La obra Ciencia y Filosofía de Nemesio Espinoza se inscribe en un debate clásico: la relación entre el conocimiento científico y la reflexión filosófica. Su tesis central sostiene que ambas disciplinas no deben entenderse como opuestas, sino como complementarias. La ciencia, con su rigor metodológico y capacidad de verificación, nos ofrece herramientas para conocer y transformar el mundo. La filosofía, en cambio, se ocupa de los fundamentos, los límites y el sentido de ese conocimiento, aportando una dimensión crítica y ética que la ciencia, por sí sola, no puede garantizar. Espinoza rechaza las posturas cientificistas que reducen la filosofía a un mero apéndice de la ciencia, pues considera que esa visión empobrece la capacidad humana de comprender la realidad en toda su complejidad.
La propuesta de Espinoza también pone de relieve la necesidad de un diálogo constante entre las dos formas de conocimiento. La ciencia, al centrarse en lo empírico y lo verificable, corre el riesgo de convertirse en un saber instrumental que se limita a producir resultados sin cuestionar sus implicancias más profundas. La filosofía, en cambio, introduce la pregunta por el sentido y la finalidad de esos resultados, evitando que el conocimiento se reduzca a mera acumulación de datos. En este sentido, Espinoza defiende que la filosofía no es un lujo intelectual, sino una condición necesaria para que la ciencia se mantenga abierta, crítica y consciente de sus propios límites.
Por otro lado, el autor reconoce que la unión entre ciencia y filosofía no está exenta de tensiones. La autonomía de la ciencia y la diversidad de corrientes filosóficas hacen que la relación entre ambas disciplinas sea compleja y, a veces, conflictiva. Sin embargo, Espinoza sostiene que precisamente en esa tensión se encuentra su riqueza: la filosofía cuestiona los supuestos de la ciencia y la obliga a revisar sus fundamentos, mientras que la ciencia aporta evidencia y rigor que enriquecen la reflexión filosófica. De este modo, ambas se convierten en aliadas en la tarea de comprender la realidad y orientar la acción humana hacia fines más justos y responsables.
Sin embargo, su propuesta no está exenta de objeciones. Desde la perspectiva cientificista, se podría argumentar que la ciencia ya posee mecanismos suficientes para validar sus resultados —como la experimentación, la revisión por pares y la reproducibilidad—, por lo que la filosofía sería innecesaria. Desde el lado filosófico, en cambio, se le critica que su planteamiento corre el riesgo de invertir la subordinación: si antes la filosofía era reducida a ciencia, ahora la ciencia podría quedar dependiente de la filosofía, perdiendo autonomía. Además, Espinoza habla de “la filosofía” en términos generales, sin reconocer la pluralidad de corrientes que ofrecen visiones muy distintas sobre la ciencia, lo que puede dar lugar a una propuesta demasiado idealista y poco concreta.
Otra crítica que puede formularse es que la visión de Espinoza tiende a idealizar el papel de la filosofía en la práctica científica. Si bien es cierto que la filosofía puede ofrecer marcos éticos y reflexivos, en la realidad cotidiana de los laboratorios y centros de investigación, las decisiones suelen estar guiadas por criterios técnicos, económicos o políticos más que por reflexiones filosóficas. Esto plantea la duda de si la propuesta de complementariedad entre ciencia y filosofía puede trasladarse efectivamente al terreno práctico, o si se queda en un plano más teórico y aspiracional.
Asimismo, algunos filósofos señalan que la insistencia en la necesidad de la filosofía para orientar la ciencia puede invisibilizar otras formas de saber y de reflexión que también cumplen un papel crítico. La literatura, el arte, la religión o incluso las tradiciones culturales ofrecen perspectivas sobre el sentido y los límites del conocimiento que no necesariamente pasan por la filosofía académica. En ese sentido, la propuesta de Espinoza podría ser vista como demasiado restrictiva, al privilegiar únicamente la filosofía como interlocutora de la ciencia.
Finalmente, se cuestiona que la obra presente la unión entre ciencia y filosofía como una solución casi universal para los problemas sociales y éticos contemporáneos. Si bien el diálogo entre ambas disciplinas es valioso, los desafíos actuales —como la crisis climática, las desigualdades económicas o los dilemas de la inteligencia artificial— requieren también políticas públicas, acuerdos internacionales y transformaciones estructurales. La filosofía y la ciencia pueden contribuir a iluminar estos problemas, pero no bastan por sí solas para resolverlos. Esta objeción subraya la necesidad de integrar otros actores y dimensiones en la búsqueda de soluciones.
A pesar de estas objeciones, el valor de la obra radica en su insistencia en el pensamiento crítico y en la necesidad de orientar el conocimiento hacia fines humanos. En un mundo marcado por el avance tecnológico y los dilemas éticos que este conlleva —desde la inteligencia artificial hasta la bioética—, la reflexión filosófica resulta indispensable para evitar que la ciencia se convierta en mera técnica sin dirección moral. Espinoza nos recuerda que comprender el mundo no basta: es necesario también preguntarse qué significa ese conocimiento y cómo debe ser utilizado. En ese sentido, su propuesta, aunque discutible en algunos aspectos, abre un espacio fecundo para el diálogo entre dos formas de saber que, lejos de excluirse, se enriquecen mutuamente.
Un aspecto que merece atención es el sesgo racionalista de la obra. Espinoza privilegia la ciencia y la filosofía como las únicas vías legítimas de acceso al conocimiento, dejando de lado otras formas de comprensión de la realidad como la teología, la religión o las artes. Esta omisión puede ser vista como una limitación, pues estas disciplinas también han ofrecido respuestas profundas a las preguntas sobre el sentido de la existencia y han influido en la manera en que las sociedades orientan sus valores. Al no considerar estos ámbitos, su propuesta corre el riesgo de reducir la riqueza cultural y espiritual de la humanidad a un diálogo exclusivamente racional.
Por otra parte, la insistencia en el pensamiento crítico y en la complementariedad entre ciencia y filosofía constituye una invitación a repensar la educación contemporánea. Espinoza sugiere que formar ciudadanos capaces de cuestionar y reflexionar es tan importante como transmitir conocimientos técnicos. En este sentido, su obra puede interpretarse como un llamado a integrar la filosofía en los programas educativos, no como un adorno intelectual, sino como un componente esencial para que la ciencia se desarrolle de manera responsable y consciente de sus implicancias sociales.
En suma, la propuesta de Espinoza abre la posibilidad de un diálogo interdisciplinario más amplio. Aunque se centra en la relación entre ciencia y filosofía, su planteamiento puede extenderse hacia otras áreas del saber, como la ética aplicada, la política o la economía. En un mundo globalizado y lleno de desafíos, la capacidad de articular distintos lenguajes y perspectivas se convierte en una herramienta indispensable. Así, aunque su obra pueda ser criticada por ciertos sesgos y limitaciones, ofrece un marco fértil para pensar en cómo el conocimiento puede orientarse hacia fines humanos más justos y sostenibles.
Bibliografía
Espinoza Herrera, Nemesio. Ciencia y Filosofía: Aproximaciones a la comprensión de la ciencia y de la filosofía. Editorial Independiente, 2025
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