EL MAL Y LA MALDAD
Interpretaciones
El problema del mal y su diferencia con la maldad, considerado en sentido metafísico y a través de las grandes tradiciones filosóficas, exige un recorrido ordenado que muestre la continuidad de las voces y evite saltos bruscos. En la India, el mal se entiende como ignorancia, ilusión y apego que encadenan al ciclo del saṃsāra, mientras la maldad aparece cuando esa ignorancia se convierte en acción consciente que perpetúa el sufrimiento. En el budismo, el mal es la insatisfacción inherente a la existencia condicionada, y la maldad se revela en la obstinación de la mente que se aferra a la codicia, el odio y la ilusión, las tres raíces malsanas. En la filosofía china, el mal es desorden y ruptura de la armonía cósmica y social, mientras la maldad es la elección deliberada de actuar contra el principio de humanidad y el orden ritual; en el taoísmo, el mal es desequilibrio frente al Tao, y la maldad es la obstinación voluntaria en ese desequilibrio.
En los presocráticos, el mal se entiende como exceso y desmesura, la hybris que rompe la medida, y la maldad como transgresión consciente de esa medida. Sócrates introduce una figura intermedia decisiva: el mal es ignorancia, pero no ignorancia pasiva, sino desconocimiento del bien que puede ser corregido mediante el diálogo y la búsqueda de la verdad. La maldad, en este horizonte socrático, es la persistencia voluntaria en la ignorancia, la negativa a examinar la propia vida, el rechazo de la epimeleia heautou que conduce a la virtud. De este modo, Sócrates prepara el terreno para Platón y Aristóteles, pero también se distingue de los sofistas.
Los sofistas, situados después de Sócrates, introducen una perspectiva singular: el mal no es una categoría ontológica ni una privación metafísica, sino una construcción discursiva, un nombre que depende de la persuasión y de la fuerza del logos. Lo que se llama mal es relativo a la convención, a la ciudad, a la opinión dominante; la maldad, entonces, no es complicidad con un principio oscuro ni transgresión de una medida universal, sino el uso del discurso para legitimar o deslegitimar acciones. El mal se convierte en un problema de lenguaje, y la maldad en la manipulación consciente de ese lenguaje para imponer una visión. Esta relativización sofística desestabiliza la pretensión de objetividad y obliga a pensar el mal como fenómeno político y retórico, más que como sustancia o privación.
Platón lo define como ignorancia del Bien, sombra en la caverna, mientras la maldad es la obstinación en permanecer en la sombra y rechazar la luz. Aristóteles lo describe como privación de forma y defecto en la teleología natural, y la maldad como vicio, elección contraria a la virtud que corrompe la finalidad propia del ser humano. Los estoicos ven el mal como indiferente, parte del orden racional del cosmos, y la maldad como resistencia interior y juicio errado que convierte lo necesario en resentimiento. Los epicúreos identifican el mal con el dolor y la perturbación del alma, y la maldad con la elección irracional que multiplica el sufrimiento. Los escépticos relativizan el mal como opinión, y la maldad como obstinación dogmática que impide la serenidad. Los neoplatónicos, finalmente, entienden el mal como pura privación, alejamiento del Uno, y la maldad como voluntad que se complace en esa privación, que se encierra en la multiplicidad y niega la ascensión.
En contraste, ciertas tradiciones conciben el mal como sustancia. El zoroastrismo establece un dualismo radical entre Ahura Mazda, principio del bien, y Angra Mainyu, principio del mal, ambos con consistencia ontológica. El maniqueísmo hereda y radicaliza esta visión, postulando dos sustancias eternas e irreductibles: la luz y las tinieblas. En el gnosticismo, el mal se identifica con el Demiurgo, principio creador defectuoso que aprisiona la chispa divina en la materia. Incluso en algunos desarrollos neoplatónicos heterodoxos se insinúa la idea de un mal como fuerza positiva de dispersión y caos, aunque Plotino mismo lo definía como carencia.
La diferencia metafísica es decisiva: en las tradiciones que lo entienden como privación, el mal no tiene ser propio, es ausencia de bien, mientras que en las que lo conciben como sustancia, el mal es co-origen del mundo, fuerza autónoma que combate al bien. En este marco, la maldad se entiende como complicidad consciente con ese principio oscuro, alianza de la voluntad con la sustancia negativa.
Así, el mal puede ser visto como condición ontológica —privación, sufrimiento, desorden, ignorancia, discurso relativo— y la maldad como apropiación consciente, praxis que convierte esa negatividad en decisión. Allí donde el mal es estructura, la maldad es complicidad; donde el mal es carencia, la maldad es perversión; donde el mal es convención, la maldad es manipulación. La historia de la filosofía, desde Oriente hasta Occidente, desde Sócrates y los sofistas hasta los neoplatónicos y los dualismos persas y gnósticos, muestra que la diferencia entre mal y maldad no es solo ética, sino metafísica y política: se trata de decidir si el mal es sombra, sustancia o construcción, y si la maldad es ignorancia, alianza o retórica.
Este recorrido prepara el terreno para comprender cómo la tradición cristiana, con Agustín y Tomás_de_Aquino, combate la idea del mal como sustancia y lo redefine como privación, y cómo en la modernidad resurgen concepciones que vuelven a pensar el mal como fuerza real, incluso en el interior de la divinidad misma, como en Schelling.
En la modernidad el problema del mal se despliega en múltiples direcciones y cada corriente filosófica aporta un matiz irreductible. El racionalismo lo concibe como error de la razón, como imperfección del conocimiento que conduce al engaño, y la maldad como el uso deliberado de la razón para fines contrarios a la verdad. El empirismo lo traslada al terreno de la experiencia: el mal es dolor, sufrimiento, impresión negativa que afecta a la sensibilidad, y la maldad es la manipulación consciente de esas impresiones, la voluntad de producir daño en otros a través de la experiencia sensible. El utilitarismo introduce una dimensión pragmática: el mal es aquello que disminuye la felicidad o el bienestar colectivo, y la maldad es la elección consciente de maximizar el sufrimiento o impedir el mayor bien para el mayor número, transformando la diferencia en cálculo perverso de consecuencias.
El idealismo alemán constituye un momento decisivo porque introduce la negatividad en el corazón mismo de la libertad y la divinidad. En Kant, el mal radical es disposición originaria de la voluntad, raíz que acompaña a la libertad en su capacidad de elegir, y la maldad es la actualización consciente de esa raíz en actos concretos. En Fichte, el mal es la afirmación egoísta del yo finito contra la infinitud moral, y la maldad es la obstinación en perseverar en esa afirmación. En Schelling, el mal se eleva a principio ontológico: fondo oscuro de la libertad, potencia irracional que precede a la distinción entre bien y mal, fuerza real que habita incluso en el interior de la divinidad; la maldad es la alianza consciente de la voluntad con ese fondo oscuro. En Hegel, el mal se integra en la dialéctica como negatividad necesaria para el despliegue del Espíritu, y la maldad es la decisión de permanecer en la particularidad contra la reconciliación universal.
El pesimismo de Schopenhauer concibe el mal como expresión de la voluntad de vivir, fuerza ciega e irracional que se manifiesta en el dolor universal, y la maldad como la apropiación consciente de esa voluntad en su egoísmo y crueldad. Nietzsche lleva esta transformación aún más lejos: el mal no existe como categoría ontológica estable, sino como construcción moral que sirve al resentimiento de los débiles; la maldad es la transvaloración creadora que destruye esa ficción y abre un nuevo horizonte de valores.
De este modo, la modernidad despliega un abanico de concepciones en las que el mal se piensa como error de la razón, impresión sensible, cálculo de consecuencias, raíz originaria de la libertad, fuerza metafísica de la voluntad o construcción moral, y la maldad como complicidad consciente con cada uno de esos modos. El resultado es una visión en la que el mal ya no es sombra pasiva ni mera privación, sino energía activa que interpela tanto al ser humano como a la divinidad, y la maldad es la decisión que convierte esa energía en praxis histórica y creadora.
En la contemporaneidad el problema del mal se despliega en múltiples direcciones y cada corriente filosófica y teológica aporta un matiz irreductible. La fenomenología y el existencialismo lo conciben como ruptura de la autenticidad, negación de la libertad propia y ajena; la maldad es la decisión de perseverar en la inautenticidad, de convertir la libertad en servidumbre. La filosofía política contemporánea lo piensa como violencia estructural, exclusión sistemática, genocidio y totalitarismo, y la maldad como participación consciente en esas estructuras, obediencia ciega que perpetúa el horror. Hannah Arendt introduce la noción de banalidad del mal: el mal no es necesariamente demoníaco ni extraordinario, sino trivial, burocrático, fruto de la obediencia mecánica; la maldad es la renuncia a pensar, la complicidad pasiva con sistemas que producen destrucción. Michel Foucault desplaza el problema hacia la biopolítica: el mal es el dispositivo que administra cuerpos y poblaciones, y la maldad es la alianza consciente con esos dispositivos de control. Jean Baudrillard lo concibe como simulacro, proliferación de signos que disuelven la diferencia entre realidad y ficción; la maldad es la manipulación consciente de esos simulacros, la producción de mundos falsos que encadenan a la subjetividad.
El neokantismo retoma la noción kantiana del mal radical, pero la desplaza hacia una crítica de la cultura: el mal es la deformación de las formas simbólicas que estructuran la vida, y la maldad es la decisión consciente de manipular esas formas para fines destructivos. El pragmatismo redefine el mal en términos de consecuencias prácticas: el mal es aquello que bloquea la experiencia, que impide el crecimiento y la comunidad, y la maldad es la elección deliberada de obstaculizar la cooperación y el progreso. El ficcionalismo introduce una perspectiva radical: el mal es construcción narrativa, ficción que organiza la experiencia, y la maldad es la manipulación consciente de esa ficción para producir mundos de sufrimiento. El personalismo devuelve el problema al núcleo de la persona: el mal es negación de la dignidad personal, y la maldad es la decisión de reducir al otro a objeto, de negar su irreductibilidad. El neotomismo reactualiza la tradición tomista: el mal es privación del bien, pero en un horizonte metafísico renovado, y la maldad es pecado, elección consciente contra la ley natural y la finalidad última del ser humano.
La teología de la liberación concibe el mal como estructura histórica de opresión, sistema económico, político y cultural que genera pobreza, exclusión y violencia. La maldad es la complicidad consciente con esas estructuras, la decisión de perpetuar el dominio y la explotación, la alianza con el poder que niega la dignidad de los pobres. La teología del pueblo introduce un matiz distinto: el mal es la negación de la cultura popular, la ruptura de la comunidad y de la fe vivida en el pueblo; la maldad es la decisión de despreciar esa cultura, de manipularla o destruirla, de someterla a intereses ajenos.
De este modo, la contemporaneidad revela que el mal puede ser violencia estructural, banalidad burocrática, dispositivo biopolítico, simulacro cultural, deformación simbólica, obstáculo pragmático, ficción narrativa, negación de la persona, privación metafísica, opresión histórica o fractura comunitaria; y la maldad es complicidad consciente con cada una de esas formas, praxis que perpetúa la negatividad en la libertad, en la cultura y en la política. La diferencia se vuelve más compleja y más concreta: el mal como estructura, el mal como relato, el mal como sistema, y la maldad como praxis, manipulación, pecado o alianza. La filosofía y la teología contemporáneas convergen en la idea de que el mal ya no es solo sombra o sustancia, sino entramado histórico, cultural y político, y la maldad es la decisión que actualiza y perpetúa ese entramado en la vida humana y comunitaria.
En la contemporaneidad tardía, el problema del mal se integra en un horizonte global, tecnológico, cultural y espiritual que reúne las voces de la filosofía crítica, la teología política y las propuestas más recientes. El mal se concibe como entramado planetario: crisis ecológica, devastación ambiental, colapso climático. La maldad es la complicidad consciente con la destrucción de la tierra, la decisión de someter la naturaleza a la lógica del capital y de la técnica aun sabiendo que ello conduce al colapso. El mal se convierte en categoría ecológica, y la maldad en praxis extractivista que perpetúa la devastación.
En el ámbito digital y algorítmico, el mal se redefine como reducción de la persona a dato, disolución de la subjetividad en flujos impersonales de información. La maldad es la manipulación consciente de esos algoritmos, la decisión de usarlos para controlar, vigilar y dominar. El mal se convierte en estructura tecnológica, y la maldad en complicidad con esa estructura, alianza con el poder digital que administra la vida.
La filosofía poscolonial y decolonial lo concibe como colonialidad persistente, sistema que prolonga la dominación cultural y económica más allá de la independencia política. La maldad es la decisión de perpetuar esa colonialidad, de sostener la exclusión y el racismo estructural. El mal se convierte en categoría histórica global, y la maldad en praxis que mantiene la subordinación de pueblos y culturas.
La teología política contemporánea lo piensa como idolatría del poder, absolutización de sistemas que niegan la trascendencia y la dignidad. La maldad es la complicidad consciente con esa idolatría, la decisión de someter la persona y la comunidad a poderes impersonales. Aquí el mal se revela como estructura espiritual de dominación, y la maldad como alianza con esa estructura.
A este panorama se suman los pensadores contemporáneos: Byung-Chul Han describe el mal como violencia invisible del rendimiento y la transparencia, y la maldad como complicidad con la autoexplotación; Bauman lo piensa como fragilidad de los vínculos en la modernidad líquida, y la maldad como indiferencia consciente; Agamben lo sitúa en la figura del homo sacer, vida desnuda reducida por el poder soberano, y la maldad como aceptación de esa exclusión; Žižek lo interpreta como violencia sistémica sostenida por la ideología, y la maldad como complicidad con esa estructura; Vattimo, desde el pensamiento débil, lo concibe como rigidez metafísica que niega la apertura hermenéutica, y la maldad como obstinación en sostener esa violencia de los fundamentos fuertes.
Finalmente, mi propia propuesta, introduce la categoría del hombre anético y el nihilismo estructural. El hombre anético es la subjetividad desfondada, incapaz de sostener un horizonte ético trascendente: el mal es la pérdida de la referencia al bien, y la maldad la praxis consciente de esa aneticidad. El nihilismo estructural señala que el mal ya no es solo fenómeno individual o cultural, sino entramado sistémico que organiza la sociedad desde la negación de la trascendencia; la maldad es la complicidad consciente con esa disolución, praxis que perpetúa el vacío como norma.
En este horizonte, resulta iluminador aludir a la encíclica Magnifica Humanists de León XIV, donde el mal se entiende como la absolutización de la técnica y la idolatría del poder que disuelve la dignidad humana, mientras la maldad aparece como la complicidad consciente con esa deshumanización. Allí se afirma que el verdadero humanismo no puede reducirse a progreso material ni a dominio técnico, sino que debe abrirse a la trascendencia y a la comunión; de lo contrario, el mal se convierte en estructura civilizatoria y la maldad en praxis que perpetúa la negación del hombre como imagen de Dios.
Resulta indispensable citar el célebre experimento de la prisión de Stanford, dirigido por Philip Zimbardo en 1971, demostró con crudeza que el mal y la maldad no emergen únicamente de individuos aislados, sino que pueden ser generados y potenciados por el contexto mismo: al asignar roles de guardias y prisioneros en un ambiente simulado, se evidenció cómo personas comunes podían transformarse en agentes de humillación y violencia. El mal se reveló como estructura situacional que deshumaniza, y la maldad como praxis consciente que surge al interior de un sistema que legitima la crueldad.
La psicología contemporánea añade otra capa decisiva al problema del mal, mostrando que éste no se limita a estructuras externas sino que también se gesta en la interioridad y en la dinámica de la personalidad. Freud lo interpretó como pulsión destructiva que brota del inconsciente, mientras Jung lo concibió como sombra arquetípica que, al no ser reconocida, domina la psique. Piaget lo vinculó a la inmadurez moral en el desarrollo infantil, y Gardner lo señaló como déficit de inteligencia ética que impide discernir el bien en contextos complejos. Rogers lo entendió como negación de la tendencia actualizante, y Fromm lo describió como necrofilia, atracción por la destrucción. Ellis lo relacionó con creencias irracionales que generan conductas dañinas, mientras Frankl lo interpretó como vacío existencial que conduce a la desesperación. Auer lo pensó como ruptura de la comunidad, y Maslow como frustración de la autorrealización. Asch, como Zimbardo, demostró experimentalmente que la presión social puede inducir a la maldad, y Skinner lo explicó como producto de condicionamientos que perpetúan conductas destructivas. Finalmente, Karen Horney aportó la noción de neurosis cultural generada por la ansiedad básica, mostrando cómo el mal puede surgir de contextos hostiles que deforman la personalidad. En todos ellos, el mal se revela como pulsión, sombra, inmadurez, irracionalidad, vacío, frustración, presión social, condicionamiento o neurosis cultural, y la maldad como praxis consciente que actualiza esas dimensiones en la vida personal y social, perpetuando la negatividad tanto en la interioridad como en la convivencia humana.
En el ámbito teológico del siglo XX, el problema del mal fue abordado con una densidad inédita, pues la experiencia de guerras, totalitarismos y genocidios obligó a repensar sus raíces y su alcance. Karl Barth lo interpretó como rebelión radical contra la gracia, negación de la trascendencia que se manifiesta en estructuras históricas; Paul Tillich lo concibió como distorsión de la esencia, ruptura ontológica que convierte la existencia en alienación; Hans Urs von Balthasar lo pensó como rechazo de la belleza divina, resistencia a la gloria que se revela en la historia; Jürgen Moltmann lo vinculó al sufrimiento inocente y lo interpretó desde la cruz como solidaridad de Dios con las víctimas; Dietrich Bonhoeffer lo denunció como idolatría política y complicidad con sistemas de opresión, proponiendo la ética de la responsabilidad como antídoto; Karl Rahner lo entendió como misterio de libertad finita que puede cerrarse a la gracia, y Emmanuel Levinas, desde la filosofía con resonancias teológicas, lo definió como negación del rostro del otro, reducción de la alteridad a objeto. A este conjunto se suman Edward Schillebeeckx, quien interpretó el mal como experiencia de sufrimiento injusto que exige respuesta histórica de liberación y esperanza, y Pierre Teilhard de Chardin, que lo pensó en clave evolutiva como resistencia a la convergencia hacia el Punto Omega, obstáculo en el proceso de unificación cósmica en Cristo. En todos ellos, el mal se revela como rebelión, distorsión, rechazo, sufrimiento, idolatría, misterio, negación del otro, injusticia histórica o resistencia evolutiva, y la maldad como praxis consciente que perpetúa esas formas en la historia, mostrando que la teología del siglo XX no se limitó a especular, sino que se enfrentó al mal como realidad concreta que atraviesa la cultura, la política, la espiritualidad y aun la evolución cósmica.
Primer intento de clasificación
Este primer intento de clasificación busca ordenar las múltiples interpretaciones del mal y de la maldad en categorías conceptuales que no se limitan a un recuento histórico, sino que distinguen los tipos ontológicos y lógicos que subyacen a cada tradición. La idea es mostrar que, detrás de la diversidad de voces —filosóficas, religiosas, psicológicas y teológicas—, existen estructuras recurrentes: el mal como privación, ignorancia, desorden, convención, sustancia, sistema, negatividad, voluntad, dimensión psicológica, pragmatismo, horizonte teológico y propuesta kenótica. La maldad, en cada caso, aparece como la praxis consciente que actualiza y perpetúa esas formas, convirtiendo la negatividad en decisión histórica, cultural o personal.
1. Privación
Mal: ausencia, carencia o defecto del bien.
Maldad: voluntad que se complace en esa carencia.
Ejemplos: Platón, Aristóteles, Agustín, Tomás de Aquino, Neoplatónicos, Neotomismo.
2. Ignorancia
Mal: desconocimiento, error o ilusión.
Maldad: persistencia voluntaria en la ignorancia.
Ejemplos: India (avidyā), Budismo, Sócrates, Piaget.
3. Desorden / Desequilibrio
Mal: ruptura de la medida, de la armonía o del Tao.
Maldad: obstinación consciente en ese desequilibrio.
Ejemplos: Presocráticos, China, Taoísmo.
4. Convención / Relativismo
Mal: construcción discursiva o cultural.
Maldad: manipulación consciente del lenguaje o de la opinión.
Ejemplos: Sofistas, Escépticos, Ficcionalismo.
5. Sustancia / Dualismo
Mal: principio autónomo, fuerza real co-originaria del mundo.
Maldad: alianza consciente con esa sustancia negativa.
Ejemplos: Zoroastrismo, Maniqueísmo, Gnosticismo.
6. Estructura / Sistema
Mal: entramado histórico, político, tecnológico o cultural.
Maldad: complicidad consciente con esas estructuras.
Ejemplos: Arendt, Foucault, Teología de la liberación, Poscolonialismo, Byung-Chul Han, Bauman.
7. Negatividad / Libertad
Mal: raíz oscura de la libertad, potencia irracional o dialéctica necesaria.
Maldad: decisión de la voluntad de permanecer en esa negatividad.
Ejemplos: Kant, Fichte, Schelling, Hegel.
8. Voluntad / Existencia
Mal: fuerza vital irracional, dolor universal o vacío existencial.
Maldad: apropiación consciente de esa fuerza en egoísmo o desesperación.
Ejemplos: Schopenhauer, Nietzsche, Frankl.
9. Psicología de la personalidad
Mal: pulsión, sombra, inmadurez, frustración o neurosis.
Maldad: praxis consciente que actualiza esas dimensiones.
Ejemplos: Freud, Jung, Gardner, Rogers, Maslow, Karen Horney, Ellis, Auer, Skinner, Asch, Fromm.
10. Pragmatismo
Mal: aquello que bloquea la experiencia, impide el crecimiento y la comunidad.
Maldad: elección deliberada de obstaculizar la cooperación y el progreso.
Ejemplos: James, Dewey.
11. Teología del siglo XX
Mal: rebelión, distorsión, sufrimiento, idolatría, misterio, negación del otro, injusticia histórica o resistencia evolutiva.
Maldad: praxis consciente que perpetúa esas formas en la historia.
Ejemplos: Barth, Tillich, Balthasar, Moltmann, Bonhoeffer, Rahner, Levinas, Schillebeeckx, Teilhard de Chardin.
12. Propuesta kenótica contemporánea
Mal: pérdida de referencia al bien y entramado sistémico nihilista.
Maldad: praxis consciente de la aneticidad y complicidad con el vacío estructural.
Ejemplo: Ontología kenótica (hombre anético, nihilismo estructural).
Segundo intento de clasificación
Este segundo intento de clasificación busca organizar las interpretaciones del mal y la maldad no por tradiciones históricas ni por ejemplos concretos, sino por tipos conceptuales de enfoque: metafísicos, ontológicos sin metafísica, gnoseológicos, éticos, mentales y otros que emergen en la contemporaneidad. El objetivo es mostrar cómo cada corriente se inscribe en un modo de pensar el mal —como sustancia, privación, error, praxis o estructura— y cómo la maldad aparece como la actualización consciente de esas categorías.
1. Metafísicas
Mal: principio ontológico, sustancia o privación del ser.
Maldad: alianza consciente con esa sustancia o complacencia en la privación.
Ejemplos: Agustín (privatio boni), Tomás de Aquino, Neoplatónicos, Zoroastrismo, Maniqueísmo, Schelling.
2. Ontológicas sin metafísica
Mal: condición estructural del mundo o de la libertad, sin necesidad de postular sustancia.
Maldad: decisión de permanecer en esa negatividad o estructura.
Ejemplos: Kant (mal radical), Hegel (negatividad dialéctica), Heidegger (inautenticidad), Arendt (banalidad burocrática).
3. Gnoseológicas
Mal: error, ignorancia, ilusión o construcción discursiva.
Maldad: persistencia voluntaria en el error o manipulación consciente del discurso.
Ejemplos: India (avidyā), Budismo, Sócrates, Sofistas, Racionalismo.
4. Éticas
Mal: transgresión de la medida, del orden moral o de la virtud.
Maldad: elección consciente contra la virtud o el bien común.
Ejemplos: Presocráticos (hybris), Aristóteles (vicio), Epicúreos (dolor), Utilitarismo (cálculo perverso), Pragmatismo (bloqueo de la experiencia).
5. Mentales / Psicológicas
Mal: pulsión, sombra, inmadurez, frustración, neurosis o vacío existencial.
Maldad: praxis consciente que actualiza esas distorsiones en la vida personal y social.
Ejemplos: Freud, Jung, Piaget, Gardner, Rogers, Maslow, Karen Horney, Ellis, Fromm, Frankl, Skinner, Asch.
6. Históricas / Políticas
Mal: estructura de opresión, violencia sistémica, colonialidad o idolatría del poder.
Maldad: complicidad consciente con esas estructuras.
Ejemplos: Teología de la liberación, Poscolonialismo, Foucault, Bauman, Byung-Chul Han, Agamben, Žižek.
7. Teológicas
Mal: rebelión contra la gracia, distorsión de la esencia, sufrimiento inocente, idolatría política, misterio de la libertad, negación del rostro del otro, injusticia histórica o resistencia evolutiva.
Maldad: praxis consciente que perpetúa esas formas en la historia y la espiritualidad.
Ejemplos: Barth, Tillich, Balthasar, Moltmann, Bonhoeffer, Rahner, Levinas, Schillebeeckx, Teilhard de Chardin.
8. Kenóticas / Contemporáneas
Mal: pérdida de referencia al bien, nihilismo estructural, devastación ecológica, reducción algorítmica de la persona.
Maldad: praxis consciente de la aneticidad, complicidad con el vacío y con sistemas extractivistas o digitales.
Ejemplo: Ontología kenótica (hombre anético, nihilismo estructural).
Tercer intento de clasificación
Este tercer intento de clasificación organiza las interpretaciones del mal y la maldad según su horizonte de referencia: aquellas que lo conciben como fenómeno trascendente, vinculado a realidades superiores, divinas o metafísicas; y aquellas que lo entienden como fenómeno inmanente, inscrito en la historia, la cultura, la psicología o la praxis social. La diferencia es decisiva: en las concepciones trascendentes, el mal se piensa como fuerza o privación que remite a lo absoluto, mientras que en las inmanentes se lo concibe como estructura, error, pulsión o sistema dentro del mundo humano.
1. Interpretaciones trascendentes
- Metafísicas de la privación: el mal como ausencia del bien, sombra ontológica; la maldad como complacencia en esa privación.Ejemplos: Platón, Aristóteles, Agustín, Tomás de Aquino, Neoplatónicos.
- Dualismos sustanciales: el mal como principio autónomo, fuerza real co-originaria del cosmos; la maldad como alianza con esa sustancia.Ejemplos: Zoroastrismo, Maniqueísmo, Gnosticismo.
- Teologías del siglo XX: el mal como rebelión contra la gracia, sufrimiento inocente, idolatría política, misterio de la libertad o resistencia evolutiva; la maldad como praxis consciente que perpetúa esas formas.Ejemplos: Barth, Tillich, Balthasar, Moltmann, Bonhoeffer, Rahner, Levinas, Schillebeeckx, Teilhard de Chardin.
- Kenóticas contemporáneas: el mal como nihilismo estructural y pérdida de referencia al bien; la maldad como praxis consciente de la aneticidad.Ejemplo: Ontología kenótica.
2. Interpretaciones inmanentes
- Gnoseológicas: el mal como ignorancia, error o ilusión; la maldad como persistencia voluntaria en el error o manipulación del discurso.Ejemplos: India, Budismo, Sócrates, Sofistas, Racionalismo.
- Éticas: el mal como transgresión de la medida, del orden moral o del cálculo del bien común; la maldad como elección consciente contra la virtud o el bienestar.Ejemplos: Presocráticos, Epicúreos, Utilitarismo, Pragmatismo.
- Ontológicas sin metafísica: el mal como negatividad estructural de la libertad o del sistema; la maldad como decisión de permanecer en esa negatividad.Ejemplos: Kant, Fichte, Hegel, Arendt, Heidegger.
- Mentales / Psicológicas: el mal como pulsión, sombra, neurosis, vacío o frustración; la maldad como praxis consciente que actualiza esas distorsiones.Ejemplos: Freud, Jung, Piaget, Gardner, Rogers, Maslow, Karen Horney, Ellis, Fromm, Frankl, Skinner, Asch.
- Históricas / Políticas: el mal como violencia estructural, opresión, colonialidad o idolatría del poder; la maldad como complicidad consciente con esas estructuras.Ejemplos: Teología de la liberación, Poscolonialismo, Foucault, Bauman, Byung-Chul Han, Agamben, Žižek, Vattimo.
Conclusiones filosóficas a partir de la clasificación binaria
El tercer intento de clasificación —entre interpretaciones trascendentes e inmanentes— permite extraer conclusiones filosóficas de gran alcance, pues revela no solo la diversidad de enfoques, sino la tensión estructural que atraviesa toda la historia del pensamiento sobre el mal.
El mal como trascendencia:
Aquí el mal se concibe como fuerza que remite a lo absoluto, ya sea como privación metafísica, sustancia dualista o misterio teológico.
La maldad se entiende como alianza consciente con esa dimensión superior —ya sea rebelión contra la gracia, complacencia en la privación o resistencia a la convergencia cósmica.
Conclusión: el mal trascendente obliga a pensar la libertad humana en relación con lo divino, mostrando que la negatividad no es solo humana, sino que toca el horizonte del ser y de Dios.
El mal como inmanencia:
Aquí el mal se define como fenómeno interno al mundo: error, ignorancia, pulsión, estructura política, violencia sistémica o manipulación discursiva.
La maldad aparece como praxis consciente que actualiza esas distorsiones en la historia, la cultura y la psicología.
Conclusión: el mal inmanente obliga a pensar la libertad humana en relación con la praxis concreta, mostrando que la negatividad no es misterio metafísico, sino decisión histórica y social.
La tensión entre ambos polos:
La clasificación binaria revela que ninguna tradición logra reducir el mal a un solo registro: incluso las concepciones más trascendentes reconocen su actualización histórica, y las más inmanentes presuponen un horizonte de sentido que las trasciende.
Conclusión: el mal es un fenómeno anfibio, que oscila entre lo absoluto y lo histórico, entre lo metafísico y lo práctico. La maldad es la praxis que decide en cuál de esos registros se inscribe la acción humana.
Implicación filosófica central:
El mal no puede ser pensado únicamente como sustancia ni solo como estructura, ni únicamente como privación ni solo como error.
La diferencia entre trascendente e inmanente muestra que el mal es una categoría liminal, situada en el umbral entre lo divino y lo humano, entre lo ontológico y lo histórico.
La maldad, en consecuencia, es la praxis consciente que convierte esa liminalidad en decisión: alianza con lo oscuro trascendente o complicidad con lo destructivo inmanente.
En suma, la clasificación binaria permite concluir que el problema del mal es inseparable de la tensión entre trascendencia e inmanencia, y que la maldad es la forma en que la libertad humana actualiza esa tensión en la historia, la cultura y la espiritualidad.
Es necesario aclarar que la expresión “alianza con lo oscuro trascendente” no alude en modo alguno a Dios, cuya naturaleza es enteramente buena y cuya esencia es plenitud de ser y de amor. Lo que se designa con esa fórmula es la vinculación de la libertad humana con las fuerzas espirituales demoníacas, entendidas como realidades personales que se oponen a la luz divina y buscan perpetuar la negación del bien. En este horizonte, el mal trascendente no se confunde con la divinidad, sino que se refiere a la acción de poderes espirituales caídos que operan en la historia como resistencia a la gracia y como parodia de la trascendencia. La maldad, entonces, es la praxis consciente que se alía con esas fuerzas, aceptando su lógica destructiva y convirtiéndose en instrumento de su negatividad, mientras que Dios permanece como el Bien absoluto, fuente de toda vida y de toda esperanza.
A la luz de la clasificación binaria entre trascendentes e inmanentes, se puede precisar que el mal se entiende como la negatividad que irrumpe en el ser: en el plano trascendente, como privación ontológica o fuerza espiritual demoníaca que se opone a Dios, enteramente bueno; en el plano inmanente, como error, pulsión, estructura o violencia inscrita en la historia y la cultura. La maldad, en cambio, es siempre praxis consciente: en el horizonte trascendente, alianza voluntaria con las fuerzas espirituales oscuras que buscan desviar al hombre de la gracia; en el horizonte inmanente, complicidad con sistemas, discursos o distorsiones psicológicas que perpetúan la destrucción. Así, el mal aparece como condición —trascendente o inmanente— y la maldad como decisión libre que actualiza esa condición en la vida personal, social y espiritual.
Bibliografía (APA, 7ª edición, en castellano)
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