viernes, 30 de enero de 2026

Universidad mercantilizada y domesticación del catedrático


Universidad mercantilizada y domesticación del catedrático

La ruina espiritual de la universidad peruana

En la universidad peruana actual, el catedrático se encuentra atrapado en una dinámica que lo agobia y le impide dedicarse plenamente a la investigación y a la escritura. La carga administrativa es excesiva: formularios, reportes, acreditaciones y trámites burocráticos que consumen horas que deberían destinarse a la producción académica. A ello se suma la precariedad laboral, pues muchos docentes trabajan con contratos temporales, salarios bajos y la necesidad de tener varios empleos para sostenerse, lo que fragmenta su tiempo y desgasta su energía. La investigación, además, carece de apoyo institucional: los fondos son escasos, el acceso a bibliografía y bases de datos internacionales es limitado y las oportunidades de colaboración son mínimas. En este contexto, la escritura académica se convierte en una tarea difícil, pues no existe una cultura sólida de formación en redacción científica ni incentivos claros para publicar en revistas indexadas. La universidad privilegia la docencia inmediata y la rutina administrativa por encima de la producción intelectual de largo plazo, lo que genera desmotivación y bloqueos. Así, el catedrático peruano vive en un círculo de burocracia, precariedad y falta de apoyo que lo sofoca y le impide desplegar su potencial creativo e investigativo.

El colmo es que hay profesores principales con buen sueldo que dan la impresión de estar tan bien adaptados a su autoexplotación que dictan en otras universidades priorizando solamente incrementar su ingreso económico. En lugar de dedicar ese privilegio de tiempo y recursos a investigar, escribir o formar equipos académicos sólidos, muchos optan por multiplicar su carga docente en otras instituciones, priorizando únicamente el incremento de sus ingresos. Lo más llamativo es que esta práctica se normaliza y hasta se percibe como signo de adaptación exitosa al sistema, cuando en realidad perpetúa un círculo vicioso: el profesor se desgasta en la docencia repetitiva, se aleja de la investigación y contribuye a que la universidad siga siendo un espacio centrado en la enseñanza inmediata y no en la producción de conocimiento.

La consecuencia es doble: por un lado, se limita el desarrollo académico del propio docente, y por otro, se empobrece la vida intelectual de la universidad, que pierde la oportunidad de nutrirse con investigación original y escritura crítica. En el fondo, lo que se revela es una cultura institucional que premia la acumulación de horas dictadas y la búsqueda de ingresos, más que la creación de conocimiento. Ese “colmo” es sintomático de un sistema que ha convertido la autoexplotación en virtud, y que invisibiliza la verdadera misión universitaria: investigar, pensar y escribir para transformar la sociedad.

Casi en contadas universidades los profesores no se desgastan de esa forma, pero caen triturados por la maquinaria burocrática de su propia universidad que los remunera muy bien, pero los domestica hasta el extremo. Allí, el docente se ve atrapado en un sistema que lo remunera bien, pero lo somete a un régimen de controles, formatos, comités y evaluaciones que lo domestican hasta el extremo. En lugar de aprovechar esa estabilidad para investigar y escribir con libertad, el profesor queda absorbido por una lógica institucional que mide su desempeño en términos de cumplimiento administrativo más que de producción intelectual. La universidad, en vez de ser un espacio de creación y pensamiento crítico, se convierte en una organización que disciplina y normaliza a sus académicos, reduciéndolos a engranajes de un aparato burocrático. El resultado es que, aunque no se desgasten corriendo de una universidad a otra, terminan igualmente triturados por la rutina administrativa, sin margen para desplegar su creatividad ni para aportar conocimiento nuevo.

En otras palabras, la universidad peruana no está organizada en función del saber sino del mercado y en esa lógica perversa deshumaniza al catedrático. En lugar de concebirse como un espacio de creación intelectual y de investigación crítica, se ha convertido en una institución que responde a lógicas mercantiles: número de matrículas, acreditaciones formales, rankings y productividad medida en horas dictadas o en indicadores administrativos. En esa lógica perversa, el catedrático deja de ser un sujeto creador de conocimiento y se transforma en un recurso humano que debe rendir cuentas como si fuera una pieza de maquinaria. Se le exige cumplir con formatos, dictar más cursos, adaptarse a la demanda estudiantil y a los criterios de gestión, mientras se le priva de tiempo y condiciones para investigar y escribir.

La consecuencia es una deshumanización: el profesor deja de ser un intelectual con voz propia y se convierte en un trabajador disciplinado, domesticado por la burocracia o por la necesidad de ingresos adicionales. Así, la universidad pierde su misión esencial: ya no es un lugar donde se cultiva el saber y se piensa críticamente la sociedad, sino un engranaje más del mercado que mide su éxito en cifras y no en ideas. El catedrático, atrapado entre la autoexplotación y la domesticación burocrática, se ve reducido a sobrevivir dentro de un sistema que lo sofoca, cuando su verdadera tarea debería ser la creación y transmisión de conocimiento transformador.

Si a todo lo ya mencionado se le suma la obligación de publicar en la llamada mafia de las revistas indexadas, el panorama se completa con un cuadro de mediocridad intelectual que atraviesa a la universidad peruana. La exigencia de publicar en revistas que forman parte de circuitos cerrados, muchas veces inaccesibles y dominados por criterios mercantiles más que académicos, convierte la escritura científica en un trámite burocrático más. El profesor no escribe para pensar, investigar o aportar conocimiento nuevo, sino para cumplir con un requisito que le permita ascender, mantenerse en el escalafón o justificar su permanencia en la institución.

En este contexto, la publicación deja de ser un acto creativo y crítico para transformarse en un mecanismo de supervivencia dentro de un sistema que mide la calidad académica por la cantidad de artículos indexados, sin importar su pertinencia ni su impacto real en la sociedad. El catedrático se ve forzado a producir textos apresurados, muchas veces irrelevantes, que circulan en revistas que cobran por publicar, que imponen barreras de acceso y que responden más a la lógica del negocio editorial que a la del saber. Así, la universidad no solo deshumaniza al docente con la burocracia y la autoexplotación, sino que también lo somete a una dinámica de simulacro intelectual, donde lo importante no es investigar ni escribir con profundidad, sino cumplir con la cuota de publicaciones exigida.

El resultado es devastador: se instala una cultura de la mediocridad en la que la investigación se reduce a un requisito formal, la escritura se convierte en un trámite y el saber se vacía de contenido crítico. La universidad peruana, organizada en función del mercado y no del conocimiento, termina por sofocar a sus propios catedráticos, que ya sea por la autoexplotación, por la domesticación burocrática o por la obligación de publicar en revistas indexadas, se ven reducidos a engranajes de un sistema que mide cifras y no ideas, que premia la apariencia y no la creación, y que perpetúa una lógica perversa de deshumanización intelectual.

El diagnóstico es contundente: el espíritu humanístico de la universidad peruana luce extraviado y pervertido. En lugar de ser un espacio donde se cultiva el pensamiento crítico, la reflexión sobre la condición humana y la creación de saberes que dialoguen con la sociedad, la universidad se ha convertido en una institución sometida a las lógicas del mercado y a la maquinaria burocrática. El humanismo, que debería ser el eje de toda formación universitaria, se ha visto desplazado por indicadores cuantitativos, rankings, acreditaciones y la obsesión por publicar en revistas indexadas que responden más a intereses mercantiles que a la búsqueda genuina de conocimiento.

El catedrático, que en esencia debería ser un intelectual libre, comprometido con la investigación y la escritura, se encuentra atrapado en un círculo de autoexplotación, precariedad y domesticación administrativa. Algunos, aun con buenos sueldos, se adaptan a la lógica de dictar en múltiples universidades para incrementar sus ingresos, sacrificando la posibilidad de investigar y escribir con profundidad. Otros, en instituciones que los remuneran bien, son triturados por la burocracia interna que los domestica hasta el extremo, reduciéndolos a engranajes de un aparato de control. Y todos, sin excepción, se ven obligados a cumplir con la cuota de publicaciones en revistas indexadas, lo que convierte la escritura en un trámite y la investigación en un simulacro.

En este escenario, el espíritu humanístico se extravía porque la universidad ya no se organiza en función del saber, sino del mercado. Se pervierte porque la misión de formar seres humanos críticos y libres se sustituye por la tarea de producir trabajadores dóciles y académicos domesticados. La universidad, que debería ser un espacio de creación y transformación, se reduce a una institución que mide cifras y no ideas, que premia la apariencia y no la profundidad, y que deshumaniza a sus propios catedráticos. El resultado es una mediocridad intelectual que se instala como norma, un vacío de pensamiento crítico y una perversión del sentido original de la universidad como lugar de cultivo del espíritu.

la universidad peruana, parapetada en grandes y modernos edificios, exhibe hacia afuera una fachada de progreso y modernidad, pero en su interior se esconde una profunda ruina espiritual. Esa arquitectura imponente, que debería ser símbolo de un espacio dedicado al saber y a la creación intelectual, termina funcionando como un disfraz que oculta el extravío del conocimiento y la perversión de la enseñanza. La docencia se ha instrumentalizado, reducida a un servicio que responde a la lógica del mercado y a la demanda inmediata de profesionales funcionales, mientras se abandona la misión de formar seres humanos críticos y libres.

En ese contexto, la mediocridad intelectual se instala como norma: los catedráticos, atrapados entre la autoexplotación, la burocracia y la obligación de publicar en revistas indexadas que responden más a intereses mercantiles que a la búsqueda genuina de saber, se ven deshumanizados y domesticados. La universidad, que debería ser un espacio de creación de ideas nuevas, se muestra incompetente para cumplir esa tarea, porque ha desplazado el espíritu humanístico y lo ha sustituido por indicadores cuantitativos, rankings y cifras que nada tienen que ver con la verdadera vida intelectual.

Así, los edificios modernos se convierten en metáforas de un vacío: muros relucientes que esconden la pobreza del pensamiento, auditorios equipados que silencian la crítica, bibliotecas digitales que no se usan para investigar sino para cumplir con requisitos formales. La universidad peruana, en lugar de ser un lugar donde se cultiva el saber y se piensa críticamente la sociedad, se ha transformado en un aparato que reproduce mediocridad y que, parapetado en su infraestructura, oculta la ruina espiritual que la atraviesa.

La universidad peruana burocratizada y mercantilizada es incapaz de convertir la riqueza material del país en riqueza espiritual, pues ha renunciado a su misión de ser un espacio de creación y cultivo del saber. En lugar de promover la ciencia, la filosofía y el pensamiento crítico, se ha instalado en un estado de estancamiento que se traduce en la perpetua copia de modelos extranjeros, incapaz de generar ideas propias que respondan a las necesidades de la sociedad peruana. La enseñanza se ha instrumentalizado, reducida a un servicio que responde a la lógica del mercado y a la demanda inmediata de profesionales funcionales, mientras se abandona la tarea de formar seres humanos libres y críticos. La investigación se convierte en un trámite, la escritura en un requisito burocrático y la vida intelectual en un simulacro que mide cifras y no ideas.

Si a todo ello añadimos el enriquecimiento escandaloso de los rectores de universidades privadas y públicas, el panorama se revela aún más perverso: se entiende que el objetivo no es la construcción de conocimiento ni el fortalecimiento del espíritu humanístico, sino la captura de un botín para fines mendaces y subalternos al saber y a la ciencia. La universidad, parapetada en grandes edificios y en discursos de modernidad, oculta su ruina espiritual y su incompetencia para crear pensamiento nuevo, mientras sus autoridades convierten la gestión académica en un negocio lucrativo. Así, el sistema universitario peruano se muestra como una institución que ha perdido su esencia, que ha extraviado el espíritu humanístico y que ha pervertido su misión, transformándose en un aparato que reproduce mediocridad, que domestica a sus catedráticos y que subordina el conocimiento a intereses económicos y burocráticos.

Lo que se observa en la putrefacción de la universidad peruana no es sino el síntoma de algo más hondo que necesita ser transformado: el modelo capitalista neoliberal que, en su fase terminal, ha convertido a la educación superior en un engranaje más de su maquinaria mercantil. Este modelo, al entronizar y consolidar un nihilismo estructural, ha vaciado de sentido la misión humanística de la universidad y ha reducido el saber a un instrumento subordinado a intereses económicos y burocráticos. La universidad, atrapada en esta lógica, refleja la enfermedad de una sociedad que ha hecho del mercado su único horizonte y que, en consecuencia, ha dejado de creer en la posibilidad de crear ideas nuevas, de cultivar la ciencia y la filosofía, y de promover el pensamiento crítico. La crisis universitaria, entonces, no es un fenómeno aislado, sino la manifestación visible de un veneno más profundo que corroe la vida colectiva: el nihilismo estructural del capitalismo neoliberal, que deshumaniza, esteriliza y condena a la sociedad a la mediocridad espiritual.

Bibliografía

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  • Flores Quelopana, Gustavo. La Universidad Nihilista. Lima: Iipcial, 2025.

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  • Quijano, Aníbal. Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. Buenos Aires: CLACSO, 2000.

  • Vargas Llosa, Mario. La llamada de la tribu. Madrid: Alfaguara, 2018.

  • Zegarra, Eduardo. Universidad y sociedad en el Perú contemporáneo. Lima: Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2010.

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