre, pero puede ser trascendido en la experiencia espiritual. Solo en la acción de Dios, que suspende o expande la percepción humana del tiempo, se encuentra el sentido auténtico de estas vivencias, cuyo valor reside en el mensaje divino que transmiten y no en la ilusión de un desplazamiento temporal.

Bibliografía

Alonso, Enrique, y Enrique Romerales. Los viajes en el tiempo: Un enfoque multidisciplinar. UAM Ediciones, 2009.

Blavatsky, Helena P. La doctrina secreta: La síntesis de la ciencia, la religión y la filosofía. Theosophical Publishing Company, 1888.

Cayce, Edgar. Edgar Cayce sobre los registros akáshicos: El libro de la vida. A.R.E. Press, 1997.

Dorofatti, Carlo. Viajando en el tiempo: Perspectiva psíquico-esotérica. Horus Centre, 2010.

Einstein, Albert. La relatividad: La teoría especial y general. Crown Publishers, 1961.

Evans-Wentz, W. Y., ed. El libro tibetano de los muertos: Experiencias post-mortem en el plano del bardo. Oxford University Press, 1927.

Flores Quelopana, Gustavo. Filosofía de lo sobrenatural. Iipcial, 2025.

Hildegarda de Bingen. Scivias. Traducido por Columba Hart y Jane Bishop, Paulist Press, 1990.

La Biblia. Versión Estándar Revisada. HarperCollins, 1989.

Kaku, Michio. La física de lo imposible. Debate, 2009.

Pío de Pietrelcina. Cartas y escritos. Edizioni San Paolo, 2002.

Steiner, Rudolf. Los registros akáshicos: Conferencias y escritos. Anthroposophic Press, 1947.

Torres Arevalo, José L., y Roberta Sparrow. La filosofía del viaje en el tiempo: Filosofía, ética y método. Independently Published, 2021.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.