martes, 22 de enero de 2013

ARGUMENTO ONTOLÓGICO

EN TORNO AL ARGUMENTO ONTOLÓGICO

Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía
  

Resumen

San Anselmo sostuvo el argumento ontológico, según el cual, la idea de Dios se identifica con la existencia de Dios en el espíritu humano. El primer ataque al argumento fue el de Gaunilo. La prueba fue rechazada por santo Tomás de Aquino, argumentando que no es legítimo pasar del orden ideal al orden real. Posteriormente Kant también criticó la prueba anselmiana, negando que de una posibilidad lógica (conceptos) no se puede concluir una posibilidad real (cosas). Sin embargo Hegel lo rehabilitó, atribuyendo a la realidad la misma estructura lógica  de la Idea. El rechazo tomista de la prueba anselmiana está basada en una metafísica que objeta tanto la predicación unívoca (panteísmo) como la predicación equívoca (agnosticismo), mediante la predicación analógica. El empirismo lógico rechazó la prueba por considerarla como un conjunto de pseudo proposiciones que no se refieren ni a lo lógico-tautológico ni a lo empíricamente comprobable. Sin embargo, en la medida en que la cuestión del ser siga siendo considerada como central en la meditación filosófica, la prueba ontológica, como problema del principio, será un principio necesario e ineludible.


Introito
En todo lo que sigue demostraré que lo posible no es lo real, pero lo máximamente real es lo máximamente existente y lo máximamente existente es lo máximamente pensable. Por ende, Dios siendo lo máximamente pensable y existente es lo máximamente real.

El argumento anselmiano
San Anselmo (c. 1033-1109), teólogo, filósofo y doctor de la Iglesia, propuso una teoría sobre la existencia de Dios que todavía hoy se sigue debatiendo. Su fama se debe sobre todo a haber sido uno de los primeros en buscar argumentaciones sobre la existencia de Dios.

En el Monologion [Soliloquio] presenta argumentaciones a posteriori, del tipo de prueba cosmológica, que va de lo particular a lo universal y de lo universal a Dios. Demuestra la existencia de Dios como el ser soberanamente real a quien los demás seres deben su existencia.

En cambio el Proslogion desarrolla una argumentación ontológica, que comienza en el simple concepto de Dios para llegar a demostrar su existencia. Su más conocido argumento es el argumento a priori, que luego la tradición, a partir de Kant, llamó argumento ontológico, que propone en el Proslogion (cap. 2) [Discurso]. Dice san Anselmo de Canterbury en el argumento ontológico:

“Ciertamente, aquello mayor de lo cual nada puede pensarse, no puede existir solamente en el entendimiento. Porque si existiese sólo en el entendimiento, se podría pensar que exista también en la realidad, y por tanto que era mayor. Si aquello respecto a lo cual nada mayor puede pensarse existiese sólo en el entendimiento, se podría pensar algo mayor que aquello que es tal que no puede pensarse nada mayor. Pero, ciertamente esto es imposible. Por lo tanto existe sin duda, en el entendimiento y en la realidad, algo mayor que lo cual nada puede ser pensado”. Proslogion, cap. 2 (en F. Canals Vidal, Textos de los grandes filósofos. Edad Media, Herder, Barcelona 1979, p. 67).

La idea fundamental del argumento es que la noción de «ser perfecto» incluye ya la existencia de un ser perfecto, y a esto no puede oponerse ni siquiera el «insensato», que, según el salmo (Salmo 13) dice en su corazón: «Dios no existe».

Evidentemente, aun el negador de la existencia de Dios debe poseer el concepto de Dios y como tal debe admitir que exista en el entendimiento aunque no exista en la realidad.

El argumento se funda en dos puntos:
1º que lo que existe en la Realidad es mayor que lo que existe sólo en el entendimiento, y
2º negar que existe realmente aquello respecto a lo cual nada mayor puede pensarse, significa contradecirse, porque significa  admitir al mismo tiempo que se lo puede pensar mayor, esto es, existente en la realidad.

A la objeción de que no se ve cómo es posible pensar que Dios no existe, san Anselmo responde que la palabra pensar tiene dos significados:
1º se puede pensar la palabra que indica la cosa, y
2º se puede pensar la cosa misma.

En el primer sentido se puede pensar que Dios no existe según “la palabra que indica la cosa”; pero en el segundo sentido, no es posible pensar que Dios no existe, porque se puede pensar la cosa misma, o sea Dios (Pros., 4).

El monje Gaunilón, su opositor, le replicó en su Liber pro insipiente, que un ateo resuelto empezaría por negar que tiene aun el concepto de Dios y que aun admitiendo que se tenga el concepto de Dios como un ser perfectísimo, de este concepto no se deduce la existencia de Dios, como no se puede deducir la realidad de una isla perfectísima del concepto de tal isla.

Dicho de otra forma, no es lógicamente posible pasar de una «existencia pensada» a una «existencia demostrada». Pero San Anselmo en su Liber apologeticus, se queja de que Gaunilón lo haya reprendido injustamente atribuyéndole argumentos que él no dijo. Replica la validez del argumento de Gaunilón sosteniendo que la idea de un ser perfecto no es sólo una idea de la mente sino que contiene su existencia real. La idea de Dios no es una idea cualquiera, es una idea única y su perfección no es aplicable a los seres limitados y finitos. 

Por tanto, en San Anselmo no hay salto de lo lógico a lo ontológico porque la idea de Dios es una esencia real y no mental. De la posibilidad de pensar una isla perfecta no se sigue su realidad, en cambio de la simple posibilidad de pensar a Dios como el ser más perfecto de todos, se sigue su existencia. Dios no es una idea cualquiera que corresponda a algún ser finito y contingente, sino que es la idea arquetípica de un ser infinito y necesario. Dios como idea arquetípica, es decir que no proviene de nuestra facultad de concebir, no es una esencia mental sino real. Dios no es una idea iluminada por nuestro entendimiento, sino, al contrario, nuestro entendimiento es iluminado por Dios a través de la idea de un ser perfecto que pone en nuestra facultad de idear la idea de un ser perfecto. Como idea arquetípica no sólo contiene su existencia conceptual sino también su existencia real. La idea de Dios, como idea perfecta, pone la cosa en sí misma, es decir, fuera del concepto, por tanto es real. Para san Anselmo sería válido decir que no observamos a Dios pero sería inválido afirmar que solamente lo pensamos subjetivamente, porque Dios no es una idea subjetiva, nacida de nuestro intelecto, sino que como idea de un ser perfecto su realidad objetiva no tiene que proceder de la experiencia. En otras palabras, la mente humana participa de la mente divina y por eso puede tener la idea de un ser perfecto. La teoría de la participación y la metafísica de las esencias platónica están en el corazón mismo de la prueba ontológica anselmiana.

No hay que hacer mucho esfuerzo para advertir que el argumento ontológico anselmiano es una prueba típicamente platonizante, esto es, un razonamiento apriorístico donde todo lo imperfecto supone lo perfecto, y si uno es real lo perfecto será más real. En realidad, san Anselmo  se basa en la fusión platónica del orden ideal, en el sentido de la metafísica de las esencias, con la primitiva y verdadera realidad. Por eso considera que no hay salto de lo lógico a lo ontológico. En la idea de Dios hay conexión necesaria entre esencia y existencia. En cambio en la Edad Moderna, que rompe con dicha metafísica esencialista, ser y pensar se consideran disociados, antes no.

Algo más. Para Anselmo la fe es la base del entendimiento, creo para comprender es su divisa, pero él quería convencer por la razón y no por la fe. Por consiguiente su argumento ontológico está enfilado a la razón y no a la fe. La razón debe admitir la existencia de Dios porque la idea de un ser perfecto no procede de la mente humana, sino que es un concepto no finito que procede de Dios mismo. En consecuencia Dios existe. Por eso es que se ubica a distancia tanto de la interpretación empirista, que dice que hay salto de lo lógico a lo ontológico, como de la interpretación fideísta, que considera que la prueba es sólo un recurso didáctico para explicar la fe.

San Anselmo, como pensador formado enteramente en San Agustín, trata de iluminar los enunciados de la fe de un modo racional. Este método racional no busca resolver los misterios de la fe, tan sólo explicar racionalmente los datos revelados. Por ejemplo, sostiene que al que investiga una verdad incomprensible, como es la Trinidad, le debe bastar el llegar con el entendimiento a conocer que existe, aunque no entienda de qué modo es (Mon., 64). En una palabra, el ropaje es teológico pero la problemática es filosófica. De la misma forma cuando el hombre piensa a Dios no piensa la idea de Dios sino a Dios mismo, porque no se trata de una idea cualquiera y finita y sí, más bien, de una idea de un ser perfecto que implica su existencia.

Siguiendo la especulación filosófica de San Agustín afirma en uno de los cuatro diálogos que compuso después del Proslogion, me estoy refiriendo a De veritate, que se debe distinguir la verdad del conocimiento, la verdad del querer y la verdad de la cosa. En todos ellos el fundamento de toda verdad es la verdad de la cosa, la rectitudo rei. Pero esta verdad, a su vez, está fundada en la verdad eterna, que es Dios. Las cosas son verdaderamente aquellas que están en la mente de Dios, en la cual subsisten sus ideas o ejemplares. Entonces, Dios mismo es la absoluta verdad, norma y condición de toda otra verdad (De verit., 2-10).

Entonces la pregunta que cae por su propio peso es: ¿si realmente San Anselmo confundió el orden conceptual con el orden existencial? ¿No fue, más bien, que su punto de partida platónico-agustiniano lo hace presuponer que todo lo universal subsiste independientemente de las cosas particulares y no solamente en ellas, que todo lo que existe, existe por participación de un Ser único y sumo y, por lo tanto, todo lo que tiene verdad y valor, coincide en Dios?

Efectivamente, el argumento de San Anselmo es un desarrollo del argumento de San Agustín para demostrar la existencia de Dios. Para San Agustín la propia idea de Dios en cuanto ser perfecto supone su existencia. Entonces, dirá san Anselmo, si Dios existe es pues aquello que nada mayor en el entendimiento y en la realidad puede pensarse. O sea, la perfección de Dios implica no sólo su existencia sino además es una existencia sobre la cual nada mayor en la realidad y en el entendimiento puede pensarse.


La negación tomista
El argumento ontológico de San Anselmo desde que se formuló suscitó ardorosos debates y es que con su famosa prueba puso en la filosofía una pica en Flandes, según la cual, de la idea del ser que se tenga dependerá asumir una determinada posición metafísica.  Su acogida dentro de la escolástica fue predominantemente adversa debido a la gran autoridad de Santo Tomás de Aquino, quien se pronunció decididamente contra él, negando que fuese posible el tránsito del orden ideal al orden real que la prueba postula:

“Supuesto que todos entiendan que es el ser más perfecto que se pueda pensar, no se sigue necesariamente que sea en la realidad. Debe haber conformidad con el nombre de la cosa y la cosa nombrada. Y de que concibamos intelectualmente el significado del término Dios no se sigue que Dios sea sino en el entendimiento. Y, en consecuencia, el ser más perfecto que se puede pensar no es necesario que se dé fuera del entendimiento. Y de esto no se sigue que sea realidad el ser más perfecto que se puede pensar”. (Suma contra gentiles, libro I, cap. XI, en Clemente Fernández, Los filósofos medievales. Selección de textos, BAC, Madrid 1980, vol. 2, p. 331).

Lo que aquí sostiene Tomás de Aquino son cinco cosas:
1º no basta que sea entendimiento común el ser más perfecto que se pueda pensar, porque nada convierte dicho entendimiento en realidad,
2º para que lo pensado sea real debe haber conformidad entre el nombre de la cosa y la cosa nombrada,
3º concebir el nombre de la cosa no implica que tal cosa exista en la realidad, aunque sí sólo en el entendimiento.
4º una cosa es pensar el ser más perfecto posible y otra que exista efectivamente fuera del entendimiento. Finalmente,
5º no existe necesariamente en la realidad el ser más perfecto que se pueda pensar.

De este modo para el Aquinate el argumento ontológico queda invalidado como paso ilegítimo del orden conceptual al orden existencial. Mientras el argumento anselmiano va dirigido contra la negación resuelta de la existencia de Dios, el argumento tomista va dirigido contra la confusión de lo ideal con lo real. ¿Pero realmente San Anselmo confundió ambos órdenes?
                                                                             
La discrepancia
El argumento ontológico de la existencia de Dios sostenía que incluso quienes dudaban de la existencia de Dios habrían de observar cierta comprensión sobre lo que dudaban: es decir, comprenderían a Dios como un ser del que no se puede pensar algo más grande. Puesto que es más grande existir fuera de la mente que sólo en la mente, un escéptico que negara la existencia de Dios estaría incurriendo en una contradicción, ya que estaría afirmando que es posible pensar en algo más grande que en un ser del que nada más grande se puede pensar. De aquí que, por definición, Dios existe.

La crítica básica al argumento de San Anselmo es que no se puede deducir la existencia fuera de la mente de nada, analizando su definición. Ya en su época, como hemos visto, el monje Gaunilón puso objeciones a su razonamiento, como más tarde lo harían Santo Tomás de Aquino e Immanuel Kant. Sin embargo, los franciscanos San Buenaventura y Duns Scoto lo acogieron, también Descartes, Spinoza, Leibniz y Hegel han emitido razonamientos favorables.

Gaunilón objetó: Entonces si yo pienso una isla perfecta, se seguirá igualmente que esa isla exista. Kant en un tono similar dirá: Si yo me represento 100 escudos, no por eso tengo esas monedas en mi poder. Pero San Anselmo sabe que representarse una idea cualquiera no significa que esa idea exista en la realidad. Pero la idea de Dios es un caso único, se trata de un ser con todas las perfecciones desde la eternidad, esta idea perfecta la hallamos en nosotros, y como perfección implica existencia, entonces Dios existe. En otros términos, el nervio de la demostración anselmiana subyace no solamente en la teoría de la participación y en la metafísica de las esencias sino en el concepto mismo de ser que contiene en sí toda perfección.

Pero Santo Tomás de Aquino no ignoraba esto: el ser más perfecto que se puede pensar no es necesario que se dé fuera del entendimiento. No comete el mismo error de Gaunilón y de Kant al considerar que se trata de una idea finita cualquiera. Pero su consideración le es adversa. ¿Por qué para el Aquinate ni siquiera en la idea de un ser perfectísimo es legítimo saltar del orden lógico al orden ontológico? Sencillamente porque en su metafísica realista aristotélica el concepto de un ser perfectísimo no tiene verificación ni justificación posible en la experiencia. Pues, considera que si Dios es primero en el orden del ser, no lo es en el orden de los conocimientos humanos, que empiezan por los sentidos. Para el genio dominico no son razones de índole metafísica sino de orden gnoseológico las que impiden validar una idea lógica como ontológica.

Por tanto, es necesaria una demostración de la existencia de Dios que debe partir de lo que es primero para nosotros, es decir, de los efectos sensibles, y ha de ser a posteriori. Por ello, aunque tengamos a Dios como “aquello sobre lo cual nada mayor puede pensarse”, no se deduce que El exista en la realidad (in rerum natura) y no sólo en el entendimiento. Es por eso que Sto. Tomás plantea las cinco vías para llegar de los efectos sensibles a la existencia de Dios.

Veamos este asunto más de cerca. Aquí no se está afirmando que el doctor Angélico haya sido un empirista en el sentido moderno de la palabra, esto es, que convierte lo fáctico en lo único válido negando las verdades inmutables, eternas y trascendentes. Más bien, que se trata de un realismo metafísico de raigambre aristotélica que parte de las cosas finitas para llegar racionalmente a Dios. De modo que la existencia de Dios es demostrable por sus efectos, aunque éstos no pueden dárnoslo a conocer en su esencia.

Kant y Hegel
En cambio Kant señala taxativamente que ser no es un predicado real, o sea un concepto de una cosa, sino la posición de la cosa o de ciertas determinaciones en sí mismas (CRP A 598, B 626). Es decir, para que haya realidad debe haber un acto de “posición” de ella sin que baste suponer que el objeto está contenido analíticamente en el concepto. Esto es, el hecho de que el ser no sea un predicado real trastorna radicalmente la posibilidad misma de dar una significación a las proposiciones del argumento ontológico, tanto en Anselmo como en Duns Scoto (si Dios sólo estuviese en el entendimiento que lo piensa, podría a la vez existir y no existir), Descartes (la idea de un ser infinito no puede ser pensada por un ser finito sin que lo infinito sea la causa de la idea en el ser finito), Malebranche (lo finito sólo puede verse a través de lo infinito) y Leibniz (la realidad de la idea del ser infinito es patente porque su posibilidad es demostrada).

Kant como todas las direcciones empiristas rechaza la prueba ontológica. Es más para él la existencia no tiene sentido fuera de la sensibilidad. En este sentido sigue plenamente a Hume, para quien no puede haber separación entre la cosa y la existencia de la cosa, ambas son una misma realidad. De manera que la proposición “algo existe” no es la agregación de un predicado, sino la expresión de la creencia en la cosa (Tratado de la naturaleza humana, I, parte II, sec. Vi).

En realidad Kant refuta a San Anselmo basándose en la moderna teoría empirista del conocimiento, según la cual los conceptos no son más que conceptos, ideas subjetivas que elabora la mente y que reciben su justificación únicamente en la experiencia.

De aquí que el concepto de un ser absolutamente necesario sea, sí, una idea indispensable de la razón, pero un concepto problemático, inasequible para el entendimiento humano” (Crítica del Juicio, parágrafo 76).

Para Kant no observamos a Dios, sólo lo pensamos subjetivamente como causa suprema. Dios es una causa suprema, válido universalmente para el sujeto, para todo uso especulativo y práctico. El fundamento subjetivo del Juicio reflexionante permite suponer un Dios inteligente en la base de los fines de la naturaleza. Pero la distinción entre cosas posibles y reales es tal que, vale sólo subjetivamente para el entendimiento humano, puesto que podemos tener algo en el pensamiento aunque ello no exista, o representarnos algo como dado aun sin tener de ello todavía concepto alguno. Es decir, el principio subjetivo y regulativo de la razón vale para el juicio humano como si fuera un principio objetivo. Allí donde el entendimiento no puede seguirla, la razón se hace trascendente con ideas que son regulativas y no constitutivas, pero no en conceptos de valor objetivo. En suma, en el marco del uso teórico de la razón, Dios nos es dado como un ideal trascendental, es decir, como un concepto de la razón pura teórico-especulativa, como un polo o principio regulativo hacia el cual avanza el conocimiento humano.

En la Crítica de la razón práctica el concepto de Dios es posible cuando no contradice las leyes del entendimiento. Tal es el requisito mínimo posible de una religión. La posibilidad de este conocimiento de Dios está basada en la moralidad. El teísmo moral kantiano sigue siendo crítico, puesto que declara insuficientes las pruebas especulativas de la existencia de Dios. Demostrar la existencia de modo apodícticamente es imposible. No obstante, Kant está convencido de la existencia de Dios y tiene una fe férrea en el fundamento práctico que nunca podrá ser expulsado. En realidad, el pensamiento de Dios es el pensamiento mismo de esta identificación entre posibilidad y existencia, identidad que es realizada por la fe. El argumento práctico moral de Dios es la expresión racional de la fe. Aquí ya no se trata de deducir de la perfección de Dios su existencia, sino de postularlo como una necesidad de la razón práctica. Tampoco se trata del creer para entender, del hecho por el cual el acto de fe se convierte en acto de razón, sino de apartar la razón para dejar lugar a la fe.

Pero Kant no sólo da cabida a Dios a través del argumento práctico moral sino también a través del argumento teleológico. En la Crítica del Juicio queda bien definido la necesidad de pensar una inteligencia arquetípica como fundamento de la causa final del mundo. Si bien el parágrafo 68 es tajante en el sentido de que el concepto de finalidad rompe con toda teología y toda Providencia en la naturaleza, lo cual ha conducido pensar exageradamente a autores como Menzer, Mathieu, Martin, Marcucci y Dotto que Kant defiende una concepción de la naturaleza como estructura material autosostenida. Sin embargo,en los parágrafos 75 y 77 queda bien establecido que el fundamento objetivo del juicio reflexionante permite suponer en la base de los fines de la naturaleza a un Dios inteligente y providente, aun cuando el fundamento objetivo del juicio determinante permite explicar la teleología sin teología. Y en el parágrafo 77 remacha:

“...nos es absolutamente imposible tomar de la naturaleza fundamentos de explicación derivados para los enlaces finales, y es necesario, según la constitución de la humana facultad de conocer, buscar el fundamento superior de los fines  en un entendimiento originario, como causa del mundo"  (Crítica del Juicio, parágrafo 77).
                                               
Ya Franz Brentano (Sobre la existencia de Dios, Rialp) había estimado de muy profundas las consideraciones de Hume, aunque niega que “A” y la “existencia de A” sean el mismo pensamiento, pues éste último sería un pensamiento más complejo de lo que Hume supone. De Kant no admite el carácter puramente sintético del juicio existencial, esto es, es un error estimar que el juicio es una comparatio rei et intellectus. Así, la falla del argumento ontológico sería sostener un paralogismo por equivocación. Es decir, lo que reside en la naturaleza de una cosa (la existencia) sólo puede decirse hipotéticamente y no a priori categóricamente. La aseveración kantiana debe ser transformada diciendo que en la idea de un ser perfecto, su verdad es necesaria, aunque no para nosotros apriórica. En otras palabras, si “Dios es” no es necesariamente falso, es necesariamente verdadero que sea.

En realidad, el argumento ontológico no es una prueba, sino un principio. No es una prueba, porque la existencia que se pretende deducir está ya implícitamente contenida en la definición de Dios como el ser respecto del cual nada mayor puede pensarse y, por esto, en el simple pensamiento de Dios: como prueba es un círculo vicioso.  Como principio, expresa la identidad de posibilidad y realidad en el concepto de Dios. Si se puede pensar a Dios, se debe pensarlo como existente.

En cambio, que Dios no puede ser pensado sino como existente lo subrayó Hegel, que siempre reacciona vigorosamente contra la filosofía crítica que pretendió haber demostrado que nada se podía saber de lo eterno y absoluto, cuando afirmó en su Lógica (CXCIII) sobre la prueba de San Anselmo:

“Se debe esta prueba importantísima a San Anselmo que la formula como si hubiese aquí un contenido que no existiese sino en nuestro pensamiento…considera la representación de Dios como inseparable de su ser en nuestra conciencia…Pero sería ilógico pretender que el pensamiento de Dios estuviese ligado en nuestra conciencia a su existencia, del mismo modo que el pensamiento está ligado a la existencia de las cosas finitas…San Anselmo, pues, ha tenido razón al no tener en cuenta la unión del pensamiento y del objeto, tal como tiene lugar en las cosas finitas y al representarse el ser perfecto como un ser que existe, no sólo subjetiva, sino objetivamente. Las objeciones dirigidas contra la prueba ontológica y la noción del ser perfecto, tal como ha sido determinado por San Anselmo, no tienen valor, porque esta noción está en el espíritu de todo hombre”.
  
Esta apreciación hegeliana está inserta en su profunda convicción de que para lograr el conocimiento de la verdad es preciso superar la identidad abstracta de la metafísica por la identidad concreta, acabar con la doctrina de la impotencia de la razón del criticismo y rechazar que la intuición es el alma de la razón.  La doctrina del ser es la esfera del pensamiento sin pensamiento y de la cosa sin conocimiento.

Al respecto, pienso que la metafísica dialéctica de Hegel tampoco llegó al conocimiento de Dios y lo eterno, sino al conocimiento de la dinámica de su creación. Su método dialéctico expone el derrotero del ser en el ente, pero no del ser en cuanto ser, es decir, de Dios. Por ello, su mérito estriba en denunciar la impotencia de la metafísica abstracta, que no explicaba el mundo, y del criticismo, que negaba la explicación de lo divino. Pero su limitación es que creyó que la dialéctica explicaba a Dios en cuanto Dios, cuando a lo sumo, lo que explicó fue a un dios panteísta que se confunde con su creación.

En Hegel “lo finito es lo no verdadero”. Con ello se da con la convicción profunda de que en la prueba ontológica se afirma el infinito actual como realidad positiva.

La Prueba Tomista
Tomás de Aquino rechaza el argumento ontológico anselmiano pero propone los cinco argumentos a posteriori de la existencia de Dios (Suma de teología, Primera parte, cuestión 2, a. 3, en C. Fernández, Los filósofos medievales. Selección de textos, 2 vols., BAC, Madrid 1980, vol. II, p. 484-489).


Por primera vez en la escolástica utiliza Santo Tomás la prueba por el movimiento (Aristóteles), por la causa eficiente (Aristóteles y Avicena),  por lo contingente (Maimónides), por los grados de perfección (platonismo) y por el orden cósmico (estoicos). Las tres primeras pruebas pertenecen según Jaeger (Aristóteles, FCE, 1946) al tiempo platónico de Aristóteles, de modo que el fondo platónico del tomismo es bastante palmario. Igualmente el Aquinate rechaza la opinión de que el concepto de Dios sea innato en nosotros, que Dios sea contemplado inmediatamente.

Además considera que Dios sobrepasa el entendimiento y el lenguaje humano, de modo que por vía analógica afirmamos lo que él no es y su relación con las criaturas finitas. Dios no será una verdad evidente, su conocimiento es a través de la reflexión de los datos de los sentidos. Con estas reflexiones filosóficas no duda que ha encontrado el Dios de la religión y no el mero Dios-idea de la filosofía.

Consideraciones metafísicas
San Anselmo supuso que la idea de Dios es la idea del ser “del cual no es posible pensar nada mayor”, es decir, es el ser supremamente perfecto. Y concluyó que nadie puede tener la idea de Dios y entenderla y, al mismo tiempo, negar que Dios exista.

Sin embargo, el teólogo del siglo XIII Santo Tomás de Aquino al tratar esta teoría en sus dos Sumas no menciona el nombre de San Anselmo, pero lo tiene en mente todo el tiempo. Comentó que no todos entienden por Dios “la cosa más alta que se puede pensar”, puesto que “muchos de los antiguos afirmaron que el mundo es Dios”. Rechazó el razonamiento ontológico anselmiano; porque no es legítimo pasar del orden conceptual al existencial. De la idea de Dios no se puede concluir su existencia. En ello influyó su metafísica realista que parte de las cosas finitas para llegar racionalmente a Dios.

Propuso en su reemplazo otras cinco pruebas de la existencia de Dios que todavía son aceptadas de forma oficial por la Iglesia católica apostólica romana: 1) la realidad del cambio requiere un agente del cambio; 2) la cadena de la causalidad necesita fundarse en una causa primera que no es causada; 3) los hechos contingentes del mundo (hechos que pueden no haber sido como son) presuponen un ser necesario; 4) se puede observar una gradación de las cosas desde lo más alto a lo más bajo, y esto apunta hacia una realidad perfecta en el punto más alto de la jerarquía; 5) el orden y el diseño de la naturaleza exigen como fuente un ser que posea la más alta sabiduría.

En suma, el rechazo de que la existencia de Dios sea una verdad evidente para el conocimiento humano, está estrechamente asociado con el aspecto empírico de su filosofía. No es que Santo Tomás sea un empirista en sentido moderno, porque admite que el conocimiento espiritual rebasa la experiencia sensible. El entendimiento agente supera la experiencia y es causa del conocimiento espiritual. Este entendimiento agente es el momento apriórico en la teoría del conocimiento tomista.

No obstante, el a priori de Tomás no es funcional como en Kant, sino estructural; porque parte de objetos que tienen su interna verdad, sus razones eternas, las cuales se reflejan en nuestra alma. El intelecto agente participa de la luz divina, la única verdad que contiene en sí todas las verdades y todas las esencias, se trata de una intuición abstractiva, una intuición de esencia. El universal en su forma sólo está en la mente (post rem) pero en la realidad está en la realidad (in rem). El universal ante rem es la propia naturaleza intrínseca de la cosa, porque la materia es lo determinable y la forma es lo determinante.

El Aquinate no duda de la metafísica como Abelardo, sino que vuelve a San Agustín. A diferencia de San Buenaventura se funda en la esencia participada de las formas eternas. La veritas rei es la adecuación entre el pensar y el ser. Por su parte, la mente divina es determinante y no determinada, en cambio la cosa natural es determinante y no determinada. La mente humana es determinada y sólo determinante en cosas artificiales. Las cosas naturales determinan nuestro conocimiento, pero ellas son determinadas por Dios.

Para Santo Tomás no existe el problema de los juicios sintéticos a priori de Kant, porque tras la doctrina de la percepción sensible y de las esencias está el antiguo ideal-realismo, donde las cosas se hacen patentes en su en sí a la mirada sensitiva y espiritual. En el mismo Aristóteles el intelecto agente presenta rasgos de semejanza divina, pero en Santo Tomás Dios no une  y divide sólo conoce. De modo que el verdadero pensamiento de Santo Tomás no es una metafísica puramente aristotélica, porque queda un considerable fondo de ideas neoplatónicas y agustinianas. Es decir, que no sólo toma el concepto aristotélico de “propiedad del ser”, también recurre a la filosofía platónica (participación, analogía, trascendencia) y a la filosofía cristiana (ser creado, categoría, grados del ser).

Entonces  ¿Fueron los elementos empíricos de su filosofía los que influyeron en su modo de tratar el problema de la existencia de Dios? Cualquier conocimiento natural de un ser que trasciende el mundo visible se logra sobre los datos proporcionados por la experiencia. La reflexión sobre estos datos sensoriales descubre la relación existencial de dependencia de las realidades empíricas con respecto a un ser que las trasciende. Pero el objeto de la metafísica son las esencias, formas o universales, es una ciencia teológica, donde los seres participan de Dios. Para la escolástica lo real y objetivo no sólo es la materia sino también la forma pensada por Dios. Por eso Tomás platoniza al sostener que el ser propio de las cosas se encuentra primero en Dios. Pero tomó el modelo platónico de la “forma separada” de forma absoluta.

Aquí es interesante advertir que el matiz platónico de la “forma separada” se perdió en el curso de la historia; el modelo es el corazón de todas las cosas, en él viven y en él son,  no al revés, ahondando el ser creado se conquista la idea, la “semejanza” (Rep. 508ss) es el trascendental ontológico de primer orden. En cambio en el Aquinate junto al concepto de participación está la idea de causa eficiente. Y aquí podemos preguntarnos: ¿qué fue primero, la participación o la causación?

Como es sabido, en Platón está presente la metexis, semejanza y participación, y Aristóteles rechazó la analogía de semejanza platónica por la analogía de igualdad, la analogía platónica la conserva con el nombre de plurisignificación correlativa. Pero esta analogía denominativa no es otra cosa que paronimia. Tomás recibe lo que viene de la tradición, no adopta una posición uniforme sobre la analogía y quizá  no tuvo una doctrina definida, usa varias clases de analogía y quizá la analogía de semejanza sea la fundamental, pero no hizo una síntesis de las diversas posiciones.

Coda
No pocas veces se ha dicho que Santo Tomás no hizo justicia al argumento de San Anselmo y que no consideró el argumento ontológico dentro del contexto del autor. Y es posible que esto sea cierto. Se trata de una cuestión exegética que se sigue discutiendo. Se ha considerado, por ejemplo, que el argumento ontológico no es, a pesar de su aspecto externo, un simple paso de lo lógico a lo ontológico, de toda esencia a su existencia, porque se funda tanto en la propia esencia de Dios como en la noción que de Dios se forma la inteligencia humana, la cual puede ir pensando siempre seres más perfectos cuando cercena de su pensar la existencia real. Así, una variante de la prueba anselmiana es el argumento de Descartes, según el cual, es imposible que un ser finito piense un ser infinito actual sin el auxilio de éste.

Como vemos la prueba anselmiana ha sido empleada con diversas variantes en la historia de la filosofía, porque en el fondo el argumento ontológico se refiere sólo al ser infinito y su relación con el ser finito. Y la refutación tomista de la demostración a priori de la existencia de Dios será parte de las posturas metafísicas que consideran que Dios sobrepasa el entendimiento y el lenguaje humano y su conocimiento analógico es vía reflexión de los datos de los sentidos. En Tomás de Aquino la forma es una esencia al que debe añadirse la existencia para tener realidad, y se puede pensar en las cosas creadas una esencia sin existencia. Dios es ser, pero no coincide con el ser universalísimo. Dios es la plenitud de ser mientras que lo otro es un concepto puramente formal del simple algo. Para el hombre Dios no es primero en el orden del conocer sino del ser; por tanto, sobre él sólo cabe la predicación analógica.

Igualmente, y contra lo sostenido por las corrientes empiristas, que rechazan la prueba por carecer de fundamento existencial y mantener que tiene sólo un fundamento analítico y tautológico o ser un conjunto de pseudo-proposiciones, hay que afirmar que es posible considerar el argumento ontológico como capital, puesto que replantea la cuestión del ser de forma ineludible y original.

Así, considerando que la cuestión del ser es capital y que existen graves problemas lógicos y ontológicos ocultos en la prueba anselmiana, se puede afirmar lo siguiente:

1º si algo existe, existe algo necesariamente;
2º lo que existe necesariamente y no de forma contingente existe como principio;
3º si hay un principio, tiene que existir necesariamente;
4º ese algo que existe necesariamente se llama Dios.

Con esto se evita el infinito actual como realidad positiva de la solución de Hegel (panlogismo), el carácter puramente sintético del juicio existencial de Kant (agnosticismo), la inseparabilidad entre la cosa y la existencia de la cosa de Hume (empirismo) y la exclusiva predicación analógica del Aquinate (realismo metafísico aristotélico).


El argumento anselmiano que se funda en dos puntos (1º que lo que existe en la Realidad es mayor que lo que existe sólo en el entendimiento, y 2º negar que existe realmente aquello respecto a lo cual nada mayor puede pensarse, significa contradecirse, porque significa admitir al mismo tiempo que se lo puede pensar mayor, esto es, existente en la realidad) queda conservado, porque no hay nada mayor que pueda ser pensado que aquello que existe necesariamente.



A la objeción de que no se ve cómo es posible pensar que Dios existe, se puede responder como San Anselmo que la palabra pensar tiene dos significados:

1º la dimensión lógica (se puede pensar la palabra que indica la cosa), y

2º la dimensión ontológica (se puede pensar la cosa misma).

En el primer sentido se puede pensar que Dios no existe según “la palabra que indica la cosa” (porque lo posible no es lo real); pero en el segundo sentido, no es posible pensar que Dios no existe, porque se puede pensar la cosa misma, o sea Dios (porque lo máximamente real es lo máximamente posible). 

Post sriptum.- Mi propio argumen
to

De manera que lo posible no es lo real, pero lo máximamente real es lo máximamente existente y lo máximamente existente es lo máximamente pensable. Por ende, Dios siendo lo máximamente pensable y existente es lo máximamente real. 

El argumento de San Anselmo conecta lo máximamente pensable con lo máximamente existente para demostrar la existencia de Dios. Yo voy por otro camino, a saber, el de lo máximamente real. De manera que lo posible no es lo real, pero lo máximamente real es lo máximamente existente y lo máximamente existente es lo máximamente pensable. Por ende, Dios siendo lo máximamente pensable y existente es lo máximamente real. No todo lo pensable ni todo lo posible es real, pero sí todo lo real es pensable y posible. Siendo Dios real es entonces pensable y posible. 


Yo aquí efectúo un giro en el argumento ontológico anselminano, según el cual, existe en el espíritu humano la idea de Dios porque él es la realidad máximamente posible. Mi argumento ontológico va del orden real al orden ideal. La posibilidad real es fundamento de la posibilidad lógica. Con ello eludimos mejor las refutaciones de Gaunilo, santo Tomás de Aquino y Kant. Además, precisamos a Hegel por cuanto lo lógico se acopla a la realidad misma. Entre realidad y lógica hay predicación analógica más no predicación unívoca (panteísmo) ni predicación equívoca (agnosticismo). 


La realidad sobrepasa el pensar (principio del realismo). Por ello la predicación del pensar no es unívoca, porque el logos de lo real excede al logos del pensar (más allá del panlogismo panteísta). Pero también la predicación del pensar no es equívoca, porque subsiste la correspondencia entre ser y pensar (más allá del agnosticismo).Por tanto, siendo Dios lo máximamente real es lo máximamente predicable por analogía (principio del teísmo).

Siendo Dios lo máximamente real entonces es percibido espiritualmente por el hombre de modo necesario y universal. Esto es, la idea de Dios no nace del temor a la muerte sino de la condición neumática del hombre siempre abierto a la condición de lo divino. En otras palabras, el hombre piensa en Dios porque como lo máximamente real y existente es lo máximamente pensable. Por ello, el pensamiento de Dios es indesarraigable a la condición humana. 

Cuanto más humano se es, más se piensa en Dios. Cuanto más espiritual se es, más se desea a Dios. Cuanto más inhumano se es, más rechaza a Dios. Pero Dios siempre está ahí, patente de modo ineludible a la condición humana. Este vínculo entre el hombre y Dios es un signo poderoso de la condición privilegiada de criatura con destino sobrenatural. Pero la condición misma exige de la libre determinación de nuestra voluntad asistida por la Gracia de Dios.

En suma, el argumento ontológico se impone al espíritu humano de modo inevitable porque somos una criatura no sólo para pensar, sino para vivir con Dios.

Lima, Salamanca, 26 de enero 2016

martes, 1 de enero de 2013

TOTALITARISMO INTRADEMOCRÁTICO GLOBAL

EL TOTALITARISMO INTRADEMOCRÁTICO
DE LAS MEGACORPORACIONES GLOBALES
Sobre la crisis del hiperimperialismo actual
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

 

A mi maestro Juan Abugattás
Quien meditó en una nueva civilización

LA SITUACIÓN

Cuando una sociedad tiende a luchar contra el contenido dialéctico del mundo, ahogando todo lo revolucionario y uniformizando el mundo, entonces la consecuencia es que se vuelve represiva y estática. Al verse suprimida el libre juego de la imaginación creadora entonces las auténticas necesidades humanas se pervierten y degradan para acabar en el robotismo humanoide. En un mundo de injusticia y miseria espiritual los individuos no pueden ser racionales, libres y felices y por tanto es necesario una nueva racionalidad que modifique las relaciones materiales de existencia. Esto es lo que tenemos en el presente con el totalitarismo intrademocrático de las megacorporaciones privadas, basadas más en la tecnología que en el terror.

Para entender la crisis global hacen falta nuevos instrumentos conceptuales, nuevas categorías en el pensamiento político, sin los cuales es imposible hallar soluciones creativas. Nadie entiende lo que actualmente está sucediendo tanto en las metrópolis del capitalismo global como en la periferia del sistema. Y es que se tratan de deducir con conceptos antiguos los fenómenos nuevos. La globalización neoliberal es la expresión de la mutación profunda del imperialismo en hiperimperialismo y su crisis actual es la primera y no la última enfermedad de esta criatura nueva.

La incomprensión del nuevo fenómeno lleva a muchos a ingenuas soluciones románticas que sólo denuncian el carácter especulativo del capitalismo global de los Estados Unidos y Europa y buscan contrarrestar la crisis soñando con hacer retroceder al capitalismo a tiempos felices mediante tres principales reformas: tributaria, antimonopólica y financiera. Así entre los neoliberales, que reclaman austeridad, y los neokeynesianos, que piden estímulo, ha surgido una nueva izquierda que cree en el capitalismo pero no en el capitalismo monopólico. Con ello exhiben su inaudita incomprensión de que no es posible encontrar soluciones antihistóricas que hagan involucionar al capitalismo. Ya Marcuse había señalado que el hombre unidimensional aspira a mejorar su condición sólo dentro del sistema, es, en consecuencia, siempre contra-revolucionario.

En un comienzo se trató de comparar esta crisis con el crack de 1929 pero economistas más avisados no tardaron en darse cuenta que esto no era posible. Luego con una mentalidad más funcionalista que sustancialista se ha abandonado el estudio de los orígenes de la desestabilización para preocuparse por hallar las soluciones más inmediatas al alcance. Pero aunque los jerarcas de las megacorporaciones lo saben, nadie hasta ahora advierte que de la primera gripe del 2008 se ha pasado a la fiebre del 2012 del nuevo Moloc que amenaza a la humanidad entera.

Sin embargo no hay que engañarse, no estamos ni ante el capitalismo salvaje del siglo XIX que denunció Marx, ni ante el capitalismo imperialista del siglo XX que combatió Lenin, sino que nos toca enfrentar a un nuevo monstruo que reclama reconocimiento para su nueva soberanía privada y mundial: el totalitarismo intrademocrático de las megacorporaciones globales.

ANETISMO, HIPERIMPERIALISMO, ECOCIDIO E INTRATOTALITARISMO

Sin eufemismos ni tecnicismos económicos hay que afirmar que la Globalización neoliberal de los último 30 años es un fenómeno nuevo, al que antropológicamente se le puede denominar como la apoteosis del hombre anético; económicamente como el triunfo del Hiperimperialismo; ecológicamente como el pináculo del ecocidio, porque su estilo de vida urbana va devorando de modo insostenible alimentos, agua dulce y energía; y el intra-totalitarismo, como consolidación de pequeñas oligarquías globales que imponen sus intereses manipulando mediante su nueva soberanía a las democracias formales de Occidente.

Anetismo, hiperimperialismo, ecocidio e intra-totalitarismo son las cuatro características centrales que definen una crisis que no sólo es humana, económica o ecológica sino que es civilizatoria. Y a la cabeza de este proceso autodestructivo están los intereses políticos y financieros de un sistema a todas luces contrarios a la supervivencia de la humanidad.

El hombre anético es el tipo antropológico devorado por el consumismo, el impersonalismo, la carencia de ideales, su saturación por meros intereses, ha cambiado el valor intrínseco de su persona por un precio, carece de principios, es hombre masa que hegemoniza el proceso social, enarbola la falsa insignia del sujeto libre, pero que en realidad nos conduce hacia la idea de libertad en su forma más abyecta, a saber, separada de la organización justa de la sociedad.

Antropológicamente la globalización encarna una individualidad mutilada, porque vive indiferente a la desvinculación de la libertad con la justicia. Económicamente se trata de una nueva era del totalitarismo intrademocrático de los monopolios megacorporativos que gozan de la gran autonomía del capital transnacional, su hegemonía real ya no corresponde a ninguna potencia nacional en particular, sino a las megacorporaciones estatales privadas.

Lo que define su carácter intratotalitario es su presencia protagónica en los países democráticos centrales y periféricos manipulando prensa, justicia, instituciones gubernamentales, masas y hasta gobiernos. En una palabra el totalitarismo intrademocrático de las megacorporaciones transnacionales es consecuencia natural de la índole monopolista de la estructura del capitalismo. No se trata de una desviación sino un desarrollo grave y duradero de la esencia antiparticipativa de la teoría de la distribución ganancia en el capitalismo.

Esto es, el capitalismo nunca tuvo ni tendrá una teoría general de la distribución de la ganancia y por ello favorece la supercapitalización individual sin revertir en beneficio de la comunidad. La teoría de la distribución de la ganancia en el capitalismo es en esencia anti-participativa y por ello incuba y desenvuelve un fenómeno intratotalitario en el seno mismo de las democracias occidentales. La contradicción manifiesta entre la premisa ideológica liberal y la ejecución práctica, donde la participación y el control ciudadano es excesivamente aleatorio, si bien no delinean un Estado totalitario, sin embargo, favorece el florecimiento expansivo de fenómenos intratotalitarios en el seno mismo de las democracias occidentales.

En realidad, el nuevo capitalismo neoliberal al hallar en la especulación la herramienta más efectiva para la supercapitalización ha dado un paso sin retorno hacia el intra-totalitarismo democrático, lo cual se demuestra en la presente crisis recesiva que encuentra su fecha de inicio en el 2008. Los ciudadanos quedan al margen de toda participación y control en el proceso para afrontar la crisis. En consecuencia las oligarquías financieras sólo gestionan la crisis a un elevadísimo costo social sin dar una efectiva solución a la misma.

Tal fenómeno indica que el capitalismo no sólo crea una economía de excedentes que no se adapta al sistema de precios, sino que crea ahora también una economía especulativa que no se adapta al sistema productivo. Es decir, no sólo no crea estabilidad en el consumo, porque prospera estimulando necesidades en vez de satisfacerlas, sino que elimina la estabilidad en la ganancia, porque la economía global queda convertido en un gran casino especulativo. Pues bien, todo esto es un fenómeno intratotalitario en el seno de las democracias capitalistas y nada asegura que su evolución no concluya en un Estado totalitario.

En la presenta coyuntura ninguna potencia es capaz de resolver ni proponer por razones financieras un orden económico sostenible porque se hallan cautivas de la nueva soberanía que las dirige: la de las megacorporaciones privadas. Es por eso que no estamos en un mundo apolar, porque el verdadero polo ha pasado a manos de éstas últimas, en desmedro de los estados nacionales.

El mundo unipolar no son los Estados Unidos de Norteamérica y el frágil acuerdo de Obama con los republicanos para evitar el abismo fiscal así lo demuestra. Cuando sucedió la crisis del 2008 se prometió que los responsables iban a ser castigados. Pues bien, hasta hoy no hay ningún responsable y se reabre el casino global. Y es así porque el verdadero poder detrás de los republicanos son las megacorporaciones privadas. Rusia y China pretenden un mundo bipolar pero son gigantes con pies de barro porque su economía exportadora una de energía y otra de manufacturas es frágil al fundarse en precios vulnerables y en la demanda externa cada vez más alicaída. Ni qué decir de los BRICS y de los demás países emergentes cuyas tasas de crecimiento encuentra su locomotora en la demanda exterior.

En este contexto los países del mundo se encuentran de rodillas ante un nuevo poder global. En una palabra, la democracia clásico occidental está sucumbiendo ante el poder de manipulación política en la cúspide por parte de las mega-oligarquías globales.

POR QUÉ HIPERIMPERIALISMO

Ante la crisis que remece el capitalismo desde el 2008 se dice que para entender la economía actual hace falta una nueva teoría menos matematizante, más interdisciplinaria, que incluya la teoría del caos y el cálculo no lineal, deshaciéndose del supuesto de que los mercados se regulan solos y que el recurso ecológico es infinito. Y esa es la opinión de los Nobel de economía, quienes admiten que la ciencia económica está en crisis y que sus fundamentos epistémicos están llenos de creencias y no de evidencias científicas. Añaden, además, que la presente crisis no es del fin de la economía de mercado sino del neoliberalismo financiero americano y europeo, cuya política anti-crisis lo ponen al lado de la autodestrucción. No han faltado quienes niegan que pueda darse una sustitución de la economía de mercado y que por eso la URSS fracasó. En suma, concluyen, que sólo se trata de tomar el parámetro ecológico y regular el sistema financiero.

En primer, en todo este razonamiento se sigue la línea de la lógica del capital. Esto es, que se busca estabilizar al enfermo pero no curarlo. Ya el keynesianismo había reparado en el hecho de que los mercados no se regulan solos y que necesitan de la intervención estatal. Sobre esa base se salió de la crisis de 1929 y se llegó al llamado capitalismo de bienestar. Pero el mundo cambió y las cosas no permanecieron estáticas para siempre, en este sentido la consolidación del capitalismo lo envalentonó y en los años 80 bajo la ideología del neoliberalismo de Milton Friedman se libró del yugo del Estado, siendo la primera estocada al capitalismo de bienestar. El resultado final es elocuente: la brecha social creció en forma alarmante en todo el mundo, según datos de las propias Naciones Unidas, el 1% de ricos frente al 99% de pobres.

En segundo lugar, la URSS no sucumbió debido a la planificación económica, sino por la guerra económica emprendida por Reagan bajando el precio del petróleo para provocar la quiebra económica del imperio soviético, cosa que se consiguió. Fue un operativo de sabotaje que no tiene que ver con la sustitución de la economía de mercado por los soviéticos, al contrario, más bien tiene que ver por su sustitución por parte de la primera potencia occidental. Esto es, los corifeos del neoliberalismo aprovecharon la coyuntura para despotricar ideológicamente contra la planificación económica, admitida no sólo por la economía planificada sino incluso por la economía capitalista keynesiana. Por tanto, no es cierto que la economía no sea compatible con la planificación. Además, según cifras de la OMC, en la actualidad sólo el 40 % del mercado mundial se rige por el libre mercado, el restante 60% está protegido, subvencionado y es restrictivo. Es decir, el propio capitalismo neoliberal sigue utilizando la planificación económica pero en beneficio del capital y del lucro.

En consecuencia, los economistas capitalistas siguen sin comprender la crisis no sólo porque no toman en cuenta el componente ecológico, sino porque se requiere de un enfoque interdisciplinario y político. Para entender la economía actual y crisis hace falta una nueva teoría del imperialismo, que ilumine su carácter intratotalitario y especulativo, profundamente manipulador y monopolizador de los procesos sociales. Se trata, pues, de un proceso de acumulación de capital que ya no se sustenta en la concentración de la producción y sí más bien en la especulación financiera, siendo así que la ruptura de la otrora simbiosis entre el capital bancario y el capital industrial se convierte en emblemático.

La globalización viene a ser sólo una de las características del supercapitalismo en una nueva fase evolutiva posterior al imperialismo y que encarna la metamorfosis del capital monopólico en capital megacorporativo post-estatal. El capitalismo que se ha globalizado en las últimas dos décadas del siglo XX y que impone su dictado en los albores del siglo XXI no es el típico capitalismo liberal o de libre competencia, con su explotación colonial en el mundo. Tampoco es el capitalismo monopolista de organización regulada por el Estado, también llamado “imperialismo de los trust” por Lenin o capitalismo tardío por Weber y la escuela de Frankfurt. Sino lo que tenemos enfrente es una nueva mutación del capitalismo monopólico en capitalismo de las megacorporaciones privadas, cuya legitimación no necesita de las aduanas de los Estados-nación que ahora son rehenes de aquellas.

La nueva categoría propuesta como Hiperimperialismo surge como resultado de la desconstrucción de la retórica globalizadora, porque para no regresionar hasta una noción histórico-genérica de Imperio, como proponen Michael Hardt y Antonio Negri (Imperio, Paidós, 2000), que a la postre tiene el defecto de identificar toda la historia humana con la historia varia de los imperialismos, es mejor proponer una nueva noción histórico específica como es la del Hiperimperialismo.

En rigor, resulta inapropiado, según esto, hablar de capitalismo en la era global ni siquiera es correcto hablar del capitalismo global, sino lo que cabe es hablar del capitalismo en la era hiperimperialista. De modo que, es mejor el empleo de la noción de “Hiperimperialismo” que el de “Imperio” debido a que no sólo tiene la ventaja de señalar que el poder reside en las megacorporaciones privadas, sino que además evita la confusión de emplear nociones histórico-genéricas.

Pero la noción de “hiperimperialismo” surge también a contrapelo del conocido esquema de las dimensiones mundiales del imperialismo de Ernest Mandel, quien propuso las tres vertientes del imperialismo contemporáneo desde una postura leninista pero que, sin embargo, no logra captar las dimensiones globales y mundiales del fenómeno imperialista. Mandel habló de ultraimperialismo, como convivencia o unión pacífica de fuerzas; superimperialismo, como hegemonía de una potencia imperialista sobre otra; e interimperialismo, como competencia entre áreas imperialistas mundiales.

El hiperimperialismo supone una modificación profunda de las tres dimensiones mundiales del fenómeno imperialista señaladas por Mandel, porque:
1º la hegemonía ya no corresponde a alguna potencia en especial sino a las megacorporaciones,
2º la convivencia pacífica está a cargo de las multinacionales y no de los Estados, y
3º la competencia territorial pierde importancia ante el carácter desterritorializado del hiperimperialismo megacorporativo.

Pero además, se da una tendencia irreprimible del hiperimperialismo hacia el fraude global. Lo demostró el fraude global montado por el sistema financiero internacional en la crisis del 2008 a través de las hipotecas subprime o  préstamos insolventes. Con el hiperimperialismo la falta de ética en las finanzas llega a proporciones descomunales. Y tenía que ser así, porque prométase al capitalista una ganancia del 100%, aunque sea por canales especulativos, y se arriesgará a todo, no tendrá límite para obtenerlo. Lo que otrora quedó demostrado con el comercio de esclavos por parte de Portugal y del tráfico de opio por parte de Inglaterra y que hoy vuelve a estar en el tapete con los oscuros lazos con el narcotráfico y los diamantes de sangre.

CAUSAS DEL HIPERIMPERIALISMO
Tenemos causas políticas y económicas. Entre las políticas la más importante fue el desmoronamiento del socialismo autoritario y la conformación de un mundo unipolar fueron las principales causas políticas que precipitaron el tránsito del capitalismo imperialista, que se sustentaba en la antigua soberanía de los Estados-nación, hacia una fase nueva superior denominada hiperimperialismo.

Entre las económicas hay que considerar lo siguiente. Si el imperialismo se caracteriza por el reemplazo del capital de libre concurrencia por el capital monopolista, ahora se caracteriza por el reemplazo del capital monopolista por el capital megacorporativo descentrado y especulativo.

El hiperimperialismo muestra la capacidad de adaptación del capitalismo contemporáneo y señala el término del capitalismo imperialista, ahora se trata del desarrollo de un aparato económico-político desterritorializado y descentrado que no conoce fronteras y que impera en la tierra entera. Dicha capacidad de adaptación se muestra también en lo teórico tratando de convencernos de que sólo se requiere un poco de regulación financiera, antimonopólica y tributaria, pero sin tocar ni un ápice el derecho que se irroga el capitalista a la supercapitalización privada.

CARACTERISTICAS

El megacorporativismo post-estatal capitalista rebasa los paradigmas del pensamiento político del siglo XX: nacionalismo, socialismo y liberalismo, pero lo realmente novedoso en su contenido son las siguientes características:

·  el desarrollo de la nueva forma de soberanía de las megacorporaciones privadas, el poder megacorporativo sin fronteras,
·  el declive del Estado-nación,
·  el carácter especulativo y no productivo de los mercados financieros,
·  la acelerada desproletarización de la fuerza laboral, la extinción del trabajo o la no producción de empleos,
·  la desmaterialización de la producción,
·  el aumento astronómico de la riqueza especulativa,
·  el paso de la geopolítica a la geoeconomía, la colisión de las nuevas tecnologías con la necesidad de crear puestos de trabajo,
·  el desarrollo de formas post-industriales de trabajo y de producción que rebasan el poder de los Estados-nación incluso los más poderosos,
·  la agudización de un estilo de vida antiecológico,
·  aumento de la miseria y exclusión social,
·  desempleo y proteccionismo en alza
·  el desprecio de los factores ecológicos
·  el peligro de crecimiento de fenómenos intra-totalitarios en el seno de la democracia misma que amenazan con su destrucción
·  el incremento estrepitoso de la desigualdad social que hace decrecer el consumo
·  y el arrinconamiento al que son precipitadas las identidades culturales.
·  Pero sobretodo es el desdichado triunfo antropológico del hombre anético. El supercapitalismo globalizado es esencialmente todo esto, pero además es algo que casi siempre se pasa de vista: su efecto sobre el hombre.

EFECTOS DESHUMANIZANTES
Existe actualmente la tendencia a sostener que la presente crisis es del capitalismo americano y europeo pero no del chino, ruso, escandinavo y países emergentes. Esto es, se asume un nuevo mito: lo que destruye a la economía de mercado es el neoliberalismo financiero pero no el capitalismo mismo. Nada más falso. El capitalismo en todas partes del mundo se muestra despiadado y deshumanizador. China corroída por los salarios de sobreexplotación, Rusia por la corrupción generalizada, Escandinavia por la apatía social y la sobreprotección asfixiante, y los países emergentes carcomidos por la desigualdad social.

Ya Erich Fromm en su momento había señalado que las condiciones económicas de la sociedad industrial moderna, y no la educación que sólo es trasmisora, es la causante de las perturbaciones de la salud mental, porque si bien el capitalismo ha cambiado sin embargo un hecho se mantiene imperturbable: que el hombre deja de ser un fin en sí mismo y se vuelve en un medio para un gigantesco mecanismo económico impersonal.

Lamentablemente no podemos decir exactamente lo mismo que Fromm bajo el hiperimperialismo por tres razones:
1º el fenómeno de la extinción del trabajo o aceleración del proceso de desproletarización, que de coyuntural se ha tornado estructural;
 2º las nuevas tecnologías, las cuales hacen que el hombre no sólo deje de ser un fin en sí mismo, sino que incluso haya dejado de ser un medio explotable para el gigantesco mecanismo impersonal que lo enajena;
3º las mentes descentradas, sumisas, pasivas, acríticas, lúdicas y de débiles conexiones cognitivas que se consolida con el abuso y adicción de las redes sociales por parte de las masas urbanas, lo cual consolida un estilo de pensar, actuar y sentir impersonal.

Esto es, que bajo el hiperimperialismo el hombre sufre una más profunda enajenación de sí mismo al verse prescindible de un sistema que otrora lo necesitó. El resultado es una enajenación donde la persona ya ni siquiera se siente como cosa ni mercancía, el sentido de su propio valor ya no depende del mercado que lo excluye, sino de las fantasías de un mundo virtual y cibernético que se constituye en la nueva autoridad anónima que diluye su identidad y convicciones personales.

El capitalismo del siglo XXI lejos de satisfacer las demandas sociales y normativas de los reformadores del siglo XIX y de extender el capitalismo de bienestar del siglo XX, lo que ha hecho es satisfacer las demandas lúdicas de seres gobernados por la autoridad anónima del conformismo y el triunfo de la inteligencia rutinaria del hombre enajenado. La verdad es que el hiperimperialismo extrema al máximo los mecanismos de adaptación e impersonalismo social. En este sentido, el presente sistema no va hacia una explosión social sino hacia una implosión social autodestructiva.

LA ANOMIA MUNDIAL

Así, nos encaminamos hacia una anomia mundial. Se trata de un ataque profundo contra el sentido de la vida, la democracia, la economía de bienestar y el naufragio de los sueños de un capitalismo popular. No hay retroceso en el reloj histórico del capitalismo. Las decisiones de las multinacionales están llevando a la civilización humana a sus máximas contradicciones. Lejos de vivir en un mundo en que, tras la caída del comunismo y de las ideologías, el protagonismo lo tenga el choque civilizatorio (S. Huntington), al contrario la globalización del hiperimperialismo aproxima a las civilizaciones en vez de distanciarlas, las permeabiliza, homogeniza y avecina hacia un colapso común. Sin embargo, vuelve el antiguo tema spengleriano sobre la decadencia de Occidente. Al respecto se puede reflexionar sobre la corrupción de las tres columnas principales de la civilización occidental: la cáritas cristiana, el derecho romano y el racionalismo griego. 

Un  individuo  despersonalizado  y  debilitado moralmente por la vorágine cosificante del mercado ya no siente el llamado interno del amor, la justicia y la razón. Por el contrario, embotado en su fuero interno vive a expensas de sus más elementales y primitivos instintos, impulsos y pasiones. El deseo sensual lo domina y es zarandeado por los caprichos anónimos del mercado hiperimperialista. El mundo no terminará tan pronto con la última fase del hiperimperialismo materialista, pero quizá las conmociones que hacían falta a escala planetaria ya están presentes para liquidar a toda una edad de nuestra civilización.

CRECE CULTURA TANATICA
El capitalismo hiperimperialista produce un serio desequilibrioo mental y espiritual porque enajena al hombre de sus auténticas necesidades de relación, trascendencia, identidad y orientación. El consumismo del sistema capitalista no satisface las necesidades profundas del hombre, al contrario las distorsiona y pervierte. Crecen las condiciones tanáticas de la civilización intra-totalitaria, ecocida, consumista, mediática, electronal y anética. Lo cual queda retratado en la democracia armada y asolada por las masacres masivas en los Estados Unidos de Norteamérica. El auge de las masacres en iglesias, escuelas, centros laborales, establecimientos comerciales, entre otros, junto a la libre comercialización de armas de guerra son la combinación perfecta para el desarrollo libre de la cultura de la muerte. Estas dramáticas condiciones se configuran en los llamados “problemas globales", que en lenguaje apocalíptico se conoce como «los días postreros»”:
 Físicos:
Ø Nuevas pandemias virales
Ø Explosión demográfica
Ø Agotamiento de agua, energía y alimentos
Ø Cambio climático

Económicos:
Ø Desproletarización o extinción de empleos
Ø Mito del desarrollo sostenible
Ø Desmaterialización de la producción
Ø Nuevas tecnologías versus puestos de trabajo
Ø Muerte del sentido ético de la economía
Ø Tráfico de órganos humanos
Ø Revolución corporativa en países emergentes
Ø Crecimiento de multinacionales originarias de países emergentes
Ø Pésima redistribución de riqueza social
Ø Ensanchamiento del capitalismo de libre mercado
Ø Neutralización del capitalismo de libre mercado

Políticos:
Ø Nuevas potencias nucleares
Ø Surgimiento de narco-estados
Ø Países se convierten en mercados
Ø Hundimiento de comunismo y liberalismo
Ø Muerte del sentido social e ideológico de la política

Sociales:
Ø Drogas y corrupción
Ø Refugiados y desplazados
Ø Aumento de riqueza especulativa versus miseria

Culturales:
Ø Estilo de vida antiecológico
Ø Extinción de ethos capitalista
Ø Miseria científico-tecnológica
Ø Abandono de ciencias humanísticas y básicas
Ø Abandono de la lectura y correcta escritura
Ø Descomposición del arte
Ø Sustitución de la cultura por los pasatiempos y el entretenimiento
Ø Deterioro de la educación mundial
Ø Aumento del pandillaje escolar
Ø Gansterización de la vida social

Científico-tecnológicos
Ø Colisión de la fase neotécnica con los patrones paleotécnicos del capitalismo
Ø Imposibilidad de lograr la energía de fusión a corto plazo
Ø Práctica científica sin reglas éticas
Ø Sometimiento de la ciencia a la industria y a la política
Ø Incremento de la alineación cibernética
Ø Detención de la ley de conversión de la riqueza material en riqueza cultural y científica
Ø Privatización de la creación científico-tecnológica
Ø Tecnología incrementa individualismo en seres humanos

Espirituales:
Ø Extenso olvido de Dios
Ø Visión laica y secularizada de la religión
Ø Culto de la muerte y la violencia
Ø Deshonra y desorden del matrimonio
Ø Corrupción moral (hombre anético)
Ø Desenvolvimiento de sociedad luciferina

Escatológicos:
Ø Actuación del misterio de la iniquidad
Ø Predicación general del evangelio
Ø Apostasía general (cultura de la increencia)
Ø Predominio de sociedad concupiscente (sexista)
Ø Soberbia, desnaturalización y codicia generalizada
Ø Inaudito crecimiento del relajo, lujuria y vanidad (cultura light)
Ø Divorcio con la verdad (ontología débil)

AUGE DEL OCCIDENTE SECULAR

No es coincidencia que el auge del intra-totalitarismo hiperimperialista global se dé al mismo tiempo con el auge del proceso de secularización. Este proceso es complejo, porque la multiplicación de sectas y confesiones por doquier no significa una espiritualización creciente del mundo, sino al contrario, una imperiosa necesidad de compensación humana por una vida cotidiana tan materialista. También es cierto que tras ellas está el afán de avaricia de muchos de sus pastores y la penetración de prácticas mafiosas en sus jerarquías, cuando no alianzas con mafias para el lavado de activos.

Hoy sobreviene y se expande globalmente la racionalidad técnico-científica y es la principal fuerza motriz del desarrollo histórico-económico. A las sibaritas élites del megacorporativismo privado les resulta indiferente el cristianismo como el taoísmo, confucionismo, budismo, islamismo o brahmanismo, su único lenguaje es el de las superganancias sin barrera civilizacional alguna. En otros términos, no es Occidente lo que muere, sino, lo que muere es el Occidente humanista y cristiano y lo que está en auge es el Occidente secular, pragmático y nihilista que se globaliza. 

Por otra parte, nuestro Tercer Estado Global ya no monopoliza la pobreza pero sí ostenta una miseria científico-tecnológica espantosa. Una comparación somera del desarrollo tecnológico señala que los países pobres sólo concentran el 10 por ciento de ingenieros y científicos, el 3 por ciento en computadoras y una inversión de 3 billones de dólares en investigación científica, frente a los países desarrollados con 90 por ciento de científicos, el 97 por ciento de computadoras y una inversión de 220 billones de dólares. Sin embargo, la tragedia de la inversión científico-tecnológica es que viene siendo manipulada por intereses comerciales. La dependencia de los científicos  respecto de la industria facilita que los mega-consorcios impongan su voluntad a través de una camarilla de políticos. Y es que una ciencia de lo no-humano, la ciencia de la producción de las cosas cuando se reconvierte en reguladora de la vida sólo impone reglas inhumanas.

MUERTE DEL OCCIDENTE HUMANÍSTICO
Si la obra suprema del cuerpo social son las superganancias a cualquier costo y no se ordena a los bienes superiores de la persona entonces termina poniéndose al hombre al servicio de la industria y de la técnica. Es la muerte de la cultura humanística. Es lo que viene ocurriendo con los alimentos transgénicos como la soya, que causa envenenamiento e intoxicación. Asimismo, la tragedia de las universidades del Tercer Mundo es que no invierten en investigación, son imitativas y someten al docente a un ritmo proletarizador. Las universidades han perdido su espíritu humanístico y se han convertido en empresas de grados y títulos. Reducen o conculcan horas de investigación y en vez de convertirse en productores de cultura se vuelven meros trasmisores de las necesidades alienantes del mercado capitalista. Parafraseando el “todo vale” posmoderno, entre los tercermundistas: “nada vale”.

LA NUEVA SIMBIOSIS KEYNES-FRIEDMAN
La crisis de la globalización hiperimperialista, desatada desde el mes de octubre del 2008 con sus alarmantes caídas en las bolsas del mundo, ha despertado ciertas ilusiones en el retorno hacia un neo-keynesianismo.   Se   cree  con  apresuramiento  que  el neoliberalismo económico está agotado y que lo se requiere es purgarlo de sus abusos especulativos.

Pero la historia no tolera repeticiones ni retrocesos. La piedra angular del keynesianismo, como sabemos, es la armonía de los intereses privados con los intereses sociales para eliminar el paro persistente, reestructurar la renta, la inversión y el ahorro, mediante métodos de regulación monopolista de Estado y una política reformista. Sin embargo, la crisis de rentabilidad del capitalismo avanzado llevó a que el neocapitalismo keynesiano fuese abandonado desde los años 70.

Los teóricos del estancamiento, basados en el fracaso por crecer, disminución de las posibilidades de inversión, deuda externa y paro masivo, debido a que, entre otras cosas, el keynesianismo no previó el paro tecnológico, el problema del monopolio, el papel de clase del estado y los vínculos de lo económico con lo político, cultural y tecnológico, adoptaron el neoliberalismo como cruzada monetarista de los monopolios imperialistas. Milton Friedman fue el mentor de la reacción del capital monopólico privado contra el capital monopólico estatal keynesiano.

La solución de la crisis del neoliberalismo, surgida del casino especulativo global del hiperimperialismo, no apunta a resolver el dilema entre los monopolios privados versus la supervivencia de la humanidad, sino que está dirigida a resolver la supervivencia de los supermonopolios mismos. Las superganancias especulativas no se detendrán por el mítico interés del mercado libre, sino que éstas regulan la revolución económica, ayudan a que el sector privado sea autónomo y garantiza los riesgos tecnológicos del sistema capitalista.

Por ello, la tendencia a la solución de la crisis de acumulación presente no transita hacia un neo keynesianismo, de un mayor control gubernamental del ahorro y la inversión, sino hacia su simbiosis transitoria con el neoliberalismo, con un mayor control del gobierno de la rentabilidad y de las superganancias de las megacorporaciones.

En otras palabras, no vamos hacia Keynes porque la presente crisis no es de estancamiento, al contrario, se trata de una crisis de crecimiento hipertrofiado de las ganancias, y por ello no se buscará abolir el supercasino global, ni retroceder a la era del imperialismo centralizado y territorializado, sino tan sólo perfeccionarlo y mitigar sus efectos más nocivos. Y esto no se comprenderá mientras no se rompan con los viejos paradigmas y se reconceptualicen los nuevos fenómenos.

En una palabra, la crisis global concierne al propio pensamiento humano que se muestra pasivo y sin reacción ante el avasallamiento del totalitarismo intrademocrático de las megacorporaciones globales. En la democracia formal estilo occidental se instaura una tolerancia represiva, el libre juego de la imaginación creadora queda suprimida y elsistema sólo libera el tanáticojuego de la imaginación destructiva. Hace falta recrear un socialismo humanista para vencer la enajenación y promover la participación en las decisiones. No queda otro camino que restablecer el lugar del hombre y acabar con el robotismo humanoide.


Lima, Salamanca 01 de Enero 2013