jueves, 29 de enero de 2026

Fenomenología augural de lo que vi

 


Fenomenología augural de lo que vi

1. Relato de lo vivido

La noche del 28 de enero de 2026, desde Salamanca con la vista hacia San Borja, una luz apareció en el cielo. Permaneció suspendida durante varios minutos, entre ocho y diez, alternando destellos azul y rojo, como si insistiera en hacerse notar. Se mantuvo quieta, descendió lentamente y luego tomó rumbo hacia el Este o Sur‑Este. La sensación fue de misterio neutral: ni amenaza ni promesa, solo una manifestación que se mostraba con insistencia y seguía su curso. Mientras más se observaba, más insistía en mostrar sus colores. Hubo incluso un momento de desafío verbal, preguntando si era de origen extraterrestre, pero la luz permaneció imperturbable, sin responder ni alterar su comportamiento. El registro fotográfico con hora acompañó la experiencia, aunque la calidad no permitió identificar con claridad el objeto.

2. Análisis de las posibilidades de interpretación

El fenómeno podía entenderse desde varias perspectivas. Una opción era la aeronáutica: avión, dron o globo. Otra, la astronómica: estrella, planeta o meteoro. También cabía la interpretación espiritual: símbolo, mensaje divino o engaño demoníaco. Finalmente, la especulación extraterrestre: un objeto de origen no humano. Cada posibilidad ofrecía un marco distinto para comprender lo observado. El análisis debía considerar la duración prolongada, el parpadeo de colores, la quietud inicial, el descenso controlado y la trayectoria final hacia el amanecer.

La hipótesis aeronáutica requería examinar las características de las aeronaves conocidas. Un avión comercial no se mantiene suspendido en el aire durante varios minutos ni alterna luces azul y rojo de manera tan marcada; sus luces de navegación son fijas y responden a patrones internacionales. Los drones, aunque capaces de permanecer estáticos, difícilmente alcanzan la altura aparente del objeto observado y suelen mostrar múltiples luces de orientación, no solo dos tonos alternantes. Los globos aerostáticos o de investigación, por su parte, se desplazan con el viento y carecen de control preciso para detenerse y luego seguir una trayectoria definida, lo que los hace poco compatibles con lo visto.

La hipótesis astronómica también debía ser considerada. Una estrella o planeta visible en el cielo nocturno mantiene posición fija relativa y no alterna colores con rapidez. Los meteoros, aunque brillantes, duran apenas segundos y no permanecen visibles por diez minutos. Los satélites pueden mostrar destellos al reflejar la luz solar, pero su movimiento es constante y lineal, sin pausas ni descensos perceptibles. Por tanto, los fenómenos astronómicos conocidos no explican la combinación de quietud, descenso y cambio de rumbo hacia el Este.

La interpretación espiritual abría otro campo de análisis. En diversas tradiciones, las luces en el cielo se entienden como símbolos, mensajes divinos o manifestaciones de fuerzas invisibles. El hecho de que la luz insistiera en mostrar sus colores mientras era observada podía interpretarse como un intento de comunicación no verbal, un recordatorio de dualidad y transición. La opción demoníaca, dentro de este marco, sugería la posibilidad de engaño perceptivo, aunque la experiencia relatada no incluyó confusión ni perturbación, sino más bien misterio neutral.

La interpretación OVNI/UAP debía ser considerada con seriedad. El término “objeto volador no identificado” no implica necesariamente origen extraterrestre, sino la constatación de un fenómeno aéreo que no puede clasificarse dentro de las categorías convencionales. La duración prolongada, el comportamiento controlado, la alternancia de colores y la trayectoria definida hacia el Este encajan con los patrones descritos en múltiples avistamientos documentados en distintas partes del mundo. Reconocerlo como OVNI significa admitir que se trató de un hecho objetivo, visible y registrado, pero sin explicación técnica o astronómica suficiente. Esta categoría abre la puerta a interpretaciones posteriores, ya sean simbólicas, espirituales o especulativas, sin negar la realidad del fenómeno observado.

3. Descarte de las interpretaciones según el análisis

La hipótesis aeronáutica no encajaba. Un avión comercial no se detiene en el aire ni alterna luces azul y rojo de manera tan marcada; sus sistemas de iluminación responden a patrones internacionales y no muestran variaciones insistentes como las observadas. Los drones, aunque capaces de permanecer estáticos, difícilmente alcanzan la altura aparente del objeto y suelen mostrar múltiples luces de orientación, no solo dos tonos alternantes. Los globos aerostáticos o de investigación, por su parte, se desplazan con el viento y carecen de control preciso para detenerse y luego seguir una trayectoria definida. Por estas razones, la explicación aeronáutica resultaba insuficiente.

La hipótesis astronómica tampoco era viable. Una estrella o planeta visible en el cielo nocturno mantiene posición fija relativa y no alterna colores con rapidez. Los meteoros, aunque brillantes, duran apenas segundos y no permanecen visibles por diez minutos. Los satélites pueden mostrar destellos al reflejar la luz solar, pero su movimiento es constante y lineal, sin pausas ni descensos perceptibles. La combinación de quietud inicial, descenso controlado y cambio de rumbo hacia el Este no se ajustaba a ningún fenómeno astronómico conocido.

La opción demoníaca se debilitaba al considerar la naturaleza de la experiencia. No hubo ilusión ni perturbación, sino presencia objetiva, insistente pero neutral. En las tradiciones religiosas, lo demoníaco suele asociarse con engaño, confusión o miedo, pero lo ocurrido se mostró como un fenómeno externo, visible y registrado, sin manipulación perceptiva ni emocional. La neutralidad del misterio lo alejaba de la categoría de engaño espiritual, aunque la interpretación simbólica seguía abierta.

La especulación extraterrestre, aunque sugerente, carecía de evidencia verificable. Los relatos clásicos de OVNIs suelen incluir comportamientos similares: luces que se detienen, cambian de color y siguen trayectorias definidas. Sin embargo, la falta de pruebas materiales o registros técnicos impide afirmar un origen no humano. La hipótesis extraterrestre no podía descartarse del todo, pero tampoco confirmarse, quedando suspendida en el terreno de lo posible, como una conjetura que acompaña al misterio sin resolverlo. Su valor radica más en abrir la imaginación y ampliar los horizontes de interpretación que en ofrecer una explicación definitiva.

El reconocimiento de la categoría OVNI/UAP se imponía como la conclusión más honesta. No se trataba de resolver el misterio, sino de admitirlo: un objeto volador no identificado es, por definición, un fenómeno aéreo real que no puede clasificarse dentro de las categorías convencionales. La duración prolongada, el comportamiento controlado, la alternancia de colores y la trayectoria definida hacia el Este encajaban con patrones descritos en múltiples avistamientos documentados en distintas partes del mundo. Esta constatación no ofrecía una respuesta definitiva, pero sí delimitaba el terreno: lo observado fue objetivo, visible y registrado, aunque sin explicación técnica o astronómica suficiente.

A partir de esa constatación, la interpretación simbólica surgía como un camino complementario y necesario. Si el fenómeno no podía explicarse por medios técnicos ni reducirse a hipótesis materiales, entonces podía leerse como un signo, un mensaje o un augurio. La insistencia de la luz en mostrar sus colores, la neutralidad de su presencia y el rumbo hacia el amanecer abrían la posibilidad de entenderlo como un acontecimiento con significado espiritual. Así, lo objetivo y lo simbólico se conciliaban: el OVNI era el soporte material de un mensaje que se manifestaba en el cielo, un recordatorio de transición y renovación que no negaba su condición de fenómeno real, pero que invitaba a interpretarlo en clave de augurio.

4. Profundización de la opción simbólica

La insistencia de la luz en mostrar sus colores, la quietud inicial y el rumbo final hacia el Este se prestaban a una lectura simbólica. Azul y rojo evocaban calma y energía, contemplación y acción. La pausa en el cielo invitaba a detenerse y reflexionar, el descenso acercaba lo trascendente a lo humano, y la partida hacia el amanecer señalaba renovación. El contexto temporal reforzaba esta lectura: primer mes del año, inicio de un ciclo, momento propicio para mensajes de transición. La neutralidad del misterio se conciliaba con el augurio, porque no hubo amenaza ni promesa material, sino un signo de posibilidad. El hecho de que ocurriera en el primer mes del año 2026, con rumbo hacia el amanecer, reforzaba la idea de un mensaje de renovación espiritual más que material.

El despliegue de colores azul y rojo en el cielo no puede reducirse a un mero efecto óptico. En la tradición espiritual, el azul ha sido asociado con la trascendencia y la infinitud, como en el hinduismo donde Krishna es representado con piel azul para simbolizar su naturaleza divina y cósmica. El rojo, por su parte, se vincula con la vitalidad, la pasión y la fuerza transformadora, como en el chakra raíz del hinduismo y budismo, donde representa la energía vital que sostiene la existencia. La conjunción de ambos colores en un mismo fenómeno sugiere un equilibrio entre lo espiritual y lo vital, entre contemplación y acción.

La quietud inicial del objeto, suspendido en el cielo, remite a la idea de pausa y contemplación. En la tradición bíblica, los signos celestes suelen aparecer como momentos de detención para escuchar la voz de lo divino: la estrella de Belén, por ejemplo, se detuvo sobre el lugar donde debía nacer el Mesías (Mateo 2:9). Esa pausa no es ausencia de movimiento, sino invitación a la atención, a reconocer que algo significativo está ocurriendo.

El descenso del objeto añade otra capa simbólica. Lo trascendente se acerca al plano humano, como en los relatos bíblicos de ángeles que descienden para anunciar mensajes o advertencias. En la tradición mística, lo que baja del cielo no pierde su carácter divino, sino que se adapta para ser comprendido por quienes lo reciben. El descenso de la luz puede interpretarse como un gesto de proximidad: lo espiritual se hace presente en lo cotidiano.

La partida hacia el Este o Sur‑Este refuerza la lectura simbólica. El Este es la dirección del amanecer, del nacimiento de la luz, y en muchas culturas se asocia con la esperanza y la renovación. En la liturgia cristiana, las iglesias se orientan hacia el Este como símbolo de la resurrección y del retorno de Cristo. En la tradición andina, el sol naciente es fuente de vida y renovación, marcando el inicio de los ciclos agrícolas y espirituales. El rumbo del objeto hacia el amanecer se convierte así en un signo de transición hacia lo nuevo.

El contexto temporal también es decisivo. El fenómeno ocurrió en el primer mes del año 2026, un momento que marca el inicio de un ciclo. En la numerología, el año 2026 se reduce al número 1 (2+0+2+6=10, 1+0=1), símbolo de comienzos y liderazgo. En la tradición bíblica, los primeros días de un ciclo suelen ser vistos como tiempos de consagración y renovación, como en el Génesis donde el primer día marca la creación de la luz. El hecho de que la luz apareciera en ese umbral temporal refuerza su carácter de augurio de renovación espiritual.

La neutralidad del fenómeno, que no respondió al desafío verbal ni mostró amenaza, se concilia con la idea de signo. En la tradición de los profetas bíblicos, los signos no siempre traen mensajes explícitos; a veces son silenciosos, invitando a la interpretación. El misterio neutral no niega el sentido, sino que lo abre: la ausencia de respuesta directa obliga a buscar significado en lo simbólico.

Autores como Mircea Eliade han señalado que los fenómenos celestes suelen ser interpretados como hierofanías, manifestaciones de lo sagrado en el mundo. Una luz que aparece, se detiene, desciende y parte hacia el amanecer puede ser vista como una hierofanía contemporánea: un recordatorio de que lo divino se manifiesta en formas inesperadas, no para imponer, sino para invitar a la conciencia.

Carl Gustav Jung, en su teoría de los arquetipos y del inconsciente colectivo, sostuvo que las imágenes luminosas y los símbolos celestes emergen como proyecciones de contenidos arquetípicos universales. Una luz que insiste en mostrar sus colores puede ser entendida como la irrupción de un arquetipo de transformación, un signo que conecta la psique individual con el inconsciente colectivo. Para Jung, estos fenómenos no son meras ilusiones, sino expresiones de la necesidad de integración interior, de la unión de opuestos —como el azul y el rojo— en un proceso de individuación espiritual.

Joseph Campbell, por su parte, interpretó los símbolos celestes dentro del marco del mito del héroe y del viaje espiritual. La aparición de una luz en el cielo, su pausa y su partida hacia el amanecer, encajan con la estructura del “llamado a la aventura”: un signo que invita a cruzar un umbral, a dejar atrás lo conocido y emprender un camino de renovación. Campbell subrayaba que los mitos y símbolos no son simples relatos, sino mapas de la conciencia humana, y que los fenómenos extraordinarios pueden funcionar como recordatorios de que cada vida está inmersa en un viaje espiritual hacia la transformación.

En Lo sagrado, Rudolf Otto introdujo el concepto de lo numinoso, esa experiencia de misterio fascinante y tremendo que sobrecoge sin necesidad de explicación racional. El fenómeno de la luz en el cielo encaja con esta categoría: una presencia que no amenaza ni promete, pero que impone respeto y despierta conciencia. La neutralidad del objeto observado, su insistencia silenciosa y su partida hacia el amanecer evocan precisamente esa mezcla de fascinación y sobrecogimiento que Otto describía como el núcleo de la experiencia religiosa.

Ernst Cassirer, en su Filosofía de las formas simbólicas, sostuvo que el ser humano vive en un universo de símbolos más que en uno puramente físico. Bajo esta perspectiva, la luz que aparece, se detiene y parte hacia el amanecer no es solo un fenómeno material, sino una “forma simbólica” que organiza la experiencia y le da sentido. Cassirer subrayaba que los símbolos no son adornos, sino estructuras fundamentales del pensamiento humano. El avistamiento se convierte así en un símbolo que articula la transición entre lo viejo y lo nuevo, entre la calma y la energía, entre lo humano y lo trascendente.

Northrop Frye, en su análisis de la Biblia y la literatura, mostró cómo los símbolos celestes funcionan como estructuras narrativas universales. La luz en el cielo puede ser vista como parte de un “arquetipo de revelación”, un motivo que atraviesa culturas y textos sagrados. Frye señalaba que los símbolos no solo transmiten significados, sino que estructuran la manera en que los relatos se comprenden. El fenómeno observado se inscribe en esa lógica: una revelación silenciosa que no dicta palabras, pero que organiza la experiencia como un relato de transición y renovación.

Paul Ricoeur, en La simbólica del mal y otros trabajos, explicó cómo los símbolos abren horizontes de interpretación que van más allá de lo literal. Para Ricoeur, el símbolo “da que pensar”: no se agota en una sola lectura, sino que invita a profundizar en múltiples niveles de sentido. La luz que insiste en mostrar sus colores, que desciende y parte hacia el amanecer, es precisamente un símbolo que da que pensar. No se limita a ser un objeto no identificado, sino que abre la posibilidad de interpretarlo como signo de renovación espiritual, como augurio de transición, como recordatorio de que lo divino se manifiesta en lo cotidiano.

Finalmente, la insistencia de la luz en mostrar sus colores mientras era observada puede entenderse como un acto de comunicación simbólica. No hubo palabras, pero un lenguaje visual que transmitía un mensaje de dualidad y equilibrio. En la tradición mística, los colores son considerados vibraciones espirituales que hablan directamente al alma. La luz insistente fue, en este sentido, un signo de transición: un llamado a reconocer que el año que comienza no será solo material, sino sobre todo espiritual, marcado por la necesidad de integrar calma y energía, contemplación y acción.

5. Significado como augurio

El fenómeno se interpretaba como un augurio de renovación espiritual. No anunciaba riqueza ni pérdida material, sino un despertar interior. La neutralidad del misterio lo hacía más poderoso: no imponía miedo ni promesa, simplemente mostraba que el 2026 sería un año de transición serena. El mensaje era claro: avanzar hacia lo nuevo con equilibrio, mantener la calma y la energía en armonía, y caminar hacia la luz del amanecer como símbolo de crecimiento espiritual.

El carácter de augurio se fortalecía por la insistencia de la luz en mostrar sus colores. Esa repetición visual no era redundancia, sino un gesto de comunicación simbólica. Azul y rojo, contemplación y acción, se ofrecían como claves para el año: la necesidad de integrar opuestos en un mismo horizonte vital. El augurio no se limitaba a señalar un cambio, sino que proponía un modo de transitarlo: con equilibrio interior.

La dirección hacia el Este añadía un matiz de esperanza. El amanecer es símbolo universal de renovación, y en la tradición bíblica y litúrgica se asocia con la resurrección y el retorno de la luz. El augurio, al dirigirse hacia el amanecer, no solo anunciaba un cambio, sino que lo vinculaba con la posibilidad de renacer espiritualmente. El 2026 se presentaba como un año para dejar atrás lo viejo y abrirse a lo nuevo.

La neutralidad del fenómeno, lejos de restarle fuerza, lo convertía en un signo más profundo. No hubo amenaza ni promesa material, lo que obligaba a buscar el sentido en lo espiritual. El augurio no imponía un destino, sino que ofrecía una posibilidad: la de interpretar la luz como guía interior. Esa apertura es lo que lo hacía poderoso, porque invitaba a la conciencia sin dictar un camino único.

En este punto se puede proponer una nueva categoría filosófica: la fenomenología augural. Se trataría de una forma de interpretar los fenómenos extraordinarios no como hechos aislados ni como simples símbolos, sino como experiencias que abren horizontes de sentido. La fenomenología augural reconoce que ciertos acontecimientos, por su carácter misterioso y su insistencia, se convierten en umbrales de interpretación espiritual. El avistamiento del 28 de enero de 2026 sería un ejemplo de esta categoría: un fenómeno que, sin explicación técnica, se transforma en augurio por su capacidad de abrir conciencia.

El augurio también puede entenderse como un recordatorio de la necesidad de equilibrio entre lo interno y lo externo. El azul y el rojo no solo representan contemplación y acción, sino también interioridad y exterioridad. El mensaje del fenómeno sería que el 2026 exige integrar ambas dimensiones: cultivar la vida interior sin abandonar la acción en el mundo. El augurio no separa, sino que une, mostrando que la verdadera renovación ocurre cuando se armonizan las fuerzas internas y externas.

La duración prolongada del fenómeno refuerza su carácter augural. No fue un destello fugaz, sino una presencia insistente que se mantuvo en el cielo durante varios minutos. Esa insistencia puede interpretarse como la necesidad de detenerse y prestar atención. El augurio no se impone con violencia, sino que se sostiene en el tiempo para ser contemplado. La duración es parte del mensaje: la renovación espiritual requiere paciencia y atención prolongada.

Finalmente, el augurio se relaciona con la idea de transición serena. El 2026 no se anuncia como un año de rupturas violentas, sino de cambios tranquilos, de renovación interior que se manifiesta en la vida cotidiana. La serenidad del fenómeno, su neutralidad y su rumbo hacia el amanecer, invitan a vivir el año como un proceso de transformación espiritual sin estridencias. El augurio es, en última instancia, un recordatorio de que la verdadera renovación no está en lo externo, sino en la conciencia y el equilibrio interior.

6. La fecha y su resonancia espiritual

El día 28 de enero no es solo un marco temporal del fenómeno observado, sino también una fecha cargada de significados históricos. Entre las efemérides que se recuerdan en este día, destaca la llamada Humillación de Canossa ocurrida en 1077, cuando el emperador Enrique IV, tras tres días de penitencia en la nieve, obtuvo el perdón del papa Gregorio VII. Este acontecimiento se convirtió en símbolo de la supremacía del poder espiritual sobre el poder temporal, y de la necesidad de reconciliación entre lo humano y lo divino.

La elección de esta efeméride entre otras posibles no es casual. Mientras que el 28 de enero registra nacimientos de artistas, científicos y hechos culturales de relevancia, ninguno posee la carga espiritual tan marcada como la penitencia de Canossa. Allí se escenificó un gesto de humildad y sometimiento del poder político ante la autoridad religiosa, un acto que trascendió su contexto medieval para convertirse en arquetipo de penitencia y reconciliación.

La Humillación de Canossa nos recuerda también la humildad que abrazó Santo Tomás de Aquino, cuya fiesta litúrgica se celebra precisamente el 28 de enero. Tomás concebía su obra monumental como inspirada por el Espíritu Santo, pero al final de su vida, tras un éxtasis místico, dejó de escribir porque comprendió que todo lo que había plasmado en palabras era nada frente a la revelación directa del Señor. Este gesto de renuncia y humildad se convierte en paralelo espiritual al acto de Enrique IV: ambos reconocieron que lo humano, por más grandioso que sea, se inclina ante lo divino.

La coincidencia de la fecha del fenómeno con estos dos acontecimientos —la penitencia de Canossa y la memoria de Santo Tomás de Aquino— refuerza la lectura simbólica y augural. Así como Enrique IV se vio obligado a detenerse y humillarse, y Tomás de Aquino reconoció la insuficiencia de su obra ante la revelación divina, la luz observada el 28 de enero de 2026 se detuvo en el cielo, descendió y partió hacia el amanecer, invitando a la conciencia a reconocer la necesidad de transición y renovación espiritual. La resonancia entre historia, teología y experiencia contemporánea convierte al 28 de enero en un día marcado por la espiritualidad, donde lo histórico y lo vivido se entrelazan en un mismo signo.

La coincidencia se vuelve aún más enigmática al recordar que el 28 de enero la Iglesia celebra la memoria litúrgica de Santo Tomás de Aquino, doctor angélico y uno de los más grandes teólogos de la tradición cristiana. Su vida y obra estuvieron marcadas por la búsqueda de la verdad y la convicción de que la razón debía servir a la fe. Sin embargo, lo más significativo es que, tras un éxtasis místico en los últimos años de su vida, Tomás dejó de escribir, afirmando que todo lo que había redactado era “paja” frente a la revelación directa del Señor. Este gesto de humildad radical convierte su memoria en un símbolo de reconocimiento de los límites humanos ante lo divino.

La coincidencia entre el fenómeno celeste observado y la conmemoración de Santo Tomás de Aquino refuerza la lectura espiritual del 28 de enero como un día marcado por la humildad y la revelación. Así como Enrique IV en Canossa se sometió al poder espiritual, Tomás de Aquino reconoció que la sabiduría humana palidece ante la luz divina. El objeto luminoso que se detuvo en el cielo, descendió y partió hacia el amanecer puede interpretarse como un eco de esa misma enseñanza: la verdadera renovación no está en la acumulación de saberes o poderes, sino en la apertura humilde a lo trascendente.

La coincidencia se vuelve aún más enigmática para mí al recordar que el 28 de enero la Iglesia celebra la memoria litúrgica de Santo Tomás de Aquino. Él, después de haber escrito una obra monumental que consideraba inspirada por el Espíritu Santo, vivió un éxtasis en el que comprendió que todo lo que había plasmado era nada frente a la revelación directa del Señor. Ese gesto de humildad radical me interpela: me recuerda que lo humano, por más grandioso que sea, se inclina ante lo divino.

Por eso entiendo que mi avistamiento no fue solo un objeto luminoso en el cielo, sino un acontecimiento que coincidió con símbolos históricos y litúrgicos de penitencia y humildad. Esa coincidencia me lleva a reconocer lo que llamo la fenomenología augural de mi experiencia: el hecho de que ciertos fenómenos extraordinarios, al aparecer en fechas cargadas de sentido espiritual, se convierten en umbrales de interpretación. Lo que vi el 28 de enero de 2026 no fue únicamente un OVNI, sino un signo que me invitó a la conciencia, a la transición serena y a la renovación interior, en sintonía con la humildad de Enrique IV en Canossa y la renuncia de Santo Tomás de Aquino ante la luz divina.

7. El oráculo

"En el umbral del nuevo año,
una luminaria descendió del cielo,
mostrando sus colores de calma y fuego,
y se detuvo para ser contemplada.

No habló con palabras,
sino con su insistencia silenciosa,
recordando que el tiempo de transición ha llegado.

Luego partió hacia el Este,
donde nace la luz y los caminos se abren,
dejando tras de sí el signo de renovación."

Bibliografía

  • Campbell, Joseph. El héroe de las mil caras. Trad. Luis López. Fondo de Cultura Económica, 1999.

  • Cassirer, Ernst. Filosofía de las formas simbólicas. Trad. Wenceslao Roces. Fondo de Cultura Económica, 2003.

  • Eliade, Mircea. Lo sagrado y lo profano. Trad. Luis Gil. Editorial Paidós, 1998.

  • Frye, Northrop. El gran código: La Biblia y la literatura. Trad. José María Valverde. Editorial Gedisa, 2004.

  • Jung, Carl Gustav. Arquetipos e inconsciente colectivo. Trad. Ramón de la Serna. Editorial Trotta, 2002.

  • Otto, Rudolf. Lo sagrado: Lo racional y lo irracional en la idea de Dios. Trad. Fernando Vela. Editorial Trotta, 2001.

  • Ricoeur, Paul. La simbólica del mal. Trad. Agustín Domingo Moratalla. Editorial Trotta, 2004.

  • Tomás de Aquino, Santo. Suma Teológica. Trad. Francisco Barbado Viejo. Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), 2012

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