martes, 10 de febrero de 2026

LA ERA DE LA DESCLASIFICACIÓN

 


LA ERA DE LA DESCLASIFICACIÓN

La humanidad ha convivido durante siglos con relatos de seres venidos de otros mundos. Desde los albores de la civilización, se han tejido narrativas que atribuyen a los extraterrestres papeles contradictorios: algunos los presentan como civilizadores que nos guiaron en el inicio de la historia, otros como creadores que dieron origen a la especie humana, otros como observadores neutrales que jamás intervinieron, y otros como entidades hostiles que amenazan nuestra existencia. Esta diversidad de versiones, lejos de constituir una prueba de su realidad, es más bien un indicador de su carácter mítico y especulativo. La falta de un criterio común revela que estamos ante un fenómeno cultural, un espejo de nuestras propias esperanzas y temores, más que ante una verdad científica.

Un aspecto que conviene destacar es que estas narrativas sobre seres venidos de otros mundos no se sostienen en pruebas empíricas, sino en la fuerza de los relatos y en la capacidad de las culturas para proyectar sus inquietudes en figuras externas. La contradicción entre versiones civilizadoras, creadoras, observadoras o hostiles no es un defecto accidental, sino la consecuencia natural de un mito que se adapta a las necesidades de cada época y de cada grupo social. En este sentido, los extraterrestres funcionan como un lienzo en blanco sobre el cual se pintan los deseos de progreso, los temores de destrucción o la nostalgia de un origen trascendente.

Además, la persistencia de estas narrativas favorables, aun sin beneficios concretos para la humanidad, revela la potencia del imaginario colectivo frente al vacío existencial. En sociedades que han renunciado a la trascendencia divina, los extraterrestres se convierten en sustitutos simbólicos que ofrecen consuelo y misterio. No importa que nunca hayan dejado huellas verificables: lo que importa es que llenan un espacio psicológico y cultural, reintroduciendo la posibilidad de lo absoluto en un mundo que se declara escéptico. Así, la figura del extraterrestre no es tanto una evidencia científica como una necesidad humana de creer en algo más allá de lo inmediato.

La paradoja se acentúa cuando se observa que, pese a las narrativas favorables, nunca se ha podido señalar un aporte positivo concreto de estos supuestos seres a la humanidad. No hay evidencia de avances tecnológicos, descubrimientos o beneficios tangibles que provengan de ellos. Sin embargo, las historias continúan y se repiten, alimentadas por la necesidad humana de sentido y trascendencia. En este punto, los extraterrestres cumplen una función simbólica: ofrecen consuelo existencial, reencantan el cosmos y sustituyen los relatos religiosos tradicionales en sociedades que han renunciado a la fe en lo divino.

La paradoja de las narrativas favorables sobre los extraterrestres, pese a la ausencia de beneficios concretos, puede entenderse también como un fenómeno de persistencia cultural. En este sentido, lo que se mantiene no es la credibilidad científica de los relatos, sino su capacidad de insertarse en la memoria colectiva y en la imaginación popular. La repetición constante de estas historias en medios, literatura y cine refuerza su vigencia, creando un círculo en el que la falta de pruebas no debilita el mito, sino que lo alimenta con un aura de misterio. La fascinación por lo desconocido se convierte en un motor que perpetúa la creencia, incluso cuando la evidencia es inexistente.

Por otra parte, la continuidad de estas narrativas revela cómo la humanidad utiliza símbolos para enfrentar la incertidumbre. Los extraterrestres, en este caso, funcionan como un recurso para proyectar tanto la esperanza de un contacto trascendente como el temor a una amenaza superior. Esa dualidad les otorga fuerza, pues permiten a las sociedades articular discursos sobre el futuro, el destino y la vulnerabilidad humana. Así, más allá de la veracidad de los relatos, su permanencia muestra la necesidad de construir horizontes imaginarios que den sentido a la experiencia humana en un universo que, sin ellos, parecería demasiado vacío y desprovisto de propósito.

La modernidad tardía, profundamente atea, inmanentista y escéptica de las religiones tradicionales, ha agudizado esta función simbólica. Al abandonar la trascendencia divina, se abrió un vacío espiritual que fue llenado por nuevas mitologías. Los extraterrestres se convirtieron en “dioses seculares”, inteligencias cósmicas que prometen guía, salvación o juicio, pero en un lenguaje adaptado a la ciencia ficción y al imaginario tecnológico. Así, en un mundo desmitificado, los relatos de contacto con seres de otros planetas reintroducen el misterio y la esperanza, ofreciendo una forma de trascendencia sin necesidad de fe religiosa.

La modernidad tardía no solo ha generado un vacío espiritual, sino que también ha transformado la manera en que las sociedades construyen sus mitologías. En lugar de relatos sagrados transmitidos por tradición religiosa, ahora predominan narrativas que se apoyan en el lenguaje de la ciencia, la tecnología y la ficción especulativa. Los extraterrestres, en este marco, se convierten en símbolos que encarnan tanto la posibilidad de un conocimiento superior como la esperanza de que exista un orden más allá del caos humano. Su atractivo radica en que ofrecen una trascendencia que parece compatible con el racionalismo moderno, pues se presenta bajo la apariencia de lo científico, aunque carezca de pruebas verificables.

Al mismo tiempo, estas narrativas cumplen una función cultural de cohesión y proyección. En un mundo globalizado y secularizado, los relatos de contacto con inteligencias cósmicas permiten imaginar un destino común para la humanidad, un horizonte compartido que trasciende las divisiones políticas, religiosas o nacionales. La figura del extraterrestre, como “dios secular”, no solo reintroduce el misterio en un universo desmitificado, sino que también actúa como catalizador de debates sobre el futuro, la unidad de la especie y la posibilidad de que existan fuerzas superiores que nos observen o nos juzguen. De este modo, la era de la desclasificación no se limita a liberar documentos, sino que abre un espacio simbólico donde la humanidad proyecta sus anhelos y sus temores en el vasto escenario del cosmos.

En este contexto, los rumores sobre anuncios espectaculares, como el que se atribuye a Donald Trump acerca de la existencia de extraterrestres, se insertan en una dinámica de propaganda y distracción. No hay evidencia oficial de que tales revelaciones vayan a producirse; más bien, se trata de ciclos mediáticos alimentados por especulación y marketing cultural. Sin embargo, el impacto de estos rumores es real: capturan la atención pública y desvían el foco de las crisis políticas, económicas y sociales que atraviesa Estados Unidos. La narrativa extraterrestre, en este sentido, funciona como un operativo psicosocial, una cortina de humo que aprovecha el atractivo de lo desconocido para distraer de lo inmediato.

La propagación de rumores sobre anuncios espectaculares vinculados a la existencia de extraterrestres, como el que se atribuye a Donald Trump, se inscribe en un terreno donde la manipulación mediática y la estrategia política convergen. Aunque carecen de sustento oficial, estos relatos logran captar la atención de la opinión pública y desplazar el foco de las crisis internas. La narrativa extraterrestre, en este sentido, no es inocente: se convierte en un recurso de ingeniería social que aprovecha el atractivo de lo desconocido para generar impacto emocional y distraer de los problemas concretos que aquejan a la sociedad estadounidense. La fascinación por lo misterioso actúa como un catalizador que amplifica el efecto de estos rumores, otorgándoles un poder simbólico que excede su veracidad.

Es importante señalar que las agencias de inteligencia, tanto en Estados Unidos como en otros países, han demostrado ser expertas en la creación de operativos psicosociales. A lo largo de la historia, han utilizado narrativas de alto impacto —incluyendo fenómenos aéreos no identificados— como herramientas para moldear percepciones, controlar la agenda pública y desviar la atención de asuntos delicados. Estos dispositivos no buscan necesariamente convencer de la existencia real de extraterrestres, sino manipular el imaginario colectivo para lograr objetivos políticos o estratégicos. En este marco, la era de la desclasificación se convierte en un escenario donde la información parcial, los rumores y las filtraciones calculadas se entrelazan con la necesidad humana de misterio, produciendo un terreno fértil para la confusión y la distracción.

El caso del llamado “ET de Varginha”, ocurrido en Brasil en 1996, ha sido objeto de múltiples reinterpretaciones y recientemente volvió a cobrar notoriedad en Estados Unidos, donde se organizó un evento que reunió testimonios y supuestos archivos relacionados con el incidente. En esa ocasión, se presentaron relatos de testigos y versiones de militares que afirmaban haber participado en operaciones vinculadas al fenómeno, sin que se aportaran pruebas concluyentes. La dinámica del encuentro se basó en la fuerza narrativa de los testimonios y en la exhibición de documentos cuya autenticidad y valor probatorio siguen siendo discutidos, lo que refleja cómo este tipo de episodios se sostienen más en la construcción cultural y mediática que en la evidencia científica. El hecho de que se organice un evento internacional en torno a un caso tan controvertido muestra cómo la era de la desclasificación se nutre de relatos fragmentarios y de la fascinación por lo desconocido, reforzando la idea de que las agencias y actores políticos pueden instrumentalizar estas historias como parte de operativos psicosociales para mantener vivo el misterio y desviar la atención de cuestiones más tangibles.

La era de la desclasificación, como se ha llamado a este tiempo en que gobiernos liberan documentos sobre ovnis y fenómenos aéreos no identificados, no es tanto una revelación de verdades ocultas como una estrategia de gestión simbólica. Se entregan fragmentos de información que alimentan la imaginación colectiva, pero nunca pruebas concluyentes. El resultado es un espacio intermedio donde la ciencia no confirma, pero la cultura se expande. Allí, los extraterrestres se convierten en mitos modernos, en sustitutos de lo divino, en espejos de nuestras ansiedades y en herramientas de manipulación política.

Tras el renovado interés del Pentágono y la NASA en los fenómenos aéreos no identificados, los ufólatras han encontrado una oportunidad para actualizar sus narrativas y darles un aire de legitimidad. El hecho de que instituciones oficiales publiquen informes o reconozcan la existencia de incidentes, aunque sin pruebas concluyentes de vida extraterrestre, ha sido interpretado por los creyentes como una validación indirecta de sus postulados. En lugar de debilitar las teorías, la falta de explicaciones definitivas alimenta la imaginación y permite que los relatos se adapten a un nuevo contexto, en el que la ciencia se convierte en un aliado parcial que mantiene abierto el misterio. Así, los ufólatras han incorporado el lenguaje técnico de los informes oficiales, hablando de “UAPs” en lugar de “OVNIs”, y presentando sus creencias como hipótesis científicas en espera de confirmación.

Al mismo tiempo, la intervención del Pentágono y la NASA ha generado un fenómeno de retroalimentación cultural. Los ufólatras actualizan sus discursos con cada informe, reinterpretando los hallazgos como pruebas de encubrimiento o como señales de una revelación inminente. La paradoja es que, aunque los documentos oficiales suelen ofrecer explicaciones terrenales —globos, aves, drones o fenómenos atmosféricos—, la comunidad creyente los utiliza para reforzar la idea de que existe un secreto mayor que aún no se ha revelado. De este modo, la era de la desclasificación no ha debilitado el mito, sino que lo ha revitalizado, otorgándole un nuevo marco institucional que lo hace más atractivo y difícil de desmontar.

En los últimos años, varios personajes han declarado públicamente que el gobierno de Estados Unidos tendría en su poder naves extraterrestres y restos biológicos no humanos recuperados en supuestos accidentes. Entre ellos destaca David Grusch, exoficial de inteligencia de la Fuerza Aérea, quien bajo juramento en el Congreso afirmó que existía un programa secreto dedicado a aplicar ingeniería inversa sobre tecnología alienígena y que se habían encontrado “elementos biológicos no humanos” en los lugares de impacto. A estas declaraciones se sumaron otros exmilitares que aseguraron haber visto pruebas de estas operaciones y que el gobierno mantiene ocultos tanto los restos como la información relacionada.

Lo significativo es que, pese a la contundencia con la que se presentan estos testimonios, nunca se han mostrado pruebas verificables que respalden tales afirmaciones. La ausencia de evidencia material convierte estos relatos en un terreno fértil para la especulación y la construcción de narrativas que alimentan el imaginario colectivo. En el marco de la llamada era de la desclasificación, estas declaraciones se utilizan como combustible para reforzar la idea de que existe un secreto mayor, manteniendo viva la fascinación por lo desconocido y ofreciendo a los ufólatras un nuevo argumento para sostener sus creencias en medio de la falta de confirmación científica.

El involucramiento de ex agentes de contrainteligencia en la hipótesis extraterrestre añade una capa de complejidad que no puede pasarse por alto. Estos individuos, formados precisamente en el arte de la desinformación y en la creación de narrativas falsas para confundir a adversarios, han participado en la difusión de testimonios y versiones sobre supuestas naves y cuerpos alienígenas recuperados. El hecho de que figuras con experiencia en operaciones encubiertas se conviertan en portavoces de estas historias plantea la posibilidad de que estemos ante construcciones deliberadas, diseñadas para moldear percepciones públicas y generar un clima de misterio. La contrainteligencia, por definición, se especializa en hacer creer en versiones que no necesariamente corresponden a la realidad, y su intervención en el terreno de los ovnis y extraterrestres refuerza la hipótesis de que gran parte de estas narrativas funcionan como operativos psicosociales, más orientados a manipular la opinión que a revelar verdades ocultas.

Un ejemplo claro de este involucramiento es el de David Grusch, exoficial de inteligencia estadounidense que trabajó en programas relacionados con fenómenos aéreos no identificados. Grusch declaró bajo juramento que el gobierno posee naves y restos biológicos no humanos, afirmaciones que tuvieron gran repercusión mediática pero que nunca fueron acompañadas de pruebas verificables. Su perfil como exagente vinculado a labores de contrainteligencia resulta significativo, porque justamente el arte de la contrainteligencia consiste en construir narrativas plausibles que pueden ser falsas, con el fin de confundir, manipular percepciones o desviar la atención de asuntos estratégicos. Que figuras con esa formación se conviertan en portavoces de la hipótesis extraterrestre refuerza la sospecha de que gran parte de estas declaraciones podrían ser parte de operativos psicosociales, más orientados a mantener vivo el misterio y moldear la opinión pública que a revelar verdades ocultas.

Así, la era de la desclasificación no es la era de la verdad, sino la era del relato. Una época en la que la humanidad, privada de trascendencia religiosa, busca en el cosmos un reflejo de sí misma. Los extraterrestres, reales o ficticios, no han dejado nada positivo ni verificable, pero han dejado un legado simbólico: el de recordarnos que seguimos necesitando creer en algo más grande que nosotros, aunque ese algo sea un mito vestido de ciencia. En última instancia, la desclasificación no revela a los otros, sino a nosotros mismos: nuestra necesidad de consuelo, nuestra vulnerabilidad ante la crisis y nuestra inagotable capacidad de crear narrativas que llenen el vacío de lo absoluto.

La era de la desclasificación exhibe con crudeza cómo la política y la cultura contemporánea han aprendido a manipular el hambre de misterio de las masas. No se trata de abrir archivos para esclarecer la verdad, sino de dosificar fragmentos ambiguos que mantienen viva la expectativa. El resultado es un espectáculo calculado: informes oficiales que no prueban nada, testimonios que no se verifican y rumores que se amplifican en los medios. Todo ello configura un teatro de sombras donde lo importante no es la evidencia, sino la sugestión, y donde el ciudadano se convierte en espectador de un relato diseñado para distraerlo de los problemas reales que lo afectan.

Más mordaz aún es constatar que la desclasificación no revela extraterrestres, sino la sofisticación de los mecanismos de poder para fabricar narrativas. Los gobiernos y las agencias de inteligencia han comprendido que el mito del contacto alienígena es un recurso invaluable: permite encubrir, desviar y controlar la atención pública con un mínimo de inversión y un máximo de impacto. En este sentido, los extraterrestres no son visitantes del cosmos, sino instrumentos de manipulación terrestre, un mito vestido de ciencia que desnuda la vulnerabilidad de sociedades dispuestas a creer en cualquier relato que les ofrezca consuelo frente a la incertidumbre.

La era de la desclasificación exhibe con crudeza cómo la política y la cultura contemporánea han aprendido a manipular el hambre de misterio de las masas. No se trata de abrir archivos para esclarecer la verdad, sino de dosificar fragmentos ambiguos que mantienen viva la expectativa. El resultado es un espectáculo calculado: informes oficiales que no prueban nada, testimonios que no se verifican y rumores que se amplifican en los medios. Todo ello configura un teatro de sombras donde lo importante no es la evidencia, sino la sugestión, y donde el ciudadano se convierte en espectador de un relato diseñado para distraerlo de los problemas reales que lo afectan.

Más mordaz aún es constatar que la desclasificación no revela extraterrestres, sino la sofisticación de los mecanismos de poder para fabricar narrativas. Los gobiernos y las agencias de inteligencia han comprendido que el mito del contacto alienígena es un recurso invaluable: permite encubrir, desviar y controlar la atención pública con un mínimo de inversión y un máximo de impacto. En este sentido, los extraterrestres no son visitantes del cosmos, sino instrumentos de manipulación terrestre, un mito vestido de ciencia que desnuda la vulnerabilidad de sociedades dispuestas a creer en cualquier relato que les ofrezca consuelo frente a la incertidumbre.

Bibliografía

Ballester Olmos, Vicente-Juan. Estado actual de la desclasificación de información OVNI en el mundo. Fundación Anomalía, 2021.

Ballester Olmos, Vicente-Juan. ¡Desclasificación! Archivos OVNI militares al descubierto: el caso español. Archive.org, 1997.

Borraz, Manuel. Ovnis, científicos y extraterrestres. En Vida en el universo. Del mito a la ciencia, coordinado por Ricardo Campo, Fundación Anomalía, Santander, 2008.

EcoActivo. Desclasificación extraterrestre EEUU: cronología y contexto. EcoActivo Editorial, 2020.

Ministerio de Defensa de España. Expedientes OVNI: Biblioteca Virtual de Defensa. Biblioteca Central del Ejército del Aire, Madrid, 1992.

Office of the Director of National Intelligence. Audiencias sobre UAP y transparencia legislativa. U.S. House of Representatives, transcripción oficial, 26 de julio de 2023.

LOS SUPUESTOS VIAJES EN EL TIEMPO

 


LOS SUPUESTOS VIAJES EN EL TIEMPO

El relato más célebre de un supuesto viaje temporal es el incidente Moberly-Jourdain de 1901, cuando dos académicas inglesas, Charlotte Anne Moberly y Eleanor Jourdain, visitaron el Petit Trianon en Versalles y afirmaron haber visto los jardines como en el siglo XVIII, con personajes vestidos de época e incluso a la reina María Antonieta. Publicaron su experiencia en An Adventure (1911). Aunque fascinante, la mayoría de estudiosos lo interpretan como sugestión, percepción alterada o disociación, no como un desplazamiento físico en el tiempo.

Tras el relato del incidente Moberly‑Jourdain de 1901 conviene insistir en la tesis de que no se trató de un viaje físico en el tiempo, sino de una experiencia de carácter mental. La psicología reconoce que la mente humana puede entrar en estados de percepción alterada, donde la memoria, la imaginación y la sugestión se combinan para producir vivencias intensamente vívidas. En situaciones de tensión emocional, fatiga o expectativa, el cerebro puede reconstruir escenas del pasado con tal realismo que el sujeto las percibe como presentes. Este fenómeno se explica por la capacidad de la mente de generar imágenes internas que se confunden con la percepción externa, dando lugar a experiencias que parecen auténticos desplazamientos temporales. Así, lo que Moberly y Jourdain describieron se entiende mejor como una ilusión subjetiva, un episodio de disociación o sugestión compartida, más que como una ruptura de las leyes físicas del tiempo.

A lo largo del siglo XX y XXI han aparecido otros relatos similares. El más famoso en la cultura digital es el de John Titor, un supuesto viajero del año 2036 que apareció en foros en 2000–2001. Sus predicciones resultaron en gran parte erróneas y hoy se entienden como un fenómeno cultural. Otro caso es el de Andrew Carlssin, un inversor que según tabloides habría confesado ser del año 2256; la historia se reveló como un bulo periodístico. También circulan fotografías “anómalas” donde aparecen personas con atuendos modernos en imágenes antiguas, pero la explicación suele ser coincidencias de moda o interpretaciones erróneas.

En el siglo XIX, la Sociedad Teosófica, fundada por Helena Blavatsky, popularizó la noción de los registros akáshicos, concebidos como una memoria cósmica donde quedarían inscritas todas las acciones, pensamientos y palabras de los seres humanos. Esta idea se inspiraba en el concepto hindú de akasha (éter o espacio), pero fue reinterpretada en clave esotérica como una “biblioteca universal” accesible a través de estados de conciencia elevados o mediumnidad. Posteriormente, autores como Rudolf Steiner y Edgar Cayce afirmaron haber accedido a estos registros para obtener información sobre vidas pasadas y futuros posibles. En este sentido, el esoterismo y la teosofía no hablan de viajes físicos en el tiempo, sino de lectura espiritual de un archivo atemporal, lo que refuerza la interpretación de estas experiencias como visiones interiores de origen mental o preternatural.

En el ámbito místico destaca Edgar Cayce (1877–1945), el llamado profeta durmiente. En trance ofrecía lecturas sobre salud, vidas pasadas y futuros acontecimientos. Sus mensajes eran ambiguos, mezclaban elementos cristianos con esoterismo (reencarnación, Atlántida, registros akáshicos) y no se consideran viajes temporales reales, sino visiones interiores. Desde la perspectiva teológica, la ambigüedad y mezcla doctrinal hacen pensar en un origen preternatural más que sobrenatural: influencias espirituales que actúan sobre la mente, incluso de carácter demoníaco, pues no conducen a la verdad revelada ni a la claridad propia de Dios.

En la tradición cristiana también se mencionan santos y místicos que vivieron experiencias “fuera del tiempo”. Santa Hildegarda de Bingen tuvo visiones sobre el cosmos y el futuro de la humanidad; San Juan Bosco relató sueños proféticos sobre la Iglesia y la juventud; Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz experimentaron éxtasis místicos donde el tiempo parecía suspenderse; y el Padre Pío fue famoso por fenómenos de bilocación y visiones de sucesos futuros. Estos casos no se interpretan como viajes temporales físicos, sino como experiencias espirituales, revelaciones o estados de conciencia alterada.

En primer lugar, el caso de Santa Hildegarda de Bingen resulta paradigmático. Sus visiones no solo abarcaban el orden espiritual, sino también el cosmos y la historia futura de la humanidad. En ellas, el tiempo parecía desplegarse como un tapiz completo, donde pasado, presente y futuro se mostraban simultáneamente. La Iglesia interpretó estas experiencias como revelaciones auténticas, pues sus mensajes eran claros, coherentes y orientados a la edificación espiritual, lo que las distingue de fenómenos ambiguos o esotéricos.

Por otro lado, San Juan Bosco relató numerosos sueños proféticos en los que veía el destino de la juventud y de la Iglesia. Estos sueños no eran simples imaginaciones nocturnas, sino experiencias que él mismo consideraba inspiradas por Dios. En ellos, el tiempo se suspendía y se le mostraban acontecimientos futuros con gran detalle. La finalidad era siempre pastoral: advertir, guiar y fortalecer la fe de los jóvenes. Aquí se observa cómo la suspensión del tiempo humano se convierte en un medio para transmitir un mensaje divino claro.

Finalmente, el Padre Pío de Pietrelcina fue conocido por fenómenos extraordinarios como la bilocación y las visiones de sucesos futuros. Testigos afirmaron que podía aparecer en dos lugares distintos al mismo tiempo, y que recibía revelaciones sobre personas y acontecimientos que aún no habían ocurrido. Estos fenómenos no se interpretan como viajes temporales físicos, sino como manifestaciones sobrenaturales donde Dios permitía que el santo trascendiera las limitaciones del tiempo humano. La casuística en torno al Padre Pío muestra cómo la experiencia “fuera del tiempo” cobra relevancia únicamente cuando se advierte un mensaje divino auténtico, orientado a la salvación y la conversión.

De este modo, la tradición cristiana ofrece ejemplos concretos de santos cuya vivencia del tiempo se suspendía o se expandía, pero siempre en el marco de una revelación sobrenatural, nunca como un viaje temporal físico.

Para comprender mejor estas experiencias, conviene distinguir la relación con el tiempo en distintos órdenes de existencia:

  • Dios es eterno: no tiene principio ni fin, y su existencia es un eterno presente. Todo lo que existe está simultáneamente presente en Él.

  • Los seres espirituales son eviternos: tienen un inicio porque fueron creados, pero no tienen fin. No envejecen ni cambian como los cuerpos, aunque sí experimentan sucesión de actos. Su “ahora” es más amplio que el humano, pero no idéntico al eterno presente de Dios.

  • Los humanos somos temporales: vivimos en un tiempo lineal, limitado, marcado por pasado, presente y futuro. Nuestra conciencia percibe el tiempo como flujo, y estamos sujetos al cambio, envejecimiento y muerte.

En la tradición cristiana, además de distinguir entre lo eterno de Dios, lo eviterno de los ángeles y lo temporal de los hombres, se reconoce que los seres espirituales creados pueden influir en la percepción humana del tiempo.

Por un lado, la acción de los ángeles se entiende como una ayuda que Dios permite para guiar y proteger al hombre. Los ángeles pueden actuar sobre la imaginación y los sentidos internos, iluminando la mente con visiones que muestran realidades espirituales o incluso anticipaciones de acontecimientos futuros. No se trata de alterar físicamente el tiempo, sino de comunicar mensajes divinos mediante imágenes y percepciones que trascienden la experiencia ordinaria. En este sentido, las visiones proféticas o los sueños inspirados se consideran fruto de la acción angélica, siempre con la finalidad de fortalecer la fe, advertir o consolar.

Por otro lado, la acción de los demonios se interpreta como una influencia engañosa sobre la mente humana. Al igual que los ángeles, los demonios pueden actuar sobre la imaginación y los sentidos internos, pero lo hacen para confundir, sembrar error o distraer del camino de la verdad. Sus intervenciones suelen producir mensajes ambiguos, contradictorios o mezclados con elementos esotéricos, que no conducen a la claridad ni a la edificación espiritual. En este marco, los supuestos viajes en el tiempo que carecen de coherencia doctrinal o que promueven curiosidad vacía se entienden como experiencias de origen preternatural demoníaco, pues buscan desviar al hombre de la revelación auténtica.

De este modo, la tradición cristiana afirma que tanto ángeles como demonios pueden influir en la percepción humana del tiempo, pero mientras los ángeles lo hacen para transmitir un mensaje divino claro, los demonios lo hacen para engañar y confundir.

En este marco, el viaje temporal físico es imposible para el hombre. La física moderna admite la dilatación temporal (viaje relativo al futuro, comprobado en relojes atómicos y en la teoría de la relatividad), pero no el viaje al pasado. Por tanto, cuando un humano afirma haber viajado en el tiempo, se interpreta como una experiencia interior:

  • Origen mental: estados de conciencia alterada, sueños lúcidos, disociación, imaginación.

  • Origen preternatural: influencia de seres espirituales creados, que pueden actuar sobre la mente y producir visiones.

  • Relevancia espiritual: solo cobra importancia cuando se reconoce un mensaje divino claro, coherente y conforme a la fe.

La física moderna fundamenta la imposibilidad de viajar al pasado en varios principios. En primer lugar, la teoría de la relatividad de Einstein admite la dilatación temporal: a mayor velocidad o bajo campos gravitatorios intensos, el tiempo transcurre más lentamente. Esto permite que un viajero que se acerque a la velocidad de la luz o que permanezca cerca de un objeto masivo experimente el tiempo de manera distinta, avanzando hacia el futuro relativo. Sin embargo, esta misma teoría no ofrece mecanismos para retroceder en el tiempo, pues ello implicaría violar la causalidad: los efectos no pueden preceder a las causas. Si fuera posible regresar al pasado, se abrirían paradojas lógicas como la del “abuelo”, donde un viajero podría impedir su propia existencia, lo cual contradice la coherencia interna de las leyes físicas.

En segundo lugar, la mecánica cuántica refuerza esta imposibilidad. El pasado no existe como un lugar fijo al que se pueda regresar, sino como un conjunto de sucesos ya colapsados en una única realidad. Observar en el mundo cuántico no es pasivo: cada medición colapsa posibilidades y crea un estado definido. Una vez que ese colapso ocurre, no hay manera de “volver atrás” para reabrir las posibilidades ya cerradas. En otras palabras, el pasado no es un espacio disponible para ser visitado, sino un registro irreversible de sucesos. Por ello, aunque la ciencia ficción imagine máquinas del tiempo, la física sostiene que el viaje al pasado es imposible, y cualquier experiencia que se interprete como tal debe entenderse como visión interior, influencia espiritual o construcción mental.

La ciencia, al contrario de lo que ocurre con el viaje al pasado, sí reconoce la posibilidad de un viaje hacia el futuro en términos relativos, y lo fundamenta en principios comprobados de la física moderna. La teoría de la relatividad especial de Einstein establece que el tiempo transcurre más lentamente para un objeto que se mueve a gran velocidad respecto a otro en reposo. Este fenómeno, conocido como dilatación temporal, implica que un viajero que se desplazara cerca de la velocidad de la luz experimentaría menos tiempo que quienes permanecen en la Tierra. Al regresar, descubriría que en la Tierra han pasado muchos más años: en ese sentido, habría “viajado al futuro”.

La relatividad general añade otro mecanismo: el tiempo se ralentiza en presencia de campos gravitatorios intensos. Cuanto más fuerte es la gravedad, más despacio transcurre el tiempo. Un reloj situado cerca de un agujero negro marcaría el tiempo más lentamente que uno lejano, lo que significa que un observador en esa región estaría avanzando hacia el futuro relativo respecto a quienes permanecen en un campo gravitatorio más débil. Estos efectos no son meramente teóricos: se han verificado experimentalmente con relojes atómicos en aviones y satélites, que muestran diferencias mínimas pero reales en la medida del tiempo.

En consecuencia, la física moderna afirma que viajar al futuro es posible en términos relativos, aunque limitado por las condiciones extremas necesarias (velocidades cercanas a la luz o campos gravitatorios enormes). Sin embargo, este viaje no es un salto instantáneo ni un desplazamiento voluntario como lo imagina la ciencia ficción, sino un efecto natural de la estructura del espacio-tiempo. Así, la ciencia distingue claramente: el futuro puede alcanzarse más rápido mediante dilatación temporal, pero el pasado permanece inaccesible, lo que refuerza la tesis de que los supuestos viajes temporales humanos deben interpretarse como experiencias interiores o visiones espirituales, y no como desplazamientos físicos en la línea temporal.

La Biblia ofrece precedentes que parecen viajes en el tiempo, pero en realidad son visiones sobrenaturales otorgadas por Dios. El profeta Daniel vio reinos futuros y el fin de los tiempos; Ezequiel contempló la gloria de Dios y la restauración de Israel; Juan en el Apocalipsis recibió revelaciones sobre el futuro de la Iglesia y el fin del mundo; los discípulos presenciaron la Transfiguración de Jesús junto a Moisés y Elías; y San Pablo habló de haber sido arrebatado hasta el tercer cielo. Ninguno de estos casos describe un desplazamiento físico en el tiempo, sino revelaciones divinas con finalidad espiritual: fortalecer la fe, advertir, consolar y guiar.

Dos de los casos más impresionantes de visiones bíblicas que parecen viajes en el tiempo son los de Juan en el Apocalipsis y el de la Transfiguración de Jesús. En el primero, Juan recibe una revelación que lo transporta espiritualmente a contemplar el destino final de la humanidad y la consumación de la historia. En sus visiones, el tiempo lineal se disuelve y se le muestran escenas del futuro de la Iglesia, la batalla escatológica entre el bien y el mal, y la instauración definitiva del Reino de Dios. Lo notable es que Juan no viaja físicamente al futuro, sino que Dios le concede una visión sobrenatural en la que se despliega ante sus ojos el sentido último de la historia. Este caso es impresionante porque muestra cómo la revelación divina puede abarcar toda la línea temporal y ofrecer al creyente una certeza sobre lo que aún no ha ocurrido.

El segundo caso, la Transfiguración de Jesús, es igualmente extraordinario. Pedro, Santiago y Juan contemplan a Cristo resplandeciente en el monte, acompañado por Moisés y Elías, figuras del pasado que aparecen vivas y presentes en ese momento. La experiencia no es un viaje temporal en el sentido físico, sino una manifestación sobrenatural en la que los discípulos perciben simultáneamente la continuidad de la historia de la salvación: el pasado representado por Moisés y Elías, el presente encarnado en Jesús, y el futuro anticipado en su gloria. Este episodio es impresionante porque revela cómo Dios puede suspender las limitaciones del tiempo humano para mostrar la unidad de su plan eterno, fortaleciendo la fe de los discípulos y preparando su espíritu para los acontecimientos de la pasión y la resurrección.

Ambos casos ilustran con fuerza que lo que parece un viaje en el tiempo es, en realidad, una visión sobrenatural otorgada por Dios, con un propósito espiritual claro y trascendente.

En la tradición de otras religiones también encontramos relatos que evocan experiencias de trascendencia del tiempo. En el hinduismo, el tiempo se concibe como cíclico, y los sabios tienen visiones de épocas pasadas y futuras; en el budismo, los maestros iluminados perciben vidas pasadas y futuras, trascendiendo el samsara; en el islam, el viaje nocturno de Mahoma (Isra y Mi’raj) es una experiencia sobrenatural donde recibe revelaciones celestiales; en el judaísmo, los profetas como Isaías y Jeremías reciben visiones del futuro de Israel y del mundo. En todos estos casos, no se trata de viajes temporales físicos, sino de revelaciones espirituales que trascienden la percepción ordinaria del tiempo.

Dos de los casos más impresionantes de experiencias religiosas que evocan la trascendencia del tiempo se encuentran en el hinduismo y en el islam. En el hinduismo, los relatos del Mahabharata y del Bhagavad Gita muestran cómo los sabios y héroes pueden tener visiones que abarcan épocas pasadas y futuras. Un ejemplo notable es la revelación que recibe Arjuna en el Bhagavad Gita, cuando Krishna le muestra su forma cósmica: en esa visión, Arjuna contempla simultáneamente el pasado, el presente y el futuro, percibiendo la totalidad del tiempo como un solo instante. Este episodio es impresionante porque revela la concepción cíclica del tiempo en el hinduismo y la posibilidad de que un ser humano, mediante la gracia divina, trascienda la percepción lineal y limitada de la temporalidad.

En el islam, el relato del Isra y Mi’raj, el viaje nocturno del profeta Mahoma, constituye uno de los casos más extraordinarios. Según la tradición, Mahoma fue llevado desde La Meca hasta Jerusalén y luego ascendió a los cielos, donde se encontró con profetas anteriores y recibió mandatos divinos, como la obligación de la oración. En esta experiencia, el tiempo humano se suspendió y el profeta accedió a una dimensión sobrenatural donde pasado, presente y futuro se entrelazaban en la revelación. Lo impresionante de este caso es que no se interpreta como un viaje físico en el tiempo, sino como una experiencia espiritual en la que Dios permitió al profeta contemplar realidades celestiales y recibir instrucciones fundamentales para la comunidad musulmana.

Ambos ejemplos muestran cómo, en distintas tradiciones religiosas, lo que parece un viaje temporal es en realidad una visión espiritual que trasciende el tiempo humano, otorgada con un propósito divino y revelador.

En el budismo tibetano, estas experiencias se profundizan aún más. Los grandes lamas y practicantes avanzados de meditación describen estados de conciencia en los que el tiempo ordinario se disuelve. En prácticas como el dzogchen o el mahamudra, se afirma que el meditador puede experimentar la naturaleza última de la mente, un estado de claridad y vacuidad en el que pasado, presente y futuro se perciben como simultáneos.

En ese nivel de contemplación, el tiempo deja de ser una sucesión lineal y se revela como una construcción mental. Los relatos de yoguis tibetanos narran cómo, en profunda meditación, se accede a memorias de vidas pasadas y visiones de futuros posibles, entendidas no como viajes físicos, sino como una percepción directa de la continuidad de la conciencia más allá de una sola existencia.

Asimismo, en las tradiciones tántricas tibetanas se describe la posibilidad de entrar en estados de samadhi profundo, donde el practicante percibe realidades múltiples y atemporales. El bardo thödol (conocido en Occidente como el Libro tibetano de los muertos) enseña que tras la muerte la conciencia atraviesa estados donde el tiempo humano se disuelve, y el alma experimenta simultáneamente múltiples visiones de mundos y posibilidades.

De este modo, el budismo tibetano ofrece una visión radical de la trascendencia del tiempo: lo que parece un viaje temporal es en realidad una experiencia espiritual atemporal, en la que la mente iluminada contempla la totalidad de la existencia más allá de la percepción ordinaria. 

En conclusión, los llamados viajes en el tiempo en los seres humanos no son desplazamientos reales en la línea temporal. La física moderna demuestra que solo es posible avanzar hacia el futuro relativo mediante la dilatación temporal, pero nunca retroceder al pasado sin violar la causalidad. Por ello, toda experiencia que se presenta como un viaje temporal debe entenderse como un fenómeno interior: ya sea fruto de estados mentales alterados o de influencias preternaturales.

A la luz de la fe y la razón, lo que parece un salto en el tiempo es en realidad una visión sobrenatural otorgada por Dios, que trasciende las limitaciones humanas para comunicar su verdad eterna. Solo cuando estas experiencias transmiten un mensaje divino claro, coherente y conforme a la revelación, adquieren auténtica relevancia espiritual. Así, se afirma categóricamente que el hombre no puede viajar físicamente en el tiempo: lo único verdadero y trascendente es la acción de Dios, que suspende el tiempo humano para mostrar la plenitud de su plan eterno.

El análisis muestra que el viaje físico en el tiempo es imposible para el hombre, pues la física moderna solo admite la dilatación temporal hacia el futuro relativo y descarta cualquier retorno al pasado sin violar la causalidad. Esto conduce a una conclusión metafísica: el tiempo humano es irreversible y lineal, mientras que la eternidad divina se manifiesta como un presente absoluto en el que todo está simultáneamente presente. Las experiencias que parecen viajes temporales deben entenderse como fenómenos interiores, ya sea fruto de estados mentales alterados o de influencias preternaturales, y nunca como desplazamientos reales en la línea temporal.

Ontológicamente, se confirma la distinción de órdenes de existencia: Dios es eterno, los seres espirituales son eviternos y los humanos somos temporales. Cada orden se relaciona de manera distinta con el tiempo, lo que explica la diversidad de experiencias relatadas en la tradición religiosa y mística. Las visiones sobrenaturales, tanto en el cristianismo como en otras religiones, son participación limitada de la eternidad divina, donde el hombre recibe un destello del plan eterno de Dios. Así, lo que parece un viaje temporal es en realidad una revelación espiritual que trasciende el tiempo humano para comunicar una verdad superior.

En definitiva, la conclusión ontológica y metafísica es contundente: el tiempo físico no puede ser manipulado por el hombre, pero puede ser trascendido en la experiencia espiritual. Solo en la acción de Dios, que suspende o expande la percepción humana del tiempo, se encuentra el sentido auténtico de estas vivencias, cuyo valor reside en el mensaje divino que transmiten y no en la ilusión de un desplazamiento temporal.

Bibliografía

Alonso, Enrique, y Enrique Romerales. Los viajes en el tiempo: Un enfoque multidisciplinar. UAM Ediciones, 2009.

Blavatsky, Helena P. La doctrina secreta: La síntesis de la ciencia, la religión y la filosofía. Theosophical Publishing Company, 1888.

Cayce, Edgar. Edgar Cayce sobre los registros akáshicos: El libro de la vida. A.R.E. Press, 1997.

Dorofatti, Carlo. Viajando en el tiempo: Perspectiva psíquico-esotérica. Horus Centre, 2010.

Einstein, Albert. La relatividad: La teoría especial y general. Crown Publishers, 1961.

Evans-Wentz, W. Y., ed. El libro tibetano de los muertos: Experiencias post-mortem en el plano del bardo. Oxford University Press, 1927.

Flores Quelopana, Gustavo. Filosofía de lo sobrenatural. Iipcial, 2025.

Hildegarda de Bingen. Scivias. Traducido por Columba Hart y Jane Bishop, Paulist Press, 1990.

La Biblia. Versión Estándar Revisada. HarperCollins, 1989.

Kaku, Michio. La física de lo imposible. Debate, 2009.

Pío de Pietrelcina. Cartas y escritos. Edizioni San Paolo, 2002.

Steiner, Rudolf. Los registros akáshicos: Conferencias y escritos. Anthroposophic Press, 1947.

Torres Arevalo, José L., y Roberta Sparrow. La filosofía del viaje en el tiempo: Filosofía, ética y método. Independently Published, 2021.

ÚLTIMO ESPASMO ANTES DEL COLAPSO

 


ÚLTIMO ESPASMO ANTES DEL COLAPSO

La economía mundial atraviesa un proceso de transformación que se explica por el retorno de la materialidad de la producción, impulsado por el ascenso de China. Tras décadas de globalización neoliberal, donde la financiarización y los intangibles dominaron la acumulación de capital, el modelo chino devolvió centralidad a la manufactura, las materias primas y la infraestructura. La globalización neoliberal había convertido al planeta en un casino global, dominado por apuestas especulativas y flujos financieros volátiles, y además representó el hiperimperialismo de las corporaciones privadas con soberanía propia, donde la libertad primó sobre la justicia.

Ahora, en contraste, el nacionalismo imperialista de Trump busca recuperar el protagonismo del Estado, y en este nuevo escenario neocapitalista la fuerza prima sobre la diplomacia. China se consolidó como la mayor potencia industrial del planeta, articulando cadenas de suministro globales, consumiendo masivamente recursos energéticos y minerales, e impulsando proyectos como la Nueva Ruta de la Seda. Este giro hacia lo tangible reconfigura el orden mundial y marca un contraste radical con la etapa anterior.

En contraste, Estados Unidos busca reindustrializarse, pero enfrenta enormes limitaciones. La política proteccionista y los intentos de recuperar mercados de materias primas en América Latina chocan con el peso de la deuda pública, la inflación y la pérdida de competitividad industrial. La financiarización de su economía, que durante décadas desplazó la producción material, ahora se convierte en un obstáculo para reconstruir cadenas productivas. La reindustrialización requiere al menos una década de maduración, y mientras tanto los costos de inversión disparan la inflación y agravan el déficit fiscal. La caída relativa del dólar como moneda de reserva global erosiona aún más la capacidad de sostener este proyecto.

En primer lugar, la apuesta por reconstruir la base industrial choca con la propia estructura de la economía norteamericana, moldeada durante décadas por la financiarización. Las grandes corporaciones y fondos de inversión están habituados a obtener ganancias rápidas en los mercados bursátiles y de derivados, más que en la producción material. Aquí destaca el papel de BlackRock, el mayor gestor de activos del mundo, que simboliza esa lógica especulativa: administra billones de dólares y orienta el capital hacia instrumentos financieros de rentabilidad inmediata, en lugar de hacia proyectos industriales de largo plazo. Esto genera una resistencia sistémica: el capital especulativo no se traslada fácilmente hacia fábricas, cadenas de suministro y proyectos de infraestructura que requieren tiempo, estabilidad y planificación. La lógica del “casino global” que dominó la globalización neoliberal se convierte ahora en un obstáculo para el retorno a la fábrica, pues actores como BlackRock no están dispuestos a sacrificar beneficios inmediatos por inversiones de maduración lenta.

En segundo lugar, la reindustrialización se enfrenta a un entorno internacional desfavorable. China ya consolidó su posición como potencia manufacturera y controla buena parte de las cadenas de suministro globales, mientras que Europa avanza en la transición energética con políticas industriales propias. Estados Unidos no solo debe reconstruir su capacidad productiva interna, sino también competir en un mercado donde otros actores llevan ventaja en sectores estratégicos como semiconductores, energías renovables y minerales críticos. En este contexto, la influencia de BlackRock y otros gigantes financieros refuerza la contradicción: mientras el Estado intenta recuperar protagonismo mediante políticas industriales, el capital privado globalizado sigue apostando por la especulación y la movilidad financiera. Esto implica que, incluso si logra superar sus limitaciones internas de deuda e inflación, la reindustrialización norteamericana se desarrollará en un escenario de rivalidad global intensa y bajo la presión de un sistema financiero que conspira contra el retorno a la materialidad de la producción.

En el plano militar, la situación es igualmente contradictoria. Estados Unidos conserva el presupuesto de defensa más grande del mundo y una red de bases global, pero su arsenal muestra rezagos frente a rivales como China y Rusia. La ausencia de misiles hipersónicos y el alto costo de mantenimiento de sus armas hacen inviable pensar en guerras prolongadas. El complejo industrial militar (CIM) presiona por aventuras bélicas para mantener su rentabilidad, pero Trump ha intentado contenerlo, consciente de que necesita recursos para la reindustrialización interna. El resultado es una política exterior más transaccional: amenazas retóricas, apoyo selectivo a aliados, pero sin comprometerse en conflictos de gran escala.

En primer lugar, el rezago tecnológico frente a China y Rusia es un factor decisivo. Mientras Moscú y Pekín han desarrollado y probado misiles hipersónicos capaces de superar defensas antiaéreas tradicionales, Washington aún no cuenta con sistemas operativos de esa categoría. Esto significa que, en un escenario de guerra de alta intensidad, la capacidad de disuasión estadounidense se vería comprometida. La supremacía militar que durante décadas se sostuvo en la innovación tecnológica ya no es incuestionable, y el Pentágono se ve obligado a invertir enormes recursos en modernización para no quedar rezagado.

En segundo lugar, el costo de mantenimiento del arsenal existente es descomunal. Los portaaviones, bombarderos estratégicos y sistemas de defensa desplegados en múltiples bases alrededor del mundo requieren presupuestos multimillonarios para mantenerse operativos. El complejo industrial militar se beneficia de esta dependencia, pues asegura contratos permanentes, pero para el Estado significa un drenaje de recursos que podrían destinarse a la reindustrialización interna. Esta tensión entre sostener la maquinaria bélica y financiar la reconstrucción productiva es uno de los dilemas centrales de la política estadounidense actual.

En tercer lugar, la dimensión política y social limita la capacidad de embarcarse en guerras prolongadas. Tras las experiencias en Irak y Afganistán, la sociedad estadounidense muestra fatiga frente a intervenciones militares que consumen vidas y recursos sin resultados claros. Trump, consciente de esa resistencia, ha optado por una política exterior más transaccional, usando la amenaza militar como herramienta de negociación, pero evitando compromisos bélicos de gran escala. Sin embargo, el complejo industrial militar sigue presionando por conflictos que justifiquen su existencia, lo que genera un choque constante entre las prioridades del Estado y los intereses de la industria armamentista.

América Latina se convierte en terreno de disputa. Estados Unidos intensifica su agresividad para asegurar materias primas estratégicas, mientras China, pese a haber perdido espacios como el Canal de Panamá y parte del acceso al petróleo venezolano, no está dispuesta a retroceder. Pekín redobla esfuerzos en Brasil, Argentina y Bolivia, donde el litio y otros minerales críticos son esenciales para la transición energética. La región enfrenta así una década decisiva: puede resignarse a la sumisión o negociar con astucia, aprovechando la rivalidad entre potencias para obtener beneficios y fortalecer su autonomía.

En primer lugar, la presencia de China como socio económico ha sido decisiva para muchas economías latinoamericanas. Pekín se ha convertido en el principal comprador de materias primas como soja, cobre, petróleo y litio, lo que garantiza ingresos estables y diversificación de mercados frente a la dependencia histórica de Estados Unidos. Además, China ha financiado proyectos de infraestructura —puertos, carreteras, ferrocarriles— que han transformado la conectividad regional. Esta relación no es meramente comercial: implica un flujo de inversiones que fortalece la capacidad de negociación de los países latinoamericanos.

En segundo lugar, la región reconoce que perder a China significaría retroceder en términos de autonomía económica. Mientras Washington ofrece acceso condicionado y presiona políticamente, Pekín ha mostrado mayor disposición a negociar en términos de reciprocidad y a otorgar créditos blandos. Para países como Brasil y Argentina, China es ya un socio estratégico en la transición energética y en el desarrollo de sectores industriales vinculados a minerales críticos. Bolivia, por ejemplo, ha encontrado en China un aliado para explotar su litio con tecnología y financiamiento, lo que refuerza la idea de que la relación con Pekín es indispensable para sostener proyectos de desarrollo nacional.

En tercer lugar, la dimensión geopolítica refuerza esta postura. América Latina no está dispuesta a convertirse nuevamente en un “patio trasero” exclusivo de Estados Unidos, y la presencia de China ofrece un contrapeso que amplía márgenes de autonomía. La rivalidad entre Washington y Pekín abre oportunidades para negociar mejores condiciones, y muchos gobiernos latinoamericanos entienden que mantener a China como socio es clave para evitar la subordinación absoluta al imperialismo yanqui. En este sentido, la región se enfrenta a una década decisiva: no solo debe resistir la presión estadounidense, sino también consolidar su vínculo con China como garantía de equilibrio y supervivencia en el nuevo orden global.

La crisis estructural estadounidense atraviesa tanto a demócratas como a republicanos. Ninguno de los dos partidos puede escapar de las mismas limitaciones: deuda desbordada, inflación persistente, pérdida de hegemonía industrial y financiera, y declive del dólar. La agresividad actual del imperialismo yanqui es, en este sentido, la última resaca antes del colapso. Más que un signo de fortaleza, es el espasmo de un poder que se resiste a aceptar su declive, pero que ya no cuenta con las bases materiales para sostenerlo.

En primer lugar, la situación social interna se tensará mucho más debido a la combinación de inflación persistente y desigualdad estructural. La reindustrialización, incluso si avanza, no garantiza una distribución equitativa de beneficios: los nuevos empleos se concentran en sectores tecnológicos y especializados, dejando fuera a amplias capas de trabajadores que no cuentan con formación adecuada. Esto genera frustración social, pues mientras el discurso oficial promete prosperidad, la realidad cotidiana se traduce en salarios estancados y aumento del costo de vida.

En segundo lugar, la polarización política se intensifica. Demócratas y republicanos se acusan mutuamente de ser responsables del declive, pero ninguno logra ofrecer soluciones estructurales. El complejo industrial militar presiona por más gasto bélico, mientras sectores productivos reclaman inversión en infraestructura y educación. Esta tensión se refleja en un clima de confrontación social, con protestas, huelgas y un creciente desencanto hacia las instituciones. La crisis existencial del país no solo es económica y militar, sino también política, pues la democracia estadounidense se ve erosionada por la incapacidad de sus élites para responder a las demandas populares.

En tercer lugar, la erosión del tejido social se manifiesta en el aumento de la inseguridad, el debilitamiento de la clase media y la radicalización de discursos identitarios. La caída relativa del dólar y la pérdida de hegemonía internacional repercuten en la autoestima nacional, alimentando narrativas de decadencia que polarizan aún más a la sociedad. La tensión interna se convierte en un factor de inestabilidad que acelera la implosión: un país dividido, con instituciones cuestionadas y una población cada vez más consciente de que el “sueño americano” ya no es sostenible.

Todo indica que el desenlace será una implosión interna en el horizonte de una década. Ya sea bajo republicanos o demócratas, la crisis existencial de Estados Unidos se hará evidente: incapacidad de sostener guerras prolongadas, dificultad para financiar la reindustrialización, pérdida de hegemonía monetaria y tecnológica. El “último espasmo” del imperialismo es, en realidad, el preludio de un colapso estructural que reconfigurará el sistema internacional y abrirá paso a un nuevo orden donde China y otros actores regionales ocuparán el vacío.

En primer lugar, cuando un gigante cae, no se debe esperar que conserve una posición de potencia regional estable. La magnitud de la crisis estructural estadounidense —deuda desbordada, inflación persistente, pérdida de hegemonía industrial y monetaria— indica que el retroceso será más severo. La infraestructura productiva debilitada, el rezago tecnológico y la dependencia de un sistema financiero especulativo hacen que el país no pueda sostener siquiera un liderazgo regional sólido. La implosión interna no se traducirá en un “imperio reducido”, sino en un Estado que lucha por mantener niveles básicos de competitividad frente a economías emergentes.

En segundo lugar, el riesgo de retroceso hacia el subdesarrollo es real. La caída del dólar como moneda de reserva global limitará la capacidad de financiar déficits y sostener importaciones estratégicas. La pérdida de hegemonía tecnológica frente a China y otros actores reducirá la capacidad de innovación, mientras que la polarización social y política interna erosionará la cohesión nacional. En este escenario, Estados Unidos podría experimentar fenómenos típicos de países en vías de desarrollo: deterioro de infraestructura, aumento de desigualdades, crisis sociales recurrentes y dependencia de capital externo para sostener su economía.

En tercer lugar, el impacto global de esa caída será profundo. El sistema internacional no verá a Estados Unidos transformarse en una potencia regional como lo fue Gran Bretaña tras perder su imperio, sino en un país que retrocede estructuralmente. La diferencia radica en que el modelo estadounidense se basaba en la financiarización y el consumo interno masivo, ambos insostenibles sin hegemonía global. Al perder esa base, el país no tendrá un colchón que le permita mantener un rol intermedio. La implosión lo empujará hacia una condición de vulnerabilidad que lo acercará más al subdesarrollo que a una potencia regional consolidada.

Este ensayo muestra que la agresividad presente no es más que el último gesto de un imperio en declive. La década que viene será el tiempo de esa implosión, y América Latina deberá decidir si se somete o negocia con habilidad para subsistir en el nuevo escenario global.

En primer lugar, la crisis de Europa está íntimamente ligada a la de Estados Unidos. La Unión Europea ha seguido de manera acrítica la estrategia de Washington, especialmente en su política hacia Rusia. La rusofobia insensata ha llevado a sanciones que golpean directamente a las economías europeas, encareciendo la energía y debilitando la competitividad industrial. Al alinearse con la agenda estadounidense, Europa sacrifica su autonomía estratégica y se convierte en víctima colateral del declive imperial norteamericano.

En segundo lugar, la inmigración galopante añade un componente social explosivo. La llegada masiva de migrantes, sumada a la incapacidad de los Estados europeos para integrarlos en condiciones dignas, genera tensiones culturales y políticas que fragmentan las sociedades. El auge de partidos nacionalistas y xenófobos es una consecuencia directa de esta crisis, y refleja el debilitamiento del consenso democrático que había caracterizado a Europa en la segunda mitad del siglo XX. La fractura social se convierte en un factor de retroceso político y cultural.

En tercer lugar, el retroceso económico-cultural es evidente. Europa pierde competitividad frente a Asia en sectores clave como la tecnología, la energía renovable y la producción industrial. Al mismo tiempo, su modelo cultural, basado en el bienestar social y la cohesión comunitaria, se erosiona bajo la presión de crisis económicas, tensiones migratorias y divisiones internas. La caída de Estados Unidos arrastra a Europa porque ambos compartieron el mismo modelo neoliberal y la misma dependencia de la financiarización. En este sentido, el colapso no será solo norteamericano: será occidental, y marcará el fin de una era de hegemonía compartida.

El colapso de Estados Unidos y Europa no significa únicamente el fin de una hegemonía, sino el amanecer consolidado de un nuevo mundo en menos de una década. Este nuevo escenario se perfilará bajo un contexto soberanista, multipolar y nacionalista, donde los Estados recuperan protagonismo frente al poder desbordado de las corporaciones privadas y la financiarización. Sin embargo, este amanecer no estará exento de desafíos: las nuevas potencias y bloques regionales deberán batallar contra el veneno del nihilismo estructural heredado del Occidente colapsado, una herencia de vacío cultural, crisis de sentido y fragmentación social que amenaza con contaminar el horizonte emergente. El reto será construir un orden alternativo que no solo se base en la fuerza y la soberanía, sino también en la capacidad de superar ese legado corrosivo, para dar paso a un mundo verdaderamente plural, equilibrado y capaz de sostener un nuevo pacto civilizatorio.

Bibliografía 

Allison, Graham. Destined for War: Can America and China Escape Thucydides’s Trap? Houghton Mifflin Harcourt, 2018.

Aznar Fernández-Montesinos, Federico. El gran reto geopolítico del siglo XXI: La multipolaridad desequilibrada. Documento de Análisis, Instituto Español de Estudios Estratégicos, 22 Jan. 2025.

Badillo Martínez, Roberto. El Complejo Militar Industrial de los Estados Unidos: Los Responsables de las Crisis Financieras Contemporáneas y sus Orígenes. Miguel Ángel Porrúa, 2010.

Crespo MacLennan, Julio. Imperios: Auge y declive de Europa en el mundo, 1492–2012. 2ª ed., Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 2012.

Dugin, Aleksandr. Mundo multipolar. De la idea a la realidad. Ediciones Fides, 2024.

Dugin, Aleksandr. Teoría del Mundo Multipolar. Grupo Emancipador, 2025.

Flores Quelopana, Gustavo. Hiperimperialismo global en llamas. Lima: Iipcial, 2010.

Gómez, John Freddy, y Camila Andrea Galindo. “¿La decadencia del Imperialismo estadounidense ante un nuevo orden mundial?” Revista de Estudios Globales, vol. 3, no. 6, 2024, pp. 45–68.

Karim, Mohamed. The BlackRock Chronicles: Unlocking the Power and Influence of Global Investment Management. Global Insight Press, 2023.

Miller, John. BlackRock de Larry Fink: Cómo BlackRock nos ama, nos observa y nos destruye. Editorial Miller, 2023.

Ríos, Xulio. EEUU-China: ¿Retorno a la guerra fría o avance hacia la multipolaridad? Observatorio de la Política China, 2024.

Schulz, Juan Sebastián. “Crisis de hegemonía y nuevos escenarios geopolíticos: El ascenso de China en clave multipolar.” CONICET Papers, 2024.