LA MÍSTICA DE HEGEL resulta un tema desconcertante porque se le reconoce como el filósofo del panlogismo, del intelectualismo y de la Idea Absoluta, es decir, como quien reduce todo lo real a lo racional y concibe que la estructura última del mundo se expresa en categorías lógicas. Sin embargo, en su sistema filosófico la mística no desaparece, sino que es absorbida y reinterpretada en clave especulativa.
La experiencia de unión con lo infinito, que en la tradición mística se vive como algo inefable, en Hegel se traduce en la autoconciencia de la Idea, en la coincidencia entre pensamiento y ser. La religión, para él, es la representación imaginativa de lo que la filosofía piensa conceptualmente, de modo que la vivencia mística se eleva a concepto y se integra en el despliegue racional del Espíritu. Así, la culminación en la Idea Absoluta conserva un núcleo que puede interpretarse como místico, pues apunta a la unidad última entre lo finito y lo infinito, aunque expresada en términos lógicos. La paradoja consiste en que Hegel racionaliza lo que otros describen como experiencia interior, pero al hacerlo no elimina su carácter trascendente, sino que lo convierte en el momento supremo de la razón especulativa.
Este cruce entre razón y mística fue decisivo para pensadores posterioreS como Kierkegaard, que reaccionó contra la abstracción hegeliana reivindicando la experiencia existencial y personal de lo religioso, y Marx, que secularizó la dialéctica y la aplicó a la historia material. Ambos, aunque en direcciones opuestas, se enfrentaron a esa tensión que Hegel había dejado abierta entre lo racional absoluto y la vivencia de lo infinito.
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