Flores y Quelopana: símbolos de un mestizaje filosófico
La historia del Perú se ha tejido siempre en la tensión fecunda entre lo andino y lo occidental, y desde el siglo XIX también con lo oriental. Mi primer apellido Flores evoca la raíz europea, peninsular y mediterránea; mi segundo apellido Quelopana recuerda la voz precolombina que sobrevivió a la conquista y a la colonia; y el segundo apellido de mi madre, Chell, encarna la memoria asiática, proveniente del apellido chino Chen que se castellanizó con grafía española y sonoridad oriental. En mi caso, estos tres apellidos no son simples marcas genealógicas: son símbolos de un mestizaje que, lejos de ser negación, se abre como posibilidad filosófica.
El apellido Flores, más allá de evocar la raíz mediterránea, puede dialogar simbólicamente con la flor de lis, emblema heráldico que desde la Edad Media representó pureza, nobleza y trascendencia espiritual. La flor de lis, asociada a la realeza francesa y a la tradición cristiana, se convierte en metáfora de cómo la herencia europea no solo se transmite en la sangre, sino también en símbolos que portan valores universales. En mi genealogía, el apellido Flores puede leerse como prolongación de esa tradición simbólica, donde la flor no es mero ornamento, sino signo de una aspiración espiritual que se suma al mestizaje filosófico. Así, la raíz paterna se enlaza con un símbolo que trasciende fronteras y que, al encontrarse con las memorias andinas y asiáticas, refuerza la idea de que la identidad peruana se construye en la convivencia de símbolos diversos.
El nombre, más que una simple marca de identificación, se convierte en un horizonte de sentido que acompaña la vida y la orienta. Desde la antigüedad se pensó que los nombres portaban una fuerza simbólica capaz de influir en el destino: Platón discutió en el Crátilo si los nombres reflejan la esencia de las cosas o si son convenciones humanas; en el mundo andino, nombrar era reconocer la pertenencia y la función dentro del ayllu; en la tradición cristiana medieval, el nombre vinculaba al individuo con la memoria de los santos y transmitía su fuerza espiritual; en China, la elección de caracteres buscaba armonía con la suerte y el carácter. Así, cada cultura ha visto en el nombre una energía que condiciona la existencia. Sin embargo, el nombre no determina de manera absoluta, sino que abre posibilidades y evoca memorias que el individuo resignifica con sus actos. César Vallejo, por ejemplo, con apellido europeo, convirtió su nombre en vehículo de una poesía mestiza y universal. En ese sentido, el nombre define el destino solo en la medida en que ofrece un horizonte simbólico que se despliega en la escritura y en la vida, y que cada persona transforma en camino propio.
El mestizaje que me constituye no puede entenderse únicamente como mezcla biológica. Es, sobre todo, un encuentro de cosmovisiones que se prolonga en el tiempo. La filosofía occidental, con su énfasis en la razón y la universalidad, se encontró con la filosofía andina, centrada en la reciprocidad y la armonía con la naturaleza. Más tarde, la migración china añadió otra raíz, marcada por la disciplina, la austeridad y la contemplación. De esa triple tensión surge mi identidad, que no se reduce a ninguno de los polos, sino que se afirma en la convivencia de todos.
La filosofía andina, con sus principios de complementariedad (yanantin) y reciprocidad (ayni), no se presenta como enemiga de la tradición occidental. Más bien, dialoga con ella, cuestionándola y enriqueciéndola. Ese diálogo no es fácil ni lineal, pero constituye la esencia de lo que significa pensar desde el Perú: habitar varios mundos y buscar que todos se reconozcan en su diferencia.
Así lo entendieron Garcilaso de la Vega, Guamán Poma de Ayala y Juan de Santa Cruz Pachacuti Yamqui, quienes en los albores de la colonia abrieron paso a una identidad mestiza que no renunciaba a ninguna de sus raíces. En sus obras se revela que el ser de la peruanidad no se construye desde la exclusión, sino desde la convivencia de mundos distintos. Ellos fueron los primeros en mostrar que la escritura podía ser un puente entre memorias.
La memoria de los nombres no solo se conserva en la genealogía, sino también en los diccionarios etimológicos más antiguos de la colonia, como el Vocabulario de la lengua general del Perú llamada quechua de fray Domingo de Santo Tomás (1560), la Gramática y arte de la lengua general del Perú de fray Diego González Holguín (1608), o el Arte y vocabulario de la lengua aymara de fray Ludovico Bertonio (1612). Estos textos, aunque nacieron con fines evangelizadores, se convirtieron en archivos de resistencia cultural: allí quedaron registradas voces indígenas que sobrevivieron al proceso de castellanización. La escritura lexicográfica fue, en ese sentido, un espacio donde la lengua andina dialogó con el castellano, preservando significados que hoy siguen iluminando la identidad mestiza.
En mi genealogía, los caciques de Tacna y Tarapacá mantuvieron viva la memoria indígena en medio de la expansión criolla y europea. El apellido Quelopana es testimonio de que la raíz andina persistió en la familia, incluso cuando los rasgos fenotípicos se diluían. Esa memoria se convierte en metáfora de la historia nacional: una herencia que resiste y se transforma, y que se transmite en la palabra y en la sangre.
El apellido indígena que recibí, aunque los rasgos físicos se hayan mezclado con otros, es prueba de que la herencia cultural no depende únicamente de la biología. La memoria ancestral se transmite en los nombres, en las palabras, en la tierra, y puede despertar vocaciones filosóficas incluso en quienes se reconocen como blancos o criollos. El mestizaje, entonces, es más que mezcla de sangres: es continuidad espiritual.
En ese horizonte filológico aparece la palabra moche quexll pen, cuya resonancia guarda la memoria de un mestizaje temprano. Su sonoridad híbrida, que combina raíces indígenas con grafías coloniales, es símbolo de cómo las lenguas se entrelazaron en el Perú. No es solo un término aislado: es metáfora de la tensión creadora entre lo andino y lo hispánico, entre la oralidad ancestral y la escritura colonial. Recordar moche quexll pen es reconocer que la filosofía mestiza también se expresa en las palabras que portan huellas de mundos distintos.
En mi caso, los apellidos se convierten en símbolos de pertenencia. Flores recuerda la herencia europea, Quelopana mantiene viva la raíz andina, y Chell añade la memoria asiática. Al encontrarse en una misma identidad, expresan la tensión creadora que define al Perú. No son simples marcas genealógicas, sino signos de una historia que se prolonga en la escritura y en el pensamiento.
Mi firma literaria que une Flores, Quelopana y la memoria de Chell se convierte en un acto consciente de reivindicación cultural. Es la expresión de una travesía que comenzó con los cronistas coloniales y que continúa hoy en quienes buscamos dar voz a la filosofía andina sin negar la occidental ni la oriental. La escritura se convierte así en espacio de reconciliación, donde las raíces dialogan y se reconocen.
En el siglo XIX, la llegada de miles de trabajadores chinos como braceros añadió una nueva raíz a la identidad peruana. Sus apellidos se castellanizaron, sus costumbres se mezclaron con las locales, y su memoria se integró en la vida cotidiana. Fue mi padre quien me relató cómo el apellido chino Chen, al llegar al Perú, se castellanizó en Chell, conservando su sonoridad oriental, pero adaptándose a la grafía española. Ese testimonio familiar convierte la historia de la migración china en memoria viva dentro de mi genealogía. En mi caso, el apellido Chen transformado en Chell es símbolo de esa incorporación materna: suena a chino, se escribe en español y recuerda al inglés, convirtiéndose en un puente cultural triple.
El apellido Chell, aunque en mi caso provenga de la castellanización del chino Chen, existe también en la tradición inglesa medieval como variante de Cheal, documentada en registros desde el siglo XI y con presencia en genealogías británicas posteriores. Su sonoridad cercana al apellido Shell, más difundido en el ámbito anglosajón, refuerza la idea de que los nombres pueden resonar en distintas culturas sin compartir necesariamente un mismo origen. En mi identidad, Chell se convierte en símbolo de esa pluralidad: un apellido que recuerda la raíz china, se escribe con grafía española y, al mismo tiempo, evoca ecos europeos y anglosajones, mostrando que la memoria se despliega en múltiples direcciones y que el mestizaje también se expresa en la polisemia de los nombres.
En el siglo XX, escritores como José María Arguedas dieron continuidad a esta empresa. Aunque su nombre era plenamente occidental, su obra reivindicó la voz quechua y mostró que la peruanidad se expresa en la convivencia de lenguas y mundos. Arguedas encarnó la tensión de vivir entre dos culturas y convertir esa experiencia en literatura, abriendo paso a una filosofía mestiza desde la narrativa.
De manera semejante, César Vallejo, con apellido gallego, escribió una poesía profundamente mestiza. Su obra revela que la sensibilidad andina puede expresarse en castellano y que la experiencia del dolor mestizo es universal. Vallejo es símbolo de cómo un apellido europeo puede ser vehículo de una voz que nace de la tierra peruana y se proyecta hacia el mundo entero.
Por su parte, Gamaliel Churata eligió conscientemente un seudónimo con resonancia aimara. “Churata” significa mezcla, y su firma literaria es una declaración de mestizaje. En él, como en mi caso, el nombre mismo se convierte en manifiesto cultural, en símbolo de la peruanidad que se abre paso en la escritura. Churata mostró que la identidad podía afirmarse desde la elección consciente de un nombre que porta memoria indígena.
El filósofo argentino Rodolfo Kusch, creador de la noción de “estarlogía”, aportó una reflexión decisiva: mientras la filosofía occidental busca el “ser”, la filosofía americana se centra en el “estar”, en habitar la tierra y sentir la presencia. Su pensamiento muestra que la filosofía andina no es un complemento menor, sino una forma distinta de pensar que puede dialogar con Occidente en igualdad. Kusch abrió la posibilidad de reconocer que el mestizaje filosófico no es subordinación, sino creación.
La continuidad histórica muestra que cada generación ha aportado a este diálogo. Los cronistas coloniales, los caciques de Tacna y Tarapacá, los escritores mestizos del siglo XX y los pensadores contemporáneos han mantenido viva la empresa de dar voz a una identidad que no se deja reducir. En cada época, el mestizaje se ha expresado de manera distinta, pero siempre como búsqueda de sentido.
El ser de la peruanidad se abre paso en esa tensión creadora. No es una identidad homogénea ni pura, sino plural y mestiza. En ella conviven la memoria ancestral y la herencia europea, la voz indígena y la razón occidental, y desde el siglo XIX también la disciplina y la contemplación asiáticas. Esa convivencia, lejos de ser un problema, es la fuente de una filosofía propia, capaz de hablar desde el Perú al mundo.
Mi genealogía que une apellidos europeos, andinos y chinos es metáfora de la historia nacional. En cada familia, como en cada obra literaria, se revela la persistencia de una memoria que no desaparece. Los apellidos son más que marcas: son símbolos de una travesía cultural que se prolonga en el tiempo y que se expresa en la escritura.
La peruanidad, entendida como mestizaje filosófico, no se reduce a una suma de influencias. Es un modo de pensar que surge de la convivencia de mundos distintos. En esa convivencia se encuentra la fuerza creadora que permite al Perú dialogar con su pasado y proyectarse hacia el futuro.
Los nombres occidentales, como Luis y Gustavo, se suman a los apellidos europeos, andinos y chinos para mostrar la pluralidad de raíces. Mi identidad se construye en esa tensión, y la escritura se convierte en el espacio donde esas raíces dialogan. El nombre literario es, entonces, un manifiesto cultural.
La memoria ancestral que se transmite en los apellidos indígenas es una fuerza que no se extingue. Aunque los rasgos fenotípicos cambien, la palabra conserva la raíz. Esa memoria se convierte en inspiración filosófica, en búsqueda de sentido, en reivindicación cultural.
La memoria asiática, por su parte, se refleja no solo en los apellidos, sino también en los rasgos de carácter. La austeridad, la introversión y la contemplación pueden ser ecos de esa raíz china, que se suma a la interioridad andina y a la racionalidad europea. Mi identidad se expresa así en modos de ser, no solo en genealogías.
La diferencia entre mi hiperactividad mental y la hiperactividad social de mi padre es también símbolo de esta pluralidad. Mi padre encarnaba la vitalidad peninsular, expansiva y sociable, mientras que mi hiperactividad se orienta hacia la reflexión, la contemplación y la producción intelectual. Dos formas distintas de energía que revelan cómo las raíces europeas, andinas y asiáticas se manifiestan en modos diversos de estar en el mundo: una orientada hacia la acción comunitaria y la sociabilidad, otra hacia la interioridad y el pensamiento constante. En esa complementariedad se expresa la riqueza del mestizaje filosófico que me constituye, donde cada herencia cultural aporta su propio ritmo vital y su manera de desplegar la existencia.
Este mestizaje filosófico no es solo una herencia del pasado, sino también una tarea del presente. En el Perú contemporáneo, la convivencia de raíces europeas, andinas y asiáticas sigue generando nuevas formas de pensamiento y creación. La filosofía mestiza se proyecta hacia el futuro como una voz capaz de dialogar con el mundo sin renunciar a su pluralidad interna. En mi escritura, esa tensión creadora se convierte en propuesta cultural: pensar desde el Perú es pensar desde la diversidad.
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