martes, 14 de mayo de 2013

ABURGUESAMIENTO DE CRISTIANOS

EL ABURGUESAMIENTO DE LOS CRISTIANOS
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

LA NOTICIA

El pasado 11 de febrero el Papa Francisco volvió a sacudir a la feligresía católica al denunciar el aburguesamiento de los cristianos.

Lo hizo cuando proclamó 802 santos, entre ellos la colombiana Laura Montoya y la mexicana Guadalupe García Zavala, en una ceremonia en la que dijo que la indiferencia corroe a las comunidades cristianas y denunció el "aburguesamiento" de muchos cristianos. “¡Cuánto daño hace la vida cómoda!, ¡cuánto daño hace el bienestar!, el aburguesamiento del corazón nos paraliza”.

Con una Plaza de San Pedro al tope de fieles (unas 100.000 personas) el Obispo de Roma destacó la virtud y sacrificio de los santos cristianos, proclamó a la primera santa colombiana, la monja Laura Montoya y Upegui (1874-1949), a la también religiosa mexicana conocida como Madre Lupita (1878-1963) y a 800 mártires italianos asesinados en 1480 a manos de los otomanos por negarse a renegar de la fe católica y abrazar la musulmana. Francisco dijo que Laura Montoya fue instrumento evangelización de los indígenas y que enseña a vencer la indiferencia y el individualismo. De Lupita destacó que renunció a una vida cómoda para seguir la llamada de Jesús.

LA CAUSA DE MONSEÑOR ROMERO

Hay que recordar que más de treinta años después, el Papa Francisco valientemente ha desbloqueado la causa de beatificación del monseñor Oscar Arnulfo Romero, llamado por su pueblo, “la voz de los sin voz”, se caracterizó por defender a los pobres y desprotegidos. Este mártir del cristianismo fue asesinado el 24 de marzo de 1980 por un francotirador gobiernista, miembro de los escuadrones de la muerte de la ultraderecha salvadoreña, al comienzo de la guerra civil de El Salvador, acusado por sus detractores de ser un sacerdote “comunista” o al menos de cercano a las corrientes  izquierdistas de la Teología de la Liberación. Su asesinato ocurrió en plena misa de la capilla de un hospital, por defender a los campesinos masacrados durante la guerra civil de El Salvador.

Ya el Obispo francés Jacques Gaillot y el famoso teólogo suizo Hans Küng deploraban desde hace años que el proceso de beatificación de Romero, abierto en 1996, hubiera sido “bloqueado”. Este crimen marcó el cierre de los pocos espacios de participación política en El Salvador y el recrudecimiento de la guerra civil que finalizó en 1992, tras la firma de acuerdos de paz entre el gobierno y la guerrilla salvadoreña. La Comisión de la Verdad determinó que la orden de su asesinato fue dada por Roberto D Aubuisson, fundador del Partido ARENA.

Según afirmó en el 2011 el teólogo italiano Giovanni Franzon, Monseñor Romero, antes de su muerte, no sintió el respaldo del entonces Papa Juan Pablo II, y había sentido que este lo había “abandonado”. Lo que explica, según dice, que si desde 1996 la causa para canonizar a Romero se encuentra en Roma, sólo en 2006 la Congregación de la Doctrina de la Fe acordó iniciar el proceso de beatificación, enviando el expediente a manos de la Congregación para la Causa de los Santos. Acontecimientos que apuntan a que en realidad hubo “bloqueo” a la beatificación, tanto por Juan Pablo II, como por el hasta hace poco Papa, Benedicto VI.

¿LOS PAPAS SE ABURGUESARON?

Al formular esta pregunta no sólo estoy recordando las palabras del Papa Francisco en la Plaza de San Pedro a sus compatriotas argentinos, a los cuales invitó a que en la próxima, en vez de gastar onerosamente sus recursos viniendo a Roma se los repartan a los pobres.

Pues bien, al inquirir sobre el “bloqueo” a la causa de beatificación de monseñor Romero podemos preguntarnos: ¿Llegó incluso a los Papas dicho “aburguesamiento de los católicos” del que habla su santidad Francisco? ¿Fueron indiferentes a defender la causa de los más desfavorecidos?

Resulta difícil esquivar una respuesta afirmativa. Pero la realidad es más compleja. Lo cierto es que Juan Pablo II fue un factor decisivo y desempeñó un rol protagónico, que contribuyo al derrumbe del totalitarismo comunista en Europa. Y el eximio teólogo Benedicto XVI, que vivió los horrores del nazismo, tampoco vería con simpatía cualquier viso que sirva de aliento al comunismo fenecido. Todo lo cual si bien abatió un brazo del monstruo –el comunismo-, al mismo le quedó otro brazo más poderoso aun, a saber, el capitalismo.

En cualquier caso el debate entre igualitarios y conservadores en el seno de la iglesia católica es de antigua data. En nuestra América ya lo vimos encarnado entre los igualitaristas Fray Bartolomé de las Casa y el padre José de Acosta versus el esclavista Ginés de Sepúlveda. En la recomendación para los altos cargos de la curia predominó la nobleza o de alta cuna, pero la corriente igualitaria también se hizo presente. Ya no es un secreto para nadie, que los ochenta años de dominio temporal de los papas del Renacimiento fueron de inmoralidad, nepotismo, crimen y ambición. La pasmosa contradicción entre la gran cultura y las costumbres bárbaras del Renacimiento se concentró en el papado, lo cual provocaría en los pueblos del norte la indignación y rebeldía que desembocó en la reforma luterana (Véase: John Addington Symonds, Los Papas del Renacimiento, FCE, 1999).

En mi opinión, no fue por falta de caridad sino por exceso de celo ideológico, que muchos expedientes de sacerdotes mártires en manos de sangrientas dictaduras esperan hasta hoy el sueño de los justos.

EL MENSAJE DEL PAPA FRANCISCO

Lo cierto es que la autorización dada por el Papa Francisco, se puede asumir como una señal para todo un sector del clero latinoamericano comprometido con las posiciones de la Teología de la Liberación, que ha actuado en favor de los más pobres y más desfavorecidos de la sociedad.

En la actualidad existen expedientes apoyados por comunidades locales que conciernen a otros sacerdotes u obispos del continente latinoamericano, que fueron desaparecidos durante la represión, en especial en la Argentina y Chile, que también podrían progresar y llegar a ser examinados por los servicios romanos.

Muchos mártires cristianos laicos y de sotana, que fueron asesinados por uniformados por defender a los desposeídos, son ya santos en el corazón del pueblo y en el corazón de Dios; la Iglesia sólo reconoce dicha santidad.

De este modo, el mensaje de proclamación de un número impresionante de santos por Francisco, es el fondo no sólo una llamada de atención, de que la vida cristiana implica un estilo de vida cristiano, similar a aquellos 800 mártires italianos que prefirieron morir antes de renegar ante los otomanos de su fe católica, o a la santa mexicana Lupita, que renuncia a las comodidades de la vida para seguir a Jesús. No sólo es eso, sino que Francisco habla de “el daño que hace la vida cómoda y el bienestar paralizando el corazón”, o sea la piedad, el amor al prójimo.

LA CULTURA DEL BIENESTAR MATERIAL

Lo que sin vacilaciones podemos afirmar es que los cristianos católicos en el mundo occidental no siguen un estilo de vida cristiano, sino, más bien, un estilo de vida burgués, esto es, consumista, acumulativo, egoísta, lucrativo, individualista, competitivo, lleno de ambición material y avaricia. Se sigue un humanismo materialista y de la alienación material.

Ahora, primero es el tener antes que ser. Hoy a pocos les importa ser persona, porque la mayoría se conforma con la apariencia de persona. La persona es la entidad espiritual realizadora de valores, en cambio la apariencia de persona es la entidad espiritual realizadora de deseos artificiales e inauténticos. El hombre de hoy no sólo está siendo esclavizado por las cosas y sus propias creaciones, sino que habiendo olvidado el compromiso consigo mismo y con Dios, carece de virtudes y valores.

Entonces, la esclavitud es doble, externa (por las cosas) e interna (por sus bajas pasiones). Alienación y cosificación son sus presentes males. El hombre anético se prolifera, porque se vive para tener en vez de vivir para realizar nuestro ser. En consecuencia, se ha endurecido nuestro corazón y hemos traicionado a Cristo en la vida y acción, aun cuando nuestros labios repitan capítulos enteros del Evangelio. Nos hemos vuelto “sepulcros blanqueados”. No nos extrañe, por tanto, que el mundo musulmán, taoísta, búdico, hebreo y brahmánico, nos vea con escepticismo y extienda su pulgar hacia abajo, en señal de que estamos en una decadencia profunda.

En este sentido, el Papa Francisco pone el dedo en la llaga y se muestra a la altura de la hora histórica, porque en el supérstite capitalismo globalizado se sigue creyendo engañosamente que solamente basta con el progreso en las condiciones materiales de vida. Todos buscan la riqueza material y relegan al olvido la riqueza espiritual, que es la única verdadera riqueza.

Recordemos la parábola del rico Epulón: “Más fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre al Reino de los cielos”. Cierto que en el Salmo (112, 1-3), también se dice que tener una gran fortuna puede ser signo de la bendición de Dios. Pero Jesús no deja de recordar que es una maldición cuando una persona deposita en ella su corazón.  En todo caso, el veredicto es incontrovertible cuando se señala que: El bienestar y la riqueza espirituales deben preferirse a las riquezas materiales (Lc. 12.33; 16.11).

Así, se comprende mejor el erróneo camino seguido por la historia occidental en la modernidad. Como el otrora comunismo, el actual capitalismo también demuestra que no son suficientes satisfacer las condiciones materiales de vida para devolver al hombre la dignidad que su naturaleza demanda. El hombre es más que materia y sólo materia, el hombre es criatura hecha a semejanza de Dios. Y cuando esto se olvida, como se olvidó en los regímenes imperantes, entonces el hombre se degrada en un bienestar material vacuo y perverso que lo deshumaniza.

GÉNESIS DEL MATERIALISMO IMPERANTE

La sociedad industrial, que creó seres egoístas, avaros y egotistas, y que fracasó en su gran promesa de satisfacer todos los deseos, hunde sus raíces en la Alta Edad Media, el siglo XIII, cuando la civilización de la máquina apenas comenzaba a desplegarse tímidamente. Pero el hecho es que la tensión entre la cultura milagrosa de los santos y la cultura racionalista de los intelectuales (con ayuda del gobierno centralizado, las matemáticas, el racionalismo filosófico, la idea de ley natural, el comercio y la navegación) se quiebra a favor de la economía dineraria. Por lo demás, la creación de la universidad instaura la superioridad del filósofo sobre el sacerdote y dio prestigio, predominio y orgullo social y nacional a la élite intelectual (Véase: Alexander Murray, Razón y sociedad en la Edad Media, Taurus, 1983).

Florece el comercio, la moneda, surge la banca, el crédito, el interés, el lucro, aparece la ambiciosa y emprendedora burguesía urbana, mientras que la nobleza grande, rica y militar se volvió magnánima, renunciante y mártir (Véase: J. Le Goff, Mercaderes y banqueros de la Edad Media, Eudeba, 1975). No es casual que gran parte de los santos de la época provenga de la nobleza; una excepción notable lo fue San Francisco de Asís, de padres burgueses y el monasticismo ascético. Por lo demás, es providencial que de este prodigioso santo antiburgués tome su nombre el actual papa Francisco, que tiene el desafío de revitalizar la fe en medio del materialismo burgués.

Lo cierto es que el surgimiento temprano de la economía dineraria en pleno desarrollo del mejor momento de la escolástica, con santo Tomás de Aquino, no sólo provocó una reacción filosófica sino incluso artística. Así, el arte gótico fue una reacción espiritual de la cultura religiosa ante el predominio creciente dela economía dineraria (véase Georges Duby, San Bernardo y el arte Cisterciense, Taurus, 1983)

Es decir la visión racionalista se fue abriendo campo desde los siglos XII y XIII porque desde el siglo XI se iba imponiendo la institución dineraria con su carácter estrictamente monetario, y en lo psicológico se fortalecieron los impulsos de avaricia y ambición. Además, creció la comprensión de la importancia de la razón para controlar el entorno. Dinero, ambición y razón fueron las bases del renacimiento intelectual de la Edad Media central.

Sin embargo, la gran separación entre ética y economía se dio en el siglo XVIII, en plena era de la Ilustración. En esta época el capitalismo transformó la conducta económica y efectuó un cambio de los valores humanos. El desarrollo del sistema económico quedó determinado no por lo que era bueno para el hombre, sino, por lo que era bueno para el sistema. Se trataba de un sistema que funcionaba solo y se valía de sus propias leyes. La relación del hombre con la naturaleza se volvió hostil y brutal. Predominaba la era paleotécnica de la máquina (véase: Lewis Mumford, Técnica y civilización, Alianza, 1977), a base de la destrucción del ambiente y del hombre a escala industrial.

Vino la degradación del trabajador y surgió el hombre económico. Se abrió camino la inanición de la vida, con la degradación de la mente y de los sentidos. En nombre del progreso se sometió a la vida a límites de barbarie. Basta recordar las ciudades negras por el hollín del carbón de las fábricas del siglo XIX durante el industrialismo inglés. Las novelas de Charles Dickens retratan bastante bien la falta de respeto a la dignidad del hombre bajo esta sombría época. Las grandes sinfonías de la época fueron la racionalización y la compensación estética ante un mundo enfurecido.

Ante la ominosa situación en 1891 el papa León XIII publica la Carta encíclica “Rerum Novarum”, que condena la lucha de clases proclamada por el marxismo y que reclama ante el capitalismo las condiciones fundamentales de la justicia. Esta línea ha tenido su continuidad en las últimas encíclicas:”Laborem Exercens” (1981) de Juan Pablo II y “Caritas in Veritate” (2009) de Benedicto XVI, las cuales denuncian la globalización actual ante la carencia de una lógica de solidaridad y caridad.

NUEVOS RUMBOS

Entonces, es a estas alturas del análisis que se vislumbra, que la condena del papa Francisco al “aburguesamiento católico”, se dirige hacia la proclamación de una nueva carta encíclica social, que no se limite a condenar la falta de caridad del capitalismo actual, sino que invoque enérgicamente a asumir un estilo de vida no capitalista, verdaderamente cristiano, solidario y reivindicativo. El fin último del hombre es un fin sobrenatural pero que se decide en la lucha por el bien en la tierra.

Pero aun más. Ha llegado el momento de definirse por los pobres de la tierra, los desposeídos, los necesitados de Cristo, proponiendo nuevas instituciones económicas, sociales, políticas y culturales que sean capaces de contrarrestar la ola de secularización, ateísmo práctico, consumismo, hedonismo y nihilismo creciente en nuestra época posmoderna.

No tiene sentido pensar que el fin último es Dios y no el bien común. Ya lo dice el evangelio: “Apartaos de mí, hijos del demonio, cuando tuve sed no me diste de beber, cuando tuve frío no me abrigaste y cuando tuve hambre no me diste de comer”. Pues, no se puede amar a Dios sin amar a su creación, y entre toda su creación, a su criatura hecha a imagen de la divinidad, el hombre. Es un misterio grato que Dios haya abrigado la idea de crear al hombre.

En este sentido, santidad no es retraimiento, quietud, renuncia o huída del mundo, sino, por el contrario, es lucha por el bien temporal y espiritual de la humanidad, como el mejor homenaje que se puede hacer al Creador. Santidad es unión ontológica con Dios a través del amor al prójimo. Es intolerancia ante la injusticia y el pecado. Es amor a lo bueno y a lo justo. Sin dedicar la vida a los otros, escuchando la voz interior de Dios, no existe santidad (Véase: Thomas Merton, Vida y Santidad, Herder).

Una última reflexión para finalizar. Es necesaria una nueva cristiandad, que se comprenda que no se juzga las almas sino el valor moral de los actos, que la política de derecha y de izquierda olvida a Dios y se pone de lado de lo luciferino. No hay sistema político que nos salve si antes no efectuamos la realización interior de nuestros corazones. Y finalmente, hay que oponer un humanismo de la encarnación a los humanismos que desvaloran lo material o sobrevaloran lo humano.

Lima, Salamanca 14 de Mayo 2013

sábado, 13 de abril de 2013

POSIBILIDAD DEL NUEVO HOMBRE Y SU SALVACIÓN

¿ES POSIBLE EL NUEVO HOMBRE
 Y SU SALVACIÓN?
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía
 

Vivir sin principios no es vivir, porque
vivir humanamente es un ejercicio ético

Actualmente vivimos bajo un sistema social que enajena el ser en el tener, produce seres egoístas, egotistas, posesivos, codiciosos y consumistas. Pero lejos de generar un creciente estado de insatisfacción hace que los individuos sufran como el mal del siglo: la indiferencia, el conformismo, el unanimismo, se dejan fagocitar por un régimen que devora sus voluntades, pensamientos, emociones y acciones por lo que decreta el mercado, los medios masivos de estupidización social, los manipuladores políticos y los avaros banqueros e industriales.
Pero lo curioso es que basta mirar a nuestro alrededor para advertir que casi nadie se siente infeliz, la clase media y la clase popular se han acostumbrado a la anestesia general de la existencia vacía del consumismo, a la poca responsabilidad personal, a su impotencia ciudadana, y que las decisiones políticas y económicas escapen de su control, y en su lugar un todopoderoso fascismo tecnocrático ejerza el poder.
Lo cual lleva a constatar que en el estado de alienación humana de una civilización en decadencia todavía hay una fase de descontento y protesta, seguida por otra fase de cosificación donde el individuo se siente cosa, mercancía, útil, vendible y en vez de apatía e impotencia participa alegremente de la indiferencia y más bien huye deliberadamente de cualquier toma de conciencia. Por ejemplo, al ejecutivo de éxito le estorban los sentimientos y sobrevalora el frío y glacial cálculo racional. El resultado es un la idolización de la persona sin amor, práctica y enriquecida. Y son estos tipos esquizoides los que manejan las políticas económicas, sociales, empresas y los destinos de las mayorías. No hay duda de que se trata de un estado más profundo de descomposición de una sociedad patogénica, patológica, y enferma.
Y la reacción ante los problemas es más retórica que real. Así a pesar de los peligros ecológicos, climatológicos, el riesgo de guerra nuclear, hambre, pestes desconocidas y agotamiento de los recursos naturales nadie, o casi nadie, están dispuestos a cambiar ni perder astronómicos beneficios económicos y su estilo de vida californiano, de modo que se aprieta cada vez con más fuerza el gatillo del arma del exterminio que está sobre la sien de la civilización actual.
La falta del sentido de la vida en la fase cosificada de la civilización decadente lejos de provocar depresión, infelicidad y vacío existencial, genera, más bien, un grado de deshumanización tan desquiciado que lo malo resulta bueno y lo bueno malo, y en ese voluntarismo alocado consiste la supuesta felicidad actual. “Todo vale” es la divisa. De ella tratan de exculparse tanto el existencialismo como la hermenéutica heideggeriana.
Así, cuando Sartre fue acusado de pesimista, nihilista y angustiante escribió su famosa respuesta El existencialismo es un humanismo (1946), donde enfatiza la responsabilidad moral que el hombre tiene sobre sí, porque al ser legislador de sí mismo está comprometido con la humanidad entera. Pero el camino estaba ya trazado, porque el hombre al estar condenado a ser libre encuentra que no hay ninguna moral que nos indique lo que hay que hacer. Sartre trató de retrucar afirmando que no hay individualidad sin intersubjetividad. No obstante ya pendía sobre la solidaridad humana una espada de Damocles.
Por su parte, la hermenéutica gadameriana –de la cual dijo Habermas que era la urbanización de una provincia heideggeriana- al hacer de la interpretación finita y temporal la piedra de toque de su filosofía, hallaba en el diálogo y en el consenso el camino para convivir en medio de la verdad relativa. Con su discurso de que no hay una única interpretación válida se esfumó la objetividad y se entronizó el relativismo, la verdad quedó bajo el horizonte del intérprete. Igual que en el caso de Kuhn, queda sobrando la teoría de la correspondencia de la verdad, y se asume la verdad como lenguaje. El mundo quedó reducido a una experiencia meramente lingüística y extramental, donde los elementos objetivos deben pasar por el tamiz del uso intersubjetivo del lenguaje.
En consecuencia, el carácter fundado del mundo se esfumó y el acontecimiento de la interpretación por parte del ser-ahí se entronizó. Es decir, lo que el existencialismo sartreano dejó a medias la hermenéutica gadameriana lo completó, a saber: el subjetivismo, relativismo y nihilismo.
Ni la experiencia lingüística intersubjetiva salva al hombre de su solipsismo ontológico, por cuanto él representa la determinación existenciaria del mundo. Y así se pierde lo objetivo y lo existencial tiene la prioridad. En su defensa se ha dicho que tanto Heidegger como Gadamer son contextualistas antes que relativistas (véase Noé Héctor Esquivel, Trazos para una ética hermenéutica en la vida y obra de Hans G. Gadamer, IESU, México 2012, p. 299), porque no consideran que todos los contextos son igualmente apropiados. Pero resulta que el contextualismo es un relativismo restringido puesto que la verdad queda reducida al contexto particular.
Si el romanticismo dio al hombre consciencia de su naturaleza infinita, el existencialismo hizo sólida la consciencia de su naturaleza finita y el posmodernismo muestra el significado último de la filosofía contemporánea al dar al hombre consciencia de su naturaleza interpretativa. Por eso el posmodernismo es la crisis final y decisiva del romanticismo. Este clima filosófico se fue formando con Kierkegaard que concibió la existencia como posibilidad que puede no ser; el pragmatismo que acentuó el carácter incierto de la existencia humana en el mundo; el positivismo lógico que mostró la falibilidad esencial del conocimiento; el espiritualismo, neocriticismo y realismo que reveló la realidad como totalidad imperfecta; y el posmodernismo que señaló a la interpretación como parámetro de pensamiento.
La categoría fundamental que Kierkegaard aporta a todos estos movimientos es el de lo “posible”, que en el marxismo soviético el hombre queda reducido a relaciones sociales frente a las cuales no tiene libertad y en consecuencia se impone la categoría contraria de la “determinación”. Pero el derrotero de la filosofía contemporánea delinea fidedignamente el ocaso del romanticismo, y es abandonada su aspiración de lograr la verdad inmutable y permanente y la naturaleza infinita del hombre.
Posibilidad, finitud, falibilidad, totalidad imperfecta, perspectivismo, alteridad e interpretación son las nuevas categorías que corresponden al destino nihilista de la filosofía occidental. Es un clima cultural que incluye a todas las disciplinas, formas de conocimiento, ideas y creencias del hombre común. A ojos vistas el hombre de hoy es más encarnado e inmanente, pero no por ello más vigilante y avizor, porque no ha comprendido el sentido profundo de la categoría de “posibilidad”. Por el contrario, en su empeño por respetar la pluralidad de interpretaciones se ha vuelto más anodina y artificiosa. El opresivo primado del “hecho” de la herencia de la filosofía romántica, fue reducido a aspecto problemático, negado hasta el límite que aparece como la “nada”. Así, el posmodernismo defiende el debilitamiento de la realidad, de la subjetividad, de la objetividad metafísica y la interpretación.
Es decir, la herencia de kierkegaardiana se extravió en subjetivización solipsista de la actitud fundadora del hombre en el mundo. El rechazo del “hecho” derivó en disolución del principio de realidad y asunción tergiversada de la “posibilidad”, que resultó en multiplicidad de mónadas soberanas, en hemorragia del para-mí, que se deshace del ser por medio de una voluntad de poder convertida en voluntad de verdad.
En otras palabras, se ha caído en el hoyo profundo de la humanización de la identidad entre el sujeto y el objeto. El hombre exageró tanto su proceso de emancipación que ha terminado por quedarse solo. A esta soledad radical también contribuyó la visión protestante de Karl Barth y su descarte de una Revelación directa. Se trata de una soledad raigal, es decir respecto a la realidad, el mundo y a sí mismo. La filosofía contemporánea al rechazar con vehemencia la relación vertical entre Dios y el Hombre, olvidó que la verdadera relación es de horizontalidad Dios-Hombre. De modo, que la crisis de la modernidad y posmodernidad no se debe simplemente a la ruptura entre humanismo y religión, sino en advertir qué es lo que se encuentra roto en dicha relación y qué otra forma de vínculo reclama dicha ruptura.
Por ello, el desafío civilizatorio actual es cómo librarse de la pesada herencia del posmodernismo y su opresivo primado nihilista del “sujeto”. La negación del primado del “sujeto” significaría una vuelta al realismo metafísico en un nuevo equilibrio entre realismo e idealismo.
Ahora bien, se comprende de suyo que la verdad no puede quedar reducida a lo que es la esencia humana, una existencia interpretante, pues el fundamento ontológico de la verdad no es la existenciariedad del ser-ahí histórico y finito, sino el ser en sí, como el factum que provoca todo el proceso de interpretación del ser-ahí. De modo que no es cierto que “hay verdad porque interpreto”, sino “interpreto porque hay verdad”. Pero esta heurística requiere superar tanto el esquema dualista trascedente de ayer (material e inmaterial), como el esquema inmanente de hoy (signo y significado).
Esto significa que el desafío de la filosofía del presente es equilibrar la faceta en que el mundo modela la mente (realismo y positivismo) con la mente modela el mundo (racionalismo, convencionalismo, posmodernismo). Esto permitirá no caer en el relativismo (ontológico, gnoseológico y moral), equilibrar determinismo y moralismo y evitar el escepticismo. En una palabra hay que rehacer la síntesis de la mente y el mundo (idealismo, fenomenalismo, fenomenología) para reconocer que ambos son independientes pero con relaciones de interdependencia.
Pero así como el proyecto de la lógica moderna de reducir lo filosófico a la lógica fracasó, porque no hay lenguaje formal absolutamente claro y libre de ambigüedades; de la misma forma el proyecto posmoderno de reducir lo filosófico a metarrelato también fracasa, porque no hay metarrelato que pueda completamente desvincularse de lo real. Mientras tanto, sigue arreciendo entre nosotros el espíritu nihilista con la prometeica transvalorización nietzscheana de todos los valores sin sentido ético, por la voluntad omnipotente de un pequeño diocesillo o deus in terris, que resulta ser el prototipo antropológico del capitalismo industrial con su utopía terrenal de la Ciudad del Progreso.
No hay duda que Nietzsche es actualísimo porque vivimos el tiempo del nihilismo, la crisis de todos los valores. La metafísica y la ontología son remitidas al valor. Atrás han quedado las discusiones nietzscheanas sobre el carácter metafísico del devenir (Heidegger), su sesgo antisemita (Bataille), su carácter contradictorio (Masini), su desprecio al débil y culto al fuerte que justificó el nazismo (Adorno-Horkheimer), si quedó atrapado en la hermenéutica del lenguaje (Foucault), y más bien se ponen en primer plano su dialéctica nihilista (Deleuze) y la voluntad de poder (Glucksmann).
Efectivamente, en la Ciudad Terrenal del Progreso el protagonista es el hombre consumista y egoísta que todo lo puede y todo desea, no tiene límites más allá de su voluntad de poder, el sentido de la realidad se va debilitando conforme avanza la sociedad cibernética, no hay hechos, todo se vuelve interpretación, código (Baudrillard), hasta la subjetividad se vuelve presunta (Barthes), el capitalismo cibernético irrealizó lo real en espectro.
Nietzsche intentando revertir el platonismo puso en duda el significado, todo depende de la voluntad de poder, su oposición no es “lógica y existencia”, sino “lógica y lingüística”. Y con estas equivalencias la voluntad de poder se trocó en voluntad de verdad. Con ello sus enviciados corifeos fueron más allá del sujeto, abrieron las puertas del Averno para renunciar al sujeto mismo culpándolo del discurso del poder. De modo que las tranqueras apocalípticas de la posmodernidad quedan abiertas de par en par enunciando que no hay historia ni realidad, sino tan sólo microhistorias que se resuelven en la anodina felicidad del espectáculo consumista.
Si a la Ciudad Radiante de la Antigüedad le siguió la Ciudad de Dios del Medioevo, a ésta le sucedió la Ciudad terrenal del Progreso de la Modernidad, donde el hombre comparte ilusionado la utopía de la satisfacción ilimitada de sus deseos por obra de la ciencia, tecnología y la oligofrénica burocracia. Y actualmente, por más que la ideología del progreso ha naufragado la gente vive semihipnotizada en que la salvación llegará por obra y gracia del aparato industrial, el fascismo tecnológico y la ciencia. Todo ello es fiel reflejo de la ideología iconoclasta que rompe con el principio de realidad y coloca en su lugar el principio voluntarista del placer. Reconocer el poder del significante terminó pervirtiendo la realidad y anulando al propio sujeto. Entonces se comprende el carácter espurio y devastador del pragmatismo irónico de Rorty que niega la autoconciencia en su cruzada antirepresentacionalista por la realidad textual o discursiva.
Estos delirios suicidas han sido retroalimentados y potenciados, en primer lugar, por la era del predominio de la globalización neoliberal, que en realidad es la tiranía de la codicia, la ambición y el lucro de las megacorporaciones privadas que conforman el Hiperimperialismo, y, en segundo lugar, por la cultura nihilista de la posmodernidad, que en buen cristiano es la dictadura del hombre anético. La primera desmontó hace casi cuatro lustros, con la primer ministra británica Margaret Tatcher –recientemente fallecida-, el otrora capitalismo de bienestar bajo el evangelio de Milton Friedman, ahondando en el presente la miseria universal en el seno de los propios países industrializados y excavando las diferencias económicas y tecnológicas entre países ricos y pobres. La segunda fue la flor del pantano de la sociedad que maximizó los beneficios empresariales privados, y dio lugar a la extensión de una humanidad pragmática, positivista y nihilista, hedonista, narcisista y sin sentido de lo trascendente.
Entonces, a la religión industrial de la acumulación le sucedió como nuevo objeto de devoción la religión postindustrial de ser lo máximamente útil para poder vivir una vida de gozo material constante. En la sociedad cibernética las cosas no están hechas para permanecer, sino que son transitorias, efímeras, hay que renovarlas constantemente, el relativismo como ideología triunfa y lo absoluto experimenta su más hondo extravío.
Esto tiene un efecto nefasto sobre el hombre, que no sólo interioriza la idolización de la máquina, sino que lo prepara desde lo más profundo de su ser para convertirse sin cascabelear en una pieza intercambiable y útil de la megamáquina social. El hombre se rinde y acepta desde su ser ha capitular que no es un fin en sí mismo y es tan sólo un medio para un fin externo. Es el kantismo pervertido y travesti: “Obra de tal manera que el mercado aprobara vuestros actos”.
El resultado es el triunfo psicológico, ideológico, social y material de la sociedad antihumanista, donde el exponente máximo es el dinero, la riqueza, el capital, cuya esencia verdadera es la negación de todo valor. Y este es el objeto máximo de devoción a la que se dirige todos los impulsos religiosos en la sociedad secularista, de cultura horizontal sin trascendencia. La barbarización de la cultura es la nota que orilla las ideas en la blasfemia y la irracionalidad. El arte sin belleza hace añicos el sentido estético y la devaluada realidad humana se siente con más fuerza a cosificarse si quiere ser por lo menos algo en esta realidad mercantilizada. El sexo sin amor, pornográfico, promiscuo, obsceno, animalesco, instintivo se convierte en la válvula de escape de un mundo que ha triturado lo espiritual y alquimísticamente lo ha vuelto en un valor de cambio, en puro interés, sin dignidad ni decencia flamea orgulloso cuanta más riqueza pueda lucir.
Este es el resorte más íntimo del infierno que los hombres han abierto en la Ciudad terrenal del Progreso: la negación de todo valor. Curioso destino de la axiología, pues la previa reducción de la metafísica y la ontología a su ámbito aparentó una repotenciación del valor. No obstante, ocurrió todo lo contrario, a saber, el valor se denigró, se desvalorizó. Lo cual demuestra que el valor sin referente objetivo se convierte en la piñata de la voluntad de poder enloquecida.
Así, si el hombre es de escaso o nulo valor el trono no puede quedar vacío, colocándose en su lugar la codicia, la lujuria y el poder. En la sociedad donde supuestamente debían crecer la mentalidad científico-técnica, la voluntad emancipatoria, la tolerancia y la libre empresa, es, por el contrario, el lugar desde donde emerge el predominio de las tendencias tanáticas y autodestructivas más sádicas del ser humano.
Por eso, la Paz Mundial no puede preservarse dentro de una sociedad regida por el dinero, el lucro, la ambición, el lujo y la avaricia. El estado de actual anarquía internacional no tiene su origen en que estamos en un mundo apolar, unipolar, bipolar o multipolar, sino en que ninguna potencia ni mente brillante propone un cambio radical de nuestra civilización. Mientras tanto seguirán surgiendo más Coreas del Norte que amenacen a la humanidad con encender la hoguera del exterminio nuclear.
Por eso el verdadero horror económico no es el desempleo (Forrester), la crisis ecológica, ni su conexión con la crisis socioeconómica (economistas y politicólogos), ni la necesidad de una macroética de la corresponsabilidad (Otto Apel, Hans Küng), sino la permanencia de un sistema cuya razón de ser estriba en generar materialismo, manipulación cerebral, avaricia, uso máximo de máquinas y consumismo. Ese es el verdadero horror económico porque al final termina destruyendo la realidad humana. Y la destruye tanto en el centro como en la periferia de la Modernidad, afecta tanto al Norte como al Sur, pues el capitalismo tardío o mejor llamado hiperimperialismo, no excluye ningún rincón del planeta en su soberanía transnacional.
En este sentido, ha sido Enrique Dussel quien ha considerado el neocolonialismo como la otra cara de la violencia occidental dominadora, proclamando que los periféricos pueden beneficiarse del debilitamiento de la razón, pero para ello –afirma- hace falta una ética de la liberación que supere el pensar ontológico griego para avanzar hacia una relación práctica con el otro y reconozca la alteridad negada (Posmodernidad occidental y transmodernidad latinoamericana).
Pero el discurso dusseliano de lograr la transmodernidad para reconocer la alteridad negada, comparte la misma tramposa aberración vattimiana contra la metafísica, reproduce la alienante razón estratégico-instrumental y se queda con el ilusorio ejercicio de una mera acción ética. Cuando de lo que se trata es de apuntar directamente hacia el corazón pervertido de todo el edificio ideológico que se cobija en un sistema basado en el egoísmo, la avaricia y el lucro. El nuevo hombre y la nueva sociedad no van a surgir de meros discursos éticos, pues es necesario abordar la enfermedad de todo el organismo y enfrentarlo con soluciones holísticas que permitan el cambio radical desde la raíz que se pudre. Se trata de un cambio de toda la estructura social y no de meras asunciones de una razón estratégico-instrumental. Por eso es que Dussel no supera el horizonte pragmático al que conduce la hermenéutica heideggeriana de la finitud.
En este sentido al filosofar latinoamericano no sólo le hace falta sublevarse contra el magisterio eurocéntrico, sino que abandonando el monólogo anatópico debe emprender la remitización del mundo y principiar la reconstrucción de una nueva utopía histórica. Reutopizar la vida y el mundo es el auténtico ejercicio de la razón ética, porque significa reafirmar la realidad del hombre y del mundo en su unidad. El horizonte de la liberación tampoco equivale a permanecer centrado en la realidad humana, porque la naturaleza y lo divino lo enfrentan en cada vericueto de su existencia.
De manera que la verdadera realización de su autonomía implica que la terraquización del hombre –tan exaltada por la técnica moderna- involucra el reconocimiento valiente de la omnipotencia de Dios. Se trata así de una nueva hermenéutica metafísica, ética, utópica y remitizante, que lejos de ver el Cielo como una amenaza a su libertad lo asume como una muestra del ser en su plenitud. De modo que la verdadera filosofía de la praxis no consiste en el abandono de la contemplación, sino en su ejercicio sin enclaustramiento académico.
Nuestra civilización es un contrasentido, y el Premio Nobel de la Paz concedido a la Unión Europea por no provocar otra guerra mundial no es más que una parodia mal montada para eludir lo más esencial: que una civilización que se fundamenta en el lucro y la avaricia tarde o temprano se destruirá así misma.
Por tanto, no se trata de reivindicar la cultura popular, aunque se olvide su opresión sufrida, como ocurre con Scannone y Rodolfo Kusch, ni se trata de superar el  eurocentrismo ontológico, como acontece con Vattimo, Rorty y Dussel. De lo que se trata es de abandonar la autonomía de la economía respecto a la ética, porque ha demostrado hasta la saciedad atentar contra la naturaleza y el hombre mismo. Mientras siga en pie este sistema anético no será posible la reconstrucción de la razón ni de la libertad humana.
Al “hombre unidimensional” de Marcuse, que aspiraba a mejorar su condición dentro del sistema, y al “hombre del tener” de Fromm, que se diluía en la rapacidad de la posesión, le ha venido a suceder el “hombre anético”, que lejos de negar la alienación capitalista se fusiona con él en un frenesí sin límite ni freno ético. Pero si hay algo que nos vuelve humanos es la ética, sin ella el humanismo se vuelve hominismo naturalista, y la ética no es cualquier quiquiriquí mañanero dentro de la inmanencia, sino que es el verdadero camino para que el antropocentrismo se sienta vinculado a la trascendencia. La ética es la síntesis del encuentro entre lo universal y lo particular, la relación entre el individuo y los principios universales.
De ahí que en el hombre hay algo más que el hombre, cada uno es único e irremplazable, el hombre es el buscador de Dios, de lo Absoluto, y ser libres, autónomos y racionales es la vía regia para adentrarse en la unidad de lo inmanente con lo trascedente.
Pero la filosofía actual es predominantemente desmitizante y antirreligiosa. Desde la Ilustración se combatió a Dios con el argumento de que no es posible esperar una fe común y en su lugar están los Derechos Humanos que sí son universales. También en el tratamiento de los universales es donde mejor se revela su condumio con la luciferinización del mundo. La descalificación de los universales por las corrientes analíticas y posmodernas son las que mejor ilustran la represión de la realidad a favor de la experiencia individual, el pensamiento conformista y acrítico.
Paralelamente la corriente del humanismo secularista cree devolverle al hombre su capacidad de reencontrar su ser mediante una religiosidad atea sin Dios. Con ello fortalecen el narcisismo egolátrico de la voluntad emancipatoria humana sin horizonte trascendente. Pero lo único que se constata es que el impulso religioso en el hombre secularizado no desaparece, simplemente que se ha dirigido a los ídolos del dinero, el poder y el placer.
Ante ello hay que plantear una relación horizontal entre Dios-Hombre, como la forma idónea de restablecer el nexo entre lo humano y lo divino. Pues la relación con Dios no solamente es de encuentro (koinonía), como afirma equivocadamente Barth, sino también de participación (méthesis). En realidad, el luteranismo es antihumanismo porque rebaja las virtudes naturales del hombre. Así, hay que insistir que todo hombre tiene una relación directa e inmediata con Dios.
Las ciencias naturales deben y pueden ayudar a la forja de un nuevo humanismo y de una nueva sociedad, no sólo porque percibe que las sociedades son menos estables que la naturaleza, sino porque puede admitir con Spinoza que la sustancia puede tener otras modalidades distintas al espíritu y a la materia. Esa es la forma en que la ciencia nos deje de amenazar con la parálisis moral. Por su parte, economía, política y técnica han ahogado la vida espiritual en el nihilismo, requiriéndose cambios radicales en estos terrenos. Estas han creído que el hombre se basta a sí mismo, y no han comprendido que su libertad se halla ligada a la trascendencia. Hay que recordar con Jaspers que mediante la libertad y la trascendencia la realidad humana se presenta como única. Y con Aristóteles hay que destacar que proponer al hombre sólo lo humano es traicionar al hombre. Lo importante es el hombre unido al ser, reconocer la dimensión metafísica del humanismo, lo cual posibilita superar el nihilismo y recuperar la racionalidad humana. De manera que el verdadero humanismo tiene componentes sobrehumanos.
Por eso el humanismo sin Dios es inhumano, no sólo porque sólo sabe darnos un ser abstracto, sino, especialmente, porque confunden a Dios con dominación y no advierten la necesidad de una nueva imagen de Dios. El verdadero humanismo reconoce a un Dios que nos quiere libres, autónomos y racionales, porque su libertad no colisiona con la nuestra. No nos quiere robots ni sometidos a su ciega voluntad, como desea el siervo arbitrio protestante. Todo lo contrario, nos requiere libres y lúcidos en la medida de lo posible.
Así, el nuevo hombre y la nueva sociedad demandan esta nueva imagen de Dios, un Dios de la libertad y no de la dominación. Menudo nudo gordiano le toca afrontar al presente Papa Francisco, expulsar del Templo a los mercaderes y no podrá hacerlo sin enfrentarse con los poderos políticos y económicos imperantes.
En realidad, la exageración de la antinomia de la libertad, donde se recarga la providencia y la omnipotencia divina, no es de origen cristiano-protestante, sino que hunde su colmillo en la metafísica voluntarista de la mística alemana y en el paganismo extático del Uno de Plotino –el cual se alistó en la expedición del emperador Gordiano para conocer la filosofía de los persas y de los hindúes-, que acentúa la absoluta trascendencia de Dios.
La secularización sigue siendo un dogma de fe del posmodernismo y la sociedad posindustrial. A ello también contribuyó el marxismo, el cual fue la profundización secular del cristianismo. Pero el verdadero campanazo del “humanismo prometeico” (igualación con los dioses) no lo dio sino el capitalismo industrial, y del “humanismo luciferino” (negación de Dios, Razón y Progreso) acontece por el capitalismo cibernético. La conciencia emancipada de Dios, la Verdad, la Historia y el Ser a favor de los particularismos fue el grosero grito orgiástico del spleen decadente de la posmodernidad y del hiperimperialismo.
Ahora pensar debe ser escuchar los mensajes de los otros, pero además deben ser escuchados con supersticiosa piedad devota. Con ello se impone la inautenticidad del man, la nada, el vacío existencial. Todo se vuelve imagen, técnica, representatividad del ente en el olvido del ser. Estamos envueltos en el destino nefasto de interpretar todas las cosas del mundo como mercancías. Toda definición del ser cae en el estrato del ente. Ya el segundo Wittgenstein había renunciado al “lenguaje lógico perfecto”, aceptado como Heidegger y la teología negativa la imposibilidad del lenguaje positivo del ser. Tan sólo interesa la “exégesis como disfrute”. La hermenéutica que fue originariamente el momento de la razón universal ha devenido en desciframiento de los discursos microindividuales.
Vivimos la época del mayor divorcio entre lo apolíneo y lo dionisíaco, a favor de éste último. Y lo dionisíaco se regodea en su oposición a la verdad única, enlodando los fenómenos en la charca del frenesí lingüístico. La voluntad de poder culmina así en una voluntad de verdad, que en realidad es la máscara ideológica de un sistema que deshumaniza y pervierte al hombre. La presente hora apocalíptica arroja sus vestiduras para dejar ver un cuerpo llagoso donde el último móvil es el placer instintivo egoísta.
Aquí se entrecruzan, como asaltantes de caminos, Nietzsche, Heidegger, Gadamer, Derrida, Vattimo y compañía, para disolver toda forma y jerarquía, disgregar la unidad de la verdad, desfundamentar la realidad y levantar el telón de un crepúsculo donde las categorías dibujan una ontología despotenciada, pálida, rutinaria, frívola y retórica. Incluso superar la metafísica desde la ética, como lo pretendió Levinas, es incompleto en tanto que resulta siendo olvido de la misericordia ínsita en el acto de existir.
El fin de la metafísica como disolución del principio de realidad es en realidad una racionalización engañosa de un sistema inhumano que defiende la fría y abstracta rentabilidad de la ganancia al margen de cualquier otra consideración y parámetro de pensamiento. Este “adiós” a la verdad no es más que una estratagema instrumental de un sistema que vive la libertad divorciándola de la justicia y la solidaridad. Y todo esto se implementa bajo el pretexto de respetar la pluralidad de interpretaciones y la libertad.
Sin embargo, entre estos negros nubarrones y sin afán de extender más estas líneas es posible ser optimista y atisbar una oportunidad razonable de cambio si reparamos en el hecho de que el núcleo duro que representa la sociedad de la avaricia, la manipulación, el egoísmo y el egotismo está en un extremo de la balanza y en el otro extremo están los humanistas radicales, pues en el medio está inmensa mayoría que se acopla a la estructura social imperante. Además, el hombre nihilista de nuestro tiempo tiene menos temor al cambio debido a que está acostumbrado a amalgamar su conducta a las exigencias externas del mercado capitalista.
De esta manera es posible plantear una nueva utopía, en vez de infecundas reformas parciales, para que a la Ciudad terrenal del Progreso Material le suceda la Ciudad Humanista del Espíritu. Esto, por lo demás, es una muestra que entre el Gobierno y el pueblo está la tercera potencia de los escritores.
Pues bien, para coadyuvar a la transformación interior del hombre es necesario implementar los siguientes cambios:
º Introducir el salario ciudadano. Garantizar vivienda básica, un mínimo de alimentos, más salud y educación gratuita a todo nivel, bastaría para librarnos del contingente de burócratas que insumen los recursos del pueblo, se libraría a las personas de la extorsión por hambre, educación y vivienda y aseguraría una libertad e independencia real respecto a los poderes externos. La excusa capitalista de que la gente es ociosa es falsa y sólo ha servido para racionalizar la opresión sobre el prójimo. Otra ventaja sustancial de la medida sería que el trabajo que se realiza ya no encuentra su impulso en el vil lucro sino en la realización personal. Entonces, realmente la humanidad habrá pasado del Reino de la Necesidad al Reino de la Libertad, porque el reino de la libertad jamás podrá consistir en la alienante satisfacción de consumir sin límite. Además, el salario ciudadano será la verdadera base material para poder subordinar la producción a la educación e incrementar la conversión de la riqueza material en riqueza cultural.
º Suprimir la publicidad y todos los métodos de manipulación mental política y comercial. Descontaminaría la urbe permitiendo disfrutar de la ecología natural y mental, pero sobre todo eliminaría una droga embrutecedora del consumismo que crea necesidades artificiales y suprime el sentido crítico con métodos sugestionadores. Por eso, en una economía no competitiva será más importante la fiscalización organizada de los consumidores.
º Destrucción completa de las armas nucleares, biológicas y de destrucción masiva, junto con el control estricto en la comercialización de las armas convencionales. Lo cual permitiría poner fin al dominio militar de unas naciones sobre otras, dilapidar recursos y acabar con el recelo entre países. Suprimiendo las máquinas de la muerte se habrá dado un paso sin retorno para que el hombre avance en dirección de ser un pastor del ser y no un pastor de las máquinas.
º Limitar drásticamente el derecho de los accionistas para determinar la producción y las finanzas. Ello permitiría no basar la producción industrial ni la banca en la ganancia, sino en las reales necesidades sociales de la gente. Esto permite pensar en un sistema económico diferente tanto del capitalismo, que nunca respetó el libre mercado y manipuló precios amasando exorbitantes beneficios privados; y del comunismo burocrático, que no atendió la demanda de los consumidores. Esto conlleva que la educación dejará de estar distorsionada desde la base económica porque en vez de subordinarse a la producción ahora lo hace a los conocimientos mismos. En realidad, cuando el objetivo de la actividad económica ya no sean los beneficios entonces ésta se humanizará. Por ello, se requiere con suma urgencia una economía de las necesidades que sustituya a la economía adquisitiva y lucrativa del capitalismo. La explotación de las máquinas es la alternativa a la explotación del hombre.
º Robustecer la autonomía de la comunidad descentralizando el poder. Pues al madurar la vida social disminuirá el control del Estado, el poder de los monopolios y el crecimiento de la máquina. Con un cambio de ideales estos tiranos volverán a ser nuestros servidores. El paro social del Estado, los monopolios y la máquina será inversamente proporcional a la realización de los valores humanistas. En una palabra, en la medida en que madura la vida social estas megamáquinas (Estado, monopolios y tecnología) tenderán a desaparecer en su protagonismo tan señalado y serán como ríos subterráneos que existen pero que ya no estorban.
En una palabra, estamos ante una cuestión crucial para lograr una nueva sociedad y un nuevo hombre, lo cual sólo será posible si se sustituye como estímulos al lucro, la ambición, la avaricia, el poder, el consumismo, el egoísmo y el egotismo, para poner en su lugar la solidaridad, el ser, el dar, el amar, la autonomía, el espíritu crítico y la piedad. Sin poner fin a la sociedad del tener y de la apariencia sólo nos quedaremos con una máscara que al final será nuestro sudario mortuorio.
En esto último consiste la realización de la autonomía radical del hombre y no en el engañoso humanismo sin Dios. La economía dineraria estorba al humanismo y por eso se requiere una economía, una política y una ciencia ética, capaz de crear las condiciones para el surgimiento de un nuevo hombre y de una nueva sociedad, donde la utopía humana dirija a la utopía técnica y no a la inversa. Pues, sin verdaderos valores humanistas y sin cambio de actitud la enajenación nos llevará a una catástrofe inminente e inevitable.
Lima, Salamanca 13 de Abril 2013

viernes, 29 de marzo de 2013

LA CIVILIZACIÓN DE LA APARIENCIA

LA CIVILIZACIÓN DE LA APARIENCIA
Gustavo Flores Quelopana
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía
 


Desde la fundación del mundo, nunca como ahora la civilización de la apariencia gozó de tanta hegemonía y predominio. ¡Ay de esta civilización, cuya meta suprema es tener y acumular cosas! Nadie duda que para vivir se necesitan tener cosas, pero reducir el ser al tener es dar patente de corso a la raíz de todos los males, a saber, la apariencia y la supresión de la realidad.
Efectivamente, la civilización de la apariencia no sólo consiste en preferir las riquezas materiales al bienestar y riquezas espirituales, sino que gravita sobre todo en una degradación onto-antropológica donde todo queda transformado y subsumido en posesión.
La posesión tiene una característica fundamental que consiste en su pasividad inherente, propia de las cosas u objetos sin subjetividad, sin vida e inertes. Por el contrario al hombre y al mundo, a la vida y a la conciencia les conciernen la dinamicidad, el cambio y el devenir. Más cuando el hombre está obsedido por tener mucho en vez de ser mucho, entonces le acontece la maldición de sufrir la irrealidad de su ser.
El Bhagavad Gita enfatiza: Cuando la bondad decae, el mal aumenta. Buda enseña que la cúspide del desarrollo humano no es alcanzar posesiones. Jesucristo pone hincapié diciendo:-Mirad, guardaos de toda avaricia, porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee (San Lucas 12: 15). Y es que el hombre comienza a sufrir la irrealidad de su ser cuando se deja arrastrar por la canibalización de las cosas materiales, las cuales lo vacían de la acción de su propia sustancia.
Los conceptos filosóficos del ser y del hombre son muchos y variados, pero en un esfuerzo de esquematización pueden ser expuestos en tres expresiones: el ser como devenir, el ser como inmutabilidad y el ser como nihilidad. Las exposiciones más caracterizadas de la primera son Heráclito y Hegel; del segundo Parménides, Platón y la escolástica; y del tercero Protágoras, Diógenes el cínico, Pirrón, el ateísmo postulativo de Nietzsche, N. Hartmann y Sartre, el relativismo epistémico de Kuhn y Feyerabend, el postestructuralismo y el postmodernismo. En estos últimos, o sea el ser como nihilidad, la ontología es remitida al valor y en consecuencia a la causalidad de la voluntad personal, donde el ser se diluye en medio de la hemorragia de subjetividad.
La teoría de la apariencia como una forma de ser no es admitida por todos los filósofos. Whitehead, Broad, Sartre, Dewey la rechazan. Sin embargo, hay que decir en su contra que sí tiene sentido preguntarse si una realidad es verdadera o falsa, porque la realidad de la apariencia del cambio no agota todo el ser de la apariencia y, por tanto, el ser que se da en la apariencia no sólo acontece al nivel del aparecer y no-aparecer sino que concierne a la apariencia y a la realidad.
Por eso, aquí entendemos por apariencia “ocultamiento”, lo cual no se riñe necesariamente con la propuesta de Husserl de que es indispensable una fenomenología de la apariencia (Ideas, parágrafo 152), sino que más bien es opuesto a convertir a la apariencia en la verdadera realidad. En esta lucha estuvo Kant al distinguir entre apariencia y fenómeno, y el neohegeliano inglés Bradley, el cual reconoció el carácter subsistente de la apariencia y que el ser de la apariencia es distinto al ser de la realidad.
Precisamente la distinción de Bradley del ser de la realidad (unidad entre el contenido y la existencia) y el ser de la apariencia (división entre esencia y existencia) resulta fecunda para nuestro propósito por cuanto permite precisar que la civilización de la apariencia consiste efectivamente en dividir en el ser del hombre su esencia (auténtica) y su existencia (banal). Dicha división en su ser entrega al hombre a la vida sin sentido de la posesión, el tener y la acumulación de los bienes materiales.
Esta derrota del ser como realidad va, sin embargo, acompañada de la eliminación de la experiencia subjetiva en la experiencia cotidiana, porque en la civilización de la apariencia el hombre resuelve su ser no en el desarrollo de su espíritu, sino en el fortalecimiento del tener, del poseer bienes materiales, en consecuencia, la persona niega su esencia para concebirse en lo que tiene y en lo que consume. Tanto tienes, tanto vales. Lo cual lleva al empobrecimiento interior. No es casual que el hombre malo en la prosperidad se obscurezca y el hombre bueno en la aflicción se esclarezca.
Es decir, el consumismo no sólo es la canibalización del mundo, sino, especialmente, de sí mismo, para quedarse tan sólo con la apariencia de persona. La persona es la entidad realizadora de valores, pero cuando corta su nexo con el mundo del ser, entonces el valor se torna desvarío caprichoso del para mí subjetivo.
El término ser denota la realidad de la existencia, la autenticidad de lo que es o quien es, la realidad de la verdad. Pero cuando impera el deseo de convertir todo en mi propiedad es cuando se opera la degradación onto-antropológica de la persona humana. Entonces nada es real, incluso la realidad de lo que se posee se esfuma tan rápidamente en cuanto se tiene, lanzando al consumista nuevamente a la vorágine sin término de la satisfacción de los deseos.
En un mundo convertido en apariencia incluso lo que se posee se vuelve apariencia. Por eso que es tan difícil amar en nuestro tiempo, primero, porque se confunde al amor con posesión, y segundo, porque amar requiere dar el ser, antes que pedirlo. El consumista de la civilización de la propiedad privada todo lo pide, todo lo quiere, todo lo desea, y todo cuanto tiene no lo satisface. El hedonismo radical actual no sólo se condice con un orden social enfermo, sino que denota un cambio de la fe humana: del ser al poseer, de Dios a las cosas, del bien al mal.
El hombre es una criatura racional pero también está afectado de poca razón y de poca fe. La fe, como la razón, es esencial al hombre, ambas tienen sus flaquezas y amenazas (duda, racionalismo, pecado, fanatismo) y la ausencia de fe vuelve mas grave la crisis de la razón, porque su lógica sobrenatural ayuda a atemperar los excesos de la razón. Bien reza un Proverbio Sufí: “Cuando el hombre practica maldades, acumula moho en su corazón, de modo que está ciego para los misterios divinos”.
A la civilización de la apariencia le ha llegado la hora de hacerse a un lado y permitir la reconstrucción del ser del hombre. Pero cegada como está por la avaricia y el tener no cederá su lugar sin oposición, y entonces será el momento de emprender la luchar por la salvación de la humanidad.
Lima, Salamanca 29 de marzo 2013
(En un Viernes Santo)