lunes, 20 de abril de 2026

BAUMAN Y EL FIN DEL INMANENTISMO OCCIDENTAL


BAUMAN Y EL FIN DEL INMANENTISMO OCCIDENTAL

La reflexión sobre Bauman (1925-2017) exige situar su pensamiento en el horizonte más amplio de la modernidad. Su noción de modernidad líquida ha sido celebrada como una metáfora poderosa para describir la fragilidad de las instituciones, la precariedad de los vínculos y la incertidumbre de las identidades. Sin embargo, al examinar con mayor detenimiento, se advierte que su fórmula, aunque útil, resulta insuficiente para captar la totalidad del fenómeno. El diagnóstico baumanista se concentra en la dimensión existencial y cultural, dejando de lado la vinculación con la fase terminal del capitalismo decadente, omitiendo el papel persistente de lo religioso como racionalidad no instrumental en ciertos ámbitos de Occidente, y sin advertir que lo que realmente se manifiesta es el agotamiento material y cultural del principio de inmanencia de la modernidad. En consecuencia, lo que aparece no es una nueva subjetividad liberada, sino la desnaturalización radical y monstruosa del sujeto humano, el verdadero canto de cisne del nominalismo y la clausura definitiva del horizonte moderno.

La obra de Zygmunt Bauman se articula en torno a la noción de modernidad líquida, entendida como un tiempo histórico en el que las instituciones, los vínculos humanos y las identidades han perdido la solidez que caracterizaba a la modernidad “sólida”. La vida contemporánea se define por la incertidumbre, que se traduce en angustia, y por la fluidez, que se convierte en inestabilidad. Ambas condiciones desembocan en la disolución del individuo moderno, aquel que había sido el bastión del nominalismo: sujeto autónomo, racional y capaz de sostener proyectos de vida estables. En la modernidad líquida, ese individuo se fragmenta, se vuelve provisional y se ve obligado a reinventarse constantemente en un entorno marcado por la precariedad laboral, la obsolescencia de las instituciones y la fragilidad de los vínculos afectivos. La función nominalista de dar nombre y orden al mundo, central en la modernidad sólida, se ve debilitada: el sujeto ya no puede sostener la coherencia de su mundo y pierde la capacidad de conferir identidad estable a las cosas.

La incertidumbre en Bauman no es idéntica a la angustia en Kierkegaard, aunque ambas nociones puedan parecer cercanas. En Bauman, la incertidumbre se entiende como una condición sociocultural, resultado de la fragilidad de las instituciones, la precariedad laboral, la obsolescencia de los vínculos y la volatilidad de las identidades en la modernidad líquida. Es un fenómeno colectivo que afecta la vida cotidiana y obliga al sujeto a reinventarse constantemente en un entorno inestable. En Kierkegaard, en cambio, la angustia es un fenómeno existencial, ligado a la libertad y a la conciencia de la posibilidad del pecado. No se trata de inseguridad social, sino del vértigo que produce la apertura infinita de la libertad y la necesidad de decidir entre lo finito y lo infinito, entre lo temporal y lo eterno. 

Mientras Bauman describe la incertidumbre como síntoma de la crisis del proyecto moderno -lo que para nosotros expresa agotamiento del principio de inmanencia-, Kierkegaard concibe la angustia como condición necesaria para el salto de fe y la relación con lo absoluto. De este modo, la incertidumbre baumaniana señala la descomposición de las estructuras sociales y culturales, mientras la angustia kierkegaardiana apunta a la dimensión espiritual del individuo frente a su libertad radical. Mientras la mirada de Bauman es sociológica, la de Kierkegaard es teológica. La combinación de ambos nos puede llevar a pensar que la superación del derrumbe de la modernidad es el salto hacia la trascendencia divina, pero como no hay vuelta ni retroceso válido en historia, lo que nos espera es el desafío de recuperar la trascendencia sin dar la espalda a la inmanencia. Pero esto es justamente la esencia del cristianismo, lo cual sólo lo dejamos indicado para otro lugar. 

Los críticos han señalado que Bauman, aunque lúcido en su diagnóstico, presenta la liquidez como un fenómeno existencial y cultural, sin vincularlo de manera sistemática a la fase terminal del capitalismo decadente. Desde una perspectiva materialista, la fluidez y la incertidumbre no son fenómenos autónomos, sino síntomas de la descomposición de las estructuras productivas y sociales que el capital ya no logra sostener. En este marco, la subjetividad que emerge no es nueva ni liberada, sino una subjetividad deformada, marcada por la alienación, el consumismo compulsivo y la pérdida de sentido colectivo. La crítica materialista reprocha a Bauman que, al privilegiar la metáfora existencial, despolitiza el análisis y convierte la crisis del capitalismo en un problema de angustia personal y fragilidad cultural, cuando en realidad se trata de un proceso histórico de descomposición social. Lo que surge de esta crisis no es una metamorfosis enriquecedora, sino una subjetividad tétrica y monstruosa, incapaz de sostener proyectos colectivos y atrapada en la lógica de la mercancía. Entre quienes han desarrollado esta crítica materialista se encuentran Luis Enrique Alonso y Carlos J. Fernández Rodríguez, que subrayan la necesidad de vincular la liquidez con la precarización estructural del trabajo y la mercantilización de la vida, así como Francisco Manuel Martos Beltrán, que advierte que Bauman no conecta suficientemente la inseguridad social con las contradicciones del capital.

Desde la perspectiva idealista, en cambio, la modernidad líquida se entiende como una condición del espíritu moderno. La fluidez se interpreta como expresión de la libertad del sujeto para reinventarse, y la incertidumbre, aunque angustiante, también abre posibilidades de creatividad y pluralidad. La disolución del individuo sólido no se ve como una deformación monstruosa, sino como la oportunidad de superar rigideces pasadas y explorar nuevas formas de subjetividad más abiertas, híbridas y flexibles. En lugar de un síntoma del capitalismo decadente, se interpreta como un fenómeno cultural que refleja la evolución de la conciencia moderna hacia horizontes más fluidos. La pérdida del bastión nominalista se concibe aquí no como una mutilación, sino como una liberación de las viejas estructuras que limitaban la experiencia. Entre quienes han desarrollado esta lectura idealista se encuentra Ruslan Posadas Velázquez, que interpreta la obra de Bauman como tipología ideal del consumismo y destaca que la liquidez abre nuevas formas de vida social y subjetividad, más híbridas y creativas.

Lo que ambas perspectivas no advierten es que el planteamiento de Bauman refleja el agotamiento material y cultural del principio de inmanencia de la modernidad, principio que había sostenido la centralidad del sujeto como garante de sentido y como bastión del nominalismo. Ese agotamiento desemboca en la desnaturalización total y monstruosa del sujeto humano, que ya no puede sostener ni siquiera la función nominalista de dar nombre y orden al mundo. En este sentido, la modernidad líquida puede leerse como el canto de cisne del nominalismo mismo: la última expresión de un sujeto que, al perder su solidez, se disuelve en la fluidez y la incertidumbre, dejando tras de sí no una nueva subjetividad liberada, sino una figura deformada, fragmentada y espectral.

A esta omisión se suma otra igualmente grave: en Bauman lo religioso casi no juega ningún papel. Su análisis se concentra en la secularización y en la lógica cultural del consumo, pero deja de lado la persistencia de lo religioso como racionalidad no instrumental. Si bien en el occidente europeo y anglosajón avanza el ateísmo, el satanismo y la secularización, en el occidente latinoamericano y en el occidente eslavo la religión todavía persiste como fuerza cultural y como racionalidad alternativa frente a la lógica instrumental del capital. Al no considerar este factor, Bauman reduce la modernidad líquida a un fenómeno puramente secular, cuando en realidad la religiosidad sigue siendo un elemento decisivo en la configuración de subjetividades y en la resistencia cultural frente a la descomposición social.

De manera que la fórmula baumanista, aunque útil para describir la experiencia contemporánea de incertidumbre y fluidez, resulta ser muy limitada tanto para el diagnóstico como para el pronóstico de la modernidad. Su enfoque se concentra en la dimensión existencial y cultural, dejando de lado la vinculación con la fase terminal del capitalismo decadente, omitiendo el papel persistente de lo religioso como racionalidad no instrumental en ciertos ámbitos de Occidente, y sin advertir que lo que realmente se manifiesta es el agotamiento material y cultural del principio de inmanencia de la modernidad. En consecuencia, lo que aparece no es una nueva subjetividad liberada, sino la desnaturalización total y monstruosa del sujeto humano, el verdadero canto de cisne del nominalismo mismo.

Quizá en ninguna otra etapa de la historia ha aparecido el hombre tan deformado e irreconocible, y ello se encuentra íntimamente ligado al agotamiento del principio de inmanencia de la modernidad y al fracaso brutal del proyecto moderno del superhombre. La promesa de un sujeto autónomo, racional y capaz de conferir sentido estable al mundo se ha desmoronado, dejando tras de sí una figura espectral, fragmentada y monstruosa. La modernidad líquida, en este sentido, no solo representa la disolución del individuo sólido y del bastión nominalista, sino también el canto de cisne de la aspiración moderna de trascender la condición humana mediante la construcción de un superhombre. Lo que emerge no es una subjetividad liberada, sino una deformación radical que evidencia el límite histórico de la modernidad y la clausura de su proyecto más ambicioso.

La tensión entre materialistas e idealistas se centra en si la liquidez es síntoma de decadencia o de metamorfosis cultural, pero más allá de esa disputa, lo que Bauman pone en evidencia es el fin de la inmanencia moderna y la clausura del proyecto nominalista que había sostenido la figura del individuo como centro del mundo.

Por todo ello, puede afirmarse que la fórmula baumanista, aun siendo sugerente y útil para describir la experiencia contemporánea de fluidez e incertidumbre, termina expresando el fin del inmanentismo moderno. Su diagnóstico revela no solo la disolución del individuo sólido y del bastión nominalista, sino también el agotamiento del principio de inmanencia que había sostenido la modernidad como proyecto. En consecuencia, lo que aparece no es una nueva subjetividad liberada, sino la desnaturalización radical y monstruosa del sujeto humano, verdadero canto de cisne del nominalismo y clausura definitiva del horizonte moderno.

Pero, además, hay una conexión íntima entre la tesis de Bauman y el logos del nihilismo. La modernidad líquida, al disolver las estructuras sólidas y al fragmentar al individuo, expresa no solo la crisis del capitalismo tardío o la metamorfosis cultural, sino también la consumación de un proceso más profundo: el vaciamiento del sentido y la imposibilidad de sostener un horizonte de trascendencia. La incertidumbre y la fluidez que Bauman describe son manifestaciones de un mundo en el que los valores, las instituciones y las identidades han perdido su fundamento, y en el que el sujeto ya no puede ejercer la función nominalista de dar nombre y orden.

Ese escenario coincide con el logos del nihilismo: la lógica de la nada que se impone cuando el principio de inmanencia moderno se agota y el proyecto del superhombre fracasa. Bauman, sin proponérselo explícitamente, se convierte en cronista de este desenlace: su metáfora de la liquidez es la expresión cultural de un mundo que ha entrado en la fase terminal del nihilismo, donde el hombre aparece deformado, irreconocible y desnaturalizado. Así, la modernidad líquida no solo es el canto de cisne del nominalismo, sino también la confirmación de que el nihilismo ha alcanzado su plenitud histórica en la figura espectral del sujeto líquido.

Bibliografía

Alonso Benito, Luis Enrique. Cultura y desigualdad: el concepto de consumismo en Zygmunt Bauman. Anthropos: Huellas del conocimiento, nº 206, 2005, pp. 36–51. Anthropos Editorial.

Alonso Benito, Luis Enrique, y Carlos Jesús Fernández Rodríguez. Consumo y sociedad líquida en la obra de Zygmunt Bauman: una recapitulación crítica. Estudios Filosóficos, vol. 58, nº 167, 2009, pp. 9–29. Instituto Superior de Filosofía.

Bauman, Zygmunt. Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica, 2003.

Fernández Rodríguez, Carlos J., y Luis Enrique Alonso. Los discursos del presente: un análisis de los imaginarios sociales contemporáneos. Siglo XXI Editores, 2019.

Kierkegaard, Søren. El concepto de la angustia. Editorial Trotta, 2008.

Martos Beltrán, Francisco Manuel. Zygmunt Bauman y la modernidad líquida: crítica de la globalización y sus consecuencias en el siglo XXI. Zenodo, 2025.

Posadas Velázquez, Ruslan. La vida de consumo o la vida social que se consume: apreciaciones sobre la tipología ideal del consumismo de Zygmunt Bauman. Estudios Políticos, nº 29, mayo–agosto 2013, pp. 115–127. Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales.