martes, 31 de marzo de 2026

JESÚS Y LA FE AUTÉNTICA

 


JESÚS Y LA FE AUTÉNTICA

El pasado Domingo de Ramos, mientras me acercaba al templo, lo primero que llamó mi atención no fue el recogimiento de los fieles ni el silencio reverente de la liturgia, sino una retahíla de mercaderes apostados en las afueras, ofreciendo ramos como si fueran simples mercancías. Entre ellos, incluso algunos sacerdotes sin sotana participaban de la venta, confundiendo lo sagrado con lo comercial. Y al final de la misa, el propio párroco, en los llamados anuncios parroquiales, invitaba a comprar las rifas, como si la celebración litúrgica se prolongara en un mercado religioso.

La iglesia católica de nuestro tiempo aparece desfigurada por una terrible enfermedad, a saber, la simonía. La cual lesiona la fe de los fieles y falsifica la auténtica fe de Cristo. Y esto me remite a la parroquia de mi barrio, que antes era grande pero modesta, ahora luce fina y lujosa, y no ceso de preguntarme cuándo los pobres recibirán algo de esa abundancia. Para el párroco parece tener más importancia la refacción del aire acondicionado, la remodelación del confesionario —que casi siempre permanece cerrado— y la remodelación del altar, que la ayuda concreta al prójimo y al hambriento. A ese mismo párroco lo vi una vez comprando una suma apreciable de dólares en una agencia de cambio; hice un esfuerzo para no pensar mal, pero me pregunté si acaso no debió evitar hacer esa gestión personalmente, porqué no lo reparte entre los pobres, dónde está la caridad.

También me vino a la mente que uno de los grandes problemas que tiene la Iglesia es justamente el control del dinero de los fieles y donantes, que muchas veces son festinados y que Roma ya ha denunciado malos manejos. Y pienso que Jesús expulsaría del templo también a esos párrocos que trafican con el dinero, porque su gesto no fue solo contra los mercaderes de entonces, sino contra toda forma de corrupción que profana lo sagrado.

No puedo dejar de recordar que grandes teólogos han condenado esta tergiversación de la fe por el dinero: Santo Tomás de Aquino denunció la usura como un pecado intrínsecamente injusto; San Basilio y San Juan Crisóstomo advirtieron que acumular riquezas mientras otros pasan hambre es una ofensa contra Dios; y voces contemporáneas como el padre Miguel Pastorino han criticado la llamada “teología de la prosperidad”, que convierte la religión en negocio y manipula a los más pobres.

Incluso el propio Vaticano ha abierto investigaciones sobre escándalos financieros en sus instituciones, reconociendo públicamente que el mal manejo del dinero es una herida que afecta la credibilidad de la Iglesia y que debe ser corregida con transparencia y justicia. Y pienso también que un párroco debe mantenerse alejado del pecado de la avaricia, porque quien administra lo sagrado no puede dejarse dominar por el deseo de acumular bienes materiales, ya que la fe auténtica exige desprendimiento y servicio.

Más aún, debe evitar caer en la simonía, ese pecado antiguo que consiste en traficar con lo espiritual y vender lo que es don gratuito de Dios, pues nada corrompe más la fe que convertir la gracia en mercancía. Recuerdo nítidamente que me pedían una determinada cantidad de dinero para mencionar a mi difunto. Y no pude dejar de pensar que los pobres quedaban excluidos.

Aquella escena me hizo recordar de inmediato el gesto de Jesús en el Lunes Santo, cuando expulsó a los mercaderes del templo y denunció la profanación de la casa de su Padre. Como dice el Evangelio de Mateo: “Entró Jesús en el templo de Dios, y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo, y volcó las mesas de los cambistas y las sillas de los que vendían palomas; y les dijo: escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada; más vosotros la habéis hecho cueva de ladrones” (Mateo 21:12-13). El contraste entre la fe auténtica y la religiosidad superficial se hacía evidente: lo que debía ser signo de devoción se convertía en objeto de transacción.

Jesús, al irrumpir en el templo y volcar las mesas de los cambistas, no solo defendía la pureza del lugar sagrado, sino que revelaba la esencia de la fe verdadera. La fe no se compra ni se vende, no se mide por la apariencia de un ramo en la mano ni por el cumplimiento externo de un rito. La fe auténtica es encuentro con Dios, es transparencia del corazón, es coherencia entre lo que se cree y lo que se vive. Por eso su gesto fue profético: denunció la corrupción de una religión reducida a negocio y recordó que el culto verdadero consiste en amar a Dios y al prójimo. Como recuerda el Evangelio de Juan: “No hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado” (Juan 2:16).

Hoy, como entonces, corremos el riesgo de convertir la fe en espectáculo o en mercancía. Cuando la religión se instrumentaliza para obtener poder, prestigio o beneficio económico, se traiciona su sentido más profundo. El episodio del Lunes Santo nos interpela a examinar nuestras prácticas: ¿buscamos realmente a Dios o nos conformamos con símbolos vacíos? ¿vivimos la fe como entrega y servicio, o la reducimos a costumbre y apariencia? La fe auténtica exige purificación, exige volver al corazón del Evangelio, exige que nuestra vida sea templo vivo donde Dios habite. San Pablo lo recuerda con fuerza: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 Corintios 3:16).

Así, el gesto de Jesús no es un recuerdo lejano, sino una llamada urgente. Nos invita a expulsar de nuestro interior todo aquello que mercantiliza la relación con Dios: la vanidad, el egoísmo, la indiferencia. Nos recuerda que la casa del Padre es casa de oración, y que la fe auténtica es la que transforma la vida, la que construye comunidad, la que se expresa en justicia y en amor. En este Lunes Santo, al contemplar a Jesús purificando el templo, descubrimos que también nosotros estamos llamados a purificar nuestra fe, para que sea verdadera, transparente y fecunda.

Jesús enseña que la fe auténtica no se compra ni se negocia, no se mide por ritos externos ni por apariencias, sino que nace de un corazón sincero que busca a Dios en espíritu y en verdad. La fe verdadera es confianza radical en el Padre, es amor al prójimo sin esperar recompensa, es desprendimiento de los bienes materiales y rechazo del pecado de la avaricia y de la simonía. Como recuerda el Evangelio: “No hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado” (Juan 2:16), y también: “Mi casa será llamada casa de oración, pero vosotros la habéis hecho cueva de ladrones” (Mateo 21:13). La fe auténtica, según Jesús, es coherencia entre lo que se cree y lo que se vive, es servicio humilde, es justicia y misericordia, y es reconocer que somos templos vivos del Espíritu de Dios (1 Corintios 3:16).

En conclusión, la reflexión sobre la autenticidad de la fe frente a la mercantilización de lo sagrado conduce a la conclusión de que la verdadera religión no puede reducirse a apariencias externas ni a rituales vacíos, sino que exige coherencia interior y transparencia del corazón. El dinero, cuando invade lo religioso, se convierte en principio de corrupción porque transforma lo gratuito en mercancía y lo trascendente en objeto de intercambio, lo cual contradice la esencia misma de la fe. 

La avaricia aparece como un vicio destructivo que esclaviza al ser humano y lo aparta de la virtud de la templanza, mientras que la simonía representa la traición más radical a lo espiritual, pues convierte la gracia en negocio y degrada lo sagrado. 

De este modo, la filosofía moral y la tradición teológica coinciden en señalar que la fe auténtica exige desprendimiento, justicia y servicio, y que la comunidad creyente debe mantenerse vigilante frente a toda forma de corrupción que profane lo divino. 

En última instancia, la enseñanza de Jesús revela que la fe verdadera es confianza radical en Dios, amor al prójimo y rechazo de toda instrumentalización de lo espiritual, porque solo así la vida humana se convierte en templo vivo donde habita el Espíritu.

Bibliografía

Basilio de Cesarea. Homilías sobre la riqueza. Madrid: Editorial Ciudad Nueva, 1999.

Brown, Raymond E. Introducción al Nuevo Testamento. Madrid: Editorial Trotta, 2002.

Crisóstomo, Juan. Homilías sobre el Evangelio de Mateo. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), 2007.

Evangelio según San Marcos. Capítulos 11 y 12. La Biblia.

Evangelio según San Mateo. Capítulos 19 y 20. La Biblia.

Evangelio según San Mateo. Capítulos 21 y 22. La Biblia.

Jeremias, Joachim. Jerusalén en tiempos de Jesús: estudio económico y social del mundo del Nuevo Testamento. Madrid: Ediciones Cristiandad, 2017.

Pastorino, Miguel. La teología de la prosperidad: crítica a una falsa doctrina. Montevideo: Editorial Claretiana, 2015.

Ratzinger, Joseph (Benedicto XVI). Jesús de Nazaret. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), 2015.

Tomás de Aquino. Suma Teológica. Madrid: Editorial BAC, 2012.