martes, 21 de abril de 2026

BRAIDOTTI CÓMPLICE DE LA DISOLUCIÓN HUMANA


BRAIDOTTI CÓMPLICE DE LA DISOLUCIÓN HUMANA

El poshumanismo de Rosi Braidotti se presenta como una respuesta influyente a la crisis del humanismo en la modernidad tardía. Su propuesta parte del diagnóstico de que el sujeto humanista ha quedado fragmentado y vacío de contenido, y sobre esa ruina construye un horizonte filosófico que declara obsoleto al antropocentrismo. Sin embargo, lo que en apariencia se muestra como radicalidad no es fuerza emancipadora, sino un yerro ontológico: confundir el efecto con la causa. No es el hombre abstracto lo que debe ser eliminado, sino las fuerzas estructurales de la razón instrumental que lo degradaron y lo vaciaron de contenido. Al no distinguir entre la potencia emancipadora del humanismo y su captura por el nihilismo liberal, su propuesta se convierte en error: toma como culpable a la noción de humanidad en sí misma, cuando lo que debería ser confrontado son las dinámicas históricas que la corrompieron.

Ese yerro convierte su filosofía en cómplice de la disolución humana. En vez de rebelarse contra las fuerzas que destruyeron al sujeto, las da por inevitables y las transforma en fundamento de su horizonte poshumano. En su planteamiento lo humano no se defiende ni se reconstruye, sino que se instrumentaliza de nuevo, ahora como nodo en redes tecnológicas, biológicas y ecológicas. El resultado es que su pensamiento se prolonga la lógica del proyecto burgués tardío de destruir al hombre, encubriendo bajo un discurso sofisticado lo que en realidad es continuidad del nihilismo occidental.

Nuestra crítica ontológica señala con claridad que el verdadero problema no es la categoría de humanidad, sino la razón instrumental que la degradó. Al no enfrentarse a esas fuerzas, Braidotti incurre en un grave yerro que legitima la deshumanización de la razón instrumental burguesa y convierte su propuesta en administración de ruinas, no en resistencia. Esa es la falla central: el poshumanismo no es fuerza emancipadora, sino error que acompaña la disolución.

La figura de Rosi Braidotti refleja con nitidez la disolución de la noción de humanidad en la modernidad tardía. Nacida en 1954, su pensamiento parte del diagnóstico de que el sujeto humanista, heredero de la Ilustración y del Renacimiento, ha quedado fragmentado y vacío de contenido. La razón, la dignidad y la centralidad del hombre ya no pueden sostenerse en un mundo atravesado por la biotecnología, la inteligencia artificial y la globalización. Sin embargo, en lugar de detenerse a analizar las causas históricas de esa destrucción —el nihilismo del liberalismo occidental, la mercantilización de la vida, la corrupción de las élites—, su propuesta filosófica asume la ruina como condición inevitable y sobre ella construye un horizonte poshumano.

En su obra The Posthuman, Braidotti sostiene que la subjetividad contemporánea debe pensarse como múltiple, híbrida y relacional. El sujeto ya no es autónomo ni autosuficiente, sino un nodo en una red de relaciones que incluye máquinas, animales, ecosistemas y flujos de información. Esta visión no busca detener la fragmentación del individuo ni rebelarse contra las fuerzas que lo produjeron, sino aceptar esa fragmentación como destino y convertirla en motor de pensamiento. El antropocentrismo, en su perspectiva, debe ser abandonado porque ha quedado obsoleto. Así, su filosofía actúa como si el problema estuviera en la categoría misma de humanidad y no en los usos que las élites hicieron de ella.

El gesto es comparable a suprimir el cuchillo porque con él se cometen asesinatos: en vez de cuestionar quién lo empuña y con qué fines, se decide eliminarlo. De este modo, el poshumanismo aparece como una falsa receta que confunde el mal uso de una categoría con la categoría en sí. El humanismo fue instrumentalizado para legitimar jerarquías y exclusiones, pero también contenía una potencia emancipadora que no necesariamente debía ser descartada. Braidotti, sin embargo, actúa como si el antropocentrismo fuera intrínsecamente culpable de todos los males y, por tanto, lo único que queda es abandonarlo.

Su propuesta es socialmente pesimista porque no ofrece resistencia frente a las causas de la destrucción del humanismo. No acusa a las élites occidentales que lo vaciaron de contenido, ni busca rescatar lo emancipador que había en él. Más bien, acepta la ruina como condición inevitable y propone una nueva instrumentalización de lo humano: ya no como sujeto central, sino como resto administrado dentro de un entramado relacional. En este sentido, su visión del hombre sirve para proseguir con el proyecto burgués tardío de destruirlo, ofreciendo un marco teórico que legitima la continuidad del nihilismo occidental.

Los críticos del poshumanismo han señalado con fuerza estas limitaciones. Los humanistas clásicos lo acusan de erosionar valores universales como la dignidad humana y de poner en riesgo los derechos fundamentales al diluir la noción de humanidad. Otros advierten que su tono es apocalíptico, que exagera la “muerte del hombre” y genera visiones catastrofistas. Se le reprocha también la ambigüedad conceptual: mezcla filosofía, ciencia y ficción sin ofrecer una base normativa clara. Desde la ética, se cuestiona cómo aplicar una ética poshumana sin desproteger los derechos humanos básicos. Y desde la política, se le critica por no acusar directamente a las élites occidentales responsables de la crisis, lo que convierte su propuesta en un marco que legitima, por omisión, el nihilismo liberal que la precede. El riesgo señalado por sus críticos es que, al abandonar el antropocentrismo, se pierdan las referencias necesarias para la justicia social y la protección de los más vulnerables.

Por nuestra parte subrayamos que la objeción más seria al proyecto de Braidotti surge precisamente en el plano ontológico. No es el hombre abstracto lo que debe ser eliminado o superado, sino las fuerzas estructurales de la razón instrumental que lo degradaron. El humanismo no se derrumbó por sí mismo, ni por una supuesta obsolescencia natural de la categoría de humanidad, sino por el modo en que la racionalidad moderna —convertida en razón instrumental— lo vació de contenido, lo redujo a engranaje de sistemas económicos y políticos, y lo subordinó a la lógica del consumo y la dominación.

El nihilismo liberal, al absolutizar la autonomía individual y al transformar la libertad en mera elección de mercado, destruyó la potencia emancipadora del humanismo. La mercantilización de la vida, la corrupción de las élites y la instrumentalización del individuo fueron las fuerzas que degradaron al hombre, no la noción de humanidad en sí. Por eso, la crítica más penetrante al poshumanismo es que confunde el efecto con la causa: en lugar de rebelarse contra las estructuras que produjeron la crisis, declara obsoleto al hombre mismo y propone su disolución en un entramado relacional.

El resultado es una nueva instrumentalización de lo humano. Ya no se lo usa para legitimar jerarquías clásicas, sino para justificar su desaparición como centro. El hombre se convierte en resto administrado, en nodo dentro de redes tecnológicas, biológicas y ecológicas. Pero en ambos casos, lo humano sigue siendo objeto de manipulación: primero por las élites que lo degradaron, ahora por una filosofía que lo declara superado.

La objeción ontológica señala que el verdadero problema no es la categoría de humanidad, sino la razón instrumental que la vació de sentido. Si se abandona el antropocentrismo sin confrontar esas fuerzas, se perpetúa el mismo proyecto burgués tardío de destruir al hombre. Lo que se necesita no es suprimir la noción de humanidad, sino desmantelar las estructuras que la degradaron. De lo contrario, el poshumanismo se convierte en un discurso sofisticado que legitima la continuidad del nihilismo occidental, encubriendo bajo la apariencia de crítica lo que en realidad es prolongación del mismo proceso de disolución.

En este sentido, la objeción ontológica es decisiva: no se trata de eliminar al hombre abstracto, sino de enfrentar las condiciones históricas y estructurales que lo redujeron a fragmento. Solo así puede pensarse una reconstrucción que no sea mera administración de ruinas, sino verdadera resistencia frente a las fuerzas que lo destruyeron.

La tensión que se abre es profunda: ¿es posible pensar un futuro más justo sin recuperar alguna noción de humanidad, o toda tentativa de reconstrucción está condenada a repetir los errores del humanismo clásico? El poshumanismo de Braidotti se presenta como alternativa crítica, pero en realidad prolonga la lógica del nihilismo liberal, ofreciendo un discurso sofisticado que encubre la continuidad del proyecto de disolver al hombre. Su filosofía es síntoma de la modernidad tardía: un tiempo de ruinas donde lo humano se percibe como fragmento, y sobre esos fragmentos se construye una ética relacional que, lejos de rebelarse contra las causas de la crisis, las asume y las perpetúa.

En buena cuenta, Braidotti actúa y piensa como cómplice de la disolución humana. No porque ella misma haya iniciado el proceso, sino porque su filosofía se instala sobre las ruinas del humanismo y, en lugar de rebelarse contra las fuerzas que lo destruyeron —el nihilismo liberal, la razón instrumental, la mercantilización de la vida, la corrupción de las élites—, las da por inevitables y las convierte en fundamento de su propuesta. Al declarar obsoleto al hombre y al antropocentrismo, legitima por omisión el proyecto burgués tardío que buscaba precisamente disolverlo.

Su pensamiento no denuncia las causas de la crisis, sino que las naturaliza: la fragmentación del individuo no es un problema a resolver, sino un destino que debe aceptarse. El hombre no es defendido ni reconstruido, sino instrumentalizado de nuevo, ahora como nodo en redes tecnológicas, biológicas y ecológicas. En este sentido, su filosofía funciona como un discurso sofisticado que encubre la continuidad del nihilismo occidental, ofreciendo un marco teórico que prolonga la lógica de la disolución.

La objeción más seria, como señalabas, es ontológica: no es el hombre abstracto lo que debe ser eliminado, sino las fuerzas estructurales de la razón instrumental que lo degradaron. Al no confrontar esas fuerzas, Braidotti se convierte en cómplice de su obra, administrando los restos del sujeto humanista en lugar de resistir su destrucción. Su propuesta, lejos de ser emancipadora, corre el riesgo de consolidar la deshumanización bajo el nombre de poshumanismo.

De ahí que su visión del hombre sirva, en última instancia, para proseguir con el proyecto burgués tardío de destruirlo. La aparente crítica se transforma en continuidad, y la ética relacional que propone no es rebelión contra las causas de la crisis, sino aceptación de sus consecuencias. En este punto, la acusación de complicidad no es exagerada: su filosofía no combate la disolución humana, la acompaña.

Bibliografía

Braidotti, Rosi. Feminismo, diferencia sexual y subjetividad nómade. Barcelona: Gedisa, 2004.
Braidotti, Rosi. Feminismo posthumano. Barcelona: Gedisa, 2022.
Braidotti, Rosi. Lo posthumano. Barcelona: Gedisa, 2015.
Braidotti, Rosi. Metamorfosis: hacia una teoría materialista del devenir. Madrid: Akal, 2005.
Braidotti, Rosi. Transposiciones: sobre la ética nómada. Barcelona: Gedisa, 2009.

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