domingo, 21 de septiembre de 2014

TEILHARD DE CHARDIN Y EL PORVENIR DEL HOMBRE

EL PENSAMIENTO DE TEILHARD DE CHARDIN
Y EL PORVENIR DEL HOMBRE
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
 
El pensamiento de Teilhard de Chardin intentó edificar una síntesis en la cual debía integrarse el Evangelio cristiano y la conciencia evolutiva del hombre moderno. A la luz de sus obras la evolución se manifiesta creadora y restaura el viejo principio, sumamente controvertido, sobre que “el origen de la vida es la generación espontánea”. La ortogénesis de Teilhard no es una teoría de la causalidad evolutiva sino un proceso sujeto a una ley y a una dirección, en vez de un proceso caótico e inútil.

Su perspectiva cristiana lejos de ordenar la renuncia al mundo más bien dirige todas sus energías a la transformación del mundo, más humano y consciente, unido y personal. Como las teologías del mundo, de la revolución, de las realidades terrestres, de la renovación y del laicado lleva hacia una filosofía de la acción, donde trabajar es orar, romper los solipsismos y unificar la propia existencia con el universo.

La formulación teilhardiana de la función de Cristo tiene tres fuentes: la dignidad del mundo, la autonomía de la ciencia y la existencia de un auténtico futuro dentro de una evolución incompleta. Su visión es una cristología, es decir una cosmogénesis insuflada por una cristogénesis, donde sólo en apariencia el espíritu se remonta desde la materia hasta Cristo. Por ello su pensamiento demuestra la armonía entre ciencia y fe, dado que la evolución de la materia es parte del acto creador de Dios. Esto es, la progresiva espiritualización del mundo conduce hacia el reconocimiento de Dios en el corazón mismo de lo material, lleva hacia un Dios que es trascendente e inmanente a la vez.

A los 74 años publicará en 1955 su libro clave El Fenómeno Humano. Su propósito es demostrar que estudiando el pensamiento como un fenómeno de naturaleza cósmica y evolutiva se comprueba que el Espíritu no es una meta, ni un epifenómeno, sino que es el Fenómeno por antonomasia. Todo el Universo converge hacia la aparición del pensamiento, de la Noósfera que ha de redefinir la biósfera, teniendo a Dios o a Cristo como centro psíquico de la unión. La evolución se rige por la ley de crecimiento de la trayectoria humana. En otras palabras, existe una energética del Espíritu, una noogénesis ascensional, que a contracorriente de la entropía da sentido a la evolución y al universo mismo como un proceso irreversiblemente personalizante. Dios no reabsorbe sino personaliza en un universo homocéntrico y en un hombre teomorfo. El cosmos no es un absurdo, pues se está espiritualizando. La evolución tiene un sentido sobrenatural, crístico y salvífico.

Razón tuvo en 1987 el cardenal Ratzinger –Papa Benedicto XVI- al desagraviarlo cuando admitió en sus Principios de Teología Católica que uno de los principales documentos de Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes está inspirado en el pensamiento del jesuita francés al concebir que la creación culmina en una verdadera liturgia cósmica, en la cual el universo se convierte en una hostia viviente. Perspectiva optimista frente a la perspectiva pesimista y materialista de Stephen Hawking que se resigna a declarar que desconoce la razón por la cual existe el universo.

En su libro La Aparición del Hombre, el universo aparece como una unidad orgánica que está en perpetua evolución. Pero lo más sorprendente es que la materia misma del universo está orientada hacia el hombre. En el comienzo la materia se vitaliza y luego se hominiza. Es lógico pensar que el hombre es el término de un largo proceso que se encuentra situado en el corazón mismo del universo. Ahora se comprende por qué el Papa Paulo VI se refiere a Teilhard en un discurso sobre la relación entre fe y ciencia como un científico que pudo “encontrar el espíritu” y explicar el universo como “la presencia de Dios en el cosmos como principio inteligente y Creador.”

El Porvenir del Hombre, es un libro donde explica que la investigación científica debe incluir la preocupación por el futuro humano. No se trata de una consideración histórico-social del hombre, sino en tanto que especie biológica. Y si no es posible prever el futuro biológico del hombre con una certeza matemática, sin embargo es cierto que se halla en formación una ciencia del futuro biológico del hombre.

Y esto es totalmente cierto en nuestro tiempo, porque ya se conoce que nos encaminamos hacia el posthumanismo pero no sabemos si se trata de mejorar o de perfeccionar la especie humana. Desconocemos si la tecnología posthumanista será usada sólo en beneficio de una élite o de todos los seres humanos. Ignoramos cuál es el futuro del hombre dentro del auge de las máquinas. Nos preguntamos constantemente si ha terminado el periodo de evolución inconsciente para pasar a una evolución controlada por el hombre. Nos corroen los escrúpulos sobre si es correcto intervenir eugenésicamente en el cuerpo y la mente humana en vistas a su mejora. Pero no cesamos de preguntarnos si puede el hombre-máquina seguir llamándose “hombre”. Tememos que con el avance de la inteligencia artificial lo impredecible será desterrado por la exactitud de la colmena. Sospechamos fuertemente que la inteligencia artificial, la nanotecnología, la cibernética y otras tecnologías reemplazarán a la humanidad. Se comienza a conocer el proyecto Avatar de la NASA y el Departamento de Defensa, con un cerebro humanoide y una consciencia transferida a un ordenador hará nacer una neohumanidad cibernética. Nos preguntamos si máquinas con un comportamiento ético no desplazarán definitivamente a la humanidad. Pero nos invade la ansiedad porque crear robots pensantes uniendo la conciencia con la máquina con chips informáticos no nos lleva hacia una dictadura científica y el control del mundo. Y tememos que las máquinas decreten la eliminación del falible hombre. Vemos como una amenaza que máquinas del tamaño de una molécula creen máquinas creativas e impulsen la genética aplicada. Nos preguntamos si mañana será la pesadilla de la opresión del cientificismo. ¿ Las máquinas se convertirán en hombres o los hombres en máquinas? ¿Se encamina el hombre-máquina a ser puramente Mente con Libertad o sin Libertad? ¿Pertenece el futuro a los transhumanos, posthumanos o ciborgs? En una palabra, no sabemos cuál será el porvenir del hombre en manos de la ciencia. ¿La élite se robará el fuego prometeico de los dioses y alcanzará la inmortalidad? ¿Será un nuevo Edén o el Infierno? No lo sabemos pero esta problemática hace actual el pensamiento de Teilhard de Chardin.

Otro texto póstumo es El Medio Divino, donde sostiene que la acción humana sólo vale por la intención con que se realiza. La intención es la llave de oro con la que nuestro interior se abre a la Presencia Divina. Hagamos lo que hagamos, por muy humilde que sea nuestra acción, la acción del cristiano lleva a Dios por estar sobreanimada por la gracia divina.

Esta reflexión sobre la ética de intención auxiliada por la gracia divina es muy importante en nuestro tiempo relativista de crisis moral. En el presente el pecador es glorificado junto a su pecado por los medios de comunicación y la ideología consumista imperante. No es simplemente una moral cínica sino una moral de situación que subsume la obligación y el deber ser a lo jurídico y socialmente aceptable. El mediocre moral, por su parte, asume una ética de intención, pero sin fuerza interna para obedecer la ley moral declina en la acción y se convierte en un pecador trágico. La ética de intención de Teilhard es distinta porque está auxiliada por la gracia y tiene por finalidad evitar asumir la humildad con intenciones egoístas y subalternas. Sin la buena intención de poco sirve la humildad, y sin humildad la buena intención se desvanece. Su equilibrio es indispensable en el auxilio de la gracia.

El pensamiento de Teilhard de Chardin fue censurado en 1958 por el Santo Oficio dirigido por el cardenal Ottaviani por contener errores que afectan la doctrina católica. Se enumeraban diez errores: (1) dar por cierto el transformismo darwiniano, (2) negar la Parusía o segunda venida de Cristo, (3) negar la Redención, (4) negar el pecado original a la manera de Pelagio, (5) sostener un monismo materialista evolucionista a lo Spencer y Haeckel, (6) derivar hacia un panteísmo, (7) defender una interpretación modernista de los sacramentos, (8) negación del fin primario del matrimonio, (9) aprobación de la contracepción malthusiana en el matrimonio, (10) negación de la autoridad implícita de la iglesia para definir.

Teilhard no pudo defenderse de estos cargos del año 1958 porque fallece en 1955, pero hubiera sido interesante conocer su respuesta sobre los puntos teológicos (2), (3), (4), (7), (8) y (10); y los puntos filosóficos (1), (5), (6) y (9). Teológicamente es posible preguntarse: Si el cosmos se encamina hacia una espiritualización irreversible y una personalización evolutiva, entonces en qué medida es importante la Redención, los sacramentos y la Parusía. O, de lo contrario, la evolución como espiritualización personalista es parte del destino escatológico y salvífico del hombre. Lo segundo parece haber estado en la mente del filósofo jesuita. Y filosóficamente no es difícil advertir que no está cerca del evolucionismo de la lucha por la vida de Darwin, ni próximo al panteísmo que difumina la trascendencia de Dios. Si Bergson parte de la evolución para descubrir la mística, Teilhard parte de la mística para descubrir el universo. Por el contrario, su evolucionismo es una mística trascendente para descubrir cada vez más el universo.

En Teilhard Dios no es una divinidad reabsorbente (panteísmo) sino personalizadora, no es un Dios antropomorfo sino un universo homocéntrico y un hombre teomorfo. La Naturaleza no reemplaza a Dios, sino que la Gracia se sirve de la evolución para que se rija por la ley de la trayectoria humana. La Noósfera no es un epifenómeno sino el fenómeno central de la vitalización. El universo evolutivo converge al punto Omega que es Dios. Lo venidero es el cuerpo místico de Cristo, auténtico pináculo de la evolución.

De esta forma, el filósofo jesuita cristificó la evolución, le dio profundidad sobrenatural y un contenido salvífico. No niega la Redención, ni el pecado original, ni la Parusía. Su ortodoxia, valida por Henri De Lubac S.J., defendió la conformidad con la realidad sobrenatural del cuerpo místico de Cristo.


Lima, Salamanca 21 de Setiembre 2014

martes, 16 de septiembre de 2014

TEOLOGÍA DE LA ENCARNACIÓN Y LEY NATURAL

TEOLOGÍA DE LA ENCARNACIÓN Y LEY NATURAL
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
 
La sociedad medieval cristiana central (años 1,100-1,300) se caracteriza por la tensión entre la cultura racionalista de los intelectuales y la cultura milagrosa de los santos, cuyo principal fruto es la visión de la naturaleza que admite leyes naturales autónomas a la intervención directa de Dios[1].

Actualmente esta armónica visión del mundo se ha quebrado y predomina en su lugar la cultura hiperracionalista con su respectiva visión de la naturaleza artificial. Sin embargo, la síntesis medieval descansó en la experiencia humana más completa de la unión de lo inmanente con lo trascendente.

El centro social de gravedad de la cultura racionalista medieval fue la burguesía mercantil, el dinero, la avaricia y el avance de las matemáticas; y el de la cultura del santo fue la nobleza grande, rica y militar, que se vertió en magnánima, renunciante y mártir. Por lo demás, el santo era el hombre sin clase social. Aquí el vínculo entre religión y clase social quedaba desacreditada.

El siglo XII fue de expansión, de fe en el progreso, lo que llevó a meditar en la Teología de la Encarnación[2]. En otras palabras, la meditación sobre la Encarnación llevó a concebir la Naturaleza como una regularidad hecha por Dios y que el hombre debía imitar imponiéndola en la Naturaleza[3].

Esto significa que en el seno de la misma cultura milagrosa de los santos se abrió camino la idea de Ley natural, orden y regularidad, tan bien expresado en el arte gótico. Es más, el maquinismo constructor de abadías incentivó la idea de regularidad en la naturaleza[4].
Las visión racionalista de los siglos XII y XIII fue posible porque en el siglo XI se desarrolló una institución dineraria con su carácter estrictamente monetario, lo cual en lo psicológico fortalece los impulsos de la avaricia y la ambición. Además, creció la comprensión de la importancia de la razón para controlar el entorno. Dinero, ambición y dinero fueron la base del renacimiento intelectual en la Edad Media central y de la creciente importancia de la razón.

Por su parte, el desarrollo del gobierno centralizado y del comercio hizo posible la mentalidad aritmética y las matemáticas especiales a partir del año mil. El ábaco, el invento del cero y la importancia de los números arábigos facilitaron el avance europeo en aritmética.  En otras palabras, la economía dineraria estuvo detrás de la evolución de las matemáticas en Europa. El dinero potenció el desarrollo matemático. Es decir, detrás de la sublime razón encontramos la prosaica ambición.

Paralelamente a todo esto el concepto de leyes naturales fue nutrido desde las matemáticas y las disciplinas técnicas (en especial filosofía y derecho). Desde el siglo XII el saber se convirtió en un canal más para la ambición. La élite intelectual adquirió predominio y orgullo social y nacional. París y Florencia compiten. Entonces el intelectual usurpa el nombre de “clérigo” (noble) al clero, instaura la superioridad del filósofo sobre el sacerdote critica la nobleza de sangre por la virtud. En la práctica los licenciados se extienden por el clero y las actividades seculares, las universidades se vuelven autónomas y se multiplican, los litteratti se hacen imprescindibles y de ellos nacerá la idea de reforma.

Fue la nobleza la que proporcionó el elemento humano para los altos cargos eclesiásticos de la Iglesia, pero es menos conocido que también fue el pilar humano de la cultura del monasticismo ascético. Los valores nobles de grandeza, riqueza y poder militar, lo predisponía en un medio religioso a vertirse en las virtudes de la magnanimidad, renuncia al mundo y al martirio. Las clases superiores proporcionaron la mayoría de los santos canonizados. Y los santos ejercían una enorme influencia moral.

En suma, la meditación sobre la encarnación posibilitó la fe en el progreso, el desarrollo de la razón y el descubrimiento de regularidades en la naturaleza. Así, las leyes naturales autónomas encontraron su oportunidad de desarrollo dentro austero del espíritu monacal y gótico de la sociedad medieval cristiana central (años 1,100-1300), insuflado de la regularidad del espíritu matemático y la racionalista economía dineraria que incentivó la teología de la encarnación.

Lima, Salamanca 16 de Setiembre del 2014



[1] Sobre la peculiaridad de esta tensión cultural Alexander Murray en su obra Razón y sociedad en la Edad Media ha escrito ilustrando la fructífera convivencia entre racionalismo y cultura monástica. Lo que coincide con C. Dawson (Ensayos sobre la Edad Media) cuando sostiene que la sociedad medieval sólo tardíamente fue antihumanista y anticientífica.
[2] Sobre la teología de la Encarnación Henri Charles Puech en su libro En torno a la Gnosis nos lleva a reparar en que la gnosis es un tipo de religiosidad dualista pero también es una actitud racionalista, donde la mente humana por su propio esfuerzo se eleva a Dios, y por eso no sólo prosperó en la sociedad laica y descreída, sino también en todos los movimientos heréticos y con fuerte fe en el progreso.
[3] Georges Duby  en su libro San Bernardo y el Arte Cisterciense. El nacimiento del Gótico, ha destacado que el monasticismo austero, caballeresco, sin adornos, con catedrales de paredes desnudas, donde brillaba la oración y la humildad, desplazó el arte monacal esplendoroso de Suger en el siglo doce, y si bien no pudo imbuir de recogimiento a la sociedad urbana, rica e intelectual, sin embrago pudo propagar virtudes y acción heroica. El gótico austero, geométrico y llenos de regularidad fue la respuesta espiritual de Occidente a su crecimiento económico y al dominio creciente del dinero.
[4] Al respecto resulta sumamente interesante prestar atención el capítulo 2 del libro Técnica y civilización del sociólogo, historiador y filósofo norteamericano Lewis Mumford. Allí se dice que entre los siglos X-XIII se prepara la Edad de la Máquina. Es decir, en la Alta y Tardía Edad Media. La edad de la máquina tiene una datación muy lejana y diversa, fue fruto de un sincretismo técnico. Mil años de maquinismo se pueden dividir en tres fases: eotécnica, paleotécnica y neotécnica. En términos de energía y materiales les corresponde: agua y madera; carbón y hierro; electricidad y aleación. La fase eotécnica alcanzó su cima en el siglo XVII, por eso el Renacimiento no fue un alba sino un crepúsculo del hombre natural y el avance del hombre artificial. El ser humano ya no es el primer motor y la máquina se desarrolla con una nueva fuente de energía. El uso de la energía cinética era clave en la fase eotécnica. Con el cristal se hizo importante el ojo, la casa se volvió más higiénica, la conciencia se hizo más introspectiva pero también capaz de eliminar el yo. El reloj de las abadías y conventos, el alto horno y la imprenta fueron los inventos gigantes de la fase eotécnica, sin olvidar el método experimental, la universidad, la fábrica, el laboratorio alquimístico, la academia y la feria industrial. Su gran debilidad fue su irregularidad, la degradación de los bosques y el paulatino aumento del factor antisocial de la máquina. El trabajador se convertiría en un operador parcial, enajenado del producto y en un motor automático. Lo mecánico convertiría al hombre en una máquina más. Con todo, la fase eotécnica cumplió su meta, a saber, la intensificación y embellecimiento de la vida.
  

TENDENCIA ACTUALES DE LA FILOSOFÍA PERUANA Y SU ESPÍRITU

TENDENCIAS ACTUALES DE LA FILOSOFÍA PERUANA
 Y SU ESPÍRITU
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
 
El Instituto de Investigación de la Facultad de Humanidades a través de su directora la Licenciada Carmela López Capillo, el Decano de dicha Facultad el Dr. Lorgio Guibovich del Carpio y la coordinación del amigo catedrático y connotado intelectual Augusto Ruíz Zevallos, me han invitado a la presente Conferencia Magistral para disertar sobre la “Historia del Pensamiento Filosófico Peruano. Tendencias Actuales”. Ante tan elevado encargo, alcanzaré a señalar en reconcentradas ideas, algunas convicciones que he adquirido en mis reflexiones.

La presente disertación no tiene como objetivo una enumeración puntillosa de autores y obras, esta valiosa tarea excede nuestro objetivo y es abordada con pulcritud por quienes se dedican a la historia de la filosofía[1]. Tampoco compartimos la opinión que sostiene que en el Perú se desarrollan todas las corrientes y todas las tendencias de la filosofía contemporánea[2]. Menos aun coincidimos con quienes piensan que por nuestro espíritu servil no hemos tenido filosofía original y nos la hemos pasado imitando a España, Francia, Inglaterra, Alemania y Norteamérica[3].

En segundo lugar está el problema sobre aquello que llamamos “actual”. La “actualidad” misma puede tener diversos parámetros de referencia y en todo caso parece urgir un pronunciamiento no reiterativo sobre lo ya conocido. Así resulta un recurso fácil repetir la conocida clasificación de las corrientes actuales de la filosofía peruana en: fenomenología y existencialismo, marxismo, filosofía analítica y filosofía de la liberación. Esta es la fórmula acomodaticia de repetir los autores conocidos y consagrados.

Más bien lo actual exige dar cuenta del horizonte más reciente y novedoso en donde han brotado nuevas tendencias y sus autores, en muchos casos, son aun desconocidos, como: la filosofía conformacional (Víctor Baltodano Azabache), filosofía de lo cívico (Julio Rivera Dávalos), filosofía de la anamnesis (Víctor Samuel Rivera), filosofía estético-antropológica (Luis Solari Reinoso), filosofía de la conservación y de la destrucción (Fidel Gutiérrez Vivanco), filosofía andina (Víctor Mazzi, Luis Enrique Alvizuri, Víctor Díaz Guzmán, María Flores Gutiérrez), la ética del ser (Miguel Polo Santillán), la filosofía perennialista (Francisco Reluz Barturén), la filosofía intercontextual (José Herrera Díaz), la filosofía mitocrática (Gustavo Flores Quelopana), las cuales corren paralelas como brotes nuevos junto a las vetustas corrientes de la analítica, el marxismo y la liberación. Incluso muchas de estas novedades pueden verse naciendo de la corriente liberacionista misma.

La filosofía conformacional de Víctor Baltodano Azabache. Doctor en ciencia de la educación, Magister en Historia de la Filosofía, docente de Posgrado en la Universidad nacional de Trujillo y fundador del Instituto de Investigación de la Filosofía Conformacional. Ha formulado en dos libros recientes (Filosofía de las ciencias, 2010; y Filosofía conformacional, 2013) una filosofía conformacional, que desde un idealismo subjetivo plantea que no hay hechos sin conceptos, la mente modela el mundo, signos y existencias no existen al margen del concepto, la cosa en sí no existe, hay que eliminarla. A partir de este nominalismo epistémico del conceptualismo puro, que destierra toda metafísica, se propone impulsar una ciencia y tecnología propia para el Tercer Mundo.

La ética del ser de Miguel Polo Santillán. Catedrático en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía y principal protagonista en el campo de los debates éticos de la filosofía como indagación sobre la praxis. Fecundo autor y entre lo más destacado de su producción encontramos: Ética y crisis moral; Ética: modo de vida, comunidad y ecología; Los lenguajes de la ética; Indagaciones sobre el sentido de la vida. Polo ha centrado su atención en el Ethos como estancia propia de nuestro ser, hasta pensar que la ética es en realidad ontología. En esto tiene una postura parecida a Heidegger y a Hans Jonas.  Sostiene que la modernidad aisló al individuo dejando que inventara nominalistamente sus propios valores. Preconiza basar la moral en el ser para descubrir los valores en lo inmanente en vez de en una oculta metafísica de lo trascendente. Piensa que esto es posible mediante la autognosis o la vida atenta a lo que es. En suma, se trata de recuperar el absoluto en lo inmanente para emprender una visión holística desde el “conócete a ti mismo”. Al respecto se puede afirmar que su énfasis en una metafísica de lo inmanente, como vía para recuperar lo absoluto en la ética, lo coloca en un difícil equilibrio donde está de acuerdo con el sesgo anti-trascendentalista de la modernidad pero al mismo tiempo rechaza su relativismo, subjetivismo y nominalismo.

La filosofía de lo cívico y de lo hímnico de Julio César Rivera Dávalos. Licenciado en Economía, contador y auditor, con estudios privados de filosofía. En sus obras El poder de un Símbolo Patrio (2008) y La nueva clave de la simbología hímnica (2014) ha desarrollado una filosofía hímnica y una filosofía de lo cívico. Al respecto hay que señalar que sus investigaciones encajan en la disciplina filosófica de indagación sobre la praxis. Las otras cuatro disciplinas, como sabemos, son: indagación sobre el conocimiento, sobre el hombre, sobre la naturaleza y sobre la filosofía misma. En la indagación filosófica sobre la praxis hay temas: axiología, ética, estética, filosofía del Derecho,  político-social, de la religión, la técnica y el trabajo. El mérito de Rivera Dávalos es haber descubierto dos nuevos temas: lo hímnico y lo cívico. En este sentido, su filosofía de lo hímnico descubre que todo himno patrio obedece a leyes a priori a las cuales se conforma la experiencia comunitaria, a saber: la dialéctica de oposición sin conciliación, la colisión de los principios (temporalidad, intangibilidad y solidaridad), y la esencia dialógica. Y su filosofía de lo cívico hace el hallazgo que la emocionalidad ético-cívica es la esencia del símbolo hímnico. A partir de este análisis epistémico realista de lo hímnico y lo cívico se propone contribuir al cambio de mentalidad de la conciencia nacional desde la sumisión y el servilismo al amor a la libertad y el desarrollo nacional.

La filosofía de la anamnesis de Víctor Samuel Rivera[4]. Doctor en filosofía, Magister en Historia de la Filosofía y Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía desde 1992. Es autor de los libros: Antenor Orrego, dos ensayos de hermenéutica política; La demencia de la modernidad; Cosmopolitas y soberanistas. Ha planteado en diversos artículos y algunos libros una hermenéutica crítica-analógica y un saber rememorante aplicado a la historia del pensamiento peruano, critica a la modernidad como una patología narcisista, de clara tendencia antiliberal y contrailustrada y efectúa una crítica severa a la civilización tecnológica. Se integra al proyecto del pensar rememorante de Gianni Vattimo. Samuel Rivera constituye la presencia más destacada del pensamiento posmoderno en el medio local. Y en este sentido es susceptible a las críticas que se le han dirigido a esta corriente de pensamiento. No obstante su posmodernismo es original, porque si bien rechaza la pretensión a una verdad absoluta sin embargo eso no significa la negación de otras realidades. Por eso no es un mero realista, dado que en la base de su pensamiento hay una decidida afirmación prelógica de lo real. En otras palabras, su contingentacionismo no excluye lo espiritual ni el mundo ideal. Es una apropiación real-maravillosa y muy latinoamericana de lo posmoderno.

La filosofía perennialista de Francisco Reluz Barturén. Licenciado en Filosofía, Magister en docencia universitaria, docente en las universidades Cayetano Heredia, Unife y Católica de Lambayeque, y Miembro de la Sociedad Internacional de Filosofía Tomás de Aquino (SITA-Perú). Propone una filosofía perenne entendida como la relación del continuo histórico de las ideas, donde desde los enfoques del pasado devienen las corrientes actuales. En sus libros Epistemología y sentido de vida (2011) y Filosofía que debe permanecer en la educación actual (2008) aborda la temática epistemológica y educativa desde una perspectiva antinominalista y antinaturalista. Su filosofía perenne es un idealismo de dirección realista, que reacciona contra el decadente relativismo cultural y el barbarismo científico. Su objetivo es desentrañar para lo pedagógico y epistémico el valor de la metafísica realista de cuño tomista y lo erróneo de hacer depender el sentido de los entes del universo del discurso lógico-lingüístico. El sentido de la vida está dado porque conocer no es copiar ni conceptualizar sino interpretar, porque la vida es de carácter metalógica.

La indagación sobre la filosofía misma tiene en nuestra patria dos vertientes: una que investiga sobre la historia de la filosofía y otra que lo hace en la filosofía de la filosofía. A la primera pertenecen las clásicas historias de la filosofía, mientras que a la segunda corresponden los estudios sobre la filosofía andina.

En lo que atañe a la historia de la filosofía nacional cabe mencionar dos obras: Historia de la filosofía en el Perú de Juan Huamaní Córdova de la Universidad San Luis Gonzaga de Ica y que pone énfasis en la filosofía liberacionista, y la otra obra es La Filosofía Entre Nosotros. 500 años de Filosofía en el Perú, de Augusto Castro de la PUCP, la cual pone énfasis en el sesgo indigenista de nuestra reflexión filosófica.

Por su parte, la filosofía andina es una de las más novedosas y activas corrientes que buscan desde diversas perspectivas la fundamentación de la filosofía precolombina, la reconceptualización de lo filosófico y lo andino. En este movimiento participan: el nativismo dialéctico de Juvenal Pacheco Farfán de la universidad San Antonio de Abad, el nativismo hermenéutico de Víctor Mazzi Huaycucho de la Universidad La Cantuta, el nativismo cosmogónico de Víctor Díaz Guzmán, el nativismo liberacionista de Ladislao Cuéllar de San Marcos, el humanismo ecológico andino de María Flores Gutiérrez de la Universidad San Cristóbal de Huamanga, el comunitarismo antioccidental de Luis Enrique Alvizuri, el comunitarismo idiomático de Odilón Guillén Fuentes, el culturalismo intercultural de Rafayle y Pauccar, el nativismo ecológico de Máximo Grillo. La filosofía andina es importante para la vida nacional porque contribuye a corregir el anatopismo imperante,  reconceptualizar el origen de la filosofía más allá del esquema griego y profundizar en la meditación de la propia identidad.

Haber hecho esta enumeración muy incompleta de tendencias recientes significa recién plantear el problema de fondo, a saber, el de su significado y espíritu. La reflexión sobre las tendencias actuales de la filosofía peruana indaga sobre lo que la caracteriza, a saber, un esfuerzo de síntesis entre el movimiento liberacionista, la tradición moderna y el movimiento nihilista posmoderno. Resolver el problema de nuestra identidad, la reconceptualización de la filosofía, lo racional, el conocimiento de lo real, la decolonialidad y la relación dialéctica entre cultura occidental y crisis moral, es el leit motiv de la filosofía peruana actual.

Cómo entender esta amalgama de tendencias contrapuestas. Por un lado, el posmodernismo edifica una salida antirracional, en donde el “nuevo hombre liberado” es un ser pasivo y sin proyectos. Por otro lado, las teorías post-occidentales buscan reflexionar desde la especificidad histórica y política de nuestras propias sociedades. Por su parte, las teorías no-eurocéntricas reclaman una revalorización del pensamiento mítico en términos filosóficos y al mismo tiempo una reconceptualización de la filosofía misma.

En primer lugar hay que reconocer que la filosofía peruana como la filosofía latinoamericana es un reflexionar que se da unida a la vida, a la literatura, al ensayo y a lo social. Esto es, si las filosofías anglosajonas tienen un sesgo pragmático, la filosofía europea una fisonomía hermenéutica y la filosofía oriental un cariz metafísico, la filosofía iberoamericana tiene una expresión social. Es por eso que conviene tener presente la función docente de los filósofos iberoamericanos. Entre nosotros los principios políticos, económicos, teológicos y metafísicos han estado asociados con el pensamiento social.

Y esta es una característica esencial de nuestra reflexión filosófica. No es casual que en Iberoamérica y en el Perú tenga un papel bastante notable y fecundo las corrientes liberacionistas. Es decir, la filosofía de la liberación (ontologista, analéctica, historicista, problemática, etc.) y la teología de la liberación, no son sino más que expresiones que beben de la misma fuente del espíritu liberacionista de la filosofía peruana e hispanoamericana. En otras palabras, la filosofía de la liberación ni la teología de la liberación agotan la savia liberacionista del filosofar latinoamericano.

Esta savia liberacionista del filosofar latinoamericano es la que nos hacer ser profundamente ensayísticos y es la que aflora en las diversas generaciones adscritas a las más diversas corrientes filosóficas. En otras palabras, el filosofar peruano e iberoamericano tiene una profunda vocación humanista y liberadora que impide que seamos el servil y fiel remedo del magisterio europeo. Lo cual es notorio tanto en aquellos que filosofan nuestra realidad -los llamados afirmativos-, como en los que filosofan problemas universales o asuntivos.

Comparativamente se puede afirmar que así como China y Japón están por debajo de la India respecto a la actividad especulativa, y que el Oriente en su totalidad no se compara a Occidente en especulación, de modo similar se puede afirmar que Iberoamérica se encuentra rezagada en cuanto lo especulativo pero bastante avanzada en cuando indagación filosófica sobre la praxis y últimamente en cuanto indagación sobre la filosofía misma.

Esto hace que en la filosofía peruana se dé una preferencia por la intuición intelectual en vez de la razón. Es decir, en una filosofía con apego por la reflexión sobre la praxis ocupa una posición importante la intuición intelectual como instrumento metodológico para penetrar más en la realidad humana. Unido a esto se encuentra que entre nosotros no han prosperado ni hallado lugar estable ni el dualismo ni el pluralismo. En su lugar se tiende a pensar en una única realidad fundamental como sostén de todo lo que sucede.

Este monismo está construido sobre bases menos raciones que en Occidente, y está vinculado a lo real maravilloso que infunde el modo de pensar y sentir latinoamericano. De ahí que en la filosofía peruana e hispanoamericana se tienda a pensar que detrás de la realidad pasajera existe un trasfondo permanente. Modo de pensar que hunde sus raíces en lo ancestral precolombino que tras estilizaciones geométricas y zoomórficas no se canta a la muerte como en los egipcios sino a lo fluyente y permanente de la vida. Esto no lleva a pensar que tras el espíritu liberacionista y humanista del filosofar peruano y latinoamericano subyace un sentido cósmico de la movilidad universal de un Absoluto dinámico.

Es decir, el espíritu humanista y liberacionista de la filosofía peruana e iberoamericana no significa que sea meramente práctica y sería una simplificación decir que persigue solamente un fin mundano. La mayor preocupación por la sociedad, la justicia y la libertad no representa un divorcio entre la realidad de este mundo y del otro mundo, puesto que la intuición más profunda no limita la importancia de la vida a lo inmanente sino que abarca también lo trascendente. No es pues únicamente lo social, sino también la armonía con el universo lo que cuenta.

En una palabra, la creatividad filosófica peruana y latinoamericana se manifiesta no tanto por expresarse en estilo ensayístico o sistemático, en obras metafísicas, éticas, estéticas, analíticas, historia de las ideas, de la liberación, de lo andino, etc., sino por hacerlo dentro de un espíritu liberador y humanista que refleja una intuición metafísica de lo Absoluto en vibración permanente.

Lima, Salamanca 18 de Setiembre del 2014




[1] Se puede consultar con provecho las recientes historias de la filosofía escritas por Juan Huamaní Córdova, Historia de la Filosofía en el Perú (2009), la cual llega hasta la filosofía analítica; no menos importante resulta ser la obra del profesor Augusto Castro, La Filosofía entre Nosotros (2009), que aborda con detalle la filosofía de la liberación de A. Salazar Bondy y Noé Zevallos. No menos útiles son los enjundiosos textos de David Sobrevilla, La Filosofía contemporánea en el Perú y Repensando la tradición Nacional, II tomos.
[2] Nos parece que esta afirmación resulta excesiva e inexacta (Ver: Augusto Castro, Ibid. Pág. 25) porque por ejemplo no contamos con filósofos derridianos, lacanianos, deleuzeanos, etc. Y así de otras tradiciones filosóficas y tampoco tendríamos por qué necesariamente tenerlas.
[3] Esta opinión la hizo muy conocida la filosofía de la liberación de Augusto Salazar Bondy, pero la hallamos explícitamente expuesta por Felipe Barreda Laos en su obra Vida Intelectual del Virreinato del Perú (UNMSM, 1909, p. 276).
[4] Véase la fecunda producción intelectual de Víctor Samuel Rivera en: victorsamuelrivera.blogspot.com

domingo, 14 de septiembre de 2014

KANT Y EL PROBLEMA DEL ABSOLUTO

KANT Y EL PROBLEMA DE LO ABSOLUTO
Gustavo Flores Quelopana
Sociedad Peruana de Filosofía
 
La Crítica de la Razón Pura había establecido el primer dualismo entre fenómeno y cosa en sí; la Crítica de la Razón Práctica superpone un segundo dualismo entre razón teórica y razón práctica, necesidad y libertad. Ahora, con la Crítica del Juicio agrava aún más el dualismo ya que la justificación del juicio teleológico no puede evitar justificar un más allá sobrenatural de la Inteligencia Arquetípica, o sea, Dios. El dualismo irreductible kantiano había llegado a su máxima tensión, no pudiendo evitar las concepciones de lo absoluto en su sistema y en la filosofía venidera del idealismo romántico.

Con razón escribe E. Cassirer que “La totalidad del pensamiento kantiano se resume en las profundas consideraciones sobre la posibilidad de una inteligencia arquetípica, es decir, Dios” (Kant, vida y doctrina, FCE, p. 332). El problema había sido advertido también, y antes, por Hegel cuando escribió: “La Crítica del Juicio tiene de notable que eleva en ella a la representación y aún al pensamiento de la idea. Aquí relaciona lo universal del entendimiento con lo particular de la intuición como fundamento distinto a la CRP y CRPr. El principio de “finalidad interna” lo lleva hacia consideraciones muy profundas. Aquí Kant despertó la conciencia de la energía interna absoluta de la razón” (Lógica, Hyspamérica, B. Aires 1985, vol. I, LV, p. 98).

Pero también es cierto que cierto número de investigadores han visto en la CJ lo contrario, nada de teología y de absoluto. Así, Menzer, Mathieu, Martin, Marcusi y Dotto, coinciden en señalar que el concepto kantiano de finalidad rompe con toda teología y concepto de Providencia en la Naturaleza. Esta interpretación antiteológica e inmanentista –cercana a los escritos precríticos de Kant sobre el origen del universo- desemboca en una concepción de la naturaleza como estructura material autosostenida, presente en la CJ y en Opus Postumum, y de ahí a Schelling hay solamente un paso. Así, Takeda dice que en esta obra Kant emplea la analogía como mecanismo teórico para explicar la naturaleza como si fuera un inmenso ser vivo.

Y la verdad es que resulta muy distinto juzgar a Kant por su letra y por su espíritu. Por su letra resulta un inmanentista antiteológico, pero por su espíritu tiene la mirada clavada en lo sobrenatural y divino. Esto crea confusiones a la hora de entender a Kant, quien por muchos pasajes es ambiguo. Pero dicha ambigüedad no es sino aparente porque resulta de una mente en perpetua indagación y búsqueda. Cuando se lee a Kant atendiendo tanto su letra como espíritu se advierten marchas y contramarchas en su pensamiento, cosa por lo demás muy natural en un creador. Así, la CJ que abre una profunda brecha reflexiva sobre el Absoluto es escrita en 1790 e inmediatamente después lo vemos polemizando contra Eberhard (1791) y Garve (1793), que recuerdan la polémica que sostuvo con Feder en 1782, y se dedica a elaborar una teoría sobre la religión, donde destaca La Religión dentro de los límites de la Pura Razón (1793), preconizando una interpretación moral o sabeliana de las Escrituras, lo que lo conduce a un conflicto con el gobierno prusiano en 1794. Todo esto lo lleva a concluir su teoría del estado (La Paz Perpetua, 1795) y del Derecho (1797) basado en la idea de la libertad, a defender la autonomía de la filosofía como facultad ante los poderes del Estado (Pleito de las facultades, 1798); pero su gran obra sobre el tránsito de la metafísica a la física no sería concluida.

En decir, el pensamiento kantiano mismo se debatía en una tensión permanente. Y la base de dicha tensión era que la admisión que la cosa en sí entrañaba: ir más allá de lo fenoménico para pisar territorio de lo nouménico. La cosa en sí era un  boquete abierto hacia la metafísica que el propio sistema del idealismo trascendental se negaba cerrarlo.

Pues bien, la CJ marcó con su teoría de lo sublime, la hipótesis de la inteligencia arquetípica y la teleología inmanente, la orientación de toda la filosofía precedente. Así, Kant es considerado como el fundador de la estética moderna cuando hace que lo bello no sea inherente a lasa cosas, sino que es el producto del interno sentido estético y a la vez afirma que lo sublime eleva a la razón a lo infinito. El sentido teleológico, por su parte, descubre en la naturaleza una totalidad organizada de formas de vida, indagar su fin no es accesible para un entendimiento limitado por las formas a priori del espacio y del tiempo. De manera que se impone la hipótesis de una inteligencia arquetípica capaz de una intuición total y directa de la realidad. El problema de lo Absoluto estaba planteado.

De manera que la CJ es el estudio de lo que hay de a priori en el sentimiento tanto en el juicio estético como en el juicio teleológico. Lo que caracteriza al juicio reflexivo es la finalidad; finalidad objetiva en el juicio teleológico –que se refiere a lo orgánico- y finalidad subjetiva en el juicio estético. Para Kant no son juicios de existencia ni axiológicos sino juicios de valor.

Así, considera que en el juicio del gusto y el juicio teleológico se da el libre juego de todas las facultades de la conciencia. Conforme a esto el juicio teleológico culmina en la idea que sólo la prueba ética de un Creador moral del mundo completa la prueba físico-teleológica de un Creador inteligente.

En una palabra, la CJ prueba dos cosas: (1) lo bellos solamente tiene relación con el sujeto contemplativo y no con el objeto contemplado, y (2) la idea de una inteligencia arquetípica como creadora moral del mundo que completa la prueba físico-teleológica del Creador inteligente. Dios solamente por analogía es pensable.

Para Kant la prueba teórica de Dios sólo es capaz de producir coacción y miedo, en cambio la prueba moral produce veneración al estar basada en la libertad. Añade que la admiración por la belleza y la emoción por los fines, tiene algo de semejante con el sentimiento religioso. Se ratifica en que es necesario tener una teología para la religión, es decir, para el uso moral o práctico. Hay conocimiento de Dios en sentido práctico. Y por ello la gran finalidad del mundo obliga a pensar en la causa suprema para ella. Profundizando dirá que Dios es impredicable y por eso no se le puede conocer lo que sea en absoluto teóricamente, pero es pensable por analogía. Y su gran conclusión será que es posible una ética teológica. Por el fin final que presenta, la ética no puede existir sin teología. Además, afirma que la libertad amplía la razón más allá de los límites teóricos de la naturaleza y da esperanza en lo suprasensible.

Para finalizar se puede afirmar que si bien Kant canonizó la subjetivización del arte, no hizo lo mismo con la naturaleza y lo suprasensible. El sentido teleológico descubre  la hipótesis de una inteligencia capaz de una intuición total y directa de la realidad. Precursa la razón absoluta de Hegel y deja planteado el problema de lo Absoluto.

El derrotero de la filosofía moderna y posmoderna ha desembocado en la negación de la verdad extrahumana y en la afirmación protagórica que sólo hay voluntad de verdad. Esta hemorragia de subjetividad que renuncia al ser y multiplica el para-mí no es de raíz kantiana sino protagórica. Lo cual señala que la subsanación radica en salir de la ontología dualista del origen humano de la nada y del ser, por la ontología monista del primado del ser sobre el pensar.


Lima, Salamanca 14 de setiembre del 2014