Y LA FUERZA MORAL SE IMPONDRÁ
El imperialismo norteamericano bajo Trump ha iniciado un ciclo de agresiones que recuerda los pasos previos de Hitler antes de la Segunda Guerra Mundial. Primero se ensaya contra países debilitados, como Venezuela y Cuba, incapaces de ofrecer resistencia seria. Luego se avanza hacia un rival regional más fuerte: Irán, convertido en el equivalente moderno de Polonia. El despliegue de dos portaaviones y una fuerza aérea abrumadora contra Irán no es más que un ensayo reducido de lo que se prepara para China, la potencia que desafía la hegemonía estadounidense.
Para Trump, China ocupa el lugar que en 1939 representaban Gran Bretaña y Francia para Hitler: las potencias que realmente podían desafiar su proyecto de dominación mundial. Así como Hitler estaba convencido de que Inglaterra y Francia carecían de voluntad para enfrentarlo, Trump confía en que China, aislada y sin el apoyo decisivo de una Rusia desgastada en Ucrania, no podrá resistir la presión militar y económica de Estados Unidos. La percepción es que, una vez neutralizados los rivales menores y probada la maquinaria bélica en escenarios regionales, el verdadero choque será contra la potencia global que amenaza la supremacía imperial.
China, como Inglaterra y Francia en el pasado, representa el obstáculo estructural al avance de la hegemonía yanqui. Es el rival que no puede ser ignorado ni reducido a un conflicto periférico, sino que debe ser enfrentado directamente. Para Trump, derrotar a China significaría consolidar la supremacía norteamericana en el siglo XXI, del mismo modo que Hitler veía en la derrota de Inglaterra y Francia la llave para asegurar su dominio en Europa. Sin embargo, la historia enseña que subestimar la capacidad de resistencia de estas potencias es un error fatal, y que la confianza excesiva en la superioridad material suele convertirse en el inicio de la derrota.
China lo sabe y acelera su programa nuclear y la construcción de portaaviones, consciente de que Rusia, desgastada en Ucrania, no podrá brindarle un apoyo decisivo. El imperialismo norteamericano bajo Trump confía en que China quedará aislada, como Hitler creyó que Inglaterra y Francia no se atreverían a resistir. Pero la historia enseña que la confianza excesiva en la superioridad material suele ser el inicio de la derrota.
Más tarde, el choque inevitable será contra Rusia. El cálculo norteamericano es que, debilitada por la guerra en Ucrania, podrá ser abatida con una fuerza gigantesca. Sin embargo, Rusia no sabe rendirse. La moral del soldado y del pueblo ruso, forjada en siglos de invasiones y sacrificios, ha demostrado ser capaz de derrotar a enemigos superiores. Napoleón y Hitler lo comprobaron, y el imperialismo norteamericano bajo Trump lo comprobará también.
La apuesta de Trump es que la superioridad tecnológica y logística de Estados Unidos podrá imponerse sobre un adversario desgastado. Se confía en que la acumulación de portaaviones, bombarderos estratégicos y fuerzas terrestres masivas bastará para quebrar la resistencia rusa. Pero este cálculo ignora un factor que no se mide en arsenales: la voluntad de lucha. Rusia ha demostrado históricamente que puede absorber golpes devastadores y reorganizarse para contraatacar, incluso cuando todo parece perdido.
La moral del pueblo ruso no es un recurso abstracto, sino una fuerza concreta que se traduce en disciplina, sacrificio y capacidad de soportar privaciones extremas. Esa energía colectiva ha sido el arma decisiva en momentos críticos de la historia, desde la resistencia contra Napoleón hasta la defensa de Stalingrado. Frente a un enemigo que confía en su poder material, Rusia responde con una convicción que convierte cada batalla en una lucha por la supervivencia nacional.
El imperialismo norteamericano bajo Trump puede desplegar fuerzas gigantescas, pero no tiene asegurada la victoria. La historia enseña que quienes subestiman la dimensión moral y espiritual de Rusia terminan derrotados. Así como Stalingrado marcó el inicio del fin para Hitler, un “Stalingrado moderno” podría convertirse en el punto de inflexión que detenga la ofensiva norteamericana, demostrando una vez más que la fuerza moral se impone sobre las armas superiores.
La maquinaria bélica puede ser colosal, pero la fuerza espiritual y moral es indestructible. En el momento decisivo, cuando las armas superiores pretendan doblegar a pueblos enteros, será esa energía interior la que incline la balanza de la historia.
La superioridad tecnológica y logística puede impresionar en cifras y estadísticas, pero carece de la profundidad que otorga la convicción de un pueblo dispuesto a resistir. Los ejércitos más poderosos han fracasado cuando se enfrentaron a sociedades que luchaban no solo por defender un territorio, sino por preservar su identidad, su cultura y su derecho a existir. Esa fuerza espiritual convierte cada batalla en un acto de supervivencia, y cada sacrificio en una victoria moral que erosiona la confianza del invasor.
La historia demuestra que la moral colectiva es capaz de transformar derrotas iniciales en victorias decisivas. Cuando un pueblo se une en torno a la certeza de que su causa es justa, la maquinaria bélica del enemigo pierde eficacia. La disciplina, el sacrificio y la voluntad de lucha se convierten en armas invisibles que, sumadas, superan la potencia de portaaviones, bombarderos y tanques. Así, la fuerza espiritual y moral se erige como el verdadero motor de la historia, imponiéndose sobre las armas superiores y marcando el rumbo de los acontecimientos.
La experiencia de Vietnam es un ejemplo claro de cómo la fuerza moral puede imponerse sobre un poder militar superior. Estados Unidos desplegó una maquinaria bélica inmensa, con bombardeos masivos, helicópteros y tecnología avanzada, pero se encontró frente a un pueblo decidido a resistir. La convicción vietnamita de defender su tierra y su independencia transformó cada combate en una lucha existencial, y finalmente la voluntad de resistencia logró derrotar a un adversario materialmente más poderoso.
Algo similar ocurrió en Afganistán, tanto contra la Unión Soviética como contra Estados Unidos. En ambos casos, ejércitos con recursos infinitamente superiores se enfrentaron a una población que luchaba con determinación, utilizando su conocimiento del terreno y su moral indestructible como armas decisivas. La derrota de las potencias extranjeras en Afganistán demuestra que la fuerza espiritual y moral puede quebrar incluso a los imperios más poderosos, reafirmando que la historia no se decide únicamente en los arsenales, sino en la voluntad de los pueblos.
La victoria no se medirá en portaaviones ni en bombarderos, sino en la capacidad de resistir, de luchar y de no rendirse. Y así, como tantas veces antes, la fuerza moral volverá a imponerse en la historia, derrotando a armas superiores.
El paralelismo con Hitler y la Segunda Guerra Mundial es evidente: el dictador alemán confiaba en que Inglaterra y Francia no tendrían la voluntad de enfrentarlo, convencido de que su maquinaria bélica bastaría para doblegarlos. Sin embargo, la resistencia inesperada de esas potencias, sumada a la moral indestructible de los pueblos que se levantaron contra la ocupación, terminó quebrando la confianza excesiva en la superioridad material. Del mismo modo, el imperialismo norteamericano bajo Trump cree que puede imponer su hegemonía con despliegues militares colosales, pero ignora que la historia demuestra cómo la fuerza espiritual y moral puede revertir las ofensivas más poderosas.
El segundo ataque de Trump contra Irán, con dos portaaviones y una fuerza aérea abrumadora, no es un fin en sí mismo, sino el preludio de un enfrentamiento mayor. Se trata de un ensayo general, un laboratorio militar para probar la coordinación aeronaval y logística que más adelante se desplegará contra China. Así como la invasión de Polonia fue el prolegómeno de la ofensiva contra Francia e Inglaterra, este ataque a Irán anticipa el choque venidero contra la potencia que desafía la supremacía estadounidense. China es el verdadero objetivo, y cada movimiento previo prepara el terreno para esa confrontación decisiva.
El primer ataque de Trump contra Irán marcó el inicio de esta escalada. En apenas doce días, Irán respondió con una lluvia de misiles que puso en jaque a Israel, devastando infraestructuras críticas y demostrando la capacidad de Teherán para golpear con rapidez y contundencia. Aquella ofensiva inicial no fue un episodio aislado, sino el preludio de un ciclo de enfrentamientos que reveló tanto la vulnerabilidad de los aliados regionales como la determinación estadounidense de mantener la iniciativa militar.
El segundo ataque de Trump contra Irán, con dos portaaviones y una fuerza aérea abrumadora, no es un fin en sí mismo, sino el preludio de un enfrentamiento mayor. Se trata de un ensayo general, un laboratorio militar para probar la coordinación aeronaval y logística que más adelante se desplegará contra China. Así como la invasión de Polonia fue el prolegómeno de la ofensiva contra Francia e Inglaterra, este ataque a Irán anticipa el choque venidero contra la potencia que desafía la supremacía estadounidense. Lo repito, China es el verdadero objetivo, y cada movimiento sólo es preparación el para ese ataque demoledor.
Tal estrategia parece demencial a la luz del arsenal nuclear chino, capaz de disuadir cualquier intento de agresión directa. Pero no menos demencial resulta el propósito de Inglaterra y Francia de entregar armas nucleares sucias al régimen de Kiev, un gesto que multiplica los riesgos de una catástrofe global. El hecho es que las élites occidentales están atrapadas en una cultura de la muerte, incapaces de medir las consecuencias de sus actos, y cada paso que dan acerca al mundo a un abismo del que quizá no haya retorno. El mundo occidental en plena decadencia espiritual y moral se asemeja cada vez más a un psicópata geopolítico.
La conclusión filosófica que emerge de este análisis es contundente: la historia demuestra que la fuerza espiritual y moral de los pueblos es el verdadero motor que decide el rumbo de los acontecimientos. Las armas, por más sofisticadas y colosales que sean, representan únicamente la superficie del poder; lo que sostiene la resistencia y lo que finalmente inclina la balanza es la convicción interior, la voluntad de no rendirse y la certeza de que la causa defendida es justa.
Así, el imperialismo bajo Trump, como antes lo fue el nazismo bajo Hitler, confía en la superioridad material como garantía de victoria. Pero la filosofía de la historia enseña que los imperios caen cuando se enfrentan a pueblos que luchan con espíritu indestructible. La fuerza moral, invisible pero decisiva, es la que se impone sobre las armas superiores, recordándonos que la verdadera grandeza no se mide en portaaviones ni en bombarderos, sino en la capacidad de resistir, de luchar y de mantener viva la dignidad humana frente a la opresión.
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