RORTY REPLEGADO EN LOS CONSENSOS CONTINGENTES
El repliegue de Richard Rorty (1931-2007) en los consensos contingentes se despliega como una renuncia deliberada a la verdad objetiva, un abandono de la pretensión filosófica de encontrar fundamentos universales y estables. La filosofía, en su propuesta, deja de ser tribunal de la razón y se convierte en conversación cultural, en práctica social que se sostiene en acuerdos temporales y en la utilidad de los vocabularios compartidos. La verdad ya no es correspondencia con la realidad, sino aquello que una comunidad considera útil y justificado en un momento histórico. Este repliegue marca el núcleo de su neopragmatismo: sustituir la búsqueda de certezas por la ampliación de la solidaridad y la reducción de la crueldad.
El punto de vista de Rorty se articula en torno a la contingencia del lenguaje y la necesidad de abandonar la ilusión metafísica de verdades últimas. La filosofía debe ser edificación, apertura de diálogos, creación de nuevos vocabularios que permitan vivir mejor juntos. La figura del ironista liberal encarna este ideal: alguien consciente de la fragilidad de sus creencias, pero comprometido con la libertad y la democracia. La verdad, en este marco, es lo que resulta útil para sostener la conversación y fomentar la cooperación, no lo que corresponde a una realidad objetiva independiente.
El neopragmatismo de Rorty no surge en el vacío, sino que se inscribe en una larga tradición filosófica que lo antecede y que le da sustento. Sus raíces más evidentes se encuentran en el pragmatismo clásico norteamericano de Peirce, James y Dewey. Peirce había concebido la verdad como aquello que sería aceptado al final de la investigación científica, James la entendió como lo que resulta útil y satisfactorio en la práctica vital, y Dewey la vinculó con la experiencia social y la democracia, defendiendo que las ideas son instrumentos para resolver problemas. Rorty retoma esa herencia pero la desplaza hacia el lenguaje, abandonando la noción de experiencia como criterio y sustituyéndola por la contingencia de los vocabularios.
A esta base pragmatista se suman influencias decisivas de la filosofía analítica del siglo XX. Quine y Sellars cuestionaron la idea de un lenguaje que represente fielmente la realidad, lo que inspiró en Rorty su rechazo del fundacionalismo epistemológico. Wittgenstein, en su segunda etapa, subrayó el carácter pragmático y contextual del lenguaje, introduciendo la noción de juegos de lenguaje que Rorty retoma para explicar cómo las comunidades construyen sus consensos.
También la filosofía continental dejó huella en su pensamiento. Heidegger, con su crítica a la metafísica y su idea de la verdad como desocultamiento, y Derrida, con su deconstrucción de los grandes relatos y su énfasis en la contingencia, aportaron elementos que Rorty incorporó en clave posmoderna. De este modo, su neopragmatismo se convierte en una síntesis peculiar: una reelaboración del pragmatismo clásico enriquecida por la crítica analítica al representacionalismo y por la desconfianza posmoderna hacia los universales.
Los antecedentes históricos de la postura de Rorty muestran cómo la filosofía norteamericana, desde el pragmatismo clásico hasta la crítica analítica y la influencia continental, fue preparando el terreno para que él pudiera sostener que la verdad no es correspondencia con la realidad, sino consenso útil y contingente. Su originalidad consiste en trasladar el pragmatismo desde la experiencia hacia el lenguaje, y en convertir la filosofía en una práctica cultural orientada a la solidaridad más que a la búsqueda de verdades universales.
Esa desconfianza hacia los universales, que en Rorty aparece como rechazo de la verdad objetiva y de los fundamentos últimos, efectivamente puede retrotraerse mucho más atrás en la historia de la filosofía. El nominalismo medieval, con figuras como Guillermo de Ockham, ya había cuestionado la existencia real de los universales, sosteniendo que no eran más que nombres, etiquetas lingüísticas para referirse a conjuntos de individuos. Esa postura anticipa la idea de que el lenguaje no refleja esencias universales, sino que organiza la experiencia de manera contingente.
Si se va aún más atrás, hasta los griegos, también se encuentran antecedentes. Los sofistas del siglo V a.C. defendían que la verdad dependía de la persuasión y de la fuerza del discurso, más que de una correspondencia objetiva con la realidad. Protágoras, con su célebre frase “el hombre es la medida de todas las cosas”, ya planteaba una visión relativista que cuestionaba la existencia de verdades universales. Frente a ellos, Platón reaccionó defendiendo la existencia de Ideas eternas y universales, precisamente como respuesta a esa desconfianza sofística. Aristóteles, por su parte, intentó mediar reconociendo universales, pero como formas que se realizan en los individuos concretos.
En ese sentido, puede decirse que la tensión entre universalismo y nominalismo, objetividad y contingencia, atraviesa toda la historia de la filosofía. Rorty se sitúa en la línea de quienes desconfían de los universales, heredando tanto el espíritu sofístico como el nominalismo medieval, y actualizándolos en clave posmoderna. Su neopragmatismo es, en cierto modo, una versión contemporánea de esa vieja disputa: frente a la pretensión de verdades universales, propone que todo vocabulario es contingente y que lo que llamamos verdad depende de consensos históricos.
Los críticos han señalado con insistencia que esta sustitución de la verdad por consenso útil conduce inevitablemente al relativismo. Habermas sostiene que el consenso debe estar regulado por normas racionales universales, de lo contrario cualquier acuerdo social podría legitimarse como verdad, incluso aquellos que sostienen ideologías opresivas. Putnam advierte que la renuncia a la objetividad deja a la filosofía sin capacidad de distinguir entre consensos emancipadores y consensos dañinos. La crítica más recurrente es que Rorty confunde verdad con utilidad, y que su antifundacionalismo abre la puerta a legitimar cualquier práctica que logre imponerse en una comunidad.
El consenso dañino se manifiesta en fenómenos como los grupos que deciden asumirse como gatos, perros, ovejas o vacas, pues en ellos se observa con claridad el límite de la propuesta rortiana. Si la verdad se reduce a lo que una comunidad acuerda y considera útil, entonces cualquier grupo que construya un lenguaje interno y lo sostenga colectivamente podría reclamar que su visión es verdadera para sí mismo. En este caso, el consenso no solo resulta absurdo, sino que puede ser perjudicial, porque distorsiona la identidad humana, genera aislamiento social y abre la puerta a prácticas que afectan la salud psicológica y la convivencia.
La lógica de Rorty, al abandonar la verdad objetiva, deja sin herramientas para distinguir entre consensos emancipadores y consensos problemáticos. Lo que en su esquema aparece como contingencia del lenguaje y pluralidad de vocabularios, en la práctica puede derivar en legitimación de discursos irracionales. El ejemplo de quienes se identifican como animales muestra cómo el antifundacionalismo puede desembocar en consensos que no amplían la solidaridad ni reducen la crueldad, sino que la desplazan hacia formas de autoalienación.
La tensión es evidente: sin universales que sirvan de criterio, todo consenso puede presentarse como válido, incluso aquellos que resultan dañinos. El caso de estos grupos ilustra el dilema que atraviesa la posmodernidad: la desconfianza hacia los universales, heredera del nominalismo y de los sofistas, reaparece en clave contemporánea como repliegue en consensos contingentes. Lo que se presenta como liberación de la metafísica puede terminar siendo reflejo de una decadencia de la razón, incapaz de ofrecer criterios sólidos frente a consensos absurdos.
Las críticas recogidas refuerzan la objeción. Si la verdad es lo útil y lo útil es el consenso, entonces el consenso se convierte en verdad, lo cual es erróneo y falso. Si la verdad objetiva se reduce a lenguaje, entonces lenguajes como el nazi o el sionista serían verdad para sus comunidades, lo que resulta moralmente inaceptable. Si el criterio no es la verdad objetiva sino la libertad y la empatía, entonces una comunidad que priorice no hacer sufrir a los animales por encima de los hombres estaría cumpliendo con el propósito de la democracia liberal, lo cual revela el absurdo de la propuesta. En todos estos casos, el repliegue en consensos contingentes muestra sus límites y contradicciones.
El dilema final se refleja en la pertinaz negación cultural de la verdad objetiva como síntoma de la razón burguesa en su curva de profunda decadencia llamada posmodernidad. Al abandonar la pretensión de universalidad, la filosofía se repliega en consensos frágiles y contingentes, incapaces de ofrecer criterios sólidos frente a ideologías dañinas o absurdas. Lo que Rorty presenta como liberación de la metafísica puede interpretarse como signo de desgaste de la burguesa razón ilustrada, una razón que, en su fase posmoderna, ya no puede sostener universales y se refugia en acuerdos temporales. El repliegue en los consensos contingentes, lejos de ser emancipador, aparece como reflejo de una decadencia que erosiona la capacidad crítica de la filosofía y la reduce a mera gestión de vocabularios en un mundo sin verdades objetivas.
Bibliografía
Dewey, John. La búsqueda de la certeza. Traducción de Ramón Xirau. Fondo de Cultura Económica, 1949. / Habermas, Jürgen. Conciencia moral y acción comunicativa. Traducción de Manuel Jiménez Redondo. Editorial Trotta, 2000. / Ockham, Guillermo de. Tratado sobre los predicables. Traducción de Luis Martínez Gómez. Editorial Gredos, 1998. / Platón. Diálogos. Traducción de José Antonio González. Editorial Gredos, 1986. / Protágoras. Fragmentos. Traducción de Juan B. Bergua. Editorial Bergua, 1970. / Putnam, Hilary. El colapso de la verdad y otros ensayos. Traducción de Jorge Pérez. Paidós, 2002. / Rorty, Richard. La filosofía y el espejo de la naturaleza. Traducción de Jesús Fernández Zulaica. Editorial Cátedra, 1983. / Rorty, Richard. Contingencia, ironía y solidaridad. Traducción de Ángel Manuel Faerna. Paidós, 1991. / Rorty, Richard. El pragmatismo y la política. Traducción de Ángel Manuel Faerna. Paidós, 1998. / Wittgenstein, Ludwig. Investigaciones filosóficas. Traducción de Alfonso García Suárez y Ulises Moulines. Editorial Crítica, 1988.
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