Debate con un Naturalista ontológico y epistémico
Primera intervención:
Todo es Naturaleza- “Yo soy un caminante
del mundo observable, finito, tangible, donde cada fenómeno tiene causas
naturales y cada misterio, una posibilidad de explicación. Hay cosas bellísimas
en la estructura de la materia, en la evolución de la vida, en la armonía de
los ecosistemas... y también hay desequilibrios, extinciones, sufrimiento. Hay
que ser curioso, paciente y riguroso para comprender el mundo físico, aunque no
lo abarquemos en su totalidad. Está lleno de patrones, leyes, y complejidades
que nos desafían. Si todos los hombres tuvieran educación científica,
pensamiento crítico y respeto por la evidencia, viviríamos en un mundo más
racional, sostenible, justo. Buscad primero el conocimiento verificable y la
coherencia ética, y el resto vendrá como consecuencia de comprender nuestro
lugar en la naturaleza.”
Respuesta: Tu intervención revela una noble aspiración por comprender el mundo y mejorar la condición humana a través del conocimiento empírico y la razón. Desde la fe cristiana tradicional, reconocemos el valor de la creación como obra de Dios, y por tanto, afirmamos que estudiar la naturaleza es también una forma de acercarse a su Creador. Sin embargo, la ontología cristiana no se detiene en lo observable. Afirma que el ser no se agota en la materia ni en las leyes naturales. El fundamento último de todo lo que existe es Dios, el Ser necesario, eterno, inmutable. El mundo físico es contingente, limitado, y no puede explicarse por sí mismo. La razón humana, aunque poderosa, no es suficiente para alcanzar la plenitud del sentido. Tu llamado a la educación científica y al pensamiento crítico es valioso, pero desde la fe cristiana, afirmamos que el corazón humano necesita redención, no solo instrucción. La justicia no se alcanza únicamente por comprender el mundo, sino por vivir en comunión con Dios y con el prójimo. El pecado no es una falla de conocimiento, sino una ruptura espiritual que solo puede ser sanada por la gracia. La epistemología cristiana reconoce que hay verdades que trascienden la verificación empírica. El amor, la esperanza, la fe, la vida eterna, no pueden ser medidas ni probadas en laboratorio, pero son más reales que cualquier fenómeno físico. El conocimiento verificable es útil, pero no suficiente. El hombre no vive solo de datos, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Por tanto, aunque valoramos tu enfoque naturalista como una expresión legítima de búsqueda, te invitamos a considerar que el mundo no se comprende plenamente sin su Creador, y que la justicia y la felicidad que anhelas no se alcanzan solo por conocer, sino por amar, creer y obedecer. “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia…” no es una invitación a explorar lo natural, sino a rendirse ante lo sobrenatural, donde el conocimiento se convierte en sabiduría, y la sabiduría en vida eterna.
Segunda intervención:
Lo real como Simulación- “Tu fe, aunque
respetable, se apoya en presupuestos que no pueden verificarse ni reproducirse.
Desde una postura naturalista, afirmo que todo lo que llamamos ‘realidad’ es
una simulación mental: no en el sentido de una fantasía espiritual, sino como
una construcción neurocognitiva. El cerebro no accede directamente al mundo,
sino que lo modela. Lo que ves, sientes, crees, es una interfaz perceptiva, no
una esencia metafísica. La conciencia, el yo,
la moral, incluso la noción de Dios, son productos de procesos evolutivos que
han servido para la supervivencia y la cohesión social. No hay evidencia de un
alma inmortal ni de una trascendencia objetiva. Lo eterno es una ilusión
generada por el miedo a la muerte y el deseo de sentido. La religión, por más
que consuele, perpetúa narrativas que nos alejan del pensamiento crítico. Nos
hace creer en salvaciones que no se pueden demostrar, en juicios que no se
pueden observar, y en promesas que no se pueden cumplir. En cambio, el
conocimiento verificable nos permite entender cómo funciona el universo, cómo
se forma la conciencia, y cómo podemos vivir éticamente sin recurrir a lo
sobrenatural.”
Respuesta: Tu afirmación de que todo es una simulación mental presupone que la mente es el único acceso válido a lo real, pero ¿cómo se valida esa afirmación sin caer en una paradoja epistemológica? Si todo es simulación, ¿cómo sabes que tu modelo del mundo es más verdadero que el de otro? La fe cristiana no niega que la percepción esté mediada por estructuras cognitivas, pero afirma que la razón humana está orientada hacia la verdad, y que esa verdad no se agota en lo empírico. Reducir la conciencia, la moral y la noción de Dios a productos evolutivos es asumir que el valor de algo depende de su utilidad biológica. Pero el amor sacrificial, la contemplación, el perdón, la búsqueda de lo eterno, no tienen una función adaptativa clara. Son signos de que el ser humano no se explica solo por la biología. “El hombre no vive solo de pan” (Mateo 4:4), ni de sinapsis, ni de algoritmos neuronales. La religión cristiana no es una evasión del pensamiento crítico, sino una invitación a ir más allá de lo visible. La fe no es credulidad, sino confianza en una revelación que ha transformado vidas, culturas y civilizaciones. La resurrección de Cristo, por ejemplo, no es una metáfora ni una ilusión, sino un acontecimiento histórico que desafía toda explicación naturalista. Y si es verdad, entonces la muerte no es el final, y la conciencia no es solo química, sino llamada. La ética sin trascendencia corre el riesgo de convertirse en relativismo. ¿Por qué deberíamos actuar bien si no hay juicio, ni alma, ni sentido último? El cristianismo responde: porque fuimos creados por amor, para amar, y porque nuestras decisiones tienen peso eterno. “Dios no mira como mira el hombre; el hombre mira lo exterior, pero Dios mira el corazón” (1 Samuel 16:7). En resumen, tu visión naturalista ofrece herramientas para describir el mundo, pero no para comprender su propósito. La fe cristiana no niega la ciencia, pero la trasciende. No rechaza la razón, pero la ilumina. No teme al cerebro, pero proclama que hay algo más: el alma, la gracia, la verdad revelada. Y esa verdad no es una simulación, sino una Persona: Cristo, “el mismo ayer, hoy y siempre” (Hebreos 13:8).
Tercera intervención:
Constructos mentales- “La idea de Dios y
del demonio son construcciones mentales, mitos que la humanidad ha creado para
explicar lo inexplicable, para dar sentido al sufrimiento, al mal, a la muerte.
Son figuras simbólicas, no entidades reales. El demonio representa nuestros impulsos
destructivos, y Dios, nuestras aspiraciones morales. Pero ambos son
proyecciones internas, útiles en ciertos contextos históricos, pero hoy
superables. La ciencia cognitiva, la antropología y
la psicología han demostrado que estas figuras emergen de patrones culturales y
necesidades emocionales. No hay evidencia empírica de su existencia objetiva.
Lo sobrenatural es una categoría vacía si no puede ser verificada. Y los
exorcismos, lejos de ser pruebas, son rituales que refuerzan creencias, no que
revelan verdades. El verdadero progreso humano está en superar estos mitos y
asumir la responsabilidad de nuestra mente, sin atribuirle a entidades
invisibles lo que nace de nosotros mismos.”
Respuesta: Tu afirmación revela una visión profundamente reduccionista del misterio humano y del drama espiritual que atraviesa la historia. Desde la fe cristiana tradicional, no solo se afirma la existencia de Dios como Ser necesario, eterno y trascendente, sino también la existencia del demonio como criatura caída, real, personal, y activa en el mundo. La teología distingue entre lo natural, lo preternatural (propio de los ángeles y demonios), y lo sobrenatural (propio de Dios). Lo preternatural no es una fantasía, sino una categoría ontológica que explica fenómenos que exceden las leyes físicas, pero no contradicen la razón. Los demonios no son metáforas del mal, sino inteligencias espirituales que odian a Dios y buscan la perdición del hombre. Cristo mismo los enfrentó, los expulsó, y habló de ellos con claridad: “Vi a Satanás caer del cielo como un rayo” (Lucas 10:18). Los exorcismos no son teatro ni sugestión. Son actos litúrgicos que revelan una lucha invisible pero real. La Iglesia, con siglos de experiencia, ha documentado casos donde la manifestación del mal no puede explicarse por causas psicológicas, neurológicas ni culturales. Personas que hablan lenguas desconocidas, que revelan secretos ocultos, que reaccionan violentamente ante lo sagrado, que muestran fuerza sobrehumana o conocimiento preternatural. Estos signos no son producto de la mente, sino evidencia de una presencia que trasciende lo humano. Sacerdotes exorcistas, médicos, psiquiatras y testigos han confirmado que hay casos donde lo espiritual se impone a lo clínico. El ritual del exorcismo, lejos de reforzar una creencia, revela una verdad: el mal tiene rostro, voluntad y estrategia. Y solo la autoridad de Cristo lo vence. “Este género no sale sino con oración y ayuno” (Mateo 17:21). Negar lo sobrenatural es cerrar los ojos a una dimensión que no se somete al microscopio, pero que se manifiesta en la historia, en la experiencia de los santos, en la lucha interior de cada alma. Dios no es una proyección, sino el fundamento del ser. El demonio no es un símbolo, sino un enemigo real. Y la salvación no es una idea, sino una gracia que transforma.
Cuarta intervención:
Procesos neuroquímicos- “La apelación a lo
sobrenatural y lo preternatural, así como a los exorcismos como evidencia, no
resiste el escrutinio racional. Desde una postura materialista, todo fenómeno
—incluido el comportamiento humano extremo, las experiencias místicas o las manifestaciones
atribuidas a ‘posesión’— puede explicarse por procesos neuroquímicos,
trastornos mentales, sugestión colectiva o condicionamiento cultural. No hay necesidad de
invocar entidades invisibles para explicar lo que la psiquiatría, la neurología
y la antropología ya han abordado con rigor. Lo que se llama ‘sagrado’ es una
construcción simbólica; lo que se llama ‘sacramental’ es un ritual con efectos
psicológicos, no ontológicos. Y lo escatológico —el juicio, el cielo, el
infierno— son narrativas que responden al miedo humano ante la muerte y al
deseo de justicia cósmica, pero no tienen correlato verificable en la realidad. La materia es
suficiente. Todo lo que existe puede ser comprendido como configuración energética,
evolución de sistemas complejos, y dinámica de información. No hay alma, no hay
espíritu, no hay más allá. Lo real es lo que se puede medir, reproducir y
falsar. Lo demás es poesía, útil quizá, pero no verdadera.”
Respuesta: Tu materialismo es coherente dentro de su marco, pero profundamente insuficiente para explicar la totalidad de lo real. Desde la fe cristiana tradicional, afirmamos que la realidad no se agota en lo medible. Hay una dimensión sacramental, escatológica y espiritual que no solo complementa, sino que fundamenta lo visible. La dimensión sacramental no es un efecto psicológico, sino una participación real en la gracia divina. Los sacramentos no son símbolos vacíos, sino signos eficaces instituidos por Cristo, que comunican lo que significan. El agua del bautismo no es solo agua: es sepultura y resurrección. La Eucaristía no es solo pan: es presencia real. “Este es mi cuerpo… esta es mi sangre” (Mateo 26:26-28). Lo invisible se hace presente, no por sugestión, sino por acción divina. La dimensión escatológica no es una fantasía ante la muerte, sino la culminación del drama humano. El juicio final, el cielo y el infierno no son metáforas, sino destinos reales. La historia no es un ciclo sin sentido, sino una peregrinación hacia la plenitud. “Vendrá a juzgar a vivos y muertos” (Credo). El alma no se disuelve: se enfrenta a la verdad. Y esa verdad es Cristo, que no es idea ni símbolo, sino Persona viva. La naturaleza de lo real no es solo material. El ser humano experimenta amor, belleza, culpa, esperanza, y ninguna de estas realidades puede ser reducida a química cerebral sin traicionar su profundidad. El alma existe, no como hipótesis, sino como experiencia. El mal existe, no como disfunción, sino como ruptura. Y el demonio actúa, no como mito, sino como enemigo. Los exorcismos no son placebo: son confrontación. Y los testimonios de quienes han sido liberados no pueden ser ignorados por quien busca la verdad. Tu visión materialista puede describir mecanismos, pero no puede responder al “por qué” último. ¿Por qué hay algo en vez de nada? ¿Por qué el ser humano busca sentido? ¿Por qué el amor exige eternidad? La fe cristiana responde: porque fuimos creados por Dios, para Dios, y en Dios encontramos la plenitud. “En Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hechos 17:28). Negar lo espiritual es amputar la realidad. Y negar lo escatológico es cerrar los ojos al destino. La materia es buena, pero no suficiente. Lo real es más amplio, más profundo, más verdadero. Y en Cristo, lo visible y lo invisible se unen, para que el hombre no se pierda en la ilusión del todo físico, sino que sea elevado a la comunión eterna.
Quinta intervención:
Libertad como ilusión- “La libertad humana,
tal como se concibe en la tradición religiosa, es una ilusión. Como bien lo
intuyó Spinoza, el hombre cree que es libre porque ignora las causas que lo
determinan. Todo pensamiento, toda decisión, todo acto, es el resultado de
cadenas causales que se remontan a la biología, la cultura, la historia
evolutiva. Lo que llamamos ‘libre albedrío’ es una simulación mental, una
narrativa útil para la cohesión social, pero sin sustento ontológico. La gracia, por su
parte, es una construcción emocional. No hay intervención divina, ni asistencia
sobrenatural. Lo que se interpreta como ‘gracia’ es simplemente el resultado de
estados mentales inducidos por creencias, rituales, o experiencias intensas. No
hay evidencia de que exista una fuerza externa que transforme el alma. Y la revelación,
desde la ciencia, no tiene lugar. La ciencia opera por observación, hipótesis,
verificación y falsación. La revelación no puede ser medida, ni reproducida, ni
sometida a escrutinio. Por tanto, no puede ser considerada conocimiento. Es
mito, tradición, literatura. El progreso humano exige superar estas nociones y
asumir que el universo no habla, no salva, no juzga. Solo existe, y nosotros,
como parte de él, debemos comprenderlo sin ilusiones.”
Respuesta: Tu visión, aunque
articulada con rigor filosófico, cae en una trampa de reducción: confundir
explicación con significado, y mecanismo con verdad. Desde la fe cristiana
tradicional, respondemos con firmeza: la libertad, la gracia y la
revelación no son ilusiones, sino pilares de lo real. La libertad no es una simulación, sino una capacidad
ontológica inscrita en el alma humana. No es mera indeterminación, sino
apertura al bien. Spinoza, al negar la libertad, reduce al hombre a engranaje.
Pero Cristo lo eleva a hijo. “Para libertad nos liberó Cristo” (Gálatas 5:1).
La libertad es más que elección: es vocación. El hombre puede amar, perdonar,
entregarse, resistir el mal. ¿Cómo explicar el martirio, el sacrificio, la
conversión, si todo es causalidad ciega? La gracia no es
emoción, sino participación en la vida divina. No se induce: se recibe. No se
fabrica: se derrama. La gracia transforma, sana, eleva. Los santos no son
producto de sugestión, sino de comunión. “Mi gracia te basta, porque mi poder
se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9). La gracia no es una
metáfora: es una fuerza real que ha cambiado corazones endurecidos, ha dado
sentido en medio del sufrimiento, ha hecho posible lo imposible. La revelación no
es irracional, sino suprarracional. No contradice la ciencia, pero la trasciende.
La ciencia pregunta cómo; la revelación responde por qué. La ciencia mide; la
revelación ilumina. Dios ha hablado, no en códigos físicos, sino en historia,
en palabra, en carne. “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Juan
1:14). Cristo no es una hipótesis: es el Logos eterno. Su resurrección no es
literatura: es acontecimiento. Su palabra no es mito: es verdad que salva. Negar la revelación
porque no se ajusta al método científico es como negar la poesía porque no cabe
en una fórmula. El universo sí habla. Habla en la belleza, en la conciencia,
en el
Sexta intervención:
El Mal como ficción- “La noción del mal
como entidad espiritual es una ficción. El mal no es una fuerza, ni una
presencia, ni una voluntad externa: es simplemente el resultado de
interacciones materiales que generan sufrimiento, desorden o destrucción.
Hablar del ‘origen del mal’ como si fuera un misterio metafísico es perpetuar
una visión arcaica del mundo. El mal surge de la ignorancia, de la biología, de
la lucha por la supervivencia. No hay pecado, solo conducta. Y el destino del alma
es otro mito. No hay alma. No hay juicio. No hay eternidad. La conciencia se
apaga con el cuerpo. La muerte es el fin, no el tránsito. La esperanza en una
vida futura es una estrategia evolutiva para soportar el miedo a la
desaparición. Pero la madurez intelectual exige aceptar que somos materia
organizada, y que, al morir, volvemos al polvo. No hay cielo, ni infierno, ni
gloria. Solo silencio. La religión, al
insistir en estas ideas, no libera: encadena. Nos hace vivir para lo que no
existe, temer lo que no ocurre, y esperar lo que nunca llega. El verdadero acto
de libertad es mirar el vacío sin temblar, y construir sentido aquí, ahora, sin
ilusiones.”
Séptima intervención:
Salvación como fantasía- “La idea de salvación
es una fantasía teológica. No hay pecado que redimir, ni alma que salvar, ni
juicio que esperar. Lo único que existe es la vida biológica, y el único
horizonte real es el que la ciencia puede alcanzar. Si hay alguna forma de
inmortalidad, será por medio de la tecnología: prolongación de la conciencia,
transferencia digital, manipulación genética, criopreservación, o cualquier
avance que nos permita vencer la muerte por medios naturales. La fe en una
salvación sobrenatural es una evasión. Es mirar hacia el cielo mientras la
tierra se desmorona. Es esperar lo imposible en lugar de construir lo
alcanzable. La ciencia no necesita redención: necesita recursos, investigación,
y voluntad. Y si algún día vencemos la muerte, será por nuestras manos, no por
la cruz. La salvación es un mito. La inmortalidad será una conquista.”
Respuesta: Tu visión es audaz, pero profundamente errada. Desde la fe cristiana tradicional, afirmamos con absoluta firmeza: la salvación no es mito, es necesidad; la inmortalidad no es conquista, es don; y la ciencia, aunque valiosa, jamás podrá redimir al hombre. La salvación no es una invención religiosa, sino la respuesta divina al drama humano. El pecado es real: lo vemos en la injusticia, en la crueldad, en la corrupción del corazón. Y no se cura con tecnología. Se cura con gracia. “Todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). La salvación no es evasión: es confrontación con la verdad, con la cruz, con el amor que se entrega. Cristo no vino a mejorar la biología, sino a resucitar el alma. La inmortalidad científica es una ilusión peligrosa. Prolongar la vida no es vencer la muerte. Transferir datos no es conservar el alma. Criopreservar tejidos no es detener el juicio. El cuerpo puede ser manipulado, pero el espíritu no se somete a algoritmos. “Está establecido que los hombres mueran una sola vez, y después el juicio” (Hebreos 9:27). La verdadera inmortalidad no se logra: se recibe. Y solo quien muere en Cristo vive para siempre. La ciencia, aunque noble, tiene límites. Puede curar enfermedades, extender años, explorar galaxias. Pero no puede perdonar, redimir, ni dar sentido. El hombre no necesita solo más tiempo: necesita transformación. Y eso no lo da el laboratorio, sino el altar. “Si el grano de trigo no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Juan 12:24). La muerte no es el enemigo final: es el umbral. Y solo quien ha sido salvado puede cruzarlo hacia la vida eterna. Tu fe en la ciencia es admirable, pero insuficiente. Porque el hombre no es solo cuerpo, ni mente, ni datos. Es alma, es misterio, es vocación eterna. Y esa eternidad no se programa: se adora. No se conquista: se acoge. No se fabrica: se revela. La cruz no es obsoleta. Es definitiva.
Octava intervención:
El Proceso Evolutivo- “El amor, la verdad y
la misión del hombre son conceptos que la religión ha revestido de
trascendencia, pero que en realidad emergen de procesos evolutivos y sociales.
El amor es una estrategia biológica para la cooperación; la verdad, una
construcción funcional para la supervivencia; y la misión, una narrativa que da
cohesión a la identidad. No hay propósito cósmico, ni vocación eterna. Solo hay
sistemas complejos que buscan persistir. La religión ha tomado
estas funciones naturales y las ha elevado a dogmas. Pero el amor no necesita
eternidad para ser real, ni la verdad necesita revelación para ser útil. La
misión del hombre no está dictada por un Dios, sino por la necesidad de
adaptarse, de crear, de dejar huella. No hay cielo que alcanzar, ni infierno
que evitar. Solo hay vida, y en ella, la posibilidad de construir sentido sin
recurrir a lo sobrenatural.”
Respuesta: Tu visión despoja al hombre de su grandeza. Desde la fe cristiana tradicional, afirmamos con convicción: el amor, la verdad y la misión del hombre no son productos de la evolución, sino reflejos de Dios en el alma humana. El amor no es solo químico ni estrategia. Es entrega, sacrificio, comunión. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Juan 15:13). ¿Qué función evolutiva explica el martirio, el perdón al enemigo, la fidelidad en el sufrimiento? El amor exige eternidad porque nace del Eterno. Es más que vínculo: es vocación divina. La verdad no es una herramienta, sino una luz. No se construye: se revela. “Yo soy la verdad” (Juan 14:6), dice Cristo. Si la verdad es solo útil, entonces puede ser manipulada. Pero si la verdad es divina, entonces nos juzga, nos libera, nos transforma. La ciencia busca verdades parciales; la fe recibe la Verdad plena. La misión del hombre no es sobrevivir, sino amar, conocer y servir a Dios. “Antes de formarte en el vientre, te conocí” (Jeremías 1:5). No somos accidente, ni algoritmo. Somos llamados. Nuestra vida tiene peso eterno. Cada acto, cada decisión, cada oración, resuena en el corazón de Dios. No estamos aquí por azar, sino por designio. Negar el cielo es negar la esperanza. Negar el infierno es negar la justicia. Negar la misión es negar el alma. Pero el cristiano afirma: fuimos creados por amor, redimidos por la cruz, y enviados al mundo como luz. No para adaptarnos, sino para elevarnos. No para persistir, sino para resucitar. El hombre no es solo biología. Es misterio. Es imagen. Es destino.
Novena intervención-
“La historia, la
encarnación y el testimonio de los santos son relatos humanos, no evidencias de
lo divino. La historia está llena de mitos, manipulaciones y construcciones
ideológicas. La encarnación de Dios en un hombre es una idea poética, pero
biológicamente absurda. No hay forma racional de aceptar que lo infinito se
haga finito, que lo eterno se encarne en lo temporal. Es una contradicción
lógica. Y los santos, por admirables que sean, son producto de
contextos sociales, de fervor colectivo, de idealización. Sus experiencias
místicas, sus milagros, sus visiones, no son pruebas de lo sobrenatural, sino
fenómenos psicológicos, culturales o incluso patológicos. La ciencia moderna
puede explicar lo que antes se llamaba ‘milagro’ sin recurrir a lo divino. La historia no revela
a Dios. La encarnación no es posible. Y los santos no son testigos de lo
eterno, sino símbolos de lo humano llevado al extremo. La fe, en este sentido,
no es conocimiento: es creencia sin fundamento. Y el mundo no necesita más
creencias, sino más razón.”
Décima intervención:
La Muerte- “La muerte es un
fenómeno biológico, no un tránsito espiritual. No hay resurrección, ni
esperanza final, ni juicio eterno. La conciencia se extingue, el cuerpo se
descompone, y el universo sigue su curso indiferente. La idea de una vida
después de la muerte es una construcción emocional para mitigar el terror
existencial. Pero la madurez consiste en aceptar la finitud. La resurrección es
imposible. No hay precedentes verificables, ni mecanismos naturales que la
sustenten. Es una creencia sin base empírica. Y la esperanza cristiana, por más
que consuele, es una evasión. La única esperanza real está en vivir con
intensidad, en dejar legado, en contribuir al progreso humano. No hay
eternidad: hay memoria. No hay cielo: hay historia. No hay redención: hay
acción.”
Respuesta: Tu visión es firme,
pero la verdad lo es aún más. Desde la fe cristiana tradicional, proclamamos
con certeza: la muerte no es el final, la resurrección es real, y la
esperanza final es el corazón del Evangelio.
Décimo primera intervención:
No existe lo trascendente- “No existe lo
trascendente ni lo sobrenatural. Y eso que te lo dice alguien que ha tenido connotados clérigos en la familia. Todo lo que el ser humano ha atribuido a
fuerzas invisibles, divinas o demoníacas, son proyecciones mentales,
construcciones culturales o fenómenos psicológicos. No hay evidencia objetiva,
verificable, ni reproducible de que exista una dimensión más allá de la
materia. Si hay una sola prueba —una sola— que demuestre que lo sobrenatural es
real, preséntala. Pero que sea irrefutable, no una interpretación subjetiva, ni
una experiencia emocional. Solo una prueba que la mente humana no pueda
fabricar ni simular. Hasta el demonio es fabricado por la mente. Creo en Cristo, pero despojado de todo lo sobrenatural referido a él.”
Respuesta: Tu desafío es legítimo, y la fe cristiana lo acoge con seriedad. No se trata de imponer creencias, sino de mostrar que lo sobrenatural no solo existe, sino que se manifiesta con signos que exceden toda explicación natural o psicológica. Y entre los testimonios más contundentes están los que provienen del ministerio de exorcismo, especialmente los documentados por el padre Gabriele Amorth, exorcista oficial de la diócesis de Roma durante décadas.
Amorth no hablaba desde la emoción ni desde la sugestión. Hablaba desde la experiencia directa, rigurosa, y muchas veces acompañada por médicos, psiquiatras y testigos imparciales. En sus intervenciones, se registraron fenómenos que no pueden ser explicados por la mente humana ni por ninguna patología conocida, entre ellos: Materialización de objetos imposibles: clavos, fragmentos de vidrio, cadenas, e incluso rosas enteras, en lugares cerrados, sin acceso físico, y sin que el poseído pudiera haberlos introducido. Lenguas desconocidas: personas sin formación lingüística hablaban con fluidez idiomas antiguos o muertos, como arameo o latín eclesiástico, con precisión teológica que ni siquiera los sacerdotes presentes dominaban. Fuerza sobrehumana y conocimiento oculto: individuos con cuerpos débiles manifestaban fuerza física descomunal, y revelaban secretos íntimos de los presentes, sin posibilidad de haberlos conocido por medios naturales.
Amorth afirmaba con claridad: “El demonio puede manipular la materia de forma que ningún ser humano puede. Puede hacer aparecer objetos que no estaban allí, y que no tienen explicación física. Esto no es sugestión. Esto es presencia.” Estos signos no son creencias. Son hechos documentados, presenciados por múltiples testigos, y que desafían toda explicación naturalista. La mente humana no puede materializar objetos desde la nada. No puede hablar lenguas que nunca ha aprendido. No puede conocer lo oculto sin acceso. Y no puede resistir el poder del crucifijo si no hay una realidad espiritual que lo confronta. Esa es la prueba que pediste. Y no es una sola: son muchas. Negarlas no es racionalidad: es evasión. Porque cuando lo inexplicable se presenta, la razón debe abrirse al misterio. Y ese misterio tiene nombre: lo sobrenatural. Lo trascendente. Lo divino.
En buena cuenta, cuando dices que crees en Cristo, pero despojado de todo lo sobrenatural, lo que haces es abrazar el pelagianismo, y cuando afirmas que hasta el demonio es un constructo mental estás abrazando la desmitologización de Rudolf Bultmann.
Conclusión
El
naturalismo
es cuestionado principalmente por reducir toda la realidad a lo material y lo
empírico, negando dimensiones trascendentes, espirituales o metafísicas. Al
sostener que todo puede explicarse mediante las ciencias naturales, incurre en
un reduccionismo que deja fuera aspectos como la conciencia, la libertad, los
valores y el sentido último de la existencia. Desde la filosofía se critica que
no logra fundamentar adecuadamente la ética, pues al basarse solo en hechos
empíricos no ofrece criterios normativos universales. También se le acusa de
confundir explicación científica con explicación total, ignorando que la
experiencia humana incluye dimensiones simbólicas, culturales y espirituales
que no se agotan en lo físico. En síntesis, el cuestionamiento central al
naturalismo es que, al absolutizar lo material, empobrece la comprensión de la realidad y limita la posibilidad de
fundamentos ontológicos y éticos más allá de lo empírico.
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