DEBATE CON BLACK ROCK
En una sala discreta, el representante de BlackRock se acomoda y arranca sin rodeos:
“Trump nos obliga a hablar su idioma. Si queremos sobrevivir en Estados Unidos, tenemos que aceptar su nacionalismo económico. No es ideología, es pragmatismo.”
El filósofo cristiano lo escucha con calma y responde:
“Adaptarse a Trump es complicidad. Cristo enseñó que no se puede servir al dinero y a la justicia al mismo tiempo.”
BlackRock continúa:
“Rusia y China, con los BRICS, están levantando un sistema financiero paralelo que amenaza al dólar. Si ellos logran consolidar una moneda común, nuestro negocio se tambalea.”
El filósofo replica:
“Ese intento de multipolaridad es un grito de libertad. El dólar convertido en ídolo es una forma de esclavitud.”
BlackRock se inclina hacia adelante:
“La multipolaridad suena justa en teoría, pero en la práctica significa fragmentación, volatilidad, pérdida de confianza. Los inversores buscan estabilidad, no experimentos.”
El filósofo lo mira con firmeza:
“Pragmatismo sin ética es vacío. ¿De qué sirve salvar contratos si se pierde el alma?”
BlackRock suspira:
“La guerra en Ucrania nos da oportunidades de reconstrucción. No decidimos la guerra, pero sí canalizamos capital. Reconstruir un país devastado es negocio, sí, pero también es servicio.”
El filósofo responde con tono grave:
“La guerra en Ucrania no es negocio, es sufrimiento humano. Reconstruir no basta si se perpetúa la violencia.”
BlackRock insiste:
“Europa exige sostenibilidad, pero en Estados Unidos debemos suavizar el discurso climático para no perder influencia. Es un doble lenguaje, lo admito, pero es la única manera de sobrevivir en un mundo dividido.”
El filósofo replica con dureza:
“Europa no es estable, está desquiciada por la rusofobia. Esa obsesión con Rusia la empuja a querer guerra, y ustedes se benefician de esa locura.”
BlackRock se acomoda en la silla:
“El complejo industrial militar es parte del juego. Trump lo impulsa, y nosotros debemos acompañar esa dinámica. No somos conspiradores, somos gestores.”
El filósofo lo interrumpe:
“El complejo industrial militar no es un juego, es muerte. Aliarse con él es traicionar la vida.”
BlackRock levanta la voz:
“No somos santos, pero tampoco demonios. Nuestro tamaño nos obliga a estar cerca del poder. Si Rusia y China ganan terreno, nuestros clientes occidentales sufrirán. Debemos defender el sistema actual.”
El filósofo responde con serenidad:
“No son simples gestores: son parte de un sistema que decide el destino de pueblos enteros. Si los BRICS avanzan, es porque el mundo busca justicia frente al dominio de Wall Street.”
BlackRock se inclina hacia adelante, casi desafiante:
“Trump nos ve como globalistas, pero sabe que sin nosotros no puede sostener los mercados. Sobrevivir es nuestra misión. Si eso significa hablar con Trump y vigilar a los BRICS, lo haremos.”
El filósofo lo observa con tristeza y sentencia:
“Trump los usa, y ustedes se dejan usar. Eso no es poder, es servidumbre disfrazada. La estabilidad que defienden es la estabilidad de los privilegiados, no la de los pobres.”
BlackRock baja el tono:
“Reconstruir economías, canalizar capital, dar empleo… eso también es servicio, aunque imperfecto. No podemos marginarnos, debemos estar en la mesa donde se toman las decisiones.”
El filósofo concluye con voz firme:
“Sobrevivir no basta. El Evangelio nos recuerda que quien gana el mundo y pierde su alma no ha ganado nada. Si BlackRock se convierte en un engranaje del nacionalismo de Trump y en un muro contra los BRICS, terminará siendo recordado como símbolo de poder sin ética. Y el poder sin ética siempre se derrumba.”
BlackRock retoma con un matiz más político:
“Y no olvides que en Bilderberg se discuten estos temas. Allí no se decide quién gobierna, pero sí se orienta el rumbo. Nosotros estamos en esa mesa porque representamos el capital global.”
El filósofo lo desafía:
“Bilderberg es precisamente el símbolo de esa opacidad. Reuniones secretas de élites que hablan de democracia mientras negocian en privado. ¿Dónde queda la transparencia? ¿Dónde queda la voz de los pueblos?”
BlackRock responde con calma:
“Bilderberg no es conspiración, es diálogo. Allí se sientan políticos, empresarios y académicos para pensar el futuro. Si no participamos, otros lo harán, y perderemos influencia.”
El filósofo replica con dureza:
“Diálogo sin luz es sombra. Si Bilderberg fuera servicio, abriría sus puertas. Pero ustedes se esconden porque saben que lo que discuten no soporta la mirada pública. Cristo dijo que la verdad se proclama en la plaza, no en salones cerrados.”
BlackRock añade con tono pragmático:
“Europa se presenta como estable en esos foros, pero sabemos que está fracturada. La rusofobia la empuja a la guerra, y eso abre oportunidades para el complejo militar y para nosotros como gestores de capital.”
El filósofo responde con indignación:
“Entonces admites que se benefician de la esquizofrenia europea. Esa fachada de estabilidad es mentira, y ustedes la sostienen porque les conviene. La ética cristiana exige denunciar esa falsedad.”
BlackRock concluye con frialdad:
“Nosotros no inventamos la guerra ni la rusofobia, pero debemos adaptarnos a ellas. Si no lo hacemos, perdemos relevancia. Y en este mundo, perder relevancia es desaparecer.”
El filósofo cierra con voz firme:
“Adaptarse a la injusticia es perpetuarla. Si BlackRock se convierte en cómplice de Trump, de Bilderberg y de la rusofobia europea, será recordado como símbolo de poder sin alma. Y el poder sin alma siempre se derrumba.”
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