martes, 10 de febrero de 2026

ÚLTIMO ESPASMO ANTES DEL COLAPSO

 


ÚLTIMO ESPASMO ANTES DEL COLAPSO

La economía mundial atraviesa un proceso de transformación que se explica por el retorno de la materialidad de la producción, impulsado por el ascenso de China. Tras décadas de globalización neoliberal, donde la financiarización y los intangibles dominaron la acumulación de capital, el modelo chino devolvió centralidad a la manufactura, las materias primas y la infraestructura. La globalización neoliberal había convertido al planeta en un casino global, dominado por apuestas especulativas y flujos financieros volátiles, y además representó el hiperimperialismo de las corporaciones privadas con soberanía propia, donde la libertad primó sobre la justicia.

Ahora, en contraste, el nacionalismo imperialista de Trump busca recuperar el protagonismo del Estado, y en este nuevo escenario neocapitalista la fuerza prima sobre la diplomacia. China se consolidó como la mayor potencia industrial del planeta, articulando cadenas de suministro globales, consumiendo masivamente recursos energéticos y minerales, e impulsando proyectos como la Nueva Ruta de la Seda. Este giro hacia lo tangible reconfigura el orden mundial y marca un contraste radical con la etapa anterior.

En contraste, Estados Unidos busca reindustrializarse, pero enfrenta enormes limitaciones. La política proteccionista y los intentos de recuperar mercados de materias primas en América Latina chocan con el peso de la deuda pública, la inflación y la pérdida de competitividad industrial. La financiarización de su economía, que durante décadas desplazó la producción material, ahora se convierte en un obstáculo para reconstruir cadenas productivas. La reindustrialización requiere al menos una década de maduración, y mientras tanto los costos de inversión disparan la inflación y agravan el déficit fiscal. La caída relativa del dólar como moneda de reserva global erosiona aún más la capacidad de sostener este proyecto.

En primer lugar, la apuesta por reconstruir la base industrial choca con la propia estructura de la economía norteamericana, moldeada durante décadas por la financiarización. Las grandes corporaciones y fondos de inversión están habituados a obtener ganancias rápidas en los mercados bursátiles y de derivados, más que en la producción material. Aquí destaca el papel de BlackRock, el mayor gestor de activos del mundo, que simboliza esa lógica especulativa: administra billones de dólares y orienta el capital hacia instrumentos financieros de rentabilidad inmediata, en lugar de hacia proyectos industriales de largo plazo. Esto genera una resistencia sistémica: el capital especulativo no se traslada fácilmente hacia fábricas, cadenas de suministro y proyectos de infraestructura que requieren tiempo, estabilidad y planificación. La lógica del “casino global” que dominó la globalización neoliberal se convierte ahora en un obstáculo para el retorno a la fábrica, pues actores como BlackRock no están dispuestos a sacrificar beneficios inmediatos por inversiones de maduración lenta.

En segundo lugar, la reindustrialización se enfrenta a un entorno internacional desfavorable. China ya consolidó su posición como potencia manufacturera y controla buena parte de las cadenas de suministro globales, mientras que Europa avanza en la transición energética con políticas industriales propias. Estados Unidos no solo debe reconstruir su capacidad productiva interna, sino también competir en un mercado donde otros actores llevan ventaja en sectores estratégicos como semiconductores, energías renovables y minerales críticos. En este contexto, la influencia de BlackRock y otros gigantes financieros refuerza la contradicción: mientras el Estado intenta recuperar protagonismo mediante políticas industriales, el capital privado globalizado sigue apostando por la especulación y la movilidad financiera. Esto implica que, incluso si logra superar sus limitaciones internas de deuda e inflación, la reindustrialización norteamericana se desarrollará en un escenario de rivalidad global intensa y bajo la presión de un sistema financiero que conspira contra el retorno a la materialidad de la producción.

En el plano militar, la situación es igualmente contradictoria. Estados Unidos conserva el presupuesto de defensa más grande del mundo y una red de bases global, pero su arsenal muestra rezagos frente a rivales como China y Rusia. La ausencia de misiles hipersónicos y el alto costo de mantenimiento de sus armas hacen inviable pensar en guerras prolongadas. El complejo industrial militar (CIM) presiona por aventuras bélicas para mantener su rentabilidad, pero Trump ha intentado contenerlo, consciente de que necesita recursos para la reindustrialización interna. El resultado es una política exterior más transaccional: amenazas retóricas, apoyo selectivo a aliados, pero sin comprometerse en conflictos de gran escala.

En primer lugar, el rezago tecnológico frente a China y Rusia es un factor decisivo. Mientras Moscú y Pekín han desarrollado y probado misiles hipersónicos capaces de superar defensas antiaéreas tradicionales, Washington aún no cuenta con sistemas operativos de esa categoría. Esto significa que, en un escenario de guerra de alta intensidad, la capacidad de disuasión estadounidense se vería comprometida. La supremacía militar que durante décadas se sostuvo en la innovación tecnológica ya no es incuestionable, y el Pentágono se ve obligado a invertir enormes recursos en modernización para no quedar rezagado.

En segundo lugar, el costo de mantenimiento del arsenal existente es descomunal. Los portaaviones, bombarderos estratégicos y sistemas de defensa desplegados en múltiples bases alrededor del mundo requieren presupuestos multimillonarios para mantenerse operativos. El complejo industrial militar se beneficia de esta dependencia, pues asegura contratos permanentes, pero para el Estado significa un drenaje de recursos que podrían destinarse a la reindustrialización interna. Esta tensión entre sostener la maquinaria bélica y financiar la reconstrucción productiva es uno de los dilemas centrales de la política estadounidense actual.

En tercer lugar, la dimensión política y social limita la capacidad de embarcarse en guerras prolongadas. Tras las experiencias en Irak y Afganistán, la sociedad estadounidense muestra fatiga frente a intervenciones militares que consumen vidas y recursos sin resultados claros. Trump, consciente de esa resistencia, ha optado por una política exterior más transaccional, usando la amenaza militar como herramienta de negociación, pero evitando compromisos bélicos de gran escala. Sin embargo, el complejo industrial militar sigue presionando por conflictos que justifiquen su existencia, lo que genera un choque constante entre las prioridades del Estado y los intereses de la industria armamentista.

América Latina se convierte en terreno de disputa. Estados Unidos intensifica su agresividad para asegurar materias primas estratégicas, mientras China, pese a haber perdido espacios como el Canal de Panamá y parte del acceso al petróleo venezolano, no está dispuesta a retroceder. Pekín redobla esfuerzos en Brasil, Argentina y Bolivia, donde el litio y otros minerales críticos son esenciales para la transición energética. La región enfrenta así una década decisiva: puede resignarse a la sumisión o negociar con astucia, aprovechando la rivalidad entre potencias para obtener beneficios y fortalecer su autonomía.

En primer lugar, la presencia de China como socio económico ha sido decisiva para muchas economías latinoamericanas. Pekín se ha convertido en el principal comprador de materias primas como soja, cobre, petróleo y litio, lo que garantiza ingresos estables y diversificación de mercados frente a la dependencia histórica de Estados Unidos. Además, China ha financiado proyectos de infraestructura —puertos, carreteras, ferrocarriles— que han transformado la conectividad regional. Esta relación no es meramente comercial: implica un flujo de inversiones que fortalece la capacidad de negociación de los países latinoamericanos.

En segundo lugar, la región reconoce que perder a China significaría retroceder en términos de autonomía económica. Mientras Washington ofrece acceso condicionado y presiona políticamente, Pekín ha mostrado mayor disposición a negociar en términos de reciprocidad y a otorgar créditos blandos. Para países como Brasil y Argentina, China es ya un socio estratégico en la transición energética y en el desarrollo de sectores industriales vinculados a minerales críticos. Bolivia, por ejemplo, ha encontrado en China un aliado para explotar su litio con tecnología y financiamiento, lo que refuerza la idea de que la relación con Pekín es indispensable para sostener proyectos de desarrollo nacional.

En tercer lugar, la dimensión geopolítica refuerza esta postura. América Latina no está dispuesta a convertirse nuevamente en un “patio trasero” exclusivo de Estados Unidos, y la presencia de China ofrece un contrapeso que amplía márgenes de autonomía. La rivalidad entre Washington y Pekín abre oportunidades para negociar mejores condiciones, y muchos gobiernos latinoamericanos entienden que mantener a China como socio es clave para evitar la subordinación absoluta al imperialismo yanqui. En este sentido, la región se enfrenta a una década decisiva: no solo debe resistir la presión estadounidense, sino también consolidar su vínculo con China como garantía de equilibrio y supervivencia en el nuevo orden global.

La crisis estructural estadounidense atraviesa tanto a demócratas como a republicanos. Ninguno de los dos partidos puede escapar de las mismas limitaciones: deuda desbordada, inflación persistente, pérdida de hegemonía industrial y financiera, y declive del dólar. La agresividad actual del imperialismo yanqui es, en este sentido, la última resaca antes del colapso. Más que un signo de fortaleza, es el espasmo de un poder que se resiste a aceptar su declive, pero que ya no cuenta con las bases materiales para sostenerlo.

En primer lugar, la situación social interna se tensará mucho más debido a la combinación de inflación persistente y desigualdad estructural. La reindustrialización, incluso si avanza, no garantiza una distribución equitativa de beneficios: los nuevos empleos se concentran en sectores tecnológicos y especializados, dejando fuera a amplias capas de trabajadores que no cuentan con formación adecuada. Esto genera frustración social, pues mientras el discurso oficial promete prosperidad, la realidad cotidiana se traduce en salarios estancados y aumento del costo de vida.

En segundo lugar, la polarización política se intensifica. Demócratas y republicanos se acusan mutuamente de ser responsables del declive, pero ninguno logra ofrecer soluciones estructurales. El complejo industrial militar presiona por más gasto bélico, mientras sectores productivos reclaman inversión en infraestructura y educación. Esta tensión se refleja en un clima de confrontación social, con protestas, huelgas y un creciente desencanto hacia las instituciones. La crisis existencial del país no solo es económica y militar, sino también política, pues la democracia estadounidense se ve erosionada por la incapacidad de sus élites para responder a las demandas populares.

En tercer lugar, la erosión del tejido social se manifiesta en el aumento de la inseguridad, el debilitamiento de la clase media y la radicalización de discursos identitarios. La caída relativa del dólar y la pérdida de hegemonía internacional repercuten en la autoestima nacional, alimentando narrativas de decadencia que polarizan aún más a la sociedad. La tensión interna se convierte en un factor de inestabilidad que acelera la implosión: un país dividido, con instituciones cuestionadas y una población cada vez más consciente de que el “sueño americano” ya no es sostenible.

Todo indica que el desenlace será una implosión interna en el horizonte de una década. Ya sea bajo republicanos o demócratas, la crisis existencial de Estados Unidos se hará evidente: incapacidad de sostener guerras prolongadas, dificultad para financiar la reindustrialización, pérdida de hegemonía monetaria y tecnológica. El “último espasmo” del imperialismo es, en realidad, el preludio de un colapso estructural que reconfigurará el sistema internacional y abrirá paso a un nuevo orden donde China y otros actores regionales ocuparán el vacío.

En primer lugar, cuando un gigante cae, no se debe esperar que conserve una posición de potencia regional estable. La magnitud de la crisis estructural estadounidense —deuda desbordada, inflación persistente, pérdida de hegemonía industrial y monetaria— indica que el retroceso será más severo. La infraestructura productiva debilitada, el rezago tecnológico y la dependencia de un sistema financiero especulativo hacen que el país no pueda sostener siquiera un liderazgo regional sólido. La implosión interna no se traducirá en un “imperio reducido”, sino en un Estado que lucha por mantener niveles básicos de competitividad frente a economías emergentes.

En segundo lugar, el riesgo de retroceso hacia el subdesarrollo es real. La caída del dólar como moneda de reserva global limitará la capacidad de financiar déficits y sostener importaciones estratégicas. La pérdida de hegemonía tecnológica frente a China y otros actores reducirá la capacidad de innovación, mientras que la polarización social y política interna erosionará la cohesión nacional. En este escenario, Estados Unidos podría experimentar fenómenos típicos de países en vías de desarrollo: deterioro de infraestructura, aumento de desigualdades, crisis sociales recurrentes y dependencia de capital externo para sostener su economía.

En tercer lugar, el impacto global de esa caída será profundo. El sistema internacional no verá a Estados Unidos transformarse en una potencia regional como lo fue Gran Bretaña tras perder su imperio, sino en un país que retrocede estructuralmente. La diferencia radica en que el modelo estadounidense se basaba en la financiarización y el consumo interno masivo, ambos insostenibles sin hegemonía global. Al perder esa base, el país no tendrá un colchón que le permita mantener un rol intermedio. La implosión lo empujará hacia una condición de vulnerabilidad que lo acercará más al subdesarrollo que a una potencia regional consolidada.

Este ensayo muestra que la agresividad presente no es más que el último gesto de un imperio en declive. La década que viene será el tiempo de esa implosión, y América Latina deberá decidir si se somete o negocia con habilidad para subsistir en el nuevo escenario global.

En primer lugar, la crisis de Europa está íntimamente ligada a la de Estados Unidos. La Unión Europea ha seguido de manera acrítica la estrategia de Washington, especialmente en su política hacia Rusia. La rusofobia insensata ha llevado a sanciones que golpean directamente a las economías europeas, encareciendo la energía y debilitando la competitividad industrial. Al alinearse con la agenda estadounidense, Europa sacrifica su autonomía estratégica y se convierte en víctima colateral del declive imperial norteamericano.

En segundo lugar, la inmigración galopante añade un componente social explosivo. La llegada masiva de migrantes, sumada a la incapacidad de los Estados europeos para integrarlos en condiciones dignas, genera tensiones culturales y políticas que fragmentan las sociedades. El auge de partidos nacionalistas y xenófobos es una consecuencia directa de esta crisis, y refleja el debilitamiento del consenso democrático que había caracterizado a Europa en la segunda mitad del siglo XX. La fractura social se convierte en un factor de retroceso político y cultural.

En tercer lugar, el retroceso económico-cultural es evidente. Europa pierde competitividad frente a Asia en sectores clave como la tecnología, la energía renovable y la producción industrial. Al mismo tiempo, su modelo cultural, basado en el bienestar social y la cohesión comunitaria, se erosiona bajo la presión de crisis económicas, tensiones migratorias y divisiones internas. La caída de Estados Unidos arrastra a Europa porque ambos compartieron el mismo modelo neoliberal y la misma dependencia de la financiarización. En este sentido, el colapso no será solo norteamericano: será occidental, y marcará el fin de una era de hegemonía compartida.

El colapso de Estados Unidos y Europa no significa únicamente el fin de una hegemonía, sino el amanecer consolidado de un nuevo mundo en menos de una década. Este nuevo escenario se perfilará bajo un contexto soberanista, multipolar y nacionalista, donde los Estados recuperan protagonismo frente al poder desbordado de las corporaciones privadas y la financiarización. Sin embargo, este amanecer no estará exento de desafíos: las nuevas potencias y bloques regionales deberán batallar contra el veneno del nihilismo estructural heredado del Occidente colapsado, una herencia de vacío cultural, crisis de sentido y fragmentación social que amenaza con contaminar el horizonte emergente. El reto será construir un orden alternativo que no solo se base en la fuerza y la soberanía, sino también en la capacidad de superar ese legado corrosivo, para dar paso a un mundo verdaderamente plural, equilibrado y capaz de sostener un nuevo pacto civilizatorio.

Bibliografía 

Allison, Graham. Destined for War: Can America and China Escape Thucydides’s Trap? Houghton Mifflin Harcourt, 2018.

Aznar Fernández-Montesinos, Federico. El gran reto geopolítico del siglo XXI: La multipolaridad desequilibrada. Documento de Análisis, Instituto Español de Estudios Estratégicos, 22 Jan. 2025.

Badillo Martínez, Roberto. El Complejo Militar Industrial de los Estados Unidos: Los Responsables de las Crisis Financieras Contemporáneas y sus Orígenes. Miguel Ángel Porrúa, 2010.

Crespo MacLennan, Julio. Imperios: Auge y declive de Europa en el mundo, 1492–2012. 2ª ed., Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 2012.

Dugin, Aleksandr. Mundo multipolar. De la idea a la realidad. Ediciones Fides, 2024.

Dugin, Aleksandr. Teoría del Mundo Multipolar. Grupo Emancipador, 2025.

Flores Quelopana, Gustavo. Hiperimperialismo global en llamas. Lima: Iipcial, 2010.

Gómez, John Freddy, y Camila Andrea Galindo. “¿La decadencia del Imperialismo estadounidense ante un nuevo orden mundial?” Revista de Estudios Globales, vol. 3, no. 6, 2024, pp. 45–68.

Karim, Mohamed. The BlackRock Chronicles: Unlocking the Power and Influence of Global Investment Management. Global Insight Press, 2023.

Miller, John. BlackRock de Larry Fink: Cómo BlackRock nos ama, nos observa y nos destruye. Editorial Miller, 2023.

Ríos, Xulio. EEUU-China: ¿Retorno a la guerra fría o avance hacia la multipolaridad? Observatorio de la Política China, 2024.

Schulz, Juan Sebastián. “Crisis de hegemonía y nuevos escenarios geopolíticos: El ascenso de China en clave multipolar.” CONICET Papers, 2024.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.