El infinitismo inmanentista de la modernidad
El infinitismo inmanentista de la modernidad requiere una presentación renovada que exponga sus fundamentos con mayor claridad. Bajo la apariencia de emancipación y progreso, se revela un desplazamiento ideológico que absolutiza lo finito y lo sensible, transformando lo inmediato en el horizonte último. La modernidad, al proclamar la infinitud de lo material, técnico e histórico, oculta en realidad la renuncia a lo trascendente. El discurso de lo ilimitado se presenta como una conquista racional, pero en esencia es el síntoma de una razón instrumental que ha perdido su rumbo, confundiendo la expansión con la plenitud, la acumulación con la eternidad y la contingencia con el absoluto.
Este giro sutil se disfraza de liberación, cuando en verdad implica una reducción: se sustituye lo eterno por lo efímero, lo esencial por lo fragmentario y lo metafísico por lo pragmático. La crítica aguda demuestra que el infinitismo inmanente no es un descubrimiento teórico, sino un programa ideológico que responde a la lógica de un materialismo ateo que prescinde de Dios y convierte lo infinito en una caricatura de lo finito. La modernidad, en su radicalización, ha hecho del mundo sensible un ídolo y proclamado su infinitud, pero lo que ha logrado es vaciar de sentido lo absoluto y relegar la verdad a un simulacro.
Se trata de revelar con claridad que el infinitismo inmanentista de la modernidad no es un triunfo de la razón, sino un eclipse de la trascendencia; no es una conquista de lo infinito, sino un extravío en lo finito; no es emancipación, sino idolatría de lo inmediato. Donde se proclama la abolición de lo eterno, no se abre un horizonte más amplio, sino un abismo que devora el sentido y convierte lo infinito en sombra de sí mismo.
La Edad Moderna, a partir del positivismo, consagró el infinitismo inmanentista en contraste con el finitismo del espíritu griego y el infinitismo trascendente del cristianismo. El mundo griego había exaltado lo finito como perfección, entendiendo que la forma acabada y el límite eran la medida de lo humano y lo racional. Aristóteles rechazaba el infinito actual y prefería hablar de un infinito potencial, siempre ligado a procesos pero nunca realizado plenamente. Sin embargo, hubo excepciones notables: Anaximandro con su ápeiron, principio originario ilimitado e indeterminado, y Meliso de Samos, quien sostuvo que el ser es infinito, eterno e ilimitado, en contraste con Parménides que lo concebía como una esfera cerrada, finita y perfecta.
El cristianismo introdujo un infinitismo trascendente, situando lo infinito en Dios, más allá del mundo, como fuente y sostén de la creación. Filón de Alejandría fue pionero en esta concepción, fusionando la tradición bíblica con categorías filosóficas griegas y concibiendo a Dios como infinito absoluto. San Agustín profundizó esta idea, entendiendo el infinito como atributo esencial de Dios, y Santo Tomás de Aquino la sistematizó en la teología escolástica, distinguiendo claramente entre el ser finito de las criaturas y el ser infinito de Dios. Los Padres griegos como Clemente y Orígenes todavía mostraban la huella del finitismo helénico, conservando cierta inclinación hacia la medida y la forma, pero con Filón, Agustín y Tomás se consolidó plenamente la idea de un infinitismo trascendente.
Desde el siglo XII, con Roger Bacon y San Francisco de Asís, y en el XIII con los franciscanos de París y Oxford vinculados al nominalismo y al pensamiento ocamista, se abrió la lectura de Dios en el libro de la naturaleza. La materia dejó de ser vista únicamente como posibilidad aristotélica y comenzó a concebirse como participante de la mente divina y forjadora de la realidad. Esta nueva concepción preparó el terreno para la ciencia moderna, pues la naturaleza se entendió como un texto vivo que revelaba la inteligencia divina.
La teología se convirtió así en la raíz de la ciencia moderna, que alumbró en los siglos XV, XVI y XVII con Copérnico, Galileo, Kepler y Newton. Todos ellos creían en Dios, pero ya no lo concebían como actuando directamente en la naturaleza, sino como legislador supremo que había dotado al cosmos de leyes inteligibles. Eran teístas, no deístas, pues reconocían a Dios como fundamento y garante del orden, aunque buscaban en la naturaleza misma las explicaciones de los procesos. El deísmo floreció en el siglo XVIII con el enciclopedismo francés, acentuando la idea de un Dios relojero que crea el mundo y luego se retira, dejando que funcione por sí mismo.
El paso hacia el infinitismo inmanente se hizo claro en Bruno, Spinoza y el idealismo alemán. Bruno concibió un universo infinito poblado de innumerables mundos, Spinoza identificó a Dios con la sustancia única e infinita de la cual todo lo existente es expresión, y el idealismo alemán, desde Fichte hasta Hegel, culminó esta línea entendiendo lo infinito como el despliegue del espíritu en la historia. En paralelo, los místicos alemanes —Nicolás de Cusa, Jakob Böhme, Johannes Tauler, Enrique Suso y Angelus Silesius— se situaron en una posición ambigua. Conservaban la herencia medieval del infinitismo trascendente, pero introducían intuiciones que acercaban lo infinito a la inmanencia: Cusa con la coincidencia de los opuestos, Böhme con la naturaleza como manifestación viva de lo divino, Tauler y Suso con la experiencia interior como lugar de encuentro con lo infinito, y Silesius con su poesía que mostraba lo divino presente en cada instante y en cada cosa.
Desde Comte se consagró el triunfo del inmanentismo, pues su positivismo entendió lo infinito como horizonte indefinido del progreso humano y del saber científico. Sin embargo, ya en Hegel estaba claramente formulada la idea de que lo infinito se manifiesta en lo finito, en el devenir del absoluto. Para Hegel, lo infinito no es un más allá separado, sino la totalidad que se realiza en el proceso dialéctico: cada límite finito se supera en una síntesis superior, y en ese movimiento se revela lo absoluto. Comte radicalizó la inmanencia en clave científica, convirtiendo esa intuición filosófica en programa cultural y sellando la transición hacia un infinitismo inmanente que caracteriza la modernidad.
Así se dibuja un recorrido histórico en el que el finitismo griego, el infinitismo trascendente cristiano y el infinitismo inmanente moderno se suceden y se entrelazan, mostrando cómo la noción de infinito ha sido motor de pensamiento, de espiritualidad y de ciencia, y cómo cada época ha concebido de manera distinta la relación entre lo finito y lo infinito.
En la creatio ex nihilo se encuentra contenida no sólo la afirmación del infinitismo trascendente, que reconoce a Dios como el ser absoluto capaz de llamar a la existencia lo que antes no era, sino también el germen del infinitismo inmanente del alma, del mundo y del universo. La creación desde la nada implica que todo lo finito participa de lo infinito, pues no proviene de una materia preexistente ni de un principio limitado, sino directamente de la plenitud divina. En esa medida, el alma humana, el cosmos y la totalidad de lo creado llevan en sí mismos la huella de lo infinito, no como algo separado y trascendente únicamente, sino como presencia interior que los constituye y los sostiene.
La teología cristiana, al formular la creatio ex nihilo, abrió así un horizonte doble: por un lado, la trascendencia absoluta de Dios, que se mantiene más allá de la creación; por otro, la inmanencia de lo infinito en lo creado, que se manifiesta en la racionalidad del mundo, en la espiritualidad del alma y en la vastedad del universo. Esta doble dimensión explica que, a lo largo de la historia, el pensamiento haya oscilado entre la exaltación de lo finito como perfección, la afirmación de lo infinito como trascendencia divina y la consagración de lo infinito como inmanencia en la naturaleza y en la razón.
La creatio ex nihilo es, en ese sentido, el punto de partida de una dialéctica que atraviesa toda la filosofía y la teología occidentales: lo finito que remite a lo infinito, lo trascendente que se refleja en lo inmanente, y lo inmanente que se abre hacia lo trascendente. En ella se anticipa tanto el infinitismo medieval como el moderno, pues la creación desde la nada no sólo afirma la omnipotencia divina, sino que también legitima la infinitud desplegada en el alma, en el mundo y en el universo como expresión viva de lo absoluto.
En la creatio ex nihilo se encuentra ya contenida una doble dimensión del infinito: por un lado, el infinitismo trascendente, pues sólo Dios, como ser absoluto, puede llamar a la existencia lo que antes no era; por otro, el infinitismo inmanente, porque aquello que es creado lleva en sí la huella de lo infinito, tanto en el alma como en el mundo y en el universo. La creación desde la nada no se limita a afirmar la omnipotencia divina, sino que implica que lo finito participa de lo infinito, que la materia, el espíritu y el cosmos entero son portadores de una infinitud que se despliega en su ser y en su devenir.
Al examinar de cerca este infinitismo inmanente se descubre lo que más tarde señalaría Georg Cantor, creador de la teoría de conjuntos: sólo a Dios le corresponde el infinitismo absoluto, mientras que la mente humana piensa lo transfinito. Cantor distinguió entre el infinito absoluto, propio de Dios, y los infinitos matemáticos, que denominó transfinitos, accesibles a la razón humana pero siempre limitados en comparación con la infinitud divina. Esta distinción muestra que la creatio ex nihilo no sólo funda la trascendencia de lo infinito, sino que también legitima la inmanencia de lo infinito en el pensamiento, en la naturaleza y en la experiencia del alma, aunque siempre en un grado derivado y participativo.
De este modo, la tradición teológica y filosófica converge con la matemática moderna en reconocer que lo infinito absoluto pertenece únicamente a Dios, mientras que el hombre, en su razón y en su ciencia, se abre al ámbito de lo transfinito, que es reflejo y participación de aquel infinito originario.
Así como Cantor se manifestó en el ámbito matemático contra la idea de un infinitismo en lo finito, distinguiendo entre el infinito absoluto que sólo corresponde a Dios y los infinitos transfinitos que la mente humana puede concebir, también Albert Einstein sostuvo en el terreno de la física que el universo no es infinito, sino ilimitado. Con ello quiso señalar que el cosmos no se extiende hacia un infinito sin término, sino que posee una estructura finita pero sin fronteras, comparable a la superficie de una esfera que no tiene límites aunque no sea infinita.
La coincidencia entre ambos planteamientos resulta reveladora: en las matemáticas, Cantor establece que lo infinito absoluto es exclusivo de lo divino y que el pensamiento humano sólo alcanza lo transfinito; en la física, Einstein afirma que el universo no es infinito, sino ilimitado, mostrando que lo finito puede carecer de límites sin convertirse en infinito. En ambos casos se pone de relieve la necesidad de distinguir cuidadosamente entre lo infinito absoluto y las formas derivadas o participativas de infinitud que se manifiestan en la razón, en la naturaleza y en el cosmos.
De este modo, tanto la reflexión matemática como la física moderna convergen en una misma intuición: lo infinito absoluto pertenece únicamente a Dios, mientras que el mundo y el pensamiento humano se mueven en el ámbito de lo ilimitado y lo transfinito, que son reflejos y participaciones de aquel infinito originario.
Las distinciones entre infinitismo trascendente, inmanente y transfinito permiten comprender mejor el giro de la modernidad hacia el infinitismo de lo finito. Al observar con atención, se advierte que ese giro responde menos a motivaciones estrictamente teóricas que a motivaciones ideológicas. La modernidad, al consagrar lo infinito en lo finito, desplaza la referencia a Dios y se orienta hacia un materialismo ateo que prescinde radicalmente de lo divino. Esta tendencia se manifiesta con claridad en los filósofos del siglo XX, cuya orientación se caracteriza por el antieternalismo, el antiesencialismo y el antimetafísico.
El antieternalismo rechaza la idea de un ser eterno y absoluto, sustituyéndola por concepciones históricas, temporales y contingentes. El antiesencialismo niega la existencia de esencias fijas y universales, afirmando que todo es construcción, devenir y proceso. El antimetafísico, finalmente, se opone a la búsqueda de fundamentos últimos y trascendentes, limitando el pensamiento a lo empírico, lo práctico y lo inmediato. En conjunto, estas tendencias muestran cómo la filosofía contemporánea se aparta de la tradición que vinculaba lo finito con lo infinito, y cómo el infinitismo de lo finito se convierte en un programa ideológico que busca emanciparse de toda referencia a lo divino.
La modernidad, al abrirse hacia el infinitismo inmanente, había preparado este camino, y el siglo XX lo llevó a su culminación, con una filosofía que se define por la negación de lo eterno, de lo esencial y de lo metafísico, en favor de un horizonte materialista que concibe lo infinito como pura expansión de lo finito, desligada de toda trascendencia.
El infinitismo inmanente de la modernidad se radicaliza en consonancia con el eclipse de la razón instrumental burguesa, una razón que se apega al mundo inmediato, a lo sensible y a lo material. La confianza en la técnica, en el progreso y en la expansión indefinida de las posibilidades humanas se convierte en sustituto de la trascendencia, desplazando la referencia a lo eterno y a lo absoluto. En este horizonte, lo infinito ya no se concibe como atributo divino ni como misterio metafísico, sino como prolongación ilimitada de lo finito, como acumulación de lo empírico y lo práctico. La modernidad, al absolutizar lo inmanente, transforma lo infinito en un programa ideológico que responde a la lógica de una racionalidad instrumental, orientada al dominio de la naturaleza y a la organización de la sociedad bajo parámetros materiales, inmediatos y sensibles, dejando atrás la dimensión trascendente que había marcado la tradición filosófica y teológica.
No otra cosa expresan los filósofos del crepúsculo del existencialismo ateo, la filosofía analítica, el posestructuralismo, el neopragmatismo, el posmodernismo, el transhumanismo, el poshumanismo, el feminismo radical y el animalismo. Todos ellos, cada uno a su manera, manifiestan la radicalización del infinitismo inmanente en un horizonte donde la trascendencia ha sido eclipsada y donde lo infinito se concibe como expansión indefinida de lo finito, desligada de cualquier referencia a lo divino. El existencialismo ateo, con su énfasis en la finitud y la contingencia de la existencia, rechaza lo eterno y lo absoluto. La filosofía analítica, en su versión más estricta, se centra en el lenguaje y en lo verificable, apartándose de toda metafísica. El posestructuralismo y el posmodernismo niegan las esencias y los fundamentos, afirmando la pluralidad, la fragmentación y la disolución de lo universal. El neopragmatismo reduce la verdad a utilidad y consenso, prescindiendo de cualquier referencia a lo trascendente.
El transhumanismo y el poshumanismo proyectan lo infinito en la técnica y en la superación del hombre por la máquina, desplazando lo absoluto hacia un horizonte material y artificial. El feminismo radical y el animalismo, en su crítica a las jerarquías tradicionales, también participan de esta lógica, al situar lo infinito en la emancipación de lo finito, en la liberación de lo inmediato y lo sensible. En todos estos movimientos se percibe la misma tendencia: un antieternalismo que niega lo eterno, un antiesencialismo que rechaza las esencias, y un antimetafísico que se opone a los fundamentos trascendentes.
El resultado es una filosofía que se define por la exaltación de lo finito como infinitud, por la absolutización de lo inmanente y por la renuncia a lo trascendente. La modernidad, al radicalizar el infinitismo inmanente, se convierte en un proyecto ideológico que responde a la lógica de la razón instrumental burguesa, apegada al mundo, a lo inmediato, a lo sensible y a lo material, y que encuentra su expresión más clara en las corrientes filosóficas del siglo XX y XXI.
En suma, el infinitismo inmanentista de la modernidad no es una mera variación conceptual, sino una ruptura furibunda con toda la tradición que había reconocido en lo infinito la huella de lo divino. Convertido en programa ideológico, absolutiza lo finito y lo sensible, lo inmediato y lo material, hasta erigirlos en sustitutos de lo eterno. La razón instrumental burguesa, eclipsada en su horizonte trascendente, ha hecho del mundo un laboratorio de expansión ilimitada, pero vaciado de sentido último. La modernidad, en su radicalización, ha confundido lo ilimitado con lo infinito, ha confundido el progreso con la eternidad, ha confundido la técnica con la verdad.
El resultado es un pensamiento que se proclama emancipado, pero que en realidad se ha encadenado a lo efímero, a lo contingente y a lo fragmentario. El infinitismo inmanente, al prescindir de Dios, se convierte en un simulacro de infinitud, un espejismo que multiplica lo finito sin alcanzar jamás lo absoluto. En su furia contra la trascendencia, la modernidad ha vaciado el infinito de su contenido esencial y lo ha reducido a pura expansión material, a pura acumulación de lo sensible.
La conclusión es contundente: el infinitismo inmanentista de la modernidad no es triunfo de la razón, sino eclipse de la verdad; no es conquista de lo infinito, sino idolatría de lo finito; no es emancipación, sino extravío. Allí donde se proclama la abolición de lo eterno, lo esencial y lo metafísico, no se abre un horizonte más amplio, sino un abismo que devora el sentido y convierte lo infinito en caricatura. La modernidad, en su radical inmanentismo, ha confundido el reflejo con la fuente, la sombra con la luz, y ha hecho del infinito un fantasma que se disuelve en la nada.