domingo, 8 de marzo de 2026

LA TEOLOGÍA DE LOS VENCIDOS

 


LA TEOLOGÍA DE LOS VENCIDOS

La historia de los pueblos andinos no puede comprenderse únicamente como una sucesión de hechos políticos o militares: es, ante todo, una travesía espiritual. Desde la irrupción de los conquistadores hasta las insurrecciones coloniales, desde las reformas sociales del siglo XX hasta los debates religiosos y políticos contemporáneos, la memoria indígena ha estado guiada por la convicción de que existe una “huaca más poderosa”, una fuerza divina que regula los tiempos de la justicia y otorga sentido a la derrota. Esta idea constituye el corazón de una teología de los vencidos, capaz de transformar el fracaso en esperanza, la opresión en anuncio de liberación y la historia en un escenario donde lo sagrado nunca abandona a los pueblos. En este horizonte, cada acontecimiento —sea la conquista, la rebelión, la reforma o la reacción imperialista— se inscribe en un orden superior que trasciende generaciones, recordándonos que la justicia divina no se mide en los calendarios humanos, sino en la eternidad de la providencia.

El término huaca en el mundo andino no designaba simplemente un ídolo o un objeto de culto, como lo entendieron los extirpadores de idolatrías, sino algo extraordinario y sagrado, un lugar, fuerza o entidad que participaba de lo divino. Por ello, cuando los vencidos hablaron de una “huaca más poderosa”, estaban reconociendo la irrupción de una deidad superior y verdadera, capaz de reordenar el cosmos y dar sentido a la catástrofe de la conquista.

En un primer momento, la explicación de la derrota fue militar y política. Yahuarhuaca —séptimo Inca, que reinó aproximadamente entre 1380 y 1410— y Huayna Cápac —decimotercer y penúltimo Inca, cuyo gobierno se extendió entre 1493 y 1527— atribuyeron la ruina del imperio a la llegada de extranjeros con armas más poderosas. La visión era inmediata y pragmática: los incas habían sido vencidos por la fuerza material de los conquistadores. Sin embargo, conforme avanzó la evangelización de las élites y la conversión de los pueblos de las distintas etnias, la explicación se transformó en una lectura sacra. Los cronistas indígenas y mestizos —Garcilaso de la Vega, Guamán Poma de Ayala y Pachacuti Yamqui— reinterpretaron la caída como un fenómeno religioso: la derrota se debía a la intervención de un Dios cristiano, entendido como la “huaca más poderosa”.

De este modo, la secuencia dinástica nos permite ubicar con precisión a los protagonistas de la memoria de la derrota: Yahuarhuaca, en el siglo XIV, simboliza la fragilidad del poder y la necesidad de legitimación sacra; Huayna Cápac, en el tránsito hacia la conquista, encarna la explicación inmediata de la derrota como fuerza militar, pero su muerte en 1527 abrió la crisis sucesoria que debilitó al imperio justo antes de la llegada de los españoles. La reinterpretación posterior de los cronistas indígenas y mestizos transformó esa explicación en un acontecimiento religioso, consolidando la idea de que la “huaca más poderosa” había decidido el destino del Tahuantinsuyo.

Incluso en testimonios locales como el del indio Tomás en Huarochirí, la noción se condensa en una auténtica teología de los vencidos: la conquista no fue solo un hecho histórico, sino un acontecimiento religioso que reveló la supremacía de una divinidad verdadera. Así, la transición de lo bélico a lo religioso refleja el proceso de conversión cultural: primero se reconoce la fuerza de las armas, luego se acepta la supremacía de un Dios que se presenta como huaca superior.

Conviene precisar que Tomás fue uno de los ayudantes del extirpador de idolatrías Francisco de Ávila, y a él se atribuye la mayor parte de la escritura de los Ritos y tradiciones de Huarochirí. Este texto, redactado a fines del siglo XVI e inicios del XVII, constituye una fuente fundamental para comprender cómo las comunidades andinas reinterpretaron su mundo religioso en el marco de la evangelización. La participación del indio Tomás es clave porque muestra cómo los propios indígenas, aun bajo la supervisión de los extirpadores, plasmaron en escritura la memoria de sus huacas y rituales, dejando testimonio de la tensión entre la aceptación del cristianismo y la persistencia de la tradición ancestral. Es aquí donde aparece el ´termino "huaca más poderosa", que refleja la explicación sacra de los vencidos.

De este modo, el caso de Huarochirí confirma que la explicación de la derrota y la conversión no fue únicamente impuesta desde fuera, sino también elaborada desde dentro, en un registro sacro que reconocía la “huaca más poderosa” y, al mismo tiempo, preservaba la memoria de las antiguas divinidades.

Aunque existieron movimientos contestatarios como el Taki Onqoy, que promovía el retorno al culto de las huacas, el grueso de la población y sus dirigentes vencidos se plegaron a la nueva religión. Y lo hicieron no solo por supervivencia política, sino por coherencia espiritual: aceptar al Dios cristiano era reconocer que la derrota tenía un sentido sacro, que la providencia había revelado una divinidad más fuerte.

Este proceso de aceptación no debe entenderse como una renuncia pasiva, sino como una reinterpretación activa del mundo. Los pueblos indígenas, al integrar el cristianismo en su cosmovisión, encontraron una manera de dar continuidad a su lógica espiritual: la noción de que todo acontecimiento histórico tiene un origen divino. Así, la conversión fue vivida como una forma de reconciliar la experiencia traumática de la derrota con la necesidad de mantener un orden sacro coherente. En este sentido, la fe cristiana se convirtió en el marco que otorgaba sentido a la nueva realidad, permitiendo que los vencidos asumieran su destino como parte de un designio superior, sin perder la convicción de que la justicia divina se manifestaría en su tiempo.

Ahora bien, esta aceptación no anuló la crítica ética. Los vencidos condenaron los abusos de los conquistadores y de la Corona —aunque más mitigada en el caso de esta última— porque no se ajustaban a la predicada religión del amor de Cristo. Los cronistas indígenas y mestizos distinguieron entre la verdad de la nueva deidad y la hipocresía de quienes decían representarla. La fe cristiana se asumía como auténtica y superior, pero se denunciaba la incoherencia de los colonizadores.

Este contraste entre la pureza del mensaje religioso y la corrupción de sus portadores se convirtió en un eje central de la memoria indígena. La crítica no cuestionaba la legitimidad del cristianismo como fe, sino la manera en que los conquistadores lo practicaban y lo imponían. De hecho, los cronistas subrayaban que la verdadera religión debía manifestarse en justicia, misericordia y amor, valores que raramente se veían en la conducta de los encomenderos y autoridades coloniales. Así, la denuncia ética reforzaba la idea de que la providencia divina seguía siendo válida, pero que los hombres que decían representarla habían traicionado su esencia. Esta distinción permitió a los pueblos indígenas mantener la fe en la “huaca más poderosa” sin renunciar a la crítica contra la injusticia terrenal.

Con el tiempo, en las grandes insurrecciones del siglo XVIII, esta tensión se hizo más visible. Tanto Juan Santos Atahualpa como Túpac Amaru II se levantaron inicialmente como cristianos, apelando a la fe para legitimar sus reclamos. Sin embargo, conforme avanzó la lucha, ambos terminaron pregonando la restauración del pasado precolombino. Los estudiosos han advertido este doble registro: aceptación del cristianismo como fe verdadera y, al mismo tiempo, reivindicación de la memoria ancestral como horizonte de justicia.

Este doble registro revela la complejidad de la espiritualidad indígena en tiempos de crisis. Por un lado, la fe cristiana ofrecía un lenguaje universal de legitimidad y esperanza, capaz de articular reclamos contra la injusticia colonial. Por otro, la memoria ancestral funcionaba como un horizonte de justicia perdido, un modelo de orden social que debía recuperarse para restablecer la dignidad de los pueblos. La combinación de ambos discursos no fue contradictoria, sino complementaria: la religión cristiana se asumía como verdadera, pero se reclamaba que su mensaje debía encarnarse en un sistema justo, semejante al que evocaban las tradiciones precolombinas. Así, las insurrecciones del siglo XVIII se convirtieron en espacios donde la espiritualidad indígena buscó reconciliar la providencia divina con la justicia ancestral, manteniendo viva la esperanza de que la “huaca más poderosa” actuaría en su tiempo.

La derrota de estas insurrecciones también tuvo una lectura espiritual: la “huaca más poderosa” no permitió un triunfo prematuro, porque los tiempos de la justicia divina no eran los de los hombres. Así, la esperanza se mantuvo viva: la divinidad superior los vengaría en su momento.

Este modo de interpretar la derrota abrió un horizonte de resistencia simbólica que trascendía lo inmediato. La fe en que la justicia divina se manifestaría más adelante permitió que las comunidades mantuvieran cohesión y sentido de propósito, incluso en medio de la represión y el fracaso militar. La derrota no fue concebida como un final absoluto, sino como parte de un proceso mayor inscrito en la lógica del tiempo sagrado, donde la divinidad regula los momentos de victoria y de sufrimiento. De este modo, la memoria de las insurrecciones se convirtió en un depósito de esperanza, capaz de alimentar nuevas generaciones con la convicción de que la justicia, aunque diferida, estaba asegurada por la providencia.

Después del sofocamiento de la insurrección de Túpac Amaru II en 1781, la monarquía borbónica endureció de manera drástica las medidas represivas. No solo se persiguió a los líderes insurgentes y se castigó con severidad a sus seguidores, sino que incluso los caciques indígenas —que hasta entonces habían gozado de ciertos privilegios dentro del orden colonial— fueron objeto de desconfianza y marginación. La Corona buscó desarticular cualquier posibilidad de liderazgo autónomo en las comunidades andinas, debilitando las estructuras tradicionales de autoridad y reforzando el control directo de los funcionarios españoles. Este giro represivo marcó un quiebre en la relación entre los caciques y el poder colonial, pues los antiguos mediadores entre la comunidad y la Corona quedaron reducidos a figuras subordinadas, sin capacidad de representar ni defender los intereses de sus pueblos.

En los años del Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada del general Juan Velasco Alvarado (1968–1975), cuando se puso fin a la servidumbre indígena y se proclamó un régimen definido como humanista, socialista y cristiano, los pueblos indígenas no tardaron en darle un significado espiritual. Vieron que el estado poder se conciliaba con el estado justicia, que el cristianismo se fusionaba con el ideal precolombino. La reforma agraria y la liberación fueron interpretadas como cumplimiento de la providencia divina y restauración de la justicia ancestral.

Este momento histórico fue percibido como una concreción de las esperanzas largamente diferidas: la “huaca más poderosa” parecía actuar finalmente en favor de los pueblos, alineando el discurso cristiano con la memoria de reciprocidad y equidad que evocaba el orden precolombino. Así, la experiencia velasquista se convirtió en un hito espiritual y político, donde la justicia social se entendió como parte de un designio superior que reconciliaba la fe cristiana con la tradición andina.

No debe olvidarse que en aquellos mismos años surgió la teología de la liberación, impulsada por el padre Gustavo Gutiérrez, como plasmación concreta de las orientaciones del Concilio Vaticano II (1962–1965) y de la Conferencia de Medellín (1968). Este movimiento teológico ofreció un marco conceptual y espiritual que reforzaba la lectura indígena de la reforma velasquista: la fe cristiana debía encarnarse en la lucha por la justicia social y la liberación de los oprimidos. Así, la coincidencia entre la política revolucionaria y la teología de la liberación consolidó la percepción de que la “huaca más poderosa” estaba actuando en la historia, reconciliando la tradición cristiana con el ideal ancestral de equidad y reciprocidad.

Tras el auge de la teología de la liberación en los años setenta y la fuerza que adquirió en América Latina a partir de la publicación de la obra de Gustavo Gutiérrez en 1971 y la Conferencia de Medellín de 1968, el imperialismo reaccionó con rapidez. Desde comienzos de esa década, bajo la administración de Richard Nixon y con Henry Kissinger como consejero de seguridad nacional y luego secretario de Estado, se diseñaron estrategias para contener cualquier corriente que vinculara la fe cristiana con la justicia social y la liberación de los pueblos. En ese marco, Kissinger jugó un papel central como arquitecto de la política exterior estadounidense, promoviendo la expansión de las iglesias evangélicas en América Latina como un instrumento político destinado a debilitar la influencia del catolicismo progresista, fragmentar las comunidades y neutralizar las corrientes sociales inspiradas en la teología de la liberación. De este modo, la proliferación evangélica no fue un fenómeno espontáneo, sino parte de una estrategia de contrainsurgencia ideológica que buscaba reorientar la espiritualidad popular hacia un discurso más alineado con los intereses geopolíticos de Estados Unidos.

A fines de los años ochenta, el escenario internacional comenzó a transformarse de manera decisiva. La caída del Muro de Berlín en 1989 y, poco después, la desintegración de la Unión Soviética en 1991, marcaron el inicio de una nueva etapa histórica. En los años noventa se consolidó el auge del neoliberalismo, con sus políticas de apertura económica, privatización y debilitamiento de los proyectos sociales que habían buscado justicia para los sectores populares. En ese contexto, la llamada “iglesia de los pobres”, inspirada en la teología de la liberación y en las orientaciones de Medellín, entró en un período de ostracismo: sus voces fueron marginadas, sus espacios reducidos y su influencia política y espiritual debilitada frente a un orden global que privilegiaba el mercado sobre la justicia social. Así, el cambio de época significó no solo una reconfiguración geopolítica, sino también un retroceso en la fuerza de las corrientes religiosas que habían acompañado las luchas de los pueblos latinoamericanos.

En este marco, resulta clave señalar que el propio papa Juan Pablo II no se limitó a criticar la teología de la liberación, sino que promovió activamente otras corrientes teológicas y pastorales como alternativas. Su impulso a la nueva evangelización buscaba revitalizar la fe católica en sociedades cada vez más secularizadas, mientras que la teología del cuerpo ofrecía una reflexión sobre la dignidad humana y la moral sexual en tiempos de cambio cultural. Asimismo, bajo su pontificado, la Congregación para la Doctrina de la Fe, dirigida por el cardenal Joseph Ratzinger, elaboró documentos que advertían sobre los riesgos de una excesiva influencia marxista en la teología de la liberación. De esta manera, el Vaticano orientó la vida eclesial hacia propuestas más doctrinales y espirituales, reforzando la identidad católica frente a la globalización neoliberal y relegando las expresiones más comprometidas con la justicia social.

Sin lugar a dudas, el objetivo de esta estrategia eclesial fue desvincular la teología de la liberación de la lucha política y del proyecto de transformación estructural que había inspirado a muchos movimientos sociales en América Latina. En su lugar, se buscó orientar la reflexión teológica hacia ámbitos más espirituales, morales y doctrinales, reforzando la identidad católica frente a los desafíos de la secularización y la globalización neoliberal. Este giro implicó un claro desplazamiento: de una teología comprometida con la justicia social y la denuncia profética de las desigualdades, hacia propuestas que privilegiaban la evangelización, la defensa de la doctrina y la reafirmación de valores tradicionales.

Con ello, la llamada teología de los vencidos quedó relegada a un segundo plano, obligada a esperar otro momento histórico en el que las condiciones sociales y políticas permitieran nuevamente la convergencia entre el Estado de justicia y el Estado de poder. La derrota no significaba su desaparición, sino más bien un repliegue estratégico: sus voces se mantuvieron vivas en comunidades de base, en movimientos populares y en memorias colectivas que seguían reclamando dignidad. Sin embargo, el nuevo orden global, marcado por el neoliberalismo y por una Iglesia que privilegiaba la evangelización sobre la transformación estructural, cerró temporalmente el espacio para que esa teología pudiera incidir de manera decisiva en la vida pública.

En la actualidad, con el cambio en la gobernanza global, el surgimiento de un mundo multipolar y la decadencia relativa del orbe occidental, se abre un nuevo capítulo de esperanza para la llamada teología de los vencidos. Las tensiones geopolíticas y el cuestionamiento al modelo neoliberal han generado un escenario en el que las demandas de justicia social, dignidad y reconocimiento de los pueblos vuelven a tener un espacio de legitimidad. En este contexto, las corrientes teológicas que habían sido marginadas encuentran la posibilidad de rearticularse, de dialogar con los movimientos sociales contemporáneos y de recuperar su papel como voz profética frente a las desigualdades globales. Así, la esperanza se renueva: la posibilidad de que el Estado de justicia vuelva a encontrarse con el Estado de poder ya no parece una utopía lejana, sino un horizonte que comienza a perfilarse en medio de la crisis del orden mundial tradicional.

Irónicamente, cabe mencionar que la Iglesia, al haberse aunado al proyecto neoliberal y haber relegado las voces críticas de la teología de la liberación, terminó cerrando ese ciclo histórico bajo el peso de una ola de escándalos financieros, administrativos, sexuales y de encubrimiento descarado. Estos episodios no solo minaron su credibilidad moral, sino que también evidenciaron las contradicciones de una institución que había privilegiado la defensa del orden establecido por encima de la justicia social. Así, el intento de distanciarse de la lucha política y de las transformaciones estructurales terminó debilitando su autoridad espiritual y abriendo un profundo cuestionamiento sobre su papel en el mundo contemporáneo.

El costo de predicar una Iglesia de espaldas a la justicia social fue, en efecto, demasiado alto. No sólo se tradujo en la pérdida de feligreses, en la disminución de su autoridad moral y en el cuestionamiento de su capacidad para encarnar la espiritualidad cristiana, sino también en un impacto económico de proporciones históricas. A nivel global, los procesos de reparación por abusos sexuales han obligado a la institución a desembolsar cifras que superan los miles de millones de dólares. En Estados Unidos, por ejemplo, las diócesis han pagado más de 4.000 millones de dólares en indemnizaciones desde mediados de los años noventa; en Alemania, Irlanda y otros países europeos, los montos también ascienden a cientos de millones; y en América Latina comienzan a emerger demandas que podrían elevar aún más la suma.

En conjunto, se estima que la Iglesia Católica ha tenido que destinar más de 5.000 millones de dólares a nivel mundial para resarcir a las víctimas, una cifra astronómica que refleja no sólo el daño material, sino también el profundo deterioro de su credibilidad y de su misión espiritual.

Tras la renuncia de Benedicto XVI en 2013, la Iglesia entró en un período de transición marcado por la elección de Francisco, quien asumió con la misión de enfrentar los escándalos de abusos y la corrupción interna que habían minado la credibilidad del Vaticano. Durante más de una década, Bergoglio impulsó reformas administrativas, promovió la transparencia financiera y buscó devolverle a la institución un rostro más pastoral y cercano a los pueblos. Sin embargo, en 2025, su renuncia abrió paso a un nuevo capítulo con la elección de Robert Francis Prevost, quien adoptó el nombre de León XIV, convirtiéndose en el primer papa estadounidense de la historia. Su pontificado, iniciado en mayo de 2025, se ha caracterizado por la continuidad en la lucha contra la corrupción, la relectura del Concilio Vaticano II y una marcada cercanía con América Latina, región donde vivió y trabajó por más de dos décadas. Así, la sucesión de Benedicto XVI, Francisco y León XIV refleja no sólo el peso de los escándalos que precipitaron cambios inéditos en la Iglesia, sino también la búsqueda de renovación espiritual y moral en un mundo multipolar y en crisis de legitimidad.

En suma, la noción de la “huaca más poderosa” atraviesa toda la memoria indígena y se prolonga desde la conquista inicial hasta la era colonial y, más tarde, la república. Constituye el núcleo de una teología de los vencidos, que otorga sentido sacro a la derrota, legitima las alianzas de las etnias con los españoles como obra de la providencia, denuncia las incoherencias coloniales y mantiene viva la esperanza de que la justicia divina se manifestará en su tiempo.

La historia andina, en este marco, nunca fue concebida únicamente como un proceso político o militar: siempre estuvo atravesada por una dimensión espiritual y religiosa que interpretaba cada acontecimiento —la conquista, las rebeliones coloniales, las reformas republicanas y los debates contemporáneos— como parte de un designio superior. Así, la memoria indígena se sostuvo en la convicción de que la providencia regula los tiempos de la justicia y que, más allá de las derrotas o retrocesos, la “huaca más poderosa” terminará revelando su fuerza en favor de los pueblos.

La noción de la “huaca más poderosa” no es solo un símbolo religioso, sino un principio filosófico que atraviesa la historia andina como una clave de interpretación del mundo. Ella enseña que la derrota nunca es definitiva, porque el tiempo humano está subordinado al tiempo de lo sagrado. La fuerza de los vencedores puede imponerse en la superficie, pero la justicia divina permanece latente, aguardando su momento. En este sentido, la “huaca más poderosa” es la metáfora de una esperanza que se rehúsa a morir: una convicción de que la verdad y la justicia no dependen de la coyuntura política, sino de un orden superior que trasciende generaciones. Así, la memoria indígena se convierte en una filosofía de la resistencia, donde cada fracaso histórico se transforma en semilla de futuro, y cada opresión en anuncio de liberación.

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