miércoles, 25 de febrero de 2026

INCAÍSMO NO ES INCALATRÍA

 


INCAÍSMO NO ES INCALATRÍA

Incafilia, incalatría, incamanía e incaísmo

En el Perú contemporáneo se ha formado una tendencia cultural que puede describirse como incafilia, es decir, una simpatía romántica hacia los incas que los coloca como modelo ideal y casi perfecto. Esta incafilia, sin embargo, ha derivado en fenómenos más intensos como la incalatría, entendida como un culto acrítico y casi religioso hacia el incario, y la incamanía, que representa la obsesión desmedida por los incas, negando cualquier crítica histórica. Frente a ello, es necesario enfatizar la diferencia con el incaísmo, que debe ser entendido como el estudio sereno y académico del incario, con rigor y sin caer en idealizaciones.

La distorsión es tan grande que, cuando se habla del “mundo andino”, se suele presentar al incario como su cúspide, cuando en realidad fue su negación y deformación. El militarismo expansionista e imperialista de los incas homogenizó a las culturas andinas, imponiendo lengua, religión y estructuras políticas jerárquicas, borrando la diversidad que había florecido durante siglos. Antes de los incas, e incluso contemporáneamente a ellos, existieron culturas tanto o más desarrolladas en distintos aspectos, pero la obsesión expansiva del Tahuantinsuyo las subordinó y las reconfiguró bajo un modelo único.

Entre esas culturas destacan los Chimú, con su capital Chan Chan, la ciudad de barro más grande de América prehispánica, y su dominio en metalurgia, cerámica y sistemas de irrigación. Los incas conquistaron a los Chimú hacia 1470 y trasladaron a sus artesanos a Cusco para aprovechar sus conocimientos técnicos, lo que muestra cómo el incario se construyó sobre logros ajenos. También los Cañaris, en el actual sur de Ecuador, fueron absorbidos mediante la política de los mitimaes, que implicaba la reubicación forzada de poblaciones. Los Quitus, en la región de Quito, fueron conquistados y su ciudad se convirtió en un centro estratégico del imperio, especialmente en la etapa final con Atahualpa.

En el altiplano, los Lupacas y los pueblos del Collao como los Aymaras y Pacajes, tenían estructuras políticas sólidas y economías basadas en la ganadería de camélidos y el comercio regional. Su resistencia inicial frente a los incas muestra la tensión entre la diversidad andina y la homogenización impuesta por el Tahuantinsuyo. La conquista de estas regiones fue una de las más disputadas, y su absorción implicó la subordinación de pueblos con tradiciones muy antiguas y desarrolladas.

La cultura Chincha, en la costa sur del Perú, es otro ejemplo de logros que los incas no dominaron plenamente. Los Chincha fueron grandes comerciantes y navegantes, controlando rutas marítimas que llegaban hasta Ecuador y Chile. Su poder económico y político era tal que, al ser conquistados, los incas mantuvieron ciertos privilegios para asegurar su integración. La navegación chincha muestra que el mundo andino tenía avances que no pueden atribuirse exclusivamente al incario.

Culturas preincas y la distorsión histórica

La historiografía peruana reciente muestra una tendencia marcada hacia la incafilia, que ha derivado en incalatría y hasta en incamanía. Este fenómeno ha contribuido a la distorsión de la memoria histórica, pues se presenta al incario como la cúspide del mundo andino, cuando en realidad fue su negación y deformación mediante un militarismo imperialista que homogenizó culturas diversas. Frente a ello, es necesario reivindicar el incaísmo como estudio sereno y crítico del incario, capaz de reconocer tanto sus logros como sus contradicciones.

Antes de los incas, existieron culturas como Chavín, que entre 900 y 200 a.C. desplegó una cosmovisión religiosa compleja y un estilo artístico que influyó en gran parte de los Andes. Los Moche, entre 100 y 700 d.C., fueron maestros en cerámica, metalurgia y sistemas hidráulicos, dejando testimonios de gran sofisticación tecnológica y estética. Los Nazca, entre 100 y 800 d.C., crearon los célebres geoglifos y avanzados sistemas de acueductos conocidos como puquios, que aún funcionan en la actualidad. Los Wari, entre 600 y 1000 d.C., fueron pioneros en urbanismo y administración estatal, considerados un antecedente directo del modelo imperial inca. Los Tiwanaku, entre 400 y 1000 d.C., en el altiplano, desarrollaron una arquitectura monumental y una cosmovisión que influyó en los incas.

Todas estas culturas muestran que el mundo andino era un mosaico de desarrollos regionales, cada uno con logros propios. El incario, en cambio, aplicó una política de expansión militarista que reorganizó y subordinó esas diversidades bajo un modelo único. Así, la idea de que el incario fue la “cúspide” del mundo andino es una construcción ideológica más que una realidad histórica.

La conquista de los Chimú, con su capital Chan Chan y su dominio en metalurgia y cerámica, es un ejemplo claro de cómo los incas se apropiaron de logros ajenos. Los Cañaris y los Quitus, en el actual Ecuador, fueron absorbidos mediante la política de los mitimaes, que implicaba la reubicación forzada de poblaciones. Los Lupacas y los pueblos del Collao, como los Aymaras y Pacajes, tenían estructuras políticas sólidas y economías basadas en la ganadería de camélidos y el comercio regional, pero fueron subordinados por el Tahuantinsuyo. La cultura Chincha, en la costa sur del Perú, dominaba la navegación marítima y el comercio a gran escala, llegando hasta Ecuador y Chile, lo que demuestra que existían logros que los incas no dominaron plenamente y que tuvieron que reconocer al integrar a los Chincha en su imperio.

La exaltación acrítica del incario invisibiliza estas culturas y sus aportes. La incafilia tiende a romantizar a los incas como modelo ideal, la incalatría los convierte en símbolo absoluto del mundo andino, y la incamanía niega cualquier crítica histórica, incluso la violencia y la imposición que sufrieron pueblos como los Chimú, los Cañaris, los Quitus, los Lupacas, los Chincha y tantos otros. El incaísmo, en cambio, debe reconocer que el incario fue una etapa más dentro de un proceso histórico complejo, y que muchas de sus fortalezas se construyeron sobre la base de culturas previas y contemporáneas.

Cumbemayo y el conocimiento hidráulico de los Cajamarca

La exaltación acrítica del incario invisibiliza no solo a culturas como los Chimú, Cañaris, Quitus, Cajamarca, Lupacas, Collao o Chincha, sino también a otras civilizaciones que demostraron un nivel de desarrollo técnico y simbólico extraordinario mucho antes de la expansión inca. Un ejemplo contundente es la cultura Cajamarca, responsable de la construcción del complejo hidráulico de Cumbemayo, ubicado en la sierra norte del Perú.

El acueducto de Cumbemayo, tallado en roca volcánica y con un sistema de canales que aprovecha la pendiente natural del terreno, constituye una muestra de ingeniería hidráulica de gran sofisticación. Este monumento, datado alrededor del año 1500 a.C., demuestra que los pueblos andinos ya poseían un conocimiento avanzado de la gestión del agua, siglos antes de la aparición del incario. La cultura Cajamarca, con su capacidad para diseñar y ejecutar obras de tal magnitud, evidencia que el mundo andino no necesitó de los incas para alcanzar niveles de desarrollo técnico y simbólico elevados.

La incafilia, incalatría e incamanía tienden a borrar estos logros, presentando al incario como el origen y la cúspide de todo avance. Sin embargo, el incaísmo crítico debe reconocer que los incas heredaron y se beneficiaron de conocimientos previos, y que su expansión militarista no fue una síntesis armónica, sino una imposición que subordinó y reconfiguró culturas diversas. El caso de Cumbemayo es paradigmático: mientras la incalatría insiste en ver al incario como el máximo exponente del mundo andino, la evidencia arqueológica muestra que culturas anteriores ya habían alcanzado niveles de sofisticación que los incas simplemente absorbieron o ignoraron.

Este reconocimiento es fundamental para desmontar la narrativa que coloca al incario como “cúspide” del mundo andino. En realidad, el incario fue una etapa más, marcada por la homogenización y el militarismo, pero no necesariamente superior a las culturas que lo precedieron o coexistieron con él. El incaísmo, como estudio sereno y crítico, debe rescatar la diversidad y complejidad del mundo andino, reconociendo que la historia no se reduce a la visión romántica de un imperio idealizado.

Identidad contemporánea y necesidad de diferenciación

La distorsión histórica que coloca al incario como la cúspide del mundo andino tiene consecuencias profundas en la identidad peruana contemporánea. Al invisibilizar la diversidad de culturas que existieron antes y durante la expansión inca —como los Chimú, Cañaris, Quitus, Lupacas, Collao, Chincha, Cajamarca con su Cumbemayo, Moche, Nazca, Wari y Tiwanaku— se construye una narrativa simplificada que reduce la riqueza del pasado a un solo modelo. Esta narrativa, alimentada por la incafilia, la incalatría y la incamanía, genera una visión romántica y acrítica que impide comprender la complejidad real de la historia andina.

La incafilia, como simpatía romántica, tiende a idealizar a los incas sin reconocer sus contradicciones. La incalatría, como culto acrítico, convierte al incario en símbolo absoluto del mundo andino, borrando las diferencias culturales y políticas que existieron. La incamanía, como obsesión desmedida, niega incluso la violencia y la imposición que caracterizaron la expansión militarista del Tahuantinsuyo. Estas tres formas de distorsión no solo afectan la manera en que se enseña y se recuerda la historia, sino también la forma en que se construye la identidad nacional, al privilegiar una visión homogénea y centralista sobre un pasado que fue diverso y plural.

El incaísmo, en cambio, debe ser reivindicado como el estudio sereno y crítico del incario. No se trata de negar los logros de los incas, sino de reconocerlos en su justa medida, junto con sus limitaciones y contradicciones. El incaísmo implica situar al incario dentro de un proceso histórico más amplio, en el que culturas como los Chimú, Chincha, Cajamarca, Wari, Tiwanaku, Nazca, Moche, Cañaris, Quitus, Lupacas y Collao tuvieron aportes fundamentales. Solo así se puede rescatar la verdadera riqueza del mundo andino, que no se reduce a un imperio, sino que se expresa en la diversidad de pueblos, cosmovisiones y logros técnicos que lo conformaron.

La identidad peruana contemporánea necesita esta diferenciación. Confundir el incaísmo con la incalatría perpetúa una visión distorsionada que limita la comprensión del pasado y, por ende, la construcción del presente. Reconocer que el incario fue una etapa más, marcada por la homogenización y el militarismo, pero no necesariamente superior a las culturas que lo precedieron o coexistieron, es un paso necesario para valorar la pluralidad histórica del Perú. Solo así se podrá superar la incafilia, la incalatría y la incamanía, y construir una memoria más justa y equilibrada.

La verdadera originalidad inca: estrategia militar y control social

Muy pocos logros técnicos e invenciones culturales pertenecen propiamente a los incas. La mayor parte de los avances que solemos atribuirles —como la red de caminos, el tallado de piedras, la hidráulica, la metalurgia, la cerámica o la navegación— fueron en realidad desarrollos de culturas preincas como los Wari, Tiwanaku, Cajamarca, Chimú, Chincha, Nazca o Moche. Los incas heredaron, adaptaron y expandieron esos conocimientos, pero no los inventaron.

Donde sí fueron consumados inventores fue en el terreno de la estrategia y táctica militar y en el control de masas. Su expansión se basó en campañas cuidadosamente planificadas, en las que combinaban diplomacia y fuerza para someter pueblos vecinos. Crearon el sistema de mitimaes, trasladando poblaciones enteras para desarticular resistencias y asegurar el control territorial. Supieron incorporar élites locales ofreciéndoles privilegios, mientras imponían fortalezas y guarniciones para consolidar sus conquistas.

En el control de masas, los incas desplegaron una ingeniería social sin precedentes: organizaron la mita como sistema de trabajo colectivo en beneficio del Estado, construyeron colcas y tambos para alimentar y movilizar grandes contingentes, impusieron el quechua como lengua oficial para homogenizar la comunicación, y establecieron un culto estatal al Inti, reforzado por ceremonias masivas que legitimaban el poder político. Todo ello les permitió cohesionar poblaciones diversas bajo un mismo modelo imperial.

En definitiva, la verdadera originalidad del incario no estuvo en la invención técnica, sino en la capacidad de diseñar un sistema de dominio militar y social que convirtió a un mosaico de pueblos en un imperio centralizado. El último estado prehispánico andino se caracterizó por imperialismo político, religioso y militar, responsable de la destrucción masiva de culturas locales y de sus identidades. El imperio incaico fue el gran destructor del mundo andino. Lo que explica el apoyo masivo de más de doscientas etnias que apoyaron a los españoles en su guerra contra el despotismo de los incas.

Conclusión

La historia del mundo andino es un entramado complejo de culturas diversas, cada una con logros propios en arquitectura, cosmovisión, organización política, arte, comercio y tecnología. Sin embargo, la narrativa dominante en el Perú contemporáneo ha tendido a reducir esa riqueza a la figura del incario, exaltándolo como la cúspide de todo desarrollo. Esta visión, alimentada por la incafilia, la incalatría y la incamanía, ha invisibilizado a pueblos como los Chimú, Cañaris, Quitus, Lupacas, Collao, Chincha, Cajamarca con su Cumbemayo, Moche, Nazca, Wari y Tiwanaku, entre muchos otros.

El incario, lejos de ser la síntesis armónica del mundo andino, fue una imposición militarista que homogenizó y subordinó a esas culturas. Su expansión se basó en la fuerza y en la absorción de logros ajenos, más que en la creación original. Reconocer esto no significa negar sus aportes, sino situarlos en su justa medida dentro de un proceso histórico más amplio.

Por ello, es urgente diferenciar entre incafilia, incalatría e incamanía —formas de idealización acrítica— y el incaísmo, entendido como el estudio sereno y crítico del incario. Solo el incaísmo permite rescatar la verdadera riqueza del mundo andino, reconociendo que la historia no se reduce a un imperio, sino que se expresa en la pluralidad de pueblos y tradiciones que lo conformaron.

La identidad peruana contemporánea necesita esta claridad. Confundir el incaísmo con la incalatría perpetúa una visión distorsionada que limita la comprensión del pasado y la construcción del presente. En cambio, reivindicar el incaísmo como mirada crítica abre la posibilidad de valorar la diversidad cultural del Perú y de construir una memoria más justa y equilibrada.

En definitiva, incaísmo no es incalatría: el primero es conocimiento, análisis y serenidad; el segundo es culto, obsesión y distorsión. Reconocer esta diferencia es un acto de justicia histórica y un paso necesario para comprender la verdadera complejidad del mundo andino.

El último estado prehispánico andino, el Tahuantinsuyo, se caracterizó por un imperialismo político, religioso y militar que impuso una homogeneización forzada sobre pueblos diversos. La expansión inca no fue una síntesis armónica de culturas, sino una estrategia de dominación que destruyó masivamente identidades locales, desplazó poblaciones enteras mediante el sistema de mitimaes y subordinó religiones ancestrales al culto oficial del Inti. Esta política de control social y militar convirtió al incario en un poder centralizado que anuló la pluralidad cultural del mundo andino, imponiendo un modelo único sobre una realidad históricamente diversa.

Este despotismo explica por qué, cuando llegaron los españoles, más de doscientas etnias se sumaron a su causa en la guerra contra los incas. Lejos de ser una adhesión espontánea al poder europeo, fue una reacción contra el dominio incaico que había sofocado sus autonomías y tradiciones. Los pueblos sometidos vieron en los conquistadores una oportunidad de liberarse del yugo imperial, aunque ello derivara en nuevas formas de sometimiento colonial. El apoyo masivo a los españoles revela que el incario no fue la cúspide del mundo andino, sino su gran destructor, y que la memoria de su militarismo y control de masas aún pesaba en las comunidades que habían sufrido su expansión.

Bibliografía

Baudin, Louis. El imperio socialista de los Incas. 7ª ed., Fondo de Cultura Económica, 1973.

Bravo Guerreiro, María Concepción. El tiempo de los Incas. Editorial Síntesis, 1986.

Méndez, Cecilia. Incas sí, indios no: Apuntes para el estudio del nacionalismo criollo en el Perú. Instituto de Estudios Peruanos, 1991.

Ossio Acuña, Juan. El Tahuantinsuyo de los Incas: Historia e instituciones del último estado prehispánico andino. Centro Cultural Inca Garcilaso, 2021.

Rostworowski, María. Historia del Tahuantinsuyu. Instituto de Estudios Peruanos, 1999.

1 comentario:

  1. Héctor Dávila La Torre
    Siempre se habla del mundo ANDINO, la cosmovisión ANDINA, del hombre del ANDE, para nombrar a las personas de esos tiempos.
    Pero las etnias ashanincas y awajun por ejemplo no son para nada ANDINAS, son gente de la selva.
    Lo mismo ocurre con muchas naciones de la Costa, los Paracas, pir ejemplo son catalogados bajo la categoria de ANDINA y no es correcto para nada.
    Pero ese afán uniformizador de los especialistas nos induce al error.
    Las sociedades se corresponden con su entorno geografico.
    El chachapoyas es de una geografia muy particular y no se le puede asimilar a la cosmovisión ANDINA.
    Lo mismo se puede aplicar a los de Pachacamac, a orillas del mar.

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