LA ERA DE LA DESCLASIFICACIÓN
La humanidad ha convivido durante siglos con relatos de seres venidos de otros mundos. Desde los albores de la civilización, se han tejido narrativas que atribuyen a los extraterrestres papeles contradictorios: algunos los presentan como civilizadores que nos guiaron en el inicio de la historia, otros como creadores que dieron origen a la especie humana, otros como observadores neutrales que jamás intervinieron, y otros como entidades hostiles que amenazan nuestra existencia. Esta diversidad de versiones, lejos de constituir una prueba de su realidad, es más bien un indicador de su carácter mítico y especulativo. La falta de un criterio común revela que estamos ante un fenómeno cultural, un espejo de nuestras propias esperanzas y temores, más que ante una verdad científica.
Un aspecto que conviene destacar es que estas narrativas sobre seres venidos de otros mundos no se sostienen en pruebas empíricas, sino en la fuerza de los relatos y en la capacidad de las culturas para proyectar sus inquietudes en figuras externas. La contradicción entre versiones civilizadoras, creadoras, observadoras o hostiles no es un defecto accidental, sino la consecuencia natural de un mito que se adapta a las necesidades de cada época y de cada grupo social. En este sentido, los extraterrestres funcionan como un lienzo en blanco sobre el cual se pintan los deseos de progreso, los temores de destrucción o la nostalgia de un origen trascendente.
Además, la persistencia de estas narrativas favorables, aun sin beneficios concretos para la humanidad, revela la potencia del imaginario colectivo frente al vacío existencial. En sociedades que han renunciado a la trascendencia divina, los extraterrestres se convierten en sustitutos simbólicos que ofrecen consuelo y misterio. No importa que nunca hayan dejado huellas verificables: lo que importa es que llenan un espacio psicológico y cultural, reintroduciendo la posibilidad de lo absoluto en un mundo que se declara escéptico. Así, la figura del extraterrestre no es tanto una evidencia científica como una necesidad humana de creer en algo más allá de lo inmediato.
La paradoja se acentúa cuando se observa que, pese a las narrativas favorables, nunca se ha podido señalar un aporte positivo concreto de estos supuestos seres a la humanidad. No hay evidencia de avances tecnológicos, descubrimientos o beneficios tangibles que provengan de ellos. Sin embargo, las historias continúan y se repiten, alimentadas por la necesidad humana de sentido y trascendencia. En este punto, los extraterrestres cumplen una función simbólica: ofrecen consuelo existencial, reencantan el cosmos y sustituyen los relatos religiosos tradicionales en sociedades que han renunciado a la fe en lo divino.
La paradoja de las narrativas favorables sobre los extraterrestres, pese a la ausencia de beneficios concretos, puede entenderse también como un fenómeno de persistencia cultural. En este sentido, lo que se mantiene no es la credibilidad científica de los relatos, sino su capacidad de insertarse en la memoria colectiva y en la imaginación popular. La repetición constante de estas historias en medios, literatura y cine refuerza su vigencia, creando un círculo en el que la falta de pruebas no debilita el mito, sino que lo alimenta con un aura de misterio. La fascinación por lo desconocido se convierte en un motor que perpetúa la creencia, incluso cuando la evidencia es inexistente.
Por otra parte, la continuidad de estas narrativas revela cómo la humanidad utiliza símbolos para enfrentar la incertidumbre. Los extraterrestres, en este caso, funcionan como un recurso para proyectar tanto la esperanza de un contacto trascendente como el temor a una amenaza superior. Esa dualidad les otorga fuerza, pues permiten a las sociedades articular discursos sobre el futuro, el destino y la vulnerabilidad humana. Así, más allá de la veracidad de los relatos, su permanencia muestra la necesidad de construir horizontes imaginarios que den sentido a la experiencia humana en un universo que, sin ellos, parecería demasiado vacío y desprovisto de propósito.
La modernidad tardía, profundamente atea, inmanentista y escéptica de las religiones tradicionales, ha agudizado esta función simbólica. Al abandonar la trascendencia divina, se abrió un vacío espiritual que fue llenado por nuevas mitologías. Los extraterrestres se convirtieron en “dioses seculares”, inteligencias cósmicas que prometen guía, salvación o juicio, pero en un lenguaje adaptado a la ciencia ficción y al imaginario tecnológico. Así, en un mundo desmitificado, los relatos de contacto con seres de otros planetas reintroducen el misterio y la esperanza, ofreciendo una forma de trascendencia sin necesidad de fe religiosa.
La modernidad tardía no solo ha generado un vacío espiritual, sino que también ha transformado la manera en que las sociedades construyen sus mitologías. En lugar de relatos sagrados transmitidos por tradición religiosa, ahora predominan narrativas que se apoyan en el lenguaje de la ciencia, la tecnología y la ficción especulativa. Los extraterrestres, en este marco, se convierten en símbolos que encarnan tanto la posibilidad de un conocimiento superior como la esperanza de que exista un orden más allá del caos humano. Su atractivo radica en que ofrecen una trascendencia que parece compatible con el racionalismo moderno, pues se presenta bajo la apariencia de lo científico, aunque carezca de pruebas verificables.
Al mismo tiempo, estas narrativas cumplen una función cultural de cohesión y proyección. En un mundo globalizado y secularizado, los relatos de contacto con inteligencias cósmicas permiten imaginar un destino común para la humanidad, un horizonte compartido que trasciende las divisiones políticas, religiosas o nacionales. La figura del extraterrestre, como “dios secular”, no solo reintroduce el misterio en un universo desmitificado, sino que también actúa como catalizador de debates sobre el futuro, la unidad de la especie y la posibilidad de que existan fuerzas superiores que nos observen o nos juzguen. De este modo, la era de la desclasificación no se limita a liberar documentos, sino que abre un espacio simbólico donde la humanidad proyecta sus anhelos y sus temores en el vasto escenario del cosmos.
En este contexto, los rumores sobre anuncios espectaculares, como el que se atribuye a Donald Trump acerca de la existencia de extraterrestres, se insertan en una dinámica de propaganda y distracción. No hay evidencia oficial de que tales revelaciones vayan a producirse; más bien, se trata de ciclos mediáticos alimentados por especulación y marketing cultural. Sin embargo, el impacto de estos rumores es real: capturan la atención pública y desvían el foco de las crisis políticas, económicas y sociales que atraviesa Estados Unidos. La narrativa extraterrestre, en este sentido, funciona como un operativo psicosocial, una cortina de humo que aprovecha el atractivo de lo desconocido para distraer de lo inmediato.
La propagación de rumores sobre anuncios espectaculares vinculados a la existencia de extraterrestres, como el que se atribuye a Donald Trump, se inscribe en un terreno donde la manipulación mediática y la estrategia política convergen. Aunque carecen de sustento oficial, estos relatos logran captar la atención de la opinión pública y desplazar el foco de las crisis internas. La narrativa extraterrestre, en este sentido, no es inocente: se convierte en un recurso de ingeniería social que aprovecha el atractivo de lo desconocido para generar impacto emocional y distraer de los problemas concretos que aquejan a la sociedad estadounidense. La fascinación por lo misterioso actúa como un catalizador que amplifica el efecto de estos rumores, otorgándoles un poder simbólico que excede su veracidad.
Es importante señalar que las agencias de inteligencia, tanto en Estados Unidos como en otros países, han demostrado ser expertas en la creación de operativos psicosociales. A lo largo de la historia, han utilizado narrativas de alto impacto —incluyendo fenómenos aéreos no identificados— como herramientas para moldear percepciones, controlar la agenda pública y desviar la atención de asuntos delicados. Estos dispositivos no buscan necesariamente convencer de la existencia real de extraterrestres, sino manipular el imaginario colectivo para lograr objetivos políticos o estratégicos. En este marco, la era de la desclasificación se convierte en un escenario donde la información parcial, los rumores y las filtraciones calculadas se entrelazan con la necesidad humana de misterio, produciendo un terreno fértil para la confusión y la distracción.
El caso del llamado “ET de Varginha”, ocurrido en Brasil en 1996, ha sido objeto de múltiples reinterpretaciones y recientemente volvió a cobrar notoriedad en Estados Unidos, donde se organizó un evento que reunió testimonios y supuestos archivos relacionados con el incidente. En esa ocasión, se presentaron relatos de testigos y versiones de militares que afirmaban haber participado en operaciones vinculadas al fenómeno, sin que se aportaran pruebas concluyentes. La dinámica del encuentro se basó en la fuerza narrativa de los testimonios y en la exhibición de documentos cuya autenticidad y valor probatorio siguen siendo discutidos, lo que refleja cómo este tipo de episodios se sostienen más en la construcción cultural y mediática que en la evidencia científica. El hecho de que se organice un evento internacional en torno a un caso tan controvertido muestra cómo la era de la desclasificación se nutre de relatos fragmentarios y de la fascinación por lo desconocido, reforzando la idea de que las agencias y actores políticos pueden instrumentalizar estas historias como parte de operativos psicosociales para mantener vivo el misterio y desviar la atención de cuestiones más tangibles.
La era de la desclasificación, como se ha llamado a este tiempo en que gobiernos liberan documentos sobre ovnis y fenómenos aéreos no identificados, no es tanto una revelación de verdades ocultas como una estrategia de gestión simbólica. Se entregan fragmentos de información que alimentan la imaginación colectiva, pero nunca pruebas concluyentes. El resultado es un espacio intermedio donde la ciencia no confirma, pero la cultura se expande. Allí, los extraterrestres se convierten en mitos modernos, en sustitutos de lo divino, en espejos de nuestras ansiedades y en herramientas de manipulación política.
Tras el renovado interés del Pentágono y la NASA en los fenómenos aéreos no identificados, los ufólatras han encontrado una oportunidad para actualizar sus narrativas y darles un aire de legitimidad. El hecho de que instituciones oficiales publiquen informes o reconozcan la existencia de incidentes, aunque sin pruebas concluyentes de vida extraterrestre, ha sido interpretado por los creyentes como una validación indirecta de sus postulados. En lugar de debilitar las teorías, la falta de explicaciones definitivas alimenta la imaginación y permite que los relatos se adapten a un nuevo contexto, en el que la ciencia se convierte en un aliado parcial que mantiene abierto el misterio. Así, los ufólatras han incorporado el lenguaje técnico de los informes oficiales, hablando de “UAPs” en lugar de “OVNIs”, y presentando sus creencias como hipótesis científicas en espera de confirmación.
Al mismo tiempo, la intervención del Pentágono y la NASA ha generado un fenómeno de retroalimentación cultural. Los ufólatras actualizan sus discursos con cada informe, reinterpretando los hallazgos como pruebas de encubrimiento o como señales de una revelación inminente. La paradoja es que, aunque los documentos oficiales suelen ofrecer explicaciones terrenales —globos, aves, drones o fenómenos atmosféricos—, la comunidad creyente los utiliza para reforzar la idea de que existe un secreto mayor que aún no se ha revelado. De este modo, la era de la desclasificación no ha debilitado el mito, sino que lo ha revitalizado, otorgándole un nuevo marco institucional que lo hace más atractivo y difícil de desmontar.
En los últimos años, varios personajes han declarado públicamente que el gobierno de Estados Unidos tendría en su poder naves extraterrestres y restos biológicos no humanos recuperados en supuestos accidentes. Entre ellos destaca David Grusch, exoficial de inteligencia de la Fuerza Aérea, quien bajo juramento en el Congreso afirmó que existía un programa secreto dedicado a aplicar ingeniería inversa sobre tecnología alienígena y que se habían encontrado “elementos biológicos no humanos” en los lugares de impacto. A estas declaraciones se sumaron otros exmilitares que aseguraron haber visto pruebas de estas operaciones y que el gobierno mantiene ocultos tanto los restos como la información relacionada.
Lo significativo es que, pese a la contundencia con la que se presentan estos testimonios, nunca se han mostrado pruebas verificables que respalden tales afirmaciones. La ausencia de evidencia material convierte estos relatos en un terreno fértil para la especulación y la construcción de narrativas que alimentan el imaginario colectivo. En el marco de la llamada era de la desclasificación, estas declaraciones se utilizan como combustible para reforzar la idea de que existe un secreto mayor, manteniendo viva la fascinación por lo desconocido y ofreciendo a los ufólatras un nuevo argumento para sostener sus creencias en medio de la falta de confirmación científica.
El involucramiento de ex agentes de contrainteligencia en la hipótesis extraterrestre añade una capa de complejidad que no puede pasarse por alto. Estos individuos, formados precisamente en el arte de la desinformación y en la creación de narrativas falsas para confundir a adversarios, han participado en la difusión de testimonios y versiones sobre supuestas naves y cuerpos alienígenas recuperados. El hecho de que figuras con experiencia en operaciones encubiertas se conviertan en portavoces de estas historias plantea la posibilidad de que estemos ante construcciones deliberadas, diseñadas para moldear percepciones públicas y generar un clima de misterio. La contrainteligencia, por definición, se especializa en hacer creer en versiones que no necesariamente corresponden a la realidad, y su intervención en el terreno de los ovnis y extraterrestres refuerza la hipótesis de que gran parte de estas narrativas funcionan como operativos psicosociales, más orientados a manipular la opinión que a revelar verdades ocultas.
Un ejemplo claro de este involucramiento es el de David Grusch, exoficial de inteligencia estadounidense que trabajó en programas relacionados con fenómenos aéreos no identificados. Grusch declaró bajo juramento que el gobierno posee naves y restos biológicos no humanos, afirmaciones que tuvieron gran repercusión mediática pero que nunca fueron acompañadas de pruebas verificables. Su perfil como exagente vinculado a labores de contrainteligencia resulta significativo, porque justamente el arte de la contrainteligencia consiste en construir narrativas plausibles que pueden ser falsas, con el fin de confundir, manipular percepciones o desviar la atención de asuntos estratégicos. Que figuras con esa formación se conviertan en portavoces de la hipótesis extraterrestre refuerza la sospecha de que gran parte de estas declaraciones podrían ser parte de operativos psicosociales, más orientados a mantener vivo el misterio y moldear la opinión pública que a revelar verdades ocultas.
Así, la era de la desclasificación no es la era de la verdad, sino la era del relato. Una época en la que la humanidad, privada de trascendencia religiosa, busca en el cosmos un reflejo de sí misma. Los extraterrestres, reales o ficticios, no han dejado nada positivo ni verificable, pero han dejado un legado simbólico: el de recordarnos que seguimos necesitando creer en algo más grande que nosotros, aunque ese algo sea un mito vestido de ciencia. En última instancia, la desclasificación no revela a los otros, sino a nosotros mismos: nuestra necesidad de consuelo, nuestra vulnerabilidad ante la crisis y nuestra inagotable capacidad de crear narrativas que llenen el vacío de lo absoluto.
La era de la desclasificación exhibe con crudeza cómo la política y la cultura contemporánea han aprendido a manipular el hambre de misterio de las masas. No se trata de abrir archivos para esclarecer la verdad, sino de dosificar fragmentos ambiguos que mantienen viva la expectativa. El resultado es un espectáculo calculado: informes oficiales que no prueban nada, testimonios que no se verifican y rumores que se amplifican en los medios. Todo ello configura un teatro de sombras donde lo importante no es la evidencia, sino la sugestión, y donde el ciudadano se convierte en espectador de un relato diseñado para distraerlo de los problemas reales que lo afectan.
Más mordaz aún es constatar que la desclasificación no revela extraterrestres, sino la sofisticación de los mecanismos de poder para fabricar narrativas. Los gobiernos y las agencias de inteligencia han comprendido que el mito del contacto alienígena es un recurso invaluable: permite encubrir, desviar y controlar la atención pública con un mínimo de inversión y un máximo de impacto. En este sentido, los extraterrestres no son visitantes del cosmos, sino instrumentos de manipulación terrestre, un mito vestido de ciencia que desnuda la vulnerabilidad de sociedades dispuestas a creer en cualquier relato que les ofrezca consuelo frente a la incertidumbre.
La era de la desclasificación exhibe con crudeza cómo la política y la cultura contemporánea han aprendido a manipular el hambre de misterio de las masas. No se trata de abrir archivos para esclarecer la verdad, sino de dosificar fragmentos ambiguos que mantienen viva la expectativa. El resultado es un espectáculo calculado: informes oficiales que no prueban nada, testimonios que no se verifican y rumores que se amplifican en los medios. Todo ello configura un teatro de sombras donde lo importante no es la evidencia, sino la sugestión, y donde el ciudadano se convierte en espectador de un relato diseñado para distraerlo de los problemas reales que lo afectan.
Más mordaz aún es constatar que la desclasificación no revela extraterrestres, sino la sofisticación de los mecanismos de poder para fabricar narrativas. Los gobiernos y las agencias de inteligencia han comprendido que el mito del contacto alienígena es un recurso invaluable: permite encubrir, desviar y controlar la atención pública con un mínimo de inversión y un máximo de impacto. En este sentido, los extraterrestres no son visitantes del cosmos, sino instrumentos de manipulación terrestre, un mito vestido de ciencia que desnuda la vulnerabilidad de sociedades dispuestas a creer en cualquier relato que les ofrezca consuelo frente a la incertidumbre.
Bibliografía
Ballester Olmos, Vicente-Juan. Estado actual de la desclasificación de información OVNI en el mundo. Fundación Anomalía, 2021.
Ballester Olmos, Vicente-Juan. ¡Desclasificación! Archivos OVNI militares al descubierto: el caso español. Archive.org, 1997.
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EcoActivo. Desclasificación extraterrestre EEUU: cronología y contexto. EcoActivo Editorial, 2020.
Ministerio de Defensa de España. Expedientes OVNI: Biblioteca Virtual de Defensa. Biblioteca Central del Ejército del Aire, Madrid, 1992.
Office of the Director of National Intelligence. Audiencias sobre UAP y transparencia legislativa. U.S. House of Representatives, transcripción oficial, 26 de julio de 2023.