domingo, 12 de abril de 2026

HABERMAS EL CONSERVADOR



 HABERMAS EL CONSERVADOR

Jürgen Habermas nació el 18 de junio de 1929 en Düsseldorf, Alemania, y falleció el 14 de marzo de 2026 en Starnberg, Alemania, a los noventa y seis años. Su figura ha sido presentada durante décadas como la del gran teórico de la democracia deliberativa y del consenso comunicativo.

Sin embargo, una lectura crítica revela que su pensamiento se inscribe en el reformismo parlamentario pequeñoburgués, propio del auge económico europeo de posguerra. La propuesta de radicalizar la democracia nunca salió del marco burgués ni cuestionó las bases materiales del capitalismo, limitándose a ofrecer un horizonte normativo que buscaba salvar al sistema mediante más comunicación y más consenso. La burocratización tecnocrática del capitalismo social de mercado europeo no fue una desviación corregible, sino la fase natural de su desarrollo. Evitarla implicaba necesariamente salir del capitalismo y avanzar hacia el socialismo comunista. La teoría de la acción comunicativa, aunque lúcida en el diagnóstico de las crisis de legitimación, se convirtió en un mecanismo de integración social que reforzaba la estabilidad del orden burgués.

Herbert Marcuse señaló que la confianza en el consenso comunicativo era ilusoria frente a la lógica instrumental del capitalismo avanzado. La tecnocracia y la administración no eran anomalías, sino expresiones necesarias del sistema, y la emancipación requería una ruptura radical. Claus Offe mostró que la burocratización y la tecnocratización eran respuestas estructurales del Estado capitalista, y que la deliberación no tocaba el núcleo del problema: la reproducción del capital y la dominación de clase. Nancy Fraser criticó que Habermas ignoraba dimensiones fundamentales como el género, los cuidados y la reproducción social, reduciendo la emancipación a un ideal discursivo incapaz de enfrentar las formas contemporáneas de dominación. Estas críticas coinciden en que Habermas, aunque lúcido en su diagnóstico, se queda en un horizonte reformista que busca salvar el capitalismo mediante más consenso y más racionalidad comunicativa.

A pesar de la contundencia de las críticas de Marcuse, Offe y Fraser, también ellas presentan limitaciones que conviene señalar. Marcuse, al insistir en la necesidad de una ruptura radical, no ofreció una estrategia concreta para articular esa emancipación en condiciones históricas específicas, quedando su propuesta en un horizonte utópico difícil de materializar. Offe, aunque penetrante en su análisis del Estado capitalista como gestor de crisis, se mantuvo en un plano estructural que no logró traducirse en una praxis política capaz de superar la dominación de clase. Fraser, por su parte, enriqueció la crítica al incorporar dimensiones de género y reproducción social, pero su enfoque siguió anclado en marcos normativos que no alcanzan a cuestionar de manera frontal la lógica de acumulación global. En conjunto, estas críticas, aunque valiosas, se quedaron en el terreno de la denuncia teórica y no lograron articular un proyecto político que trascendiera el capitalismo, lo que las aproxima en cierto modo a la misma limitación que señalaban en Habermas.

El reformismo pequeñoburgués de Habermas atenúa hasta el extremo cualquier viso de antiimperialismo, salvo en su rechazo antisoviético, coherente con la posición dominante en la Europa occidental de la Guerra Fría. La crítica se dirigía hacia las patologías internas del capitalismo avanzado, pero nunca hacia las relaciones de dominación global que reproducía. En este sentido, su pensamiento se convirtió en una legitimación del orden burgués europeo, reforzando la idea de que el capitalismo podía ser humanizado mediante comunicación y consenso. La izquierda reformista simpatizó con Habermas porque ofrecía un marco teórico que permitía mantener la crítica sin romper con el sistema. La propuesta de democracia deliberativa era atractiva para quienes buscaban ampliar la participación ciudadana sin cuestionar la propiedad privada ni la lógica de acumulación. Sin embargo, esa simpatía se convirtió en una trampa: al reforzar la estabilidad del capitalismo, el pensamiento habermasiano perdió capacidad de transformación. Habermas fue un anticomunista convicto y confeso.

En el mundo multipolar contemporáneo, marcado por el declive del hegemonismo occidental y el surgimiento de nuevas potencias, el horizonte habermasiano dejó de tener futuro. La unilateralidad frente al imperialismo, el silencio ante las contradicciones globales y el apego al parlamentarismo liberal lo convierten en un pensador conservador. Habermas no ofrece respuestas a las crisis del capitalismo en el siglo XXI, porque su proyecto se limita a salvar un orden que ya no puede sostenerse. Su legado, más que una alternativa emancipadora, es la expresión teórica de un reformismo que se agotó junto con la ilusión de un capitalismo humanizado.

El contraste con las corrientes críticas del Sur Global es revelador. Mientras Habermas insistía en la posibilidad de una democracia deliberativa dentro del capitalismo europeo, las teorías críticas surgidas en América Latina, África y Asia han puesto en el centro la cuestión del imperialismo, la dependencia y la desigualdad estructural. Pensadores como Enrique Dussel, Samir Amin o Walter Mignolo han mostrado que la emancipación no puede reducirse a un ideal discursivo, sino que exige confrontar las relaciones materiales de explotación y dominación global. Frente al eurocentrismo habermasiano, estas corrientes plantean la necesidad de un horizonte poscapitalista y posimperialista, capaz de dar cuenta de la pluralidad de experiencias históricas y de la emergencia de un mundo multipolar.

Sin embargo, también las corrientes críticas del Sur Global presentan limitaciones que deben ser señaladas. Aunque Enrique Dussel, Samir Amin o Walter Mignolo han puesto en el centro la cuestión del imperialismo, la dependencia y la desigualdad estructural, sus propuestas se han visto atravesadas por un marcado anticomunismo que restringe el horizonte emancipador. En muchos casos, la crítica al eurocentrismo y al capitalismo global se combina con una distancia respecto de las experiencias históricas del socialismo real, lo que conduce a planteamientos que rechazan tanto el liberalismo occidental como el comunismo soviético sin ofrecer una alternativa materialmente viable. Esa postura anticomunista, aunque busca diferenciarse de los modelos autoritarios, termina debilitando la posibilidad de articular un proyecto revolucionario coherente y deja sus propuestas en un terreno normativo o cultural que, si bien valioso, no alcanza a confrontar de manera plena la lógica de acumulación capitalista en el plano mundial.

Habermas, en cambio, quedó atrapado en la defensa de un orden que se derrumba. Su pensamiento fue útil para legitimar el capitalismo social de mercado en Europa, pero perdió vigencia cuando ese modelo entró en crisis y cuando el mundo dejó de girar en torno al hegemonismo occidental. En el siglo XXI, marcado por la disputa entre potencias, por la crisis ecológica y por la emergencia de nuevas formas de resistencia, la teoría habermasiana aparece como un intento conservador de salvar lo insalvable. Su legado es el de un pensador que quiso radicalizar la democracia sin salir del capitalismo, que atenuó cualquier crítica al imperialismo y que terminó siendo referencia de una izquierda reformista incapaz de ofrecer una alternativa real. En el mundo multipolar, Habermas dejó de tener futuro porque su horizonte se agotó junto con la ilusión de un capitalismo humanizado.

Resulta patético observar cómo sectores de la izquierda reformista del llamado Tercer Mundo rinden pleitesía a un Habermas conservador y procapitalista, como si su teoría de la democracia deliberativa pudiera ofrecer alguna salida a las contradicciones propias de sociedades periféricas sometidas al imperialismo. Esa actitud revela una dependencia intelectual que reproduce el eurocentrismo y la subordinación cultural, pues se adopta como referente a un pensador que nunca cuestionó las bases materiales del capitalismo ni las relaciones de dominación global. En lugar de construir una crítica radical desde las condiciones concretas de la periferia, se opta por legitimar un discurso que ya en Europa se mostró insuficiente, y que en el contexto del Sur resulta aún más vacío, porque no enfrenta ni la explotación estructural ni la necesidad de una transformación socialista.

Bibliografía

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